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Elogio del catastrofismo

Suricato - Innovación y decrecimiento

Damas y caballeros, me presento: soy un catastrofista. El catastrofismo en temas medioambientales tiene mala prensa. Se arroja a la cara del interlocutor como sinónimo de exageración, pesimismo y poca confianza en las posibilidades de la tecnología de evitar o al menos atenuar los efectos secundarios o las “externalidades negativas” de nuestro  maravilloso “modo de vida”.

Separemos aguas. Ser catastrofista no significa ser apocalíptico. La doctrina del Apocalipsis es religiosa. El catastrofismo se basa en las evidencias científicas y en el sentido común, ambas cualidades totalmente ausentes de los enunciados apocalípticos. Un catastrofista es un optimista informado y, por lo tanto, indignado. Un decrecentista también.

Repito: soy, junto a muchos otros, un catastrofista. Y a mucha honra. El catastrofismo actual es casi lo inverso de aquella teoría geológica dominante en Europa en los siglos dieciocho y diecinueve que afirmaba que la tierra se formó súbitamente y de forma precisamente “catastrófica”. El catastrofismo actual, con fundamentos más biológicos que geológicos, afirma que las evidencias científicas disponibles apuntan hacia una desaparición más o menos repentina de muchos de los fundamentos de la vida sobre la tierra. Afirmamos que nos enfrentamos ahora a una reducción drástica de las probabilidades de continuación de las formas biológicas como consecuencia de la intervención destructiva de una de las maneras posibles de organización de la vida colectiva de las sociedades humanas sobre la tierra: el productivismo.

Este productivismo, expresado a lo largo del siglo veinte como capitalismo industrial o como socialismo de Estado, produjo el mayor daño ambiental conocido y ha dejado a los habitantes de este planeta, a todos no sólo a los humanos, al borde del desastre. El catastrofismo no confunde los efectos antropogénicos con los efectos de las formas políticas, culturales y económicas de organización del animal humano. No es éste en sí mismo el dañino sino las formas contingentes de organización de su vida colectiva en medio de una biosfera finita. La historia medioambiental del siglo veinte muestra los antecedentes de la catástrofe previsible. “En el siglo veinte se cuadruplicó la población del mundo y su economía se multiplicó por 14, mientras que el consumo energético aumentó 16 veces y el factor de expansión de la producción industrial fue  de 40. Pero las emisiones de dióxido de carbono fueron 13 ves superiores y el consumo de agua se multiplicó por cuatro”  “Es evidente que no mantendremos durante mucho tiempo el ritmo del siglo veinte” (John R. Mc Nelly).

Los catastrofistas pensamos que existen posibilidades de enmendar el rumbo modificando tanto el imaginario productivista como las formas sociales de organización del trabajo, distribución de la riqueza y de relación con la naturaleza. Existen posibilidades culturales, tecnológicas y políticas pero, desgraciadamente, desconocemos sus probabilidades de éxito. A lo mejor los botones de la catástrofe ya han sido tocados. El catastrofismo, transformado en acción y voluntad política, forma parte de la razón decrecentista que trabaja en el estrecho margen que existe entre las posibilidades y las probabilidades de supervivencia.


Bombas, economía e innovación

Suricato - Innovación y decrecimiento

La especie humana inventó el productivismo y sus dos grandes formas sociales de expresión en el último siglo: el capitalismo y el socialismo estatista. Ambos han fracasado como propuestas de bienestar humano; ambos se han sostenido por la dominación interna, la guerra  externa y el expolio y destrucción de la naturaleza. El socialismo estatista, aunque cuenta todavía con nostálgicos de sus rituales y de su épica, pasó con más penas que glorias por la historia de siglo veinte. El capitalismo que pareció triunfante lanza ahora zarpazos de ahogado. Pero su máquina productiva sigue funcionando, sigue generando ideas para la destrucción, sigue aprovechándose de la capacidad de innovación y  creatividad de la especie para sus fines egoístas.

El gasto militar es una parte central de la economía del mundo: constituye un mercado. Mercado de bienes, materiales e inmateriales, y mercado, de trabajo. La industria de la guerra forma parte del PIB de las naciones y demandante de ideas, tiempo y recursos naturales. Cuando la economía tambalea la guerra aparece como una de las salidas posibles para hacer funcionar la maquinaria productivista. El Imperio busca lugares donde lanzar las bombas y la industria armamentística comienza a salivar. Ahora, al parecer, es el turno de Irán.

La imaginación peversa y belicista comienza a funcionar: se trata de pensar cómo destruir las instalaciones nucleares de ese país. Para ello se piensa en utilizar bombas con capacidad para penetrar hormigón armado de hasta diez metros de espesor. ¿Cuánta inteligencia, creatividad y trabajo han sido necesarios para fabricar tales artilugios de  destrucción? ¿Cuanta energía colectiva ha sido puesta a disposición del horror? Y por el contrario: ¿qué otros lugares sociales han quedado vacíos de ideas, de energías creativas e innovación? La balanza social de la innovación es asimétrica.

Progreso, innovación y decrecimiento



Los discursos hegemónicos sobre la ciencia y la tecnología sitúan a estas prácticas sociales sobre el eje del progreso."A pesar de los constantes retrocesos y sus graves consecuencias, como guerras, dictaduras y catástrofes insuperables el Renacimiento y la Ilustración fueron sin duda etapas decisivas de la historia de la ciencia, del desarrollo de las civilizaciones y de la emancipación de la humanidad de sus ataduras naturales y sociales. Desde entonces, el desarrollo científico nos ha permitido tener una vida larga y grata" (Detlev Ganten, et al. Vida, naturaleza y ciencia).

Como señala Carl Amery (Auschwitz, ¿comienza el siglo XXI?) refiriéndose en particular al nazismo, este discurso concibe a las catástrofes, políticas, económicas, medioambientales etc. como momentos particulares y anómalos dentro de una senda de avance y progreso evidente "a partir de la fórmula, hacia la luz a través de la noche". Lo nuevo siempre supera a lo antiguo; lo moderno a lo tradicional; la tecnología actual a la de hace diez años. "Siempre ha habido y habrá pequeñas crisis de confianza en relación a los adelantos técnicos. Estas crisis forman parte del progreso, igual que la ciencia y la técnica" (Ganten)

La objeción al crecimiento es también una objeción a la ideología del progreso y, en particular, a su vertiente tecnocientífica. Las evidencias muestran, en el largo plazo y en las dimensiones macrosociales, una tendencia de las sociedades productivistas hacia la autodestrución más que el avance hacia la luz. La alta racionalidad en sus procesos parciales esconde una alta irracionalidad sistémica. Y el papel de la tecnociencia aliada con la industria ha sido hasta ahora central. Evidentemente no compartimos la opinión de que "hay motivos más que sobrados para mirar hacia el futuro con optimismo” (ibid.). Creemos más bien que el futuro es un bien escaso y que por este motivo hay que cuidar el presente para aumentar las posibilidades de que no todo termine en desastre.

Los decrecentistas no negamos el potencial positivo de la ciencia y la tecnología. Por el contrario, creemos que este puede ampliarse incluso aún más saliendo de su modelo piramidal y elitista. Creemos que hay un desperdicio de talento y creatividad social que no encuentra vías de expresión en los cauces dominantes. Imaginamos una innovación tecnocientífica basada en la sociodiversidad, horizontal, ampliada y distribuida. Una innovación que sea iniciativa de sujetos sociales hasta ahora ausentes y excluidos, distintos a los mercantiles y militares. Una innovación distanciada de los imperativos del consumo, de la velocidad y de la obsolescencia programada. Al igual que otras iniciativas de cambio, el decrecentismo apuesta por “revelar la diversidad y multiplicidad de las prácticas sociales y hacerlas creíbles por contraposición a la credibilidad exclusivista de las prácticas hegemónicas” (Boaventura de Sousa Santos).

Un programa de transformaciones decrecentistas debería apostar por un modelo de ciencia y tecnología “descalza” vinculada a las comunidades y a sus necesidades. Frente a las ciencias y tecnologías estúpidas y banales, afortunadamente, están las tecnologías verdaderamente importantes para el bienestar común. Tecnologías humildes como un horno solar o un “biodigestor” casero ofrecen mucho más valor social y esperanza de convivencia que la sofisticación obsolescente de las tecnologías triviales.

Sacar a la tecnología y a la ciencia de la lógica de la acumulación y de la lógica de la guerra constituye un programa decrecentista máximo. Crear iniciativas de conexión y encuentro de experiencias actuales fuera de estas lógicas y estimular la emergencia de nuevas prácticas es una excelente política en el corto plazo. La función traductora y catalizadora de experiencias sociales dispersas que debe asumir el movimiento decrecentista encuentra en la ciencia y las tecnologías plebeyas un terreno fértil para ponerse a prueba.



Obsolescencia y entropía

Suricato - Innovación y decrecimiento

"El deseo se esfuma antes de que el objeto envejezca"
Deyan Sidjic.

El documental Comprar, tirar, comprar ha contribuido a aumentar la difusión de la crítica a la obsolescencia programada. Enhorabuena. Conviene, eso sí, profundizar en algunos temas que se abren a partir de él.

Entre todas las perversiones del productivismo, la obsolescencia programada es probablemente la más irritante. Consiste en una estrategia deliberada para acortar la vida útil de las mercancías con el objetivo de aumentar la velocidad del ciclo producción-consumo. Mientras menos duren más se fabrican. Los productos nuevos reemplazan a los antiguos que, así considerados, se convierten en basura. No se los deja envejecer con dignidad.

La obsolescencia programada requiere de dos mecanismos interrelacionados: una planificación conciente, racional y técnica de la caducidad, por una parte y el deseo social, publicitariamente estimulado, de renovación permanente de los símbolos de identidad y estatus social, por otra. Es decir, para que el engranaje funcione a la perfección es necesario que la razón productivista tenga como contrapunto necesario la razón consumista: lo nuevo, o aparentemente nuevo, que emerge de lo destruido, tiene que ser deseado. Para ello, la ideología publicitaria debe dar argumentos para que lo nuevo deseado sea considerado "mejor". El círculo así se cierra, pero se cierra mal puesto que la caducidad permanente genera desechos permanentes cuya mayor parte no ingresan en ningún circuito de reciclaje sino que, o bien se dispersan aleatoriamemente por la naturaleza, caso de las llamadas sopas de plásticos en los océanos o, son enviadas descarada e ilegalmente a países asiáticos o africanos, como Ghana, como bien ilustra el documental. Las cloacas están siempre en algún sitio: mejor si están lejos del paisaje de la opulencia.

La planificación de la obsolescencia y su efecto sobre la reducción de la vida útil de los objetos debilita las ancestrales prácticas de la reparación, del arreglo, de la compostura y los oficios vinculados a ellos: zurcidor, tapicero, afilador, modista... Oficios nobles, y totales, depositarios de saberes colectivos no entrópicos que establecían una relación afectiva con los artefactos a los cuales se les concedían nuevas oportunidades de vida. La actual construcción modular, fragmenta los objetos en unidades autónomas desechables. Un módulo es una pieza autónoma, una caja negra, acoplable, mediante un conector o interfaz, con otras. El oficio técnico actual, parcial y arrogante, desconoce gran parte la lógica de funcionamiento interior de las piezas. Sabe como acoplarlas y sustituirlas pero no sabe lo que bulle dentro de ellas, por lo tanto, no sabe repararlas.

Que la inteligencia, la técnica, la ciencia y el saber colectivo en general estén al servicio de la caducidad de los objetos de consumo revela hasta qué punto el productivismo linda con la inmoralidad. Lo mismo sucede con la industria militar. La famosa "destrucción creativa" shumpeteriana se revela como simple destrucción, sin más, sin apellidos. Es sabido que el capitalismo presenta una alta racionalidad en sus procesos parciales y una alta irracionalidad sistémica. Pues bien, la obsolescencia programada lo ejemplifica a la perfección pero añade una información nueva: los procesos parciales, fabricar una bombilla eléctrica, por ejemplo, pueden ser racionales y, a la vez, inmorales. La razón tecnocientífica y toda la estructura de prácticas profesionales y discursivas sobre ella asentada esconde su función obsolescente, es decir la producción voluntaria de caducidad.

El proyecto del crecimiento ilimitado del capitalismo requiere dos dinámicas aberrantes: por una parte, la absorción voraz de recursos y, por otra parte, la destrucción contínua de lo que el trabajo social ha realizado.

Sobre la contaminación, el agotamiento de recursos y sobre la destrucción ilimitada y sistemática de los productos del trabajo social se asienta la llamada prosperidad y del llamado bienestar de la que creen gozar una parte importante de las capas sociales de los países centrales y de una minoría de las periféricas. La prosperidad tiene los pies de barro; es circunstancial, precaria y falsa. Existe porque está basada en un principio de ceguera social: las evidencias del desastre y las injusticias no están incorporados en sus alegres cómputos. La prosperidad sólo se vive como tal si se mira para otro lado; si no se ven los agujeros negros hacia donde fluyen los detritus de la máquina económica.

La obsolescencia programada nació con el propósito declarado de estimular a las economías en crisis de los años treinta del siglo pasado. Pero forma parte del funcionamiento normal de la producción de masas. La fundamenta, sostiene y justifica. Sobre esta aberración se asientan todas las actuales llamadas al consumo para salir de la crisis. La misma innovación tecnológica, mantra de los ideólogos del sistema, está asentada sobre el imperativo de la caducidad. Las recetas keynesianas para el fomento de la actividad productiva de cualquier tipo se complementan con el estímulo al consumo, también de cualquier tipo. Todo vale para las cuentas de la economía. El PIB es ciego y sordo (pero no mudo); no le importa lo que llene sus indicadores. Su lógica es irresponsable y obscena.

Pero, no hay salida posible de la crisis, si la entendemos en su sentido amplio como crisis social y medioambiental, estimulando justamente uno de sus factores causales. No hay salida productivista ni consumista a la crisis, salvo como engaño y desplazamiento de los problemas a las generaciones venideras, si es que éstas consiguen llegar a existir.

La manoseada expresión "cambio de modelo productivo" debe significar otra cosa para que tenga valor. Debería significar limitación cuantitativa (menos objetos), redireccionamiento cualitativo (respondiendo a las necesidades de las mayorías) y reorientación ecológica de la producción y consumo social de bienes. La tercera sin las dos anteriores es simple maquillaje. La apuesta por el decrecimiento es una apuesta por la perennidad sobre la caducidad. Una apuesta por la vigencia de los objetos que son producto del trabajo social extrayéndolos del vértigo de la obsolescencia planificada. El decrecimiento no quiere añadir más entropía a la naturaleza.

Cocina e impresiones



Dice la prensa: "Científicos crean un prototipo de impresora de comida". La entradilla continúa: "Investigadores trabajan en una máquina capaz de 'imprimir' alimentos a gusto del usuario" Y se pregunta: "¿Tienen futuro las impresoras de comida?"

La prensa, como la sociedad en general, siente fascinación por la ciencia y la técnica. Cada cierto tiempo, reproduciendo artículos de revistas especializadas, nos comunica "avances" en estas áreas y en los más variados campos de la vida natural o social. El relato periodístico tiende a ser descriptivo y acrítico: narra lo que se considera simplemente la evolución normal de una práctica racional a la cual se le supone una trayectoria en permanente perfeccionamiento.

A veces pueden estos relatos mostrar cierta inquietud por los productos tecnocientíficos pero es momentánea puesto que la suma y resta de los aciertos y desaciertos siempre da como ganador a los
primeros. Vamos por el buen camino que nos llevará, vía desarrollo tecnológico, a la buena sociedad. La voluntad tecnológica dominante arrasa el sentido común.

Esta impresora de comida permitirá que se "introduzcan 'tintas' del alimento crudo en la parte superior de la máquina, se 'descargue' la receta -o ‘FabApp’- y que la máquina haga el resto. FabApps le
permitiría modificar a su gusto los alimentos, la textura y otras propiedades', afirma el doctor Ian Jeffrey Lipton, quien lidera el proyecto"

Pero dejar a la tecnociencia y a la industria asociada a ella sin control social conduce a todos los desvaríos y a las mayores estupideces. Permite que las prácticas científicas se dirijan hacia territorios banales justificados sólo por las promesas de rentabilidad económica futura para los laboratorios que financian los proyectos. El famoso I + D + I, mantra de las políticas públicas de desarrollo
tecnológico, no distingue entre proyectos: todo vale mientras existan esas promesas "y se cree empleo". El sistema educativo y formativo participará aportando las "competencias" humanas necesarias para que los engranajes y los chips continúen funcionando.

Pero: ¿dentro de qué jerarquía de valores y necesidades colectivas un desarrollo como el de la impresora de alimentos es relevante? ¿dónde
se encuentra el bien común que justifique la inversión de recursos sociales en este campo, abandonando otros? ¿quién legitima seguir en
los procesos de tecnologización, industrialización y mercantilización de prácticas sociales como la alimentación y la cocina?

No hay dirección ni sentidos socioteconológicos únicos. Para cada práctica tecnocientífica hegemónica es posible pensar en alternativas contrahegemónicas. Para cada delirio del poder tecnocentífico es
posible oponer razones comunitarias. Para cada codificación y tecnologización vertical de las prácticas sociales es posible pensar en procesos horizontales y participativos de innovación. La voluntad tecnológica puede ser encauzada a partir de otros proyectos y otras orientaciones sociales, entre ellas, evidentemente, la decrecentista.
La apuesta por el decrecimiento debe pensar en nuevas formas sociales de producción y apropiación de lo producido dentro de pautas que no rechacen la tecnología sino que la traduzcan y entretejan con las
prácticas de los sujetos que sostienen dicha apuesta.

“¿Qué pasaría si usted pudiera recibir la tarta de manzana casera de su mamá enviada por correo electrónico y con la posibilidad de imprimir el plato en casa?", pregunta el científico. No se a usted,
pero a mí me daría un poquito de asquito.

Suricato

Cambio de rumbo e imaginación decrecentista

Innovación y decrecimiento - Suricato - Decrecimiento Madrid

Nada más y nada menos. De lo que se trata es de cambiar el rumbo hasta ahora seguido por las sociedades humanas a partir de la bifurcación y la correspondiente opción productivista aparecida con el capitalismo industrial a mediados del siglo diecinueve y que llegó al paroxismo en el siglo veinte, lejos el más destructor de todos, si no tomamos en cuenta al actual. Eso, si éste siglo que comienza llega a finalizar y no acaba inconcluso y catastróficamente como advierte el escenario más probable.

El cambio de rumbo es una necesidad y una posibilidad pero los dados de la historia están cargados y para mal. Sabemos lo que hay que hacer para lograr un bien vivir auténtico y no el sucedáneo consumista actual, pero la máquina termo-industrial es enorme y a su funcionamiento perverso contribuyen sus propias víctimas. No obstante, hay que seguir apostando por la posibilidad más débil; jugándoselo todo en el empeño.

El decrecentismo no es una doctrina de salvación derivada de una profecía apocalíptica. El derrumbe, decimos, no será una consecuencia de castigos divinos: lo será de la estupidez, la avidez, la insensatez y el deseo de poder de grupos sociales concretos, en la actualidad con nombre, apellidos y número de identificación fiscal conocidos. El derrumbe civilizatorio no viene incluido en los genes de la especie sino que es el resultado de las opciones que en cada momento tomaron los que tenían las riendas del carro de la historia. Y el conjunto de esas elecciones nos ha conducido hasta aquí: al límite definitivo, a la frontera final con la biosfera a la cual pertenecemos y nos debemos.

No hay profecía apocalíptica, entonces, sino un diagnóstico descarnado que no puede ofrecer salvación sino orientaciones para una lucha de largo aliento que implicará tanto enfrentamientos directos y estrategias de contrapoder como procesos sociales de desconexión o “deserción masiva” de los modelos de conducta dominantes (Paolo Cacciari). La elección de unos caminos u otros por parte de los objetores del crecimiento dependerá de sus particulares condiciones subjetivas, éticas, culturales y políticas. El decrecentismo no prescribe unos modos u otros para ejercitar la decencia y la voluntad de cambio de rumbo. No es una apuesta por la salvación de algunos, sino por los derechos de las mayorías y minorías, sociales y biológicas, que viven en este planeta.

La imaginación decrecentista es el requisito para el cambio de rumbo. Significa la prefiguración del mundo deseado y de las formas de llegar a él explorando otros caminos en las bifurcaciones de la historia. El decrecentismo no delega en vanguardias supuestamente esclarecidas la concepción y el diseño de las formas convivenciales sino que promueve el derecho a la imaginación en todo el cuerpo social. Imaginar es un ejercicio de libertad que sostiene los proyectos de decrecimiento que promovemos. Imaginar es también un ejercicio de contrapoder. Y el campo de la imaginación decrecentista es inmenso, total, infinito, sin más límites que los que la propia energía creativa colectiva se imponga a sí misma. La imaginación y la inventiva participativa es el fundamento de las prácticas por el decrecimiento.

En Decrecimiento Madrid estamos explorando esa imaginación decrecentista realizando talleres internos para ayudar a configurar los proyectos comunes que sostienen nuestro hacer (Talleres de Imaginación Decrecentista). Se trata de recuperar el deseo colectivo a partir de la explicitación de los deseos individuales, bajo una lógica y una ética de construir “lo común de lo diverso” mediante procesos dialógicos abiertos. En eso estamos.

M-30: cementerio productivista


Suricato - innovacionydecrecimento

La ideología productivista es implacable: somete la acción humana a los imperativos del gigantismo, del despilfarro y de la sinrazón. Una vez dentro de ella no cabe más que comportarse de acuerdo a sus exigencias y rigores. La locomotora de la producción y el consumo sólo se mueve hacia adelante, aunque lo más nítido que se vea en el horizonte sea el precipicio.

En Madrid, el desarrollismo de los años setenta dejó como herencia una autopista gigante, la M-30, que rasgaba el rostro de la ciudad. Parte de un cauce fluvial fue convertido en un curso asfaltado que ha visto pasar durante décadas gran parte de la producción contaminante de la industria nacional y extranjera de automóviles.

Durante años la idea de “soterrar la M.-30” estuvo sobre la mesa de las brillantes ideas municipales. Hace algo más de tres años comenzaron las obras. Todavía continúan. Se ha cumplido, efectivamente, el objetivo del soterramiento: se han metido, literalmente, bajo tierra, hierros y asfalto, la autopista y sus coches, el ruido y los humos. De paso, (¿de paso?) el megaproyecto, ha aportado la actividad necesaria para aumentar el PIB regional, el índice de empleo y enriquecer a las empresas constructoras, bajo la coartada del bienestar ciudadano.

Las máquinas térmicas han sido silenciadas por máquinas térmicas. Sobre la superficie reina el silencio o, más bien la sordina de los ruidos del fondo abisal del tráfico impune. Triunfo, por aclamación, de la razón ingenieril sobre sí misma: ha resuelto, por ahora, parte de los problemas que ella se había provocado. ¿No le llaman a eso sostenibilidad? Pero fracaso total de la razón urbanística y la razón ecológica pues, coincidiendo con la crisis económica y el desvío de fondos hacia otras actividades más rentables para el narcisismo de la autoridad edilicia, el espacio urbano y paisajístico que nos han entregado a los habitantes de Madrid es desolador. Kilómetros de polvorientos descampados, precariamente maquillados por manchas arboladas y puentes de dudoso gusto sin evidencias de que participen de un proyecto visual, urbanístico y estético con sentido. En medio, un río convertido aún más que antes, si cabe, en un canal de regadío escuálido y avergonzado.

El entierro de la M-30 ha sido realizado de espaldas a la participación y la innovación colectiva. Los ciudadanos han quedado literalmente en sus márgenes, físicos y sociales, observando la destrucción de sus espacios de tránsito y esparcimiento habituales, respirando durante años polvo y más polvo de las interminables “obras” ofrecidas en nombre del progreso y anestesiados por promesas cuya impudicia nace de la desmovilización y la amnesia colectiva.

Y, lo que pudo ser la gran intervención de mejoramiento de la calidad de vida de Madrid a comienzos del siglo veintiuno, ha sido sólo la inhumación, arrogante pero provisional, de uno de los cadáveres del productivismo y del gigantismo. Metáfora elocuente de lo único que éstos, a estas alturas de su delirio, pueden hacer sobre sí mismos: esconder los muertos de sus propios desastres. Pero los signos de la gran fosa común aparecen por todos lados: respiraderos, chimeneas, salidas de coches… imposibles de ocultar ni por la “alfombra verde” prometida ni por la alfombra ideológica construida a fuerza de propaganda e “información al ciudadano”. Sobre ese cementerio, y otros más, se construye la gloria del desarrollo. Sobre ellos habrá que construir la utopía decrecentista.

Decrecentismo y gestos políticos

Suricato - Innovacion y decrecimento

Asistimos hace dos semanas a una reunión convocada por varios colectivos ciudadanos y pequeños partidos políticos para preparar la jornada de huelga del 29 de septiembre. El lugar, La Tabacalera, en el barrio de Lavapiés, Madrid, se ha convertido en un ámbito de reunión y conversación pública diverso, colorista, cooperativo, horizontal y asambleario.

Nos sorprendió, por esto mismo, la puesta en escena de la reunión: un espacio en altura presidido por un micrófono por el que sucesivamente pasaban y pronunciaban sus discursos y gritaban sus consignas los representantes de los grupos convocantes que estaban situados en la parte posterior del escenario.

Todo dentro de la liturgia conocida de la izquierda conocida. Demasiado igual a sí misma e incluso peor: el código político-mediático actual prescribe que detrás del líder aparezca ocupando todo el plano visual, militantes de base, heterogéneos, sencillos, comunes y corrientes, de acuerdo a la norma interna estética y antropológica de cada partido. En la reunión de Lavapiés ni siquiera eso se producía. El espacio había sido cercenado entre los que hablaban y los que escuchaban; unos en las alturas y otros en la llanura, unos hablando y otros escuchando. Subconjuntos disjuntos unidos por un discurso que quería ser nuevo pero que, desgraciadamente, repetía consignas en el argot tradicional, gastado y cansino. Los grupos asamblearios, base de la convocatoria pero inexpertos, quedaron subordinados dentro de un ritual que no les pertenecía.

Estamos en la fase expresiva y ligeramente expansiva de un posible movimiento social por las transformaciones sociales en el cual los decrecentistas tenemos mucho que aportar. Esta convocatoria de huelga ha permitido la expresión, por primera vez de la identidad de colectivos (www.cualestuhuelga.net) hasta ahora excluidos y autoexcluidos de las protestas. El día de la huelga marcharon por las calles de Madrid en un recorrido independiente a los trazados por las convocatorias “oficiales”. Estos colectivos deben tener la oportunidad de expresarse y construir su proyecto sin someterse a la lógica de los grupos hegemónicos en el espacio político alternativo actual. Por este motivo, entre nuestras contribuciones debería estar una concepción dialógica y horizontal de la política, no dogmática y lúcida, traspasable a estos colectivos. Nuestra contribución debería ser más ética que épica. Y aquí hay mucho que decir acerca de la necesaria renovación de los gestos y las palabras, a su vez expresión de una ética política distinta. Si no asumimos el naufragio histórico que incluye el naufragio semántico y gestual de los movimientos de izquierda tradicionales poco tendremos que decir a las nuevas generaciones de activistas y ciudadanos que se incorporan a las movilizaciones, incluyéndonos a nosotros mismos, recién llegados a la historia de los movimientos sociales.

Los decrecentistas debemos situarnos dentro de un proyecto de reinvención del discurso emancipatorio y no dentro la estela de repetición de modos y proyectos fracasados. Nuestro viaje es de apertura y de descubrimiento. Para ello debemos "aligerar la carga doctrinaria" que todavía sigue lastrando a la mayoría de la izquierda y arriesgarnos a reinventar los conceptos y los gestos de la conducta contrahegemónica. La tarea es difícil pero eso no excusa la necesidad de emprenderla. Afortunadamente, tenemos un ejemplo de renovación inteligente del código y las prácticas políticas en el neozapatismo mejicano que ha permitido la deconstrucción de muchos de los esquemas caducos de la izquierda centralista, jerárquica y dogmática. Este movimiento apuesta por la “posibilidad de separar el pensamiento revolucionario actual de la tradición marxista-leninista-troskista-guevarista y de encontrar nuevas formas de hacer política y de ejercer el poder: mediante la fórmula mandar obedeciendo y la introducción de la ética en la política y en la relación fines y medios" (Manuel Vázquez Montalbán").

Podemos desarrollar estrategias de visibilización (aquí estamos), de desafío (podemos vivir de otra manera) de innovación (tenemos ideas y prácticas que prefiguran aquí y ahora una sociedad diferente) de articulación (estamos junto a otros) sin necesidad de constituirnos en vanguardia o retaguardia de nadie. Pero para cumplir con estas tareas es imprescindible profundizar en la capacidad de análisis de las realidades que hacen necesarias las transformaciones. Y estas son realidades locales, limitadas, pero intensas en significados y experiencias. Por ese motivo, es imprescindible desarrollar capacidad de interpretación y traducción de los discursos y prácticas en los contextos donde los colectivos de objetores del crecimiento desarrollan su trabajo.

No somos una consciencia externa, sino una conciencia común, enraizada en las prácticas sociales de sujetos sociales preexistentes. Por ello, ninguna forma de "entrismo" nos define ni debe interesarnos. Se trata de participar, junto a otros, en el llenado de contenidos nuevos en un discurso todavía saturado de verborrea roja, rojinegra, verde y lila, actuando de catalizadores y traductores de experiencias no hegemónicas, antiguas y nuevas, en la perspectiva de diseñar proyectos contra hegemónicos de mayor alcance. El inventario decrecentista de las catástrofes, ecológicas y sociales, que se avecinan es necesario pero insuficiente de manera aislada para convocar las voluntades de cambio. El momento de la negación debe ser sustituido por el momento de la proposición. Debemos sustituir el anticapitalismo visceral y muchas veces retórico, por un prodecrecimiento racional e informado, a la vez que imaginativo y creativo, es decir utópico. Lo relevante ahora es la construcción y difusión de proyectos que actualicen los conceptos e intuiciones decrecentistas en formas sociales concretas. Pensar, por ejemplo, la escuela, la fábrica, la ciudad o la cooperativa decrecentista y diseñar sus contornos, así como participar en la cartografía, la traducción y la articulación de prácticas no hegemónicas existentes aquí y ahora, en una dirección contrahegemónica. Esta la tarea más relevante que tenemos frente a nosotros.

Septiembre 2010

Huelga y decrecentismo


Está en marcha en España una huelga convocada por los sindicatos mayoritarios. En esta convocatoria están concentradas al día de hoy la mayoría de las energías sociales y políticas críticas al actual modelo económico. Podemos estar en desacuerdo con su comportamiento en general pero, en actualidad, los sindicatos son, en el mundo del trabajo, una referencia ineludible. Ellos lideran una iniciativa que implicará, si sale bien, una fuerte movilización social con la que, en nuestra opinión, los decrecentistas debemos estar en sintonía.

Esta huelga es una huelga del mundo del trabajo asalariado pero representa una oportunidad importante para que tenga presencia y se muestre al conjunto de la sociedad el mundo de los movimientos de base, el de la economía solidaria, el de la ecología, el del cooperativismo y otros. Es decir, todo el espacio social que está fuera de las relaciones salariales. Un ámbito complejo y heterogéneo que hasta ahora ha quedado generalmente extramuros de las protestas sociales y que, usando la capacidad amplificadora de la huelga, puede dar a conocer formas de producción, comercialización, consumo y crédito distintas a las capitalistas.

Si aportamos creatividad y motivación puede ser la ocasión para crear un momento lúdico a la vez que reivindicativo. Podemos, aunque sea una paradoja, llevar un mensaje antiproductivista, que en un contexto de defensa del empleo, pasa, en el discurso hegemónico, por el crecimiento de la economía. Podemos aportar una nota disruptiva en el sentido común. Esa es entre otras, nuestra tarea y misión como movimiento. Mostrar formas de vida y trabajo que no transcurren por la relación de subordinación salarial y su horizonte productivista.

Pero representa también la ocasión para reclamar espacios y políticas públicas que sean más favorables a la economía solidaria, a las redes de intercambio, a la acción cultural, a las iniciativas de banca ética etc. Es una oportunidad para presionar y luchar también por nuestros propios objetivos. Es importante, entonces, que se participe con reivindicaciones explícitas propias del sector.

Otra cosa distinta es cómo participar en esta huelga. Y aquí aparecen 3 momentos posibles: a) durante su preparación (junto a otros colectivos) b) durante el mismo día de la huelga en nuestros lugares de trabajo y c) en las manifestaciones callejeras. Debemos estar en los tres.

La huelga debería servir también para estimular la reflexión acerca del estatuto político del movimiento por el decrecimiento y su estrategia de transformaciones. Somos un movimiento político, en su acepción más amplia, que debe encontrar su lugar en el conjunto de las luchas sociales. Y cualquier proyecto de transformaciones decrecentistas debe hacerse en alianza con el mundo del trabajo. Las contrahegemonías se construirán en la confluencia de proyectos de emancipación diferentes. Debemos mostrar que la posibilidad teórica de "lo común de lo diverso" encuentra su expresión práctica en las movilizaciones y acciones conjuntas con otros sujetos de los cambios, dentro de un proyecto destinado a aumentar la multiplicidad del mundo.

Esta huelga nos encuentra en la infancia del movimiento decrecentista y evidentemente se pondrán de manifiesto todos los balbuceos correspondientes a la edad. Esto no es lo importante; lo importante es saber que "decir no es decir si a algo diferente" y verla como parte de un recorrido que debe llevar a actualizar las posibilidades de la realidad. "En cada momento hay un horizonte limitado de posibilidades y por ello es importante no desperdiciar la oportunidad única de una transformación específica que el presente ofrece" (Boaventura de Sousa Santos)

Respuesta a una crítica barroca: Por el decrecimiento

Suricato

Recientemente, Miguel Amorós ha publicado un artículo titulado “El Trauma del Decrecimiento”. No hay nada que objetar al intento crítico en sí mismo y lo consideramos como parte del necesario debate de ideas que el movimiento por el decrecimiento genera y necesita para su enriquecimiento y difusión. Hay mucho que objetar, eso sí, a la forma y a gran parte del contenido del artículo. En relación a la primera, una pluma agresiva y descalificadora revela una actitud poco proclive al diálogo y a la construcción de alternativas comunes. En lo que respecta a su contenido, Amorós construye su crítica a partir de una definición del decrecimiento y el decrecentismo caricaturesca y burda con la esperanza de que le facilite sus ataques. El resultado es un texto salpicado de exabruptos y tergiversaciones con el cual no es fácil dialogar. El discurso del crítico es duro, frío, fósil y hostil.

Para Amorós, tal como se expresa en este y otros artículos, los objetores del crecimiento somos una pandilla de pequeño burgueses “desclasados”, “perdedores” o “lumpenburguesía” que no queremos la “fractura social” y que no tenemos otra cosa más interesante que hacer que construir una ideología y un movimiento a la moda participando con otros, como el movimiento antiglobalización, en la “trivialización de la protesta” y la “supresión del conflicto”. De esta manera, nos convertimos en “arma auxiliar de dominación” cumpliendo una “función reaccionaria en tanto que falsa conciencia de la realidad de unas clases en migajas”, etcétera. Sin comentarios.

Amorós construye su crítica desde la añoranza de un sujeto revolucionario que se le perdió en los meandros de la historia. Está molesto por el evidente debilitamiento del sujeto proletario y considera que todos los otros sujetos sociales actuales y sus luchas son sustitutos mediocres de éste. “El deseo de un cambio en la manera de aprender, producir y consumir que hoy se manifiesta esporádicamente en los llamados "movimientos sociales", no lleva la impronta de la acción proletaria. La clase obrera ha perdido la memoria, y con ello, sus maneras y su ser. La iniciativa pertenece a los pequeños burgueses desclasados, a los estudiantes, empleados, funcionarios, y, en general, a los grupos sociales en el filo de la proletarización, los perdedores de la mundialización”, señala.

Su nostalgia del “movimiento revolucionario real” es tal que le quita valor a todo lo que de riqueza tienen las nuevas configuraciones de la vida social, sus procesos, sus actores y sus luchas, porque no llevan la “impronta proletaria”. Los condicionamientos ideológicos de sus análisis no le permiten ver que ese debilitamiento del proletariado no es ni bueno ni malo en sí mismo sino la expresión de las mutaciones sociales y de los desplazamientos de los focos de conflicto. Esta ceguera le impide ver que los lazos fuertes de la inclusión proletaria en el trabajo son sustituidos en la actualidad por los lazos débiles de inclusión en el consumo y otras formas de integración material y simbólica que dificultan los discursos y procesos de emancipación colectiva. Las identidades y los contraproyectos más innovadores se construyen fuera de los espacios tradicionales de integración y conflicto como lo fue la fábrica en su momento. Pero Amorós, erre que erre, sigue en su obstinada añoranza del sujeto histórico de la revolución cuya decadencia llora.

El artículo del crítico es extenso y abigarrado. Su tejido retórico y las idas y venidas de sus argumentaciones no facilitan el análisis ya que provienen de un marco conceptual bastante alambicado. Hemos seleccionado los enunciados que pensamos son los más representativas para desarrollar nuestra perspectiva. El señor Amorós dispara sus dardos envenenados hacia muchos lugares y no podemos hacernos cargo de todos sus ataques. A la mayoría de los insultos y descalificaciones no les hemos dado respuesta, por simple aburrimiento.

Redactamos este texto utilizando un plural que hemos tomado prestado. No pretendemos representar de manera exhaustiva y definitiva a todos aquellos que han hecho suyas las propuestas e intuiciones del decrecentismo. Hemos realizado la contracrítica a partir de lo que consideramos lo común de estos ideales. Todos no estamos de acuerdo con todo lo que decimos todos. La suma de nuestras verdades no da como resultado una verdad única. Y eso es saludable.

El decrecentismo para Amorós es:

-Una vuelta nostálgica a una edad dorada

“El reino de la razón apunta hacia atrás, a una edad de oro; así las formas anteriores de sociedad y Estado salen del desván como soluciones menos injustas e irracionales y se ponen de moda. Unos proponen la vuelta a estadios anteriores a la civilización urbana (primitivistas); otros, al Estado-nación y a las condiciones capitalistas de la posguerra (ciudadanistas); finalmente, otros, mediante la agricultura biológica, el "comercio justo" y la "banca ética", quieren regresar a la fase inicial del capitalismo, la de la separación del valor de uso y el valor de cambio, del trabajo concreto y el trabajo abstracto (neorrurales)”

La propuesta decrecentista ni prescribe ni sugiere una vuelta a ninguna etapa anterior del desarrollo de las sociedades. La historia no es reversible ni admite viajes de retorno. Pero tampoco es única; ha sido la consecuencia de bifurcaciones y opciones sociales que han desechado algunos caminos y seguido otros. La especie humana ha desarrollado formas societales contingentes que no van en una dirección de necesario progreso. Lo actual pudo haber sido de otro modo. Lo pasado pudo haber dado dar lugar a otros escenarios presentes. La historia es la historia de las bifurcaciones sociales.

Siguiendo a Polanyi, el mercado y el capitalismo han venido precedidos de formas de administración doméstica, de reciprocidad y redistributivasii cuyos conceptos organizadores pueden ser conocidos, revisados y actualizados para oponerse al actual productivismo biocida y sociocida. La recuperación de formas sociales pretéritas, cuando las hay, es necesariamente contemporánea, pues se hace desde la experiencia y los conocimientos actuales no desde la ingenuidad nostálgica. Reducir el lugar del mercado en la sociedad no significa volver a la edad de las cavernas sino abrirse a la innovación y a la inventiva social aquí y ahora. La imaginación decrecentista se arraiga en prácticas sociales concretas (redes de economía solidaria, cooperativas de producción y consumo, banca ética etc.) que prefiguran formas sociales presentes y futuras y no un regreso a fases iniciales del desarrollo histórico.

La disyuntiva decrecimiento o barbarie, como ha sido definida por algunos autores, llama a la toma de partido en un momento histórico de bifurcación de caminos. La opción por el decrecimiento se inscribe en una vía lúcida y no ingenua que apuesta por agotar el territorio de lo posible sabiendo que lo probable juega en contra nuestra. Lo más probable es la barbarie pero la vía decrecentista no es una posibilidad nula. La tarea de la imaginación decrecentista consiste en proponer colectivamente formas y contenidos nuevos para un mundo agotado y apesadumbrado. A partir de una lucidez descarnada estamos construyendo una utopía razonable, paradójica y, esperamos, ilusionante, que llama a diseñar y construir en el presente una sociedad no productivista y convivencial.

-Un movimiento que pretende representar intereses generales

“El oscurecimiento del antagonismo de clase producto de la derrota obrera, sumado a la evidencia de la crisis ecológica, permite que se presenten como representantes de intereses generales”,

Para Amorós, dado que el núcleo de la historia sigue siendo el conflicto de clases tal como se desarrolla de manera paradigmática entre la burguesía y el proletariado, el movimiento decrecentista y otros, según su particular punto de vista, no son más que alternativas oportunistas que intentan sustituir a los verdaderos sujetos de los cambios.

Pero, los decrecentistas no pretendemos ser representantes de nada. No somos vanguardia ni retaguardia de nadie. Sencillamente nos agrupamos junto a otros que también han realizado un diagnostico pesimista de las actuales condiciones sociales y medioambientales y ofrecemos una idea fuerza, el decrecimiento, que consideramos con la potencia suficiente como para captar las energías del cambio social y ayudar a organizar las prácticas individuales y colectivas necesarias para la modificar estas condiciones. Aspiramos a ser, junto a otros, catalizadores o facilitadores de la expresión de esa energía, generando lugares de encuentro, diálogo, discusión y propuestas teniendo como horizonte la gestación paulatina de un programa de transformaciones hacia la sociedad decrecentista imaginada.

Los objetores del crecimiento constituimos colectivos de mujeres y hombres que razonablemente decimos que si el problema más agudo al que nunca se ha enfrentado la vida en la tierra se deriva del funcionamiento de un sistema socioeconómico y cultural que ha hecho del crecimiento sin límites su divisa y su norte, entonces, lo que hay que hacer es frenar el crecimiento de ese sistema, es decir, decrecer.

No obstante, la objeción al crecimiento y la apuesta por el decrecimiento es el medio, no el fin, para alcanzar la sociedad convivencial que tanto parece molestar a Amorós. Por este motivo, el decrecimiento del que hablamos no se reduce a la economía; en rigor, la economía es sólo una parte, aunque importante, del decrecimiento de los excesos generales de un modo de vida desquiciado. Decrecimiento del despilfarro, decrecimiento del egoísmo, decrecimiento de la insolidaridad, decrecimiento de la depredación y decrecimiento de las injusticias sociales son parte de una misma iniciativa, a la vez necesaria y utópica, de cambio de rumbo.

-Un pensamiento fragmentario

“fabricándose para la ocasión un pensamiento recuperado de fragmentos críticos anteriores frutos de luchas reales”

Efectivamente, así como nos consideramos herederos de las luchas sociales de los siglos diecinueve y veinte, también nos consideramos en sintonía con prácticas y pensamientos críticos como los de Georgescu-Roegen, Andrè Gorz, Cornelius Castoriadis, Iván Ilich, Boaventura de Sousa Santos, entre otros, de los cuales hacemos recuperaciones siempre parciales sin voluntad de construir sistemas cerrados. No creemos en ningún tipo de pensamiento único, sea este liberal, ecologista, marxista, anarquista o incluso, decrecentista. Amorós, no encontrará un documento final o las sagradas escrituras del decrecimiento y eso nos enorgullece.

Serge Latouche, otra de nuestras referencias actuales, señala que "Detrás del slogan del decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo"iii. Esta apertura a la diversidad no implica, como sugiere Amorós, un sistema fragmentario e inconexo. Los conceptos provenientes de diferentes fuentes constituyen cajas de herramientas que cobran sentido dentro de las prácticas decrecentistas. No hay una teoría decrecentista única y cerrada, ni es deseable que la haya, pero sí un conjunto de análisis e ideas marco que poco a poco irán conformando un cuerpo conceptual más estabilizado. Estas ideas deberían ir avanzado en la propuesta de formas de organización social alternativas y concretas, dentro de un programa de transformaciones radicales, sin dogmas o doctrinas que cierren el debate.

La propuesta por el decrecimiento nace de una crítica radical y una oposición activa a la desmesura de un modo de producción basado en la búsqueda ilimitada de beneficios y que ha conducido a la actual crisis social, cultural, política, económica y ecológica. En el plano social y cultural esta crisis se expresa en un aumento de las desigualdades y la persistencia de una cultura del consumismo y del individualismo despilfarrador. En el plano económico se expresa en el predominio de la ambición desbocada del capital financiero y de una industria sin contención. En el plano ecológico se expresa en el agotamiento de los recursos naturales debido al abuso de los mismos, en la contaminación y sus resultados negativos sobre la biosfera (cambio climático, pérdida de diversidad etc.), todo ello como resultado de la actividad humana enmarcada en un sistema socioeconómico depredador.

-Un pensamiento poco novedoso

“El decrecentismo no aporta nada nuevo. En sí es una mezcla de bioeconomía, indigenismo y ciudadanismo. De la primera extrae su principio económico; del segundo, su principio social, la "convivencialidad"; del tercero, su principio político”.

Y de muchas más cosas. Además: ¿indigenismo? ¿ciudadanismo? Por arte del birlibirloque Amorós ha hecho aparecer y desaparecer conceptos y nos cuelga gratuitamente otros. Lo relevante, en todo caso, para que una propuesta política sea valiosa, no es el número de componentes sino la articulación entre ellos y su capacidad de fundamentar sólidamente una visión crítica al modelo hegemónico y sugerir caminos para su superación. La propuesta por el decrecimiento es novedosa porque es una obviedad; porque no es complicada sino compleja. Es el “dos más dos” del sentido común y de la sensatez. Afirma que no es viable un crecimiento infinito en un mundo finito y punto. No hay nada más que decir porque todo lo que se puede decir ya ha sido dicho: que si la tecnología, que si los acuerdos internacionales, que si la responsabilidad social corporativa; que si la empresa verde; que si el reciclaje etc. y no han servido para casi nada. Tinta y saliva a raudales han sido vertidas en los cauces de la retórica posibilista para justificar lo injustificable o para aligerar el peso y hacer un poco más lenta la caída a un precipicio que de todas maneras va a ocurrir, si seguimos por el mismo camino. El decrecentismo dice: “si ésto, entonces ésto”. Si el causante del desastre previsible es el crecimiento económico, no un tipo de crecimiento, sino “el” crecimiento en sí mismo entonces hay que dejar de crecer. Así de fácil y así de difícil.

El movimiento decrecentista puede tener la capacidad, si las cosas se hacen bien, de reorganizar el imaginario activista, político y teórico de los, en muchos casos, aletargados movimientos sociales si dialoga con ellos, reconoce sus aportes teóricos y sus luchas y comienza a recorrer con ellos el cambio de rumbo hacia una sociedad viable. Juntos deberíamos ir esbozando un programa de transformaciones realista adecuado a las múltiples circunstancias de esos movimientos.

-Una ideología que niega el conflicto de clases y rechaza la toma del poder

“Confeccionan una ideología (…) que viene caracterizada por la negación del conflicto clasista, el rechazo de las vías revolucionarias, la confianza en las instituciones y la indiferencia ante la historia, detalles estos que confieren a la protesta un nuevo estilo en las antípodas de la pasada lucha de clases”

“El antagonismo violento entre clases aparece apaciguado y semidisuelto en múltiples oposiciones menores”

Los objetores del crecimiento no negamos los conflictos sociales, incluyendo los conflictos de clase. Negamos, eso sí, la existencia de un único conflicto organizador de toda la vida social y destinado a ser superado de una vez para siempre por la acción revolucionaria de una clase social. Y, al mismo tiempo, reconocemos el amplio abanico de la conflictividad social expresable en una multitud de escenarios variables y distintos. Y por supuesto, otorgamos, junto a otros movimientos, un lugar central al conflicto del productivismo, tanto en su versión capitalista como socialista estatista, con la naturaleza.

Más que rechazar las vías revolucionarias no hacemos de éstas un a priori de la acción política ni buscamos obsesivamente su “exacerbación”. La mayoría de los individuos y colectivos decrecentistas somos partidarios de la no violencia activa. No perseguimos el consenso con el poder pero entendemos que las formas concretas de las luchas serán resultado de los distintos escenarios donde se desarrolle la acción de los múltiples sujetos sociales. En todo caso, apostamos por la radicalidad y no por el extremismo y, por el momento, abogamos por las reformas estructurales que permitan ir avanzando en la construcción aquí y ahora de la sociedad deseada. Esto no es “confianza en las instituciones” sino simple sentido común.

Probablemente muchos de los objetores del crecimiento, adecuándose a sus situaciones históricas concretas, compartirán la visión acerca del poder que tienen los “Caracoles zapatistas” que se diferencian de los “movimientos revolucionarios del siglo XX que pretendían tomar el poder por la fuerza para luego cambiar el mundo. En lugar de esto los pueblos mayas rebeldes construyen el poder desde abajo (en lo micro) y de esta forma buscan hacer redes de resistencia con otras comunidades u otros movimientos, que con sus modos, construyan en México o en cualquier lugar del planeta (en lo macro); un mundo donde quepan muchos mundos”.

Esta reflexión y esta práctica están muy lejos de modelos revolucionarios periclitados y basados en la imposición de dictaduras de clase. Los decrecentistas somos inequívocamente de izquierdas, pero no necesitamos de la jerga y la retórica decimonónica para demostrarlo. Además, lógicamente, creemos haber aprendido de los estrepitosos fracasos de las tomas de “palacios de invierno” a lo largo del siglo pasado. Resulta sorprendente que otros no hayan extraído las enseñanzas de tales fracasos e insistan en reproducir una visión del poder limitada, poco imaginativa y anclada en análisis desgastados y refractarios a la experiencia histórica. Por otra parte, así como no decretamos el fin de las revoluciones tampoco decretamos el fin de los falansterios o icarias: queda mucho por imaginar todavía.

Como señala Latouche, el decrecimiento es un proyecto político de izquierdas porque se fundamenta en una crítica radical a la sociedad de consumo, al liberalismo y retoma la inspiración original del socialismo. Pero, precisamente por fidelidad y respeto a esta tradición, entendemos que las prácticas políticas deben adecuarse a las nuevas configuraciones del poder bastante más complejas que las oposiciones binarias que marcaron los antagonismos sociales en épocas pasadas. En definitiva: menos épica y más ética.

Por otra parte, efectivamente hay en este movimiento una apuesta por la alegría de vivir dentro de espacios convivenciales y austeros, actuales y futuros. Entre otras cosas, esto significa que rechazamos la figura del militante eficaz y amargado como preámbulo del burócrata ortodoxo e inquisidor que tanto daño hizo a los sueños emancipadores de muchas generaciones de luchadores sociales.

-Un pensamiento que olvida la oposición principal derivada de la propiedad privada de los medios de producción

“En efecto, para los perdedores (sic) el capitalismo no es un sistema donde los individuos se relacionan a través de cosas y sobreviven sometidos al trabajo y esclavizados por el consumo y las deudas, algo que nació en un momento dado y puede desaparecer en otro; tal sistema no se desprende de una determinada relación social derivada de la propiedad privada de los medios de producción, sino que es "una creación de la mente", un estado mental cuyo "imaginario" hay que descolonizar con ejercicios espirituales”

Ni la explotación del hombre por el hombre ni el expolio de la naturaleza son creaciones mentales fantasiosas y los decrecentistas nunca hemos afirmado eso. La “descolonización del imaginario capitalista” de la que habla Latouche es una razonable propuesta para limpiar las determinaciones ideológicas y culturales que llevan a considerar a esta forma socioeconómica como la única posible. Sin desechar, por supuesto, los ejercicios espirituales pero dejándolos para otros fines, las descolonización del imaginario capitalista se hace en conjunción con prácticas y propuestas societales que cuestionan la propiedad privada de los medios de producción, promoviendo la extensión de formas cooperativas y comunitarias de propiedad. No obstante, entendemos que, el cambio de propiedad en sí mismo no garantiza el avance hacia una sociedad liberada. Lo importante es el modelo de sociedad sobre la que existe la propiedad. Una sociedad productivista con formas colectivas o estatales de propiedad, como lo fueron las del fracasado socialismo estatista, no son evidentemente deseables. En cambio, una sociedad de decrecimiento, en armonía con la naturaleza, no consumista y democrática, puede convivir con formas de propiedad privada, eso sí, acotadas y no hegemónicas. Es más, el “imaginario decrecentista” concibe razonablemente una sociedad en la que puedan convivir formas públicas, cooperativas y privadas de propiedad, equilibradas y diversas, todas bajo el imperativo del bien común. La apuesta por la sociodiversidad es consustancial a la propuesta decrecentista.

Las prácticas y experiencias contrahegemónicas desarrolladas en muchos lugares, pueden ser “experiencias marginales austeras” pero apuntan a la creación de masas críticas que eventualmente lleven a la desconexión con las lógicas mercantilistas. Frente a la idea de vivir en la mierda esperando el momento de la revolución salvadora, clásica en la historia de la izquierda, los decrecentistas, junto a otros movimientos, participamos de la creación aquí y ahora, dentro del capitalismo dominante, de territorios, físicos, relacionales y simbólicos, liberados y en proceso de desconexión de las lógicas hegemónicas.

Los objetores del crecimiento nos referimos a la salida simultánea del sistema y del imaginario que lo acompaña; del sistema económico y de sistema ideológico; de la objetividad de las relaciones sociales y de su subjetividad; de la base material y de las suprestructuras. No hay preferencia estratégica sino elecciones tácticas en el contexto de las dinámicas concretas de los actores.

-Una práctica que rechaza del combate

“El método "convivial" no busca combatir porque no reconoce enemigos; se basa en trastocar la actitud de las personas - desde luego, no hechas de historia, sólo rellenas de "imaginario"; no con el trabajo de la negación, sino con el buen rollo evangelizador”.

No rechazamos el combate pero la mayoría de nosotros no definimos el movimiento por el decrecimiento a partir de una épica guerrera, una jerga militarista y una visión bélica de los conflictos sociales. Y eso no tiene nada que ver con nuestro uso del concepto de imaginario que el señor Amorós insiste en tergiversar.

Mucho más que el “trabajo de la negación” lo que nos interesa es el trabajo de la proposición y del proyecto. A la “evangelización” le llamamos difusión de ideas. Los objetores del crecimiento, como señala Paul Ariés, entendemos que “el primer decrecimiento que hay que propugnar es el de las injusticias sociales”. Por ello, la crítica al Capitalismo es doble: como sistema depredador de la naturaleza y como estructura socioeconómica que favorece la desigualdad y la explotación del hombre por el hombre.

El decrecimiento no es compatible con el capitalismo, tanto en su versión productivista como consumista. No obstante, la crítica al capitalismo no puede quedarse en una expresión “anti” genérica y dogmática: nos exige diseñar, proponer y realizar en un presente ampliado formas de organización socioeconómicas y culturales alternativas, fuera de la lógica mercantilista y del predominio del valor de cambio, abiertas a relaciones de reciprocidad, cooperación y apoyo mutuo. El radicalismo no se encuentra tanto en el anticapitalismo per se como en la capacidad de imaginar y arriesgarse a construir ahora alternativas a éste.

-Un pensamiento que se autodefine como expresión de una ley natural

“De acuerdo con el idealismo mesocrático el mundo es irracional e injusto porque no ha sido gobernado de forma adecuada, al no proporcionársele a la humanidad una verdad definitiva, o no desvelársele una "ley natural" como por ejemplo la del decrecimiento, fácilmente condensada en las ocho "erres" de Latouche.

“El decrecimiento es para sus seguidores la verdad "más verdadera", por lo que será suficiente aplicarla en pequeñas dosis y "articularla políticamente" para que su virtud conquiste el mundo”

El concepto de decrecimiento es cualquier cosa menos la expresión de una ley natural o una verdad revelada. Las fantasías y las tergiversaciones de Amorós alcanzan cotas sublimes. Decrecimiento es un concepto sencillo en su formulación pero, a la vez, complejo en su realización, que nace de la evidencia que ya hemos señalado: no es posible un crecimiento económico infinito en un mundo finito. No existe una fe decrecentista, por mucho que el crítico se empeñe en atribuirla a los partidarios del decrecimiento. Nuestra historicidad es incuestionable: somos sujetos contemporáneos que planteamos alternativas para este tiempo y para los lugares sociales concretos en los que vivimos.

El decrecentismo no es una doctrina de salvación derivada de una profecía apocalíptica ni de una verdad revelada. No pensamos tampoco que el derrumbe civilizatorio venga incluido en los genes de la especie sino que afirmamos que es el resultado de las opciones que en cada momento tomaron los que tenían las riendas del carro de la historia. Y el conjunto de esas elecciones nos ha conducido hasta aquí: al límite definitivo, a la frontera final con la biosfera a la cual pertenecemos y nos debemos. El derrumbe, decimos, no será una consecuencia de castigos divinos: lo será de la estupidez, la avidez, la insensatez y el deseo de poder de grupos sociales concretos, en la actualidad con nombre, apellidos y número de identificación fiscal conocidos. No obstante, el decrecentismo no apunta sólo a lo que va a pasar sino a lo que ha pasado y lo que está pasando en la actualidad. Los desastres son también cosa del presente.

No hay profecía apocalíptica, entonces, sino un diagnóstico descarnado que no puede ofrecer salvación ni recetas sino orientaciones para una lucha de largo aliento que implicará tanto enfrentamientos directos y estrategias de contrapoder como procesos sociales de desconexión o “deserción masiva” de los modelos de conducta dominantes (Paolo Cacciari)iv. La elección de unos caminos u otros por parte de los objetores del crecimiento dependerá de sus particulares condiciones subjetivas, éticas, culturales y políticas. El decrecentismo no prescribe unos modos u otros para practicar la decencia y la voluntad de cambio de rumbo. No es una apuesta por la salvación de algunos, sino por los derechos de las mayorías y minorías, sociales y biológicas, que viven en este planeta.

-Un movimiento excesivamente heterogéneo

“Por supuesto, el decrecimiento es una "propuesta abierta a una gran diversidad de experiencias y corrientes (…) Pero precisamente debido al hecho de no desprenderse de una praxis social concreta sino haber nacido en una mesa de expertos y (…) el remedio del decrecimiento sirve lo mismo para un roto que para un descosido”

¿Qué echa de menos Amorós? ¿Que no tengamos un decálogo? ¿Que no hagamos una lista de los incluidos y excluidos dentro del movimiento? ¿Qué no tengamos un modelo único de experiencia histórica? ¿Que no tengamos nuestra Albania? Los decrecentistas confiamos en la autoexclusión de los actores cuando sus valores y sus prácticas entren en contradicción con los conceptos básicos que nos unen. El antiproductivismo, el antiautoritarismo, el antipatriarcalismo, la apuesta por la simplicidad voluntaria, la descentralización, el biocentrismo, por señalar algunos de los conceptos identitarios del decrecentismo de manera inmediata o paulatina producirán la autoselección de algunos de los que ahora se han acercado a estas ideas, es decir, generarán como cualquier movimiento social vivo, discrepancias y distanciamientos internos. Pero no apostamos por la ortodoxia y las purgas consiguientes sino por la coherencia de principios. Ahora bien, todo lo anterior no nos debe impedir estar vigilantes frente a los intentos, por la derecha, el centro y la izquierda, de apropiación del movimiento. El fascismo y algunos extremismos de izquierda ya están intentando recuperar la dimensión antisistema del decrecimiento y el centro lo hace confundiéndolo con la doctrina de la “sostenibilidad”.

Con todo, para acercarse al decrecentismo hay que realizar un proceso de aligeramiento de la carga doctrinaria que ha caracterizado a la izquierda desde siempre. Quitarse los tics conductuales y linguísticos acumulados durante años de prácticas sectarias es un requisito para iniciar el viaje. Hay que comenzar haciendo la critica de la razón única, sea de izquierdas o de derechas, reconociendo que “hay varias razones y buscarlas, encontrarlas y articularlas” (Marcos). Seguir a continuación con el abandono del lenguaje estereotipado y agotado de la izquierda, lleno de ruidos y cacofonías producto de sus propios fracasos, para conectar con los deseos y la energía de cambio de la sociedad. Es necesario romper con la “continuidad acústica” en relación a los viejos sonidos del lenguaje supuestamente revolucionario. Avanzar en radicalidad y retroceder en extremismo puede ser una buena carta de navegación en este sentido.

Pero, sobre todo, hay que hacer una revisión profunda del concepto de poder como único, situado espacial y temporalmente y transformable desde arriba en beneficio de las mayorías. Frente a esa idea los decrecentistas oponemos una idea del poder como algo complejo, policéntrico y modificable desde abajo para que siga estando abajo.

-Un movimiento cuyos sujetos no forman un “conjunto coherente”

“No forman un conjunto coherente, puesto que su base social no es coherente. Dada la "diversidad" de personajes, colectivos y sectores presentes, en distintos niveles de compromiso con la dominación, la mediación a través de la práctica se produce en la confusión y la arbitrariedad”

Donde Amorós ve defectos nosotros vemos virtudes. Siempre desde la añoranza del sujeto histórico, único, homogéneo, viril, potente y clarividente, la diversidad real observada en el espacio decrecentista le produce incomodidad. Peculiar anarquismo el del crítico. Por el contrario, para los decrecentistas las propuestas emancipatorias nacen de las realidades que las hacen necesarias y estas realidades son diversas y múltiples. Frente al discurso de lo único, ya sea en su versión liberal o en su espejo leninista, oponemos el discurso y la práctica de lo común; lo común de lo diverso. Y lo diverso son los colectivos que en la actualidad desarrollan sus acción creativa en los vericuetos de las relaciones sociales en el mundo cooperativo, en el solidario, en el rural, cultural etc. En esas realidades el decrecentismo reconoce sujetos de cambio y apuesta por favorecer su desarrollo, en ocasiones integrándose o creando iniciativas concretas y en otras como catalizador o facilitador de su emergencia y consolidación. De ese encuentro entre los conceptos decrecentistas y las prácticas de los sujetos reales deben surgir las propuestas de cambio ajustadas a la historicidad de los actores enmarcadas en unos programas de transformación consensuados. No somos vanguardia, no reconocemos vanguardia alguna ni la añoramos; apostamos por aunar tareas, deseos y proyectos.

El socialismo de inspiración marxista se autoproclamó “científico” definió el socialismo anterior como “utópico”, lo despreció y con ello rechazó unas formas de prefiguración colectiva que no se guiaban por el sentido de la historia sino por el proyecto a partir de la imaginación, el deseo y las necesidades comunes. El utopismo como energía creadora es rescatado por los movimientos actuales y orienta sus experiencias de cambio.

-Un movimiento que pretende salirse de la economía sin ruptura

“Todos los partidarios del decrecimiento hablan de salirse de la economía, aunque la forma de dar el paso no pase por una revolución, ni tan sólo por una hecatombe económica (…) La destrucción del capitalismo no es la condición previa del cambio. Éste ha de ser "civilizado", pasando por la puerta, no rompiéndola”

“Los espacios de libertad aislados, por muy meritorios que parezcan, no son barreras que impidan la esclavitud. No son fines en sí mismos, como no lo eran los sindicatos en otros periodos históricos, y difícilmente pueden ser instrumentos para la reorganización de la sociedad emancipada. Durante los años treinta (…), la autonomía de cada institución revolucionaria, sindicatos incluidos, fue asegurada por la presencia de milicias y grupos de defensa. Pero hoy las cosas son diferentes; la emancipación no va a nacer de la apropiación de los medios de producción sino de su desmantelamiento”. Los decrecentistas no jugamos al “todo o nada”. No podemos hacerlo tomando en cuenta las urgencias sociales y medioambientales. En la actualidad, dentro del sistema, son necesarios y posibles cambios que vayan en la dirección de lo que propugnamos. No apostamos a la revolución redentora, ni siquiera a la toma del poder, como fin en sí mismo. En lugar de esto, muchos de nosotros compartimos la siguiente afirmación: “Ustedes luchan por la toma del poder. Nosotros, por democracia, libertad y justicia. No es lo mismo. Aunque ustedes tengan éxito y conquisten el poder, nosotros seguiremos luchando por democracia, libertad y justicia. No importa quién esté en el poder, los zapatistas están y estarán luchando por democracia, libertad y justicia” (Carta de subcomandante Marcos al Ejercito Popular Revolucionario). Si los movimientos contrahegemónicos no hacemos una revisión en profundidad de la cuestión del poder estaremos condenados a repetir la historia. Y por supuesto, un cuerpo de “milicias y grupos de defensa” no nos parecen por ahora imprescindible para proteger un huerto urbano, una cooperativa de consumo o un mercado de trueque. La retórica supuestamente revolucionaria no es una buena aliada para la precisión analítica: ¿Qué quiere decir “abolir” o “destruir” el capitalismo? ¿Redactar un decreto el día uno de la revolución y decir que desde ese momento el capitalismo no existe? ¿Qué quiere decir, “destruirlo”? ¿dinamitar El Corte Inglés o el Banco de Santander? Las dinámicas de cambio son procesos complejos no reductibles a un momento puntual y definitivo. Todas las revoluciones que lo han intentado, todas, han terminado en fracasos colosales. La primera de ellas: la revolución rusa cien años después ha conducido a un brutal capitalismo de Estado, pasando por gulags y desastres medioambientales sin parangón. Los decrecentistas no hemos decretado el final de las revoluciones pero no hacemos de ellas el instrumento privilegiado de nuestra marcha y, efectivamente, no tenemos al socialismo o al comunismo, en su versión marxista-leninista, como final de nuestro camino. Preferimos la imagen de una sociedad decrecentista plural, resultado de las iniciativas de actores múltiples y diversos; un mundo en el que deberán “caber muchos mundos”. v(Marcos)

La destrucción del capitalismo no es, para la mayoría de los decrecentistas, la condición previa del cambio. El cambio se desarrolla aquí y ahora dentro del capitalismo porque no hay, en el sistema-mundo, ningún espacio exterior a él. No se trata de una reforma o mejora del sistema, al modo socialdemócrata, sino de la creación en sus intersticios, de una masa crítica de proyectos alternativos con voluntad de resolver aquí y ahora los problemas diagnosticados.

No creemos tampoco en la vieja táctica de “cuanto peor mejor” o de “acentuar las contradicciones” y los conflictos para facilitar la revolución redentora, precedida de una “ofensiva de masas”. Los proyectos actuales, como por ejemplo, entre otros los de economía solidaria, deben ser la prefiguración de la sociedad deseada o, más bien, son la sociedad imaginada y deseada. La utopía se construye en el presente. Un banco cooperativo es una alternativa actual a la banca comercial; una cooperativa de consumo a un supermercado y así sucesivamente. Donde haya un sueño tiene que haber una realidad que lo anticipe. Lo nuestro no es un programa de gobierno sino un “programa de transformaciones”. El camino es la meta (Buda).

Evidentemente, no pensamos que la puesta en práctica de esta filosofía de transformaciones progresivas, podrá realizarse sin conflictos ni luchas. Ni idealizamos todas las experiencias de desconexión actuales, muchas de ellas, efectivamente dependientes del mismo sistema del cual quieren ser alternativa. No somos ingenuos ni idiotas. Pero una cosa es considerar la posibilidad real de las luchas y otra darla como un supuesto o incluso como un objetivo deseable y construir una ética, una estética y una política de la beligerancia como signo o gesto de fortaleza y eficacia revolucionaria. Y, por supuesto, no compartimos el elogio adolescente de “la revuelta”, ni siquiera cuando es propuesta como “forma de conocimiento”.

Somos evidentemente críticos con las expresiones actuales de la democracia representativa y los “subproductos políticos” como lo denomina Amorós, pero eso no nos lleva a las imágenes de ruinas, destrucción y, suponemos, paredones con los que parece soñar.

-Una apuesta por la sostenibilidad

“Desde cualquier ángulo, las soluciones pasan por disciplinar a los individuos en tanto que consumidores, reeducándolos en el ahorro, la austeridad, el reciclaje y el pago de tasas académicas e impuestos mayores. En tanto que automovilistas, financiándoles la compra de coches menos contaminantes, pero obligando a pagar peajes por acceder a los centros de las conurbaciones y trabando al estacionamiento”.

El decrecentismo se desmarca claramente de la doctrina de la sostenibilidad. El paradigma del decrecimiento es diferente al paradigma del crecimiento y al de la sostenibilidad. Y el señor Amorós o no lo ha entendido o quiere confundirlos ex profeso. Las diferencias con el primero las hemos explicado a lo largo de este texto. Dedicaremos unas líneas a las diferencias con el segundo. Las propuestas de la sostenibilidad se basan en el imperativo de sostener lo dado, es decir, el crecimiento, garantizando que el modelo de producción y consumo y las tasas de beneficios empresariales sigan como hasta ahora. El “desarrollo sostenible” se ha convertido en una etiqueta que utilizan los gobiernos y las propias multinacionales para demostrar que tienen en cuenta las consecuencias medioambientales de sus negocios a la hora de tomar decisiones. No obstante, la lógica de acumulación, contaminación y expolio sigue inmutable. Los decrecentistas, para utilizar uno de los ejemplos de Amorós, no sólo nos oponemos a la “financiación de coches menos contaminantes” sino a la misma idea de basar la movilidad en un vehículo individual de desplazamiento y de revisar los efectos de contaminación no sólo en el uso de los vehículos, y de los objetos tecnológicos en general, sino en sus etapas de concepción, diseño, producción y reciclaje.

Una apuesta por el “Tercer Sector”

“Finalmente, la necesidad de mantener a sectores enteros de excluidos del mercado laboral revaloriza experiencias marginales como cooperativas, huertos urbanos, desescolarización, entretenimiento comunitario, trueque, movilidad sostenible, etc.; es decir, garantiza la existencia de una economía marginal tolerada e incluso protegida, un "tercer sector" al que se transfiere por las vías fiscal y administrativa un pedacito de los beneficios de la economía "real".

Los decrecentistas vinculamos la cuestión ecológica con un cambio de rumbo del modelo productivo dentro de una ética de la austeridad común. Para ello, nos apoyamos, en parte, en las experiencias del llamado “tercer sector” sabiendo que este es un concepto donde caben iniciativas de diverso origen y con diferentes grados de cercanía o coherencia con la propuesta decrecentista. Rescatamos, dentro de este sector, particularmente las experiencias concretas de economía solidaria pero somos críticos, cuando se existe, con su papel como complemento de un Estado del bienestar en proceso de desmantelamiento.

-Un movimiento que manifiesta su adhesión al Estado democrático

“Del ciudadanismo, la ideología del decrecimiento conserva intactos el pánico a los conflictos, el amor a las nuevas tecnologías y la adhesión al Estado "democrático". Los ciudadanistas han circulado antes por la carretera estatista en sus demandas de tasación y regulación financiera. En los países llamados democráticos porque ocultan su totalitarismo, un pretendido sujeto emerge de las ruinas del proletariado: la "ciudadanía".

“Por otro lado, las decisiones empiezan a regresar a la esfera del Estado, recobrando éste en parte la facultad de definir los intereses generales, lo que renueva con mayor realismo las esperanzas decrecentistas de un "control democrático de la economía por la política". Un entendimiento con el orden es posible”

La vinculación que hace nuestro crítico entre el decrecentismo y el ciudadanismo es gratuita pero la realiza, al parecer, para intentar matar dos pájaros de un tiro. Los que se sientan interpelados como ciudadanistas deben responder por su cuenta. No obstante, por lo menos en España, la ideología “ciudadanista” no forma parte del sustrato conceptual del movimiento por el decrecimiento ni éste tiene vinculación orgánica con movimientos como ATTAC. Esto no impide que muchos pensemos que la democratización del Estado, las regulaciones financieras, la lucha por derechos civiles pueden formar parte del objetivo general de un control democrático de la economía por la política. Esto es necesario hacerlo porque es iluso y a la vez irresponsable jugar las cartas de la emancipación a un autogobierno futuro, liberado de las coacciones de clase, beligerante mientras en el presente estemos sometidos a las discrecionalidades del poder

Junio 2010

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