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Arquitectura y decrecimiento

Alba Carballal Gandoy

El cambio de dirección que supone decrecer se resume fácilmente en una palabra: menos. Menos trabajo, menos materias primas, menos energía. La defensa de un proyecto decrecentista implica, en lo que a consumo y producción se refiere, reducir éstos últimos hasta que nos situemos en unos niveles verdaderamente sostenibles para el planeta. El porqué de la necesidad de decrecer, teniendo en cuenta todo lo dicho hasta el momento, parece obvio: las materias primas más vitales empiezan a escasear, los daños producidos sobre la biosfera comienzan a ser irreparables y vivimos por encima de las posibilidades del planeta. Para ilustrar esta realidad sólo necesitamos un dato: un crecimiento del 2% durante los próximos cincuenta años supondría sobrepasar treinta veces los límites de lo sostenible -que por otro lado, ya hemos dejado atrás mientras que aplicar el modelo decrecentista al 5% durante el mismo periodo de tiempo garantizaría la viabilidad de toda actividad humana.

Las vías de decrecimiento que planteamos -que no son otras que las del más abrumador sentido común- no supone un crecimiento negativo (no se trata de hacer lo mismo pero en menor cantidad) , sino un cambio de paradigma; no es una tragedia sino una enorme oportunidad que todos -pero muy especialmente los arquitectos- debemos aprovechar.

En este sentido, el mítico less is more de Ludwig Mies Van der Rohe vuelve a cobrar vigencia -e incluso se revitaliza- a la luz del planteamiento decrecentista. La solución a los problemas arquitectónicos que se nos plantean es, por suerte, mucho más sencilla de lo que parece, pero para que estas soluciones tan obvias comiencen a efervescer el cambio de paradigma que el decrecimiento plantea ha de cristalizar y cuajar en el imaginario arquitectónico global. Para exponer los cambios que -desde un planteamiento decrecentista- se consideran necesarios en el panorama constructivo de nuestros días vamos a clasificar los problemas de una forma muy elemental que, sin embargo, es capaz de englobar todos los supuestos en los que nos podamos situar.

El primero de estos conjuntos está compuesto por aquellas obras arquitectónicas -edificios, centros cívicos o nuevos espacios urbanos- que simplemente están de más. A estas alturas no es necesario mencionar el gran número de proyectos desproporcionados y vacíos de contenido que caracterizan en gran medida al star system de la arquitectura mundial y que, en una época en la que los recursos escasean, pierden cualquier atisbo de sentido -si es que algún día lo tuvieron. Sin embargo, dentro de la arquitectura "sobrante" no es éste, ni de lejos, el peor de nuestros problemas: el de la vivienda es más grave y, desde luego, mucho más urgente. A grandes rasgos, en el Norte industrializado hay una gran demanda de apartamentos; pero ésta es, paradójicamente, mucho menor que la cantidad de viviendas que continúan vacías. La solución que se da a este conflicto consiste generalmente en la edificación masiva de más bloques de pisos que, a todas luces, son innecesarios e insostenibles. Desde el decrecimiento proponemos abandonar la vía constructiva y adoptar la vía política para resolver esta pugna: no necesitamos más casas, lo que es verdaderamente necesario es que las que están vacías se pongan a disposición de aquéllos que no disponen de una.

Por otro lado, es fácil objetar que hay lugares en los que la demanda de viviendas es real, en el sentido de que éstas no están todavía construidas. En esos casos nos topamos con el segundo bloque de problemas: los edificios que "faltan". Es obvio que la doctrina decrecentista no da una respuesta negativa a las necesidad de hacer habitable un paraje que no propicia un alojamiento digno. Sería absurdo reclamar un programa de decrecimiento en un lugar en el que reina la pobreza. Sin embargo, es necesario un compromiso por parte de los países en vías de desarrollo: tan simple como aprender de los errores relacionados con el consumo excesivo que hemos cometido los países industrializados y asegurarse de no volver a tropezar con ellos.

"[el decrecimiento] no remite a una postura que reclama una renuncia a los placeres de la vida: reivindica, antes bien, una clara recuperación de estos últimos en un escenario marcado, eso sí, por el rechazo de los oropeles del consumo irracional."

Carlos Taibo - En defensa del decrecimiento

Extraído del texto ‘Altius Citius Fortius. El Pritzker de los necios’ escrito por Alba Carballal Gandoy

El taimado arte de destruir ciudades


Miguel Amorós

Sobre la tendencia totalitaria del fenómeno urbano

La ciudad es un modelo particularmente revolucionario de asentamiento humano aparecida por primera vez durante el IV milenio a.C. en la Mesopotamia. El verdadero Edén fue una ciudad, no un jardín. Allí nacieron la escritura, la contabilidad, las ciencias, las artes y la verdadera democracia; las ideas de libertad y revolución, la sexualidad no convencional, la poesía, la historia y la filosofía; pero también, la burocracia, las jerarquías, las clases, los ejércitos regulares y el dinero.

Pausanias rehusaba llamar ciudad a los agregados construidos sin plaza ni edificios públicos, es decir, sin espacio público, sin un lugar de participación e intervención directa de las ciudadanía, sin un terreno para la política comunitaria (política viene de polis, ciudad en griego). En efecto, en la ciudad, gobierno, justicia, fiesta, mercado, teatro, pensamiento, ceremonial y pedagogía, o sea, todas las actividades consideradas públicas, transcurrían al aire libre o en lugares abiertos. Sus límites estaban perfectamente definidos por un recinto urbano protegido por fosos y murallas.

Existía una clara distinción entre la ciudad, la forma excepcional de un espacio habitado, y la no ciudad, el campo, la forma habitual. Conservando tales criterios, ninguna urbe conocida hoy en día podría considerarse ciudad, puesto que ninguna dispone de espacios públicos. Las rotondas han substituido a las plazas vacías y las zonas verdes a los jardines públicos, testimonios de un pasado sobre el que se hizo, teórica y prácticamente, tabla rasa, mientras que sucesivas autopistas periféricas marcaban la frontera momentánea a rebasar por una ininterrumpida oleada urbanizadora.

La urbe totalitaria surge de la destrucción y de la fagocitación del espacio rural; no se distingue de su entorno sino por la densidad edificatoria, siempre en aumento; no tiene puertas ni límites, sólo cinturones viarios con muchos carriles, verdaderos tentáculos mediante los cuales aquella envuelve a todo el territorio en un abrazo letal. A la variedad y originalidad de las calles y las plazas de la ciudad tradicional, opone la vulgaridad y monotonía de las barriadas yuxtapuestas. A la belleza de sus arquitecturas que manifiestan un amor a la vida y a todo lo humano, la urbe sobrepone la monstruosidad de monumentos que pretenden simbolizar el progreso y la modernidad. Las decisiones que conciernen a sus habitantes son tomadas en espacios bien cerrados, por no decir blindados, a menudo privados, defendidos por esbirros y telecámaras. Nada ocurre gratuitamente, ni siquiera los grandes espectáculos deportivo-culturales que jalonan las etapas urbanizadoras: los accesos son de pago, siempre hay que comprar entrada.

La vida cotidiana transcurre o bien dentro de un vehículo, o bien en una casa dormitorio bunkerizada. Si la muerte en la ciudad había siempre acarreado una manifestación de duelo público, en la urbe totalitaria es un asunto privado sin importancia que no concierne más que al difunto. Vida y muerte son tan semejantes que apenas pueden distinguirse. La insensibilidad general es el resultado: los muertos vivientes no se preocupan ni de los sufrimientos ajenos, ni del aire que respiran.

En el marco de una expansión infinita, el territorio rural pierde su patrimonio histórico, sus leyes propias, sus tradiciones locales y sus señas de identidad, para convertirse en satélite amorfo de la conurbación central. En realidad es un territorio considerado edificable, residencial, zona logísitica o lugar de paso; en suma, una prolongación de la urbe a la que trasladar sus penosas condiciones de supervivencia y su manera especial de entender el progreso: carestía, consumismo, atascos, insalubridad, neurosis, ruidos, contaminación y comida industrial. No será ya el amor a la libertad, la solidaridad o la vindicta de clase lo que podrá caracterizar al habitante, sino las virtudes del ciudadano moderno, a saber, el miedo al prójimo, el odio racial y la manipulabilidad, condiciones políticas fascistas. En realidad el territorio podría definirse como el espacio intersticial entre dos conurbaciones, y como tal, destinado a suprimirse mediante las infraestructuras de circulación rápida y la concentración de la población dispersa.

El territorio racionalmente ocupado, es decir, con densidad de población baja, ideal para la forma de vida rural, es inviable para la economía capitalista. Se han hecho números y la vida en el campo resulta parca en ganancias monetarias; hay que concentrar a sus habitantes alrededor de un centro comercial y de ocio, encerrarlos en sus casas y enchufarles la tele. Podrá ser malo para los habitantes, pero es bueno para la especulación inmobiliaria, la motorización y el negocio turístico; por lo tanto, bueno para la economía, que es quien a la postre decide.



El verdadero urbanismo surge con la revolución industrial. A lo largo de la historia la ciudad había padecido los embates de poderes totalitarios, pero nunca sus elementos habían quedado atrapados en una relación social abstracta, nunca habían sido mediatizados completamente por cosas, fuesen mercancías, trabajo o dinero. Eso empezó a ocurrir con el ascenso de la burguesía al poder. Si el primer urbanismo burgués proclamó la ciudad como lugar privilegiado para la acumulación del capital, solamente cuando esa función fue declarada única podemos hablar de totalitarismo. De un dominio formal del capital se pasó a un dominio real. He llamado a esa fase urbanismo desarrollista, pues en esa etapa histórica que preludia a la urbe fascista, queda fijada la prioridad del crecimiento económico y urbano por encima de cualquier otra consideración. Tal propósito vino sellado por un pacto social entre los capitostes políticos, los empresarios nacionales y los dirigentes sindicales que proporcionó treinta años gloriosos de beneficios y transformó a las clases peligrosas en masas domesticadas.

Las grandes familias burguesas cedieron el mando a mánagers y cuadros ejecutivos. De una sociedad de productores se pasó a una sociedad de consumidores; de una economía industrial, a otra de servicios; de un capitalismo nacional tutelado por el Estado a un capitalismo global dirigido por las altas finanzas. El desarrollismo urbano es un periodo de transición que debuta con la aniquilación de la agricultura campesina y finaliza con la crisis de la industria. A partir de ese momento todos los problemas serán reducidos a su dimensión técnica, especialmente los urbanísticos. En adelante, la política, la economía, el derecho y la moral carecerán de autonomía, y sólo podrán ser abordadas desde la técnica, en nombre del progreso y del futuro entendidos, claro está, como progreso y futuro técnicos.

Cuando la tecnología se sobrepone a cualquier discurso ideológico y ocupa una posición central, todas las cuestiones se resuelven partiendo de ella. La modernización tecnológica será la clave para superar todos los obstáculos y el criterio fundamental de la verdad modernizada. Y por el contrario, oponerse a ella definirá al enemigo social, al reaccionario, al “antisistema”. La libertad existe en una sola dirección, la de la técnica: cualquiera puede ser libre para comprar un coche y tiene derecho a la velocidad; la lentitud y el caminar son actos subversivos. La técnica no es neutral; es instrumento y arma, y en calidad de tales, sirve a quien posee su secreto, a quien enchufa o desenchufa, a quien decide su aplicación. O sea, sirve al poder dominante, al poder de la dominación. Es el matrimonio con el capital lo que la ha puesto al servicio de la opresión, determinando tanto su evolución y desarrollo, como su devenir religioso. La técnica es a la vez condición de existencia y religión de las masas despolitizadas, amaestradas y asustadas. Alcanzado este estadio, la técnica ya es totalitaria. No ya porque abarque la totalidad de la vida, sino porque arrasa con todo. No reconoce límites, puesto que no reconoce la supremacía de lo humano. La misma limitación de los recursos, de la nocividad del ambiente o la degradación de la vida, sirve de estímulo. Hay soluciones técnicas para todo, y no caben otras.

Para el caso que nos ocupa, el urbanismo totalitario, diríamos que es tecnicista, sigue las leyes y los principios de la tecnología, e igual que ella, funciona destruyendo todo lo precedente para reconstruirlo de nuevo a cada innovación. Bajo la dictadura de la tecnología no es que el trabajo se haga precario: la misma existencia se vuelve precaria. Una vez liquidado el proletariado de las fábricas, las fuerzas productivas, ya eminentemente técnicas, son en esencia fuerzas destructivas. El urbanismo, también lo es. El crecimiento económico, que no puede apoyarse más que en medios técnicos, impone gracias a la maquinaria urbanizadora, un estado de guerra permanente contra el territorio y sus habitantes. Por eso los arquitectos y urbanistas habrán de ser juzgados como criminales de guerra. Por eso quienes tratan de contemporizar y aceptan una destrucción negociada acaban traicionando la buena causa del territorio. La lucha antidesarrollista y en defensa del territorio es la única que plantea la cuestión social en su totalidad, puesto que más que nunca es una lucha por la vida. Es la lucha de clases del siglo XXI. No se entiende esa lucha en armonía con un modelo capitalista no cuestionado, es inconcebible fuera del horizonte de la desurbanización y la autogestión territorial. Sólo en los escenarios donde transcurren los combates contra la barbarie urbanizadora podrán soplar los aires de libertad que fueron expulsados de las primitivas ciudades y podrá resurgir las fecundas maneras vitales que caracterizaron la cultura agraria. Hic Rhodus, hic salta!

Elaborado a partir de las charlas, debates y entrevistas ocurridos el 7, 8 y 9 de enero de 2010 en Radio Black Out, en la Librería Calusca de Milán, en la sala Pasquale Cavaliere de Turín, y en la Ex Pescheria de Avigliana (Val Susa).
Miguel Amorós.

Alternativas ideológicas

Federico García Barba - Islas y Territorio

Hay que renunciar y denunciar el desarrollo. Es el recurso dialéctico que acalla la discusión, el gran argumento que avala cualquier posición porque parece irrefutable que nos conduce a un futuro mejor. Esa es la prueba a la que acude la demagogia política ligada al poder para imponer lo inaceptable.

Lo cierto es que el desarrollo que se propugna como incontrovertible es el sistema que ha originado la mayor parte de los problemas sociales y ambientales que padece el planeta, esquilmación de los recursos naturales, destrucción del paisaje, superpoblación galopante, etc. Un proceso que nos hunde en el abismo.

El cuestionamiento radical de este concepto, el desarrollo, implica la descolonización paulatina de nuestro pensamiento de ese objetivo impuesto, la transformación total del mundo -de la naturaleza, de las relaciones entre los hombres y de estos con lo biológico- en simples mercancías y bienes. Habría que imponer una necesaria higiene mental que deseconomice las ideas y los sentimientos, una guerra a ganar necesariamente que permita el restablecimiento de un equilibrio imprescindible entre el hombre y el territorio heredado. El progreso humano, tal como se define en el Manifiesto por un futuro posterior al desarrollo de Serge Latouche, debería reorientarse a la búsqueda de un bienestar basado más en la expansión de la calidad en las relaciones personales y por el contrario, la atenuación de la acumulación de objetos y posesiones que acaban transformadas en basura. Una alternativa que debe poner más énfasis en la mejora de los intercambios locales frente al movimiento masivo y geográfico de bienes, personas y capital.

Este futuro posible debe basarse en el decrecimiento económico, en el ajuste del consumo a una cantidad muy limitada de recursos por persona, aquellos realmente necesarios para una supervivencia digna. El ineludible decrecimiento implica el control sobre la actual disposición ilimitada de recursos en algunos lugares y su saqueo masivo en otros. Se debe asumir que un consumo como el actual nos condena a la destrucción global del planeta y frente a ello hay que actuar localmente tanto para preservar la tecnobiosfera, es decir el mundo en que vivimos, como para ayudar a restaurar una mínima justicia social.

Nuestra propia supervivencia está relacionada con la de los demás y con la del medio que nos rodea. Esta posición implicaría una integración matizada en el contexto mundializado, ampliando y profundizando la autonomía local del pensamiento, la cultura y, en definitiva, la economía. Las ideas y los bienes deben voluntariamente asumirse, producirse e integrarse desde la constante construcción de sociedades particulares con verdadera autonomía, autocentradas y marginadas voluntariamente respecto a la economía mundo dominante.

En el contexto de la arquitectura ello significa combatir una serie de falsas premisas ampliamente extendidas y consideradas inmutables. Entre ellas, destaca la avasalladora colonización del arte del diseño y la construcción de edificios por la economía, su ajuste para apoyar la ideología desarrollista dominante y el reforzamiento de las necesidades del mercado mundial. También, la masiva generación de iconos construidos que ha presidido la última etapa de la escena cultural internacional que debe de repudiarse como representación de una ideología impuesta asociada a un progreso mal entendido y al crecimiento innecesario que nos acerca peligrosamente a esa inexorable destrucción colectiva en curso.

Es expresivo de este estado de cosas, la situación actual en la que se desenvuelven los fundamentos de la arquitectura.

La utilitas, la funcionalidad, está hoy dominada por los últimos conceptos de moda, el merchadising, la commodification y el branding. Basura economicista.

La firmitas, la manera de construir, entregada a materiales y formas efímeras que no garantizan perdurabilidad y apoyan el más antiético despilfarro. Falso ahorro inmediato que estimula los intercambios y facilita la acumulación del beneficio por unos pocos.

Y la venustas, la belleza, carne de cañón de la publicidad y de la propaganda de los poderosos. La herramienta definitiva para moldear las mentes según el interés exclusivo del dinero.

En una época en que la mayoría de las personas no están predispuestas a repensar críticamente los paradigmas ofrecidos desde el poder, hay que abstenerte. Por eso yo me declaro apóstata de la arquitectura, abandoné hace tiempo esa religión a la que he amado. Una imposibilidad manifiesta para la poesía, secuestrada por la comunicación del vacío.

Habría que recuperar aquel papel que tuvo architékton, el humilde primer obrero: construir ese lugar reservado para el hombre, que existe entre la tierra y el cielo. La arquitectura se construye a la contra, frente a la resistencia del suelo para expresar las ideas de la época percibidas en lo alto.


Excavar los lugares para encontrar la firmeza de los terrenos. Analizar las formas heredadas como expresión de la interpretación de los caracteres específicos, topografía, clima, variabilidad de la luz, etc.

Escrutar los cielos implica interpretar las líneas que nos dibuja el firmamento hacia el futuro, recto entre las estrellas y las constelaciones y curvo según las orbitas de los planetas.

Proyectar con la geometría, esa herramienta olvidada asociada a la razón. Utilizar los materiales heredados y próximos que no hay que transportar. Volver a recuperar las ideas esbozadas por nuestros antepasados frente a la imposición forzada de la novedad.

Nuestras verdaderas referencias, la percepción de los fenómenos de la naturaleza, la enseñanza de los antiguos, la experiencia de los próximos. Habría que recuperar la búsqueda de la expresión en el análisis de los sitios. Me faltan las palabras.

Decía Eduardo Chillida en relación a su obra Elogio del Horizonte: He buscado la escala que me ha parecido justa para ayudar al hombre a pasar de lo pequeño que es a la grandeza del horizonte. Estuve mucho tiempo sintiendo el lugar como posible y circulando mentalmente dentro de mi escultura como si fuera un hombrecito para darme cuenta de lo que iba a ser en relación a la escala definitiva, para darme cuenta de lo que iba a ser la relación del hombre con la montaña de Santa Catalina en Gijón. Lo que no he sabido nunca descifrar es la relación matemática que hay entre la dimensión del hombre y la del horizonte. Una cosa es inmensa y la otra, nosotros, pequeña. La obra, lo que pretende, es ayudar, ser un peldaño, una ayuda para pasar de la mínima dimensión que tenemos a la enorme dimensión del cosmos y de su definición frente a la curvatura de la tierra que es el horizonte.

Siguiendo la magnífica línea discursiva presentada por Felix Duque en Habitar la tierra -y que copio descaradamente- ser en el mundo significa construir sobre los lugares, sosteniendo a lo que allí hay y al mismo tiempo abrirse a los cielos, el recinto de las ideas que nos conectan con lo sagrado.

Los lugares no existen por lo general en sí mismos. También pueden ser creados por los humanos a la manera en que los puentes generan un espacio accesible que antes no estaba. Como escribió Martín Heidegger en su premonitorio Construir, habitar, pensar:

El puente se tiende ligero y fuerte sobre por encima de la corriente. No junta dos orillas ya existentes. Es pasando por el puente como aparecen las orillas en tanto que orillas. El puente es propiamente lo que deja que una yazga frente a la otra.

Es a partir de esta idea como se puede entender en lo que hemos convertido los lugares y el mundo en su conjunto, algo que no existía anteriormente y que hemos transformado en nuestro beneficio. Lo natural preexistente se ha transformado en parque debido a la acción del pensamiento, la tierra se ha excavado para extraer las cavernas que constituyen nuestra morada.

Pero ahora estamos a punto de perderlo todo por la acción de todos. Desde hace varias décadas la huella ecológica global realmente existente implica que el consumo desplegado ya no puede sostenerse con la totalidad de la accesible masa planetaria. La tecnobiosfera que hemos creado, la interacción de los materiales de la Tierra con la acción civilizatoria de la humanidad, es un mecanismo con una fecha de caducidad que se ha vuelto claramente evidente en los últimos tiempos.

Durante dos siglos se ha vivido en movimiento continuo, tras el falso progresismo de las vanguardias. Bajo la enseña de lo nuevo, las vanguardias han acabado imponiendo la moda como medida del tiempo y con ello, la renovación constante de las mercancías. Frente a este proceso descabellado, habría que reivindicar la recuperación de posiciones de retaguardia crítica, considerar que la enseñanza realmente valiosa también es la que procede de una mirada atenta a lo que nos rodea y el simple disfrute sensual de los que nos ha sido dado. La finitud del planeta y nuestra supervivencia nos lo exige.

Percibir el latir del suelo, escudriñar el horizonte, habitar realmente el solar donde se vive son los requisitos para salvar la tierra. A su vez, decía también Heidegger, la esencia de la persona está en el DaSein, precisamente el Ser Ahí. No en otro lugar imaginado.

Desentrañar ese ahí, ese simple ahí, esa es la verdadera tarea.

La urbe totalitaria


Miguel Amorós

Los dirigentes democráticos han conseguido por medios técnicos lo que los regímenes totalitarios lograron por medios políticos y policiales: la masificación por el aislamiento total, la movilidad incesante y el control absoluto. La urbe contemporánea es suavemente totalitaria porque es la realización de la utopía nazi-estalinista sin gulags ni ruido de cristales rotos.

“Nos debemos persuadir de que está en la naturaleza de lo verdadero salir cuando su tiempo llega, y manifestarse sólo cuando llega; así, no se manifiesta demasiado pronto ni encuentra un público inmaduro que le reciba.” (Hegel, La Fenomenología del Espíritu).

Durante los años noventa se dieron plenamente una serie de cambios sociales lentamente gestados en periodos anteriores, cambios que pusieron de relieve el advenimiento de una nueva época bastante más inquietante que la precedente. El paso de una economía basada en la producción a otra asentada en los servicios, el imperio de las finanzas sobre los Estados, la desregularización de los mercados (incluido el del trabajo), la invasión de las nuevas tecnologías con la subsiguiente artificialización del entorno vital, el auge de los medios de comunicación unilateral, la mercantilización y privatización completas del vivir, el ascenso de formas de control social totalitarias... son realidades acontecidas bajo la presión de necesidades nuevas, las que impone el mundo donde reinan condiciones económicas globalizadoras.

Dichas condiciones pueden reducirse a tres: la eficacia técnica, la movilidad acelerada y el perpetuo presente. Lo sorprendente del nuevo orden creado no es la rapidez de los cambios y la destrucción de todo lo que se resiste, incluidos modos de sentir, de pensar o de actuar, sino la ausencia de oposición significativa. Diríase que son los cambios constantes quienes han borrado la memoria a la población obrera e invalidado la experiencia, las referencias, el criterio y las demás bases de la objetividad y verdad, impidiendo que los trabajadores sacasen las conclusiones implícitas en sus derrotas.

Además los cambios han pulverizado a la misma clase obrera, disolviendo cualquier relación y convirtiéndola en masa anómica. Lo cierto es que la adaptación a las exigencias de la globalización requiere acabar con los mismísimos fundamentos de la conciencia histórica, con el propio pensamiento de clase. Para que las masas sean ejecutoras involuntarias de las leyes del mercado mundial han de estar atomizadas, en continuo movimiento y sumergidas en un inacabable presente repleto de novedades dispuestas ad hoc para ser consumidas en el acto.

Tantos cambios tenían que afectar a las ciudades, que, gracias a una pérdida imparable de identidad, llevan camino de convertirse en una versión de una misma y única urbe, o mejor, en partes de una sola megalópolis tentacular, un nodo de la red financiera mundial. Según el dinamismo que presente, aquél puede ser reorganizado funcionalmente (como en Cataluña), vaciado (como en Aragón), o colmatado (como en el País Vasco).

En el espacio se juega el mayor envite del poder, y el nuevo urbanismo, forjado bajo el dominio de necesidades que ya son universales, es la técnica idónea para instrumentalizar el espacio, acabando así tanto con los conflictos presentes como con la memoria de los combates antiguos. Se está creando un nuevo modo de vida uniforme, dependiente de artilugios, vigilado, frenético, dentro de un clima existencial amorfo, que los dirigentes dicen que es el del futuro. La nueva economía obliga a nuevas costumbres, a nuevas maneras de habitar y vivir, incompatibles con la existencia de ciudades como las de antes y con habitantes como los de antes. Esa nueva concepción de la vida basada en el consumo, el movimiento y la soledad, es decir, en la ausencia total de relaciones humanas, exige una artificialización higiénica del espacio a realizar mediante una reestructuración sobre parámetros técnicos. Lo técnico va siempre por delante del ideal, a no ser que sea el ideal.

Los dirigentes de cualquier ciudad hablan todos esa lengua de la innovación tecnoeconómica que no cesa: “una ciudad no puede parar”, tiene que “reinventarse”, “renovarse”, “refundarse”, “rejuvenecerse”, etc., para lo que habrá de “subirse al tren de la modernidad”, “impulsar el papel de las nuevas tecnologías”, “desarrollar parques empresariales”, “mejorar la oferta cultural y lúdica”, “construir nuevos hoteles”, tener una parada del AVE, levantar “nuevos edificios emblemáticos”, imponer una movilidad “sostenible” y demás cantinela. Los PGOU recalificaron terrenos industriales y dieron carta blanca a la construcción de colmenas en altura. Después las modificaciones y los planes parciales han favorecido operaciones especulativas como los proyectos Forum 2004, Copa América, la Expo 2008, el IV Centenario del Quijote o las Olimpiadas 2012. Los pelotazos inmobiliarios que “mueven” la economía y financian los planes desarrollistas significan una transferencia enorme de dinero público hacia las constructoras. Por eso la adjudicación discrecional de obras públicas es un arma política, pues también sirve para financiar a los partidos y enriquecer a sus dirigentes e intermediarios (el 10% de los costes consiste en sobornos).

Los proyectos especulativos “privados” son al menos tanto o más importantes. El 80% de los ingresos de los ayuntamientos están relacionados con el mercado inmobiliario, el principal mercado de capitales del país. Así, pese a que la población envejece y disminuye, el último año se construyeron y vendieron 650.000 nuevas casas, operaciones muchas de ellas relacionadas con el blanqueo de dinero. El espectáculo de la urbanización a todo gas va siempre acompañado de la especulación y la corrupción sin trabas.


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El panóptico urbano

Nace un nuevo paisaje urbano marcado por la arquitectura y las tipologías urbanas del apartheid social y la videovigilancia, en donde, se produce una regresión total del espacio público, que inhibe cualquier tipo de participación (el ‘ágora’ ciudadano simplemente no existe), se desarrolla una guerra civil de baja intensidad, el espacio se organiza en base al miedo (a los otros), se instala un verdadera histeria social por la seguridad, se da una creciente presencia y fiscalización policial, interviene la violencia de clase como instrumento al servicio de la construcción de la ciudad, se organiza de forma sistemática la depredación de la naturaleza, se acrecienta el acoso contra cualquier disidencia, se produce un aumento de la polarizacion social, se enseñorea el inmenso poder de los promotores inmobiliarios, se van desmantelando los servicios públicos, y se establece una creciente criminalización de la miseria y un verdadero estado de sitio para los inmigrantes.

Se recrudecen los mecanismos de opresión patriarcal, la urbe se vuelve cada vez más agresiva para las mujeres, los niños y los mayores; el espacio se organiza en contra de las consideraciones de reproducción social y de las necesarias tareas de cuidado, las nuevas ‘calles’ (inexistentes como espacio público) se transforman en un espacio crecientemente inhóspito y amenazante, y las tensiones interétnicas e interculturales se convierten en el pan nuestro de cada día.

Bajo la excusa de nuevas ordenanzas cívicas, con el fin de recuperar la ciudad para la gente ‘decente’, ese está impulsando la ‘tolerancia cero’ contra la prostitución y el gamberrismo en las calles, al tiempo que se están instalando otras medidas de excepción urbana (guerra a la venta ambulante, a la mendicidad, a los sin techo, a los carteles y murales de entidades ciudadanas, etc.).

La presencia permanente de policía pública y sobre todo privada, acompañada de videovigilancia generalizada. De esta forma, el control de la población se está haciendo crecientemente exhaustivo, complementando esa capacidad de seguimiento en el futuro mediante la capacidad de poder ubicar en todo momento a los individuos (y a sus vehículos) vía satélite. Los nuevos documentos de identificación con chip electrónico y controles biométricos. El recorte de libertades y la pérdida de derechos civiles y políticos son crecientes, pero hasta ahora estas restricciones no han llegado en general al debate público, pues está siendo bastante subrepticio.

Para saber más: El tsunami urbanizador español y mundial. Ramón Fernández Durán. 2006.

El decrecimiento como alternativa al exceso de diseño de las ciudades


Francesco Cingolani

Quisiera compartir con los lectores y los autores de La Ciudad Viva mis reflexiones sobre el tema de la décroissance – o decrecimiento – inspiradas en parte por algunos de los textos aparecidos en este mismo blog. Mi intención es centrarme en la relación existente entre el decrecimiento y el papel que, en un futuro, podría desempeñar el arquitecto.

Me gustaría empezar estas reflexiones con una frase de Kate Soper que encontré en un texto de Serge Latouche[1] y que expone, de forma precisa, un punto de vista que trataba de expresar desde hace mucho:

“Aquellos que abogan por un consumo menos materialista son presentados a menudo como ascetas puritanos que intentan dar una orientación más espiritual a las necesidades y a los placeres. Pero esta visión es engañosa por diferentes razones. Podríamos decir que el consumo moderno no se interesa suficientemente por los placeres de la carne, que no está implicado en la experiencia sensorial, que está demasiado obsesionado por toda una serie de productos que filtran las satisfacciones sensoriales y eróticas y nos alejan de ellas. Una buena parte de los bienes que consideramos esenciales para un nivel de vida elevado son más anestesiantes que favorecedores de una experiencia sensual, mas avaros que generosos en materia de buena convivencia, de relaciones de buena vecindad, de vida no estresada, de silencio, de olor y de belleza… Un consumo ecológico no implicaría ni una reducción del nivel de vida, ni una conversión masiva a la extra-mundanería, sino más bien una concepción diferente de aquello que quiere decir nivel de vida.”

¿Por qué este texto me resulta tan significativo?

Es debido sobre todo a la equivocación habitual que genera la propia noción de decrecimiento, muchas veces confundida con un cierto sentido del sacrificio o de la renuncia motivado por razones éticas o de supervivencia. Una confusión que Soper consigue sin embargo superar: el decrecimiento no conllevaría “renunciar a”, como única solución para salvarse, sino que debería interpretarse en términos positivos, como una forma de aumentar nuestro nivel de vida.
En nuestra cultura materialista la palabra decrecimiento tiene una connotación negativa, por ello tendemos a relacionarla con una perdida de bienestar. Como si nuestro ideal consistiera en seguir consumiendo como hasta ahora pero, al no poder hacerlo, la solución más viable fuera la de intentar decrecer.

El párrafo de Soper viene a expresar lo contrario de esta idea. No se trataría de un final del desarrollo, sino de un final del consumismo y del desarrollo materialista.

Vincent Cheynet considera que “la crisis ecológica es ante todo una señal de impasse político, cultural, filosófico y espiritual de nuestra civilización”[2]. Yo propongo añadir a esta consideración analítica de la crisis, otra de tipo más operativo: la crisis económica y ecológica se nos ofrece como una oportunidad para mejorar nuestra calidad de vida.

Considero que como arquitectos, experimentamos la necesidad de pasar del ámbito del análisis al de la acción. Un arquitecto, ante de ser alguien que construye, es alguien capaz de transformar los pensamientos analíticos en acciones espaciales. Por esta razón es importante comprender los matices que se desprenden de la teoría del decrecimiento, su comprensión como un modelo de avance y no de renuncia al desarollo. Este cambio de perspectiva afectará innegablemente, en la época que se aproxima, la manera de hacer arquitectura.

“¿Qué pasaría si en la escuela nos enseñaran a deconstruir en lugar de a construir?”

Ethel Baraona se planteaba esta pregunta en un artículo encabezado por la foto que reproduzco arriba. El impacto poético y simbólico de esta fotografía es sin lugar a dudas extraordinario: la traducción en imagen de un sistema tecnocéntrico que se derrumba, exigiendo así el surgimiento de nuevos modelos de concepción del mundo.

El debate lanzado por Ethel he generado gran cantidad de comentarios, así como discusiones acerca del término de deconstrucción, concebido por Jacques Derrida. Mi intención en este artículo es sin embargo de desplazar ese debate hacia la idea de no-construcción y las implicaciones que generan dicho concepto sobre el trabajo del arquitecto.

Tanto el comentario al artículo de Baraona de como crear historias, como el artículo “No hacer nada, con urgencia” de Ion Cuervas-Mons, nos recuerdan un ejemplo de no-construcción de un impacto semejante al citado anteriormente: los arquitectos Lacaton y Vassal, trás un análisis de la plaza Léon Aucoc de Bordeaux, decidieron que su proyecto sería “no hacer nada”. La plaza era de por sí un sitio bello, en donde la gente se sentía bien; un lugar con una vida cotidiana de calidad.

No-construción?

Este ejemplo de “no hacer nada” me lleva también a una entrevista a Rem Koolhaas. En ella, hablando de naturalidad y de artificialidad, explica como “la arquitectura se debate en una duda permanente entre esa dualidad.[...] la ciudad ha sido desnaturalizada por un exceso de diseño. El diseño como medio de exclusión”.

Esta afirmación, realizada por uno de los arquitectos más importantes del star system, me hace pensar automáticamente en la fotografía del eólico: algo que cae al suelo con resignación, como presagiando un cambio. El propio diseñador reconoce un problema en el “exceso de diseño”. Mezclando abruptamente esta frase con el parrafo de Kate Soper, podríamos afirmar que el exceso de diseño es más avaro que generoso en materia de buena convivencia, de relaciones de buena vecindad, de vida alejada del estrés, de silencio, de olor y de belleza.

Estas reflexiones encajan sorprendentemente con una visión de la ciudad en donde la gestión y la creación horizontal de los ciudadanos coexisten con una red de poderes centralizados. Lo que yo llamo espacios públicos blancos, y Domenico Di Siena ha llamado espacios públicos inacabados, sería la traducción espacial de esta nueva forma de entender lo urbano y la ciudadanía. Los espacios blancos, caracterizados por su estado inacabado, son una producción in-definida: sin la acción de los usuarios -ciudadanos- éstos espacios no terminarían de existir.

Por consiguiente, se trataría de pasar de una visión de tipo productor/consumidor, en el que el arquitecto y su cliente producen espacios – “exceso de diseño”-, y el ciudadano los consume, a un sistema de prosumers integrados en los procesos políticos, administrativos y urbanos de las ciudades.

En este sentido el arquitecto dejaría de ser un productor/constructor y se definiría más bien como un gestor/administrador de espacios; o quizás como un diseñador de procesos urbanos y un catalizador de ciudadanía y de vitalidad. Sus actividades serían además más extensas: el arquitecto no se limitaría a construir o a “producir cosas”, sino más bien a analizar, aconsejar, producir opiniones y quizás solo al final, a construir o, simplemente, a “no hacer (casi) nada”.

En los últimos años se habla mucho sobre espacios híbridos. Creo que todo lo expresado anteriormente sugiere que la profesión de arquitecto debe también hibridarse, pasar de ser una profesión nítida y concentrada a una difusa y dilatada. El arquitecto se transforma así en punto de interconexión entre los ciudadanos, los políticos, el espacio y la creatividad.

Todo esto me lleva pensar que el filósofo Lorenzo Giacomini, en una ponencia de la conferencia Urban Hybridization en Milán, llevaba razón cuando proponía utilizar la hibridación no como una categoría estética, sino como un principio ontológico. Es decir, como algo que caracteriza todo lo que hay, lo cual significa que puede funcionar como instrumento de comprensión y de acción en el mundo contemporáneo.

REFERENCIAS

[1] BERNARD, Michel et al. (coord.), Objectif décroissance – Vers une société harmonieuse, Parangon/Vs, 2005
[2] idem
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Pere Bàscones, Cultura Verde, www.perebascones.com/pensamentsnomades/?p=17
Lorenzo Giacomini, L’inspiegabile Montagna – Radici di una strana passione, http://www.studifilosofici.it/inspiegabile_montagna.htm
VICENTE VERDÚ, La creatividad de la escasez, El País, http://www.elpais.com/articulo/cultura/creatividad/escasez/elpepicul/20100520elpepicul_8/Tes
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Conferencia Urban Hybridization, www.urbanhybridization.net/
Colectivo Basurama, www.basurama.org
Grupo Thinkark, www.thinkark.com
CTRLZ Architectures, For All The Cows, http://ctrlzarchitectures.com/?p=74
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Este articulo ha sido escrito por Francesco Cingolani para el blog “La Ciudad Viva“, una iniciativa de la Consejería de Vivienda y Ordenación del Territorio de la Junta de Andalucía.

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¿Arquitectura sostenible?

Ethel Baraona Pohl - dpr-barcelona

“Seguimos en el mismo lugar que hace 10 años, porque se ha conservado toda esa mitología del crecimiento y se ha manejado de manera ambigua y engañosa esa idea de la sostenibilidad.” -José Manuel Naredo[1]

Parece paradójico que uno de los términos más utilizados y debatidos de los últimos tiempos, es una palabra que ni siquiera existe en el diccionario: sostenibilidad. Nos encontramos ante un amplio espectro de referencias y alusiones. Palabras como bio-construcción, eco-diseño, biomímesis se escuchan cada vez con mayor frecuencia. ¿Pero realmente sabemos cual es el camino correcto a seguir desde el ámbito de la arquitectura y el urbanismo?

Podríamos decir que en la última década, hablar de medio-ambiente es lo mismo que hablar de sostenibilidad, esa palabra ambigua y que se relaciona con múltiples disciplinas. Desde el ámbito de la arquitectura y el urbanismo hemos caído dentro de una espiral de culto por la tecnocracia y se piensa que el uso e investigación de las más altas tecnologías pueden acercarnos a lo que pretende llamarse “arquitectura sostenible”.

El gran ejemplo del siglo XXI son las nuevas ciudades sostenibles, tales como el proyecto de Masdar City, la gran ciudad ecológica diseñada y ubicada en Abu Dhabi. Alimentada por completo con energía solar, se planta un sistema de transporte público que se desplazará en vagones sobre carriles magnéticos y las calles peatonales estarán cubiertas con paneles fotovoltáicos, diseñados para generar sombra así como abastecer de energía a la ciudad. Masdar no es el único proyecto de este tipo en marcha, pues iniciativas de modelos de ecociudades existen por todo el mundo, tales como la ciudad Dongtan, en China, que compite con Masdar en términos de tamaño y que aparentemente ha sido un proyecto fallido. Todo esto suena muy bien, la pregunta que surge es ¿Realmente son necesarias todas estas infraestructuras?

El sociólogo y filósofo Slavoj Žižek se cuestiona acerca de estos temas en su texto Censorship Today [Violence, or Ecology as a New Opium for the Masses]. En este texto, Žižek narra la “naturalización del capitalismo” y hace énfasis en la forma en que la ecología se ha transformado en el nuevo campo de desarrollo capitalista. En la actualidad “ser ecológico” vende… y se vende bien.

Pese a todos los esfuerzos por acercarse al diseño urbano “ecológicamente más acertado”, parece que los arquitectos y urbanistas hemos aprendido poco en los últimos 50 años. Existen conceptos importantes como el metabolismo urbano que son ignorados totalmente en estos nuevos proyectos. Ya desde 1961, Jane Jacobs criticaba el diseño de ciudades [en este caso, modernistas] al considerarlas contrapuestas a la naturaleza viva de sus habitantes, quienes se relacionan en comunidades caracterizadas por capas complejas y en caos aparente y no según criterios de ordenacion basados en el uso estático del suelo.

Si entendemos metabolismo urbano como el intercambio de materia, energía e información que se establece entre el asentamiento urbano y su entorno natural o contexto geográfico[2], no cabe más que preguntarse ¿cómo es posible que este tipo de ciudades, aisladas del resto del mundo, construidas por una fuerza laboral importada y formada por inmigrantes de diversas procedencias, sean sostenibles?

Crecimiento urbano en el mundo. Worldmapper[3]. “Massive urbanisation means hundreds of already near-bankrupt cities trying to cope in 20 years with the kind of problems London or New York only managed to address with difficulty in 150 years.” John Vidal.

El impacto de estas ciudades sobre la biósfera es enorme, ya que las relaciones entre materiales y procesos sociales es casi nula.

Ahora sabemos que no es posible diseñar bajo parámetros sostenibles sin tomar en cuenta lo que Óscar Carpintero define como “flujos ocultos”, ya que el problema ecológico aparece al comprobar que la presión que las economías realizan sobre el medio ambiente se debe, en gran medida a la dimensión alcanzada por estos flujos ocultos no valorados[4]. Gran parte de este problema surge al constatar que un alto porcentaje de los flujos ocultos es importada de otros territorios.

Carpintero lo plantea de esta forma:

Esto nos recuerda que son precisamente este tipo de flujos los que suponen la mayor parte del metabolismo económico en cantidad, por lo que las estrategias de reutilización y reciclaje de los residuos de construcción y demolición deberían ser prioritarios si queremos reducir el consumo en origen de dichos recursos y la consiguiente generación de vertidos al medioambiente.

El problema aparece cuando se comprueba que la sostenibilidad de un país a veces se logra a costa de importar la sostenibilidad del resto de los territorios.

Recientemente, hablábamos en otro post acerca de las diversas tendencias acerca de la arquitectura sostenibile que existen en la actualidad:

Existen dos claras posturas cuando hablamos de este tema, la primera es la que sostiene que para hacer arquitectura sostenible debemos hacer uso de las nuevas tecnologías en toda su amplitud, llamando al concepto de biomímesis, es decir, imitar a la naturaleza. La otra aboga por el decrecimiento y rescatar de la arquitectura tradicional aquellos parámetros que son necesarios para poder construir con el menor impacto ambiental posible, respetando el clima, los materiales y los habitantes del lugar. El término decrecimiento nace de pensadores críticos con el desarrollo y con la sociedad de consumo, como el economista Nicholas Georgescu Roegen, que apuesta por la bioeconomía al intentar situar a la economía como un subsistema de la biósfera. Ya en los años 70 hizo propuestas que en aquel tiempo resultaban muy premonitorias: dejar de fabricar armamento, relocalizar las actividades y que la producción se sitúe cerca del consumidor y otras más que son plenamente aplicables en los tiempos actuales.

Lo que queremos proponer con este post es simplemente comenzar a cuestionarnos. ¿De qué forma podemos concebir mejores ciudades? O en realidad, ¿Es necesario concebir nuevas ciudades? No sería más sensato detener por un momento las ansias de crecimiento y evaluar todo ese enorme campo urbano que existe ya y buscar nuevas vías para adecuar las ciudades existentes a los nuevos requerimientos sociales, culturales y espaciales de este siglo.

César Reyes, co-autor del libro Arquitectura Sostenible, nos planteaba esta pregunta hace unos días: ¿Puede existir desarrollo sostenible utilizando los mismos modelos de producción y consumo surgidos de la Revolución Industrial? ¿Es posible salvar el entorno a golpe de retroexcavadoras movidas por biocombustibles?

[1] Entrevista a José Manuel Naredo
[2] Metabolismo Urbano
[3] Worldmapper
[4] El metabolismo de la economía española: recursos naturales y huella ecológica (1955-2000), Óscar Carpintero.

Extraído de La Civdad Viva