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El Patriarcado


Según Gerda Lerner la constitución del Patriarcado tendría lugar mediante un proceso que se alargó desde el año 3100 al 600 a. De C.

Era lógico que en los orígenes las mujeres ejercieran distintas funciones que los hombres, debido a sus capacidades reproductoras y de crianza, pero eso no las hizo inferiores. Eran recolectoras, poseían importantes conocimientos de plantas, de ecología, de raíces y de sus propiedades alimenticias y medicinales, amén del prestigio que gozaban como reproductoras de la especie.

Más probable es que el desarrollo de la guerra entre tribus durante periodos de escasez económica propiciar el ascenso del poder masculino a través de los triunfos militares. Las guerras son las que dan poder a los hombres sobre otros hombres y sobre todas las mujeres. Es entonces cuando se inicia el intercambio de mujeres con otras tribus como compensación por la derrota o bien el rapto de mujeres pera atender las necesidades vitales de los grupos diezmado por las guerras. En los primeros intercambios fueron las propias mujeres las que colaboraron e incluso las que organizaban las bodas sin prever los resultados finales.

Estos intercambios hicieron que la capacidad reproductora de las mujeres fuera cosificada y que se pasara de estructuras matrilocales a sociedades patrilocales: es la mujer la que es transferida, no el varón. El varón dentro de otra tribu podría resultar un enemigo, no así la mujer ligada a su prole. De este modo, las sociedades más complejas comenzaron a presentar una división del trabajo no basada únicamente en las diferencias sexuales, sino jerárquicas, instituyéndose también así la esclavitud. Es el inicio de los Estados arcaicos, cuyo signo distintivo es la dominación.

Los hombres eran explotados principalmente como trabajadores, pero las mujeres empezaron a ser explotadas como trabajadoras, como prestadoras de servicios sexuales y como reproductoras, lo cual dio origen a un tipo específico de dominio y de sometimiento.

Ya instituido este orden, resultaba que la dependencia del cabeza de familia del rey o de la burocracia estatal se veía compensada por la dominación que ejercía sobre su familia, como podemos comprobar en las recopilaciones jurídicas mesopotámicas.

Así pues, la nueva familia se convierte en la pieza clave que mantiene toda una estructura jerárquica de dominación, no sólo patriarcal, sino paternalista. El dominado cambia sumisión por protección, trabajo no remunerado por manutención. Los únicos privilegios entonces los que algunas mujeres podían aspirar consistían en pertenecer a una clase superior susceptible de dominar a hombres y mujeres de otra inferior, pero nada más.

La fidelidad a este orden impuesto se aseguró por la hegemonía masculina en la creación de símbolos, a través de los cuales los humanos nos comunicamos y conocemos. Y esta hegemonía se afirmó por dos imposiciones: la privación de educación para las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones.

“Solo se pueden generar ideas revolucionarias cuando los oprimidos poseen una alternativa al sistema de símbolos y significados de aquellos que los dominan”

Gerda Lerner

Extraído del libro ‘Matria. El horizonte de lo posible’ escrito por Victoria Sendón de León.

Ecosofía: el decrecimiento. Nuestra única posibilidad

Luis Tamayo Perez - La Jornada Morelos

Se realizó en el local de la organización Caminemos juntos, el seminario: Para impulsar el descrecimiento en México, organizado por la Red ecologista autónoma de la cuenca de México (Ecocomunidades) animada por el Miguel Valencia Mulkay y con la participación de intelectuales de la valía de Jean Robert, Víctor Toledo, Braulio Hornedo, David Barkin, Jaime Lagunez, José Arias, Rafael Huacuz, Roberto Ochoa, Adriana Matalonga y Roberto Vidales.

El objetivo central de nuestro seminario es pensar alternativas al crecimiento desaforado y depredador que sufren las sociedades humanas (y la nuestra en particular), el cual ha conducido a la catástrofe medioambiental moderna.

A pesar de que Heidegger, desde 1927, sostuvo, en El ser y el tiempo, que el hombre que somos era al par “ser-en-el-mundo”, es decir, que el mundo nos es consustancial, la humanidad continua considerando a su entorno ajeno y, por ende, lo depreda sin piedad. La tierra ya no es “nuestra madre” ni el resto de los seres vivos “nuestros hermanos”. Ahora son, simplemente, “recursos” o “mercancías”.

A consecuencia de nuestra economía depredadora, nuestro planeta se deteriora de una manera acelerada. El uso indiscriminado de hidrocarburos, la “revolución verde” (incremento de la producción agraria gracias al uso masivo de fertilizantes y pesticidas inorgánicos) y la aplicación del modelo productivista en la ganadería (cría de ganado bovino, porcino y aviar) se han revelado, con el paso de los años, más que bendiciones, en callejones sin salida que envenenan la atmósfera y el agua, que hacen estériles los suelos y envenenan nuestros alimentos.

A pesar de ello, es habitual encontrar a nuestros economistas y gobernantes sosteniendo que un desarrollo económico siempre positivo para sus naciones es deseable y posible. Fue necesario que llegara el economista inglés Kenneth Boulding para que abriera nuestros ojos al decirnos que “cualquiera que crea que el crecimiento exponencial es posible para siempre en un mundo finito es, o un loco, o un economista”.

El modelo desarrollista tan mentado, ese que considera posible el desarrollo -incluido el “sostenible”- infinito no es, desde el punto de vista de los ideólogos del decrecimiento (Ivan Illich, Jacques Ellul, Serge Latouche, André Gorz, Dominique Belpomme, Paul Ariès, Cornelius Castoriadis, Miguel Valencia Mulkay, David Birkin), sino un error de concepción pues la noción de “desarrollo”, esa que la economía tomó de la biología implica, en su ámbito de origen, un proceso que inicia con el nacimiento, transcurre con la juventud, la madurez y la vejez y culmina con la muerte.

En la biología, lo reitero, el “desarrollo” implica la decrepitud y la muerte del organismo, elemento que los estudiosos de la economía simplemente excluyeron del desarrollo de las sociedades. Es por tal razón que los economistas y la totalidad de los gobernantes que siguen sus preceptos, consideran sano, posible y deseable que una nación “crezca” a tasas sostenidas y siempre positivas, sin darse cuenta que el crecimiento de unas naciones descansa en la pobreza de las otras.

El decrecimiento, reiteramos, objeta la tesis de la posibilidad del “desarrollo sostenible”, la cual, si bien incluye la preocupación por el equilibrio de los ecosistemas, nos permite creer que podemos conservar el actual modelo económico simplemente maquillándolo con el anhelo de “desarrollo sostenible”.

Raúl García Barrios en su estudio sobre el tema (Instituciones y desarrollo, CRIM/UNAM, 2008) muestra que el concepto de “Desarrollo sustentable” encubre la idea de que es posible seguir depredando el ambiente como hasta ahora, claro, maquillando la codicia con “preocupación por el medioambiente”.

No por otra razón Braulio Hornedo critica tal noción diciendo, burlonamente, que “se trata de la misma gata pero sustentada”.

Ahora podemos afirmar claramente: el desarrollo, incluido el sostenible, no es infinito. Pensar de esa manera es terriblemente peligroso pues nos hace creer que podemos seguir reproduciéndonos como conejos, que siempre habrá más para todos, que para siempre “Dios proveerá” y, tal y como las catástrofes ambiental y alimentaria actuales lo muestran, eso no es posible en un mundo finito, con recursos limitados y cada vez más escasos.

El “crecimiento”, como bien indica Dominique Belpomme (Avant qu’il soit trop tard, Fayard, París, 2007), es un “cáncer de la humanidad”.

Las tesis centrales de los postulantes del decrecimiento son claras: ante un mundo y una economía global que piensa que puede crecer de manera continua y desmesurada, los postulantes del decrecimiento sostienen que tales ideas no son sólo utópicas sino increíblemente peligrosas, pues conducen no sólo a la catástrofe medioambiental sino a la económico social.

La idea del decrecimiento no se refiere al “estado estacionario de la economía” presente en la obra de los clásicos de la economía, ni a una forma u otra de regresión, recesión o crecimiento negativo. El descrecimiento no es un concepto, uno simétrico, aunque negativo, del crecimiento. Como indica Paul Ariès (Décroissence ou barbarie, Golias, Lyon, 2005): el descrecimiento es un “slogan político con implicaciones teóricas”. Su finalidad es objetar las tesis de los productivistas pro progreso ilimitado.

El decrecimiento implica construir una nueva sociedad libre de consumismo y transporte ineficiente (los automóviles), una que piense globalmente pero actúe localmente, una que reduzca, reutilice y recicle sus residuos.

Cornelius Castoriadis (La monté de l’insignifiance, Vol. IV, Seuil, París, 1996) sostuvo en su La monté de l’insignifiance que es menester construir nuevos valores para esa nueva sociedad, es decir, que el objetivo en tal sociedad es que el altruismo prevalezca sobre el egoísmo, la cooperación sobre la competencia, la capacidad lúdica sobre la adicción al trabajo, lo local sobre lo global, la autonomía sobre la heteronomía, el gusto por la obra maestra sobre la producción en cadena y el gusto por lo gratuito (goce de vivir) sobre el gusto por lo raro (el oro, los diamantes).

André Gorz (Capitalisme, socialismo, écologie. Galilée, París, 1991), amplía dichas tesis al sostener que el decrecimiento implica consumir mejor (hacer más con menos), aumentar la durabilidad de los productos (y no piensa sólo en los aparatos electrónicos, puede apreciarse aquí una crítica a las semillas “terminator”, esas diseñadas para sólo permitir una cosecha), eliminar el embalaje innecesario (las ultradepredadoras bolsas de plástico entre otros), sustituir el transporte automovilístico unipersonal por el colectivo, mejorar el aislamiento térmico de las viviendas y estimular el consumo de productos de la región y la estación.

Para Latouche (Petit traité de la décroissence sereine, Fayard, París, 2007) la tarea es clara: el decrecimiento implica, necesariamente, implicarse políticamente, luchar contra la movilidad absurda de las mercancías (que, vgr., en Australia se consuma agua americana y viceversa), contra la rentabilidad a corto plazo y en pro de la calidad y no de la cantidad.

Es necesario, asimismo, enfrentarse a los mass media que clara y definitivamente “destruyen el lazo social”. Implicarse políticamente requiere estar dispuesto a aceptar la responsabilidad de encaminar el futuro de todos.

¿Seremos los humanos capaces de decrecer o tendremos que esperar a que sean las catástrofes “naturales” (pongo este término entre comillas pues, desde mi punto de vista, muchas de las catástrofes denominadas “naturales” no son sino la consecuencia de la sumatoria de pequeños actos humanos depredadores sostenidos por largos periodos de tiempo), económicas y sociales los que nos obliguen a despertar del sueño del progreso infinito?

Entrevista a Jorge Riechmann

Entrevista a Jorge Riechmann por parte de El Contubernio

Contubernio:
Desde determinadas posiciones suele hablarse de un desequilibrio/incompatibilidad o de un trade off entre desarrollo económico y prácticas ecológicas. En este sentido, cómo puede plantearse la situación de los países en vías de desarrollo ante la encrucijada que esto supone, ¿cuál es el modelo de desarrollo que necesitan estos países?


Jorge Riechmann: Vamos a ver, quizá podría objetar un poquito lo primero. No necesariamente cualquier forma de economía es destructiva de la naturaleza, o por lo menos no lo es en la medida que lo son las sociedades industriales contemporáneas.

Por una parte, cualquier actividad humana tiene un impacto ambiental, pero ese impacto puede ser espectacularmente diferente, puede ser muy grande o muy pequeño. De manera general, yo hace años que defiendo que la suma de transformaciones guiadas por 4 principios básicos. Que en la formulación, por ejemplo la que ofrecí en un libro que se titula Biomimesis, serian: un principio de autolimitación, autocontención o suficiencia, en primer lugar. En segundo lugar un principio de biomímesis, o coherencia entre los sistemas humanos y los sistemas naturales. Un principio de ecoeficiencia en tercer lugar. Y un principio de precaución en cuarto lugar.

Digamos, estos 4 principios orientando las transformaciones socioeconómicas nos llevarían por el buen lugar. Si nos fijamos en el principio de biomímesis, se ve esto que decía antes: no necesariamente todas las formas de economía pueden tener los mismos efectos sobre los ecosistemas y con los ecosistemas.

Las ciudades por ejemplo, reorientadas según criterios de urbanismo sostenible, bioconstrucción, construcción ecológica, etc… pesarían menos sobre el territorio del cuál dependen. Una química verde, que renunciase a los excesos de parte de la química de síntesis tal y como se desarrolló en el siglo XX y en cambio tratase de desarrollar, cuando hacen falta, moléculas que no sean incompatibles con la química de este planeta, con la química de los seres vivos, no tendrían el impacto negativo que han tenido muchas moléculas de síntesis fabricadas por la química moderna. Una agricultura y ganadería inspiradas por criterios agroecológicos no tendrían el impacto que tiene la agricultura industrial moderna. Igualmente, una manufactura o sistemas de manufactura reconstruídos de acuerdo con los principios de la ecología industrial no tendrían el impacto que tienen ahora las sociedades industriales.

En todo esto se ven vías por las cuáles las sociedades industriales pueden llegar a lo que se podría denominar como “hacer las paces con la naturaleza”, expresión que empleó el importante ecólogo y ecologista estadounidense Barry Commoner hace ya unos años, en un libro muy bueno [(Making Peace with the Planet. New York : Pantheon, 1990]. Y eso, supondría para las sociedades del sur, esas que llamamos a veces con un eufemismo que es rechazable, que es sociedades en vía de desarrollo. Y digo que es rechazable, por que eso supone una idea de desarrollo único, unilineal, y que esas sociedades tienen de alguna forma que llegar a dónde nosotros ya estamos desarrollados, lo cuál es bastante absurdo en cuanto se analiza un poco.

Entonces, la idea es que esas sociedades del sur podrían desarrollar sus propias formas de economía, con elementos industriales también, dentro de esa perspectiva biomimética por ejemplo que acabo de indicar. De alguna manera saltando por encima de etapas demasiado destructivas, como las que han tenido lugar en el caso de las sociedades industriales modernas, y desarrollando algunas tecnologías necesarias para satisfacer las necesidades humanas en un marco diferente. Si las relaciones internacionales fuesen diferentes. Por ejemplo, un caso paradigmático ha sido la industrialización a base de combustibles fósiles, que ha sido en realidad un desastre tal como podemos ver hoy con perspectiva histórica. Bueno, una sociedad que empezase hoy aprendiendo de esa historia en lugar de buscar construir una sociedad industrial fosilista, basada sobre las energías fósiles, lo haría intentando basarse en energías renovables.

Contubernio: Para efectuar este cambio de paradigma, se ha hablado en los últimos años de la idea del modelo de decrecimiento, ¿cuales serían sus pilares? ¿Qué se podría hacer para ponerlo en práctica?

Jorge Riechmann: Yo particularmente no soy ningún entusiasta de la idea de decrecimiento. En mi propia formulación de este asunto, tiendo más bien a presentarla empleando la idea de autocontención. He escrito una serie de cinco libros, que llamo Pentalogía de la autocontención, intentando explicar estas materias y esbozar una serie de vías, trazar pistas. Pero, un poco es lo que apunte antes, a mi entender sería la conjunción de estos 4 principios: autolimitación o suficiencia, biomímesis, ecoeficiencia y precaución, la que apuntaría hacia ese otro modelo socioeconómico con un impacto ecológico mucho menor. Un aspecto importante ahí, y en eso difieren las propuestas de la gente que prefiere agrupar esto bajo el término de decrecimiento y no bajo otras nociones. Por ejemplo, una de las teorizaciones importantes sobre esto es la de Herman Daly, ya en los años 70, que hablaba de una economía de estado estacionario, una formulación interesante para esto que estamos hablando.

Un aspecto en el que se diferencian todas estas corrientes que buscan ecologizar la economía y la sociedad de las nociones propagandísticas del “desarrollo sostenible” es la consideración que se hace de la ecoeficiencia. Esas propuestas de desarrollo sostenible desde el mundo de la empresa, o de los gobiernos –que están demasiado cerca de las empresas– cuando realmente tienen algo de contenido, siempre reducen las cuestiones de sostenibilidad a cuestiones de eficiencia –ecoeficiencia–, porque eso es lo que encaja con la dinámica del capitalismo. En cambio desde estas perspectivas críticas más profundas se señala que la eficiencia, en general es una buena cosa, a igualdad con las demás circunstancias. Y la ecoeficiencia también, el hacer más con menos es una buena idea. Pero si uno solamente apuesta por estrategias de eficiencia y ecoeficiencia dentro de la dinámica general de estas sociedades capitalistas, a menudo lo que uno gana con esa eficiencia se lo come el aumento de consumo que se produce dentro de esa misma dinámica. Eso es lo que los economistas, desde hace más de un siglo, llaman “efecto rebote” o “efecto Jevons” [1]. Y eso hace que una estrategia de eficiencia sin más, en realidad no nos lleve muy lejos, por ello insisten todas estas perspectivas críticas en la necesidad ciertamente de la eficiencia, pero también advierten sobre las trampas de la ecoeficiencia, y la necesidad de complementarla con esos otros principios a los que antes me refería, como biomímesis, suficiencia, o autolimitación.

Contubernio: Y por ejemplo, incluso en este contexto de crisis evidente, especialmente visible a nivel económico, pero también alimentaria, ecológica, etc… , se intenta vender la quimera del crecimiento económico a toda costa como único modelo. ¿Cómo crees que se podría salir de esta situación de crisis en términos globales? ¿Dónde está el error de este modelo de pensamiento?

Jorge Riechmann: El crecimiento por el crecimiento es una estrategia suicida, no tiene ningún futuro. Lo tremendo, es que algo que es tan obvio y evidente, el principio básico de la crítica ecologista desde hace más de 40 años es tan sencillo como apuntar al hecho de que una economía no puede crecer de forma indefinida dentro de un medio ambiente finito. ¡Eso es el abc…! es absolutamente básico y eso es lo que hace que el capitalismo a la larga sea inviable en este planeta. Cuanto antes aceptemos las constricciones que nos imponen los límites biofísicos del planeta, menos dura será la transformación que de todas formas hemos de encarar, y ahí es importante darnos cuenta de que lo que realmente importa no es ese crecimiento económico fetichizado; que cada vez da menos de lo que promete, porque los efectos negativos del crecimiento son cada vez más importantes en comparación con los efectos positivos. Si no intentar, además darse cuenta de que el crecimiento en cualquier caso nunca pudo ser otra cosa que un medio, nunca un fin. Es una locura situarlo como un fin porque nunca ha sido más que cuando ha cumplido, al menos en parte, sus promesas un medio para conseguir bienestar y empleo, que se supone que es lo que proporciona, aunque sea discutible que lo haga en todas las condiciones, y ahora en particular. Entonces lo que necesitamos es perseguir directamente los objetivos que si que son metas valiosas en si mismas: los objetivos de ese “hacer las paces con la naturaleza” del que hablábamos antes, objetivos de igualdad social, de equidad de género, de satisfacción las necesidades básicas del ser humano… eso es lo que tiene que proporcionar la economía, no el crecimiento por el crecimiento.

Contubernio: Para ir cerrando, ¿cuales crees que serían las luchas desde uno mismo, y desde los movimientos sociales para romper el conflicto entre el medio ambiente y sociedad humana, como lograr resguardar tanto diversidad cultural como respeto por el medio ambiente?

Jorge Riechmann: Un aspecto que puede resultar problemático en las propuestas de decrecimiento es que tienden a centrarse demasiado exclusivamente en la esfera del consumo, en la idea de reducción de los consumos. No es que no nos haga falta actuar sobre la esfera del consumo, y en toda esa dimensión cultural y simbólica que tiene un peso tan grande en las sociedades productivistas y consumistas contemporáneas. Nos hace falta, pero no basta con eso, hay toda una dimensión de transformaciones institucionales y estructurales, que solamente se pueden abordar –no desde las iniciativas individuales e individualizadas de cambios en los consumos y estilos de vida– desde la acción colectiva para transformar los datos básicos del sistema. Por decirlo de una manera un poco provocadora, si se quiere, no necesito, no nos hace falta solamente disminuir nuestro consumo individual de carne y de pescado, que nos hace falta, nos hace falta autolimitación en este terreno. Si no que nos hace falta también socializar la banca pongamos por caso. Entonces, no podemos descuidar esos objetivos institucionales y estructurales para privilegiar sólo estrategias de modificación de los hábitos de consumo. Ese es un riesgo de las propuestas de decrecimiento y tenemos y que ser conscientes de ello. De ahí que para mi, siga estando a la orden del día, y sea más importante que nunca quizá, la noción de Ecosocialismo.

Entrevista completa

La crisis

La crisis que nos aqueja es el indicativo de un tiempo que expira, un rito de paso hacia una nueva época; presentada como una burbuja financiera, una regulación de mercados o un crash económico, para mejor digestión de unas masas aturdidas por los acontecimientos mediáticos, en realidad nos hallamos inmersos en la metamorfosis de una civilización que se descompone.

Crisis: ‘momento decisivo, situación inestable’. Del latín crisis. Del griego krísis, ‘punto decisivo’, de krinein, ‘separar, decidir’, del indoeuropeo krin-yo, de kri, de krei, variante de skeri-, ‘cortar, separar’.

El mundo moderno-occidental-capitalista se ha sentido reconfortado por la creencia de que el progreso material nunca concluirá - el mito del crecimiento ilimitado-. La medidas que se toman para seguir manteniendo el sistema con vida no son más que el intento de mantener la actividad de un moribundo.

Este mundo sin 'afuera' al cual todo le pertenece y que se nutre de su misma esencia, no está siendo liquidado por vanguardias revolucionarias ni por fuerzas externas, se consume devorándose a sí mismo.

Enfocada la crisis como una faceta de transformación, resulta esclarecedor que el ideograma chino para 'crisis' [wei-ji] se construya por yuxtaposición de los correspondientes a 'peligro' y 'oportunidad'.

Ciertamente el peligro existe, tengamos en cuenta que los campos de concentración nazi o los gulags soviéticos fueron producto de la civilización occidental; que no hacerse preguntas y obedecer es una actitud muy común en las sociedades actuales, o que el miedo invade los espacios...

Pero quizás, por donde menos se espera, una luz ya alumbra el camino...

Ciudadanos y ruralanos

Julio García Camarero
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Acaba de publicarse en la editorial la Catarata mi último libro sobre pensamiento decrecentista titulado Ciudadanos y “ruralanos”. Carlos Taibo en el prólogo del libro dice: “es acuciante necesidad de revisar, de reabrir, el debate sobre de lo que han significado de siempre, y lo que ha significan hoy, el mundo rural y el mundo urbano”.

Se puede considerar que mi libro gira en torno a cuatro ideas básicas.



EN PRIMER LUGAR, me fijo en dos principios eco-marxistas descritos por Joan Martínez Alier.


Joan Martínez Alier en el diario La Jornada, en su artículo “Marx, el ecologismo y Correa” dice que: Los 2 conceptos más pertinentes del marxismo son:


Primer concepto: Criticar y rechazar la acumulación originaria del capital, que según Marx: Estaba generada por la mega-minería, ladrona de la plata de Potosí, en las plantaciones esclavistas de caña de azúcar y en las plantaciones del algodón.

Segundo concepto: Luchar por la evitación de la ruptura metabólica. Decía Marx que: Había que impedir la ruptura metabólica que practica alegremente el capitalismo depredador, y que es ocasionada porque el capitalismo no remplaza los nutrientes, erosiona los suelos y destruye tanto:

Los recursos renovables (la pesca y los bosques) como
Los recursos no renovables (los combustibles fósiles y otros minerales).

Y creo que don Carlos en esto tenía razón, y que esta idea de impedir al ruptura metabólica consiste en impedir la apertura del ciclo cerrado de la M.O., que continuamente está rompiendo el crecimiento capitalista con la aplicación de fertilizantes químicos derivados del petróleo que matan la vida de la micro-fauna indispensable para mantener cerrado este ciclo.

Esta idea es corroborada por otros 2 eco-marxistas John Bellamy Foster y Joaquín Sempere.

John Bellamy Foster nos comenta que para Marx: era intolerable la fractura metabólica que se genera, a nivel social, con la divi­sión antagónica entre ciudad y campo.

Bellamy Foster también nos indica que Marx había afirmado que: “Gran Bretaña roba a todos los países las condiciones de su fertilidad”.

Por otra parte, Joaquím Sempere nos dice: Marx y Engels fueron conscientes del problema de la ruptura de la cir­cularidad de los nutrientes debida a la pérdida de nutrientes de las tierras agrícolas debido a la irracionalidad metabólica que suponía la existencia de grandes ciudades. Y consideraban que las urbes importaban de los campos muchos alimentos, pero no retornaban los nutrientes a la tierra, sino que los evacuaban hacia los ríos, contaminándolos.

Sempere continúa diciendo: También Marx y Engels argu­mentaron: los grandes terratenientes indudablemente eran más destructivos en relación a la tierra que los pequeños agricultores libres.

Pero luego, en el socialismo real, los “marxistas” (entre comillas) a lo que llamaban el “centralismo democrático” consiste en la concentración de tierras agrícolas mecanizadas y quimiquizadas, a lo revolución verde, en realidad lo que el socialismo real entendía por agricultura no era otra cosa que un centralismo burocrático que generaba este problema de la ruptura de la circularidad de nutrientes. Es decir la nefasta revolución verde, una interpretación mecanicista de los ecosistemas agrícolas y del suelo vivo.

Uno de los fundamentos de mi libro es indicar cómo el crecimiento capitalista, al aplicar masivamente los fertilizantes químicos para satisfacer la alimentación de los ciudadanos improductivos agrícolamente, está destruyendo los cultivos de ciclo cerrado que practican los campesinos, es decir los “ruralanos”.



EN SEGUNDO LUGAR, me fijo en la lucha de clases y en la historia de este imperio bi-milenario
La lucha de clases históricamente no fue tanto, como frecuentemente se dice, la lucha de la clase obrera contra el imperialismo capitalista, tal vez fuera más representativa de esta lucha, la lucha de los campesinos contra el Imperio romano (aún hoy vigente), puesto que fue mucho más extensa en el tiempo y en el número de humanos. Más extensa puesto que la clase obrara a pesar del furor industrialista de los siglos XIX y XX, no dejaba de ser una minoría de toda la población y sólo duró 200años, pues esta lucha hoy está prácticamente paralizada por el Poder mediático, que potencia la “distracción” y la aspiración adictiva del consumismo-productivismo.

Mientras que la lucha de la clase campesina y esclava contra el Imperio romano en sus 3 sucesivas etapas delas que hablo en mi libro (y que describiré a continuación) duró al menos 2.000 años, y afectó a una inmensa mayoría poblacional. Sin embargo, históricamente siempre salió perdiendo. Y es que el poder conjunto de la religión y el Estado es un poder casi invencible entre otras cosa porque se basa en las trampas, los engaños y las torturas.

Se da la circunstancia de que incluso hoy sigue existiendo el Imperio romano, ya que aún existe en forma de Iglesia Apostólica y Romana. Además, en gran parte ha sido heredado por el Neoliberalismo global el cual también se declara mayoritariamente católico apostólico y romano. Además, éste Imperio romano hoy convive con otra religión la religión del capitalismo o religión fundamentalista del becerro de oro. Y ahora hablemos de las tres etapas mencionadas, cuyo inicio coincide con tres momentos de intensas persecuciones y represiones estatales imperiales:

La primera gran persecución y represión, que da inicio a la 1ª etapa, se produjo en el siglo I: se aplicó sobre los verdaderos cristianos (que entonces todos eran humanos y no divinos) y los espartaquistas fue una persecución, represión y exterminación promovida prin­cipalmente por los emperadores Tiberio, durante los años 14- 37 d. C., quien crucificó, entre otros, a Jesús, al líder de los anti-sistema, Calígula y Nerón, quien reprimió y eliminó a Lucio Anneo Séneca autor destacable del pensamiento estoico, y que fue el principal consejero de Nerón. Pese a ser amigo, Séneca al final tuvo que huir de los horrores del imperio. Terminó siendo sentenciado a muerte por su “amigo” Nerón, que padecía la enfermedad mental de la manía de la hegemonía, como les sucede a todos los emperadores.

En cuanto a la cultura, es cierto que el latín nos dio grandes poetas y filósofos, pero el grueso de autores y de sus mejores obras surgieron desde la oposición al régimen imperialis­ta-fascista de turno. El aparato del imperio no sólo generaba una subcultura como pueda ser la de los sádicos circos. Que en la tercera etapa del Imperio fueron transformados en plazas de toros.

La segunda gran persecución y represión se extendió durante el siglo del Concilio de Nicea (año 325) impulsor del catolicismo o cristianismo divino, no humano) y comienzos del siguiente. Tenía que reafirmarse la nueva visión de temor del Dios dentro de la plebe del Imperio. En aquellos tiempos, el aparato del Imperio convirtió al anti sistema Jesucristo y el cristianismo rebelde y anti-sistema, en un Dios, para poder manipular y adocenar a los súbditos. En este concilio, además, se excomulgó a los arrianos por negar que Jesús fuera Dios y que sólo un hombre rebelde. En esta represión no puedo dejar de citar un ejemplo muy relevan­te: el caso del asesinato con tortura de Hipatia, ejecutada por el patriarca católico Cirilo, que no tenía nada de cristiano. Ella fue despellejada viva por orden de este patriarca, quién fue un personaje puntero en la implantación del patriarcado imperial-católico.

En el año 1883, cuando habían pasado pocos decenios desde la abolición de la Santísima Inquisición (1813), Cirilo fue proclamado santo por su firmeza al servicio dé la doctrina y por la valentía demostrada en defensa de la “verdad católica. Y hay que recordar, y no pasar por alto, que Cirilo era un experto en interpretación de la Biblia. Interpretación libre cuya misión básica era reforzar el poder del Imperio romano.

La tercera gran persecución y represión (e incluso guerra), que marcó la tercera etapa del Imperio, se realizó durante los siglos XV y XVI y fue impulsada por los monarcas estatales y emperadores católicos, coincidiendo con el inicio de la Edad Moderna Imperial, “a lo romano”. En esta etapa se rescató el derecho romano que estaba favor de los patricios y los “nobles” pues también era necesaria la reafirmación del yugo del Estado imperial. Se aplicó a los rebeldes campesinos de las comunas aldeanas, los comuneros de las guildas de las ciudades libres y a los cristianos "no divinos" que les ayudaban. Fueron realizadas, por varios monarcas y emperadores “cristianos”.

En la España de los siglos XV y XVI la represión fue ejercida principalmente por los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II. Para lograrlo fue necesario utilizar el brazo repre­sor del Estado: la Santísima Inquisición.

El “premio” (entre comillas) a esta gran represión fue el comienzo de la nueva y tercer etapa del Imperio romano; es decir, el Imperio de la Iglesia Apostólica y Romana. Que fue la etapa de máxima globalización de la historia del Imperio (en cuyos dominios nunca se ponía el sol). Una etapa, que también podíamos llamar la Globalización ibérica, cuyo año de inicio fue exactamente el 1580 fecha de unión de los dos imperios hegemónicos mundiales: España y Portugal.

Y no sólo en cuyos dominios nunca se ponía el sol, sino que sólo dos años después de esta globalización mundial se estableció el calendario Gregoriano (elaborado en la Universidad de Salamanca y proclamado por el del papa Gregorio XIII), que sustituyo al calendario juliano del emperador Julio Cesar.

En un principio, este calendario se estableció sólo en los territorios más centrales o metrópolis (España, Italia y Portugal) pero pronto fue aceptado universalmente. Y este calendario fijado en el comienzo de la tercera etapa del Imperio romano aún perdura en todo el planeta siendo aceptado por todos, incluso por los prepotentes anglosajones.

El año uno de la era cristiano-romana es hoy una referencia indiscutible. En el mundo entero su aniversario se celebra con un fruto simbólico de la cultura del Mare Nostrum: las uvas.

En Inglaterra del siglo XVI, el rey Enrique VIII de Inglaterra, tenía como mejor amigo y primer consejero a Tomás Moro. Pero cuando este aconsejó al rey que rectificara en sus ansias imperialistas, con la siguiente frase: “El buen gobierno de un rey a su país no consiste en ampliar constantemente sus territorios, sino en conseguir hacer felices a todos sus pobladores”, provocó la ira de Enrique VIII, que padecía la enfermedad mental de la manía de la hegemonía, y ordenó decapitarlo de inmediato.



EN TERCER LUGAR, describo dos enfermedades mentales: la obsesión por la acumulación y la manía de la hegemonía. Enfermedades pandemicas que son las generadoras del gran desastre al que estamos llegando hoy, constituido por cuatro fenómenos con aspectos más bien apocalípticos:

- El cabio climático.

- El agotamiento de los recursos planetarios renovables y no renovables del que ya he hablado.

- El gran desastre humano de una profundísima brecha social, pobreza y hambruna. Acelerada por el crecimiento oligárquico y los mencionados cambio climático y agotamiento de recurso planetarios. Crecimiento que se pretende mantener para una oligarquía a base de practicar el eco-fascismo y la necro-política, cuyo objetivo final es exterminar a miles de millones de humanos porque sobran por que ya no quedan recursos para todos. Y también porque los robots son mucho más rentables que los humanos.

- Y el cuarto y último fenómeno es el colapso o conjunto de todos los males anteriores.

Ahora bien, aunque siempre se habla de un solo colapso deberíamos de hablar de tres tipos de colapso o de tres niveles de colapso. Serian estos:

Aunque en realidad se trata de tres colapsos o tres niveles de colapso:

1.
Colapso solo del capitalismo, que cursará grandes padecimientos y
exterminios, pero no la extinción de la especie humana
2.
Colapso de la humanidad que puede llegar a ser tan profundo (si no lo
atajamos) que ocasionará la extinción de la especie humana.
3.
Colapso de la vida en la tierra con la correspondiente extinción de todo ser
viviente quedando un planeta muerto como lo es el caso del planeta Marte.
 


EN CUARTO LUGAR planteo que se esta haciendo urgente y necesario considerar como prepararnos para la etapa del pos-capitalismo si queremos evitar el colapso apocalíptico. Como nos tenemos que organizar para lograr un buen vivir y salvar la biosfera, la casa común de todos. Para ello tendremos que realizar un giro copernicano, de 180º, en nuestro imaginario, en la forma de relacionarnos entre nosotros y en la forma de relacionarnos con la naturaleza.

También habría que abandonar el “pensamiento progresista” (entre comillas) de vencer a la naturale­za y de poner al hombre por encima de ella. Al contrario, habrá que poner a la naturaleza por encima de la ambición humana que la destruye. Porque al fin los humanos somos eco-depen­dientes de la biosfera y formamos parte de ella. Es necesario realizar una transición desde el antropocentrismo al eco-centrismo para que la humanidad pueda vivir bien en su casa común, de una forma sana y confortable.

La conclusión final es que será indispensable volver la vista hacia el mundo rural, hacia los “ruralanos”, y que muchos ciudadanos se transformen en cam­pesinos-“ruralanos”. Esto puede hacerse iniciando una emi­gración hacia el campo y creando establecimientos de agroeco­logía y de eco-aldeas a modo de las comunas aldeanas, de las que se habla en este libro. En las que principalmente se practique el localismo, el apoyo mutuo y el sistema de los bienes comunales.

Buena crisis. Jordi Pigem

"Lo que ha entrado en crisis no es solo el neoliberalismo, ni siquiera el capitalismo. Podríamos decir que ha entrado en crisis el economicismo, la visión del mundo que considera la economía como el elemento clave de la sociedad y el bienestar material como clave de la autorrealización humana. El economicismo es común al capitalismo y el marxismo, y durante mucho tiempo a la mayoría de nosotros nos pareció de sentido común —pero hubiera sido considerado un disparate o una aberración por la mayoría de las culturas que nos han precedido, que generalmente veían la clave de su universo en elementos más intangibles, culturales, religiosos o éticos.

En el fondo, sin embargo, no sólo ha entrado en crisis el economicismo, porque la crisis actual es sistémica y no sólo económica. Tiene una clara dimensión ecológica (pérdida de biodiversidad, destrucción de ecosistemas, caos climático), pero también hay crisis desde hace tiempo en la vida cultural, social y personal. La sociedad, los valores, los empleos y hasta las relaciones de pareja se han ido volviendo cada vez menos sólidos y más líquidos, en la acertada expresión del sociólogo Zygmunt Bauman. Disminuyen las certezas y crece la incertidumbre en múltiples ámbitos, incluso en las teorías científicas que en vez de volverse cada vez más simples y generales se vuelven más parciales y complicadas.

Vivimos una crisis sistémica, que habíamos conseguido ignorar porque el crecimiento de la economía nos hechizaba con sus cifras sonrientes y porque los goces o promesas del consumo sobornaban nuestra conciencia. Pero el espejismo del crecimiento económico ilimitado se desvanece y de repente nos damos cuenta de que no podemos seguir ignorando la crisis ecológica, la crisis de valores, la crisis cultural. Tenemos cantidades ingentes de información, centenares de teorías y muchas respuestas, pero la mayoría sirven de muy poco ante las nuevas preguntas. Lo que ha entrado en crisis es toda la visión moderna del mundo, que de repente se nos aparece obsoleta y pide urgentemente ser reemplazada por una visión transmoderna, más fluida, holística y participativa.

Una visión del mundo no es una simple manera de ver las cosas. Determina nuestros valores, dicta los criterios para nuestras acciones, impregna nuestra experiencia de lo que somos y hacemos. En el fondo podríamos decir que lo que finalmente ha entrado en crisis es el ego moderno, toda una forma de estar en el mundo basada en un complejo de creencias que inconscientemente compartíamos. Por ejemplo, que el ser humano es radicalmente diferente y superior al resto del universo. O que cada ser humano es también radicalmente diferente de los demás, contra los que ha de competir para prosperar. O que el universo es básicamente inerte y se rige por leyes puramente mecánicas y cuantificables. El ego moderno se siente como un fragmento aislado en un universo hostil, y de su miedo interior nace su necesidad de certeza y seguridad, de objetivar y cuantificar, de clasificar y codificar, de competir y consumir.

Pero el ego moderno no puede ser sustituido por un ego transmoderno, porque no hay tal cosa. La crisis nos invita (o nos acabará obligando) a ir más allá del ego y a descubrir que nuestra identidad es en el fondo relacional, que no estamos aislados sino que cada persona y cada ser es una ola en un océano de relaciones en el que todos participamos y en el que también fluyen la sociedad, la naturaleza y el cosmos.

Por ello la crisis no solo es una oportunidad para avanzar hacia economías y sociedades que sean más justas, sostenibles y plenamente humanas. También es una alarma que ha saltado porque ya es hora de despertar. Porque la economía global era como un gigante sonámbulo, que avanzaba a grandes zancadas sin saber a dónde iba, sin saber lo que estrujaba bajo sus pies, inmerso en las ensoñaciones de una visión del mundo caduca. Por ello la crisis es como una vigorizante ducha fría. Una oportunidad para despertar."

Buena crisis. Jordi Pigem. 2009

Soberanía alimentaria y ecofemismo

Colectivo feminista Las Garbancitas - Pilar Galindo 

La inseguridad alimentaria afecta a media humanidad: más de mil millones de personas con subnutrición crónica y casi dos mil millones enfermas de obesidad, diabetes, estreñimiento, cardiopatías, etc. (1) Millones de muertos anuales por desnutrición y carencia de agua potable, pero también por una alimentación enfermante (exceso de grasas, proteínas de origen animal, productos químicos, sal y azúcar refinada). (2)

La capacidad de una población para disponer de alimentos nutritivos en cantidad y calidad suficiente (seguridad alimentaria), es un derecho humano de primer orden y la condición para el desarrollo integral de las personas. La economía de mercado no persigue la seguridad alimentaria sino obtener beneficios en el mercado mundial. El hambre y la comida basura tienen su origen en la industrialización y mercantilización de los alimentos. 

El trabajo de cuidados realizado por las mujeres es la primera víctima de la inseguridad alimentaria. Somos las primeras en sufrir los daños de la desnutrición, las enfermedades alimentarias y el deterioro del medio ambiente sobre niñ@s y enfermos. La desigual condición de hombres y mujeres se agudiza en los países empobrecidos, las clases trabajadoras y los colectivos marginados.
La capacidad de los pueblos para producir, distribuir y consumir sus propios alimentos (soberanía alimentaria) es la condición para la seguridad alimentaria. La mercantilización e industrialización de la agricultura y la alimentación para el mercado global es el principal enemigo de la soberanía alimentaria. No hay soberanía alimentaria sin la autodeterminación de los pueblos y las mujeres para conseguir este derecho. 

El capitalismo no ha inventado la separación de la esfera pública (mercado) y la privada (hogar), pero se beneficia de ella y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Esta separación implica una dualidad de tareas y funciones hombre/mujer y la subordinación de las mujeres a los hombres, independientemente de su posición social. 

La desigualdad de las mujeres respecto a los hombres, anterior al capitalismo, le es funcional. Los cuidados en el espacio doméstico contribuyen a la producción de mercancías con un coste económico oculto. La economía externaliza ese coste que es asumido por las mujeres. Ninguna mujer puede reclamar a la sociedad el trabajo realizado en el ámbito doméstico. Tampoco puede abandonar esas tareas sin que caiga sobre ella la culpa, aunque la mayoría de los hombres lo hacen y no pasa nada.

La economía de mercado considera improductivo el trabajo de cuidados. Pero no puede confundirse la conquista de la igualdad entre hombres y mujeres con la mera emergencia de los costes materiales de dicho trabajo. (3) Si para liberar de estas tareas reproductivas a las mujeres se hace una estricta valoración económica (salarizar el trabajo doméstico), quedan fuera los aspectos inmateriales y no mercantilizables de esta actividad. Los cuidados implican experiencia, afectos, tiempos, no movilizados por un salario. La lucha de las mujeres para conquistar su independencia económica supone entrar en el mercado con la carga de los cuidados. Muchas mujeres entran en el mercado de trabajo global para cuidar a los hijos y mayores de otras mujeres, separándose de sus hijos. Mujeres asalariadas encadenan a sus madres para que cuiden a sus hij@s. La retribución del trabajo de cuidados no es nada sin el reparto del mismo entre hombres y mujeres.

El mercado global es capitalista y masculino. El progreso económico se sustenta en la explotación de l@s trabajador@s y el trabajo invisible de las mujeres. La alianza entre el capitalismo y el patriarcado afianza el dominio sobre trabajador@s, mujeres, pueblos y naturaleza. Por eso la lucha de las mujeres por la igualdad no puede obviar la lucha contra las crisis económicas, los desastres ecológicos, la desnutrición y las enfermedades alimentarias o inmunológicas originadas por la economía global.
El “progreso” industrial disminuye el trabajo de cuidados mediante electrodomésticos que reducen el tiempo de cocinado y limpieza a costa de un gran consumo de materiales y energía. Supone un enorme negocio que daña nuestra salud por ondas electromagnéticas, químicos y emisiones de CO2, no generalizable a toda la población mundial. Los alimentos procesados y precocinados nos alimentan mal, nos enferman y son más caros. El ahorro de tiempo, lo pagamos en cuidados a los enfermos. 

Esta modernización se basa en el dominio del ser humano sobre la naturaleza y de los hombres sobre las mujeres.

Ignorar la alianza entre capitalismo y machismo, supone una grave pérdida para la causa de las mujeres, reducida a un feminismo institucional y capitalista. Al igual que para el movimiento obrero supone perseguir un socialismo consumista, contaminante y machista.

La amenaza para la vida en el planeta nos interpela a las mujeres. La lucha por la supervivencia requiere enfrentarse a las multinacionales y sus políticos a sueldo. Pero también, impulsar acontecimientos económicos, asociativos y culturales en defensa de la vida, la naturaleza y la soberanía alimentaria. 

Las mujeres de los países ricos, aunque subordinadas a los hombres, estamos del lado de los beneficiados por el capitalismo patriarcal. Con dobles jornadas, nuestras comodidades implican la explotación de la naturaleza y de otras mujeres. El capitalismo patriarcal y la civilización “moderna” desgarran la sociedad y manipulan la noción de bien común. No perseguimos una vida pacífica y segura para tod@s. Las personas beneficiadas lo son a expensas de las perjudicadas. El progreso depende de la subordinación de la naturaleza a la economía, de la mujer al hombre, del consumo básico al consumismo irracional, del trabajo al empleo y de la participación a la delegación.

El ecofeminismo plantea la necesidad de una nueva cosmología y una nueva antropología que nos coloque, como seres humanos, en el lugar que nos corresponde, dentro y no sobre la naturaleza y que potencie la cooperación, el cuidado mutuo, el amor, como formas de relación entre los hombres y mujeres, y entre los seres humanos y la naturaleza. (4) Cuestiona que la libertad y felicidad del “Hombre” requieren de la emancipación de la naturaleza, mediante el dominio y control sobre ella para salir del reino de la necesidad en dirección al reino de la libertad. Esta concepción de emancipación implica el dominio sobre la naturaleza, incluida la naturaleza femenina.

El ecologismo, con la denuncia de las catástrofes provocadas por la aplicación de esta concepción de libertad humana, ha cuestionado las aplicaciones científicas y tecnológicas asociadas a estas teorías. El ecofeminismo, para ser ecológico y feminista, debe enfrentarse con la perversa emancipación derivada del progreso económico y tecnológico, sin olvidar que cualquier paso en la buena dirección implica, aquí y ahora, el reparto de trabajos y cuidados con los hombres. Esto significa remover las condiciones de vida de los beneficiarios de la globalización interpelando a las clases medias de los países ricos, incluidos los sectores agrarios “modernos”, el sindicalismo y algunas corrientes feministas cuando celebran, sin matices, la presencia de la tecnología en nuestra vida cotidiana y de las mujeres presidiendo multinacionales, ejércitos y estados agresores. 

Debemos poner en primer plano las necesidades fundamentales: alimento, cuidados, afecto, salud, educación, vivienda, trabajo digno, cooperación, cultura y participación. Aprender de las mujeres campesinas una concepción de la supervivencia más austera en el consumo y más rica en las necesidades básicas económicas, sociales y afectivas. Atravesar la lucha feminista con la lucha por la seguridad y la soberanía alimentaria, la defensa de un consumo responsable agroecológico y el fin de la subordinación de las mujeres respecto a los hombres. Denunciar los abusos de las multinacionales y educarnos en una cultura alimentaria que nos defienda de la publicidad engañosa tomando la seguridad alimentaria en nuestras propias manos.
 
Extracto de la ponencia presentada en las Jornadas Estatales Feministas de Granada 2009.

1- Informe de la FAO sobre Inseguridad alimentaria mundial 2009.
2- VVAA (Coord. P. G.). Agroecología y Consumo Responsable. Teoría y práctica. Ed. Kehaceres. Madrid, 2006.
3- Sira del Río. “Globalización y feminismo”. Pags.187-212. En El movimiento antiglobalización en su laberinto. Entre la nube de mosquitos y la izquierda parlamentaria. Ed. La Catarata-CAES. Madrid, 2003.
4- Shiva y Mies. Ecofeminismo. Teoría, crítica y perspectivas. Icaria, Barcelona. 1997.