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Tim Jackson: Entrevistas

Entrevista en la contra de la Vanguardia

Tim Jackson. Un raro en el reino

Como comisionado de Economía del Gobierno británico, Jackson presentó a Gordon Brown un informe (2009) para la reunión convocada con los líderes del G-20. El informe proponía una economía estable, sin crecimiento, que evite tanto el colapso financiero como el ecológico. Ningún líder se lo miró, pero fue el informe más descargado entre analistas financieros. Prosperidad sin crecimiento (editado por Icaria e Intermón Oxfam) se ha traducido a 30 lenguas y defiende que vivir bien en un planeta finito no puede consistir en consumir cada vez más y acumular cada vez más deuda. La prosperidad tiene que ver con la calidad de nuestras vidas y relaciones y la economía debe adaptarse a ello.

Hoy la prosperidad es inseparable del crecimiento económico, de la expansión constante.

 Burro grande, ande o no ande.

Para mí eso no es prosperidad, y encima ese modelo no funciona.

 Defíname prosperidad.

Necesitamos unas condiciones materiales para vivir bien: comida, casas acondicionadas, ropa... Pero más allá de eso la prosperidad tiene que ver con la salud, las buenas relaciones, pertenecer a una comunidad vigorosa, la confianza en el futuro y un sentimiento de propósito en la vida.

 Eso es filosofía, no economía.

Se equivoca, aparte de que acumular y consumir no tienen nada que ver con prosperar, es insostenible financieramente; de hecho, la crisis que estamos viviendo es la consecuencia de este sistema insostenible.

 Basado en el crédito y la deuda.

Con esta obsesión de buscar el crecimiento, lo que hemos conseguido es minar el crecimiento y la sostenibilidad del sistema. El sistema es insostenible desde el punto de vista ecológico e inestable desde el financiero.

¿Cómo escapar del crecimiento sin hundir la economía?

En el sistema actual, imposible: si el crecimiento se detiene, el sistema se colapsa.

 ¿Entonces?
Propongo prosperar (en el sentido que decíamos antes) sin crecer, un modelo macroeconómico que permita una estabilización económica. Para eso debemos tener en cuenta dónde invertimos nuestro dinero. Dígame, ¿qué es la inversión?

¿...?

La relación entre el presente y el futuro: proteger los valores que tenemos para que estén ahí en el futuro; bajo esta premisa los objetivos de inversión serían los que permiten mantener las condiciones sociales, los valores ecológicos y la estabilidad.

 Entonces, habría que reformar los mercados financieros.

Efectivamente, y replantearse cuál es el objetivo de una empresa.

 Hasta hoy, hacer dinero.

Pues deben producir más servicios que objetos: salud, educación, cuidados sociales, ocio, cultura, protección de espacios verdes, construcción de espacios comunitarios...

 Pero todo eso requiere dinero.

Pero también generaría ingresos si los mercados de capitales apostaran por ello. El problema es que las empresas basadas en el servicio están denigradas por la economía actual, yo le llamo el sector Cenicienta (que antes de ser princesa realizaba útiles trabajos domésticos no remunerados). En comparación con otro tipo de sector empresarial, no se le ve tanto potencial de crecimiento.

Bueno..., es que no lo tiene.

Debería permitirse que este sector de la economía fuera al baile, porque produce servicios en lugar de materiales y proporciona empleo que tiene sentido para la gente y con un impacto medioambiental muy bajo.

Sería bonito, sí.

Sé que es complicado, porque los beneficios que da este sector no son rápidos, así que requieren una inversión a largo plazo, comunitaria... Permitiría a la gente invertir en algo con sentido, y más seguro.

 ...

Este tipo de fondos, que ya existen a pequeña escala, menos expuestos a los mercados financieros, toleran mejor el choque que pueda producir una crisis financiera.

 Pero la educación, la salud... no es una inversión, es un gasto.

Sí, un sector anticompetitivo, un agujero por el que se va el dinero. ¿No le parece patológico considerar el sector más importante de presente y de futuro de esa manera?

 ¿Alguien ha apostado por él?

Noruega ha financiado de manera sabia ese sector Cenicienta aprovechando los recursos que ingresa por el petróleo, lo que le ha permitido avanzar de una economía insostenible hacia un modelo sostenible.

 De acuerdo, pero el dinero ha salido del petróleo, sucio, sucio.

Propongo aumentar las inversiones ambientales y desplazar el énfasis del gasto privado al gasto público, al mismo tiempo que se establecen firmes restricciones al consumo de recursos. Hay que aumentar los impuestos sobre los recursos naturales y la contaminación, establecer una renta básica universal y estipular medidas para desalentar el consumo.

 Eso da miedo, pero ¿qué medidas?

Restricciones sobre la publicidad. Una redistribución de los ingresos y del empleo mediante la reducción de horas laborales.

¿Y cómo reformaría la estructura de los mercados financieros?

Implicaría no sólo regularlos, sino también alimentar las pequeñas estructuras financieras para que puedan dar créditos suaves a las comunidades, es decir, el pequeño sector empresarial también estaría implicado. Financiar una industria que ya está buscando inversión ética, que tiene en cuenta el impacto medioambiental y social, y que permite que la gente invierta en una economía real y útil para la sociedad.

¿Qué más?

Los políticos están agotando las ideas, pretenden reducir la deuda reduciendo el gasto social, lo que hace que decrezca la economía y se pierda empleo. Hay que ir a una estrategia a largo plazo que reformule el sistema económico.


Stephen Leahy entrevista al economista británico

“La continua búsqueda del crecimiento económico pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo”, asegura el experto, feroz crítico del Acuerdo de Copenhague.

TORONTO, Canadá, 25 ene (Tierramérica).- “La furia es a veces la respuesta adecuada”, dice Tim Jackson, en referencia a la falta de compromiso de los líderes mundiales que no pudieron articular un nuevo tratado climático en la cumbre de Copenhague.

Jackson entiende que el Acuerdo de Copenhague, resultante de la 15 Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 15) de diciembre, no sólo reveló que la gobernanza ambiental global es una ficción, sino que demostró un apego ciego al mantra del crecimiento económico.

Profesor de desarrollo sustentable y director del Grupo de Investigaciones sobre Estilos de Vida, Valores y Ambiente en la británica Universidad de Surrey, también tiene a su cargo la dirección económica de la Comisión de Desarrollo Sostenible de Gran Bretaña y es asesor del gobierno en la materia.

Aparte, es dramaturgo y ha realizado numerosos guiones radiales para la cadena BBC, con sede en Londres.

Tierramérica entrevistó telefónicamente desde Toronto a Jackson sobre su nuevo y controvertido libro: “Prosperity without Growth - Economics for a Finite Planet” (“Prosperidad sin crecimiento: Economía para un planeta finito”), asunto sobre el que ya había adelantado un diálogo en la capital danesa. También abordó el Acuerdo de Copenhague y las perspectivas de un tratado climático real.

TIERRAMÉRICA: En su libro, usted sostiene que el crecimiento económico en los países industrializados está volviendo a la gente menos feliz y destruyendo la Tierra.

TIM JACKSON: La continua búsqueda del crecimiento pone en peligro los ecosistemas de los que dependemos para una supervivencia a largo plazo.

También hay amplia evidencia de que una mayor riqueza material en los países industrializados no hace feliz a sus habitantes, sino todo lo contrario. Más allá de cierto nivel de ingresos, no hay una correlación de que ello sea directamente proporcional a la felicidad.

TIERRAMÉRICA: Si la era del crecimiento económico se terminó, ¿qué ocupará su lugar?

TJ: Es necesario redefinir la riqueza y la prosperidad en base a los parámetros de “capacidad de florecimiento” de Amartya Sen (ganador del premio Nobel de Economía en 1998). El florecimiento se define como tener suficiente para comer, ser parte de una comunidad, un empleo que valga la pena, una vivienda decente, acceso a educación y a servicios médicos.

Esto supone un viraje importante de una economía que busca aumentar la riqueza material a un nuevo concepto de “empresa ecológica”, con actividades basadas en la comunidad y (austeras en el uso de los) recursos, que permitan que la población prospere, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito.

Parte de eso tiene que ver con cosas materiales: alimentos, vestimenta, refugio. Pero también tiene que ver con nuestra capacidad de vivir bien, de participar en una sociedad de un modo menos materialista y más significativo.

TIERRAMÉRICA: ¿Y qué ocurre con los países en desarrollo?

TJ: Los países industrializados necesitan hacer este viraje a fin de crear un espacio para que el mundo en desarrollo mejore el desempeño de su economía. Este crecimiento tiene que ser sostenible y estar dentro de los límites ecológicos.

La actual desigualdad entre las naciones ricas y las pobres es una razón primordial por la que el mundo industrializado necesita hacer este cambio de rumbo.

TIERRAMÉRICA: ¿Por qué le enoja tanto que la COP 15 terminara en un acuerdo de 10 páginas en vez de en un tratado internacional vinculante?

TJ: Es un documento lleno de aire caliente y promesas vacías, cocinado por las dos grandes superpotencias mundiales. ¿Realmente eso es lo mejor que tenemos que mostrar luego de 17 años de negociaciones? Es una política climática de los cañones.

El tratado climático no fue lo único que fracasó en Copenhague. La gobernanza ambiental mundial se fue al tacho.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué temas esenciales no fueron parte de las negociaciones de la COP 15?

TJ: El debate sobre el crecimiento apenas figuró. Tanto este tema como una distribución justa del espacio ecológico tienen que estar sobre la mesa. De otro modo, las negociaciones no van a ninguna parte.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué piensa usted de los actuales esfuerzos por reducir las emisiones de carbono usando mecanismos como la limitación de emisiones contaminantes y el comercio de créditos?

TJ: No es posible lograr una economía baja en carbono sin un cambio importante en la economía misma. Ajustes pequeños no funcionarán. Las corporaciones ven al clima como la nueva oportunidad de negocios. Los mecanismos de mercado son ahora las herramientas predominantes que se perciben como un cambio y que son buenas para las corporaciones pero malas para el público.

Consideremos la muy promovida idea de que el crecimiento puede continuar siempre y cuando sus emisiones de carbono (y otros impactos ambientales) se reduzcan en gran proporción.

En 2050, en un mundo de 9.000 millones de habitantes donde todos aspirarán a un estilo de vida occidental, la intensidad en carbono de cada dólar de producción deberá ser por lo menos 130 veces más bajo que ahora. Eso simplemente no es posible.

TIERRAMÉRICA: ¿Qué pasará de aquí a las negociaciones de la COP 16, que tendrán lugar en diciembre en México?

TJ: Pienso que tiene que haber mayor presión internacional y un impulso en relación a cuestiones políticas clave como la regulación de los mercados financieros, los sistemas de cuentas nacionales y la obvia presión por crear un foro viable para la gobernanza climática, así como la medición del progreso social (en el estilo del informe de la Comisión de Medida del Desempeño Económico y del Progreso Social de Francia, encargado en 2009 a Sen y al también Nobel de Economía Joseph Stiglitz).

Es necesario que Estados Unidos y China participen en los debates más amplios sobre crecimiento y justicia.

Resulta interesante que en este momento haya, por ejemplo, un poco más de humildad y apertura en el Foro Económico Mundial, como no ha ocurrido hasta ahora. ¿Señales de esperanza? Posiblemente.



Prosperidad sin crecimiento

Por Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica y miembro de Bakeaz

Reseña crítica del libro “Prosperidad sin crecimiento. La transición hacia una economía sostenible”, de Tim Jackson (2010). Publicada en la Revista Ecología Política, número 41.

Sin duda, el opus de Tim Jackson (1) se inscribe en la corriente de otras dinámicas británicas como las Iniciativas en Transición o los trabajos de la New Economics Foundation. Al igual que sus compatriotas, gira en torno a un fuerte pragmatismo sin tintes ideológicos demasiado marcados con el fin de construir grandes mayorías sociales para afrontar el doble reto del cambio climático y del pico del petróleo. Asimismo, y a pesar de una hipótesis “herética” en el marco de una economía del crecimiento —es posible y deseable un mundo próspero sin crecimiento—, busca ante todo la máxima audiencia para federar y generar consenso más allá de los círculos ya convencidos. Esta estrategia tiene un gran acierto en su capacidad de difusión y vulgarización: el libro es muy asequible, incluso para no especialistas, y de una gran claridad. Por tanto, no habrá que sorprenderse que, a la pregunta de si una sociedad sin crecimiento sigue siendo una sociedad capitalista, Jackson conteste con otra pregunta ambigua: “¿realmente importa?” (p197)*

Pero ¿qué nos propone exactamente el autor? Retomando el testigo del ‘estado estacionario’ de Herman Daly y apoyándose en los trabajos del economista ecológico canadiense Peter Victor (2), Jackson plantea que “la prosperidad consiste en nuestra capacidad de ser felices como seres humanos, dentro de los límites ecológicos de un planeta finito”. Según el autor, “el reto para nuestra sociedad es crear las condiciones donde se haga posible”, siendo esta tarea la “más urgente de nuestra época” (p32). Sin embargo, el crecimiento no permite alcanzar esta meta. Gracias a una rica argumentación gráfica bien sólida y referenciada, Jackson explica que, una vez superado el umbral de los 15.000 dólares de renta per cápita, el nivel de satisfacción no reacciona, incluso ante aumentos muy importantes del PIB. Dicho de otro modo y principalmente en el Norte, la opulencia material y el aumento continuo de nuestras rentas no nos hacen más felices, además de destruir las condiciones de vida básicas en la Tierra. Al revés: la sociedad occidental estaría en “recesión social” (p148) y sería rehén de la “caja de hierro del consumismo” (p95) donde el consumidor en busca de novedades y de estatus (a través del “lenguaje de los bienes materiales”), y el empresario en busca de monopolio a base de destrucción creativa se confunden para conformar la piedra angular del crecimiento económico a largo plazo.

Llegados a estas alturas, nos estamos topando con “el dilema del crecimiento”: el crecimiento no es social y ecológicamente sostenible —por lo menos en su forma actual— y el decrecimiento es inestable —por lo menos en las condiciones actuales (3). Para salir de este dilema, solo existen dos métodos: hacer sostenible el crecimiento o estable el decrecimiento. Cualquier otra opción provocaría el colapso ecológico o económico. Ante este dilema, la respuesta convencional suele preconizar el desacoplamiento, es decir la no dependencia de la producción de los flujos de materiales. A pesar de la realidad de un desacoplamiento relativo (la intensidad energética por unidad ha bajado desde 1970 en un 30%), no existe ningún indicio que apunte a un desacoplamiento absoluto, es decir del volumen total de la producción, como lo atestigua por ejemplo el aumento de las emisiones de CO2 en un 40% desde 1970. Hoy día, la eficiencia tecnológica ni siquiera ha compensado el crecimiento de la población y está muy lejos de compensar también el aumento del nivel de abundancia. En cuanto al New Deal Verde, que cuenta con un consenso internacional para ser el nuevo “motor verde del crecimiento”, el autor considera que tiene numerosas ventajas y que puede ser útil como herramienta de transición pero que sigue siendo un keynesianismo basado en el aumento final del consumo, lo que lo condena a toparse también con los límites ecológicos.

De forma proactiva, Jackson propone tres vías complementarias para salir del dilema del crecimiento y empezar una transición sostenible. La primera: establecer los límites. Sobre todo, significa fijar umbrales de recursos y emisiones per capita (véase el modelo de “contracción y convergencia”), fomentar una reforma fiscal (por ejemplo la tasa carbono) y apoyar económica y tecnológicamente la transición ecológica en los países del Sur. La segunda: construir “una teoría de macroeconomía ecológica robusta y educada en el plano ecológico” que constituye según el propio autor seguramente “la recomendación más importante del libro” (p129). Además de integrar las variables ecológicas en los factores de producción clásicos, esta macroeconomía tiene como objetivos construir un modelo donde la estabilidad no dependa del crecimiento (4), la actividad económica esté dentro de los límites y la productividad del trabajo ya no sea el factor determinante. Además de una mayor prudencia fiscal y financiera, de una superación del PIB como indicador principal de riqueza y de la apuesta por una economía de servicios poco intensiva en energía pero sí en mano de obra, supone también unas inversiones ecológicas, principalmente a cargo del Estado, la eficiencia de la utilización de los recursos, en tecnologías propias y en la mejora de los ecosistemas. Tercero: es también necesario cambiar la lógica social donde los poderes públicos tienen como objetivo “desmantelar la cultura del consumismo” (p182).

El autor propone que las capacidades —definidas por Sen y Nussbaum— sean el criterio determinante del éxito social, siempre y cuando estén dentro de los límites del planeta. Por otro lado, el reparto del trabajo se convierte según Jackson en “la solución más simple y más citada para mantener el empleo sin aumento de la producción” (p140) mientras la lucha contra las desigualdades (a través de rentas mínimas o máximas) es una prioridad.
Ahora bien: es de señalar que la principal fuerza de la obra de Jackson —su búsqueda de consenso amplio— es al mismo tiempo su principal debilidad. Al no querer ser lo suficiente impertinente con el dogma dominante (echamos de menos referencias a Illich y una mayor utilización de la obra de Gorz por ejemplo), tiene tendencia a dejar de lado cuestiones fundamentales. Primero, a pesar de que el autor tiene bien presente el tema de las deudas públicas y ecológicas, falta una reflexión sobre el papel del dinero y del poder de los bancos privados en la creación monetaria. ¿Será posible una prosperidad sin crecimiento sin reforma de las instituciones financieras y la creación de un nuevo modelo monetario con el impulso, por ejemplo, de monedas locales? Por su parte, el capítulo sobre gobernanza queda muy ‘cojo’ al no abordar el papel de la sociedad civil a nivel local e internacional. Tampoco dedica una palabra al juego complejo de actores de cara a sellar un nuevo pacto social y la necesaria resolución de conflictos que nacerán de la transición. ¿Acaso los detenedores del capital aceptarán de buena gana que las inversiones ecológicas pasen a tener rendimientos bajos, incluso nulos?  ¿Cómo se irán resolviendo las nuevas resistencias y tensiones políticas, empresariales, sindicales o sociales al cambio de modelo? En definitiva, si rechazamos el ecoautoritarismo como salida válida a la crisis socio-ecológica, el libro carece de un punto fundamental: una reflexión sobre la democracia ecológica y deliberativa como condición e instrumento de una transición exitosa.

Si de verdad “la dinámica natural del modelo capitalista no propone ninguna vía fácil hacia un estadio estacionario y le empuja hacia la expansión o el colapso” (p174), tenemos expectativas en las próximas reflexiones de Tim Jackson donde, ojalá gracias al éxito de la primera entrega, podrá pasar a la segunda fase de su estrategia e ir abordando o profundizando en otros puntos clave y menos consensuales.

Notas:

(1)    Se basa en un informe previo de la Comisión por el desarrollo sostenible de Reino-Unido: http://www.sd-commission.org.uk/

(2)    Peter Victor: “Managing without growth. Slower by design, not by disaster” saber más: http://pvictor.com/

(3)    A mayor productividad del trabajo, se necesita menos mano de obra para el mismo nivel de producción. Por lo cual, el crecimiento tiene que aumentar más rápido que la productividad para seguir creando empleo, distribuyendo rentas y generando confianza para que siga aumentando el consumo. En caso contrario, un crecimiento no suficientemente sostenido termina creando desempleo, desconfianza, deuda privada y pública e, in fine, recesión.

(4)    El autor propone sustituir el objetivo de estabilidad por el de resiliencia.

* las páginas referenciadas se basan en la versión francesa del libro.

Properidad sin crecimiento

Carlos Fresneda

"Cuestionar el crecimiento es un acto de lunáticos, idealistas y revolucionarios", escribió Tim Jackson, vaticinando lo que le iba a caer encima cuando publicó 'Prosperidad sin crecimiento' (Icaria). Y sin embargo este economista a contracorriente de 57 años, autor teatral, guionista y profesor de Desarrollo Sostenible en la Universidad de Surrey se considera ante todo "realista". Ahí va su particular diagnóstico sobre lo que está pasando...

"Nuestra sociedad se enfrenta a un profundo dilema. Dejar de crecer es arriesgarse al colapso económico y social. Perseguir el crecimiento a toda costa es poner en peligro los sistemas ecológicos de los que dependemos para nuestro propio crecimiento".

El modelo económico que hemos construido, según Jackson, es lo más parecido a un castillo de naipes: "Se detiene el crecimiento y le entra el pánico a los políticos. Las empresas luchan para poder sobrevivir. La gente pierde su empleo e incluso sus casas. La espiral de la recesión se hace más y más profunda".
La preguntamos pues a Tim Jackson si la "solución", como proponía en esta misma serie Robert Skidelsky, pasar por volver a crecer y entonces sí, entonces reformar a fondo el sistema y avanzar hacia otro modelo esencialmente distinto, pero al menos partiendo de una situación menos crítica.

"Si el sistema está roto, ¿para qué vamos a esperar?", responde (y pregunta) Tim Jackson. "No podemos esperar a que las cosas vuelvan a ir bien, entre otras cosas porque no tenemos ninguna garantía de que se pueda volver a crecer como antes del batacazo del 2008. El momento para afrontar el problema es ahora. Es absurdo desplegar las velas con la esperanza de navegar otra vez viento en popa... Y darnos cuenta de que en realidad avanzamos por un canal muy estrecho, y que no tenemos ya capacidad de maniobra".

"En mi libro no propongo dejar de crecer y dar marcha atrás", advierte Jackson (en una próxima entrega hablaremos del "decrecimiento"). "Lo que recomiendo es una serie de cambios para avanzar hacia otro modelo macroeconómico, que no esté basado en la persecución del crecimiento a toda costa, sino en la busca de un nuevo equilibrio. La nueva meta sería la estabilidad: económica, financiera, social y ecológica".

El compendio de ideas que propone Jackson parte eso sí de una redefinición de la "prosperidad", identificada hasta ahora con la abundancia material y el crecimiento económico. "La prosperidad consiste en nuestra habilidad para progresar como seres humanos dentro de los límites del planeta", sostiene Jackson. "El reto de nuestra sociedad es crear las condiciones para que eso sea posible. Es más, yo diría que es la tarea más urgente de nuestros tiempos".

Reconocimiento de los límites

En primer lugar tiene que haber, según Jackson, un reconocimiento tácito de los "límites", para acabar con la "patología" con la que sigue funcionando el sistema: crecimiento infinito en un sistema finito. El profesor de Surrey propone una revisión a fondo de las instituciones económicas, para reforzar los intereses a largo plazo y encauzar las inversiones estratégicas hacia el sector de servicios (lo que él mismo ha bautizado como la 'economía Cenicienta'). Por último, Jackson apunta a un cambio de la "lógica social", para salir de la trampa del hiperconsumismo y de la hiperproductividad.

Sus recetas pasan obligatoriamente por destronar el Producto Interior Bruto como sacrosanta medida de todas las cosas. "El PIB ha muerto", sentencia Jackson. "Necesitamos otros indicadores del progreso, que tengan en cuenta la destrucción ecológica, la calidad de vida y el bienestar social de la población. Ya hubo un intento de hacerlo, con el informe de Comisión Sarkozy en el que participaron entre otros Joseph Stiglitz. Pero no fue un intento sincero. Yo creo que los políticos nunca se llegaron a tomar el asunto en serio. Fue como el último baile antes de hundimiento del Titanic".

Los políticos... Tim Jackson los conoce de cerca y puede asegurar que son en su mayoría "unos analfabetos económicos". Las políticas de austeridad, en su opinión, son una "medida regresiva que obedece a una manera muy básica de entender la economía" y que está sirviendo "para castigar a los más pobres y beneficiar a los más ricos".

"Quiero pensar que es por ignorancia, pero si los Gobiernos están haciendo todo esto deliberadamente, entraría ya casi en el comportamiento delictivo", sostiene Jackson, que pone sobre la mesa los escalofriantes datos del paro en España. "La misión fundamental del Estado debería ser la de procurar el pleno empleo. En situaciones de emergencia como las que está viviendo España, como la mitad de la población joven sin trabajo, el Estado debería ser incluso el "empleador de último recurso". Si no, corremos el riesgo de crear una generación de jóvenes excluidos y de sembrar las condiciones de violencia e inestabilidad social".

Empleo

"¿Y cómo crear empleo si la economía no crece?", le formulamos la pregunta incómoda...
"Hay mucho trabajo, lo que pasa es que no nos dejan verlo. Sobre todo en lo que yo llamo el sector de la economía "Cenicienta": la salud, la educación, el cuidado de los mayores, la cultura, el ocio, los empleos vinculados con la protección del medio ambiente... Mientras sus hermanas mayores (desde las finanzas a la extracción de materias primas) estaban fuera de fiesta, la economía "Cenicienta" se ha quedado haciendo el trabajo "sucio" porque no está considerado como "productivo" con las pautas actuales".

"Todo esto tiene que cambiar", advierte Jackson. "Hay que dar el paso definitivo de una economía basada en los productos materiales y en el consumismo, a una actividad más apoyada en servicios y bienes intangibles, que no causen daños al planeta. Y en cuanto se produzcan las "inversiones estratégicas" hacia estos sectores tan fundamentales y necesarios para nuestro bienestar, se generarán nuevos empleos. Harán falta otras medidas suplementarias, como la reducción de las horas laborales: si queremos trabajar todos, necesitamos una redistribución más equitativa del trabajo".

Además de "lunático, idealista y revolucionario", a Tim Jackson le han llamado también "ecosocialista" por plantarle cara al gigante del crecimiento y proponer un modelo que, a simple vista, se desvía peligrosamente de los cauces de eso que aún llamamos capitalismo...

"Yo no sé si lo que propongo es aún capitalismo o si debería llamarse de otra manera, pero la verdad es que no me importa. Lo que importa es que el capitalismo consumista y financiero es una receta para el desastre, ya lo hemos visto. Nuestra única opción es cambiar. Tenemos que transformar las estructuras y las instituciones que dan forma al mundo en que vivimos. Tenemos que articular una visión más creíble de prosperidad duradera".

La llamada al realismo económico de Tim Jackson



Macroeconomía ecológica sin crecimiento


Joan Martínez Alier - Sin Permiso


Joan Martínez Alier reseña el libro, recientemente publicado en castellano,  de Tim Jackson: Prosperidad sin crecimiento. Economía para un planeta finito. Icaria, Barcelona, 2011. Para los lectores interesados en ese debate, SinPermiso publicó recientemente también otra reseña de este libro, firmada por el economista australiano Ted Trainer: ¿Entienden bien sus defensores las implicaciones políticas radicales de una economía de crecimiento cero?


En los próximos días 26 y 27 de enero de 2012, el professor Tim Jackson presentará en Barcelona y en Madrid la versión en castellano de su célebre obra con estadísticas actualizadas y con un prólogo escrito expresamente para esta edición donde se pronuncia por una moratoria al pago de algunas de las excesivas deudas actuales.


Este libro empezó su vida en 2003 cuando el autor, profesor de la Universidad de Surrey, tuvo el encargo del gobierno laborista de escribir un informe para la comisión estatal de Desarrollo Sostenible. El informe fue publicado en el 2009, se llamaba Prosperity without Growth? con un interrogante al final, para restarle agresividad. El interrogante desapareció cuado Jackson publicó el libro en 2009, en plena crisis. Un tema central del libro, que plantea los fundamentos de una macroeconomía ecológica y puede usarse de libro de texto, es si una economía basada en un continuo aumento de las deudas para financiar el consumo privado y público de más y más materiales y energía, puede ser sostenible ecológicamente y socialmente viable. La respuesta es un "no" rotundo. Y a partir de ahí, Jackson presenta propuestas alternativas para una sociedad que sea próspera pero que no tenga el crecimiento económico por objetivo.


Estas preguntas ya se habían planteado por los primeros economistas ecológicos como  Nicholas Georgescu-Roegen, Herman Daly, Robert Ayres. El propio Sicco Mansholt, presidente de la Comisión Europea en 1972, cuestionó un crecimiento económico en términos de un PIB que no restaba los daños ambientales y que llamaba producción a lo que era extracción y agotamientos de recursos naturales. Jackson conoce y reconoce estos antecedentes, incluido otro reciente texto de macroeconomía ecológica, de Peter Victor (de Canadá) que se llama Managing without growth (Cheltenham: E. Elgar, 2008).


La deuda de los consumidores había crecido muchísimo antes de la crisis en diversos países (Estados Unidos, el Reino Unido, España, Irlanda) y la deuda pública ya era muy alta (Japón, Italia) y está creciendo enormemente a partir del 2008. Las deudas no pueden ser "combustibles" permanentes de la máquina del crecimiento económico, porque realidad el combustible del crecimiento son los combustibles fósiles..


En los temas sociales, Jackson revisa no solamente las críticas ecológicas y feministas contra el PIB desde hace cincuenta años sino también las investigaciones, a las que el mismo ha contribuido, sobre la falta de correspondencia entre aumentos del PIB per capita y la felicidad (o satisfacción vital), una vez el PIB per capita alcanza unos 15 mil dólares al año.


A diferencia de Stiglitz y Krugman, Jackson llama reiteradamente a la "prudencia financiera" porque, para pagar la montaña de deudas, se exhorta al crecimiento, y ese crecimiento va junto con el cambio climático. Los economistas keynesianos quieren salir de la crisis con un mayor gasto público con la esperanza de que el posterior crecimiento permitirá pagar estas deudas. Los economistas ecológicos estamos contra el aumento de la deuda pública no porque seamos anti-estatistas ni porque seamos fervientes anti-keynesianos (al estilo de la derecha estadounidense) sino porque pensamos que en los países ricos no debe haber más crecimiento económico. En cualquier caso, ese crecimiento expresado en el PB está mal medido.


Si las tendencias hasta el 2007 continuaran, entonces  -explica Jackson-  para mantener la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera en 450 ppm, la "intensidad de carbono" de las economías ricas debería disminuir cien veces hasta 2050, algo que realmente parece imposible. Hay además otros muchos argumentos ecológicos en la misma dirección. Además, el crecimiento económico no es necesario en países ya ricos para el "florecimiento" de las personas, para su auto-realización, para que desarrollen su potencial, para su épanouissement. Esa meta del "florecimiento" no se logra con un mayor consumo material de productos que a menudo son "posicionales" (es decir, cuyo disfrute depende de que otros no los tengan). Jackson insiste que la evolución biológica, incluyendo la de los humanos, ha ganado más por la cooperación que por la competencia.


La meta del "florecimiento" se relaciona con críticas al desarrollo uniformizador como las de Arturo Escobar y Wolfgang Sachs, y está emparentado con ideas como las del Sumaq Kawsay en la Constitución de Ecuador de 2008. Pero Jackson escribe para países ricos y para sus dirigentes politicos, no para el Sur. Sus propuestas son radicales.


¿Cómo manejar una economía sin crecimiento sin que se colapse la inversión y por tanto aumente el desempleo? ¿Cómo hacer frente a la tendencia al aumento de la productividad laboral que llevará al desempleo si no hay crecimiento económico?
A Jackson le preocupa mucho el "estigma del desempleo".  Por tanto hace falta dar apoyo a un nuevo gran sector económico que el llama irónicamente el sector de "la Cenicienta" (que antes de ser princesa, realizaba útiles trabajos domésticos no remunerados). Hace falta un gran sector de trabajos remunerados, con baja productividad laboral pero satisfactorios, que muchas veces estarán dirigidos a las inversiones ambientales. Jackson menciona también la propuesta de una renta básica universal de ciudadanía (aunque no la desarrolla) y el reparto del trabajo, disminuyendo horarios y ampliando días de fiesta. Su propuesta principal es el fomento del sector "de la Cenicienta" que yo llamaría el sector de "Noticias de Ninguna Parte", recordando a William Morris.


Hace falta también un mayor sector público que financie inversiones ambientales (en energías alternativas, por ejemplo) que no rinden lo suficiente en términos crematísticos debido a una contabilidad defectuosa que no resta externalidades negativas. ¿Significa este mayor sector público el fin del capitalismo? El pragmático profesor Tim Jackson, nos aconseja no excitarnos con palabras como "capitalismo" y "socialismo". El nuevo sistema será tal vez el mismo pero desde luego no como lo conocemos (como dijo Mr Spock en otro contexto).


El libro de Jackson ha vendido decenas de miles de ejemplares en toda Europa. Es un intento valiente, radical, influyente y práctico de aunar el análisis de la ecología humana, la economía y el comportamiento social en una nueva Macroeconomía Ecológica.


Joan Martínez Alier, amigo y colaborador habitual de SinPermiso, es catedrático de teoría económica en la Universidad Autónoma de Barcelona y uno de los fundadores de la investigación internacional en economía ecológica