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Entropía, recursos naturales y economía ecológica

Jorge RiechmannTratar de comprender, tratar de ayudar

Ha caracterizado a la doctrina económica convencional una irresponsable despreocupación por el sustrato material, biofísico, sobre el que se construyen las economías humanas. Buena muestra de ello son dos creencias que, a modo de incuestionados axiomas, subyacen al entero edificio de la mainstream economics: la creencia en que existe una cantidad infinita de recursos naturales, y la creencia en que estos son indefinidamente sustituibles entre sí, y con el capital y el trabajo humanos.


Ninguna de ambas creencias tiene fundamento en la realidad. La primera viene a ser la quintaesencia de lo que Kenneth E. Boulding bautizó como la “economía del cowboy”; habría que rogar a nuestros economistas que se quitasen el sombrero de ala ancha, pues dificulta bastante la visión, y tomasen nota de que la expansión hacia el salvaje Oeste hace ya tiempo que topó con la barrera del Océano Pacífico. En cuanto a la segunda creencia –la sustituibilidad indefinida–, es tan razonable como la actitud de aquel señor del chiste que, al ver que con cierta estufa sus gastos en combustible se reducían a la mitad, se compró otra estufa del mismo tipo convencido de que con dos ¡podría calentar la casa sin combustible alguno!

La crisis ecológico-social ha puesto de manifiesto que semejante despreocupación por el sustrato biofísico sobre el que se apoyan las economías industriales, y la atención prioritaria a los flujos monetarios y el intercambio mercantil, conduce finalmente a tener que pagar un precio trágico (en devastación ambiental, sufrimiento humano y aniquilación de vida).

Desde hace decenios, y con intensidad renovada en los cuatro últimos, se consagran muchos esfuerzos a una reformulación de la teoría económica que sea capaz de dar cuenta de lo que Wendell Berry llamó la Gran Economía: la “economía” de la biosfera, la economía que sostiene la red total de la vida y todo lo que depende de la buena salud de la Tierra y sus ecosistemas. Una parte importante de estos esfuerzos se centran en esclarecer lo que ciencias naturales como la física y la biología tienen que aportar a la ciencia económica: por ejemplo, conocimientos sobre los límites con que topan los sistemas económicos a causa de su inserción en sistemas biofísicos que contienen a los primeros.

Entre los fenómenos y nociones biofísicas esenciales para la comprensión de aquella Gran Economía se encuentran, muy en primer lugar, las leyes de la termodinámica, en especial la segunda (conocida como principio de entropía), o lo que es lo mismo: las constricciones que los principios termodinámicos imponen sobre los procesos socioeconómicos. El gran economista rumano –afincado en EEUU— Nicholas Georgescu-Roegen fue un pionero en la exploración de estas cuestiones a partir de los años sesenta del siglo XX.



El juicio final

 Jorge Riechmann

Ken Booth emplea la imagen del juicio final, en el sentido siguiente: “Un ‘juicio’ es una situación en la que los seres humanos, como individuos o como colectividades, nos encontramos frente a frente con nuestras formas de pensar y de comportarnos arraigadas pero regresivas. Ante un juicio, tenemos que cambiar o pagar las consecuencias. Lo que llamo el ‘juicio final’ es la manera que tiene la historia de ajustar cuentas con las formas de pensar y comportarse establecidas –y en mi opinión regresivas—de la sociedad humana a escala global”. Estas formas de pensamiento y acción, a las que Booth se refiere, pueden cifrarse en:

• Cuatro mil años de patriarcado (la idea de que los varones son superiores y deben dominar la sociedad);

• Dos mil años de religiones proselitistas (la convicción de que nuestra fe es la verdadera y merece ser universalizada);

• Quinientos años de capitalismo (“un modo de producción de increíble éxito, pero que exige que haya perdedores además de triunfadores, siendo la naturaleza uno de los perdedores
más destacados”)

• Unos trescientos años de estatismo-nacionalismo (el juego de la soberanía acoplado con el narcisismo nacional, que genera una política internacional concebida como lucha competitiva de unas naciones contra otras, en el contexto de la desconfianza humana y la institución de la guerra)

• Unos doscientos años de racismo (la ideología según la cual hay seres humanos superiores e inferiores, basada en diferencias biológicas menores);

• Y casi cien años de “democracia de consumo” que ha conducido a lo que JK Galbraith llamó una cultura de la satisfacción para los triunfadores dentro de cada sociedad y entre unas sociedades y otras, mientras que los perdedores viven en condiciones de opresión y explotación.

El juego histórico de estas ideologías e instituciones nos ha llevado a un mundo crecientemente disfuncional, donde cientos de millones de seres humanos, y la naturaleza, se encuentran cada vez peor.

Homo sapiens sapiens lleva –llevamos— unos 200.000 años en este planeta; pero han bastado apenas siglo y medio de sociedad industrial –menos de una milésima parte de ese lapso temporal– para situarnos frente al abismo. Aún no hemos aprendido a vivir en esta Tierra.

“No hemos sabido afrontar el conflicto básico entre la finitud de la biosfera y unos modelos socioeconómicos en expansión continua, profundamente ineficientes, impulsados por un patrón de crecimiento indefinido.”

Con una simplificación que creo no traiciona a la realidad, cabe decir que la pregunta decisiva para los seres humanos sigue siendo la misma que hace cincuenta mil años: ¿dominio del fuerte sobre el débil, o cooperación entre iguales?

Extraído del trabajo de Jorge Riechmann. 'Frente al abismo'.

Progreso y tecnología


Para cualquiera que haya nacido dentro de la España del ‘desarrollo’, un exprimidor de naranjas es un aparato eléctrico. Los aparatos mecánicos que resultaban familiares a nuestros abuelos pueden resultarnos conocidos ya sólo por los mercadillos de trastos viejos, o acaso por haberlos visto usar en algún viaje por países ‘atrasados’ como Marruecos o Turquía.

Y, sin embargo, el exprimidos mecánico es tecnológicamente superior en todo al eléctrico: requiere menos esfuerzo físico del usuario o usuaria (sólo bajar una palanca, en lugar de pasar un rato oprimiendo una naranja en posición antinatural); es prácticamente irrompible y eterno, por la sencillez de su mecanismo; menea menos el zumo de naranja, que resulta así de mejor calidad; permite mayor autonomía, al no requerir corriente eléctrica; es ecológicamente superior por el ahorro en energía y materiales que implica ( al no consumir electricidad no contribuye al ‘efecto invernadero’ o a la nuclearización del mundo; y dura para siempre, en lugar de ser un aparato de ‘usar unos años y tirar’ como el exprimidor eléctrico ).

Esos dos aparatos son emblemáticos de nuestra situación actual: el que se identifica con el progreso – y ha conseguido anular por completo a su competidor en los países ‘desarrollados’- es el peor, y en el tránsito del uno al otro hemos traspasado un límite que una sociedad racional respetaría.

La supuesta liberación a través de la tecnología –por la vía del creciente dominio sobre la naturaleza exterior e interior del ser humano- se convierte, en aspectos decisivos de la condición humana, en una esclavización por los gadgets.

¿Seremos capaces de aprender a tiempo cual es la forma correcta, productiva, de exprimir una naranja?

Jorge Riechmann. Todo tiene un límite: ecología y transformación social. Debate. 2001

Entrevista a Jorge Riechmann

Entrevista a Jorge Riechmann por parte de El Contubernio

Contubernio:
Desde determinadas posiciones suele hablarse de un desequilibrio/incompatibilidad o de un trade off entre desarrollo económico y prácticas ecológicas. En este sentido, cómo puede plantearse la situación de los países en vías de desarrollo ante la encrucijada que esto supone, ¿cuál es el modelo de desarrollo que necesitan estos países?


Jorge Riechmann: Vamos a ver, quizá podría objetar un poquito lo primero. No necesariamente cualquier forma de economía es destructiva de la naturaleza, o por lo menos no lo es en la medida que lo son las sociedades industriales contemporáneas.

Por una parte, cualquier actividad humana tiene un impacto ambiental, pero ese impacto puede ser espectacularmente diferente, puede ser muy grande o muy pequeño. De manera general, yo hace años que defiendo que la suma de transformaciones guiadas por 4 principios básicos. Que en la formulación, por ejemplo la que ofrecí en un libro que se titula Biomimesis, serian: un principio de autolimitación, autocontención o suficiencia, en primer lugar. En segundo lugar un principio de biomímesis, o coherencia entre los sistemas humanos y los sistemas naturales. Un principio de ecoeficiencia en tercer lugar. Y un principio de precaución en cuarto lugar.

Digamos, estos 4 principios orientando las transformaciones socioeconómicas nos llevarían por el buen lugar. Si nos fijamos en el principio de biomímesis, se ve esto que decía antes: no necesariamente todas las formas de economía pueden tener los mismos efectos sobre los ecosistemas y con los ecosistemas.

Las ciudades por ejemplo, reorientadas según criterios de urbanismo sostenible, bioconstrucción, construcción ecológica, etc… pesarían menos sobre el territorio del cuál dependen. Una química verde, que renunciase a los excesos de parte de la química de síntesis tal y como se desarrolló en el siglo XX y en cambio tratase de desarrollar, cuando hacen falta, moléculas que no sean incompatibles con la química de este planeta, con la química de los seres vivos, no tendrían el impacto negativo que han tenido muchas moléculas de síntesis fabricadas por la química moderna. Una agricultura y ganadería inspiradas por criterios agroecológicos no tendrían el impacto que tiene la agricultura industrial moderna. Igualmente, una manufactura o sistemas de manufactura reconstruídos de acuerdo con los principios de la ecología industrial no tendrían el impacto que tienen ahora las sociedades industriales.

En todo esto se ven vías por las cuáles las sociedades industriales pueden llegar a lo que se podría denominar como “hacer las paces con la naturaleza”, expresión que empleó el importante ecólogo y ecologista estadounidense Barry Commoner hace ya unos años, en un libro muy bueno [(Making Peace with the Planet. New York : Pantheon, 1990]. Y eso, supondría para las sociedades del sur, esas que llamamos a veces con un eufemismo que es rechazable, que es sociedades en vía de desarrollo. Y digo que es rechazable, por que eso supone una idea de desarrollo único, unilineal, y que esas sociedades tienen de alguna forma que llegar a dónde nosotros ya estamos desarrollados, lo cuál es bastante absurdo en cuanto se analiza un poco.

Entonces, la idea es que esas sociedades del sur podrían desarrollar sus propias formas de economía, con elementos industriales también, dentro de esa perspectiva biomimética por ejemplo que acabo de indicar. De alguna manera saltando por encima de etapas demasiado destructivas, como las que han tenido lugar en el caso de las sociedades industriales modernas, y desarrollando algunas tecnologías necesarias para satisfacer las necesidades humanas en un marco diferente. Si las relaciones internacionales fuesen diferentes. Por ejemplo, un caso paradigmático ha sido la industrialización a base de combustibles fósiles, que ha sido en realidad un desastre tal como podemos ver hoy con perspectiva histórica. Bueno, una sociedad que empezase hoy aprendiendo de esa historia en lugar de buscar construir una sociedad industrial fosilista, basada sobre las energías fósiles, lo haría intentando basarse en energías renovables.

Contubernio: Para efectuar este cambio de paradigma, se ha hablado en los últimos años de la idea del modelo de decrecimiento, ¿cuales serían sus pilares? ¿Qué se podría hacer para ponerlo en práctica?

Jorge Riechmann: Yo particularmente no soy ningún entusiasta de la idea de decrecimiento. En mi propia formulación de este asunto, tiendo más bien a presentarla empleando la idea de autocontención. He escrito una serie de cinco libros, que llamo Pentalogía de la autocontención, intentando explicar estas materias y esbozar una serie de vías, trazar pistas. Pero, un poco es lo que apunte antes, a mi entender sería la conjunción de estos 4 principios: autolimitación o suficiencia, biomímesis, ecoeficiencia y precaución, la que apuntaría hacia ese otro modelo socioeconómico con un impacto ecológico mucho menor. Un aspecto importante ahí, y en eso difieren las propuestas de la gente que prefiere agrupar esto bajo el término de decrecimiento y no bajo otras nociones. Por ejemplo, una de las teorizaciones importantes sobre esto es la de Herman Daly, ya en los años 70, que hablaba de una economía de estado estacionario, una formulación interesante para esto que estamos hablando.

Un aspecto en el que se diferencian todas estas corrientes que buscan ecologizar la economía y la sociedad de las nociones propagandísticas del “desarrollo sostenible” es la consideración que se hace de la ecoeficiencia. Esas propuestas de desarrollo sostenible desde el mundo de la empresa, o de los gobiernos –que están demasiado cerca de las empresas– cuando realmente tienen algo de contenido, siempre reducen las cuestiones de sostenibilidad a cuestiones de eficiencia –ecoeficiencia–, porque eso es lo que encaja con la dinámica del capitalismo. En cambio desde estas perspectivas críticas más profundas se señala que la eficiencia, en general es una buena cosa, a igualdad con las demás circunstancias. Y la ecoeficiencia también, el hacer más con menos es una buena idea. Pero si uno solamente apuesta por estrategias de eficiencia y ecoeficiencia dentro de la dinámica general de estas sociedades capitalistas, a menudo lo que uno gana con esa eficiencia se lo come el aumento de consumo que se produce dentro de esa misma dinámica. Eso es lo que los economistas, desde hace más de un siglo, llaman “efecto rebote” o “efecto Jevons” [1]. Y eso hace que una estrategia de eficiencia sin más, en realidad no nos lleve muy lejos, por ello insisten todas estas perspectivas críticas en la necesidad ciertamente de la eficiencia, pero también advierten sobre las trampas de la ecoeficiencia, y la necesidad de complementarla con esos otros principios a los que antes me refería, como biomímesis, suficiencia, o autolimitación.

Contubernio: Y por ejemplo, incluso en este contexto de crisis evidente, especialmente visible a nivel económico, pero también alimentaria, ecológica, etc… , se intenta vender la quimera del crecimiento económico a toda costa como único modelo. ¿Cómo crees que se podría salir de esta situación de crisis en términos globales? ¿Dónde está el error de este modelo de pensamiento?

Jorge Riechmann: El crecimiento por el crecimiento es una estrategia suicida, no tiene ningún futuro. Lo tremendo, es que algo que es tan obvio y evidente, el principio básico de la crítica ecologista desde hace más de 40 años es tan sencillo como apuntar al hecho de que una economía no puede crecer de forma indefinida dentro de un medio ambiente finito. ¡Eso es el abc…! es absolutamente básico y eso es lo que hace que el capitalismo a la larga sea inviable en este planeta. Cuanto antes aceptemos las constricciones que nos imponen los límites biofísicos del planeta, menos dura será la transformación que de todas formas hemos de encarar, y ahí es importante darnos cuenta de que lo que realmente importa no es ese crecimiento económico fetichizado; que cada vez da menos de lo que promete, porque los efectos negativos del crecimiento son cada vez más importantes en comparación con los efectos positivos. Si no intentar, además darse cuenta de que el crecimiento en cualquier caso nunca pudo ser otra cosa que un medio, nunca un fin. Es una locura situarlo como un fin porque nunca ha sido más que cuando ha cumplido, al menos en parte, sus promesas un medio para conseguir bienestar y empleo, que se supone que es lo que proporciona, aunque sea discutible que lo haga en todas las condiciones, y ahora en particular. Entonces lo que necesitamos es perseguir directamente los objetivos que si que son metas valiosas en si mismas: los objetivos de ese “hacer las paces con la naturaleza” del que hablábamos antes, objetivos de igualdad social, de equidad de género, de satisfacción las necesidades básicas del ser humano… eso es lo que tiene que proporcionar la economía, no el crecimiento por el crecimiento.

Contubernio: Para ir cerrando, ¿cuales crees que serían las luchas desde uno mismo, y desde los movimientos sociales para romper el conflicto entre el medio ambiente y sociedad humana, como lograr resguardar tanto diversidad cultural como respeto por el medio ambiente?

Jorge Riechmann: Un aspecto que puede resultar problemático en las propuestas de decrecimiento es que tienden a centrarse demasiado exclusivamente en la esfera del consumo, en la idea de reducción de los consumos. No es que no nos haga falta actuar sobre la esfera del consumo, y en toda esa dimensión cultural y simbólica que tiene un peso tan grande en las sociedades productivistas y consumistas contemporáneas. Nos hace falta, pero no basta con eso, hay toda una dimensión de transformaciones institucionales y estructurales, que solamente se pueden abordar –no desde las iniciativas individuales e individualizadas de cambios en los consumos y estilos de vida– desde la acción colectiva para transformar los datos básicos del sistema. Por decirlo de una manera un poco provocadora, si se quiere, no necesito, no nos hace falta solamente disminuir nuestro consumo individual de carne y de pescado, que nos hace falta, nos hace falta autolimitación en este terreno. Si no que nos hace falta también socializar la banca pongamos por caso. Entonces, no podemos descuidar esos objetivos institucionales y estructurales para privilegiar sólo estrategias de modificación de los hábitos de consumo. Ese es un riesgo de las propuestas de decrecimiento y tenemos y que ser conscientes de ello. De ahí que para mi, siga estando a la orden del día, y sea más importante que nunca quizá, la noción de Ecosocialismo.

Entrevista completa

José Manuel Naredo: Observaciones sobre la propuesta de decrecimiento


Jorge Riechmann. ¿Qué opinión te merecen las propuestas de decrecimiento que se han avanzado en los últimos años ?, sobre todo en Francia donde han dado origen a cierto movimiento social. Sabes que hay ahí toda una serie de gente, entre los cuáles quizás el más conocido es Latouche, pero con cierto tirón entre el movimiento ecologista también por aquí.

José Manuel Naredo. Sí claro, conozco esta corriente que empezó enarbolando en Francia la bandera de decrecimiento. Buena parte de su integrantes, y el propio Latouche, forman parte de la asociación “La ligne d’horizon” de “amigos de François Partant”, autor, entre otras cosas, de un libro titulado “El fin del desarrollo” publicado hace un cuarto de siglo y reeditado con el apoyo de esa asociación. Ellos me invitaron, incluso, a dar una charla en París, con motivo de los actos organizados el veinte aniversario de la muerte de Partant. También conozco la extensión de esa corriente de ideas en nuestro país.

Para responder a tu pregunta, creo que hay que diferenciar si se usa el término “decrecimiento” simplemente para llamar la atención, como título de un libro,… o de una revista, o si se toma en serio como concepto para articular sobre él una verdadera meta o alternativa al actual sistema económico. En el primer caso el empleo de la palabra podría ser acertado. Este es, por ejemplo, el caso de la revista que se publica en Francia con el título “La decroissance” : se trata de una revista de crítica radical del desarrollismo imperante, que hace bien en subrayar con tintes surrealistas los absurdos que la mitología del crecimiento conlleva y en utilizar ese título a modo de desafío o de provocación frente al pensamiento económico ordinario. Ese fue también el caso del libro que con ese título ─(Demain) La décroissance─ publicó hace treinta años, y reeditó hace más de diez, mi amigo Grinevald, en el que introducía y traducía al francés algunos textos clave de Georgescu-Roegen y del que conservo un ejemplar dedicado por el autor.

Ese título respondía más a una ocurrencia publicitaria provocadora, orientada a pillar a contrapié la palabra y el mito del crecimiento económico, que a un intento serio de proponer el decrecimiento como meta o alternativa. Pues ni la introducción, ni los textos presentados en el libro, tejen en torno al decrecimiento ninguna propuesta o enfoque alternativo. La palabra a penas figura en el texto y, desde luego, brilla por su ausencia en el “programa bioeconómico mínimo” propuesto por Georgescu-Roegen. Por lo tanto, resulta engañoso presentar a ambos autores como pioneros del decrecimiento como propuesta.

En lo referente al segundo de los usos indicados, tengo que decir que me parece desacertada la elección del término decrecimiento para articular sobre él un enfoque económico alternativo al actualmente dominante. Pues para que un término con pretensiones políticas cumpla bien esa función, necesita tener a la vez un respaldo conceptual y un atractivo asegurados, de los que carece el término decrecimiento.

La noción ordinaria de crecimiento económico encuentra ese respaldo conceptual en el reduccionismo pecuniario de la idea usual de sistema económico y de los agregados que lo cuantifican en el sistema de cuentas nacionales. Ya vimos que la mitología del crecimiento se apoya en la metáfora de la producción, que oculta el lado oscuro e indeseado del proceso económico. Ya comentamos que lo que se entiende normalmente por crecimiento no es otra cosa que el crecimiento del producto o renta nacional. Y en este marco de referencia, el decrecimiento tiene también nombre propio: se llama recesión y conlleva la caída de esa renta o producto nacional y el empobrecimiento del país, con consecuencias sociales generalmente indeseadas. Por lo que, de entrada, el objetivo del decrecimiento no puede resultar atractivo para la mayoría de la población.

Pero la idea general del decrecimiento tampoco encuentra solidez conceptual fuera del reduccionismo propio del enfoque económico ordinario. Pues desde los enfoques abiertos y multidimensionales de la economía ecológica, o desde lo que yo llamo el enfoque eco-integrador, no hay ninguna variable general de síntesis cuyo crecimiento, o decrecimiento, se pueda considerar inequívocamente deseable.

Esto lo explicaba ya con claridad en la primera edición de mi libro La economía en evolución, de 1987. En el último capítulo, sobre los nuevos enfoques de lo económico, señalaba que los elementos que componen mi propuesta de enfoque ecointegrador, al no ser expresables en una única magnitud homogénea, no pueden dar lugar a ningún saldo o indicador global cuyo crecimiento (o decrecimiento) se estime inequívocamente deseable.

Y por este mismo motivo el enfoque ecointegrador no debe asumir tampoco el objetivo del “crecimiento cero”, que entonces estaba de moda, como tampoco el del “decrecimiento” que ahora lo sustituye. Pues la reconversión propuesta del sistema económico entrañará, sin duda, la expansión de ciertas actividades y la regresión de otras, el uso acrecentado de ciertos materiales y energías y la regresión de otras. Por ejemplo, desde este enfoque tiene sentido proponer la reducción del consumo de energía fósil y contaminante, pero no el de la energía solar y sus derivados renovables, que se acaban disipando igual aunque no se usen.

De ahí que el movimiento ecologista que defiende el decrecimiento, tiene que empezar a ponerle apellidos para que el objetivo resulte inteligible y razonable desde fuera del enfoque económico ordinario. Se dice así defender el decrecimiento del consumo o la exigencia de energía fósil y contaminante, de determinados materiales,… o de la generación de residuos, sin erosionar la calidad de vida de la gente. Pero el objetivo de hacer que decrezcan las exigencias materiales del proceso económico, coincide grosso modo con el de la llamada “desmaterialización” de la vida económica. Y creo que estos objetivos quedarían mucho mejor expresados por eslogan “mejor con menos”, puesto que hace referencia a una ética de la contención voluntaria, no solo medida en términos físicos, sino también pecuniarios y de poder, a la vez que afirma el disfrute de la vida.

Considerando como subraya Georgescu-Roegen, que la Tierra es un sistema cerrado en materiales, lo que permite verla como un gran almacén de recursos naturales, el creciente uso y deterioro de estos recursos que genera la actual civilización industrial, no puede menos que apuntar a una merma en las disponibilidades y a un menor uso futuro de los mismos. Desde esta perspectiva el “decrecimiento” en el uso de determinados recursos será el horizonte obligado hacia el que apuntan de las tendencias en curso. Aprovechando esta evidencia, Serge Latouche propone prever y planificar este “decrecimiento” para evitar que se produzca de forma dramática y habla de la necesidad de aplicar una lógica económica diferente para conseguirlo, que es lo que yo vengo proponiendo desde hace tiempo.

Llegados a este punto, creo que el principal objetivo a plantear es cambiar esa lógica y reconvertir el metabolismo económico de la sociedad. El problema estriba en que anteponer el objetivo del decrecimiento genera confusión cuando permanece en vigor la mitología del crecimiento y cuando los objetivos más generales de “cambio” y “reconversión” del sistema económico están todavía lejos de ser comprendidos y asumidos por la población. Por lo que creo que el movimiento ecologista tendría que hacer más hincapié en ellos y en la propuesta “mejor con menos”, que sustituye con ventaja a la del “decrecimiento”.

Por José Manuel Naredo. Tomadas de Naredo, J.M. (2009) Luces en el laberinto, Madrid, La Catarata, pp. 214-217, respondiendo a una pregunta de Jorge Riechmann en la segunda parte del libro. Desde Ecopolítica, agradecemos a José Manuel su colaboración.

Lo queremos todo y lo queremos ahora


"Lo queremos todo, y lo queremos ahora”: el grito de guerra sesentayochista no es una consigna de emancipación sino –me temo- la expresión de un fracaso cultural profundo. Hace pensar en infantilismo; también en drogadicción. Puerilización del mundo: la mercantilizada ‘cultura de la satisfacción’, combinada –en un mundo crecientemente amercanizado- con el mito yanqui de la igualdad de oportunidades bajo un régimen capitalista competitivo, hace creer en la capacidad de cualquiera para alcanzar cualquier cosa, y de forma rápida. Como en la psicología infantil, la incapacidad para diferir la gratificación estrecha el horizonte temporal a la inmediatez del presente.

Drogadicción en sentido amplio; más allá del consumo de estupefacientes nos sumimos en una omnipresente cultura de la droga que incluye todo tipo de propuestas de satisfacción inmediata y evasión ,desde el turismo de masas a la ‘fábrica de sueños’ que es Hollywood, desde los más ubicuos parques temáticos -y la reconstrucción de cada vez más zonas de nuestra experiencia urbana como parques temáticos- a las diversiones por internet.

No podrá emerger una cultura de la sobriedad no represiva, una austeridad liberadora (y laica), sin una transformación profunda de las concepciones vigentes acerca del placer, la utilidad, el progreso, la producción. ¿Qué querría decir ‘transformación profunda’ en este contexto? Manuel Sacristán pensaba que:

‘Todos estos problemas tienen un denominador común que es la transformación de la vida cotidiana y de la consciencia de la vida cotidiana. Un sujeto que no sea opresor de la mujer, ni violento culturalmente, ni destructor de la naturaleza, no nos engañemos, es un individuo que tiene que haber sufrido un cambio importante. Si les parece, para llamarles la atención, aunque sea un poco provocador: tiene que ser un individuo que haya experimentado lo que en las tradiciones religiosas se llamaba una conversión (…) Mientras la gente siga pensando que tener un automóvil es fundamental, esa gente es incapaz de construir una sociedad comunista, una sociedad no opresora, una sociedad pacífica y una sociedad no destructora de la naturaleza.’

Jorge Riechmann. Todo tiene un límite: ecología y transformación social. 2001

Una contracción de emergencia

Jorge Riechmann - Opcions


Hemos dejado que la situación se deteriore tanto que el gradualismo ya no sirve.

Sabemos que el crecimiento material no puede continuar indefinidamente en una biosfera finita –y de hecho estamos ya más allá de los límites del crecimiento, por evocar el título del importante primer informe al Club de Roma en 1972–, pero toda nuestra vida socioeconómica y la ideología dominante se organizan en torno a la aberrante suposición contraria. Como escribía Barry Commoner en 1971, en su clásico The Closing Circle:

“La civilización humana implica una serie de procesos cíclicamente dependientes entre sí, la mayor parte de los cuales [población, ciencia y tecnología, producción económica…] presentan una tendencia inherente a crecer, con una sola excepción: los recursos naturales, insustituibles y absolutamente esenciales (…). Es inevitable un choque entre la propensión a crecer de los sectores del ciclo que dependen del hombre, y los severos límites del sector natural. Está claro que si la actividad humana en el mundo –civilizado– tiene que conservar su relación armónica con todo el sistema global, y sobrevivir, debe acomodarse a las exigencias del sector natural, o sea, la ecosfera”.

Ese ajuste hubiéramos tenido que emprenderlo hace treinta, hace cuarenta años: las opciones de cambio gradual tenían entonces cierto sentido. Hoy hemos dejado que la situación se deteriore tanto que el gradualismo ya no sirve. Si tenemos en cuenta a la vez las exigencias de justicia y de sustentabilidad ecológica (es decir, si creemos que las sociedades humanas viables no pueden apoyarse en el privilegio de unos pocos y el genocidio de la mayor parte de la humanidad), entonces sabemos que, en sociedades ricas como la nuestra, el uso de materiales y energía ha de disminuir en nueve décimas partes aproximadamente. No se cansa de repetirlo –y tiene razón– Ted Trainer en un importante libro suyo recién traducido al castellano, La vía de la simplicidad.

Así que “consumo responsable” (que es indisociable de la producción responsable) quiere decir, en primer lugar, mucho menos consumo. Hasta un 90% menos, si pensamos en la base material de las prácticas de consumo.

Es imposible, se dirá. Y en cierto modo así es. Solo que pertenece a la condición humana tener que plantearse las tareas imposibles (educar a seres libres, construir la ciudad democrática… y también, hoy, sobrevivir al Siglo de la Gran Prueba sin perder de vista los horizontes de emancipación humana). Algo así sugería la gran Simone Weil en uno de sus apuntes de La gravedad y la gracia:
“Todo bien verdadero comporta condiciones contradictorias y, por consiguiente, es imposible. Aquel que de verdad mantenga fija su atención en esa imposibilidad y actúe, hará el bien.”


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Jorge Riechmann escribe poemas y ensayos, enseña filosofía (moral y política) en la UAM y trabaja por la transformación ecosocial. Blog: tratarde.org.


Otras 5 hipótesis para unas humanidades en transición

ACdR -  LAGUNA & other words with double entendre

El otro día resumía una conferencia de Marina Garcés sobre las humanidades en transición mediante 5 hipótesis.
Hoy hago lo propio con Jorge Riechmann, otro de los filósofos que está tratando de proporcionar una respuesta a los desafíos de nuestro tiempo mediante una alianza de saberes. Su libro Autoconstrucción nos proporciona cinco claves para una nueva cultura de la transición.

1. Superar la fase de negación. A finales del siglo XX, nos dice Riechmann, el movimiento ecologista sufrió una derrota sin paliativos: ha fracasado en su intento de cambiar el rumbo de las sociedades industriales y estas siguen creciendo descontroladamente aunque el mundo esté lleno y hayamos entrado, como dice, en el Siglo de la Gran Prueba. En él, una combinación de efectos del cambio climático, el hambre, las enfermedades infecciosas, las grandes migraciones y otros fracasos de la política, junto a la escasez de recursos naturales y la destrucción de diversidad biológica, nos pueden colocar en un escenario real de colapso social a gran escala.

¿Podemos evitarlo? Técnicamente es posible, políticamente casi todo indica que no: Riechmann es consciente de que la “contracción de emergencia” necesaria para detener el cambio climático no es asumible por ningún gobierno al uso, porque las reglas del juego político sólo atienden al corto plazo de una sociedad infantilizada por un circo mediático que el ecologismo tiene culturalmente perdido. El actual conflicto en Siria también tiene causas ambientales y esta sería sólo la primera de una lista de posibles guerras climáticas con sus consiguientes movimientos de refugiados. Puede que, adaptándose, la humanidad sobreviva a cualquier catástrofe, pero el colapso traerá millones de víctimas que podrían haberse evitado.

¿Perder toda esperanza? No, porque todavía podemos atenuar el sufrimiento, razonando y actuando más en términos de resiliencia que de sostenibilidad en pos de lo que Riechmann llama la Estrategia Dual: intentar maniobrar con alguna habilidad este Titanic que inexorablemente va a hundirse; pero no con la expectativa de evitar el naufragio, sino solo de crear mejores condiciones para el salvamento del pasaje. El primer paso, pues, es ser realistas y afrontar la pérdida, valorar y contener los daños, salvar lo que aún se puede salvar autoconstruyendo formas de cooperación que puedan reducir el coste humano del colapso.


2. Impulsar culturalmente una transición hacia sociedades más resilientes. Los humanos somos naturalmente culturales: nuestro mundo está construido o al menos mediado por la cultura, entendida como ideas, creencias, normas y valores transmitidas por aprendizaje social, y sólo incidiendo en ella podemos transformarlo. Como la crisis es humana y social, para superarla es necesario comprender los sistemas éticos y utilizar esa comprensión para reformarlos. Esa sería la tarea cabal de las humanidades y las ciencias sociales, desde la literatura a la antropología y la filosofía, porque nunca hay vacío moral ni crisis de valores. A juicio de Riechmann, lo que ocurre es que los valores rampantes en las sociedades industriales son falsos y peligrosos: lo que nos ha llevado hasta aquí es precisamente la creencia de que el desarrollo de la tecnociencia, impulsada por el mercado libre, producirá un crecimiento ilimitado de la economía mediante la innovación constante, y que esto redundará de alguna forma en una vida mejor para los seres humanos. Sin poner en cuestión esa historia fundacional, de nada sirve invocar retóricamente los valores de la ética ecológica. Es posible modelar nuestro carácter de acuerdo con designios conscientes, pero para ello no basta con el esfuerzo individual; son los grupos humanos quienes, actuando sobre su cultura, orientan la sociedad hacia nuevos valores (en el caso español, Riechmann recuerda los precedentes del krauso-institucionismo burgués y el naturismo obrero de signo anarquista). Ese trabajo consta de procesos complejos que caminan de forma paralela a procesos de socialización que llevan décadas y en él no hay atajos.

3. Reinterpretar el individualismo y la igualdad. El moderno proceso de individuación proporciona mayores cotas de libertad, pero también puede desembocar en patologías sociales en las que se elimina la autonomía, individual y colectiva, convertidas ambas en la mera elección entre ofertas de consumo. El triunfo cultural del capitalismo estriba, según Riechmann, en conseguir hacer creer que la libertad es la libertad de consumo, en vez de la libertad política de los ciudadanos y ciudadanas capaces de autogobernarse. Somos libres, se nos dice, porque podemos acumular ilimitadamente bienes materiales y experiencias placenteras, pero ese mito fomenta la dominación y no hay posibilidad de sostenibilidad para la enorme población humana actual sin una estrategia de reducción de las desigualdades sociales. Frente a esa idea de la libertad liberticida, Riechmann propone otro mito: el de una igualibertad cooperativa, entendida como una construcción de autonomía personal y colectiva que no reniegue de la dependencia ni cierre los ojos ante los límites del mundo concreto, social y natural, en el que vivimos. Este programa no está reñido con el hedonismo o la lucidez --Riechmann se esfuerza en librarse de las etiquetas de buenismo o neopuritanismo--, sólo con el sadismo de quien compra su placer a costa del sufrimiento de otros.

4. Transformar identidades mediante una ética crítica. ¿Qué perspectivas de futuro abren esas claves? Riechmann es consciente de que los seres humanos no podemos dejar de autoconstruirnos mediante el lenguaje y la cultura; la cuestión es la clase de identidad que emerja del proceso. La economía neoliberal refleja una ética y una cultura que coloniza el mundo y la mente de millones de personas a día de hoy. Frente a ella, lo que Riechmann propone es una autoconstrucción crítica que casa bien con varias escuelas y corrientes en el pensamiento occidental desde sus orígenes. No tanto la filosofía como conjunto de sistemas teóricos, sino más bien como forma de vida, tal como la entendieron Marco Aurelio, Thoreau o Alain Badiou. Apelando a estos y otros pensadores, Riechmann traduce a términos laicos o aptos para legos la antigua noción de conversión o cambio de mentalidad (metanoia) y propone una cultura de la frugalidad no represiva. Su programa es sincrético y ecuménico, conservador e innovador a la vez: anclar la cultura en los valores de cuidado en colaboración con el feminismo; autolimitarnos para dejar existir al otro, en clave ecologista; recuperar o conservar las formas de socialidad erosionadas por la modernidad, en clave antropológica, especialmente aquellas que movilizan la palabra en público; promover la moral de larga distancia, conectando con las éticas de la compasión desarrolladas desde las religiones universalistas, así como con las éticas laicas de la solidaridad.

El programa de Riechmann conlleva una transformación profunda de las concepciones vigentes acerca del placer, la satisfacción, la felicidad o la vida buena. Esto no supone una vuelta a la religión sino que, renunciando al autoengaño, trata de mantenerse dentro de los límites de una espiritualidad trágica que también es patrimonio, por supuesto, de muchas religiones. Aunque implantarlo no sea fácil, es un programa sencillo o minimalista porque orienta toda la ética en torno a dos grandes valores: florecimiento de la vida y pacificación de la existencia. Pero también porque conlleva renunciar a la ilusión del control, ensalzar la humildad epistémica y confiar en el poder de adaptación y autoorganización de las culturas vernáculas vivas.


5. Para ser positivos y realistas, atender a la cultura contemporánea. Riechmann no es un filósofo apocalíptico o milenarista; plantea problemas ya conocidos pero desde un ángulo nuevo, prestando atención al Gran Motivador de la conducta humana: la cultura, un factor al que quizá el movimiento ecologista no haya prestado toda la atención que debiera. Pues no se trata sólo de percatarse del límite, sino también de transformarnos a partir de ese conocimiento. Aún no me queda claro cómo piensa Riechmann tomar lo mejor de las religiones (motivación personal, solidaridad comunitaria y compromiso intergeneracional más allá del cortoplacismo) sin llevarse también el sustrato metafísico, su búsqueda de la inmortalidad y su potencial para el sectarismo. Pero no olvidemos que Thoreau también se autoconstruyó su cabaña en Walden a partir de los residuos reciclados de otras construcciones. Otro punto el que disiento ligeramente con Riechmann es su aparente escepticismo hacia los usos emancipadores de las TIC. Si la cultura juvenil se alimenta de videojuegos, ¿no deberíamos incidir ahí ante todo? Las herramientas nos han acompañado siempre en el largo camino de la hominización; la cuestión es, como escribió Thoreau, no convertirnos en herramientas de nuestras herramientas, poner la tecnología al servicio de la resiliencia social.

Peligros del naturalismo acrítico

 Jorge Riechmann




Al fin y al cabo, la naturalización de lo social y lo cultural ha sido una de las armas favoritas de las fuerzas reaccionarias durante milenios, como bien saben los movimientos sociales que han luchado contra el patriarcado, la opresión religiosa, la dominación de clase, el racismo, las tergiversaciones nacionalistas o la represión de las sexualidades divergentes: sobran los ejemplos de construcciones culturales opresivas para grupos sociales específicos que eran legitimadas en virtud de su “naturalidad”. Incluso las políticas más abismalmente malignas –las políticas nazis de exterminio masivo, por ejemplo— han buscado legitimarse apelando a la naturaleza, y así el mismo Hitler –en una conversación con Rauschning que éste anotó— declaraba:

“Tenemos el deber de despoblar, lo mismo que tenemos el deber de cuidar adecuadamente a la población alemana. (...) ¿Quiero yo eliminar estirpes enteras de un pueblo? ¡Sin duda alguna! Así aproximadamente, hacia ahí caminamos. La naturaleza es cruel. Por eso, también nosotros podemos serlo.”

Debemos ser especialmente rigurosos a la hora de invocar la naturaleza (en nuestro caso, a la hora de fundamentar nuestra propuesta de biomímesis). Hay que intentar trazar con nitidez las “distinciones fundamentales” a las alude, puesto que un naturalismo acrítico puede sin duda prestar apoyo ideológico a los sistemas de dominación que –por otra parte— han desempeñado un papel fundamental en el surgimiento de la crisis ecológica actual.

Para saber más: Biomímesis: respuestas a algunas objeciones. Jorge Riechmann

Para saber más: Biomímesis: el camino hacia la sustentabilidad. Jorge Riechmann

Una economía sustentable basada en la Naturaleza

"La naturaleza es la única empresa que nunca ha quebrado en unos 4.000 millones de años, proporciona un modelo para una economía sustentable que funcione a base de ciclos cerrados de materia movidos por la energía del sol.

Una economía cíclica, totalmente renovable y autorreproductiva, sin residuos y cuya fuente de energía es inagotable en términos humanos: la energía solar en sus diversas manifestaciones (viento, olas...); cada residuo de un proceso se convierte en la materia prima de otro: los ciclos se cierran.

Se trata de una economía que integre los pueblos y ciudades con los ecosistemas que los circundan, buscando edificios e infraestructuras que pesen poco sobre los paisajes, adaptados a la diversidad de lo local."

Jorge Riechmann

Homo petroliensis

Jorge Riechmann

Durante el siglo XX, Homo sapiens se transformó en Homo hydrocarbonus (gráfica expresión que ha utilizado en alguna ocasión Jacques Grinevald), o más concretamente en Homo petroliensis. En pocos decenios dilapidó un precioso regalo fósil heredado de miríadas de antepasados biosféricos, quemando la energía condensada en el petróleo con una imprevisión e inconsciencia que impresiona.

Construyó así una “civilización de alta energía” basada en un exuberante derroche de energía fósil; y de alguna forma se engañó a sí mismo pensando que podría mantener siempre ese costoso tren de vida. Pero el petróleo es un recurso finito que hemos derrochado a manos llenas, el “capitalismo fosilista” será un breve experimento en términos históricos, y ahora llega el momento de un doloroso despertar.

¿Qué viene después de la Era del Petróleo? La necesidad de rehacer nuestras economías, nuestras sociedades y nuestras culturas, y las muy malas condiciones de base para hacerlo. Interviniendo en el vivo debate actual sobre modelos energéticos, el catedrático de la Universidad de Barcelona Mariano Marzo argumenta: “Los ecologistas no pueden seguir defendiendo el cierre de las nucleares. Se han quedado anticuados porque si no se cuestiona el modelo actual de crecimiento socioeconómico, las renovables no cubren la demanda existente. Y cambiar el modelo económico es imposible...”

¿Cambiar el modelo económico es imposible?

El modelo económico está destruyendo a marchas forzadas las perspectivas de que perdure una humanidad libre en un planeta habitable, ¿y cambiarlo va a ser imposible? Pero ¿acaso no ha cambiado, muchas veces, en el curso de la historia? ¿No ha cambiado en tiempos recientes -- desde el capitalismo keynesiano hacia el neoliberal? ¿Acaso no está cambiando ahora mismo –pero no hacia una mayor sustentabilidad y justicia? ¿Por qué el capitalismo neoliberal sería el único régimen socioeconómico de la historia humana que se congelaría en un Reich de los mil años? ¿Quién defiende posiciones de verdad anticuadas –por no decir nihilistas— en ese debate? Después de haber visto a George W. Bush y su equipo de economistas neoliberales nacionalizando –parcialmente— el sistema bancario estadounidense en el otoño de 2008, ¿vamos a seguir pensando que no se puede transformar ese insostenible sistema socioeconómico?

No olvidemos nunca que lo que no resulta posible en tiempos “normales” –cambiar el modo de producción y consumo, por ejemplo--, es posible en tiempos extraordinarios. Nuestro tiempo no es “normal”: hace falta que esa verdad llegue a las conciencias de nuestras conciudadanas y conciudadanos.

No se puede seguir engañando a la gente. No se les puede seguir diciendo: “somos omnipotentes, nuestra tecnología lo puede todo”. La responsabilidad de las elites políticas y los “creadores de opinión” es enorme.

Extraído de 'La habitación de Pascal' de Jorge Riechmann