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La pobreza leída desde el ecologismo

Marta Pascual

La lucha contra la pobreza es un objetivo recurrente en muchas declaraciones públicas. Reducir drásticamente la cantidad de personas que viven con menos de un dólar al día o que no tienen acceso a agua potable o electricidad figuran entre las concreciones de este objetivo. En estas declaraciones sin embargo se olvida que los recursos del planeta –un planeta limitado en materiales– no sólo están desigualmente distribuidos, sino que actualmente sufren daños quizá irreversibles. En un planeta saturado que ha superado su capacidad de carga hace décadas, cada vez es más cierto que los consumos desmedidos de una parte de la población restringen necesariamente los consumos básicos del resto. Las reflexiones sobre la pobreza y las estrategias para hacerle frente no pueden pasar por alto este hecho.

La limitación y el riesgo de carencia han sido y son las condiciones naturales de la vida humana. Por regla general las culturas de subsistencia, conocedoras de los procesos de la vida, asumían, manejaban y optimizaban estos límites de modo que aseguraran su supervivencia y la de las generaciones futuras. Así ha transcurrido la vida durante siglos.

Las poblaciones más primitivas del mundo tenían escasas posesiones, sin embargo no se consideraban pobres [1]. Siendo la escasez una relación entre los fines que perseguimos y los medios de que disponemos para conseguirlos, poblaciones con fines humildes y escaso interés en la acumulación pudieron vivir con lo suficiente, e incluso en periodos de abundancia.

La pobreza voluntaria, la vida humilde o la sobriedad en los consumos, no fueron en tiempos situaciones despreciadas o temidas, antes bien, podrían considerarse en ciertas culturas y religiones como un estado de equilibrio o de virtud. No queda lejos la época en que la pobreza no se consideraba una situación degradante, aunque sí la miseria, es decir, la carencia de lo imprescindible.

Cierto que la ambición y el deseo de acumulación también han sido comunes a lo largo de la historia, pero nunca gozaron como ahora de una valoración ética tan positiva. Las culturas tribales acumulaban con el fin de afrontar periodos de escasez. Para muchas de ellas la autoridad moral del jefe se fundamentaba en la generosidad con su pueblo y la acumulación para éste era un modo de mantener su estatus.

Caminos hacia la escasez

La situación hoy es bien distinta. El mundo rico y una parte del que no lo es vive a caballo entre la insatisfacción crónica y el sueño del despilfarro. Cargado de propiedades –en algunos casos– pero más cargado aún de deseos de consumo, está más próximo a la percepción de escasez que lo estuvieron sus antepasados lejanos. Simultáneamente otra parte enorme y creciente de la humanidad sufre una escasez material que pone en riesgo su salud y su vida con una intensidad nunca vista. La escasez, tanto la relativa como la absoluta, es un resultado al que se llega por caminos diversos.

Uno de ellos es el acaparamiento, mecanismo por el que algunas personas se apropian de un bien que antes era colectivo en una proporción mayor a la que les corresponde, haciéndolo más inaccesible a otra parte de la población. La privatización de bienes comunales es uno de los mecanismos más antiguos de acaparamiento y, por tanto, creador de escasez.

Otro procedimiento para la institucionalización de la escasez consiste en recortar el acceso a determinados recursos por alguna vía. El mercado es la vía objetiva que se coloca entre los recursos y las personas dificultando el acceso a ciertos bienes. La creciente monetarización de bienes y servicios es una herramienta creadora de escasez.

Un tercer mecanismo, no nuevo pero sí generalizado en el capitalismo de la posguerra, consiste en asignar un valor distintivo, creador de estatus, a ciertos consumos a condición de que sean escasos (ciertas ropas, automóviles, viajes...). En el momento en que estos consumos se generalizan, pierden el valor distintivo y otros nuevos se colocan en su lugar produciendo una nueva insatisfacción. Este sistema permite que el aumento de la producción nunca elimine la escasez, en este caso subjetiva. De esta forma el umbral de la pobreza percibida se eleva de forma constante, lo que no impide que lo haga también la objetiva, aumentando la dificultad de acceso a consumos de primera necesidad, mientras se facilitan los superfluos.
Antes pobre y necesitado eran sinónimos. Hoy la sociedad de consumo nos ha convertido a todos en necesitados [2]. Y seguimos persiguiendo consumos distintivos, actuando como si el camino hacia arriba pudiera ser ilimitado.

A estos mecanismos de creación de la escasez se suma actualmente uno nuevo: el deterioro de los recursos naturales, necesarios para la vida, y la creciente dificultad para acceder a bienes esenciales como el agua potable, el alimento, las tierras fértiles o el aire limpio. Esta dificultad conduce en el límite a la expulsión de las poblaciones de los territorios que habitaban. Este fenómeno se había producido anteriormente por otras vías: apropiación por parte de grandes propietarios de terrenos productivos o con un subsuelo rico, mecanización del campo... Hoy se añaden a estos nuevos mecanismos de empobrecimiento: la prohibición de plantar semillas autóctonas, la deforestación y consecuente erosión, la desecación de acuíferos, el envenenamiento de tierras por pesticidas, la eliminación de biodiversidad, el uso de territorios como sumideros, el cambio climático... El deterioro ambiental provoca una escasez esencial que hace difícil la permanencia en el territorio. Las migraciones responden con frecuencia a esa dificultad para la vida, unida en alguna medida a la búsqueda de los niveles de consumo que se exhiben desde el escaparate de los países ricos.

En las grandes urbes, destino de esa avalancha de gentes expulsadas y migrantes, la economía de mercado es la única vía para resolver muchas de las necesidades básicas. La pobreza urbana, especialmente la de las llamadas ciudades miseria, es más desoladora por la cercanía del espectáculo del sobre-consumo y la inaccesibilidad de los recursos básicos y las redes sociales de apoyo. Desarmados los sistemas de ayuda mutua y eliminado el acceso a una tierra productiva, crece la dependencia del sistema económico y el riesgo de indigencia. Pero conviene no olvidar que “la gente no muere por falta de dinero, sino por falta de recursos” [3]. En el caso de las mujeres, a menudo excluidas de trabajos monetarizados y separadas de la tierra, responsabilizadas de la crianza y la atención a los miembros más débiles de la familia, la escasez, si cabe, se multiplica.

Este último mecanismo de creación de escasez, el deterioro de los recursos para la vida, a diferencia de los anteriores, no aumenta la abundancia absoluta en el grupo más poderoso, pero si la relativa. En todo caso reduce –a diferentes velocidades según los colectivos– las posibilidades de futuro de toda la especie humana.

La pobreza es pobreza del planeta

Si preguntáramos a la Tierra qué significa la palabra pobreza no hablaría de indicadores monetarios ni haría recuento de quienes viven con menos de un dólar al día. Probablemente nos mostraría vastos territorios deforestados, animales huyendo, cauces secos, especies extinguidas, poblaciones humanas desplazándose tras fuentes de agua o escapando de riadas, culturas que han perdido el sentido en urbes en las que sobran... un mundo en el que enormes poblaciones humanas han sido separadas de los recursos que les permitían la supervivencia y desplazadas a espacios urbanos superpoblados, donde ese acceso a los recursos básicos exige la mediación del mercado y en consecuencia del dinero. Un mundo en el que las economías de subsistencia van siendo progresivamente arrinconadas, expulsadas, deslegitimadas o ilegalizadas.

La Tierra nos ofrecería probablemente una imagen de pobrezas encadenadas: la pobreza vegetal, arrastrando tras de sí pobrezas animales y humanas, atmósfera, suelos y aguas empobrecidas. Hablaría del olvido de la interdependencia y de la ruptura de los ecosistemas vivos y señalaría a los seres humanos –algunos seres humanos– como primera causa de devastación.

Dada la complejidad del concepto, quizá conviene distinguir entre dos términos cercanos pero significativamente diferentes: pobreza y miseria (3). El primero se refiere a la dificultad de acceso a consumos superfluos, aunque manteniendo el abastecimiento de productos básicos. En las economías de subsistencia, integradas en el territorio, la pobreza no es una desgracia, sino un modo de vida sencillo en un mundo que tiene sus reglas. Los planes de desarrollo y de lucha contra la pobreza, dice Vandana Shiva, eliminaron la pobreza en el Sur, enviando a poblaciones enteras a la miseria, es decir, a modos de vida que simultanean consumos superfluos con carencias básicas para la supervivencia. Esta distinción entre pobreza (vida sencilla) y miseria (carencia de lo fundamental) es clave pues discrimina entre la vida sobria, aunque suficiente y sostenible para el planeta, de la éticamente insostenible.

Desde esta mirada más global podemos aventurar una posible definición de la pobreza (quizá sería mejor llamarle ya miseria): la consecuencia del hurto de los recursos naturales que permiten la supervivencia autónoma de una comunidad en su territorio. Tanto en el norte como en el sur miseria significa desposesión y falta de control sobre los recursos para organizar y mantener la vida de forma comunitaria.

Estamos indisolublemente ligados a nuestro planeta. Los problemas ambientales son problemas socio-ecológicos. Los problemas sociales son también socio-ambientales [4]. Deuda ecológica, ecología de los pobres, justicia ambiental, refugiados ecológicos, conflictos ecológico-distributivos, son algunos nombres de las luchas que comprenden la interdependencia entre los seres humanos y el medio vivo del que forman parte. Estas luchas muestran que nuestras miserias, las humanas y las del resto de la biosfera, están encadenadas.
Si observamos la naturaleza, ejemplo de empresa de amplio éxito en el tiempo, veremos cómo los ecosistemas no se han dedicado a sobreacumular de forma desigual para lograr su supervivencia, sino a mantener una diversidad y un equilibrio que les permitiera enfrentarse de forma colectiva a ciertas alteraciones del medio. El funcionamiento de la naturaleza practica la virtud del equilibrio. Sabe que por encima de cierto umbral, más es menos y por debajo de éste, menos es más. El principio cuanto más mejor que subyace a las prácticas de acumulación de la economía de mercado, se manifiesta no sólo inviable en un sistema limitado, sino radicalmente desajustado y torpe.

La lucha contra la riqueza

Curiosamente las reflexiones sobre la reducción de la pobreza no suelen relacionarse con las reflexiones sobre la riqueza. Las medidas comparativas para definir la primera (menos del 50% o del 25% de la renta nacional) no conducen en ningún caso a propuestas interdependientes. ONG, programas locales u organismos internacionales mantienen la pretensión de realizar intervenciones para reducir la pobreza, sin alterar los niveles de riqueza monetaria. Ésta ha sido la fórmula propuesta por los Estados del Bienestar.
Desde este particular modo de igualación que sólo contempla el camino hacia arriba, la lucha contra la pobreza ha adoptado estrategias de mínimos (salario mínimo, rentas mínimas, cobertura sanitaria, pensiones mínimas) con la pretensión de hacer escalar a la población por encima de la línea de determinado umbral de consumos.

Esta pretensión eternamente incumplida de extender la riqueza implica la presunción de vivir en un mundo de recursos infinitos, con una tecnología omnipotente –sólo hay que esperar que encuentre la solución– y cargado de buena voluntad, en el que todos los seres humanos podremos alcanzar niveles altos en los consumos que nos satisfacen.

Sin embargo en un mundo lleno en el que la capacidad de carga del planeta ha sido superada hace ya años [5], en el que no está asegurada la soberanía alimentaria de una mayoría, en el que los recursos más elementales como el aire o el agua limpios empiezan a escasear y está en duda la supervivencia de las próximas generaciones, no es admisible mantener esta pretensión de enriquecimiento.

Parece obvio que la eliminación de la pobreza no es posible sin atajar drásticamente los altos niveles de devastación y de consumo de buena parte de la población del norte. La lucha contra la riqueza en el sentido económico de la palabra, que presupone hurto y despilfarro, será mucho más urgente y más eficaz que la supuesta y siempre fracasada lucha contra la pobreza.
Desde un análisis ecologista y desde la consideración de un planeta limitado en materiales que ha tocado techo, es irresponsable pretender un aumento de consumos necesarios en una parte de la población, sin abordar una disminución radical de consumos en aquella otra parte que extiende su huella ecológica mucho más allá de sus fronteras. Dicho de otro modo, en la lucha contra la pobreza es necesario incorporar a las estrategias de mínimos, las estrategias de máximos. Imaginemos unas políticas que asuman la limitación y definan un umbral máximo en el uso de determinados recursos, unas políticas de máximos que fijen límites por arriba: consumos máximos de agua, de energía, rentas máximas... No es fácil imaginar estas prácticas en un mundo gobernado por la economía de mercado y el capitalismo que contempla con horror cualquier regulación del consumo. Y, sin embargo, puede ser la única propuesta honrada con quienes sufren, con quienes sufrirán la miseria y con todos los y las habitantes del planeta.


Notas

[1] SAHLINS, MARSHALL: Economía de la edad de piedra, Madrid, Akal, 1977
[2] NAREDO, JOSÉ MANUEL: “Sobre pobres y necesitados” en RIECHMANN, J., Necesitar, desear, vivir, Madrid, Los Libros de la Catarata, 1998.
[3] SHIVA, VANDANA: Abrazar la vida, Madrid, Horas y Horas, 1995.
[4] MARTÍNEZ ALLIER, JOAN: El ecologismo de los pobres, Icaria, Barcelona, 2005
[5] RIECHMANN, JORGE: Biomímesis, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2006

La cultura de la escasez


David Sampau

La forma de mantenernos en constante competición unos con otros, en lucha constante por los recursos, por el dinero, por los medios de subsistencia, por un puesto de trabajo, por una plaza de aparcamiento, por una vivienda más amplia (o simplemente por un lugar en que vivir), por una plaza en la universidad, por un trozo de pan, etc., etc., consiste en inculcarnos, constantemente y desde la infancia, el convencimiento de que hay escasez de todo, de que los bienes terrenales y la calidad de vida son algo escaso por lo que hay que luchar, cuando lo cierto es que sobra de todo: alimentos, dinero, espacio físico, tiempo para lo importante... Detrás de cada corruptela, de cada escándalo -tan abundantes en los últimos decenios en la escena política y financiera-, de cada personajillo que, tras haber conseguido trepar hasta algún puesto de poder se enriquece a costa de los demás, hay en realidad una niña o un niño asustados de no tener, de carecer. Sin embargo, es posible avanzar hacia una cultura de la abundancia.

De esta forma, contrariamente a todo el discurso dominante del desarrollo moderno, éste no se caracteriza por ser una búsqueda de cómo paliar la pobreza sino que, por el contrario, se nutre de la pobreza y necesita de ella como motor de su lógica, orientada eternamente hacia el futuro. Es esta (re)producción de la pobreza la que nutre -y legitima- la reproducción ampliada de la producción de mercancías y, de este modo, del capital.

Es más, podemos afirmar que la sociedad moderna es la primera sociedad que ha creado un cuerpo técnico especializado, cuya función es justamente la de crear y de (re)producir la pobreza: los profesionales de la publicidad y del marketing que, mediante la manipulación del lenguaje simbólico y al incidir sobre las carencias y los anhelos psicológicos inconscientes de las personas, logran fomentar el deseo de consumo, la subjetividad de la pobreza. Consecuentemente, la llamada ayuda al desarrollo -legitimada bajo el manto de “lucha contra la pobreza”- es, de hecho, la manera por la cual la pobreza es introducida en sociedades que se organizaban, antes de este contacto con la modernidad, en torno de la lógica de la abundancia y no en torno de la lógica de la escasez. Es precisamente esta supuesta “ayuda” el instrumento por el cual se introduce en tales sociedades el modelo social moderno y -sobre todo- la concepción moderna de necesidades.

Antes, estas sociedades orbitaban en torno a una lógica socio-cultural que no buscaba incesantemente lo nuevo, sino que cultivaba la preservación de los valores y de los equilibrios presentes. Se basaban en el principio de la saciedad y no de la concepción, típicamente moderna, de que el ser humano se caracteriza por poseer necesidades ilimitadas, es decir, del argumento de la lógica de la falta, de la carencia. Es más, se trataba de organizaciones sociales en las cuales el mercado jugaba una función secundaria, justamente al contrario de la sociedad moderna, cuya organización social se articula en torno de las relaciones del mercado y que ha elegido los satisfactores mercantiles (las mercancías) como los satisfactores más importantes, anteponiendo así -como ya analizó Fromm- el Tener al Ser. Bajo esta concepción, al no tener dinero para acceder a la posesión de los satisfactores mercantiles privilegiados por las sociedades modernas, uno es y se siente pobre casi por definición.

Y es esta concepción mercantil de la pobreza la que ensombrece todos los otros tipos de “pobrezas”, como la pobreza espiritual, la pobreza afectiva/emocional, la pobreza de relaciones -tanto sociales como con un medio físico armonioso-, bajo cuyo prisma tendríamos que invertir, de hecho, la concepción dominante de sociedades ricas y pobres, ya que es justamente en los países más desarrollados donde más se sufre de este tipo de pobrezas, hecho que parecen confirmar los altos índices de suicidio y de enfermedades de carácter depresivo que las caracteriza.

"Hay en el mundo suficiente para las necesidades de todos, pero nunca habrá bastante para la codicia de unos pocos."

Mahatma Gandhi

"Si nos dejamos llevar por el miedo a la “pobreza”, les seguiremos pasando a los demás la miseria desnuda."

Rudolph Bahro

Para saber más: Las cosas por su nombre. David Sempau

Majid Rahnema: Sobre la pobreza

Reflexiones sobre la pobreza: entrevista a Majid Rahnema

Su libro es el resultado de una larga investigación política, económica y social sobre el concepto de "pobreza". Es el resultado de una vida entera dedicada a trabajar junto a los pobres y a su pobreza. ¿Cuál es la conclusión más importante de su trabajo?


Una conclusión casi unánime a la que han llegado los historiadores de la pobreza es que este concepto es demasiado relativo, general y específico a una cultura para que tenga una acepción a nivel universal. Por tanto es imposible e inútil tener una conversación seria sobre el tema si primero no nos ponemos de acuerdo sobre el significado del término. Por eso dedico tres capítulos de mi libro a este asunto. Históricamente se han dado cientos de significados a distintas formas de precariedad, pobreza y privaciones, y la misma palabra puede significar muchas cosas diferentes o encontradas. Me pareció necesario, por tanto, revisar la historia o, mejor, la arqueología de la palabra. El ejercicio me llevó entonces, primero, a reconocer al menos tres categorías distintas de la pobreza como tal y, segundo, a ver con claridad la irrelevancia y el peligro de confundir la pobreza con la indigencia o la miseria. Hoy me doy cuenta, más que nunca, que habría que evitar esta confusión no sólo por razones semánticas y epistemológicas, sino también por su uso en asuntos de política y sus consecuencias dañinas para la vida de los pobres.

Otra importante sugerencia de su libro, basada en su propia experiencia, es que en el pasado, ser pobre no era una "cosa mala", como hoy estamos acostumbrados a pensar.

A mi entender la pobreza puede ser observada y estudiada como una expresión de la precariedad o un conjunto de "carencias", incluyendo la ausencia de cosas necesarias para una vida humana digna y para satisfacer las necesidades básicas de alimentos, vivienda, salud, etc. Sin embargo, el problema de esta perspectiva es que "carencias" o "necesidades" no pueden ser definidas universalmente, ya que dependen de la manera en que distintas personas o grupos definan estos términos, y también dependen de la manera en que tales necesidades sean satisfechas en cada caso en particular. En otras palabras, las necesidades que uno tiene en su vida y la manera en que se satisfacen dependen de la manera en que la pobreza y la riqueza sean definidas por personas diferentes. Por ejemplo, San Francisco [de Asís] y Gandhi tenían perspectivas muy diferentes de sus "carencias" y "necesidades", en comparación con la mayoría de la gente que vive hoy en sociedades de consumo. Por tanto, desde esta perspectiva, la pobreza podría ser algo "bueno" o "malo", dependiendo de la manera en que las personas perciban sus riquezas y pobrezas, y también de las posibilidades reales de esas personas de satisfacer sus necesidades en las mejores condiciones. Entre las sociedades antiguas, las llamadas necesidades básicas de los pobres era aún más modestas y de convivencia. Las relaciones sociales de cada persona, enriquecidas mutuamente con el resto de la comunidad, también tenían un rol importante para la satisfacción de esas necesidades.

Esto me lleva a otra dimensión de la pobreza, quiero decir que la pobreza es como un manera de vida, como un arte de ser y relacionarse con los demás, como todas las maneras y los medios que los pobres utilizan para constantemente crear y redefinir sus riquezas. En lo personal considero que es una manera de vivir con el otro muy superior; la pobreza que yo he nombrado como "de convivencia" es "una buena cosa" en todas las circunstancias. Es el mismo modo de vivir que Joseph Prud'homme, filósofo francés del siglo 19, llamó "la condición normal de la humanidad en la civilización". Quizá no era "algo bueno" que las sociedades antiguas carecieran de muchas comodidades materiales que nos facilitan la vida en condiciones normales. Pero de todos modos las sociedades antiguas produjeron algunas de las civilizaciones más importantes del mundo, y fue porque desarrollaron esta forma de vida de convivencia basada en la simplicidad, la frugalidad, la reciprocidad, la solidaridad, el compartir y la preocupación por el prójimo. Ahora bien, este tipo de pobreza semivoluntaria era un ejemplo de su sentido común. Representaba una manera muy sabia y realista de aprovecharse de todo lo que podían producir a fin de salir airosos en su lucha común contra la necesidad. También era una manera de crear y conservar otras formas de riqueza inmaterial.

Todo esto nos facilita comprender lo que Marshall Sahlins de la Universidad de Chicago quería decir cuando hizo su famosa declaración en el sentido de que la "pobreza es un invento de la civilización" y que nunca existió en la edad de piedra. De hecho, durante miles de años todos los pueblos de este mundo vivían normal y, con frecuencia, felizmente con muy pocas cosas. Jamás se consideraban pobres.

Durante miles de años cada individuo era pobre en algún aspecto y rico en otro. Pobre y rico se usaban como adjetivos. Transcurrieron miles de años para que la gente en el poder describieran a un individuo como pobre, usando la palabra como sustantivo. Ahora, no obstante las dificultades impuestas a las personas etiquetadas como pobres, su modo de vida, como la acabo de describir, sigue siendo una de las más sabias y más éticas, pues se basa en el respeto a los demás y a su entorno social y natural. Por estas razones, es una forma de vida que, sin duda, representa una forma mucho más rica y humanitaria, en comparación con las llamadas formas modernas de vivir, basadas en conceptos de competencia, búsqueda de utilidades y en la dependencia que hay en muchas "necesidades" autodestructivas que han creado las sociedades de consumo.


¿En qué se diferencia lo que usted llama "pobreza modernizada" de la "pobreza de convivencia" que acaba de definir?

La época industrial hizo surgir una nueva forma de pobreza que he llamado "modernizada", un término inventado por Ivan Illich. Esta variedad particular de pobreza es nueva en el sentido de que representa una carrera sin fin entre las necesidades personales, creadas socialmente, y las dificultades que el individuo enfrenta para encontrar los medios materiales para satisfacer tales necesidades. Y eso en una realidad en donde los medios de subsistencia son cada día más difíciles de encontrar, en particular para la mayoría de la gente cuya principal fuente de ingreso es la venta de su fuerza de trabajo, a precios muy bajos. Esta situación vuelve a la gente cada vez más dependiente del mercado y de las necesidades que sigue creando. Ivan Illich comparó la situación de los pobres actuales al mito de Tántalos, condenado a vivir en un paraíso rodeado de todo tipo de delicias, pero a quien se le negaba siempre todo lo que pudiera satisfacer su hambre y sed.

Para Marx, si bien la economía capitalista representaba un sistema de producción mucho más eficiente, en comparación con la economía de subsistencia, y que permitía a un número creciente de personas satisfacer necesidades nuevas, también creaba lo que llamó el proletariado: una clase nueva de personas enajenadas, que vendían su fuerza de trabajo como única manera de evitar la miseria. Y debido a que esta nueva clase de personas había sido desarraigada de su entorno de vida y despojada de sus autodefinidas maneras históricas y culturales de ganarse el sustento, se enfrentaba continuamente a la miseria. [La economía capitalista] creó masivamente, por primera vez, miseria e indigencia.

Leer la entrevista completa



Sólo los pobres tienen cosas


Santiago Alba Rico - La calle del medio

En nuestra vieja casa de piedra, en un pueblecito cerca de Madrid, teníamos una parra que había trepado durante décadas, agarrada al muro, para desplegar sobre el balcón su sombra dulce de hojas y de uvas. Un día, no la encontramos; al pie de la pared dolorosamente desnuda se alzaba un muñón diminuto serrado con violencia, tristísimo cimiento vegetal de la catedral derribada. Al vernos, uno de los vecinos se nos acercó para explicarnos con naturalidad, y casi con reproche:

- Era un engorro. Me he comprado un coche nuevo más grande y tenía que maniobrar mucho para entrar en vuestra calle, exponiéndome además a que la parra me rayara la carrocería. Así que la he talado. Era dura la condenada; he tenido que sudar para cortarla.

Pedía casi que le agradeciéramos el esfuerzo. Tan improcedente le parecía que un árbol obstaculizase el camino de un coche, y tan natural esa jerarquía, que no podía imaginar nuestra contrariedad ni nuestra cólera. Entre coches, la lucha habría estado quizás igualada; pero entre un coche nuevo y una excrecencia natural que nadie había comprado, y que salía de debajo de la tierra, el coche nuevo debía hacer valer rutinariamente todos sus derechos.

Las catedrales a veces crecen solas: se llaman parras o almácigos o colinas o glaciares. Se toman su tiempo en formarse -décadas, siglos o milenios- y desaparecen luego en un minuto porque obstaculizan la multiplicación y disfrute de la verdadera riqueza, fabricada por la Ford o por la Sony y vendida por Wall-Mart o El Corte Inglés.

El modelo mental de nuestro vecino aldeano es el de un mundo, el capitalista, en el que son los coches -las mercancías en general- y no los árboles los que tienen valor. Pero tampoco puede decirse, la verdad, que tengan mucho valor. Que prefiramos los coches y los televisores a las parras y las colinas no quiere decir que coches y televisores revistan a nuestros ojos el valor sagrado que para nuestros antepasados tenían ciertos árboles o ciertas montañas. En este mundo están, por así decirlo, las criaturas que no tienen ningún valor -como los rosales, los ríos y los iraquíes- y las que tienen muy poco valor, como lo son todas las que podemos comprar en el mercado. Lo hemos escrito otras veces: los españoles tiran a la basura sus teléfonos celulares cada tres meses, sus ordenadores cada año y medio, sus carros cada dos años. Tiran ininterrumpidamente los pañuelos, los papeles, las botellas, los encendedores, las cuchillas de afeitar, los bolígrafos, los Cds. Valoran más, claro, un trozo de plástico que un castaño milenario, pero el trozo de plástico lo tratan sin ningún respeto y enseguida lo olvidan, lo arrinconan o lo cambian por otro semejante.

El misterio metafísico del capitalismo se resume en esta pregunta: una mercancía ¿es realmente una cosa? Pero antes que nada: ¿qué es una cosa? Digamos que cosa es todo aquello que se rompe y que tarde o temprano no se puede ya recomponer; todo lo que está desprotegido, todo lo que requiere cuidados, todo lo que se vuelve irreemplazable con el paso del tiempo y cuya ausencia, por eso mismo, deja también una especie de cosa intangible y triste en su lugar. La silla que me ha soportado tantos años, el libro, el jarrón, el mar, el mundo mismo son cosas. Un niño y un amado son cosas. Nos guste o no, en la medida en que somos cuerpos y estamos a merced de todos los demás, los seres humanos somos también cosas . No nos importaría ser tratados como cosas valiosas -o al menos como animales de compañía. Pero el problema es que, bajo el capitalismo, somos tratados como mercancías.

Antes la burguesía acumulaba muchas cosas; ahora sólo los pobres conservan algunas pocas con vergüenza y aspiran precisamente a liberarse de ellas. Las cosas han desaparecido. Cuando algo está a punto de convertirse en una cosa, se corre al mercado a cambiarla por otra. Nada se rompe porque todo lo tiramos mientras aún sirve o funciona; nada llega a estar ausente porque no le damos tiempo para estar presente. El mercado capitalista constituye un “hombre nuevo” porque establece un lugar antropológico sin precedentes en el que todo lo existente -todas las criaturas, naturales y artefactas- se pueden reemplazar. De los costes ecológicos de esta ilusión de intercambiabilidad y reemplazabilidad (que se alimenta de recursos finitos y de un planeta diminuto e insustituible) se habla a menudo; lo que no se dice con tanta frecuencia es que, en un mundo sin cosas, en un mundo en el que los humanos no alcanzamos ni siquiera el rango de cosas, en el que nada nunca llega a romperse, todo se puede tratar por igual sin ningún cuidado. ¿Las parras, los ríos, los iraquíes? Son obstáculos para el mercado. ¿Los coches, los televisores, los trabajadores? Vamos, hermano, a comprar uno nuevo.

Todo nuestro universo mental y cultural está ya configurado por esta falta radical de cuidado que acompaña a la ilusión fundamental del mercado: la de que todo tiene solución. La publicidad no anuncia productos concretos sino el evangelio -la buena nueva- de esta curación universal: todo tiene arreglo y si usted tiene arrugas, estreñimiento, la piel seca, poco pelo, nadie le quiere, no le dan trabajo, es sólo culpa suya. Es duro ser pobre cuando uno sabe que con un poco de dinero podría dejar de serlo; es duro ser pobre cuando sabemos que podríamos ser incluso inmortales -y con nosotros toda la familia, que tampoco nos lo perdona- si hubiéramos hecho bien la compra.

Pero esta desaparición de las cosas no rige sólo el universo publicitario; también el cinematográfico. Lo que hay que reprochar al esquema de Hollywood no es que oponga de un modo excesivamente sumario el Bien al Mal. Yo también lo hago: para mí René, Antonio, Fernando, Gerardo y Ramón son los “buenos” y -por ejemplo- Kissinger, Bush y Cheney son los “malos”. Lo que tiene de engañoso, enfermizo y corruptor el esquema de Hollywood es su pretensión -puro reflejo del mercado- de que todos los conflictos tienen solución y todas las pugnas conciliación.

No es así: nos rompemos, nos morimos.

No es así: hay luchas en las que sólo puede haber un vencedor.

Porque nos morimos tenemos que cuidarnos los unos a los otros.

Porque el capitalismo nos trata sin cuidado, es necesaria la revolución.

Pecado estructural, pobreza y Teología de la liberación

Los campesinos del sur, las mujeres doblemente discriminadas, las minorías, las clases sociales populares explotadas, los oprimidos... Jesús de Nazaret se identificó con ellos y optó por ellos. La miseria que padecen los pueblos llamados subdesarrollados está engendrada por las relaciones de dependencia en que son mantenidos por los países poderosos o ‘más desarrollados’ del centro, a consecuencia de el sistema capitalista internacional mediante la existencia de mecanismos económicos, financieros y sociales que acumulan riqueza en unos lugares y desencadenan una acción destructora de pueblos, familias y personas en los restantes.

De esta manera el pecado estructural nos revela que existen estructuras sociales, económicas y políticas o culturales que son pecaminosas – producen sufrimiento, opresión y el mal – por el propio funcionamiento de su lógica, independientemente de las intenciones de las personas involucradas en estas estructuras.

Predicaba el arzobispo de San Salvador, Monseñor Óscar Romero (acribillado a tiros mientras celebraba la eucaristía el 23 de marzo de 1980), el rol perverso del pecado estructural que no es consecuencia del azar, sino que representa la voluntad de un esfuerzo organizado para defender y favorecer un grupo con intereses determinados, y que corresponde a la racionalidad de exclusión y de explotación inherente al sistema socioeconómico vigente.

De aquí que el cristianismo reivindique el sentido humano de entregar la vida y la libertad a favor de la gestación de un nuevo modelo económico y la significatividad de la participación activa de las comunidades de base cristianas en la lucha liberadora de sus pueblos.

El jesuita Ignacio Ellacuría (asesinado el 16 de noviembre de 1989 por soldados de las fuerzas armadas) nos habla de asumir la pobreza material de la propia vida personal y de las estructuras institucionales como manera de comprometerse a favor de los pobres, y como sacramento histórico de liberación.

Sobre la pobreza

La subsistencia percibida culturalmente como pobreza no implica necesariamente una baja calidad de vida física. Por el contrario, las economías de subsistencia contribuyen al crecimiento de la economía de la naturaleza y de la economía social, aseguran una elevada calidad de vida en términos de alimentos y agua, sostenibilidad de los medios de vida, y una robusta identidad y significado social y cultural.

Por otro lado, la pobreza de 1.000 millones de personas hambrientas y de 1.000 millones de personas deficientemente alimentadas, víctimas de la obesidad, adolece tanto de pobreza material como cultural. Un sistema que crea la negación y la enfermedad, mientras acumula miles de millones de dólares de grandes beneficios para los agronegocios, es un sistema diseñado para crear la pobreza para la gente. La pobreza es un estado final, no un estado inicial de un paradigma económico, el cual destruye los sistemas ecológicos y sociales que mantienen la vida, la salud y la sostenibilidad del planeta y de la gente.

Y la pobreza económica es sólo una de las formas de la pobreza. La pobreza cultural, la pobreza social, la pobreza ética, la pobreza ecológica, la pobreza espiritual son otras formas de pobreza con mayor prevalencia en el así denominado rico Norte, que en el Sur, denominado pobre. Y estas otras pobrezas no se pueden borrar con dólares. Necesitan compasión y justicia, cuidados y formas de compartir.

Los indígenas en la Amazonia, las comunidades montañesas en el Himalaya, los campesinos cuyas tierras no han sido expropiadas y cuyas aguas y biodiversidad no ha sido destruida por la deuda para crear una agricultura industrial poseen riqueza ecológica, incluso aunque no ganen un dólar al día.

Por otra parte, incluso con cinco dólares al día la gente es pobre si tiene que comprar los productos más básicos a precios elevados. Los campesinos indios convertidos en pobres y empujados hacia la deuda durante las pasadas décadas para crear mercados para las costosas semillas y productos agroquímicos a través de la globalización económica están poniendo fin a sus vidas por millares.

Para saber más: Abrazar la vida. Mujer, ecología y desarrollo. Vandana Shiva,.1988.

Para saber más: Como poner fin a la pobreza. Vandana Shiva.

Necesidad y pobreza: reflexiones conceptuales y algunas cautelas estadísticas

José Manuel Naredo

Para analizar la pobreza y conocer su impacto en la sociedad es imprescindible aplicar un enfoque multidimensional que tenga en cuenta los diferentes contextos donde se produce. Por el contrario, la definición unidimensional de la pobreza, basada exclusivamente en el gasto o el ingreso de las distintas capas de la población, no constituye más que un índice parcial de la desigualdad en la distribución de la riqueza. Hay que considerar la situación material que define las condiciones de vida de la gente, pero también es necesario analizar la percepción que cada uno tiene de su propia condición, la percepción de la pobreza que tienen los otros y cómo estas percepciones varían para los distintos colectivos sociales o periodos temporales.1

Hasta no hace mucho, se hablaba indistintamente de pobres y necesitados. Sin embargo, hoy parece que esta última palabra ha caído en desuso. Quizá ello se deba a que con la llamada sociedad de consumo se extendió entre la población tanto afán de acrecentar consumos, gastos y riquezas que esta situación llevó a que casi todo el mundo pudiera considerarse necesitado (aunque no pobre). En este sentido apunta la reflexión que lleva a Iván Illich a presentar al homo economicus como un eslabón intermedio en la transfiguración de la naturaleza humana desde el homo sapiens hacia el homo miserabilis: “Al igual que la crema batida se convierte súbitamente en mantequilla, el homo miserabilis apareció recientemente, casi de la noche a la mañana, a partir de una mutación del homo economicus, el protagonista de la escasez. La generación que siguió a la II Guerra Mundial fue testigo de este cambio de estado en la naturaleza humana desde el hombre común al hombre “necesitado” (needy man).

Más de la mitad de los individuos humanos nacieron en esta época y pertenecen a esta nueva clase...”.2 Junto al desuso de la palabra necesitado, se observa también la desatención de la literatura económica hacia la génesis de las necesidades, para centrarse en el estudio de demandas y preferencias, presuponiendo dados los gustos de los sujetos. La economía aparece así como una disciplina que se ocupa de la satisfacción de las necesidades mediante el consumo, pero no de estudiar el origen de aquéllas. Esto plantea problemas si, como tempranamente advirtió Veblen,3 las necesidades y los gustos se ven alterados y generalmente incentivados por el propio sistema económico, arrastrando a los individuos a un “estado de insatisfacción crónica” (y creciente, si la meta de las necesidades aumenta más deprisa que los medios -renta y consumo- que se ofrecen para colmarlas). E incluso si, como ha subrayado más recientemente Hirschman,4 otro economista sui generis, la insatisfacción aflora en muchos casos tras haber adquirido los tan deseados bienes de consumo.

Este autor analiza el distinto grado de frustración que normalmente sigue al consumo de los distintos tipos de bienes y servicios, postulando que esta frustración puede alterar los gustos de los individuos y hasta originar en grupos importantes ciclos de euforia y desengaño consumista que desplacen el interés entre lo público y lo privado.

Valgan las referencias a los tres autores mencionados para sembrar un poco de inquietud en el apacible mundo de la economía estándar, que nos tiene habituados a medir la desigualdad y la pobreza (e implícitamente la satisfacción) en términos monetarios. Se clasifican así los individuos, los hogares y hasta los países en ricos y pobres, atendiendo a su renta o gasto, haciendo abstracción del distinto significado que les otorgan los heterogéneos marcos de referencia. De manera que, al aplicar este criterio unidimensional, se pontifica por definición sobre la pobreza severa del agricultor tradicional y, en general, de todas las sociedades que nos precedieron. Como denunció con solvencia Sahlins en su Stone age economics,5 “habiendo atribuido al cazador las motivaciones burguesas y habiéndole provisto de los útiles paleolíticos, decretamos por anticipado que su situación es desesperada... (Pero si tenemos en cuenta que) la escasez no es una propiedad intrínseca de los medios técnicos (ni monetarios) sino de la relación entre medios y fines”, y entendemos por “sociedad de la abundancia” aquella en la que se satisfacen con holgura las necesidades sentidas  por la gente, la documentación aportada induce a concluir que las sociedades primitivas estudiadas por este autor estaban más cerca de la abundancia que las del capitalismo maduro de hoy día. De ahí que el ascetismo religioso recomiende máximas de comportamiento tan contrarias al utilitarismo consumista como la que sigue: “cuida de no desear / si no quieres padecer / aquél que menos desea / el más feliz viene a ser”.6 Y de ahí que, en otro tiempo, la pobreza de bienes materiales, sobre todo si respondía a una opción voluntaria, no fuera considerada de modo socialmente tan peyorativo como ahora, cuando la misma calificación de “pobre hombre” se ha convertido en insulto. Además, la propia palabra pobreza no tenía el carácter unidimensional que hoy le ofrece el predominio del enfoque pecuniario arriba mencionado: en el latín medieval existían más de 40 palabras para designar diferentes situaciones de pobreza o carencia, en persa antiguo, más de 30.7

El problema de interpretación histórica indicado recae con fuerza sobre el presente y explica en parte el fracaso de las teorías del desarrollo económico para eliminar la pobreza del mundo en que vivimos. Por una parte, la enorme concentración alcanzada en el manejo de los recursos físicos y financieros del planeta (y en la generación de residuos), que se opera en los grandes centros metropolitanos (EEUU, Unión Europea y Japón), evidencia hoy la imposibilidad de generalizar su modelo de crecimiento y sus patrones de consumo al resto de los países del globo. La lucha creciente por los recursos y los mercados que se observa a escala planetaria acentúa cada vez más el componente de suma cero propio de un juego económico basado en la adquisición (y destrucción) de riqueza que hasta ahora ha venido eclipsando la interpretación que normalmente se hace del proceso económico desde la idea dominante de producción.8 Por otra, el desarrollo, en su pretensión de erradicar la pobreza, no interviene mejorando de entrada las condiciones de vida en las sociedades tradicionales periféricas al capitalismo, sino provocando su crisis, sin garantizar alternativas solventes para la mayoría de la población implicada, originando en ocasiones situaciones de penuria y desarraigo mayores de las que se pretendían corregir ab initio. Desde esta perspectiva “podemos imaginar al ‘desarrollo’ como una ráfaga de viento que arranca al pueblo de sus pies, lejos de su espacio familiar, para situarlo sobre una plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo en educación formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de vivienda”.9 Y para ello es necesario disponer de unos ingresos que el desarrollo escatima a la mayoría de los individuos, desatando el proceso de miserabilización antes indicado por este autor, que alcanza hasta la necesidades calificadas de primarias o elementales (nutrición, vestido). Porque, además, las nuevas necesidades aparecen como algo ajeno a los desarraigados individuos y a sus posibilidades directas de hacerles frente; con lo que la persona carente de trabajo e ingresos aparece como un residuo obsoleto inadecuado a las nuevas exigencias del desarrollo, que cae con facilidad por la pendiente de la marginación social, al perder su condición de ser humano capaz de asegurar su propia subsistencia, para convertirse en un pobre necesitado de la beneficencia pública o privada.

La problemática indicada afecta hoy de lleno al Tercer Mundo, como había afectado antes y sigue afectando a los países de capitalismo avanzado. Precisamente para paliarla, estos países habían desplegado las redes asistenciales del Estado de bienestar, tratando de evitar que los individuos que caían de la elevada e inhumana plataforma mencionada por Illich lo hicieran en el vacío. Una vez separado el individuo de sus antiguos medios de subsistencia, y desaparecidas las instituciones tradicionales que le daban cobijo, se tuvieron que crear otras nuevas. Pues, como bien saben los antropólogos, todas las sociedades se apoyan, en mayor o menor medida, en relaciones no sólo de intercambio utilitario sino también de reciprocidad y redistribución.10 Los economistas, que habían centrado su atención en la primera de estas formas de relación, ya no pueden permanecer ajenos a las otras. Lo mismo que han tenido que abrir su reflexión hacia las ciencias de la naturaleza espoleados por las externalidades ambientales, ahora las externalidades sociales les llevan a ocuparse del tema de las necesidades codo con codo con otros especialistas. La discusión que suscita el diseño de la red asistencial propia del llamado Estado de bienestar ha inducido a tratar este tema desde el pragmatismo de la gestión, superando viejas polémicas derivadas de dogmatismos cientifistas y planteamientos parcelarios. El nivel de precariedad física y social en el que se encuentra buena parte de la humanidad ha llevado a afrontar la cuestión de las necesidades en términos de alcanzar un consenso moral sobre una serie de estándares mínimos generales que aseguren de hecho tanto la supervivencia física como la autonomía personal de ese individuo humano tan ponderado teóricamente. En este sentido apuntan los trabajos de Gronemayer11 y Doyal y Gough,12 así como los informes del PNUD sobre Desarrollo Humano13 y de otras agencias de Naciones Unidas. También tiene particular interés la reflexión sobre las necesidades desarrollada por Max-Neff, Elizalde y otros,14 que aclara la tendencia a confundir los patrones usuales de consumo como único medio de “satisfacer necesidades”, distinguiendo para ello entre posibles satisfactores con diferentes exigencias materiales y huellas de deterioro ecológico. Estos temas han sido desbrozados por Riechmann,15 y entroncan con reflexiones críticas más específicas de la llamada sociedad de consumo, actualizadas por Alonso.16 Todas estas nuevas corrientes convergen con otras que, desde la ecología, han venido proponiendo estándares de comportamiento no sólo más compatibles con las condiciones de habitabilidad de la Tierra sino también humanamente más solidarios.17

A modo de reflexión


De lo anterior se concluye que la definición unidimensional de la pobreza que se viene aplicando a partir del gasto o del ingreso monetario ofrece escaso interés interpretativo: viene a ser un simple índice parcial de la desigualdad en la distribución del gasto o ingreso.

Resulta, por lo tanto, inevitable aplicar un enfoque multidimensional de la pobreza, si queremos tratar seriamente el tema. A título orientativo sugerimos la conveniencia de abordar este concepto desde los cuatro puntos de vista que propone Rahnema en el texto antes citado: la situación material (y monetaria) que define las condiciones de vida de la gente; la percepción que cada uno tiene de su propia condición; la percepción de la pobreza que tienen los otros; y, finalmente, analizando cómo la percepción de las mismas situaciones varía para los distintos colectivos sociales o periodos temporales.

Pero no podemos terminar estas consideraciones sobre necesidad y pobreza sin extraer algunas consecuencias para el estudio de la desigualdad en el aquí y ahora de nuestro país.

Teniendo en cuenta que estos estudios normalmente se apoyan en los datos que sobre gasto e ingreso monetario ofrecen las Encuestas de Presupuestos Familiares (EPF), creo que se debería matizar la naturaleza y encuadre de esta información, al menos en los tres sentidos que a continuación se indican, para dar más solvencia y generalidad a las conclusiones que de ellos se extraigan.

La primera precisión apuntaría a confirmar si, como a primera vista parece, nuestro país ha venido acusando durante los últimos decenios un ciclo hirschmaniano de sobrevaloración de la esfera privada en detrimento de la pública (y si ahora estamos iniciando una inflexión en sentido contrario). Creo que la euforia consumista observada (que, al ser mucho más acusada que el aumento de los ingresos, tuvo que apoyarse en un mayor endeudamiento) así lo sugiere. Este aspecto debería considerarse no sólo para estudiar hasta qué punto el mayor gasto relativo de los hogares de las decilas inferiores responde a un mayor endeudamiento y no a una mejor distribución del ingreso, sino sobre todo para explicar la aparente contradicción que se observa entre la mejora en la distribución que denotan los datos de la EPF y la más aguda percepción subjetiva de la desigualdad que muestran las encuestas del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Esta contradicción pasaría a ser un resultado razonable si, entre tanto, se hubieran disparado los deseos y las necesidades de los grupos menos favorecidos muy por encima de sus niveles de ingreso y gasto, estando ahora más necesitados que antes (el notable encarecimiento de la vivienda puede haber acentuado este proceso de miserabilización de aquella parte de la población que carecía de patrimonio inmobiliario, pese a sus mayores gastos e ingresos, acentuando fenómenos de polarización social, al ensanchar la brecha entre propietarios y no propietarios, o entre propietarios endeudados y no endeudados).

La segunda precisión recaería sobre las diferencias entre población rural y urbana para aclarar otra aparente contradicción: mientras la información del gasto y el ingreso monetario sitúa en el medio rural los mayores índices de pobreza relativa severa, los datos de marginación social afloran como fruto de un fenómeno eminentemente urbano. Esta contradicción se desvanece si recordamos que el símil illichiano de la elevada e inhumana plataforma artificial de vida se adapta preferentemente a la realidad de las grandes urbes, permaneciendo el medio rural más pegado al suelo, pese a que hace ya tres décadas largas que culminó la crisis de la sociedad agraria tradicional en nuestro país. Extraer conclusiones generales sobre la pobreza rural y la urbana a partir de una única información monetaria sobre gasto o ingreso parece de todo punto improcedente, dada la heterogeneidad de ambas situaciones. Ello puede ocasionar problemas de comparabilidad en los índices agregados: la pérdida de peso de la población rural y el consiguiente aumento del gasto pueden interpretarse engañosamente en términos de mejora en la distribución global.

Por último, debemos recordar que los datos de las EPF se refieren sólo a una muestra de la población que no recoge bien los gastos (ni los ingresos) de los más ricos, como tampoco los de los más pobres y desvalidos. Aunque ya todo el mundo se ha enterado por la prensa de que los gastos ostentosos en yates y cortijos de nuestros más acaudalados ciudadanos no suelen correr a su cargo, no está de más insistir en que, mientras los gastos de las sociedades desgraven y los de las personas físicas no, se seguirá produciendo un desplazamiento creciente del patrimonio y los gastos de los hogares más acomodados hacia las sociedades que controlan, por no hablar de los paraísos fiscales en los que pueden escabullir su patrimonio de los afanes recaudadores del fisco. Esta notable laguna de información por la cúspide que acusa la EPF se puede ver ampliada hacia abajo por la no respuesta y el procedimiento de sustitución de los seleccionados que se niegan a ser encuestados: a la negativa explícita a colaborar de los mayordomos y administradores de los más acaudalados, se suma la ausencia de los hogares en los que trabajan varios miembros de la familia, tendiendo a encuestarse una población de amas de casa complacientes mucho más homogénea que la real y, por ende, con una mejor distribución del ingreso y el gasto. Al mismo tiempo, como el Censo de Población constituye el marco en el que se desenvuelve la EPF, queda fuera del mismo toda la población marginada o sin vivienda estable. ¿Hasta qué punto ha aumentado esta población? ¿Cómo ha variado la no respuesta y el desplazamiento hacia las sociedades de los gastos de los más adinerados? En suma, ¿han aumentado las asimetrías entre la población real y la población encuestada?

Creo que precisar estos extremos es una condición previa para interpretar con solvencia los datos de estas encuestas y sacar de ellos el partido que se merecen. Sirvan, pues, estos interrogantes para incentivar a los investigadores a darles respuesta con metodologías capaces de iluminar los puntos tan básicos y oscuros de la necesidad y la pobreza arriba mencionados.

Notas


1 Este texto retoma y actualiza las preocupaciones expresadas en un trabajo previo que, con el título Sobre pobres y necesitados, se publicó en J. Riechmann (Coord.), Necesitar, desear, vivir. Sobre necesidades, desarrollo humano, crecimiento económico y sustentabilidad, La Catarata, Madrid, 1998.
2 I. Illich, “Needs”, en W. Sachs (Ed.), The Development Dictionary: A Guide to Knowledge as Power, Zed Books, Londres y Nueva Jersey, 1992.
3 T. B. Veblen, Theory of the Leisure Class, 1899. Hay traducción en castellano con el título Teoría de la clase ociosa, 4ª ed., FCE, México, 1966.
4 A. O. Hirschman, Shifting Involvements: Private Interest and Public Action, Princeton University Press, Princeton, 1982. Hay edición en castellano con el título Interés privado y acción pública, FCE, México, 1986.
5 M. Sahlins, Stone Age Economics, Nueva York, 1972. Hay traducción en castellano con el título Edad de piedra, Edad de abundancia, Akal, Barcelona, 1988.
6 S. Salamó y M. Gelabert, Regla de vida útil a los pobres y al pueblo menos instruido y muy saludable a los ricos y personas doctas, Valladolid, 1980.
7 M. Rahnema, “Poverty”, en W. Sachs op. cit., 1992.
8 J. M. Naredo, La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Siglo XXI, Madrid, 2003.
9 I. Illich, op. cit., 1992.10 U. Martínez-Veiga, Antropología económica, Icaria, Barcelona, 1990.11 M. Gronemayer, Die Macht der Bedürfnisse, Rowohlt, Reinbek (Alemania), 1988. (Según I. Illich, este trabajo constituye “el más completo estudio crítico sobre el discurso de las necesidades y sus implicaciones”).
12 L. Doyal e I. Gough, “A Theory of Human Needs”, Critical Social Policy, Nº 10, 1984, y Teoría de las necesidades humanas, FUHEM, CAM e Icaria, Barcelona, 1994, traducción de una nueva versión mucho más elaborada y ampliada (editada originalmente por MacMillan Education, Ltd.), con prólogo de Gregorio Rodríguez Cabrero.
13 PNUD, Human Development Report, Oxford University Press, Oxford, 1990 y ss. Hay edición en castellano.
14 M. A. Max-Neff, A. Elizalde y M. Hopenhayn, “Desarrollo a escala humana: una opción para el futuro”, número especial de la revista Development Dialogue, CEPAUR-Fundación Dag Hammarskjöld, Uppsala (Suecia), 1986; M. A. Max-Neff, Desarrollo a escala humana, Icaria, Barcelona, 1994; A. Elizalde, Desarrollo humano y ética para la sustentabilidad, Universidad Bolivariana y PNUMA, Santiago de Chile, 2003.
15 J. Riechmann, op. cit., 1998.
16 L. E. Alonso, La era del consumo, Siglo XXI, Madrid, 2005.
17 A. Estevan, “Por una convivencia equitativa y autónoma, en paz con el planeta”, en C. Vaquero (Comp.), Desarrollo, pobreza y medio ambiente, Talasa, Madrid, 1994.

Riqueza y pobreza


La riqueza y la pobreza son inseparables. Es una unión desafortunada, dado que no son compañeras naturales. Aunque la ‘suficiencia’ no se considera el objetivo de al ambición humana, la pobreza, oscurecida por las seductoras promesas de ‘más’, no se puede ‘curar’. Solo puede variar, modificarse constantemente a imagen de una particular y selectiva concepción de la riqueza.

En nuestra vida cotidiana nos damos cuenta de que la riqueza significa algo mas que dinero. Decimos que alguien es ‘rico’ en experiencias. Hablamos de la ‘riqueza’ de los detalles de una maravillosa escultura o pintura. Cuando hablamos de la ‘riqueza’ del mundo natural, nos referimos a su belleza y diversidad. Reconocemos la ‘riqueza’ de la información contenida en un libro. Sabemos que la salud es riqueza. Y todos sabemos que la ‘riqueza no te la puedes llevar’. Todos llegamos al mundo y nos vamos de él tal como vinimos: desnudos.

Sin embargo el punto de vista monetario de la riqueza se impuesto sobre los demás, y relega con ello otras formas de responder a las necesidades que van unidas a la biodiversidad y la diversidad cultural del planeta. Las definiciones alternativas de la riqueza –y por tanto de la pobreza- nos pueden liberar de ese proceso tiránico y reductivo.

La riqueza y la pobreza forman parte de una construcción ideológica que, aunque ‘beneficia’ claramente a los ricos, cobra un inaceptable peaje a toda la humanidad.

La creciente desigualdad del mundo y la insostenible naturaleza de nuestra concepción de creación de riqueza tiene por lo menos una consecuencia positiva. Permite tanto a los ricos como a los pobres darse cuenta de que esos extremos satisfacen cada vez a menos personas. Induce a considerar la posibilidad de acogerse a un nuevo proyecto para liberarse de los sistemas que subordinan las necesidades de la humanidad a las necesidades de una economía. Refuerza los vínculos entre los jóvenes en las calles de Seattle, Génova y otros lugares, cónclaves donde el privilegio prosigue sus negocios cada vez más secretos, mientras los campesinos, las mujeres y los pobres de todo el mundo son robados, engañados y traicionados, en un planeta que puede fácilmente proporcionar la seguridad de lo suficiente a toda la población.

“Es útil separa una concepción cultural de vida de subsistencia como pobreza, de la experiencia material de la pobreza, que se deriva del desposeimiento y la privación. La pobreza que se percibe culturalmente no necesita ser una pobreza material real: las economías de subsistencia que se autoabastecen en sus necesidades básicas no son pobres en el sentido de verse privadas. Sin embargo, la ideología del desarrollo las define así porque no participan, por encima de todo, de la economía de mercado, y no consumen las mercancías producidas y distribuidas por el mercado, aunque puedan satisfacer sus necesidades a través de los mecanismos de autoabastecimiento.”

Vandana Shiva

Texto extraído del libro ‘El mundo pobre’ de Jeremy Seabrook.