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Decrecimiento y justicia Norte-Sur

Giorgio Mosangini - Col.lectiu d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament
El crecimiento es indisociable de la desigualdad Norte-Sur

Si alrededor de 1500 empieza la historia del crecimiento económico exponencial, también empieza la historia de las desigualdades Norte-Sur. Al inaugurarse el sistema capitalista mundial nace también su estructura jerárquica. El modelo de crecimiento incorpora progresivamente todos los territorios (proceso aún en marcha hoy en día) aniquilando las estructuras culturales, sociales y económicas preexistentes en beneficio de los países del centro y del modelo de crecimiento ilimitado. El incremento de las desigualdades, la pérdida de autonomía y la confiscación de ecoespacios en la periferia son condición indispensable del crecimiento económico. Por tanto deben ser dimensiones centrales de los análisis y las propuestas del decrecimiento.

La responsabilidad de la crisis sistémica en un mundo desigual

La crisis sistémica que atravesamos exige analizar la responsabilidad de las sociedades de acuerdo a la desigualdad existente. El haber superado las capacidades de carga de la biosfera es responsabilidad de los países del Norte y de las élites del Sur (el 20% de la población que consume más del 83% de los recursos). La gran mayoría de la población humana (el 80% restante) no vive por encima de las capacidades del planeta. Para universalizar el estilo de vida de una estadounidense medio necesitaríamos más de 5 planetas (3 en el caso de un español). La mayoría de los países, en cambio, siguen manteniendo su huella ecológica muy por debajo del techo natural.

Aunque no tengan responsabilidad sobre la crisis ecológica y la superación de las capacidades de carga de la biosfera, las poblaciones del Sur global son las principales víctimas de sus consecuencias (cambio climático, incremento de fenómenos naturales extremos, etc.). La sobrecarga sobre el planeta incrementa la presión sobre los ecoespacios del Sur. La acumulación del capital y el crecimiento, para proseguir en una situación de escasez, incrementan la presión sobre la materia, la energía, la biodiversidad, los espacios de cultivo, el material genético, etc., del Sur global. Los picos de explotación de recursos tienen influencia directa en la aparición de nuevas fronteras de explotación, que empeoran las condiciones de vida y agudizan los conflictos sociales en las sociedades del Sur.

Determinismo ecológico vs. decrecimiento como proyecto político

Reconocer que hemos superado las capacidades de carga de la biosfera puede conllevar el riesgo de caer en algún tipo de determinismo ecológico. Hay límites, pero dentro de los límites las sociedades humanas son construcciones sociales y políticas, no son sólo el reflejo de una realidad ecológica. Poner en evidencia los límites ecológicos no nos debe alejar de la política, sino que debería llevarnos a asumir políticamente la construcción de sociedades justas y sostenibles. Para que el decrecimiento en un futuro no se traduzca en un ajuste esencialmente ecológico, cientificista o anti-humano, tenemos que poner en primer término nuestros valores: el cuidado de la vida, de la naturaleza y de los seres humanos. El igualitarismo y la lucha contra las desigualdades (en particular en su dimensión Norte-Sur) tienen que ser un elemento central del decrecimiento.


La deuda del crecimiento: la defensa de la justicia Norte-Sur desde el decrecimiento

Proponemos el concepto de deuda del crecimiento como uno de los posibles enfoques para dotar de contenido político la dimensión Norte-Sur en el marco de las propuestas del decrecimiento. Ante la insostenibilidad ecológica alcanzada por la humanidad, la degradación creciente de materia y energía y el incremento resultante de desigualdades e injusticias sociales, los países del Norte y las élites del Sur son deudores de crecimiento mientras que los países del Sur son acreedores de crecimiento. Consideramos que la deuda del crecimiento debería incorporar el conjunto de deudas definidas a partir del estudio de los impactos del modelo de crecimiento occidental en los países del Sur, tales como:



  • La deuda ecológica. La deuda de carbono (el modelo de crecimiento económico del Norte genera emisiones de dióxido de carbono que superan la capacidad de absorción natural y causan impactos ecológicos como el calentamiento global). La biopiratería (las transnacionales del Norte se apropian de la diversidad cultural y biológica registrando la propiedad intelectual de recursos y conocimientos tradicionales existentes en los países del Sur). Los pasivos ambientales (el crecimiento económico en el Norte se nutre de la extracción de recursos a precios muy bajos y con costes ecológicos altos en los países del Sur). La exportación de residuos (residuos del modelo de producción y consumo en el Norte se trasladan a los países del Sur generando graves impactos ecológicos)

  • La deuda social (impacto del crecimiento de los países del Norte en las condiciones de vida, de salud, y de derechos humanos de la poblaciones del Sur)

  • La deuda cultural (el modelo uniforme de producción y consumo impuesto por el crecimiento económico avanza paralelamente a la destrucción de culturas y formas de vida milenarias en los países del Sur)

  • La deuda histórica (el crecimiento económico en el Norte hunde sus raíces en la colonización y las múltiples formas renovadas de dominación)
    La deuda económica (el crecimiento económico del Norte se sustenta en el intercambio desigual con los países del Sur)

  • Etc.

Aunque el "pago" de la deuda del crecimiento pase esencialmente por cambios en el Norte (decrecimiento), también conlleva responsabilidades de compensación a todos los niveles: social, ambiental, económico, cultural…

La cooperación internacional: un ámbito concreto de incidencia para la perspectiva Norte-Sur del decrecimiento

La cooperación internacional al desarrollo parte substancialmente de un imaginario económico (el del crecimiento ilimitado) y se ve contagiada por la incapacidad del modelo occidental de tener en cuenta a la biosfera. Dos grandes rasgos del discurso de la cooperación pueden ser objeto de una revisión crítica por parte del decrecimiento:



  1. La cooperación se entiende fundamentalmente como una respuesta a carencias de los países del Sur. Hasta los años 80, identificaba la falta de crecimiento económico como la mayor carencia de los países del Sur. Por ello, el crecimiento económico fue el principal objetivo de la cooperación durante décadas. A partir de los años 80 han ido ganando fuerza análisis que otorgan un papel central también a carencias situadas en la dimensión social u otras dimensiones no estrictamente económicas (promoción del capital humano, de las capacidades y oportunidades humanas, etc.), sin embargo, el crecimiento económico sigue siendo una condición imprescindible para alcanzar el desarrollo humano.

  2. La ayuda oficial al desarrollo (AOD) no constituye una obligación de los Estados, es voluntaria y discrecional. La propia terminología del modelo de cooperación ("ayuda", "donación", etc.) nos remite a su voluntariedad y no obligatoriedad. En ningún momento aparece el derecho de los países del Sur a reclamar o exigir flujos de AOD. El modelo de cooperación se sustenta en la decisión unilateral del Norte acerca de dónde, cómo, y cuánto "ayudar".

Retomando los análisis del decrecimiento expuestos anteriormente, podemos sacar alguna conclusión sobre la revisión crítica de los dos grandes rasgos de la cooperación internacional señalados:

  1. La cooperación como redistribución. La "pobreza", el supuesto "subdesarrollo" de los países del Sur, no atañen principalmente a problemas relacionados a carencias propias, sino a la confiscación de sus ecoespacios por parte de los países del Norte. El problema no es el crecimiento de los países del Sur (ya sea en términos estrictamente económicos o desde un punto de vista de capacidades). El problema fundamental es de redistribución del uso de los recursos y de sujeción a los límites naturales. No es que el Sur no crezca o no se "desarrolle", sino que lo hace en función de las necesidades e intereses de los países del Norte y de las élites en el Sur. La reflexión nos llevaría por lo tanto hacia la necesidad de repensar el modelo de cooperación, centrando las estrategias en el ajuste ecológico y social del Norte que permita redistribuir con equidad la utilización de los recursos del planeta entre sus habitantes, así como volver a respetar los límites marcados por la biosfera y las capacidades de regeneración del planeta. Ya no se trataría de enfrentar las carencias del Sur, sino los excesos del Norte global.

  2. La cooperación como responsabilidad y obligación. Contemplar la cooperación desde la perspectiva de la deuda del crecimiento nos llevaría a sustituir la voluntariedad por la obligación, la caridad por la responsabilidad. Deberíamos reformular entonces un modelo de cooperación internacional basado en una doble obligación: la obligación de devolver y de no exceder. Compensar y remediar, por un lado, todos los impactos negativos que nuestro modelo ha tenido en los países del Sur. Ajustar ecológica y socialmente nuestro modelo, por otro lado, para que occidente ya no viva a costa de los bioespacios de las poblaciones del Sur y superando las capacidades de carga del planeta.

¿Qué propuestas para/desde el Sur?

Si reajustásemos los excesos e injusticias del sobreconsumo del 20% de las élites mundiales, el 80% de la población humana aún tendría un amplio margen de crecimiento en su consumo de materia, de energía, en sus emisiones de Co2, etc., a medida que éstos decrezcan radicalmente en el Norte global. Ahora bien, esta constatación no implica que el Sur global deba seguir la senda del modelo productivista y extender el economicismo a todas las esferas de la vida. Si el decrecimiento concierne esencialmente al Norte global, también implica cambios en el Sur. El cuestionamiento del crecimiento económico y del desarrollo occidental en el Sur global y la búsqueda de nuevos caminos debería partir en primer término de propuestas políticas y análisis ya existentes, que emergen desde o sobre el Sur global, y auguran fecundos cruces teóricos con el decrecimiento. Señalamos algunas perspectivas con las cuales el decrecimiento podría compartir su camino contra la mercantilización y por la defensa del cuidado de la vida como objetivo básico de las sociedades:

  • Soberanía Alimentaria. La propuesta política de la Vía Campesina (movimiento que aglutina a organizaciones con casi 200 millones de campesinos/as afiliados) defiende el derecho de los pueblos a definir sus propias políticas ecológicamente sustentables de producción distribución y consumo de alimentos, garantizando su derecho a una alimentación nutritiva, segura y cultural y ambientalmente apropiada, con pleno acceso de las familias campesinas a tierra, agua y semillas. La Soberanía Alimentaria también reclama el derecho a proteger la producción agropecuaria local y nacional y el mercado local, contemplando la comercialización de los excedentes sólo después de garantizar las necesidades de la población local. Comparte agenda con el decrecimiento al enfrentarse al modelo agroindustrial y librecambista, que condena al sector agropecuario a la mercantilización y al productivismo. Defienden la agroecología y la multifuncionalidad del campo.

  • Ecofeminismo. El decrecimiento coincide con el ecofeminismo y otras perspectivas feministas críticas en la denuncia del imaginario que sustenta la modernidad occidental y la economía ortodoxa. Imaginario que conlleva la invisibilización y explotación de la naturaleza y de las mujeres. Ambas corrientes ven a la economía hegemónica como un obstáculo para perseguir sus objetivos de cuidado y reproducción de las personas y de la naturaleza.

  • Posdesarrollo. El posdesarrollo es una crítica cultural al desarrollo como principio rector de las sociedades. Defiende modelos culturales localmente adaptados frente a las recetas universales del desarrollo y del crecimiento ilimitado.

  • Buen Vivir (Sumak Kausay). Diversos países, como Ecuador y Perú, han incorporado cosmovisiones indígenas en sus constituciones que rompen con el productivismo y la insostenibilidad ambiental anclados en la cultura occidental. En la constitución ecuatoriana, por ejemplo, la naturaleza (Pachamama) pasa a tener derechos propios. El Buen Vivir tiene muchas semejanzas con el decrecimiento al entender como un todo la sostenibilidad social y ecológica, la justicia social y los derechos de la naturaleza. Desde el Sur nos llegan así propuestas políticas concretas para poner frenos a la mercantilización de la naturaleza, como la Iniciativa ITT, que propuso en el año 2007 no explotar el petróleo del Parque Nacional Yasuní, apelando a la corresponsabilidad de la comunidad internacional y situando a Ecuador en la vanguardia política mundial para alcanzar sociedades post-petroleras y en la denuncia de los efectos sociales y ambientales del modelo de crecimiento ilimitado.

    Documento de trabajo preparado para la Segunda Conferencia Internacional sobre Decrecimiento (Barcelona – marzo de 2010).

Entrevista a Giorgio Mosangini sobre decrecimiento

Entrevista a Giorgio Mosangini en el viejo topo nº 258

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Tengo la sensación de que vivimos un momento en el que está aflorando en la conciencia colectiva occidental la idea de que hemos superado los límites naturales. Aunque hace ya más de veinte años que sabemos que la humanidad ha sobrepasado las capacidades de carga del planeta, el hecho permanecía reprimido, como algo que éramos incapaces de mirar de frente.

En los últimos años, en cambio, parece cada vez más difícil ocultar el carácter insostenible del proyecto occidental. El ejemplo de la crisis me parece claro al respecto. Nos dicen que vivimos una crisis que ha empezado en el ámbito financiero, por falta de liquidez, y que se ha trasladado a la economía real.

Pero, en el fondo, cada vez más gente intuye que hay algo más.

Vivimos una crisis sistémica que engloba todas las esferas de nuestra realidad: ecológica, socioeconómica, cultural, etc. Sospechamos que el origen de la crisis no es una falta de liquidez, sino todo lo contrario, un exceso de liquidez, un exceso de finanzas que, bajo el mandato del crecimiento exponencial de la economía, agotan de manera creciente unos recursos que son finitos. Así, los activos financieros han crecido por encima de las capacidades reales del planeta. Con el crecimiento, no crece la riqueza, sino que se agota la disponibilidad de los recursos y se disparan las desigualdades sociales. Sectores muy amplios de la población intuyen en este sentido que los planes de rescate sólo agravan el problema, en una huída hacia adelante que compromete aún más nuestras posibilidades de supervivencia.

La fase actual de insostenibilidad hace que vivamos un momento clave, en el que el capitalismo puede no tener futuro, y hasta la propia continuidad de la especie humana está amenazada.

Por ello, el decrecimiento irrumpe en el discurso político como un llamado de urgencia a cambiar las estructuras y valores fundamentales de nuestras sociedades si queremos sobrevivir.

El “boom” del decrecimiento probablemente también se pueda explicar en parte por la increíble habilidad del sistema de recuperar y pervertir conceptos e ideas. Los movimientos sociales y las reflexiones teóricas críticas se ven obligados a una continúa búsqueda de nuevas teorías y nuevos lemas que les permitan batallar por el significado y no dejar que el sistema se apropie de las palabras que utilizamos. El caso de la palabra “sostenibilidad” es muy significativo al respecto. Hoy en día ha perdido cualquier carga política, aunque su sentido estricto es de una radicalidad formidable si se llegara a utilizar honestamente y no digamos ya a aplicar. En este sentido, quizás el decrecimiento tenga un poco de eso también, y sea un intento más de rechazar la recuperación de la crítica por parte del sistema e intentar luchar para que nadie nos arrebate el significado de lo que queremos.

Por último, no hay que olvidar que el “boom” del decrecimiento es totalmente relativo, en el sentido de que irrumpe en un ámbito político absolutamente minoritario y estigmatizado por el sistema dominante.

—¿Cómo se sitúa usted en los debates actuales?


—Me parece que dentro del decrecimiento, tanto como corriente de pensamiento como movimiento social, todo el mundo coincide en el hecho de que no se trata de saber si habrá o no decrecimiento. Lo que está en juego es saber si tenemos por delante un escenario de colapso o si seremos capaces de materializar un proyecto político que conjugue sostenibilidad e igualdad. Otra cosa que creo que es bastante compartida es entender que el decrecimiento no propone una receta. El decrecimiento nos llama a recuperar protagonismo como comunidades políticas, recobrar espacios de autogestión ante el proyecto de mercantilización de todas las esferas de la realidad del capitalismo.

Por ello, nuestro futuro pasa por encontrar soluciones que sean sostenibles en términos ecológicos y que erradiquen las desigualdades en términos sociales en todas las escalas. De allí la importancia de la cuestión de la “relocalización” dentro del decrecimiento. No puede haber una receta, todo está por reinventar, en función de los grupos humanos y ecosistemas que consideremos. Este punto es una riqueza del decrecimiento: no se trata de un proyecto dogmático, sino de una propuesta abierta a una gran diversidad de experiencias y corrientes de transformación radical de la sociedad. Su vocación es más de paraguas de alternativas y por ello convergen en su seno personas y colectivos de muy distintas tradiciones políticas y filosóficas: ecología política, anarquismo, marxismo, feminismo, etc. Este carácter abierto es una fortaleza y una necesidad pero también me parece una debilidad en cuanto a su futuro como proyecto político. La articulación política delas ideas del decrecimiento y de los movimientos sociales que lo defienden parece muy compleja de concretar.

En este sentido, creo que todo el mundo tiene que ir trabajando bajo el paraguas del decrecimiento desde su contexto. En mi caso, mi interés por el decrecimiento radica sobre todo en su capacidad para enfrentar los modelos dominantes en la cooperación internacional. Caricaturizando un poco podríamos decir que la cooperación dominante quiere dar respuesta a la pobreza y a las carencias de los países del Sur. La cooperación desde el punto de vista del decrecimiento, en cambio, se centraría en la lucha contra las desigualdades y en el cambio de las estructuras que rigen el sistema global. Para el decrecimiento, no es cierto que el Sur no crezca o no se desarrolle. Lo hace en beneficio de los países del Norte y de las élites del Sur (lo que podríamos llamar el “Norte global”), en detrimento de los países del Sur y de las poblaciones excluidas en el Norte (lo que podríamos llamar el “Sur global”). El Norte global está usurpando ecoespacios del Sur global para mantener sus estructuras y seguir creciendo.

Por tanto, defender el decrecimiento en el ámbito de la cooperación implica reivindicar que el problema central no son las carencias del Sur sino los excesos del Norte global.

Quedan por proponer modelos de intervención centrados en implementar ajustes ecológicos y sociales en el Norte y en el cambio de los modelos y estructuras económicos, recuperando la sostenibilidad y promoviendo la igualdad.

—Los críticos del decrecimiento subrayan su sesgo reformista, que no refleja el poder del capitalismo y su reproducción. La imagen de una salida localista fuera del mundo capitalista, por ejemplo, hace creer que los individuos y pequeñas comunidades podrían establecer otra sociedad más allá del capitalismo, pero eso ¿es algo más que buenas intenciones?


—Creo que tachar al decrecimiento de reformista es desconocer sus análisis y propuestas. El decrecimiento como proyecto político es radicalmente anticapitalista. También es revolucionario, si por ello entendemos defender la necesidad de una transformación radical y de una ruptura con las estructuras establecidas.

La lógica de crecimiento ilimitado que el decrecimiento sitúa en el centro de sus análisis es uno de los motores básicos del proceso de explotación y acumulación capitalista, por tanto nos ayuda a entender su funcionamiento y reproducción. Pero el decrecimiento no es sólo anticapitalista. El socialismo real ha sido un claro ejemplo de un sistema económico no capitalista que también estaba preso de la lógica de crecimiento ilimitado y del afán productivista, condenando la sostenibilidad ambiental y social. Por tanto el anticapitalismo es necesario pero no suficiente. Por otro lado, el decrecimiento, aunque parte de un análisis materialista, presta más atención que otras teorías radicales a otros aspectos, como por ejemplo los elementos culturales. El horizonte político del decrecimiento es doble: sostenibilidad ambiental y justicia social. Para lograrlo, no plantea una doctrina cerrada, sino que aspira a la confluencia de diversas tradiciones de transformación radical del sistema.

En cuanto a la imagen localista, no creo que nadie plantee seriamente una salida individual o por pequeños grupos del capitalismo.

El “decrecimiento en una sola localidad” sería entonces una pobre caricatura del fracaso del “socialismo en un solo país”. La relocalización dentro del decrecimiento surge esencialmente por necesidades físicas, materiales. El ajuste ecológico que tenemos por delante conllevará inevitablemente una relocalización de todas las esferas de la vida. Puesto que hemos sobrepasado los límites, la reducción del consumo de materia y energía que se producirá nos obligará a depender mayormente de nuestro entorno más inmediato.

Es sencillamente imposible seguir viviendo gracias a alimentos y bienes que han recorrido decenas de miles de kilómetros o coger un avión cada vez que nos vamos de vacaciones. Así, la relocalización es ante todo una necesidad. Pero también es una virtud, ya que puede facilitar procesos de autogestión y de control democrático local que permitan recuperar esferas mercantilizadas, devolviéndolas a fines sociales y ecológicos. En definitiva, aunque sea una parte importante no podemos ni mucho menos reducir al decrecimiento a sus propuestas de relocalización.

La transición que propone el decrecimiento hacia la sostenibilidad y la justicia exige actuar a diversas escalas, desde lo personal (simplicidad voluntaria, autoproducción, reducción de la dependencia del mercado, etc.), pasando por los ámbitos de autogestión (cooperativas de productores y consumidores, sistemas de intercambios no mercantiles, etc.), hasta la esfera del cambio político colectivo. Es evidente que las dos primeras escalas sin la tercera dimensión no podrán por sí solas alcanzar un cambio estructural. Los objetivos del decrecimiento pasan entonces también por concretar políticas de cambio estructural como pueden ser medidas que sujeten a la economía a los fines ecológicos y sociales o la reconversión de las estructuras económicas para disminuir el uso de materia y energía e incrementar el cuidado de la naturaleza y de las personas y por tanto su bienestar.

La urgencia de la crisis ecológica es el principal reto que enfrentamos. Si no somos capaces de concretar e implementar las políticas necesarias para una transición igualitaria hacia la sostenibilidad, el decrecimiento pronto sólo podrá ser un colapso■

Giorgio Mosangini es miembro del Col.lectiu d’Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament y autor de diversos estudiossobre decrecimiento

La deuda del crecimiento

Giorgio Mosangini

Extraído del libro: 'Decrecimiento y justicia Norte-Sur. O como evitar que el Norte Global condene a la humanidad al colapso'

La deuda del crecimiento

Mientras el sistema busca seguir alimentando por todos los medios al transporte y estilos de vida de una minoría depredadora, el 80% de la población mundial no dispone de vehículo (ni de nevera, ni de teléfono móvil, ni de ordenador etc.) y la mayor parte de ella nunca ha tomado un avión.

Más o menos la mitad de la población mundial, que vive gracias a los servicios ambientales y los bienes comunes que les ofrece directamente la naturaleza (agua, bosques, comida, energía, medicamentos, etc.), es expulsada progresivamente por las necesidades del sistema capitalista de extender sus mercados y sus fronteras de explotación de recursos (De Marzo).

El decrecimiento del Norte Global es una condición ineludible para el surgimiento de cualquier alternativa en el Sur Global (Latouche). No es el caso del Sur Global. Si para el decrecimiento hay que reducir el consumo de materia, de energía, la generación de residuos, las desigualdades y la mercantilización de la vida, esta agenda de cambio no se aplica de la misma manera para el Sur Global.

Ante las desigualdades que caracterizan a la crisis sistémica generada por los impactos ecológicos y multidimensionales  del crecimiento ilimitado, defendemos la necesidad de definir un concepto de deuda del crecimiento.

Desde la perspectiva Norte-Sur, proponemos considerar como conjunto de fenómenos que conforman la deuda del crecimiento a la deuda ecológica, la deuda social, la deuda cultural, la deuda histórica, la deuda económica, la deuda financiera, y la deuda de los cuidados.

Las alternativas planteadas por el decrecimiento también son políticas y el objetivo de volver a situar el cuidado de las personas y de la naturaleza en el centro de los modelos de sociedades y de las políticas no puede sustentarse en la lógica economicista y productivista. Para ello necesitamos nuevos paradigmas que superen la ideología del crecimiento económico, que planteen lo que podríamos llamar una economía del afecto (Carpio), no cuantificable, basada en la calidad de los intercambios entre las personas, donde un acto económico se mide por su capacidad de crear vínculos sociales y superar la mercantilización.

Por último, sin olvidar las reservas expresadas acerca de los riesgos y limitaciones de las valoraciones monetarias, el ajuste estructural del Norte Global también tendría que contemplar formas de compensaciones económicas por lo menos para paliar algunos de los aspectos más destructivos de la deuda, como el exceso de emisiones de dióxido de carbono, los pasivos ambientales, la contaminación producto de la explotación de residuos tóxicos, o las deudas históricas y culturales. Los recursos así obtenidos, tendrían que canalizarse, obviamente, de acuerdo a los fines establecidos de forma autónoma por las poblaciones del Sur Global.





Decrecimiento y cooperación internacional


“Un hombre sabio dijo una vez que es pecado todo lo que es innecesario.

Si es así, nuestra entera civilización, de principio a fin,
está erigida sobre el pecado.”

Andrei Tarkovsky – Sacrificio

Ya arraigadas en países como Francia o Italia, las propuestas del decrecimiento aún son poco conocidas entre los movimientos sociales catalanes y españoles. Tampoco han influido todavía en las reflexiones en el ámbito de la cooperación internacional. El artículo intenta presentar una introducción al decrecimiento así como aportar algunas reflexiones acerca de cómo puede afectar a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional.

Para ello, una primera parte presenta una descripción aproximada de lo que es el decrecimiento. Aborda las aportaciones del economista Georgescu-Roegen, el principal antecedente teórico del decrecimiento; describe las principales características actuales del decrecimiento, tanto como corriente de pensamiento, cuanto como movimiento social; y recoge algunas de sus propuestas más significativas.

En cuanto a la segunda parte del artículo, aplica las principales conclusiones del decrecimiento a las relaciones Norte-Sur y a la cooperación internacional. Así, se analiza el papel de los países del Norte y de las élites del Sur como principales responsables del sostenimiento de un modelo de crecimiento y consumo que desborda las capacidades de carga del planeta, condenándonos a su degradación progresiva. Mientras, la mayoría de la población de los países del Sur es la principal afectada por el agotamiento irreversible de materia y energía provocado por el crecimiento y se convierte en acreedora de una deuda de crecimiento generada por los países del Norte.

En este sentido, el decrecimiento nos llevaría a cambiar la manera de conceptualizar la cooperación, pasando de entenderla como un mecanismo de transferencia de recursos y asistencia técnica de Norte a Sur, a concebirla como la colaboración para la puesta en práctica del decrecimiento en el Norte así como de los mecanismos de compensación y devolución de la deuda de crecimiento.

1. ¿Qué es el decrecimiento?

1.1. Nicholas Georgescu-Roegen

El decrecimiento, es decir, la necesidad de salir del modelo económico actual y romper con la lógica de crecimiento continuo, se impone progresivamente como una solución ante la crisis ecológica y social que enfrenta la humanidad. Lo asumen como lema sectores cada día más amplios, tanto en el ámbito teórico como entre los movimientos sociales, que impulsan el cambio y la ruptura con el modelo económico dominante que rige nuestras vidas.

¿Pero de dónde viene el decrecimiento? La noción surge fundamentalmente del trabajo teórico de Nicholas Georgescu-Roegen, uno de los economistas más importantes e influyentes del siglo XX. De origen rumano, ha sido profesor de economía en EEUU gran parte de su vida. Su obra, escrita esencialmente en las décadas de los 60 y 70 en lo que se refiere a los temas que dan origen al decrecimiento, constituye una crítica radical a la economía ortodoxa así como una tentativa de renovar y trascender la disciplina mediante la formulación de una teoría económica alternativa: la bioeconomía.

El legado de Georgescu-Roegen es amplio y de una profunda solidez y complejidad teóricas. Sus conclusiones nos permiten defender la urgencia impostergable de desmontar nuestro modelo de crecimiento y desarrollo. Más allá del tema que ocupa el presente artículo, sus análisis revelan el carácter obsoleto de la ciencia económica. [1]

La bioeconomía no sólo surge al trascender las limitaciones y errores de la economía neoclásica, sino también del intento de articular a la economía con el resto de las ciencias naturales y sociales, incorporando los avances epistemológicos fundamentales surgidos en el seno de otras disciplinas. Es este sentido, Georgescu-Roegen echa mano sustancialmente de la física (concretamente de la termodinámica), por un lado, y de la biología, por otro.


Instrucciones ante naufragios: los banqueros primero

Giorgio Mosangini

Ante un desastre en la mar y según establecerían las leyes de salvamento marítimo, son las mujeres y los niños quienes tienen preferencia. El naufragio actual del Titanic financiero global invierte perversamente estas reglas. Se instalan cómodamente en lujosos botes salvavidas los banqueros y las élites económicas, mientras se echa al agua a la gran mayoría de la población y en particular a las personas más débiles y desprotegidas.

Viendo más allá del naufragio financiero, estamos atravesando una crisis sistémica multidimensional (ecológica, sociocultural y económica) que posiblemente marque el fin del sistema capitalista tal y como lo hemos conocido en los últimos tres siglos. Dicha crisis ha sido provocada por un sistema económico de crecimiento ilimitado alimentado por la ilusión de que era posible crecer de manera infinita en un planeta finito. En las últimas décadas, la prevalencia de las finanzas ha agravado el proceso. Así, los activos financieros, un eufemismo para llamar a deudas futuras, han crecido de manera exponencial hasta superar en 20 veces el volumen de la economía productiva real. Esta colosal burbuja financiera nunca se podrá materializar. Esas deudas acumuladas no se podrán pagar. No habrá un futuro en el que la economía real se multiplique por 20 para respaldar los espejismos de las finanzas. Más bien todo lo contrario. El escenario de crisis ecológica y escasez de recursos nos obligará a adaptarnos a realidades económicas radicalmente más reducidas y modestas. Las sociedades humanas futuras deberán volver a situarse por debajo de las capacidades máximas de carga de la biosfera que el capitalismo ha vulnerado comprometiendo el futuro de la humanidad y del planeta.

Ciegas ante esta realidad, las élites económicas y políticas siguen poniendo en el centro del sistema global al sector financiero y sus alucinaciones. Un ejemplo más de ello es lo que se ha llamado la crisis de la deuda soberana que están atravesando diversos países europeos. En el caso español, todavía en el año 2007 la deuda pública suponía aproximadamente un tercio del PIB y los intereses sobre la misma se mantenían relativamente bajos. Hasta que especular sobre la misma se convirtió en un mecanismo tremendamente eficaz de transferencia de recursos públicos hacia los bancos y el sector financiero. Así, en lugar de financiar directamente a los estados a través del Banco Central Europeo (BCE), damos dinero público a bancos privados (españoles, alemanes, franceses, etc.) a través del BCE a menos de un 1% de interés para que nos lo vuelvan a prestar mediante la adquisición de títulos de deuda pública española a un 6% de interés o más. Una estafa redonda que ha permitido trasvasar inmensas riquezas públicas hacia el sector financiero disparando la deuda pública (que en 2013 ya representará el 90% del PIB) bajo el peso de intereses usureros e insostenibles.

La deuda pública se ha convertido de esta manera en un excelente bote salvavidas para los bancos españoles y extranjeros que crearon la tormenta financiera ganando colosales sumas de dinero a costa de generar una burbuja inmobiliaria que ha puesto en riesgo al conjunto de la economía española. Mientras acumulaban capital, la regla era no intervenir y dejar que la mano invisible del mercado actuara sin frenos. En cuanto ha explotado la burbuja y los bancos se han encontrado con un sinfín de activos inflados y sin valor, el sector público ha intervenido masivamente para salvarles y aportarles liquidez. Una única entidad bancaria (Bankia) ha recibido ayudas por un importe (33.000 millones de euros) que triplica los recortes anunciados en educación y salud. Más allá de las ayudas directas, invertir dinero público cedido por el BCE prácticamente gratis en deuda pública a intereses elevados es otro de los principales mecanismos que permiten a los bancos sanear sus cuentas.

Muchas personas de mi generación empezamos a involucrarnos en movimientos sociales ante los devastadores impactos sociales del ajuste estructural que los países del Norte impusieron en los años 1990 a la mayoría de los países de la periferia ante la crisis de la deuda soberana que enfrentaban. Renegociar los pagos de una deuda (en realidad ilegítima) implicó reducir drásticamente el gasto público y por tanto el acceso de la población a los servicios básicos así como la privatización generalizada de recursos y servicios. Casi veinte años después, vemos cómo en España y otros países europeos la voracidad de los intereses financieros vuelve a instrumentalizar la deuda pública para arrebatarnos derechos esenciales como la educación o la salud y amenaza el futuro de nuestros/as hijos/as. No sin un cierto humor negro, la realidad del capitalismo nos devuelve en carne propia injusticias que hace dos décadas animaron nuestra solidaridad y rebeldía.

El precio a pagar para que los banqueros se aseguren un lugar en los botes salvavidas es increíblemente alto y cruento. En el año 2012 España habrá destinado 28.000 millones de euros para pagar los intereses de la deuda pública al precio de recortar casi cualquier otra necesidad y política. En 2013, se prevé que el gasto se siga disparando y que paguemos 38.000 millones de euros para el pago de los intereses de la deuda, aproximadamente un 10% del presupuesto del estado. Es la partida de gasto más importante, solamente superada por el pago de las pensiones. Más allá de las imprecisiones y la falta de transparencia que presentan las cuentas y presupuestos públicos, podemos intentar comparar el gasto en pago de intereses con otros desembolsos y necesidades públicas. El año que viene pagaremos en intereses de la deuda una cantidad casi equivalente al gasto de todos los ministerios juntos (39.000 millones). Más que el importe destinado a cubrir todo el personal público contratado por el estado (33.000 millones). Prácticamente una vez y media el monto destinado a prestaciones de desempleo (27.000 millones). Casi cuatro veces los recortes anunciados del sistema de salud y educación (10.000 millones). Los intereses también representarán 30 veces la cantidad que destinaremos a Ayuda Oficial al Desarrollo (1.300 millones), un sector que se ha desmantelado, acumulando un recorte del 75% desde el año 2009 (y que, en un cambio cualitativo aún más preocupante, se está alejando cada vez más de una agenda de justicia Norte-Sur y sometiendo a intereses económicos).

Existe un sinfín de alternativas para no rendirse a la ley capitalista aplicada ante el naufragio financiero. De ninguna manera tenemos que resignarnos a financiar botes salvavidas a los banqueros mientras se ahoga la mayoría de la población. En la España de los recortes, debemos recordar que las reformas fiscales regresivas de 2006 nos han hecho perder casi 20.000 millones de euros, que la lucha contra el fraude fiscal permitiría recaudar como mínimo 44.000 millones de euros anuales o que los gastos militares se han disparado al tiempo que se generalizaban los recortes en servicios públicos básicos (llegando a más de 18.000 millones de euros en 2012 según cálculos del Centre d’Estudis per la Pau).

Podemos y debemos frenar el mecanismo de socialización de las pérdidas y privatización de beneficios que los bancos están aplicando con la complicidad de los gobiernos. Es urgente que la reivindicación de la ilegitimidad de la deuda aglutine a sectores mayoritarios de la población para frenar los abusos del sector financiero. Debemos exigir que el dinero público administrado por el BCE se destine a financiar directamente a los estados y no a alimentar beneficios privados. Tenemos que cancelar parte de la deuda llevando a cabo auditorías de la misma que evidencien su ilegitimidad. Los bancos privados responsables de la crisis que eventualmente colapsarían podrían sustituirse por bancos públicos y cooperativas de crédito al servicio de la sociedad y de las necesidades de la población.

Los naufragios capitalistas tienen sus propias reglas, por encima de las del mar. Los banqueros primero. La gente y su futuro no cuentan. Más que en España o ante Rajoy, parece que estamos embarcados en el crucero Costa Concordia, en manos del grotesco capitán Schettino, ahora imputado por un naufragio que costó la vida a más de 30 personas. La regla inhumana de “los banqueros primero” hasta ha sido plasmada en la Constitución española en el año 2011: el pago de la deuda tiene prioridad sobre los otros gastos y se prohíbe su repudio. Ante una deuda que erosiona el conjunto de derechos y servicios públicos de la población y la priva de futuro, debemos decir basta: ¡No debemos – No pagamos! (www.auditoria15m.org; http://auditoriaciudadana.net).


Giorgio Mosangini es miembro del “Col•lectiu d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament” y autor del libro “Decrecimiento y justicia Norte-Sur. O cómo evitar que el Norte-Global condene a la humanidad al colapso”, Icaria, Barcelona, 2012.

Giorgio Mosangini: La crisis es un problema de exceso


Alberto Arce - periodismo humano

“De la necesidad, virtud”, un dicho que forma parte del imaginario y la picaresca castellana. En épocas difíciles la inteligencia se aviva, la búsqueda de salidas alternativas se convierte en necesaria y la cabeza es redonda, como repite el dicho, para que sea posible pensar, más y mejor. Incluso para que las ideas cambien de sentido.

En PeriodismoHumano nos hemos acercado al consumo responsable, los bancos de tiempo, los problemas generados por el cambio de modelo agrícola en los países del sur que genera la globalización económica y la revolución del transporte o las consecuencias e impactos de los trabajos extractivos de las multinacionales sobre los territorios de los pueblos indígenas. Los diversos enfoques sectoriales confluyen en una determinada manera de entender el mundo, ideológica para unos, económica para otras, ética y lógica para quienes la practican. La práctica del decrecimiento.

Decrecimiento es una palabra extraña desde el punto de vista lingüístico, ya que se contradice a sí misma. Según el diccionario de la DRAE, “Decrecer” significa “Disminuir”. ¿Creemos, aún así, que “menos” puede llegar a significar “más”? Giorgio Mosangini, miembro del Col·lectiu d’Estudis sobre cooperació i desenvolupament y uno de los expertos más reconocidos de España a la hora de explicar la filosofía del decrecimiento puede ayudarnos a comprender no sólo si aún “estamos a tiempo”, sino defender que la alternativa propuesta se sostiene por sí misma. Periodismohumano ha hablado con él apenas unos días después de la celebración en Barcelona del II Congreso Mundial sobre decrecimiento económico.

La crisis significa decrecimiento económico. Disminución obligada y, casi siempre, traumática. La economía española entra en recesión. Disminuye el Producto Interior Bruto en un 3%, el país entra en una deflación del 0,1%, se reduce la construcción -principal motor de nuestra economía-en un 10%, cae el crédito en un 16%, aumenta el número de embargos en un 50% y crece de manera dramática el desempleo, que ya ha alcanzado al 20% de la población activa. Aunque pudiera parecer lo contrario, según Giorgio Mosangini “Nuestro decrecimiento nada tiene que ver con su recesión”.

¿Cuál es la relación entre recesión económica y decrecimiento. Se trata, como parece, de una especie de recesión voluntaria y con cambio de foco?

“Las propuestas del decrecimiento surgen precisamente para intentar evitar lo que estamos viviendo actualmente. A diferencia de la economía neoclásica, el amplio paraguas teórico que alimenta las reflexiones del decrecimiento alertaba desde hace décadas de que el sistema de crecimiento ilimitado nos conducía inevitablemente hacia una crisis sistémica.Por ello, insistimos, su recesión nada tiene que ver con nuestro decrecimiento. Para el decrecimiento no todo tiene que decrecer, tienen que decrecer el uso y las capacidades de uso de materia y energía, así como las desigualdades sociales. Se plantea un cambio radical de estructuras, dónde el cuidado de la vida humana y de la naturaleza reemplaza el objetivo del crecimiento económico.

Les acusarán de subirse al carro del miedo generado por la crisis, de catastrofismo, de defender una opción conservadora e irreal…

Ni tan solo compartimos la lectura que se hace de la crisis. Para las élites políticas y económicas globales la crisis es esencialmente una crisis financiera que luego contagia al sistema económico global en su conjunto. El problema central habría sido una crisis de liquidez, y por ello los bancos centrales de los principales países industrializados han aportado hasta un billón y medio de dólares para aportar liquidez al sistema financiero.

¿A qué se debe, entonces, la crisis?

Para el decrecimiento, no se trata de una crisis de liquidez, sino más bien todo lo contrario, de una crisis de exceso de crecimiento de los activos financieros respecto a la riqueza real. Es un problema de límites, de exceso de liquidez y de finanzas. Los activos financieros han crecido por encima de las capacidades reales del planeta. La riqueza real no crece, bien al contrario, se va agotando la disponibilidad de los recursos no renovables y las capacidades de los sumideros. Pensábamos que estábamos creciendo y en realidad acumulábamos deudas para el futuro, deudas que no se corresponden con la riqueza real. No podremos asumirlas porque las capacidades de carga del planeta no pueden asumirlas.

Más allá de la crisis ecológica, que seguramente es el elemento explicativo esencial de esta crisis, para el decrecimiento estamos viviendo no una crisis financiera sino sistémica. Es decir, no sólo una crisis económica que se extiende por todo el mundo, sino una crisis del conjunto del sistema, que afecta las diversas dimensiones de las sociedades humanas: económica, biofísica y sociocultural. Una crisis de civilización que nos lleva al borde del colapso.

Para nosotros el debate nunca ha sido saber si habrá o no decrecimiento económico. El decrecimiento económico es una consecuencia física inevitable del hecho que hayamos superado las capacidades de carga de la biosfera. La cuestión para el decrecimiento es saber si seremos capaces de implementar un proyecto político que nos permita aprovechar la transición para volver a la sostenibilidad ecológica y social, o si, por el contrario, la humanidad enfrente escenarios de colapso”.

¿Cree que la reactivación del crédito y el consumo, como plantean los expertos de referencia, es la salida más lógica a la crisis?

“La insistencia en la reactivación del crédito y del consumo es el reflejo microeconómico de la lógica global del sistema que mediante los planes de rescate ha transferido un billón y medio de dólares al sistema financiero para supuestamente reactivar el crecimiento. La lógica de volver como sea al crecimiento acumulando más deudas sólo agrava los problemas que enfrentamos: se incrementa la presión sobre los límites físicos del planeta; se acumulan más deudas. Acumulamos deudas futuras para reforzar precisamente todas las estructuras y las lógicas que nos han llevado a este punto. Más deuda también implica menos capacidad de reacción en el futuro, en un escenario de transición cuando se agote la disponibilidad de diversos recursos. Si no emprendemos unos cambios estructurales profundos y revisamos la lógica que mueve nuestras sociedades, difícilmente podremos gestionar la transición sin acabar en un escenario de colapso”.

¿Dónde se encuentra el límite del consumo?

“Existen límites físicos, ecológicos. Consumimos recursos (materia y energía) que son finitos, agotando progresivamente su disponibilidad. Por poner sólo un ejemplo, en poco más de un siglo habremos agotado la disponibilidad de petróleo, un recurso finito que se ha acumulado durante millones de años. También generamos residuos que superan las capacidades de los sumideros naturales.

El ejemplo más conocido son las emisiones de Co2, que al superar las capacidades de absorción naturales, generan el cambio climático y todos los fenómenos adversos asociados. La economía ecológica ha elaborado índices que nos ayudan a entender hasta qué punto hemos superado los límites. La huella ecológica, por ejemplo, nos dice que a partir de finales de los años 80 la humanidad ha superado las capacidades de carga del planeta. Actualmente la humanidad vive como si tuviera a disposición 1,3 planetas. Vivimos en un mundo imposible gracias a dos factores. Por un lado, con el modelo de crecimiento ilimitado, la humanidad ha pasado de depender del flujo de radiación solar, como cualquier otra especie, a depender de un stock finito de materia y energía acumulado durante millones de años en la corteza terrestre que estamos agotando a ritmos crecientes. Cuánto más crezcamos, antes se acabará su disponibilidad. Por otro lado, una desigualdad extrema permite que el 20% de la humanidad vivamos en un mundo irreal a costa del 80% restante. Para universalizar el estilo de vida de un ciudadano medio de EEUU deberíamos disponer de casi 5 planetas. En cambio, la mayoría de la población mundial sigue viviendo sin superar los techos que marca la sostenibilidad ecológica.

Otro razonamiento muy distinto tiene que ver con los límites sociales, éticos, políticos, filosóficos, etc. que queramos establecer al consumo. Para el decrecimiento, aunque el crecimiento infinito fuera posible, seguiría siendo algo profundamente indeseable. Y eso por diversas razones que no son ecológicas, sino políticas y éticas. El crecimiento ilimitado y el consumismo alimentan una larga serie de efectos perversos, entre los cuales podemos citar la mercantilización progresiva de todas las esferas de la vida, la pérdida de autonomía personal y colectiva, así como el incremento de las desigualdades.”

La revolución del transporte hace que sea más barato pagar por producir productos deficitarios en Europa que importar productos agrícolas de los países del sur, destruyendo sus economías. El concepto de deuda ecológica se encuentra en el centro de la lógica del decrecimiento al igual que se encuentra en la base de la crisis energética y alimentaria mundial. ¿Qué es la deuda ecológica norte-sur?

La deuda ecológica ilustra cómo el Norte global se sostiene mediante el expolio de los recursos naturales de los países del Sur. El Norte se apropia de materia y energía en el Sur a precios injustos. Tampoco asume los impactos ecológicos y sociales asociados a los procesos de extracción, transporte y consumo de los recursos. Uno de los elementos esenciales de la deuda ecológica es la deuda de carbono: las emisiones de dióxido de carbono generadas por el Norte global superan la capacidad de absorción natural, causando el cambio climático que afectan en mayor medida al Sur global. La deuda ecológica tiene muchas otras dimensiones, como por ejemplo la biopiratería: las transnacionales del Norte registran la propiedad intelectual de recursos biológicos (como plantas o semillas) y de conocimientos tradicionales, apropiándose de la diversidad ecológica y cultural. Las transnacionales que operan en los países del Sur también ocasionan daños ambientales muy graves (contaminación de agua, suelo y aire, deterioro de los ecosistemas, etc.) sin que ello comporte alguna responsabilidad o compensación. Por último, podemos mencionar la exportación de Norte a Sur de residuos tóxicos de todo tipo, producto del modelo de producción y consumo occidentales.

Debido a que a partir de los años 80 hemos superado las capacidades de carga del planeta y los límites ecológicos existentes, la presión sobre los ecoespacios en el Sur se hace cada vez más apremiante. A medida que los recursos se hacen más escasos, a medida que se acercan picos de extracción para muchos de ellos, observamos como aparecen nuevas fronteras de extracción de recursos en los países del Sur. Seguir con el crecimiento y la acumulación capitalista exige apropiarse de recursos (petróleo, gas, material genético, pescado, tierras para cultivos, etc., etc.) en un número creciente de países y espacios ecológicos, con el consiguiente impacto agravado sobre los ecosistemas y las sociedades humanas afectadas. Por ello, ante escenarios de escasez, nuestra deuda ecológica no para de aumentar y agravarse”.

La revolución tecnológica multiplica hasta el infinito el número de dispositivos electrónicos y la necesidad consiguiente de consumo eléctrico y de recursos fósiles, finitos por definición. Materia y energía se multiplican hasta el infinito. Pero más no siempre significa mejor. “Más” puede llegar a convertirse en sinónimo de “imposible”. Pensemos en el ejemplo de los teléfonos móviles, las pantallas de plasma y el mundo de “lo más moderno, lo mejor”.¿Cuanto tiene que ver esa sociedad en la que tecnología avanza sin fin y a ritmo exponencial con la alternativa del decrecimiento?

“La crítica a la tecnología es importante en el decrecimiento. Frente a los argumentos del “capitalismo verde” y de la innovación tecnológica como solución a la crisis ecológica, se insiste mucho en que los problemas son políticos, culturales, estructurales, y no exclusivamente técnicos. Si el cambio es sólo tecnológico, pero la lógica global sigue siendo la misma, siempre caeremos en un efecto rebote. Las mejoras tecnológicas en términos de eficiencia y eficacia, al disminuir los límites existentes para el uso de una tecnología, tienden a incrementar el consumo y por tanto los impactos ecológicos y sociales. Incluso si pensamos en mejoras tecnológicas tendientes a la sostenibilidad, el efecto rebote puede comprometer el resultado esperado. Por ejemplo, si una persona reduce su consumo de energía, instalando aparatos de bajo consumo, asilando mejor su casa, etc., pero luego reinvierte los ahorros en comprarse un coche, el efecto global es negativo. Para superar el efecto rebote, debería disponer de transporte público sostenible (cambios estructurales) y/o moverse en bicicleta y reducir su tiempo de trabajo proporcionalmente a los recursos económicos que ya no necesita (cambios culturales). Los problemas y las soluciones son políticos y sociales, no tecnológicos. La tecnología es una herramienta que tiene que estar al servicio de propósitos éticos y políticos de las sociedades humanas, al servicio del bienestar de todas las personas y de la sostenibilidad ecológica. Actualmente, en cambio, está al servicio de intereses mercantiles y del modelo de crecimiento ilimitado.

¿Cuál sería la mejor definición posible, y en la práctica de un decrecimiento que no pase por limitarse a repetir que hay que “crecer menos”?. ¿Dónde radica exactamente el cambio de paradigma?

“El decrecimiento es el conjunto de caminos que nos podrían llevar a la sostenibilidad ecológica y social. Sostenibilidad ecológica implica sustancialmente reducción del consumo de materia y energía para quiénes exceden las capacidades de carga del planeta, es decir fundamentalmente el Norte global, un 20% de la población mundial. Sostenibilidad social implica reducir drásticamente las desigualdades, redistribuir riqueza y poder, revertir la mercantilización progresiva de todas las esferas de la vida, poner el cuidado de las personas y de la naturaleza en el centro de la política y de las estructuras sociales…”

¿Qué alternativas al crecimiento y el consumo presenta el decrecimiento para los habitantes de países ricos? Me refiero a alternativas prácticas, no teóricas, ejemplos que cada uno pueda aplicar en su vida diaria.

Las propuestas e iniciativas son muy variadas, a nivel individual y colectivo. Es imposible señalarlas aquí. Hemos podido conocer muchas de ellas en la conferencia internacional sobre decrecimiento en Barcelona www.degrowth.eu Académicos y activistas sociales procedentes de diversos países del mundo han compartido experiencias, análisis y propuestas. Los movimientos sociales que defienden el decrecimiento también impulsan alternativas a nivel local y se articulan con experiencias ya existentes en el territorio. Como es el caso en Cataluña de la Entesa pel Decreixement y de la Xarxa pel Decreixement” www.decreixement.net

La puesta en marcha de las alternativas del decrecimiento pasa por tres niveles. Hay un nivel personal que implica consumir menos, incorporar comportamientos más austeros y más conscientes de los impactos sociales y ecológicos que implican nuestros actos. También hay un nivel de autogestión colectiva, como por ejemplo la experiencia de las cooperativas de consumidores en las que se decide consumir alimentos y otros productos no sólo de acuerdo a criterios económicos sino en función de valores sociales y ecológicos. Y finalmente, hay un nivel de cambio político y estructural, que necesita una movilización colectiva de cambio social, para romper con las estructuras y la lógica del crecimiento ilimitado y del capitalismo. Sin una movilización política colectiva, difícilmente podremos volver a situar a las personas y a la naturaleza en el centro de nuestras sociedades”.

Extraído del artículo: Decrecimiento como alternativa a la crisis