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Entropía, recursos naturales y economía ecológica

Jorge RiechmannTratar de comprender, tratar de ayudar

Ha caracterizado a la doctrina económica convencional una irresponsable despreocupación por el sustrato material, biofísico, sobre el que se construyen las economías humanas. Buena muestra de ello son dos creencias que, a modo de incuestionados axiomas, subyacen al entero edificio de la mainstream economics: la creencia en que existe una cantidad infinita de recursos naturales, y la creencia en que estos son indefinidamente sustituibles entre sí, y con el capital y el trabajo humanos.


Ninguna de ambas creencias tiene fundamento en la realidad. La primera viene a ser la quintaesencia de lo que Kenneth E. Boulding bautizó como la “economía del cowboy”; habría que rogar a nuestros economistas que se quitasen el sombrero de ala ancha, pues dificulta bastante la visión, y tomasen nota de que la expansión hacia el salvaje Oeste hace ya tiempo que topó con la barrera del Océano Pacífico. En cuanto a la segunda creencia –la sustituibilidad indefinida–, es tan razonable como la actitud de aquel señor del chiste que, al ver que con cierta estufa sus gastos en combustible se reducían a la mitad, se compró otra estufa del mismo tipo convencido de que con dos ¡podría calentar la casa sin combustible alguno!

La crisis ecológico-social ha puesto de manifiesto que semejante despreocupación por el sustrato biofísico sobre el que se apoyan las economías industriales, y la atención prioritaria a los flujos monetarios y el intercambio mercantil, conduce finalmente a tener que pagar un precio trágico (en devastación ambiental, sufrimiento humano y aniquilación de vida).

Desde hace decenios, y con intensidad renovada en los cuatro últimos, se consagran muchos esfuerzos a una reformulación de la teoría económica que sea capaz de dar cuenta de lo que Wendell Berry llamó la Gran Economía: la “economía” de la biosfera, la economía que sostiene la red total de la vida y todo lo que depende de la buena salud de la Tierra y sus ecosistemas. Una parte importante de estos esfuerzos se centran en esclarecer lo que ciencias naturales como la física y la biología tienen que aportar a la ciencia económica: por ejemplo, conocimientos sobre los límites con que topan los sistemas económicos a causa de su inserción en sistemas biofísicos que contienen a los primeros.

Entre los fenómenos y nociones biofísicas esenciales para la comprensión de aquella Gran Economía se encuentran, muy en primer lugar, las leyes de la termodinámica, en especial la segunda (conocida como principio de entropía), o lo que es lo mismo: las constricciones que los principios termodinámicos imponen sobre los procesos socioeconómicos. El gran economista rumano –afincado en EEUU— Nicholas Georgescu-Roegen fue un pionero en la exploración de estas cuestiones a partir de los años sesenta del siglo XX.



Entropía, economía y decrecimiento

Luis Picazo Casariego - No sin mi bici

Si algo tiene de bueno esta crisis, es que puede ser un magnífico laboratorio en el que se pongan en práctica comportamientos de consumo alternativos a un modelo económico de crecimiento continuo. Este modelo, fundamentado en un mecanismo simple de retroalimentación positiva crecimiento-consumo, unido al aumento sin freno de la población mundial, nos esta conduciendo a la depredación de los últimos recursos naturales y a una degradación masiva de la biosfera, todo ello sin solucionar la gran desigualdad en la distribución de la riqueza producida.

Frente a la inviabilidad de tal modelo, aparece la polémica alternativa del Decrecimiento, corriente de pensamiento inspirada en la obra del economista Nicholas Georgescu-Roegen y que está comenzando a popularizarse en una confusión de términos tales como decrecimiento sostenible, anti-productivismo, simplicidad voluntaria, huella ecológica o bioeconomía.

El meollo de la cuestión: la segunda ley de la termodinámica.

Muchas de las leyes de la física nos ayudan a construir modelos realistas en otras disciplinas. Es el caso de las leyes de la termodinámica que, como veremos, son fundamentales para la comprensión de la economía moderna.

La termodinámica tuvo su origen en el estudio de los cambios de determinados parámetros físicos, como temperatura, presión y volumen, en sistemas en los que se transfiere energía como calor y como trabajo. Sus dos principales leyes son:

- Primera Ley de la Termodinámica. Aunque su formulación real es mucho más compleja (al menos para mí) podemos identificar esta ley con el principio de la conservación de la energía, aquello de que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma.

- Segunda Ley de la Termodinámica . Para entender mejor esta ley, que es la que más nos interesa, imaginemos que ponemos en contacto dos cuerpos, uno caliente y otro frío. El que está más caliente cederá calor, energía, al que está más frío, y pasado un tiempo ambos tendrán la misma temperatura, conservándose la energía total del conjunto (primer principio). Si fuera al contrario, es decir, si pasara energía del más frío al más caliente, resultando el que estaba frío aún más frío y el que estaba caliente aún más caliente, también se conservaría la energía, sin violarse la primera ley. Pero esto es imposible porque se viola la segunda ley de la termodinámica, que ya intuimos de qué va: el flujo espontáneo de calor siempre es unidireccional, desde los cuerpos de mayor temperatura hacia los de menor temperatura, hasta lograr un equilibrio térmico. Para invertir este flujo habría que aplicar energía al sistema.

Esta ley supone la introducción de un concepto que preocupa sobremanera a los economistas, la entropía, que mide la parte de la energía que no puede utilizarse para producir trabajo. De forma simple, una formulación de esta ley podría decir que en un sistema aislado la variación de la entropía siempre aumenta. En nuestro anterior ejemplo, la entropía final del conjunto (los dos objetos habiendo alcanzado la misma temperatura) será mayor que la de los dos objetos por separado. Este aumento de la entropía equivale a un aumento de la energía que no es capaz de realizar un trabajo, o si se prefiere, a una disminución de la energía útil, aunque la energía total del sistema se conserva.

La entropía también se asocia al “desorden” de los sistemas. Según esta segunda ley, los sistemas aislados tienden inexorablemente al máximo desorden. Por ejemplo, cuando quemamos carbón su energía se transformará en calor, humo y cenizas, la energía se dispersa, obteniéndose un sistema más desordenado, de mayor entropía. O si vertemos tinta en el agua, esta se dispersará mezclándose con ella. Y por mucho que esperemos no habrá un reordenamiento (disminución de la entropía) en el que se separe espontaneamente la tinta del agua. Por lo tanto, todo sistema cerrado tiende a un estado de máximo desorden o entropía o, lo que es lo mismo, a una disminución de energía útil.

Si introducimos energía en el sistema, es decir, si deja de ser cerrado, podemos revertir el proceso entrópico. Por ejemplo, lo hacemos cuando encendemos la calefacción de nuestra casa en invierno para no quedarnos helados: si no lo hacemos, la temperatura de nuestro cuerpo, a causa del obstinado aumento de entropía, se igualará con la de la habitación que está más fría. Pero esto lo haremos a costa de aumentar la entropía en otro lugar. En este caso en una caldera que está quemando gas con el siguiente resultado: calentar agua para nuestra calefacción y producir un residuo en forma de CO2. Por lo tanto, cualquier cosa que se haga por disminuir la entropía en una parte de un sistema será a costa de aumentarla en otra. La energía invertida, para desesperación de los economistas, será en gran medida irrecuperable, a pesar de estar dispersa en algún parte.

Si nos guiáramos solamente por el primer principio de la termodinámica, que declara que la energía no se crea ni se destruye, podríamos pensar que el uso de la energía no reducirá la cantidad de energía que queda disponible para ser usada de nuevo. Pero ahora sabemos que, según la segunda ley de la termodinámica, siempre que se usa energía, la cantidad de energía útil que queda en el sistema disminuye.

No hay forma de invertir este proceso. Quemar un trozo de carbón cambia un recurso natural de baja entropía por un residuo de alta entropía que es mucho menos capaz de realizar un trabajo. Al hacerlo, hemos aumentado la entropía de nuestro sistema, el planeta tierra. Hemos disminuido su energía útil, capaz de producir trabajo. Y ahora una mala noticia: el proceso económico (la producción seguida de consumo) es altamente entrópico.



Obsolescencia y entropía

Suricato - Innovación y decrecimiento

"El deseo se esfuma antes de que el objeto envejezca"
Deyan Sidjic.

El documental Comprar, tirar, comprar ha contribuido a aumentar la difusión de la crítica a la obsolescencia programada. Enhorabuena. Conviene, eso sí, profundizar en algunos temas que se abren a partir de él.

Entre todas las perversiones del productivismo, la obsolescencia programada es probablemente la más irritante. Consiste en una estrategia deliberada para acortar la vida útil de las mercancías con el objetivo de aumentar la velocidad del ciclo producción-consumo. Mientras menos duren más se fabrican. Los productos nuevos reemplazan a los antiguos que, así considerados, se convierten en basura. No se los deja envejecer con dignidad.

La obsolescencia programada requiere de dos mecanismos interrelacionados: una planificación conciente, racional y técnica de la caducidad, por una parte y el deseo social, publicitariamente estimulado, de renovación permanente de los símbolos de identidad y estatus social, por otra. Es decir, para que el engranaje funcione a la perfección es necesario que la razón productivista tenga como contrapunto necesario la razón consumista: lo nuevo, o aparentemente nuevo, que emerge de lo destruido, tiene que ser deseado. Para ello, la ideología publicitaria debe dar argumentos para que lo nuevo deseado sea considerado "mejor". El círculo así se cierra, pero se cierra mal puesto que la caducidad permanente genera desechos permanentes cuya mayor parte no ingresan en ningún circuito de reciclaje sino que, o bien se dispersan aleatoriamemente por la naturaleza, caso de las llamadas sopas de plásticos en los océanos o, son enviadas descarada e ilegalmente a países asiáticos o africanos, como Ghana, como bien ilustra el documental. Las cloacas están siempre en algún sitio: mejor si están lejos del paisaje de la opulencia.

La planificación de la obsolescencia y su efecto sobre la reducción de la vida útil de los objetos debilita las ancestrales prácticas de la reparación, del arreglo, de la compostura y los oficios vinculados a ellos: zurcidor, tapicero, afilador, modista... Oficios nobles, y totales, depositarios de saberes colectivos no entrópicos que establecían una relación afectiva con los artefactos a los cuales se les concedían nuevas oportunidades de vida. La actual construcción modular, fragmenta los objetos en unidades autónomas desechables. Un módulo es una pieza autónoma, una caja negra, acoplable, mediante un conector o interfaz, con otras. El oficio técnico actual, parcial y arrogante, desconoce gran parte la lógica de funcionamiento interior de las piezas. Sabe como acoplarlas y sustituirlas pero no sabe lo que bulle dentro de ellas, por lo tanto, no sabe repararlas.

Que la inteligencia, la técnica, la ciencia y el saber colectivo en general estén al servicio de la caducidad de los objetos de consumo revela hasta qué punto el productivismo linda con la inmoralidad. Lo mismo sucede con la industria militar. La famosa "destrucción creativa" shumpeteriana se revela como simple destrucción, sin más, sin apellidos. Es sabido que el capitalismo presenta una alta racionalidad en sus procesos parciales y una alta irracionalidad sistémica. Pues bien, la obsolescencia programada lo ejemplifica a la perfección pero añade una información nueva: los procesos parciales, fabricar una bombilla eléctrica, por ejemplo, pueden ser racionales y, a la vez, inmorales. La razón tecnocientífica y toda la estructura de prácticas profesionales y discursivas sobre ella asentada esconde su función obsolescente, es decir la producción voluntaria de caducidad.

El proyecto del crecimiento ilimitado del capitalismo requiere dos dinámicas aberrantes: por una parte, la absorción voraz de recursos y, por otra parte, la destrucción contínua de lo que el trabajo social ha realizado.

Sobre la contaminación, el agotamiento de recursos y sobre la destrucción ilimitada y sistemática de los productos del trabajo social se asienta la llamada prosperidad y del llamado bienestar de la que creen gozar una parte importante de las capas sociales de los países centrales y de una minoría de las periféricas. La prosperidad tiene los pies de barro; es circunstancial, precaria y falsa. Existe porque está basada en un principio de ceguera social: las evidencias del desastre y las injusticias no están incorporados en sus alegres cómputos. La prosperidad sólo se vive como tal si se mira para otro lado; si no se ven los agujeros negros hacia donde fluyen los detritus de la máquina económica.

La obsolescencia programada nació con el propósito declarado de estimular a las economías en crisis de los años treinta del siglo pasado. Pero forma parte del funcionamiento normal de la producción de masas. La fundamenta, sostiene y justifica. Sobre esta aberración se asientan todas las actuales llamadas al consumo para salir de la crisis. La misma innovación tecnológica, mantra de los ideólogos del sistema, está asentada sobre el imperativo de la caducidad. Las recetas keynesianas para el fomento de la actividad productiva de cualquier tipo se complementan con el estímulo al consumo, también de cualquier tipo. Todo vale para las cuentas de la economía. El PIB es ciego y sordo (pero no mudo); no le importa lo que llene sus indicadores. Su lógica es irresponsable y obscena.

Pero, no hay salida posible de la crisis, si la entendemos en su sentido amplio como crisis social y medioambiental, estimulando justamente uno de sus factores causales. No hay salida productivista ni consumista a la crisis, salvo como engaño y desplazamiento de los problemas a las generaciones venideras, si es que éstas consiguen llegar a existir.

La manoseada expresión "cambio de modelo productivo" debe significar otra cosa para que tenga valor. Debería significar limitación cuantitativa (menos objetos), redireccionamiento cualitativo (respondiendo a las necesidades de las mayorías) y reorientación ecológica de la producción y consumo social de bienes. La tercera sin las dos anteriores es simple maquillaje. La apuesta por el decrecimiento es una apuesta por la perennidad sobre la caducidad. Una apuesta por la vigencia de los objetos que son producto del trabajo social extrayéndolos del vértigo de la obsolescencia planificada. El decrecimiento no quiere añadir más entropía a la naturaleza.

Células de Bénard

A principios de siglo, el físico francés Henri Bénard descubrió que el calentamiento de una fina capa de líquido puede originar estructuras extrañamente ordenadas. Cuando el líquido es uniformemente calentado desde abajo, se establece un flujo constante de calor, que se mueve desde el fondo hacia la parte superior. El líquido en sí mismo permanece en reposo y el calor se transmite únicamente por conducción.

No obstante, si la diferencia de temperatura entre la parte superior y el fondo alcanza un determinado valor crítico, el flujo de calor es reemplazado por una convección térmica, en la que el calor es transmitido por el movimiento coherente de grandes cantidades de moléculas.

En este punto aparece un muy sorprendente patrón ordenado de células hexagonales (“colmena”), en el que el líquido caliente asciende por el centro de las células, mientras que el líquido frío desciende por las paredes de las células.

A medida que el sistema se aleja del equilibrio mediante el flujo de energía, se alcanza un punto crítico de inestabilidad, en el que aparece el patrón hexagonal ordenado. Un ejemplo de autoorganización en el que millones de moléculas se mueven coherentemente para formar células hexagonales por convección.

Cuando el flujo de materia y energía a través de ellas aumenta, pueden pasar a nuevas inestabilidades y transformarse en nuevas estructuras de incrementada complejidad. La energía se autoorganiza.
Al igual que las células de Bénard, los seres vivos somos sistemas abiertos organizados a partir del flujo de materia y energía que circula incesantemente a través de nosotros. La vida no existe en un vacío sino que ocurre en la diferencia muy real que media entre una radiación solar de 5.800 Kelvin y las temperaturas de 2.7 Kelvin del espacio exterior. Estas ideas relacionan lo vivo con lo no vivo.

Para saber más: La trama de la vida. Fritjof Capra.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Magulis. Dorion Sagan.

Orden, complejidad y entropía

Cuando hablamos de orden nos referimos a la colocación de las cosas en su lugar correspondiente; (así hablamos por ejemplo de orden alfabético: a, b, c, d, e...).


La palabra complejidad es de origen latino, proviene de “complectere”, cuya raíz “plectere” significa trenzar, enlazar. Entenderíamos entonces la complejidad "como un mayor tamaño, número y clases distintas de las partes que componen un ente (un ser), la variedad de roles especializados que incorpora, el número de los distintos modos de ser presentes y la variedad de los mecanismos para organizar todo ello en un todo coherente y funcional. Al aumentar cualquiera de estas dimensiones, aumenta la complejidad del ente."

La entropía sería una medida del grado (gradiente o razón entre la variación del valor de una magnitud en dos puntos próximos y la distancia que los separa) de energía no disponible en un sistema termodinámico.

Entonces, el orden, la complejidad y la entropía son formas de aprehender las relaciones con el Universo desde estructuras mentales humanas.

Una de las observaciones más maravillosas que nos ha proporcionado la ciencia es la evolución del universo desde lo 'simple e indiferenciado', hasta lo 'complejo'. El universo crea estructuras cada vez más complejas. Si imaginamos la formación de una estrella, esta comienza con un gas “desordenado” para terminar siendo una bola de plasma con sus átomos mucho más localizados y “ordenados” que al principio.

Una evolución biológica genera desde hace cuatro mil millones de años organismos cada vez más complejos.

¿Cómo es posible entonces esta evolución hacia la heterogeneidad y la complejidad desafiando la Segunda Ley de la Termodinámica?.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Residuos para desecho

Dada la naturaleza entrópica del proceso económico, el residuo es un ‘output’ tan inevitable como el ‘input’ de los recursos naturales. Más y mejores motos, coches, aviones, refrigeradores, etc., causarán no sólo más y mayor agotamiento de los recursos naturales, sino también más y mejor contaminación.

El residuo es un fenómeno físico que es generalmente nocivo para la vida humana. Deteriora constantemente el entorno de muchas maneras: químicamente, como en la contaminación de mercurio; nuclearmente, como en el desecho radioactivo; físicamente como en la minería a cielo abierto.

La mayor parte del desecho molesto –basura, cadáveres, excremento- también se reduce por procesos naturales. Hay procesos higiénicos incómodos, pero lo importante es que estos desperdicios no causan un daño permanente o irreductible a nuestro entorno; no ocurre siempre así, por ejemplo con los residuos nucleares (en el caso del plutonio-239, la reducción de un 50 por 100 tarda veinticinco mil años)

La humanidad es como una familia que consume unos suministros limitados que hay en la despensa y arroja los inevitables desperdicios en un cubo de basura finito: el espacio en torno a nosotros.

El calor adicional en que se transforma finalmente toda la energía de origen terrestre cuando es utilizada por el hombre puede afectar el delicado equilibrio termodinámico de nuestro planeta mediante las islas de calor producidas por las plantas industriales de energía alterando la flora y fauna local de ríos, lagos e incluso mares ribereños o puede aumentar la temperatura de la Tierra hasta fundir los casquetes helados.

Para saber más: Energía y mitos económicos. Nicholas Georgescu-Roegen. 1975

La hipótesis Gaia

Gaia es la Tierra vista como un sistema singular, una entidad viva, en la que, como ocurre con otros organismos vivos, su composición química y su temperatura se autorregulan de acuerdo con el estado más favorable para la vida.

La hipótesis Gaia considera la evolución de los organismos como algo tan estrechamente emparejado con la evolución de su medio ambiente físico y químico, que juntos forman un único proceso evolutivo, que es autorregulador.

Por tanto, el clima, la composición de las rocas, el aire y los océanos no vienen dados simplemente por la geología; también son consecuencia de la presencia de la vida. A través de la incesante actividad de los organismos vivos, las condiciones en el planeta se han mantenido favorables para la persistencia de la vida durante los últimos 3.600 millones de años.

Gaia sería un organismo vivo que utiliza la energía solar y realiza un metabolismo a escala planetaria. Un tipo de energía libre de grado alto, como la luz del sol, reduce su gradiente dentro de los límites del espacio planetario, y excreta energía de grado bajo, como rayos infrarrojos al espacio.

La Tierra parece tener una atmósfera que retiene justo la cantidad correcta de calor para mantener un clima cómodo para los organismos vivos, y ha sido así desde la aparición de la vida. Las bacterias han creado y mantenido los organismos vivos, interrelacionándose químicamente con el medio ambiente para crear unas condiciones lo más favorables posibles para la vida mediante en un proceso evolutivo – la simbiogénesis-, que permitiera el mantenimiento de Gaia.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis.

Para saber más: Gaia. James Lovelock.

Simbiogénesis


Hay dos tipos de vida: Las bacterias y las comunidades de bacterias. Toda la vida son bacterias y las bacterias son unidades, son seres vivos, unidades vivas. Todo lo demás, que se ve como animales o plantas, son seres compuestos por más de un tipo de bacteria. Es decir, son el resultado de la simbiogénesis entre más de un tipo de bacteria.

La simbiogénesis consistiría en el cambio evolutivo que se da mediante la asociación de dos o más especies diferentes para formar un nuevo organismo, se trata de un verdadero motor evolutivo, y los protagonistas no son los genes, sino las bacterias. Ellas son los verdaderos artífices de la biodiversidad y complejidad biológica.

La vida se originó con las bacterias, unos organismos que se expandieron primero en el agua, donde modificaron el líquido y produjeron gases.

En condiciones favorables las bacterias pueden doblar su población cada veinte minutos de modo que, en cuestión de un solo día y a partir de un único espécimen, el número de individuos de un cultivo puede llegar a varios miles de millones.

Su capacidad de transmisión de la información, se basa en tres estrategias que funcionan en paralelo y que no tienen nada que ver con la transmisión vertical de información genética por descendencia -infinitamente más lenta y dificultosa- que caracteriza a nuestra especie:

(1) transmisión de material genético (conjugación) a través del tubo conyugal desarrollado a tal propósito;

(2) transmisión de ADN de una bacteria a otra por medio de virus bacteriófago (trasducción) y

(3) traspaso de material genético (transformación) entre bacterias -o de otros organismos a éstas- por penetración de la pared celular.

Estamos pues hablando nada menos que de un sistema polifacético de multiplicación y de transmisión cuasi instantánea, en red y de forma horizontal -sin tener que esperar de una generación a otra- de las claves genéticas para la adaptación y la supervivencia. De ahí la inmensa variedad del mundo bacteriano, de cuya diversidad y según algunos estudios, apenas conocemos el uno por ciento. De ahí la enorme capacidad de las bacterias para vivir en ambientes absolutamente inhóspitos y distintos, desde las cumbres más heladas hasta las simas marinas más profundas, con oxígeno o sin él, con luz o sin ella, etc.


Para saber más: Entrevista a Lynn Margulis en la UAB Barcelona.

Para saber más: Las cosas por su nombre. David Sempau.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis y Dorion Sagan.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan.

Vida y complejidad


Para considerar que una entidad está viva, ésta ha de ser ante todo autopoyética (construcción de uno mismo), es decir, ha de mantenerse activamente contra las adversidades del mundo. La vida responde a las adversidades utilizando materia y energía para permanecer intacta, este automantenimiento activo se encuentra en la base de toda vida conocida.

Todas las células (unidad mínima de vida) reaccionan a las perturbaciones externas para conservar aspectos clave de su identidad dentro de sus límites. Esto les da identidad y memoria

En cualquier organismo, en cualquier entidad autopoiésica, es posible identificar una fuente específica de energía sustentable (luz visible, oxidación del metano o del sulfuro), junto con otra de carbono (azúcar, proteína, dióxido de carbono), nitrógeno u otros elementos químicos necesarios.

La mayoría de las evolucionistas argumentan que la vida se originó en la Tierra, tal vez por causa de un determinado gradiente químico entre compuestos ricos en hidrógeno y otras sustancias ricas en carbono y oxígeno. La vida desarrolló la identidad de la célula.

La vida como un sistema cíclico más, con una dilatada historia (alrededor de 4.000 millones de años), cuya existencia queda explicada por su eficacia en la reducción de gradientes, superior a la de los sistemas no vivos a los que reemplaza.

Sin embargo, el problema de lo complejo es que es complejo; casi siempre, lo complejo modifica el sistema y lo transforma. Las relaciones no son lineales, existen realimentaciones que cambian las cosas.

Así, la membrana de una célula, controla los intercambios de energía y materia, autorregulando el flujo en función del sistema en que se integra, que a su vez es capaz de incidir en la regulación de su entorno. Lo complejo es así mucho más activo. El sistema que evoluciona intercambia no toda la información que puede, sino la que le interesa, la que le es útil.

Para saber más:
"El Origen de Gaia". Editorial Abecedario. Carlos de Castro.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 2.002.

Para saber más: Microcosmos. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 1.986.

La naturaleza aborrece el gradiente


Podemos entender la idea de gradiente como ese aborrecimiento de la Naturaleza al vacío, cuando el aire se precipita a llenar cualquier vacuidad que produzcamos con una bomba; o la gravedad que atrae a los cuerpos cuando cualquier cuerpo arrojado al vacío caerá hacia abajo.

Los gradientes originales descritos por la ciencia se referían a los motores de vapor. Las diferencias entre calor y frío, podían ser convenientemente transformadas en energía por la máquina. En los sistemas aislados, éstos acababan de perder su funcionalidad y sus moléculas constituyentes terminaban por disponerse aleatoriamente, hasta el punto de no poder seguir funcionando.

En la naturaleza existe una tendencia espontánea a reducir los gradientes de la forma más rápida posible: “La naturaleza aborrece el gradiente”.

Los sistemas complejos, se forman con elevada probabilidad, dado que permiten el camino más probable para las transformaciones energéticas.Los flujos de energía creados por la complejidad y el orden son más eficientes disipando gradientes y además, una vez que se establece su posibilidad de existencia, son más probables.

Por ejemplo, un gradiente de presión atmosférica, por ejemplo, tardaría más en alcanzar el estado de caos aleatorio sin el complejo sistema cíclico del tornado, cuya función consiste en alcanzar ese fin natural.
La pregunta que surge es: Si los seres vivos somos sistemas complejos. ¿Estamos avocados a disipar los gradientes de la forma más eficiente y rápida posible?

Para saber más: Entropía versus complejidad. Carlos de Casto.

Para saber más: Captando genomas. Lynn Margulis y Dorion Sagan. 2002.

Inercia y desorden

¿Para qué sirve actuar, si el pensamiento que guía la acción conduce al descubrimiento de la ausencia de sentido?.



El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres, los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel lo marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre – aún condenado – consista en oponerse vanamente a una decadencia siempre mayor, que un día será definitiva.

Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego – y salvo cuando se reproduce a sí mismo – el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que el orden que implican.

En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia.

Fragmento del libro Tristes Trópicos escrito por Claude Lévi-Strauss en 1955

Entropía y evolución

El segundo principio de la termodinámica, nos dice que es imposible la máquina del movimiento perpetuo, se refiere a la inevitable realidad de que a lo largo de la cadena de transformaciones de la energía se va perdiendo la capacidad de realizar trabajo útil.

La teoría evolutiva dice que primero existieron los animales más simples, menos estructurados, y luego fueron evolucionando hacia formas cada vez más complejas.

Los organismos vivos son sistemas abiertos que están importando y exportando energía constantemente, son capaces de mantenerse en estado de desequilibrio químico y termodinámico y, creciendo y evolucionando hacia una mayor heterogeneidad y complejidad.

Ilya Prigogine nos habla de la Termodinámica No Lineal de los Procesos Irreversibles, donde describe como en situaciones lejos del equilibrio, se forman nuevas estructuras disipativas, que permiten definir diferentes trayectorias (Ciencia del Caos y los Sistemas Complejos), y pueden aparecer nuevas estructuras y pautas de organización.

La vida es irreversible: del nacimiento a la muerte. No se avanza rectilíneamente pero sí irreversiblemente; la destrucción de la vida, es sustrato de vida siguiente.

Para saber más: Reflexiones sobre el pensamiento de Ilya Prigogine. Denise Nagmanovich
Para saber más: Dialéctica caos – conciencia. Agustín de la Herrán Gascón.

Para saber más: Energías. Una guía ilustrada de la biosfera y la civilización. Vaclav Smil.

Acerca de la entropía

El ser humano al ser una especie con gran desarrollo evolutivo y elevado peso necesita un gran flujo de energía para su existencia. Debido a su elevada capacidad de raciocinio ha desarrollado instrumentos para poder captar o utilizar en su provecho una mayor cantidad de energía que la que le llegaba directamente del sol o la que podía consumir a través de los alimentos, donde se encuentra energía solar fijada mediante el proceso de fotosíntesis.

Cada disminución localizada de la entropía por la acción del ser humano o de una máquina va acompañada de un aumento aún mayor de la entropía del entorno; tal acción sólo se puede llevar a cabo a través de la utilización de energía concentrada –ordenada, disponible o utilizable- que después de su aplicación o transformación pasa a un estado disperso, no disponible o desordenado; es decir, esta energía disipada o degradada ya no puede rendir trabajo.

Lo que se conoce como ‘progreso’ consiste en la creación de islas de orden aparente a costa de provocar océanos de desorden cada vez mayor. Cada vez es más costoso –en términos energéticos- mantener el orden aparente del presente modelo y más costoso generarlo.

Para saber más: La explosión del desorden. Ramón Fernández Durán. 1993.

Leyes de la termodinámica

Las leyes que rigen el comportamiento de la energía se conocen como las leyes de la termodinámica.

El primero de estos principios se denomina ‘principio de conservación de la energía’: establece que la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Es decir: la cantidad total de energía permanece siempre inalterable, y constante, pudiendo transformarse de un estado a otro (por ejemplo la energía calorífica que libera la combustión de fuel puede transformarse en electricidad y en calor ambiental) pero sin crearse o destruirse en este proceso.

El segundo de estos principios o ley de la entropía dice que en la transformación, la energía pierde su calidad y se degrada disminuyendo sus posibilidades para el aprovechamiento humano; cambiando en un sentido, esto es, de utilizable a inutilizable, de disponible a no disponible, de ordenada a desordenada.

La formulación de Rudolf Clausius de la ley de la entropía puede formularse como sigue:
"Es imposible la existencia de un sistema que pueda funcionar de modo que su único efecto sea una transferencia de energía mediante calor de un cuerpo frío a uno caliente."


Se denomina reservorio o foco térmico, a una clase especial de sistema cerrado que se mantiene siempre a temperatura constante, aun cuando se le ceda o quite energía por transferencia de calor. Este sistema es una idealización pero podría asimilarse el concepto a la atmósfera terrestre o los océanos.

La formulación de Kelvin-Planck del segundo principio puede expresarse así:
"Es imposible construir un sistema que operando según un ciclo termodinámico, ceda una cantidad neta de trabajo a su entorno mientras recibe energía por transferencia de calor procedente de un único reservorio térmico."


La termodinámica enseña que como la energía y los materiales no se pueden crear ni destruir, lo que entra en forma de factores productivos tiene que salir forzosamente como mercancías y residuos, pero no puede desaparecer.

Para saber más: La bioeconomía de Georgescu-Roegen. Oscar Carpintero. 2006.

Para saber más: Fundamentos de Termodinámica Técnica. Micheael J. Moran y Howard N. Shapiro. 2004.

Entrevista a Mario Sproviero:

JL: ¿Cuál es el alcance y el significado de la cuestión “entropía” en el mundo de hoy?


MBS: Con el problema de la entropía se da un fenómeno curioso: a pesar de tener la máxima importancia, afectando directamente -a corto, medio y largo plazo- a la propia supervivencia humana en el planeta, ha sido muy poco divulgado y, así pues, prácticamente ignorado por la opinión pública.


Recientemente se ha publicado en Europa la traducción actualizada del clásico Enthropy de Jeremy Rifkin, que describe la tendencia universal de todos los sistemas -incluidos los económicos, sociales y ambientales- a pasar de una situación de orden a creciente desorden. Por tanto, debe ser discutido por toda la sociedad en todos sus sectores y no sólo en círculos especializados de científicos.


JL: ¿A qué se debe el desinterés por el problema de la entropía, si se trata de un asunto tan grave y apremiante?


MBS: Para la visión mecanicista del mundo, típicamente moderna, en la línea que une a Descartes, Galileo, Bacon, Newton, Locke y Adam Smith (éste en la economía y Locke en la concepción social), la idea de progreso es tan connatural que ni pensamos en discutirla. Ahora bien, la cuestión que abordamos incide precisamente en este punto: "la ley de la entropía socava la idea de la historia como progreso. La ley de la entropía destruye la idea de que la ciencia y la tecnología crean un mundo más ordenado".


En una visión mecanicista, el énfasis únicamente se pone en lo que se ordena, sin entrar a considerar el desorden causado por la ordenación. Es como si ignorásemos, por ejemplo, el problema de la basura al arreglarnos nuestra casa. Cuando la casa es el propio planeta, pensar que “el resto” no interesa es el síndrome del avestruz...


JL: Comencemos por la caracterización y definición de entropía


MBS: Originalmente, “entropía” surgió como palabra acuñada del griego, de em  (en - en, sobre, cerca de...) y   sqopg (tropêe - mudanza, giro, alternativa, cambio, evolución...). El término fue usado primeramente en 1850 por el físico alemán Rudolf Julius Emmanuel Clausius (1822-1888).


Para caracterizar la entropía partiremos de una autoridad de renombre: el físico Enrico Fermi, uno de los padres de la bomba atómica. En su Thermodynamics define la primera ley de la termodinámica:


"La primera ley de la termodinámica es esencialmente la afirmación del principio de conservación de la energía para sistemas termodinámicos. Como tal, puede expresarse del siguiente modo: 'La variación de energía en un sistema durante cualquier transformación es igual a la cantidad de energía que el sistema intercambia con el ambiente'. Esta primera ley no pone limitaciones a las posibilidades de transformación de energía de una forma para otra".


Ahora bien, esa posibilidad ilimitada de transformación es la base de toda la civilización del progreso. Ya la segunda ley de la termodinámica impone severas limitaciones: "Es imposible una transformación cuyo resultado final sea transformar en trabajo todo el calor extraído de una fuente" (postulado de Kelvin).


JL: ¿Cómo se traduce esto en términos generales?


MBS: El primer principio establece que la energía no puede ser creada ni aniquilada. Hay todavía un tercer principio -el del equilibrio- que indica que dos cuerpos -ambos en equilibrio térmico con un tercero-, colocados en contacto, se encuentran en equilibrio entre sí.


Lo curioso es que históricamente el mismo primer principio haya suscitado tanta oposición y resistencia a ser aceptado, porque existía el ideal de construir una máquina que pudiese efectuar trabajo sin consumir energía (motu perpetuo de primera especie). En términos corrientes, el segundo principio indica que, con el tiempo, disponemos siempre de menos energías utilizables. O resumiendo: "la energía total del universo es constante y la entropía (el desorden) total está en continuo aumento".


Nos hallamos entonces en un universo que se degrada energéticamente y esta realidad debería conducir a un dispendio mínimo de las energías disponibles, más aún en el sistema de nuestra pobre Tierra, cuyos materiales utilizables son muy limitados. Por tanto, la productividad no debería medirse por la mayor cantidad de bienes económicos producida en un determinado período de tiempo, sino por la mayor cantidad producida con el menor gasto energético posible. Y, del mismo modo, crear el orden que deje menos desorden (en otros ámbitos).


JL: Estas leyes de la termodinámica ¿son siempre válidas o se trata a lo sumo de un modelo científico provisional?


MBS: Éste es el punto central. Para el autor -y todo indica que está plenamente en lo cierto- se trata de ley fundamental y Albert Einstein -en una de sus reflexiones- observó: "Una teoría es tanto más emocionante cuanto más simples son sus premisas, más diversas las categorías de fenómenos a las que se refiere, más vasto su campo de aplicabilidad. Ésta es la razón por la que la Termodinámica clásica siempre me causó honda impresión: es la única teoría física de contenido universal de la que estoy convencido que, en el campo de la aplicación de sus contenidos basilares, nunca será superada".


Ante esa universalidad de la ley de la entropía, se busca "atenuarla" de dos modos: o intentando quitarle universalidad por medio de una nueva ciencia, la Mecánica Estadística (Ludwig Boltzmann), en la cual (en el mundo subatómico) podría haber excepciones; o intentando reconocerle significado práctico sólo para largos ciclos como el del apagón del sol, previsto para períodos cósmicos de tiempo. Lo cierto es que, aun concediendo esas excepciones para partículas, se trataría de casos análogos a la famosa imagen de millares de monos mecanógrafos escribiendo al azar, a lo largo de miles de años, la Comedia de Dante. Y en cuanto al caso del sol, basta decir que nuestros ciclos, evidentemente, son de dimensiones humanas y no cósmicas. El hecho indudable es que la entropía nos afecta radicalmente.


JL: Si se trata de una ley universal, ¿por qué sólo ahora sale a la luz su carácter destructor?


MBS: Dada la simple experiencia siempre constatada de que nunca espontáneamente el calor de un cuerpo más frío ha pasado a un cuerpo más caliente, resulta extraño no haber contado con una formulación anterior. Un paréntesis: me refiero aquí a formulaciones científicas, porque la intuición del fenómeno sí fue captada siempre. Desde el "Tempus edax rerum", el tiempo que consume las cosas, del poeta latino, "el tiempo que estraga todas las cosas", a un San Pedro que afirma que el mundo ahora existente está reservado para el fuego (II Pe 3, 7). El problema de la entropía no sería destructivo si tuviésemos otra Weltanschauung: como nuestra visión del mundo, el consumismo, tiene algo de connatural y el progreso es su imperativo ético, entonces estamos realmente en un callejón sin salida. Un San Francisco de Asís, por ejemplo, no estaría en la crisis que estamos. En nuestro sistema, que no concibe ningún significado espiritual de pobreza y, por tanto, de la propia existencia, y convierte a lo superfluo en más esencial que lo esencial, la no disponibilidad de energía vacía completamente la existencia. De ahí el carácter auto-destructivo del progreso. Es en ese sentido que Heidegger (1889-1976) comenta la "penuria de nuestro tiempo", incapaz de darse cuenta de que la verdadera penuria no es la material, sino la de no considerar como una ausencia la ausencia de lo Esencial (a propósito del terrible verso de Hölderlin: "Wozu Dichter in dürftiger Zeit?" - "¿Para qué poetas en tiempos de penuria?"). Para Francisco, como es sabido, la pobreza no lleva a la tristeza de perder cosas, sino a la alegría de librarse de cosas...


JL: ¿Qué relación hay entre tiempo y entropía?


MBS: La entropía es la inversión del tiempo, es decir, ese aspecto del tiempo por el cual cuanto más se retrocede en el tiempo, más "intenso" es el tiempo. Y cuanto más se avanza más "diluido" es el tiempo. Es el tiempo en su aspecto negativo: estamos acostumbrados a pensar en el devenir del cosmos como un progresivo venir-a-ser, pero en verdad se trata de un regresivo dejar-de-ser sin aniquilarse: se acumula una "escoria de ser". Como muy bien muestran los físicos Bernhard y Karl Philbert, no sólo el espacio está en función del tiempo, sino el mismo tiempo está en función del tiempo. No podemos pensar en un tiempo uniforme y lineal separado de las cosas, sino en un tiempo entrópico, que se degrada con el tiempo, tendiendo asintóticamente al fin del propio tiempo; o como satíricamente se podría decir: "el tiempo va a morir con el tiempo" (o en la visión de Juan: "No habrá más tiempo" Ap 10, 6).


JL: ¿Explicaría eso la aceleración de los ciclos de energía a lo largo de los tiempos cósmicos, geológicos, biológicos y, más recientemente, históricos?


MBS: Precisamente. Hay un paralelo ilustrativo con el tiempo de la vida de un hombre. La "entropía" orgánica evidenciada por el envejecimiento nos da la vivencia del "hundirse" del tiempo; y la muerte, de su implosión.


Los ciclos históricos nos muestran ese hecho claramente. Las crisis de energía no son sólo de nuestros días. En Europa, en la busqueda de energía (pensemos en necesidades domésticas, de calefacción, etc.) el "ciclo de la madera" comenzó a entrar en crisis en el siglo X y se agravó de modo total en el siglo XV (después de más de un milenio de exploración...), principalmente en Inglaterra, empujando al ciclo del carbón (el ciclo más sucio de la Historia), que duró casi cuatro siglos... Siempre en períodos cada vez menores, tenemos nuestro ciclo, que dura cerca de cien años, centrado en el petróleo: su agotamiento previsible será en torno al primer cuarto de este siglo.


Surge entonces el problema: ¿y después? Aquí es donde entra el carácter trágico de esa encrucijada histórica nuestra. Por un lado, la propuesta de basarse fundamentalmente en esta ley, extrayendo de ella todas las consecuencias y cambiar completamente los hábitos de nuestra civilización, salvar lo salvable (si es posible...) en una desglobalización urgente (con la correspondiente descentralización de la energía); o, por otro lado, poner rumbo a una súper-globalización, radicalmente uniformizadora, que nos lanzaría a un ciclo todavía más complejo, el de la biotecnología (ingeniería genética, etc.), que nos daría una "plenitud" provisional -de infernal complejidad- y, a la postre, de duración aún más corta y agotando todas las materias y recursos del planeta.


No es el caso aquí de entrar en detalles (para eso está la obra de Rifkin), pero hay evidentemente una aterradora degradación de la tierra en una patente correlación entre nuestras crisis de energía, abastecimiento ("vacas locas", "fiebre aftosa", agrotóxicos y todas las otras disfunciones de una actividad agropecuaria plantada y nutrida en el petróleo), desertificación creciente, cada vez más basura etc. y la creciente entropía... Es un círculo vicioso: la demanda creciente de energía vuelve siempre más complicada, costosa y dañosa su obtención.


Me valgo aquí de dos metáforas clásicas: el aprendiz de brujo genera fuerzas que acaban por destruirle y el diablo -en la horripilante imagen de Jacob Boehme (1575-1624)- se ha vuelto loco y se ha prendido fuego en el afán de consumirse disfrutando de sí mismo. Parece la alternativa de la biotecnología: agotando totalmente los recursos planetarios para mantener los vicios de nuestra sociedad de consumo.


JL: ¿Pero no existe la posibilidad de revertir ese cuadro mediante una nueva e inesperada fuente de energía?


MBS: Hay de hecho una especulación, en el ámbito de la ficción científica, que propone todo tipo de "soluciones" disparatadas, hasta la reversión del tiempo -otro deseo delirante de negar la realidad entrópica.


Si consideramos que la energía atómica trae tremendas complicaciones ambientales (Chernobyl fue el mayor desastre de la historia de la tecnología) y entrópicas (hecha inviable la fisión nuclear, se tiende a la fusión nuclear en frío, que es la traducción en términos energéticos de la utópica máquina de motu perpetuo), la única energía disponible no explorada es la solar, pero no contamos con tecnología adecuada: un aprovechamiento no mediatizado por procesos fuertemente entrópicos (el remedio que mata al paciente).

O en términos más prácticos y realistas: Yergin (ver Bibliografía) hace notar que la Guerra del Golfo puso en evidencia que, por el momento, la única energía disponible para sostener el sistema es el petróleo. Y si no, ¿por qué la guerra? ¿Y será casual la presencia de la familia tejana Bush (que, como se sabe, está ligada al monopolio del petróleo) en el vértice de poder del planeta?


Ocurre con las tentativas de eludir la entropía un fenómeno paralelo al que se da con las tentativas de sustraerse a las limitaciones del Álgebra. Como se sabe por el Teorema Fundamental del Álgebra, una ecuación de grado n admite n raíces. Pero, a partir del grado 3, salvo casos particulares, no hay algoritmo universal para determinar esas raíces. Ante una imposibilidad demostrada, nadie va a perder tiempo buscando un algoritmo inexistente (o, por dar otro ejemplo matemático, la cuadratura del círculo). Del mismo modo, tomando en serio los principios de la entropía, nadie debería -en su sano juicio- insistir en esa línea. Claro que la humanidad tomada como un todo, con sus grupos e intereses difusos (y sobre todo quien goza del poder), no funciona con tal racionalidad...


JL: ¿Y qué soluciones se ofrecen, si abordamos existencialmente la cuestión de la entropía?


MBS: Esto es realmente lo trágico. Rifkin habla de una vuelta radical a un ritmo natural en el que se debe revertir drásticamente el sentido del flujo campo-ciudad, las personas deberían volver al campo, las ciudades no deberían albergar a más de cien mil habitantes y la población mundial no superar los mil millones de habitantes. Es precisamente con base en esas constataciones que surgen actualmente grupos de fanáticos como el Aum Shinrikyô. Poca gente presta atención al hecho de que el famoso atentado en el metro de Tokio, el del gas sarín, fue motivado por una ideología de eliminación de estratos inferiores de la (super) población. De hecho, Shoko Asahara estaba ligado a los militantes rusos seguidores de Vladimir Zhirinovskij y, presumiblemente, a la proscrita extrema derecha alemana del NSDAP (Partido Nacionalsocialista del Trabajo). No cabe por tanto considerar la disparatada propuesta rifkiniana de reducir la población de seis a mil millones.


JL: Ampliando a otros ámbitos, ¿cómo afecta la idea de entropía a la Educación?


MBS: Rifkin menciona la experiencia -vivida por cualquier estudiante- de trasnochar, hacer un examen por la mañana y por la tarde tener ya todo olvidado. Ese "olvido" permanece como residuo cognoscitivo no eliminado. Hay un hecho constatado en los Estados Unidos: con toda la parafernalia de informática y equipamientos existe un gran número de alumnos que no consiguen aprender o, lo que es peor, cobran aversión al estudio. Y los que sintonizan con esos  equipamientos, se robotizan y se constata un gran aumento de enfermedades mentales desde el "boom" de la informática. El nuevo ideal ya no es el "animal", sino la "cosa" (de ahí ciertos géneros musicales nuevos, cierta cromática de cabello y de ropas, etc.).


Recordemos que Kant consideraba que para pensar seriamente algún problema la mera lectura de un periódico ya constituía un obstáculo. Hoy, si consideramos la avalancha de informaciones recibidas (desde las innumerables competiciones deportivas simultáneas hasta los noticiarios locales, regionales, nacionales e internacionales, pasando por una publicidad omnipresente y exigencias crecientes de competencia técnica e intelectual), sin posibilidad de síntesis, no es difícil percibir la entropía en la educación. En ese sentido Goethe (1749-1832), en el Fausto, pone en boca del diablo: "No soy omnisciente, mas mucho me es conocido", lo que podemos maximalizar en: "Lo sé todo, pero no soy omnisciente". Se contraponen los saberes de una pluralidad siempre creciente, sin posibilidad de síntesis, "falso infinito", al saber omnisciente de Dios: todo lo sabe en un único acto de infinita simplicidad, el verdadero infinito.


Los conceptos clásicos denominados "trascendentales del ser" (uno, bien, verdadero, bello) ya habían sido históricamente preteridos por su negación: al ser, la nada; al bien, el mal; a lo verdadero, lo falso; a lo bello, lo feo. Sólo el trascendental "uno" permanecía intacto, la posmodernidad se encargó de afirmar la superioridad de la pluralidad sobre la unidad: paradójicamente, a pesar del énfasis en el pluralismo, nunca hemos tenido una cultura global tan homogénea. Y, en términos filosóficos, se aniquila la intuición en favor de un exacerbado raciocinio autogenerador (Hegel): exhaustivas marañas conceptuales en detrimento de la intuición que incide directamente sobre lo real. Especular sin intuición es el equivalente a obrar sin energía: he ahí la entropía en el conocimiento: una especie de aparato especulativo de motu perpetuo.


JL: ¿Cuál es el papel del ordenador y de la informática en la entropía?


MBS: Por un lado, el ordenador permite operacionalizar las transformaciones de energía, acelerando el agotamiento de los recursos limitados de energía y materiales. Por otro lado, el ordenador es la realización concreta de ese abstracto que Heidegger (y el hecho increíble es que Heidegger ni siquiera conoció los ordenadores) llamaba Ge-stell (dispositivo, aparejo, aparato, armazón, estante, etc.): "Puesto que la esencia de la técnica moderna descansa en el Ge-stell, de ahí procede la necesidad de la técnica de echar mano de la ciencia exacta de la naturaleza. Ahí tiene su origen la apariencia falaz de la técnica moderna como ciencia natural aplicada". Resumiendo, tenemos una ciencia abstracta, una realidad virtual (formada por la tecnología) y una base real: el agotamiento energético real (no intuido).


Puede decirse que la revolución informática del aparato -dispositivo que produce información- completó la revolución industrial de la máquina -dispositivo que produce trabajo. Máquinas y aparatos son ya visibles en la actual crisis como agentes del nihilismo de la demiurgia humana.


JL: Como sinólogo, ¿cómo ve la posición de China ante semejante problemática?


MBS: Rifkin hace notar -y con razón- que China es la nación mejor preparada para el colapso energético que se aproxima y aconseja a las naciones del tercer mundo una "vuelta al campo" para atenuar el impacto de esa crisis. China fue el único imperio de la Historia basado en la agricultura sin haber perdido nunca tal base. Este hecho fue motivo de grandes dificultades para la China revolucionaria provocando incluso la llamada "revolución cultural", que intentaba anegar un pasado sin dialéctica entre ciudad y campo. Sin embargo, el mismo Mao Zedong (1893-1976) estaba seguro (justamente por esa base rural) de que en un conflicto nuclear China sería la nación superviviente. Por ello, la China posterior a la revolución cultural buscó la modernización evitando el éxodo del campo. Este éxodo fue tildado como el error sudamericano y especialmente "el error brasileño" (baxidecuowu, en chino).

De hecho, es preciso reconocer ese baxidecuowu, la fragilidad del sistema brasileño: ¿cómo podrá, pues, una São Paulo, con sus 17,8 millones de habitantes, sobrevivir sin área rural propia?

No creo, sin embargo, que se pueda prever qué países tendrán mejores condiciones de supervivencia: el caos será globalizado...


JL: ¿Quiere decir que nos encontramos ante dos alternativas diametralmente opuestas?


MBS: Sí, por un lado, la propuesta de la biotecnología, creando ilusorias realidades virtuales; por otro, el retorno a una era de economía descentralizada, una "edad de piedra" altamente técnica. En su "testamento" dice Heidegger: "El hombre está ahí, responde y es desafiado por un poder que se revela en la esencia de la tecnología y que el propio hombre no domina..."


JL: ¿Pero qué críticas se pueden hacer al dilema de Rifkin?


MBS: Ambas se mueven en el ámbito del mecanicismo pragmatista: una expansivista; otra retrayente. Rifkin apela al eclecticismo religioso, pero sólo para instrumentalizarlo al servicio de la civilización del mínimo desgaste entrópico, con su población reducida.


Heidegger es, a mi modo de ver, más realista: "La filosofía al igual que el pensamiento y la acción del hombre no van a conseguir provocar un cambio en la actual situación del mundo. Sólo tenemos esta posibilidad, a través del pensamiento y de la poesía, de prepararnos para la llegada del dios o bien para la ausencia de dios, el final que en ausencia de Dios iremos a vivir".


JL: ¿Se trata entonces del mismo Apocalipsis?


MBS: Es alguien tan inesperado como Heidegger quien, en su entrevista-testamento, señala al Apocalipsis. Él cita a su poeta Hölderlin:

"Wo aber Gefahr ist, wächst
Das Rettende auch".

                        ("Pero donde hay peligro, crece también lo que salva").


Ahora bien, el título de ese poema es Patmos, que, como se sabe, ¡¡¡es la isla del Apocalipsis!!! Y el mensaje del Apocalipsis es que Dios nos salva en la destrucción humana inevitable.


JL: Ya que estamos en el asunto, ¿se trata entonces de una lectura posmoderna de la parábola del hijo pródigo: el hombre coge su parte de la herencia (recursos energéticos y materiales), la malbarata, la agota y, al final, sólo le queda una salvación "de fuera"?


MBS: Eso es. O Dios nos salva, o...


Bibliografía citada


Rifkin, Jeremy Entropía, hacia el mundo Invernadero, Urano, Barcelona, 1990.

Philberth, Bernhard und Karl Das All, Stein am Rhein Verlag, Schweiz, 1994.

Fermi, Enrico Termodinámica, Eudeba, Buenos Aires, 1985.

Yergin, Daniel O Petróleo, São Paulo, Escrita, 1994 (En español se ha publicado La Historia del Petróleo, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1992).

Heidegger, Martin Die Technik und die Kehre, Neske Verlag, Stuttgart, 1996 (traducción española y notas de Salvador Mas Torres en Anales del Seminario de Metafísica, Universidad Complutense de Madrid,1990).