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Elogio del aburrimiento


Santiago Alba Rico

El capitalismo prohíbe básicamente dos cosas. Una es el regalo. La otra el aburrimiento.

Cuenta Sor Juana Inés de la Cruz, la gran poetisa, monja y feminista mexicana del siglo XVII, que en una ocasión la abadesa del convento de los Jerónimos, a cuya regla estaba sometida, le prohibió leer y escribir y la mandó castigada a la cocina. Allí entre los fogones Juana Inés estudiaba y escribía con la mente; es decir, pensaba. Del huevo y de la manteca, del membrillo y del azúcar, mientras cortaba y amasaba y freía, sacaba una consideración, una reflexión, un hilo interminable de conjeturas, y esto hasta el punto de llegar a afirmar con desafiante ironía en su conocida carta a sor Filotea: “Si Aristóteles hubiera cocinado, habría pensado más y mejor”.

Si a Juana Inés, en lugar de a la cocina, la hubiesen mandado a Disneylandia, donde se hubiese aburrido menos, quizás habría dejado de leer, estudiar y pensar sin ninguna prohibición.

Contaba Rosa Chacel, una de las más grandes novelistas españolas del siglo XX, que en los años cincuenta, mientras redactaba su novela La Sinrazón, tenía la costumbre de pasar horas recostada en un sofá de su salón. La mujer de la limpieza, con la escoba en la mano, le dirigía siempre miradas entre compasivas y reprobatorias: “Si hiciera usted algo, no se aburriría tanto”. Pero es que Rosa Chacel hacía algo: estaba pensando; y hasta cambiar de postura podía distraerla de su introspección o devolverla dolorosamente a la superficie.

Si Rosa Chacel hubiese pasado horas y horas delante de la televisión, y no dentro de sí misma, jamás habría escrito ninguna de sus novelas.

Hay dos formas de impedir pensar a un ser humano: una obligarle a trabajar sin descanso; la otra, obligarle a divertirse sin interrupción. Hace falta estar muy aburrido, es verdad, para ponerse a leer; hace falta estar aburridísimo para ponerse a pensar. ¿Será bueno? ¿Será malo? El aburrimiento es la experiencia del tiempo desnudo, de la duración pastosa en la que se nos enredan las patas, del líquido viscoso en el que flotan los árboles, las casas, la mesa, nuestra silla, nuestra taza de leche. Todos los padres conocemos la angustia de un niño aburrido; todos los que fuimos niños -antes, al menos, de los videojuegos y la televisión- sabemos de la angustia de un niño aburrido pataleando en el ámbar espeso de una tarde que no acaba de morir. No hay nada más trágico que este descubrimiento del tiempo puro, pero quizás tampoco nada más formativo. Decía el poeta Leopardi que “el tedio es la quintaesencia de la sabiduría” y el antropólogo Levi-Strauss, recientemente fallecido, aseguraba haber escrito todos sus libros “contra el tedio mortal”. Uno no olvida jamás los lugares donde se ha aburrido, impresos en la memoria -con grietas y matices- como en el diario de campo de un naturalista. Uno no olvida jamás el ritmo de las cosas, la finitud de los cuerpos, la consistencia real de los cristales, si alguna vez se ha aburrido. “Amo de mi ser las horas oscuras”, decía Rainer María Rilke, porque las oscuras son no sólo la medida de las claras sino la pauta narrativa de unas y de otras. El aburrimiento, sí, es el espinazo de los cuentos, el aura de los descubrimientos, el gancho de toda atención, hacia fuera y hacia dentro.

El capitalismo prohíbe las horas oscuras y para eso tiene que incendiar el mundo. El capitalismo prohíbe el aburrimiento y para eso tiene que impedir al mismo tiempo la soledad y la compañía ¡Ni un solo minuto en la propia cabeza! ¡Ni un solo minuto en el mundo! ¿Dónde entonces? ¿Qué es lo que queda? El mercado; es decir, esa franja mesopotámica abierta entre la mente y las cosas, ancha y ajena, donde la televisión está siempre encendida, donde la música está siempre sonando, donde las luces siempre destellan, donde las vitrinas están siempre llenas, donde los teléfonos celulares están siempre llamando, donde incluso las pausas, las transiciones, las esperas, nos proporcionan siempre una emoción nueva. El capitalismo lo tolera todo, menos el aburrimiento. Tolera el crimen, la mentira, la corrupción, la frivolidad, la crueldad, pero no el tedio. Berlusconi nos hace reír, las decapitaciones en directo son entretenidas, la mafia es emocionante. ¿Cuál era el peor defecto de la URRS, lo que los europeos nunca pudimos perdonarle, lo que nos convenció realmente de su fracaso? Que era un país muy aburrido.

Eso que el filósofo Stiegler ha llamado la “proletarización del tiempo libre”, es decir, la expropiación no sólo de nuestros medios de producción sino también de nuestros instrumentos de placer y conocimiento, representa el mayor negocio del planeta. El sector de los video-juegos, por ejemplo, mueve 1.400 millones de euros en España y 47.000 millones de dólares en todo el mundo; el llamado “ocio digital” más de 177.000 millones de euros; la “industria del entretenimiento” en general -televisión, cine, música, revistas, parques temáticos, internet, etc- suma ya 2 billones de dólares anuales. “Divertir” quiere decir: separar, arrastrar lejos, llevar en otra dirección. Nos divierten. “Distraer” quiere decir: dirigir hacia otra parte, desviar, hacer caer en otro lugar. Nos distraen. “Entretener” quiere decir: mantener ocupado a alguien en un hueco donde no hay nada para que nunca llegue a su destino. Nos entretienen. ¿Qué nos roban? El tiempo mismo, que es lo que da valor a todos los productos, mentales o materiales.

El capitalismo y su industria del entretenimiento construyen todo lo contrario de una cultura del ocio. En griego, ocio se decía “skhole”, de donde viene la palabra “escuela”. El proceso es más bien el inverso, pues la escuela misma -la cocina del pensamiento, el fogón del tiempo, donde Juana Inés y Rosa Chacel horneaban sus obras- ha claudicado a la lógica del entretenimiento. Ahora no se trata de comprender o de conocer sino de conseguir que, en cualquier caso, la escuela y la universidad no sean menos divertidas que la televisión, los vídeo-juegos y Disneylandia. ¿Los alumnos estarán más atentos si los maestros utilizan pizarras electrónicas? ¿Aprenderán mejor inglés en internet con Marina Orlova, la escultural filóloga rusa en minifalda? ¿Sabrán más matemáticas o latín si acuden a la universidad de Bolonia atraídos no por sus programas y profesores sino por las cuatro modelos de cuerpos zigzagueantes contratadas para los carteles publicitarios? Lo que es seguro es que, con esta lógica, que es la del mercado, los profesores llevan todas las de perder: Aristóteles y la física cuántica nunca podrán rivalizar con Shakira y la última play-station.

Según una reciente encuesta, uno de cada veinte niños británicos están convencidos de que Hitler fue un entrenador de fútbol y uno de cada cinco creen que Auschwitz es un Parque Temático. Para muchos de ellos el Holocausto es el nombre de una fiesta.

Quizás deberíamos aburrirnos un poco más.

Sólo los pobres tienen cosas


Santiago Alba Rico - La calle del medio

En nuestra vieja casa de piedra, en un pueblecito cerca de Madrid, teníamos una parra que había trepado durante décadas, agarrada al muro, para desplegar sobre el balcón su sombra dulce de hojas y de uvas. Un día, no la encontramos; al pie de la pared dolorosamente desnuda se alzaba un muñón diminuto serrado con violencia, tristísimo cimiento vegetal de la catedral derribada. Al vernos, uno de los vecinos se nos acercó para explicarnos con naturalidad, y casi con reproche:

- Era un engorro. Me he comprado un coche nuevo más grande y tenía que maniobrar mucho para entrar en vuestra calle, exponiéndome además a que la parra me rayara la carrocería. Así que la he talado. Era dura la condenada; he tenido que sudar para cortarla.

Pedía casi que le agradeciéramos el esfuerzo. Tan improcedente le parecía que un árbol obstaculizase el camino de un coche, y tan natural esa jerarquía, que no podía imaginar nuestra contrariedad ni nuestra cólera. Entre coches, la lucha habría estado quizás igualada; pero entre un coche nuevo y una excrecencia natural que nadie había comprado, y que salía de debajo de la tierra, el coche nuevo debía hacer valer rutinariamente todos sus derechos.

Las catedrales a veces crecen solas: se llaman parras o almácigos o colinas o glaciares. Se toman su tiempo en formarse -décadas, siglos o milenios- y desaparecen luego en un minuto porque obstaculizan la multiplicación y disfrute de la verdadera riqueza, fabricada por la Ford o por la Sony y vendida por Wall-Mart o El Corte Inglés.

El modelo mental de nuestro vecino aldeano es el de un mundo, el capitalista, en el que son los coches -las mercancías en general- y no los árboles los que tienen valor. Pero tampoco puede decirse, la verdad, que tengan mucho valor. Que prefiramos los coches y los televisores a las parras y las colinas no quiere decir que coches y televisores revistan a nuestros ojos el valor sagrado que para nuestros antepasados tenían ciertos árboles o ciertas montañas. En este mundo están, por así decirlo, las criaturas que no tienen ningún valor -como los rosales, los ríos y los iraquíes- y las que tienen muy poco valor, como lo son todas las que podemos comprar en el mercado. Lo hemos escrito otras veces: los españoles tiran a la basura sus teléfonos celulares cada tres meses, sus ordenadores cada año y medio, sus carros cada dos años. Tiran ininterrumpidamente los pañuelos, los papeles, las botellas, los encendedores, las cuchillas de afeitar, los bolígrafos, los Cds. Valoran más, claro, un trozo de plástico que un castaño milenario, pero el trozo de plástico lo tratan sin ningún respeto y enseguida lo olvidan, lo arrinconan o lo cambian por otro semejante.

El misterio metafísico del capitalismo se resume en esta pregunta: una mercancía ¿es realmente una cosa? Pero antes que nada: ¿qué es una cosa? Digamos que cosa es todo aquello que se rompe y que tarde o temprano no se puede ya recomponer; todo lo que está desprotegido, todo lo que requiere cuidados, todo lo que se vuelve irreemplazable con el paso del tiempo y cuya ausencia, por eso mismo, deja también una especie de cosa intangible y triste en su lugar. La silla que me ha soportado tantos años, el libro, el jarrón, el mar, el mundo mismo son cosas. Un niño y un amado son cosas. Nos guste o no, en la medida en que somos cuerpos y estamos a merced de todos los demás, los seres humanos somos también cosas . No nos importaría ser tratados como cosas valiosas -o al menos como animales de compañía. Pero el problema es que, bajo el capitalismo, somos tratados como mercancías.

Antes la burguesía acumulaba muchas cosas; ahora sólo los pobres conservan algunas pocas con vergüenza y aspiran precisamente a liberarse de ellas. Las cosas han desaparecido. Cuando algo está a punto de convertirse en una cosa, se corre al mercado a cambiarla por otra. Nada se rompe porque todo lo tiramos mientras aún sirve o funciona; nada llega a estar ausente porque no le damos tiempo para estar presente. El mercado capitalista constituye un “hombre nuevo” porque establece un lugar antropológico sin precedentes en el que todo lo existente -todas las criaturas, naturales y artefactas- se pueden reemplazar. De los costes ecológicos de esta ilusión de intercambiabilidad y reemplazabilidad (que se alimenta de recursos finitos y de un planeta diminuto e insustituible) se habla a menudo; lo que no se dice con tanta frecuencia es que, en un mundo sin cosas, en un mundo en el que los humanos no alcanzamos ni siquiera el rango de cosas, en el que nada nunca llega a romperse, todo se puede tratar por igual sin ningún cuidado. ¿Las parras, los ríos, los iraquíes? Son obstáculos para el mercado. ¿Los coches, los televisores, los trabajadores? Vamos, hermano, a comprar uno nuevo.

Todo nuestro universo mental y cultural está ya configurado por esta falta radical de cuidado que acompaña a la ilusión fundamental del mercado: la de que todo tiene solución. La publicidad no anuncia productos concretos sino el evangelio -la buena nueva- de esta curación universal: todo tiene arreglo y si usted tiene arrugas, estreñimiento, la piel seca, poco pelo, nadie le quiere, no le dan trabajo, es sólo culpa suya. Es duro ser pobre cuando uno sabe que con un poco de dinero podría dejar de serlo; es duro ser pobre cuando sabemos que podríamos ser incluso inmortales -y con nosotros toda la familia, que tampoco nos lo perdona- si hubiéramos hecho bien la compra.

Pero esta desaparición de las cosas no rige sólo el universo publicitario; también el cinematográfico. Lo que hay que reprochar al esquema de Hollywood no es que oponga de un modo excesivamente sumario el Bien al Mal. Yo también lo hago: para mí René, Antonio, Fernando, Gerardo y Ramón son los “buenos” y -por ejemplo- Kissinger, Bush y Cheney son los “malos”. Lo que tiene de engañoso, enfermizo y corruptor el esquema de Hollywood es su pretensión -puro reflejo del mercado- de que todos los conflictos tienen solución y todas las pugnas conciliación.

No es así: nos rompemos, nos morimos.

No es así: hay luchas en las que sólo puede haber un vencedor.

Porque nos morimos tenemos que cuidarnos los unos a los otros.

Porque el capitalismo nos trata sin cuidado, es necesaria la revolución.

¿Cuánto vale una vida humana?

Santiago Alba Rico - Rebelión

La Calle del Medio


¿Cuánto vale una vida humana? Una forma de calcularlo es la que utilizaron los abogados de la multinacional Union Carbide para fijar las indemnizaciones a las víctimas del desastre de Bhopal en 1984. Si la renta per capita de la India es (lo era en ese entonces) de 250 dólares mientras que la de los EEUU supera los 15.000, podemos concluir que el valor medio de una “vida india” es de 8.300 dólares mientras que el de una “vida estadounidense” asciende a 500.000. Las casas de seguro utilizan habitualmente este tipo de evaluaciones para aumentar sus márgenes de beneficios. Otra posibilidad, que juzgamos más bárbara, es la de esos sistemas “primitivos” de equivalentes que llamamos “venganza”. La forma más extrema es el Talión (“ojo por ojo, diente por diente”), aunque hay otras más benignas en distintos pueblos de la tierra que permiten cambiar una vida humana por cuatro ovejas o la pérdida de un miembro por un pedazo de tierra o una mujer en edad fértil.

En definitiva, cuando calculamos el valor de la vida humana solemos recurrir a “expresiones dinerarias”; es decir, a formas contables exteriores mediante las cuales tratamos de asir una cantidad inconmensurable: dinero, ganado, mercancías. Pero, ¿cuál es el valor del dinero, el ganado y las mercancías?

Como sabemos, David Ricardo y Adam Smith fueron los primeros en formular en el molde de una ley una relación que todos los pueblos aceptaban intuitivamente en sus trueques y mercadeos: la que asocia el “valor” de un objeto a una determinada combinación de Tiempo y Trabajo. Luego, Karl Marx afinó esta formulación sustituyendo “trabajo” por “fuerza de trabajo” e identificando el valor de una mercancía con “el tiempo socialmente necesario para su producción”. A partir de ahí Marx dedujo una forma objetiva y paradójica de explotación, independiente de los latigazos y los capataces, escondida en una cifra positiva y apetecible: el salario. Marx nunca olvidó la condición previa (“la fuente de toda riqueza es la naturaleza y no el trabajo”, corrigió a sus compañeros en el Programa de Gotha), pero digamos que elevó a categoría “científica” una cenestesia subjetiva elemental: la de que un objeto vale tanto más cuanto más tiempo y esfuerzo hemos dedicado a elaborarlo o fabricarlo.

El problema estriba en saber cuánto vale la mercancía llamada “fuerza de trabajo”; es decir, la vida humana trasladada al objeto. Para eso, Marx aplicó la lógica valor/trabajo y demostró que si una mercancía vale tanto como el trabajo socialmente necesario invertido en su producción, la “vida humana” vale tanto como el conjunto de las mercancías indispensables para su (re)producción: pan, calzado, un lecho, todo lo necesario, en fin, para renovar las energías físicas del trabajador, de manera que esté en condiciones, todas las mañanas, para emprender una nueva jornada laboral. El hecho de que el capitalismo (no Marx) calcule de esta manera el valor de la vida humana plantea un doble dilema, uno ético y otro lógico. El ético parece evidente, pues este “cálculo” (el de las mercancías básicas que permiten la reproducción de una vida desnuda) trata al ser humano como si fuera una mercancía más. Pero ilumina también una paradoja, en la medida en que esa mercancía se diferencia de las otras mercancías en que es la única cuyo valor se define estrictamente en el mercado. En efecto, mientras que el valor -digamos- de una mesa o de un carro procede de la “fuerza de trabajo” humana invertida en su producción (que es una “fuerza” exterior añadida a los procesos productivos), el valor de esa “fuerza” se fija en relación con las mercancías que ella misma ha producido.

Pero esta paradoja responde de algún modo a la pregunta fundamental: ¿no tiene el ser humano ningún valor propio, ningún valor autónomo? El capitalismo le reconocerá uno: precisamente su capacidad para “valorizar”, a través de la combinación tiempo/trabajo, la materia muerta o, lo que es lo mismo, para producir riqueza capitalista. La “fuerza de trabajo” es una mercancía peculiar que, lejos de consumirse con el uso, añade valor a las mercancías que produce. El resultado, lo sabemos, es que esta potencia mágica del ser humano para dar valor se traduce, en condiciones de explotación de clase, en una desvalorización radical del ser humano. Cuanto más valoriza lo que toca, más se desvaloriza él mismo y al final, precisamente porque es la fuente de todo valor, es la única mercancía que no vale nada. O sólo 8.300 dólares, como en el caso de los trabajadores indios asesinados por la Union Carbide.

En todo caso, creo que debemos renunciar a demostrar el valor autónomo de la vida humana. Si el ser humano vale algo debe de ser sin duda, al igual que en el caso de los objetos que produce, por algo que se le ha hecho a él . Los propios cristianos aceptan esta lógica como principio ontológico al identificar el carácter “sagrado” de la vida humana con un “trabajo” de Dios: un trabajo liviano, es cierto, completado en pocos días, pero que convierte la vida humana en un “producto divino”. ¿Y los ateos? Para los que no creemos ni en Dios ni en los cálculos capitalistas, ¿el ser humano no vale nada? El resultado de una sucesión de azares, de una acumulación de contingencias geológicas y químicas, ¿podrá ser destruido sin remordimientos ni pesar una vez se revele económicamente no rentable su existencia?

No, el ser humano tiene un valor inmenso y lo tiene, en efecto, porque es el resultado de un trabajo. Pero de un trabajo realizado fuera y antes del mercado; de un trabajo que han hecho siempre o casi siempre las mujeres: los cuidados. El cuerpo humano no es sagrado sino frágil y su fragilidad lo convierte en un objeto -lo contrario de una mercancía- cuya supervivencia depende de la atención ajena. Si no se puede matar sin horror a un ser humano, si su existencia es irreemplazable no es porque el ser humano tenga la capacidad de valorizar la materia muerta sino porque ha sido valorizado, despertado a la vida, por otro ser humano que casi siempre es una “mujer”: ha sido alimentado, limpiado, peinado, curado, acariciado, protegido por otras manos, en un trabajo entre cuerpos del que se desprende ese valor incalculable, inasible, sin equivalente, sobre el que se levantan la ética y el Derecho.

No cuidamos, en fin, los cuerpos humanos porque tengan valor sino que, al contrario, adquieren valor en la medida en que los cuidamos y los tocamos y los miramos; en la medida, en definitiva, en que los trabajamos. Por eso quizás hay más maltratadores masculinos que femeninos y por eso quizás hay tantas mujeres prisioneras de sus verdugos: porque es casi imposible no querer a aquél al que has lavado los calcetines y preparado la comida, aunque te maltrate, y es casi imposible querer, y casi imposible no maltratar, a quien has mirado poco, tocado mal y cuidado nunca. Es esto lo que une, en una intersección de paradójico desprecio, al capitalismo y al patriarcado: pues el capitalismo desvaloriza al trabajador que valoriza todas las mercancías y el patriarcado desvaloriza a la trabajadora que valoriza todos los cuerpos. Por eso, si es que queremos conservar la riqueza y la dignidad humanas (cuya fuente es una combinación de Trabajo y Tiempo) debemos librar una lucha doble y simultánea a favor de la independencia económica y de la dependencia recíproca.

¿Cuánto vale un ser humano? El tiempo que hemos trabajado en él. A eso los cursis lo llaman “amor”.

La miseria de la abundancia

Santiago Alba Rico - La miseria de la abundancia

A partir de la observación del historiador inglés Eric Hobsbawn, según la cual el verdadero acontecimiento del siglo XX habría sido el fin del neolítico, he tratado de exponer esta ruptura como un restablecimiento hiperindustrial de las condiciones más primitivas, como un retroceso sobrehumano al paleolítico. Veamos. Mientras ha durado el neolítico, hay algo muy básico, muy esquemático, pero en definitiva muy serio, que han compartido todas las sociedades de la tierra, con independencia de sus diferencias ideosincrásicas y de sus fricciones de sentido. Todas las sociedades de la tierra han aceptado que hay tres formas de tratar las cosas o tres clases de cosas, según se las aborde con la boca, con las manos o con los ojos. Digamos que mientras ha durado el neolítico todos hemos distinguido, más allá de las convenciones y arbitrariedades taxonómicas, entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar.

Las cosas de comer u objetos propiamente de consumo ciñen el reducto del hambre. Los "comestibles" o "consumibles" son aquellos entes que no llegan nunca a tener suficiente consistencia ontológica porque su aparición es casi simultánea a su desaparición; no llegan a ser cosas porque su cumplimiento es su destrucción y nunca llegan a salir, pues, de la naturaleza de la que proceden. El alimento es el medio inmanente de la supervivencia biológica y el hambre, siempre renovada, siempre ilimitada, siempre encima del objeto, siempre con el objeto dentro, siempre rápida, siempre imparable, siempre individual, siempre presente, define el ámbito de los ciclos y repeticiones naturales, del trabajo penoso y la reproducción sexuada contra el que los griegos trataron de construir un espacio público. Para los griegos, en efecto, la ausencia de límites asociada a la pura supervivencia (apeirón) era subhumana, impropia de una "vida buena", y la confinaban por eso en el gineceo y en la ergástula, lugares de la pura reproducción de la vida a partir de los cuales imaginaron los castigos infligidos a los condenados en el Hades (Sísifo, Tántalo, las Danaides, Erisictión). Al contrario que el arte o la política, el hambre es privada (idiotés) y no ocupa ni reclama ningún espacio común. Para que una manzana esté en algún lugar hay que pintarla; para que esté fuera y podamos verla hay que dedicarle un poema. Ver es renunciar a comer. Comunicarse es renunciar al canibalismo. En su sentido más amplio -guerra, sexo, alimento-, el hambre es la victoria de lo que Freud llamaba el ello.

Las cosas de usar u objetos fungibles son el resultado y la causa de una mediación entre el hombre y la naturaleza a partir de la cual el flujo biológico se convierte propiamente en un "mundo"; es decir, en una exterioridad frente a la cual el hombre toma conciencia de sí mismo. Los instrumentos salidos de la mano y los utensilios que producen, dotados de forma, introducen depósitos materiales de memoria y proyectos organizados que mantienen al hombre en una perspectiva temporal continua en ambas direcciones. Usar un objeto es recordar con los dedos el conocimiento y las relaciones sociales -cristalizadas en tradiciones, enseñanzas y ceremonias comunes- que lo han producido y que él determina. Pero usar un objeto es olvidar también su presencia objetiva y que este olvido, fruto de la proximidad del cuerpo, lo desgaste, lo erosione, lo envejezca. En otras sociedades el uso, que devuelve lentamente el objeto a la naturaleza de la que procede, aprecia y valoriza -como soporte de personalidad añadida- el objeto usado.

Tenemos finalmente las cosas de mirar o "maravillas" (del latín mirabilia, literalmente "cosas dignas de ser miradas"). Todos los pueblos de la tierra han decidido colectivamente, en una especie de plebiscito cultural ininterrumpido, renunciar a comerse y al mismo tiempo inutilizar ciertos objetos que por esto mismo, en algún sentido, religiosos o no, tendrán un valor sagrado: objetos de culto, edificios públicos, monumentos, obras de arte y también criaturas de la ciencia (desde los números a las estrellas). Al contrario que las cosas de comer o las de usar, las maravillas no están aquí, no están en mí, sino ahí, lejos del alcance de la boca y de las manos. Que no estén al alcance de la boca ni de las manos no significa que estén sólo al alcance de la mente; al contrario, si están al alcance de la mente es porque, estando ahí y no aquí, están al alcance de todos. Eso es lo que quiere decir el bellísimo y rotundo verbo impersonal "hay" (el "había una vez" con el que todo cobra existencia en los cuentos), fuente de toda objetividad y de toda comunidad. La importancia del monumento no estriba en su significado histórico sino en que genera la distancia a partir de la cual podemos mirarlo; la estatua produce la plaza, funda el espacio donde se reúnen los hombres, se reconocen recíproca existencia y se conceden el mínimo de igualdad y de diferencia para el intercambio. A partir del "hay", por oposición al "fluir", se construyen los "símbolos", en su sentido griego original; es decir, la posibilidad del contrato, la comunicación y la copertenencia: la posibilidad misma de todo conocimiento y de todo acuerdo.

Las "maravillas", que nos detienen en el camino, son la garantía última contra el solipsismo; su sola existencia al alcance de la vista presupone las condiciones de una estructura mental compartida, de un espacio público mental en común; a partir de esas condiciones se podrá o no hacer política, pero sin ellas -sin las maravillas- toda política (buena o mala), como toda cultura (mejor o peor), será sencillamente imposible. Es a eso, en términos muy groseros, a lo que Kant llamaba "juicio".

Pues bien, el capitalismo es el primer orden económico-social que no reconoce esta diferencia. Es la primera sociedad de la tierra que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar. Es la primera sociedad históricamente conocida que trata por igual una manzana, un hombre, un martillo y una catedral. Es el primer régimen de producción e intercambio que convierte todos los entes por igual –pan, coches, semillas, ciudades y las propias imágenes de estas cosas- en comestibles. Es a esto a lo que llamamos “privatizar” la riqueza; es decir a idiotizarla –según la etimología griega- a la medida del hambre, siempre inmanente y circular. Es a esta locura a lo que llamamos “consumo” como característica paradójica de una civilización que se juzga a sí misma en la cima del progreso: comerse una mesa, comerse una casa, comerse una estatua, comerse un paisaje. Pero una sociedad que no distingue entre cosas de comer, cosas de usar y cosas de mirar, porque se las come todas por igual, es una sociedad primitiva, la más primitiva que jamás haya existido, una sociedad de pura subsistencia que necesita convocar toda la riqueza del mundo y emplear todos los medios tecnológicos –ellos mismos objetos de consumo- para su estricta y desnuda reproducción biológica.

La indiferencia, insuficiencia e ilimitación del hambre se materializa en la forma mercancía, cuya máxima perfección exige que la aparición y desaparición del objeto coincidan en un solo acto. Las armas, mercancías ideales que sólo pueden usarse una vez o cuyo uso tautológico –más aún- puede consistir en su pura acumulación ilimitada, son el metron o medida de todas las mercancías; la aceleración del proceso de renovación del mercado, la velocidad creciente del vaivén acumulación/destrucción, con el lubricante de la obsolescencia inducida, convierte todas las cosas en puros pasajes o transiciones inasibles para el uso. En este sentido la semilla Terminator de la casa Monsanto cumple y simboliza el destino natural de toda mercancía como un mondo vehículo de autodestrucción. Pero al mismo tiempo las armas, que destruyen lo que miran y al mismo tiempo que lo miran, son también la medida del consumidor hiperindustrial: el consumidor destruye con los ojos el objeto de su deseo y la mirada se convierte así en un puro órgano de digestión. El filósofo francés Bernard Stiegler ha llamado la atención sobre la hegemonía de los objetos temporales sobre los objetos espaciales en el horizonte de una percepción dominada por la industria de la reproducción de imágenes (televisión, informática, el acontecimiento en tiempo real), pero no se trata, a mi juicio, de un simple desdoblamiento fantasmático sino de una radical desontologización del mundo. No es que los objetos temporales dominen sobre los espaciales sino que los objetos espaciales, transformados todos en mercancías y sometidos a una aceleración secuencial vertiginosa –un empujón temporal a su finitud- han acabado por devenir todos ellos objetos temporales: las mesas, las catedrales, los teléfonos, las lavadoras, los cuerpos mismos, pasan, como las notas de una melodía. No es que las imágenes hayan acabado por desplazar a las cosas sino que las cosas mismas, renovadas a una velocidad incompatible con el uso y con la mirada, se vuelven todas ellas imágenes: imágenes de sí mismas que desfilan y sucumben –aparición/desaparición- a un ritmo acelerado, como en una secuencia de cine. Una imagen no es más que una cosa acelerada, perecida, comida, y las imágenes televisivas son en realidad imágenes de imágenes exteriores, de manera que la lavadora o el teléfono móvil se ofrecen como publicidad de sí mismos, y no como objetos de uso, y la publicidad de la lavadora o del teléfono móvil, orientada a seducir la mirada, es sólo un comestible más. La utopía amorosa de la mística y militante Simone Weil, según la cual “más allá del cielo, en el país habitado por Dios, comer y mirar serían una misma operación”, la ha hecho realidad también el capitalismo, como todas, y una vez más volteada, torcida o pervertida, como una maldición y no como una gracia. Simone Weil pensaba en un alma con labios; el capitalismo ha construido una mirada con dientes que se come también con los ojos, desprovistas radicalmente de existencia, las imágenes que previamente se ha comido con la boca. La realidad no ha sido derrocada en la televisión sino en el mercado.

Las mercancías son, pues, armas de destrucción masiva, armas que se autodestruyen en el acto mismo de su nacimiento y que destruyen así tanto la “cosa” que llevan dentro como al hombre que la ha producido. Una sociedad de consumo no es una sociedad de intercambio generalizado, como se dice, sino de destrucción generalizada. Una sociedad de consumo no es una sociedad de abundancia, como se pretende, sino una sociedad de miseria total. Su propia necesidad de producción ilimitada y su propia incapacidad para hacer diferencias la convierte en la primera sociedad de la historia sin cosas y, por lo tanto, en lo contrario de un “mundo”. El capitalismo es un nihilismo

Santiago Alba Rico: 3 artículos

¿Qué es una crisis capitalista?

Veamos en primer lugar lo que no es una crisis capitalista.

1. Que haya 950 millones de hambrientos en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

2. Que haya 4.750 millones de pobres en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

3. Que haya 1.000 millones de desempleados en todo el mundo, eso no es una crisis capitalista.

4. Que más del 50% de la población mundial activa esté subempleada o trabaje en precario, eso no es una crisis capitalista.

5. Que el 45% de la población mundial no tenga acceso directo a agua potable, eso no es una crisis capitalista.

6. Que 3.000 millones de personas carezcan de acceso a servicios sanitarios mínimos, eso no es una crisis capitalista.

7. Que 113 millones de niños no tengan acceso a educación y 875 millones de adultos sigan siendo analfabetos, eso no es una crisis capitalista.

8. Que 12 millones de niños mueran todos los años a causa de enfermedades curables, eso no es una crisis capitalista.

9. Que 13 millones de personas mueran cada año en el mundo debido al deterioro del medio ambiente y al cambio climático, eso no es una crisis capitalista.

10. Que 16.306 especies están en peligro de extinción, entre ellas la cuarta parte de los mamíferos, no es una crisis capitalista.

Todo esto ocurría antes de la crisis.

¿Qué es, pues, una crisis capitalista?

¿Cuándo empieza una crisis capitalista?

Hablamos de crisis capitalista cuando matar de hambre a 950 millones de personas, mantener en la pobreza a 4700 millones, condenar al desempleo o la precariedad al 80% del planeta, dejar sin agua al 45% de la población mundial y al 50% sin servicios sanitarios, derretir los polos, denegar auxilio a los niños y acabar con los árboles y los osos, ya no es suficientemente rentable para 1.000 empresas multinacionales y 2.500.000 de millonarios…


Santiago Alba Rico: El agujero blanco

Santiago Alba Rico - Rebelión

En el centro de Madrid, la ciudad más frívola y regañona del mundo, hay un agujero blanco que amenaza con convertir en una alucinación el Parlamento, el estadio Santiago Bernabeu y El Corte Inglés. ¿Es una revolución? De momento es sólo (¡sólo!) una inversión espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; una costura de realidad intensa en un inmenso desgarrón sin sentido; el punto suelto a partir del cual se podría poner del revés -del izquierdo- el calcetín del universo. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilización. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanización, la escritura, la razón. Así avanza la humanidad. En el corazón de la selva se abre hueco una ciudad. Madrid está asediada desde dentro; está cercada desde el interior. Al tumor gigantesco le está creciendo un cuerpo; le está brotando un pulmón; le ha salido un bultito de salud.
Desde hace dos semanas Madrid -como otros lugares de España- es una ciudad doble. Para los extranjeros que ya la conocíamos, llegar a la Puerta del Sol desde la Plaza Jacinto Benavente o desde la calle Preciados es como romper y atravesar el cartón pintado que nos separa del espacio mismo. Por un pasillo de imágenes publicitarias (“hoy estoy más guapa que nunca”, “prometo ser joven para siempre”, “el mundo cambia cada 20 segundos; cambia tú con él”) se desemboca abruptamente en la realidad. El espacio -la condición misma de la sensibilidad común- no existe en todas partes y no existe casi nunca; de hecho, el capitalismo consiste socialmente en impedir su cristalización, en abortar de raíz cualquier abertura, en destruir toda forma de yuxtaposición a la intemperie. “Espacio” no se dice de cualquier sitio; se dice sólo de aquellos lugares que hemos conquistado, de los que nos apropiamos ininterrumpidamente mediante el trabajo, de los que marcamos con nuestros manos y nuestras letras, de aquellos cuyo origen podemos recordar y relatar y cuyo destino podemos modificar. Bajo el capitalismo, el espacio mismo -como los elefantes, las cabinas telefónicas y los regalos- es cada vez más una rareza. Ocurre de milagro, algunas noches, entre dos cuerpos desnudos. Pero habitualmente no nos movemos en el espacio, no ocupamos ningún espacio, no tenemos propiamente espacio. La Puerta del Sol, con sus colinas de lona azul y su crepitar de papeles, desconcierta sencillamente porque se puede medir. Porque está bajo el cielo. Porque aparece. Comparece. Y hasta parece. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre- se destiñe y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparación; está radicalmente deslegitimada por su radical falta de espacio. ¿Cómo va a ser democrática una ciudad en la que ningún ser humano y ninguna cosa tienen sitio, tienen su sitio? “Un polvo cada cuatro años no es vida sexual; un voto cada cuatro años no es democracia”, declara un cartel en la plaza. “Error 404, democracia not found”, anuncia otro. El espacio, como la democracia, es sobre toda una decisión colectiva; un compromiso reiterado del cuerpo con su entorno. Por eso un Parlamento puede no ser un espacio; y por eso una plaza puede convertirse a veces en un Parlamento. La Puerta del Sol está llena de gente por una razón muy sencilla: porque, al contrario que el resto de la ciudad, es -oh maravilla- un lugar.
Bajo el capitalismo, el espacio “ocurre” de milagro. Bajo el capitalismo, el movimiento del 15-M sólo puede ocurrir “de milagro”. En general pensamos que “milagro” es todo aquello que se produce en contra de las leyes de la naturaleza. Pero bajo el capitalismo nada sucede de manera natural. ¿Semillas estériles? ¿Casas vacías y gente sin techo? ¿Abundancia e insatisfacción? ¿Pueblos descontentos y al mismo tiempo sumisos? Bajo el capitalismo hace falta precisamente un milagro para que se cumplan de vez en cuando las leyes de la naturaleza: para que las frutas maduren, para que los amantes encuentren una cama limpia y libre, para que los ladrones no sean recompensados, para que a los trabajadores no se les amputen los brazos. ¿Es extraño que, tratados como niños, despreciados, privados de trabajo, subcontratados, sin casa y sin futuro, sobornados y reprimidos, los jóvenes se rebelen contra el “sistema”? Es natural; es un milagro. Lo propio de la juventud no es rebelarse contra los mayores sino rebelarse contra la infancia, en la que el capitalismo trata de retenernos a todos con una combinación de golosinas y reformas laborales. Lo verdaderamente inesperado del movimiento 15-M es que restablece los procesos naturales. ¿Qué reclaman los jóvenes? Su derecho a ser adultos. Entre el Carrefour y la televisión, entre la Warner y Belén Esteban, entre el populismo de las marcas y el de los políticos, la reivindicación de “mayoría de edad” es la más radical, la más revolucionaria, la más política que puede imaginarse.
Madrid es, sí, una ciudad doble. No nos engañemos. En una de sus mitades, la falsa democracia introduce efectos reales desde el Parlamento, el Ayuntamiento y la Comunidad. En la otra, la democracia real peina y despioja el aire; embellece el viento. ¿No introduce ningún efecto? La emancipación recíproca de estas dos ciudades, que se desarrollan en paralelo sin apenas roces (una vez descartada la intervención policial), facilita la inmensa levadura de una “ilusión constituyente” que se expande, más allá de Sol, por Jacinto Benavente, la plaza de Carmen, Ópera y Montera. Decenas, centenares de jóvenes -y no tan jóvenes- ocupan en corro las aceras, pegan pizarras de papel en los árboles o en los escaparates de El Corte Inglés, se educan, se respetan, imaginan en todo detalle una alternativa al “sistema” que quiere convertirlos en mercancías. Redactan una constitución. La liberan en la atmósfera. La hacen galopar sobre los árboles. ¿Nada? El ejercicio de la seriedad, de la madurez democrática, del debate político, ¿no es nada? ¿La belleza de un cuerpo o de un poema mejora nuestra vida y la belleza de la democracia viva -la belleza kantiana de la sensibilidad común- no nos deja ninguna huella? En los corros de las plazas, donde se discute sobre enseñanza, economía y cultura, todas las asambleas de las comisiones comienzan con la advertencia: “No nos demos prisa; tenemos todo el tiempo del mundo”. No es verdad, no lo tenemos, pero esta declaración, como la reivindicación del derecho a la “madurez”, es la subversión misma de la lógica que domina el intercambio de mercancías, la televisión y la guerra. Durante horas y horas, jóvenes formateados por el consumo, aislados y desiderativos, ajenos desde el nacimiento a toda noción de colectividad y organización, han permanecido bajo el sol, en vilo, sin cambiar de postura sobre el suelo, conscientes de pronto de que ningún polvo, ninguna lanzadera, ninguna telenovela, ningún programa de televisión, ninguna droga de diseño, es tan apasionante e interesante como una asamblea.
Más acá de la belleza misma, más allá del aprendizaje acelerado y de la ralentización de Madrid (que flota vertiginosamente a la deriva), la ilusión constituyente de decenas de miles de personas reunidas en una plaza ha constituido ya su propia legitimidad. Todo poder, a condición de que sea lo suficientemente grande, es fundacional (y por lo tanto disolvente). El de Sol lo es. A su lado, la otra ciudad -en la que han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre- se destiñe y decolora muy deprisa; no se sostiene; no aguanta la comparación; está radicalmente deslegitimada por su radical falta de realidad. ¿Ningún efecto? Las movilizaciones y asambleas de estos días, constituyentes de su propia legitimidad, "desconstituyen" el poder que denuncian y al que se oponen. Pase lo que pase, el Parlamento y El Corte Inglés son ya casi una alucinación; se desvanecen en el aire; tienen de pronto algo inconsistente y espectral. El movimiento 15-M ha golpeado la línea de flotación misma del sistema; y el sistema ha acusado el golpe y se ha asustado. Y eso -como la fórmula de la relatividad o la composición de Las Meninas- es inolvidable para la humanidad.
Todos los poderes constituyentes surgidos de la movilización cabalgan siempre la urgencia de la utopía. Y las utopías siembran, activan, tropiezan en paradojas. En este caso -paradójicamente, sí- la utopía revolucionaria del 15-M invoca una especie de tiranía de la no-confrontación. Los sueños de transformación radical asumen en la asamblea general de Sol el lenguaje y el contenido de los discursos políticamente correctos: respeto, responsabilidad, convivencia, consenso, conceptos que se traducen también en ese código gestual, sumariamente plebiscitario, con el que aprueba o condena la multitud las intervenciones de los oradores. Es interesante reparar en este impulso. Las democracias capitalistas han insistido en “educar en valores” porque pretenden ser democracias; pero no pueden dejar de violarlos (los valores) porque son capitalistas. ¿Respeto guerrero? ¿Responsabilidad corrupta? ¿Convivencia explotadora? ¿Verdad mentirosa? ¿Consenso asesino? ¿Honestidad ladrona? Lo normal habría sido que esta hipocresía estructural hubiese inutilizado para siempre los valores mismos y que los jóvenes hubieran dejado de creer al mismo tiempo en el capitalismo y en la democracia. Pero como para dar la razón a Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, y con una lucidez inesperada, los jóvenes del 15-M se han apoderado del lenguaje políticamente correcto que invocan y patean los políticos y se lo han tomado en serio contra ellos. “Seamos imposibles”, dice una pancarta que invierte el famoso eslogan del 68, “pidamos realismo”. La spanish revolution no es ni postmoderna ni prefascista: es ingenuamente ilustrada. Es radicalmente moderada. Ha entendido precisamente que la utopía está del otro lado, allí donde se pretende ser honesto y capitalista, responsable y bombardeador, pacífico y millonario, y que en ese marco de hipocresía estructural la verdadera utopía es la del realismo, la de pedir cosas sencillas, naturales, normales, sensatas. Mientras el capitalismo materializa criminalmente los sueños, la asamblea de Sol sueña colectivamente pequeñeces de sentido común.
Pero la utopía de la no-confrontación se enreda enseguida en paradojas.
El movimiento 15-M es apartidista. Las siglas, las banderas, las filiaciones ideológicas están excluidas de Sol con la fuerza represiva (casi forclusiva) de un tabú. Es inquietante y a veces irritante. Es también injusto con los jóvenes -o no- que llevan años luchando dentro de organizaciones extraparlamentarias y que ahora ven penalizado, en vez de reconocido, su tesón. Pero forma parte de la levadura misma de la movilización contra una pseudo-democracia que no puede distinguir entre partidos, todos ellos orgánicamente funcionales a su reproducción. Y tiene una dimensión muy bonita, una conmovedora potencia revolucionaria. El tabú de las filiaciones suspende e invierte de hecho, en la acampada de Sol, en el trato recíproco entre los acampados, en el seno de las comisiones y en las discusiones de la asamblea, el principio de desconfianza vigente en la sociedad exterior. El mandamiento “confía sólo en los conocidos” se transforma en su contrario, y en forma también imperativa: “sólo podemos confiar en los desconocidos”. Sólo cualquiera puede hablar en las asambleas, sólo cualquiera puede ser escuchado, sólo cualquiera tiene autoridad para hacer una propuesta. Es difícil no emocionarse ante esta decisión radical de impersonalidad y universalidad que reivindica la objetividad de los discursos (junto al derecho de todos a ser amados y bien tratados) y que, en un contexto de activa desconfianza hacia los partidos, permite a los militantes de izquierdas enunciar sus argumentos sin prejuicios ni resistencias.
La consecuencia natural de esta utopía de la no-confrontación, que iguala a todos los desconocidos, es la voluntad de consenso. Pero reprimir la confrontación en una asamblea abierta y universal convocada contra la otra ciudad -donde han ganado las elecciones Gallardón y Esperanza Aguirre y donde Rubalcaba embrida a sus policías-; forcluir las filiaciones ideológicas en un mundo en carne viva, dividido por intereses de clase y de facción, entraña muchos riesgos. El consenso entre 5.000 desconocidos -principio rector de las asambleas generales de Sol- aboca a la exclusión de todas las propuestas radicales, frente a las cuales cuenta más un veto que 4.999 votos. Cualquier desconocido, digamos, puede impedir un acuerdo. Y esta paralización, a su vez, sólo puede ser conjurada rebajando el contenido de las propuestas y aumentando el nivel de manipulación, populismo y liderazgo de los moderadores asamblearios. El consenso, concebido como el instrumento más radicalmente democrático, acaba conduciendo paradójicamente a la in-decisión y la demagogia. La confrontación con el enemigo es inevitable; y la unión con el compañero está mejor garantizada, como sugiere Ernest Favil en una de sus magníficas crónicas, por el derecho al voto que por el derecho al veto.
Utopías y paradojas. Como los levantamientos populares en Túnez y en Egipto, el movimiento 15-M demuestra que lo propio de la libertad es ponerse límites a sí misma; que lo propio de la espontaneidad es organizarse. “Por un mundo más organizado y menos ordenado”, dice una consigna de Sol. Contra toda la propaganda interesada, contra todas las pretensiones de un caos original, los jóvenes de la acampada -de las acampadas en toda España- han demostrado que lo más profundo, lo más espontáneo, lo más original es la disciplina y la organización y que hace falta mucha violencia para desordenar el mundo. Pero la paradoja de la espontaneidad es que, abandonada a su propio impulso, resulta demasiado organizada. La espontaneidad es tan disciplinada, meticulosa, clasificatoria y reguladora que, si no es reprimida, desemboca en una hipertrofia burocrática. Como extranjero interesado en el movimiento, traté una tarde de trazar el organigrama de las comisiones y grupos de trabajo (Respeto, Comunicación, Coordinación Interna, Alimentación, Infraestructura, Economía, Cultura, Pensamiento a Largo Plazo, Espiritualidad, Medioambiente, Feminismo, Migración y Personas, etc.). Fue imposible. No hay ningún gobierno del mundo que tenga tantos ministerios, secretarías de Estado y departamentos como la Asamblea de Sol. Se ha creado ya una Comisión de Comisiones y, fruto de la opacidad burocrática, ha habido que poner en marcha una auditoría contra la comisión de Comunicación. Todo ello debería hacernos reflexionar quizás sobre esta relación de recíproca excitación entre espontaneidad organizadora y frondosidad burocrática. Lo espontáneo es la organización; y lo más espontáneo, apenas se complican las relaciones, es la burocracia. Frente a ella y como principio político libertario, es necesario -otra paradoja- introducir instituciones estables. La Puerta del Sol, con sus irregulares colinas de lona y su crepitar de papeles, es el primer asentamiento de la civilización. Es el paso de nuevo al sedentarismo, la agricultura, la urbanización, la escritura, la razón. Espontáneamente ha recorrido en quince días todas las estaciones de la evolución humana. Pero este proceso emocionante y rapidísimo nos enseña también que para detenerse hace falta más disciplina que para dejarse llevar por la disciplina.
Y está el amor. No hablo de la comisión de Espiritualidad ni de la subcomisión de Abrazos Forzados, de la que hay que huir como de la peste. La única cosa que debe ser verdaderamente espontánea es un abrazo y no hay ninguna diferencia entre imponer una caricia o imponer un látigo. Pero el amor es central en la acampada de Sol, como lo fue en la plaza de Tahrir en El Cairo o en la Qasba de Túnez. Lo espontáneo es, sí, la organización; y lo espontáneo, apenas uno se siente parte de otro cuerpo, es la solidaridad, la paciencia, la delicadeza, la atención, el cuidado, el sacrificio, los buenos modales. Lo dijo Aristóteles hace 23 siglos: “lo propio del enamorado es sentirse y querer ser bueno”. Hay que cambiar el mundo, “desordenarlo” mucho, para que nos volvamos organizados; hay que cambiar el mundo, “desordenarlo” mucho, para que nos sintamos y queramos ser buenos. Toda revolución es un enamoramiento colectivo que, al mismo tiempo que transforma las formas de gobierno, transforma el marco de la sensibilidad común. Eso también es política. De ese “hombre nuevo” que preconizan los revolucionarios todos los hombres viejos han tenido un atisbo aislado -un chispazo- dos o tres veces en su vida. Es lo más viejo del mundo y sólo se trata, paradójicamente también, de crear las instituciones que lo desmientan y lo conserven. Estar enamorado de todos al mismo tiempo es algo que un cuerpo humano sólo puede hacer durante quince días; bendito sea el amor que demuestra que el amor es posible; bendito sea el amor que impugna en una plaza el pesimismo antropológico de los liberales y los banqueros; bendito sea el amor que se presenta, cuando menos se lo espera, como el logos primero. Pero no basta. Hay que ir más allá. Ahora de lo que se trata es de derrocar el gobierno, los gobiernos capitalistas, para que gobierne el amor. Cuando gobierne, es verdad, ya no será nuestro amor sino nuestro gobierno y no estaremos enamorados de él (¡Dios nos libre!), pero podremos exigirle que deje madurar las frutas, que permita encontrarse a los amantes en una cama limpia y libre y que garantice a los trabajadores el uso de sus brazos y de su inteligencia. Cada cierto tiempo, en una sacudida, todos debemos recordar el amor, lo más antiguo y generador que existe; pero nuestra bondad de enamorados, nuestra libertad de adultos ilustrados, si quiere decidir el destino del mundo, debe volcarse y olvidarse en un buen gobierno. A ese gobierno, cuando lo hayamos constituido, habrá que recordarle de vez en cuando -porque será reformable- que el único tirano ante el que nos inclinamos, y ante el que deben inclinarse todos los poderes, son el amor primero y la razón común.
Para conservar el amor y el deseo de ser buenos, para conservar el asambleísmo y la democracia real -amenazadas ya por la fatigosísima espontaneidad organizadora- quizás ha llegado el momento de abandonar la Puerta del Sol. ¿Quiénes están allí? Un poco todos: desempleados que por primera vez se sienten útiles, hippies enganchados a la felicidad del instante, militantes de todos los colores aferrados a la oportunidad de su vida, jóvenes sin futuro que pasaban por allí y quedaron absorbidos para siempre en el agujero blanco. Todos sienten lo mismo. Son los nuestros; somos nosotros. Es difícil renunciar al único lugar del mundo; es difícil renunciar al amor; es difícil renunciar a una experiencia que nadie preparó y que nadie puede asegurar que se repita. Es un riesgo partir; pero es un riesgo quedarse. Como extranjero de paso, yo mismo siento la fortísima nostalgia -como me ocurrió en la Qasba- de esta inversión espacial, material, tangible, diminuta, de la marcha mental del mundo; de esta costura de realidad intensa en un inmenso desgarrón sin sentido; de este punto suelto a partir del cual se podría poner del revés -del izquierdo- el calcetín del universo. Pero la victoria ha sido tan grande -el poder fundacional de otra legitimidad que decolora el Parlamento y El Corte Inglés- que quizás, si se quiere seguir adelante, radicalizar y politizar de verdad el movimiento y fundamentar una alternativa, es necesario apostar por los Soles de los barrios y los pueblos, por el trabajo constituyente de las comisiones y los grupos de trabajo y por la coordinación a nivel estatal e internacional. El momento antropológico fundacional -el recuerdo de ese amor primero, el poder de los muchos- debe dejar paso ya, aún a riesgo de perderse, si no quiere perderse, a una política que plantee las modalidades y las estrategias de la inevitable confrontación. Porque lo que es seguro es que habrá que volver, quizás todos los meses, como ya se ha propuesto; y entonces necesitaremos más poder, más amor y más propuestas.
Es increíble. Incluso en los tiempos de facebook y twitter, lo que caracteriza a una revolución es que sacraliza los nombres; es decir, los convierte en espacio. Los pone en el espacio. En la época de los no-lugares -los pasillos rápidos de las mercancías y los turistas- las revueltas contra la tiranía reconstruyen rápidamente los lugares, esas decisiones colectivas de tres dimensiones. Muchos pasillos han vuelto a ser lugares en los últimos meses: Tahrir, La Qasba, La Perla, Puerta del Sol, Plaza de Catalunya, Plaza Sintagma, La Bastilla.
El sol es un agujero blanco; sigamos agujereando de luz las noches del mundo.

Metáfora sobre el capitalismo


"En Portopalo, un pueblecito costero de Sicilia, los pescadores echaban sus redes al mar y sacaban cadáveres; al principio completos, con ojos y cara y todo; después descompuestos o comidos por los peces; luego ya sólo huesos o metonimias duras, briznas de ropa y zapatillas viscosas. Durante meses y meses, los pescadores de Portopalo sacaban cadáveres en sus redes y, tras separarlos de los sargos y rodaballos, los devolvían al mar con la basura.

Quizá les resultaba más fácil porque, como bien demostraba su tez cetrina, no eran «cristianos» como ellos, pero en todo caso no lo hacían por maldad o con desprecio: presionados por la ley del mercado y la competencia japonesa, no podían perder una jornada de trabajo. Durante meses y meses devolvieron los cadáveres al mar y en Portopalo todo el mundo lo sabía. El cura, el alcalde, los carabinieri, todos en el idílico pueblecito lo sabían y todos callaban, en un pacto de silencio que aseguraba, por encima de razones humanitarias y sagradas tradiciones funerarias, la supervivencia confortable de las familias, dependientes del turismo y de la pesca.

Y así el mayor naufragio de la historia de Europa tras la Segunda Guerra Mundial era repetido todos los días, una y otra vez, por los habitantes de Portopalo, que una y otra vez devolvían los cuerpos de las víctimas al mar en el que habían perdido la vida; y todos los días—en un esfuerzo reiterado que formaba ya parte de su trabajo—sumergían su memoria bajo las aguas."

Extraído de Capitalismo y Nihilismo. Dialéctica del hambre y la mirada. Santiago Alba Rico.