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El imparable auge de los zombies energéticos: 1970-2015

Pedro Pérez Prieto - Revista 15/15\15
En el año 2014, hace de esto 16 largos años, creo que llegué a intuir que habíamos entrado en la Tercera Guerra Mundial como la rana que se pone en una cacerola de agua a temperatura ambiente. Todo el mundo sabe, que si se echa a la rana directamente sobre agua hirviendo, salta como un resorte, pero si se la mete en agua confortable y se sube muy gradualmente la temperatura a fuego lento, la rana sigue impasible en ese ambiente de temperatura creciente, hasta terminar cocida sin haber intentado siquiera el salto.

Por aquellas fechas, todos podían haber constatado que el Imperio estaba involucrado en más de una decena de conflictos bélicos en toda la geografía planetaria y tenía presencia militar aceptada, convenida o impuesta en más de cien países. Los EE. UU. habían hecho de la intervención militar en cualquier país una costumbre y un derecho, dejando de lado, clara e insultantemente, a una ONU que ya estaba más fósil que los combustibles que el imperio necesitaba para mantenerse.

Cuando le interesaba, incluía a países dependientes en sus correrías, fuesen estos de la entonces llamada “Comunidad internacional” o bien incluso de países árabes de calañas varias. En aquellos tiempos del otoño de 2014, ni siquiera se molestaban en justificar sus alianzas. Sus medios de difusión se limitaban a relatar las actuaciones y bombardeos, sin un ápice de crítica, y en todo caso a bautizar como terrorista a todo lo que se movía bajo sus aviones, drones o lo que sus observadores en despachos satelitales, desde pulcras oficinas de EE.UU. intuían eran objetivos a destrozar, incluso desde buques o submarinos situados a mil o dos mil kilómetros de distancia de los mismos.

Una parte del mundo, el llamado occidental, seguía los acontecimientos con desidia y dejación; otras veces con absoluta complicidad y colaboración. Sus estructuras militares habían dejado hace tiempo de ser democráticas o populares, si es que alguna vez lo fueron. Los mercenarios habían alcanzado la categoría de “profesionales” y el resto de los ciudadanos de ese mundo orondo y saturado de bienes de consumo y servicios muy prescindibles, veían con alegría y complacencia que estos militares “profesionales” les evitasen los engorrosos alistamientos y la milicia universal y les hiciesen el trabajo sucio, fuese degollando soldados argentinos ateridos, con subcontratados gurkas nepalíes, o contratando criminales en serie de oscuras empresas como Blackwater, para servicios de asesinatos masivos, como por ejemplo, el trabajo de aclareo de carreteras iraquíes al paso de los convoyes del invasor, mediante el sencillo método de disparar a todo el que no se apartase a su paso. Los ciudadanos del imperio simplemente dormían con la conciencia tranquila, porque los departamentos de relaciones públicas que Orwell hubiese envidiado, les aseguraban que todo ello era para evitar que los terroristas alcanzasen sus sancta sanctorum donde dormitaban bien abastecidos.

Nada nuevo, por otra parte, a las mismas dejaciones que enseñaban por aquellos tiempos en las escuelas sobre el auge y más bien la caída del Imperio romano, donde los ciudadanos del corazón del imperio terminaron subcontratando a los mercenarios las orgías de sangre de la periferia del imperio, para poder seguir con las orgías y bacanales sin tener que desplazarse con las legiones a lugares remotos y poco confortables o amistosos.

Deberíamos habernos dado cuenta entonces y como la rana en cacerola no quisimos hacerlo. Deberíamos haber visto lo evidente: cómo los conflictos se desataban más y más y con cada vez más violencia en torno a las menguantes fuentes o yacimientos de combustibles de alta calidad.

Una carrera que ya se dejó intuir en la Primera Guerra Mundial, cuando Churchill decidió estratégicamente pasar su flota de propulsión con carbón a propulsión con derivados del petróleo. Algo que quedó más claro en la Segunda Guerra Mundial, cuando los frentes de batalla verdaderos quedaron delimitados por el intento de control nazi de los yacimientos de petróleo del Cáucaso y de África del Norte, con las feroces batallas de Stalingrado y de los ejércitos de Rommel con los de Montgomery. En aquellas fechas, Stalin ofreció un brindis por Churchill, comentando “Esta es una guerra de motores y octanos”
1 Un general estadounidense señalaba muy gráficamente también la variación de prioridades de su ejército entre la Primera y Segunda Guerra Mundial: pasaron de ser “beans, bullets and oil” (judías, balas y petróleo) en la primera, a ser “oil, beans and bullets” (petróleo, judías y balas) en la segunda.

Desde entonces, aparte del susto del embargo árabe del petróleo en 1973, que era más de carácter político que debido a limitaciones geológicas a la producción mundial, hemos ido calentando el agua de la cacerola energética pero siempre apañándonos para creer que no pasaba nada y no era necesario saltar. Para empezar, la tremenda guerra de Irak agrediendo a Irán con la complicidad de todos los grandes consumidores del mundo, asustados por la pérdida de control del petróleo iraní entre 1980 y 1986, que dejó a ambos países exhaustos y sin capacidad de regenerar otra cosa que no fuesen las infraestructuras del petróleo para la exportación. A este enorme desastre siguió la invasión de Kuwait, por parte de Irak, en 1990, con Sadam Hussein de protagonista y principal tonto útil de Occidente. Kuwait, ese Estado artificial creado por los delineantes del Foreign Office, cuyos pozos petrolíferos estuvieron en llamas cerca de un año tras la retirada vergonzante del tonto útil y consumieron una parte importante de las reservas que poseía ese país artificial y dio excusa al imperio para no volver a abandonar la ocupación de Kuwait y de paso de Arabia Saudita y de Emiratos con la excusa de los peligros potenciales de Irán.

Apenas un año después los argelinos tuvieron la funesta idea de elegir a quien no podía ser elegido, el Frente Islámico de Salvación (FIS) y a pesar de haber ganado las elecciones con todo el aparato electoral a favor del gobierno argelino pelele de Occidente, se tuvo que recurrir a una masacre en la que estos peleles, con todo el apoyo indisimulado de Occidente, se llevaron por delante a unos 200.000 argelinos cuando los ganadores se resistieron al pucherazo y crearon el Grupo Islámico Armado (GIA) para hacer frente a los acomodados militares prooccidentales perdedores que se habían revuelto. Tampoco quisimos ver la estrecha relación entre sus gasoductos y oleoductos que terminan en nuestras refinerías y quemadores, sobre todo, en el sur de Europa. Todo se hizo por la estabilidad energética de los que más consumen.

Deberíamos haberlo intuido. Quizá lo intuimos, pero nadie en Occidente quiso saber nada sobre las verdaderas causas de aquellos conflictos. Siempre había excusas y justificaciones no energéticas para las invasiones y el control militar cerrado de yacimientos que hasta entonces habían sido teóricamente ajenos: el terrorismo y el fundamentalismo se iban solapando cada vez más con los yacimientos de recursos energéticos más importantes. Y seguíamos sin quererlo ver, viendo nada más que los terroristas rebanacuellos que nos presentaban en nuestras casas a través de las pantallas o de dictadores a los que, cuando interesaba al imperio, había una repentina y urgente obligación moral de desbancar y desplazar.

Así, a la invasión de Kuwait y a la debacle de Argelia, siguieron los desastres de la invasión de Libia y el destrozo de sus infraestructuras ciudadanas, no tanto como las petrolíferas o gasísticas. Y a Libia le siguió Siria, un pequeño país exportador, que de repente no podía seguir teniendo al dictador que Occidente había abrazado tantas veces. Armaron ejércitos de asesinos sin escrúpulos desde petro-monarquías lacayas y los obligaron a llevar bandera y estandarte islámico. La ecuación era sencilla: si la casualidad geológica y religiosa hizo que el 80% las principales reservas mundiales de oro negro de gran calidad que quedaban en 2014 en el mundo estaban bajo suelo de naciones de mayoría de población musulmana, nada como una buena campaña de identificación de terror con Islam y así se puede disparar e invadir a ciegas con la excusa de que ese terror puede llegar algún día hasta debajo de nuestros sofás. Y aún sabiendo que eso era mentira, callamos y otorgamos.

Debimos habernos dado cuenta de que en aquellas guerras por los recursos —denominadas hipócritamente guerras para llevar la democracia y la civilización y el respeto a los derechos humanos y deponer dictadores y evitar que el terrorismo llegase a llamar a nuestra puerta por el expeditivo procedimiento de extirparlo en lo que declaramos era su origen (que no era otro que los lugares dónde quedaban las últimas grandes bolsas de petróleo regular convencional)— lo que sucedía invariablemente era que los bombardeos y la destrucción quedaban rigurosamente circunscritos a las infraestructuras civiles y no a la infraestructura petrolífera, salvo la que pudiese servir para el consumo interno del país productor.

Era una forma muy quirúrgica para Occidente (Dick Cheney llegó a llamar a la región
el premio gordo de la lotería energética, con todo descaro) de retrotraer a esos países a la Edad de Piedra, dañando lo menos posible las infraestructuras que servían para llevar la energía a Occidente. Hubiese sido algo muy sencillo de detectar: hubiese bastado ver cómo esos países iban aumentando su consumo interno, gracias a los ingresos por petróleo y/o gas, lo que a veces hacía que sus exportaciones quedasen limitadas o incluso disminuidas para aquellos productores-exportadores que habían pasado ya sus respectivos picos o cenits de producción nacional.

Otro país que pudimos ver y no quisimos, fue Sudán, atribulado país al sur de Egipto, que pasó en apenas los diez primeros años del siglo XX de no tener nada a producir cerca de medio millón de barriles diarios. Esto sucedió con la ayuda de una China que ya estaba muy despierta y entrando en África a por recursos. Fueron rapidísimos en construir las infraestructuras de exploración y perforación y en desplegar el oleoducto de cerca de mil kilómetros, desde los yacimientos del sur del país, hasta Port Sudán en el Mar Rojo. Aquí la jugada de las guerras por los recursos consistió en crear enfrentamientos étnicos en el interior del país entre musulmanes más al norte y las poblaciones negras del sur, en concreto en la zona de Darfur, donde se llegó al genocidio. Esto dio lugar a campañas muy bien orquestadas por Occidente, encabezado por el Imperio —incluido el actor George Clooney, que además de promocionar cafés, se dedicó a promocionar la necesidad de dividir el país para evitar la matanza—. Esto se terminó consiguiendo y ahí los chinos terminaron perdiendo la batalla, aunque no la guerra, dada su bisoñez en asuntos de intervenciones internacionales. En la actualidad, el país sigue destrozado, y apenas produce 100.000 barriles diarios, con grandes problemas de suministro (su consumo interno era casi nulo, con lo que los chinos, indios y japoneses obtenían casi todo neto hasta la partición y la guerra), pero comenzaron a construir otro oleoducto por Kenia, que es país controlado por Occidente, para evitar así al gobierno de Sudán del Norte. Eran las formas más habituales que tomaban las tensiones crecientes, las luchas por los recursos de esa segunda década del siglo XXI.

Como ejemplo palmario, en 2014, después de tres años de intentar derrocar al gobierno sirio de Bashar al-Assad con ejércitos de mercenarios, para ir ganando pasos en el camino del
gran premio final de Oriente Medio que era Irán, los tiros empezaron a salir mal. Los mercenarios armados y pagados por las petromonarquías con el visto bueno occidental, se les fueron de la mano y entraron en Irak, desestabilizando el gobierno pelele que le había costado diez años a Estados Unidos instalar aunque con gran fragilidad. Estos peleles sanguinarios, gurkas islámicos descerebrados, empezaron a salirse del guión y la respuesta no se hizo esperar: lo primero que bombardearon los EE. UU. y sus peleles de las petromonarquías fueron las pequeñas refinerías de aquel país, generalmente para consumo propio o regional, no los grandes oleoductos y estaciones de bombeo que llevan el valioso fluido hacia el exterior. La excusa dada, sin embargo, era que se bombardeaban los medios del llamado Estado Islámico para evitar que se financiasen con el petróleo vendido, cuando sus fuentes provenían en realidad de arcas bien conocidas por Occidente y por sus aliados del golfo Pérsico.

A aquellos conflictos le fueron siguiendo, de forma cada vez más envenenada, las constantes amenazas sobre la República Islámica de Irán —incluso de bombardear sus instalaciones nucleares incipientes— y hasta el golpe forzado en Ucrania contra un presidente rusoparlante en ese país bilingüe, sustituido canallescamente por abiertos neonazis que lo primero que solicitaron fue incorporarse a la OTAN y llevar sus baterías de misiles a las mismas fronteras de Rusia, que así fue amenazada directamente también por este Occidente depredador con los EE. UU. a la cabeza.

Venezuela, desde la llegada de Hugo Chavez al poder, era un pequeño problema por resolver. Hubo innúmeros intentos de desestabilización del país, que se había salido también del programa de obediencia ciega al Imperio, pero en el fondo, dado que seguía suministrando el millón y medio de barriles diarios a Estados Unidos, la cosa se fue manteniendo, aunque la tensión y la inquietud de los voraces consumidores aumentaba a medida que los consumos internos de los programas sociales venezolanos aumentaban y la producción de petróleo regular convencional de calidad disminuía, reduciendo a doble velocidad lo que era posible exportar y además, con intentos chinos y de otros países de obtener una cuota del decreciente volumen disponible para exportación a cambio de mejores ofertas de contraprestación que los clientes estadounidenses habituales.

Un número cada vez más frecuente de países productores-exportadores comenzó por aquellos tiempos a dar signos que tampoco quisimos ver ni analizar, para tomar rumbos diferentes al de colisión que se veía venir y no vimos.

Indonesia, un gigantesco país con 230 millones de habitantes en aquella época, pasó de ser país de la OPEP a país importador de petróleo ya en 2003, por los inevitables agotamientos de sus grandes yacimientos antiguos, que se iban camuflando con aumentos de producción de petróleos y líquidos combustibles no convencionales en otros lugares del mundo.

Apenas dos años más tarde, el Reino Unido, que compartió con Dinamarca y Noruega los campos de petróleo del Mar del Norte a mediados de los años setenta y había logrado autoabastecerse y incluso exportar parte de los tres millones de barriles diarios que llegó a producir en aguas profundas, terminó calladamente teniendo que importar petróleo apenas cinco años después de ese orgulloso pico máximo de su producción nacional.

Egipto dejó de ser país exportador de gas y petróleo y sus entonces más de 80 millones de habitantes, que ya malvivían con el petróleo que no tenían con qué comprar y las divisas del poco petróleo y gas que exportaban, pasaron a tener que vivir importando petróleo en un mundo tensionado que luchaba con desesperación por barriles en torno a los 100 dólares y sin divisas de unas exportaciones que se habían acabado. Esto levantó revueltas que acabaron en poco disimulados golpes de Estado de su casta militar, que envolvieron en baños de sangre a sus poblaciones como única forma de apaciguar la desesperación de millones que veían deteriorarse hasta extremos, —estos sí— muy intolerables, su ya muy pobre nivel de vida. También callamos y otorgamos y miramos para otro lado e inventamos las
primaveras árabes, sugiriendo que su causa era que gente quería democracia, una verdad relativa que se esconde bajo el que pide pan y no lo encuentra.

Argentina tuvo su cruce de caminos dejando de exportar petróleo en 2014, también con revueltas que ni la presidencia llamada
populista consiguió aplacar y sin que sus cantos de sirena de nuevos inmensos yacimientos —que comenzó anunciando la multinacional española Repsol-YPF en la remota Patagonia, en la zona llamada Vaca Muerta— consiguieran más que una nacionalización de YPF, para trasladar de manos aquella entelequia potencial que fue el petróleo y el gas de esquisto. Gas que era todavía más urgente extraer, porque desde 2009 habían pasado también de ser exportadores a convertirse en importadores de Bolivia, con un cambio telúrico de alianzas y suministros en la región, entre este país, Chile, Brasil y Argentina. Estos países intentaban succionar las reservas de gas de Bolivia, que no permitió, por razones políticas (la negativa chilena de salida al mar para Bolivia, largamente reclamada) tránsitos de ese gas por países terceros hacia Chile, país que pasó de creer en las inagotables reservas argentinas y construir los gasoductos transcordilleranos para ello, a tener que importar de urgencia gas licuado de Qatar y crear puertos de regasificación en el Pacífico a toda velocidad y costes considerables.

México, que contaba entonces ciento quince millones de habitantes, llevaba experimentando un crecimiento muy sostenido de población y de consumo energético que no conseguía aliviar multitud de tensiones sociales y también estaba entrando en una pendiente de barranco productivo petrolífero. Con un cenit de producción máxima muy cercano a los 4 millones de barriles diarios, posible gracias a su intensificación de explotaciones en sus áreas de influencia en el golfo de México, había caído entonces a menos de 3 millones en 2014, pese a todo y sufría un declive productivo más acusado, frente a un consumo interno que intentaba subir, anunciando entre nubarrones que quizá dejase de ser país exportador tan pronto como en 2020. Siendo que sus exportaciones eran una de las patas claves de acceso a un petróleo cercano para los vecinos del Norte y a la vez fuente de divisas clave para evitar levantamientos de la población, las únicas ocurrencias por aquellas fechas eran las de privatizar esa fuente vital de ingresos, como si eso fuese a evitar el desgaste natural de yacimientos limitados y finitos.

EE. UU. se lanzó a una política suicida y muy agresiva hacia finales de la primera década del siglo, mediante el uso intensivo de tecnología para fracturar lutitas o pizarras (fracking), sin miramientos hacia el medio ambiente. Con esto y otras técnicas como las de conversión de gas en combustibles líquidos, o la utilización de un alimento clave como el maíz para llegar a producir un millón de barriles equivalentes de petróleo en etanol —utilizando la mitad de su inmensa producción de maíz nacional para alimentar los estómagos de las máquinas—, consiguieron compensar el declive productivo (estaban en unos 6 millones de barriles diarios) hasta llegar a los 8 millones de barriles diarios con las alternativas y hasta los 10 millones de barriles diarios con la fracturación hidráulica de pizarras. Hubo un revuelo generalizado por aquellas fechas asegurando que pronto superarían a Arabia Saudita y Rusia como productores e incluso llegaron a anunciar a bombo y platillo que pronto serían exportadores netos de gas y petróleo, a pesar de que consumían en aquella época 19 millones, que habían llegado a ser más de 21 millones de barriles diarios antes de la crisis.

Al mismo tiempo, los EE. UU. seguían presionando a Canadá para extraer a toda máquina (¡y qué máquinas!) petróleo de las arenas asfálticas de Athabasca en el Estado de Alberta. Este país, con una población reducida, aunque altamente consumista, y un consumo nacional estabilizado, consiguieron pasar de 3 a 4 millones de barriles diarios de producción, con unos destrozos ambientales de proporciones dantescas y planetarias, que se podían ver incluso desde el espacio. EE. UU. se llevaba casi la mitad de este esfuerzo horrible de transformación de arena viscosa en petróleo, que requería también ingentes cantidades de agua dulce y de gas natural, en un país que ya había pasado su cenit productivo hacia 2005 y seguía aumentando drásticamente su consumo interno, una buena parte del cual iba a transformar petróleos pesados en petróleos más ligeros y a calentar las masas viscosas de arenas asfálticas.

Ahora sabemos (dirán ustedes: ¡qué facil es predecir a toro pasado!) que en la Tercera Guerra Mundial, de indefinido y nebuloso comienzo y más dudosa duración —puesto que aún seguimos inmersos en ella— las prioridades del insaciable mundo occidental, completando la paráfrasis de aquel general estadounidense, son claramente “oil, oil and oil”. Y si tuviéramos memoria, deberíamos recordar la cita de Einstein de que la Cuarta Guerra Mundial, al paso que vamos, se volvería a librar con piedras.

Occidente llegó, en su necesidad voraz del líquido combustible por excelencia —que no tenía sustituto con las modernas energías renovables, que sólo eran capaces de producir electricidad— a las últimas fronteras energéticas. Esto sucedió en la segunda década del siglo XXI, con una agresividad arrolladora, que alarmó y puso en guardia a chinos, indios y rusos y a la totalidad de los países productores-exportadores que se sentían cada vez más presionados.

La voracidad mundial de energía, basada en su modelo económico globalizado e impuesto de crecimiento económico continuo, obligaba sin remedio a aumentar el consumo energético.

Cuando el cenit productivo mundial de petróleo convencional fue anunciado entre líneas y a regañadientes por la Agencia Mundial de la Energía en 2010, declarando que había tenido lugar en el año 2006, las tensiones crecientes, económicas y militares, que combinaban embargos económicos, tecnológicos y financieros con la clara amenaza militar, se fueron agudizando, mientras la rana que somos se acercaba sin remedio al punto de ebullición dentro de la cacerola. Los que poseían cualquier tipo de poder —económico, financiero, tecnológico o militar— iban detrayendo flujos de energía de las propias necesidades (bastante menores ya, en consumo per capita) a los demás países que se iban sintiendo inermes y cuyos intentos de protesta o de rebelión se iban aplastando bajo la calificación de
amenaza terrorista.

Y ahí se llegó a las últimas fronteras hacia el final de la segunda década de este turbulento siglo, una época sin parangón en la Historia de la Humanidad, tanto en población como en consumo de energía per capita. Los grandes depredadores se encontraron con Rusia e Irán como últimos reductos.

El drama se fue agudizando progresivamente; primero, los EE. UU. y sus aliados consiguieron sacar tajada importante de los antiguos países segregados de la URSS: consiguieron extraer cerca de un millón y medio de barriles diarios e importantes cantidades de gas y uranio de países de la antigua URSS como Kazajstán, Turkmenistán o Uzbekistán —en zarpazos que se dieron cuando la URSS acababa de desaparecer y Rusia tenía un presidente borracho y entregado—, pero aquello resultaba claramente insuficiente para compensar el declive de los yacimientos bajo control occidental y su necesidad de más y más energía cada año, obligados por el modelo económico.

Posteriormente los tanteos se dirigieron hacia Irán, primero, y más tarde hacia una Rusia ya recuperada al mando de un hombre duro, antiguo oficial del KGB.

Sin embargo, el continuo hostigamiento a Irán topó con un país que, aunque muy obligado por los bloqueos de todo tipo, estaba endurecido por décadas de guerras que tuvo que solventar en soledad y a costa de millones de víctimas y que, por ello, había desarrollado una importante y nada despreciable cantidad de sistemas militares de defensa que, si bien muy inferiores en cantidad y calidad a los medios militares occidentales, tenían la ventaja de jugar en campo propio. Sus militares estaban enardecidos y unidos, no como en la guerra a la que les había llevado Irak en 1980, al poco de llegar Jomeini al poder y haber depurado a los militares genocidas de su pueblo que el sha había formado en EE. UU. Eso sin contar con su profundidad estratégica como país, mucho mayor que la de Irak y con grandes cadenas montañosas de difícil acceso, sus desarrollos de sistemas modestos de misiles tierra-aire-tierra mar y aire-tierra o aire-mar, drones, torpedos, baterías de cohetes, submarinos de bolsillo, lanchas rápidas y demás.

Todo ello frente a un estrecho en las costas de su país, el de Ormuz, que apenas tiene unos 3 Km navegables de ancho en cada dirección y por el que salía entonces el 20% de la producción mundial de crudo diaria, lo cual representaba el 40% de las exportaciones de crudo disponibles en todo el mundo. Unos 17 millones de barriles diarios, equivalentes a 34 superpetroleros de medio millón de barriles de capacidad saliendo llenos y otros tantos entrando vacíos. Superpetroleros que para las baterías de costa o los misiles, submarinos, lanchas rápidas con marineros suicidas o minas submarinas, eran como disparar a bocajarro a una bandada de patos nadando en un estanque.

Por mucho que intentasen los agresivos occidentales tumbar a Irán con una suerte de
Blitzkrieg o guerra relámpago, no había forma de impedir que los iraníes en respuesta bloqueasen durante más de seis meses el estrecho de Ormuz, por mucho dragaminas eficaz que tuviesen y por mucho carpet bombing o bombardeo de saturación de la costa iraní que hubiesen querido emplear.

Durante unos veinte años ambos bandos estuvieron midiéndose las fuerzas y la templanza; en general con muchas simulaciones de agresión y envío de drones para probar las defensas iraníes o acercamientos a las costas iraníes para probar sus medios y tiempos de reacción y los iraníes desplegando al ardor patriótico y jurando que venderían cara su piel y haciendo demostraciones de cualquier arma que desarrollaban. También entraban por otras fronteras no costeras de los vecinos de la antigua URSS enviando drones a las instalaciones nucleares iraníes o atentando como podían contra dichas instalaciones, bien asesinando científicos del programa nuclear iraní o bien introduciendo virus informáticos en sus sistemas de ordenadores de los complejos nucleares, método que como sabemos más tarde utilizarían los saboteadores del colectivo Némesis contra las propias estructuras industriales de Occidente. Y además amenazando en la prensa con bombas de alta capacidad de perforación para destruir dichas instalaciones. Con cada amenaza, los iraníes excavaban más profundo en sus montañas y se blindaban más y más.

En el frente ruso, las cosas no fueron mejor por esas fechas. La OTAN, una vez Gorbachov disolvió el Pacto de Varsovia en 1990-1991 no consiguió que la OTAN le siguiese en el proceso de desmantelamiento de las estructuras militares que habían sido los puntales de la guerra fría. Muy al contrario, rompiendo los acuerdos aparentemente suscritos por ambas partes en aquella época, mientras se derribaba el Muro de Berlín y se procedía a la Reunificación alemana, y según los cuales habían asegurado a los rusos que la OTAN no se movería ni un milímetro hacia el Este
2, la OTAN siguió con un despliegue agresivo de acuerdos militares con los antiguos aliados de la URSS en el este de Europa y plantando bases militares en los antiguos países de la URSS en el Caúcaso.

La última afrenta en la que el presidente Putin sacó los colmillos, fue la abierta promoción de un golpe de corte fascista en Ucrania sobre el presidente rusoparlante Yanukovic y su sustitución por elementos que no tardaron ni un segundo en pedir la entrada en la UE, que inmediatamente después solicitaron no sólo el amparo de la OTAN sino incluso entrar en esta organización militar y que amenazaron con volver a nuclearizarse —habían sido una parte importante de la fabricación y almacenamiento del arsenal soviético hasta que la disolución de la URSS conllevó el acuerdo de desnuclearización y el traslado de todo el arsenal de Ucrania hacia Rusia—. Un precedente de esto sólo se conocía en Sudáfrica, cuando los militares racistas y segregacionistas, a los que Occidente e Israel habían permitido y hasta animado a construir bombas atómicas, entendieron que su política de
apartheid estaba acabando y que previsiblemente un presidente negro y pacifista llegaría al poder si permitían elecciones.

Lo sorprendente de este movimiento, es que apenas se relacionó en la opinión pública con la estrategia energética, ni con el ansia de debilitar al gigante energético ruso. Incluso las severas dependencias del gas ruso de Occidente, vital para las economías de estos países y sobre todo para los países que habían militado en el Pacto de Varsovia y antiguos países de la URSS, hacían incomprensibles las muestras de arrogancia y de supuesta independencia de Rusia y de alegría por el acercamiento hacia la UE y la OTAN. Así, países como los bálticos Estonia, Letonia y Lituania, o países occidentales como Suecia y Finlandia, dependían por aquellas fechas en un 100% del gas ruso. Otros, como la República Checa, Polonia, Eslovaquia y Eslovenia o Hungría, e incluso países occidentales como Alemania, Grecia o Austria dependían en más de un 50% de dicha fuente de suministro. Por tanto, no se entendía bien —no
quisimos entender bien— por qué las tremendas presiones para colocar a las fuerzas de la OTAN sobre suelo ucraniano, donde estaba el nudo gordiano de los gasoductos que alimentaban de gas ruso a tantos países del Este y centro de Europa. Sólo Alemania había construido en tiempo récord un gasoducto alternativo desde Rusia por el Báltico y éste era insuficiente para abastecer a Europa sin pasar por Ucrania. Estos intereses estaban presentes en los intentos de EE. UU., que por ese entonces tenía puestos sus huevos estratégicos en una furiosa expansión de la producción de gas por fracturamiento hidráulico o fracking y tenía una nula dependencia del gas ruso, al contrario que Europa occidental, pues hasta Bélgica, Francia o Italia —más alejados de Rusia— también tenían importantes dependencias del gas ruso. Máxime cuando existían enormes dificultades para buscar alternativas construyendo gasoductos desde el también atribulado Norte de África o para intentar emular a EE.UU. en la extracción de gas por fracking, algo que no podía ser extrapolado a Europa por razones de densidad de población, estructura de la propiedad del suelo (que es patrimonio común, no del propietario del suelo que está encima, como en EE. UU.) e importantes factores medioambientales , de contaminación brutal de acuíferos subterráneos y de superficie, que los ciudadanos europeos tenían en cuenta mucho más que los individualistas estadounidenses. Y también porque la velocidad a la que avanzaba peligrosamente el enfrentamiento con Rusia a propósito de Ucrania superaba los tiempos necesarios para desplegar y poner en marcha las complejas y muy costosas infraestructuras del fracking, que podían ser de 10 años antes de que el gas llegase a los ciudadanos. Ello por no mencionar, por ejemplo, las considerables proporciones de nitrógeno en el gas de esquistos en Polonia, cuyas teóricas reservas gigantescas de este combustible pronto se vio que podrían quedar en un gran fiasco por la inviabilidad técnica y económica de separar los importantes porcentajes de nitrógeno con los que salía el gas natural de aquellas pizarras.

...SEGUIRÁ.

Próximo episodio:
LA CAIDA DEL CHIRINGUITO ENERGÉTICO MUNDIAL: 2015-2030. EL PRECIPICIO DE OLDUVAI


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