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El inicio de la era de los hidrocarburos


Año 1712:

La máquina de vapor creada por Thomas Newcomen abrió la gran carrera por la energía que ha definido la civilización desde entonces.

Se trataba de un artilugio automático que transformaba la energía química del carbón en energía física; una máquina cara, ruidosa y ridículamente ineficaz (más de un 99% de la energía calórica del carbón se perdía debido a un diseño deficiente), pero que bombearía agua de un pozo de mina inundado y situado a cincuenta metros bajo tierra.

Inglaterra estaba sumida en una crisis de combustible, había agotado toda su leña y dependía del carbón. El carbón proporcionaba calor para cocinar e impulsaba miles de fábricas y fundiciones que estaban creciendo por todo el país. Los mineros británicos ya habían agotado las vetas próximas a la superficie y ahora debían excavar más hondo; por desgracia, los nuevos pozos estaban constantemente inundándose de agua subterránea. Muchas minas habían instalado rudimentarias bombas de tracción animal, pero estos artilugios eran lentos, ineficaces y prohibitivamente caros.

La máquina de vapor de Newcomen dio al ser humano el primer dominio real sobre la energía. Cierto es que, durante siglos, nuestros ancestros habían hecho funcionar máquinas con energía, como molinos de agua y de viento, pero esta máquina podía instalarse en cualquier lugar y funcionar continuamente siempre que hubiera un suministro constante de carbón.

La importancia del invento de Newcomen no era sólo que permitía producir más energía, sino que también modificó el modo de usarla. Hasta entonces el carbón, la leña y otros combustibles no eran más que fuentes de calor; su energía química se convertía, a través de la combustión, en energía calorífica empleada sobre todo para cocinar o calentar. En cierto sentido, la máquina de Newcomen conseguía convertir la energía calorífica aquello que hombres, caballos y bueyes hacían de forma natural con calorías.

Lo único necesario era un suministro cada vez mayor de carbón, algo que el propio artilugio de Newcomen parecía garantizar.

Lo singular era que cuanto más carbón producía Inglaterra, más carbón quemaba. Comenzaba la era de los hidrocarburos.


Para saber más: Paul Roberts. El fin del petróleo. 2004.

Inicios del capitalismo en la agricultura

"Es un hecho conocido que el capitalismo moderno aparece inicialmente en Inglaterra, en un proceso que se extiende a lo largo del siglo XVIII. Habitualmente, el surgimiento del capitalismo en ese país se asocia a su industrialización, basada en la fuerza del vapor e inicialmente orientada hacia la producción textil. Pero es necesario considerar también las transformaciones que, previamente al proceso industrializador, ocurren en el mundo rural inglés.




Existen diversas causas que explican las raíces agrarias del capitalismo en Inglaterra. En este país, una proporción extremadamente grande de la tierra era propiedad de terratenientes y cultivada por arrendatarios. A diferencia de lo que ocurría en otros países de Europa, las rentas no estaban determinadas por la ley o la costumbre, sino que respondían a las condiciones del mercado. Al tener que cumplir con las rentas acordadas — en competencia con otros arrendatarios potenciales de las mismas tierras —, los campesinos se vuelven crecientemente dependientes del mercado; con ello, deben introducir mejoras que incrementen la productividad de su explotación para que sus mercancías sean competitivas. De lo contrario corren el riesgo de que el terrateniente ceda sus tierras a otro arrendatario.

La clase dirigente inglesa posee así el rasgo distintivo y específico de su creciente dependencia de la productividad de sus arrendados; por eso, y a diferencia de la nobleza de otros países de Europa, fomenta, en lugar de impedir, la introducción de mejoras productivas en las explotaciones. El rasgo distintivo de las relaciones de clase en el campo inglés es precisamente éste: al contrario de lo que en esta época está ocurriendo en otras partes de Europa, la apropiación del excedente agrícola no se basa en incrementar la coerción sobre el arrendatario, sino en incentivar el aumento de la productividad de su explotación.

En este contexto tiene lugar una rápida extensión de nuevos métodos de cultivo más productivos, basados fundamentalmente en la eliminación del barbecho. Los arrendatarios prósperos comienzan a emplear trabajo asalariado en sus explotaciones y llevan a cabo el cercamiento (enclosure) de sus campos para impedir a los campesinos pobres el ejercicio de sus derechos consuetudinarios; por ejemplo, el pasto de su ganado o el “derecho de espigueo” (es decir, la recogida de los restos de cereal que quedan en los campos tras la siega). Las enclosures determinan también la emigración del campesinado pobre, su huida forzosa a las ciudades; allí éste conformará el naciente proletariado del que se nutrirá la industria textil. El mercado, por su parte, deja de ser una institución visible y cercana (las “plazas del mercado”) y pasa a situarse más allá del control comunal. Se convierte en el mecanismo de establecimiento de los precios y en un operador de la subordinación de los valores comunales al imperativo del beneficio.”

Agricultura y capitalismo. Miguel Moro Vallina

Para saber más: Nos comen. Contra el desmantelamiento del mundo rural en Asturias.

La subordinación histórica de África

"La incorporación subordinada de las sociedades africanas a los intereses de la acumulación capitalista implica enormes dosis de violencia y destrucción. El comercio de esclavos para alimentar las necesidades de fuerza de trabajo en las plantaciones europeas en América, sobre todo entre los siglos XVII y XIX, es la máxima expresión de esta dominación sobre las poblaciones africanas. Es necesario que conozcamos la diversidad de modelos mediante los que se subordina a África, periferia de la periferia, puesto que la crisis africana actual incorpora la herencia de estos modos históricos de explotación, como si de un código genético se tratara. Las actuales multinacionales depredadoras de los recursos minerales del Congo o la sobreexplotación de los ecosistemas agroganaderos de África Occidental son evoluciones de modelos de explotación anteriores.

La historia de la colonización nos permite comprender el expolio presente y, a su vez, la situación actual es un punto de apoyo imprescindible para la comprensión del pasado.


En el último cuarto del siglo XIX las principales potencias europeas se reparten el territorio del continente africano en la Conferencia de Berlín (1885). En aquel momento no pretendían realizar una ocupación sistemática y generalizada del continente sino garantizar su control sobre importantes porciones del mismo, ante los futuros beneficios de su explotación. La función de los gobiernos coloniales era garantizar el orden y explotar económicamente determinados enclaves, aunque en una importante medida estas tareas eran delegadas directamente en compañías concesionarias privadas. Se implementaron diversos modelos de explotación económica de las colonias.

En el África Occidental, el reino de la producción campesina, los gobiernos coloniales transforman progresivamente la orientación de la producción agraria, manteniendo la estructura de pequeñas explotaciones campesinas pero introduciendo cultivos comerciales destinados a la exportación. Esta transformación se realiza a través de la incorporación forzada de la población a la economía monetaria, mediante la recaudación de impuestos de carácter personal para el Estado colonial y la creación de nuevas necesidades de productos importados de las metrópolis.

La ocupación de los terrenos agrícolas por los cultivos de exportación restringe la superficie de cultivo para la autosubsistencia. Son mayoritariamente los hombres los que son encuadrados en los cultivos comerciales, mientras se produce una erosión de los derechos de propiedad comunales.

Esta transformación forzada afecta especialmente a las mujeres, cuya responsabilidad en la producción de autosubsistencia se ve acentuada a partir de este momento. Las mujeres ven restringida su capacidad de producción ante la pérdida de las tierras más fértiles y la carencia del trabajo complementario de los hombres, que muchas veces se desplazan de las comunidades a los lugares de la producción comercial. Este proceso origina un importante deterioro ambiental, ya que se reducen los períodos de barbecho y se extienden los cultivos a áreas marginales, lo que tiene como consecuencia el deterioro de los suelos, la desertificación y la deforestación."

Eduardo Romero

Para saber más: Eduardo Romero. Quien invade a quien. El plan África y la inmigración.

El flujo energético determina las sociedades

La Historia de la Humanidad se ha caracterizado por la creación de una estructura social y tecnológica cada vez más compleja dirigida a captar la energía disponible del entorno. El incremento en el flujo energético permite a su vez el crecimiento de los asentamientos humanos. A medida que aumenta la población, la vida social se hace más densa y variada, lo cual promueve el avance de la cultura. Las sociedades se colapsan cuando el flujo de energía se interrumpe bruscamente.

El colapso se caracteriza por la reducción de los excedentes alimentarios, el agotamiento de las reservas gubernamentales, la disminución del consumo de energía per cápita, el abandono de infraestructuras clave como los sistemas de irrigación, las carreteras y los acueductos, el aumento de la desconfianza popular hacia el Estado, la descomposición de la autoridad central, la despoblación de las áreas urbanas y el aumento de la frecuencia de las invasiones y los saqueos por parte de grupos o ejércitos procedentes del exterior.

En el sistema de producción hidráulica, en los primeros estadios se crean los sistemas de irrigación, se abren nuevos campos para el cultivo y se construyen carreteras para trasladar el grano del campo a la ciudad. El gasto energético tiene como resultado un incremento neto de energía. En la fase final de la historia de la civilización, el Estado se ve obligado a dedicar más dinero a conservar la infraestructura agrícola existente, así como a mantener las burocracias estatales que controlan la sociedad. Para dar respuesta a estas mayores necesidades energéticas se cae a menudo en una sobreexplotación de los campos para obtener ingresos adicionales de energía, lo cual lleva a la degradación y erosión del suelo y a un descenso de la productividad.

La población cada vez trabaja de manera más dura e intensiva. El Estado acostumbra a imponer más tributos a sus súbditos para cubrir los objetivos. El malestar social obliga a dedicar parte de la energía en mantener la ley y el orden, destinando las reservas alimentarias al estamento militar. A menos que se encuentre un nuevo suministro energético, sea fruto de una conquista o de la explotación de una nueva fuente de energía, el colapso es inevitable.

Para saber más: La economía del hidrógeno. Jeremy Rifkin. 2.002.

El sistema de producción hidráulica



En los 4.000 años transcurridos entre la aparición de los primeros estados y el comienzo de la era cristiana, la población mundial se elevó de aproximadamente de 87 millones a 225 millones de habitantes. Prácticamente los cuatro quintos del nuevo total vivieron bajo el dominio de los Imperios Romano, Chino (de la dinastía Han), e Hindú (de la dinastía Gupta).

Siglo tras siglo, el nivel de vida de China, la India septentrional, Mesopotamia y Egipto permanecieron levemente por encima o por debajo de lo que podría llamarse el umbral de pauperización.

La agricultura hidráulica preindustrial condujo, constantemente a la evolución de burocracias agrogerenciales sumamente despóticas en virtud de que la expansión y la intensificación de la agricultura hidráulica dependía especialmente de los proyectos de construcción masiva que, a falta de máquinas, sólo podían ser llevados a cabo por ejércitos de trabajadores. El reclutamiento, la coordinación, la dirección, la alimentación y el albergue de las brigadas de trabajadores necesarios para estas empresas monumentales sólo podían realizarse mediante equipos obedientes a unos pocos líderes poderosos que se ajustaban a un único plan magistral.

Habitualmente en Asia sólo hubo, desde tiempos inmemoriales, tres departamentos de Gobierno: el de Finanzas, o saqueo interior, el de Guerra, o saqueo exterior, y, por último, el de Obras Públicas. En Egipto y la India, Mesopotamia, Persia, etc., se aprovecha un alto nivel de canales de irrigación tributarios. Esta primordial necesidad de un uso económico y común de las aguas... necesitaba, en el Oriente donde la civilización era demasiado deficiente y la extensión territorial demasiado vasta para dar vida a asociaciones voluntarias, la intervención de los poderes centralizadores del gobierno.

Karl Marx.

Para Marx el modo de producción asiático dependía del riego de las tierras, que exigía un control centralizado de los recursos hidráulicos, provocando la creación de gobiernos centralizados que se imponen sobre las dispersas comunidades agrícolas. La forma de apropiación del trabajo ajeno por parte de las clases hegemónicas se producía a través de tributos colectivos en especie y trabajo.

Cuando determinados sistemas de producción a nivel estatal o mundial experimentan una intensificación, pueden surgir formas despóticas de gobierno capaces de neutralizar la voluntad y la inteligencia humana. Cuando una sociedad se ha comprometido con una estrategia tecnológica y ecológica concreta para resolver el problema de la disminución de la eficacia, es posible que durante largo tiempo no pueda hacerse nada con respecto a las consecuencias de una elección poco inteligente.

Para saber más: Caníbales y reyes. Marvin Harris. 1977.

La madera: recurso energético de la Europa medieval


La Europa medieval había confiado durante mucho tiempo en la madera como principal fuente energética. La espesa capa forestal que cubría toda la zona nórdica y occidental proporcionaba una fuente aparentemente inagotable de combustible. Ya en el siglo XIV, sin embargo, la madera era cada vez más escasa. Los nuevos avances en el campo de la agricultura, como las nuevas tecnologías del drenaje, el arado pesado, la introducción de la rotación de tres cultivos y el uso de equipos de caballos para las labores de arado, habían contribuido a aumentar la cantidad de tierra cultivada y habían multiplicado la producción alimentaria.

Estos excedentes llevaron a un incremento de la población humana, la cual incrementó a su vez la presión sobre los campesinos para que sobreexplotaran la tierra disponible y deforestaran zonas próximas para aumentar superficies de cultivo. La población consumía los recursos energéticos en menos tiempo del que necesitaba la naturaleza para reponerlos. La creciente deforestación y la erosión del suelo provocaron una crisis energética.

El agotamiento de la madera constituía un serio problema para la sociedad de la baja Edad Media, debido a que ésta era un recurso extremadamente versátil, que se posía aplicar a mil y una funciones distintas. Mumford resume la extraordinaria importancia que tenía la madera como régimen energético de la vida medieval diciendo que “como materia prima, como herramienta, como máquina, como utensilio y como servicio público, como combustible y como producto de acabado, la madera era el recurso industrial dominante”.

La mayor parte de la deforestación que se llevó a cabo durante el siglo XV tenía como objetivo aumentar la extensión de los cultivos agrícolas. En los siglos XVI y XVII se cortaron todavía más árboles para obtener ceniza de madera destinada a la producción casera de jabón o artículos de cristal entre otros.

Lentamente el carbón fue ocupando el lugar de la madera, primero en Inglaterra y más tarde en el continente. Comenzaba así un nuevo régimen energético.

Para saber más: La economía del Hidrógeno. Jeremy Rifkin. 2002.

El primer estado: Sumer




Fue en el Próximo Oriente donde por primera vez una jefatura se convirtió en Estado. Ocurrió en Sumer, en el sur de Irán e Irak, hace aproximadamente 5.500 años.

Esta región estaba dotada de gramíneas silvestres y especies salvajes de animales aptas para la domesticación. Los antecesores del trigo, la cebada, el ganado ovino, caprino, vacuno y porcino crecían en la tierras altas del Levante y las estribaciones de la cordillera del Zagros, lo que facilitó el abandono temprano de los modos de subsistencia de caza y recolección a favor de la vida sedentaria en aldeas.

Los primeros centros agrícolas y ganaderos dependían de las lluvias para la aportación de agua a sus cultivos. Al crecer la población comenzaron a experimentar con el regadío, con el fin de ganar y colonizar tierras más secas. Sumer, situada en el delta, falto de lluvias pero pantanoso y propenso a inundaciones frecuentes de los ríos Tigris y Éufrates, se fundó de esta manera. Limitados en un principio a permanecer en las márgenes de una corriente de agua natural, los sumerios pronto llegaron a depender totalmente del regadío para abastecer de agua sus campos de trigo y cebada, quedando así inadvertidamente atrapados en la condición final para la transición hacia el Estado.

Cuando los aspirantes a reyes empezaron a ejercer presiones para exigirles más impuestos y mano de obra para la realización de obras públicas, los plebeyos de Sumer vieron que habían perdido la opción de marcharse a otro lugar. ¿Cómo iban a llevarse consigo sus acequias, sus campos irrigados, jardines y huertas, en las que habían invertido el trabajo de generaciones?.

Para saber más: Nuestra especie. Marvin Harris. 1989

El sostén energético romano

Al comienzo del dominio romano, Italia estaba densamente poblada por bosques. La madera se vendía en los mercados libres y la tierra era transformada en cultivos y pastos. La tierra recién deforestada era rica en minerales y nutrientes y daba buenas cosechas. Pronto Roma necesitó de conquistas militares para mantener su estructura de Estado ( Cónsules, Senado, Asamblea del Pueblo, tribunales...); así anexionó militarmente Macedonia en el año 167 antes de Cristo (a. de C.), Siria en el 63 a. de C., la Galia 51 a. de C. Las conquistas militares eran tan lucrativas desde el punto de vista económico que cubrían los gastos e incluso dejaban beneficios para financiar nuevas aventuras militares. Mano de obra esclava, recursos minerales, bosques y cultivos, todo ello significaba un flujo cada vez más importante de energía disponible. El periodo de expansión terminó con la conquista de Egipto por parte de Octavio Augusto.

Tras sufrir una serie de derrotas, la primera de ellas en los bosques de Toutoburg a manos de las tribus germánicas en el año 9, Roma se atrincheró en sus posiciones y concentró sus energías en construir la infraestructura necesaria para mantener su imperio.

El coste de mantener un ejército, mantener las obras públicas, el alto nivel de vida de los ricos, la burocracia gubernamental, la beneficencia pública, las necesidades logísticas eran cada vez más costosas. Roma se vio obligada a volver al régimen energético anterior a las conquistas: la agricultura.

El aumento de la población urbana no productiva (la población de Roma llegó a superar el millón de habitantes) produjo una presión cada vez mayor sobre las pequeñas explotaciones agrícolas. La producción tuvo que intensificarse para cubrir las necesidades alimentarias de la población urbana y el ejército. La sobreexplotación del suelo hizo descender su fertilidad. Los dueños de las pequeñas explotaciones no podían sacar rendimiento a sus erosionadas tierras como para pagar los impuestos anuales que fijaba el gobierno sobre la tierra. Los campesinos pedían préstamos para pagar los impuestos; las cosechas eran cada vez más escasas; las pequeñas parcelas pasaron a manos de los terratenientes creándose los latifundios. Los campesinos emigraron a las ciudades donde pasaron a depender de la beneficencia pública. La decadencia de Roma está asociada al declive de la producción agrícola.

Con un régimen energético debilitado y próximo al agotamiento, el imperio comenzó a resquebrajarse, en el siglo VI los invasores estaban a las puertas de Roma (con menos de 30.000 habitantes). Tierras deforestadas, suelos erosionados, poblaciones empobrecidas y enfermas formaban el paisaje del Imperio. Europa tardaría seiscientos años en recuperarse.

Para saber más: La economía del hidrógeno. Jeremy Rifkin.

El origen del Estado

El progresivo deslizamiento hacia la estratificación social ganaba impulso cada vez que era posible almacenar los excedentes de alimentos producidos. Cuanto más abundante y concentrada se la cosecha y menos perecedero el cultivo, tanto más crecen las posibilidades de grandes hombres de adquirir poder sobre el pueblo.

Mientras que otros solamente almacenaban cierta cantidad de alimentos para sí mismos, los graneros de los redistribuidores eran los más nutridos. En tiempos de escasez la gente acudía a ellos en busca de comida y ellos, a cambio, pedían a los individuos con aptitudes especiales que fabricaran ropa, vasijas, canoas o viviendas de calidad destinadas al uso personal. Al final el redistribuidor no necesitaba trabajar en los campos para alcanzar y superar el rango de gran hombre.

La gestión de los excedentes de la cosecha, que en gran parte seguía recibiendo para su consumo en festines comunales y otras empresas comerciales y bélicas, bastaban para legitimar su rango. De forma creciente, este rango era considerado por la gente como un cargo, un deber sagrado transmitido de una generación a otra, con arreglo a normas de sucesión hereditarias. El gran hombre se había convertido en ‘jefe’.

El poder para dar órdenes y ser obedecido, se incubó en las guerras libradas por los grandes hombres y jefes, eran éstos hombres violentos. La oportunidad de apartarse de las restricciones tradicionales al poder aumentaba a medida que las jefaturas expandían sus territorios y se hacían mas populosas, y crecían en igual proporción las reservas de comestibles y otros objetos de valor disponibles para la redistribución. Al asignar participaciones diferentes a los hombres más cooperativos, leales y eficaces en el campo de batalla, los jefes podían empezar a construir el núcleo de una clase noble, respaldados por una fuerza de policía y un ejército permanente. Los hombres de común que se zafaban de hacer donaciones a sus jefes eran amenazados con daños físicos.

Los primeros estados evolucionaron a partir de jefaturas, que tenían que poseer una población numerosa y un territorio que no permitiera la huida de quienes no estaban dispuestos a soportar impuestos, reclutamientos y ordenes. Además se debía poseer un almacén central de redistribución con alimentos (arroz, trigo, maíz u otros cereales) que se pudieran conservar de una cosecha a otra. Tenían que poder evitar el éxodo y las sublevaciones.


Para saber más. Nuestra especie. Marvin Harris. 1989

Maoríes y morioris: Choque de civilizaciones

En las islas Chatham, situadas a 800 kilómetros al este de Nueva Zelanda, el 19 de noviembre de 1835 llegó un barco que transportaba 500 maoríes provistos de armas de fuego, palos y hachas, a los que siguieron el 5 de diciembre 400 maoríes más. Grupos de maoríes comenzaron a recorrer los asentamientos de los morioris, anunciando que los morioris eran ahora sus esclavos y matando a quienes ponían objeciones. Los moriris decidieron en una junta no responder a los ataques, sino ofrecer la paz, la amistad y la división de los recursos.

Ambos grupos habían divergido de un origen común menos de un milenio antes. Ambos eran pueblos polinesios que colonizaron Nueva Zelanda hacia el año 1.000. Poco después, un grupo de aquellos maoríes colonizó, a su vez, las islas Chatham y se convirtió en los morioris. En los siglos que siguieron los dos grupos se separaron y evolucionaron en direcciones opuestas.

Aquellos maoríes ancestrales que colonizaron por primera vez las islas Chatham podrían haber sido agricultores, pero los cultivos tropicales maoríes no podían crecer en el clima frío de las Chatham, y a los colonos no les quedó otra alternativa que volver a ser cazadores-recolectores. Dado que en su condición de cazadores-recolectores no producían excedentes de cultivos disponibles para su redistribución o almacenamiento, no podían mantener y alimentar a especialistas artesanos no cazadores, ejércitos, burócratas y jefes. Sus presas eran las focas, los crustáceos, las aves marinas que se posaban en tierra para anidar y los peces que podían ser capturados a mano o con palos y no exigían una tecnología más compleja.

Las islas Chatham son relativamente pequeñas y remotas, capaces de mantener una población total de un máximo de dos mil cazadores-recolectores, que tuvieron que aprender a soportarse los unos a los otros. Para ello renunciaron a la guerra y redujeron los posibles conflictos derivados de la superpoblación, castrando a algunos varones de corta edad. El resultado fue una población pequeña y no belicosa dotada de tecnología y armas sencillas y sin liderazgo y organización fuertes.

En cambio, la parte septentrional (más cálida) de Nueva Zelanda, era apta para la agricultura polinesia. Los maoríes que permanecieron en Nueva Zelanda aumentaron en número hasta ser más de cien mil. Desarrollaron poblaciones localmente densas que libraban crónicamente feroces guerras con las poblaciones vecinas. Con los excedentes de los cultivos que podían cultivar o almacenar, alimentaban a artesanos especializados, jefes y soldados a tiempo parcial. Necesitaban y desarrollaron herramientas variadas para cultivar sus plantas, combatir y hacer arte.

Cuando los dos grupos entraron en contacto el brutal resultado de la colisión podría haberse predicho: Es fácil determinar cómo los diferentes entornos de las islas Chatham y de Nueva Zelanda moldearon de diferente manera a los dos grupos.

Para saber más: Armas, gérmenes y acero. Jared Diamond. 1998.

Para saber más: El fin de los pascuenses. Jared Diamond

Nueva Guinea: 46.000 años de economía sustentable

Los habitantes de las tierras altas de Nueva Guinea consiguieron actuar de forma sustentable durante decenas de miles de años antes del origen de la agricultura, y durante otros diez mil años tras el origen de la agricultura, a pesar de que los cambios climáticos y los impactos ambientales de los seres humanos producían alteraciones constantes en sus condiciones de vida.

En los tiempos que fueron agricultores cultivaban taro, plátano, ñame, caña de azúcar y batatas, y criaban cerdos y pollos. Habitaban en chozas de paja, vivían en guerra permanente, no tenían reyes ni jefes siquiera, carecían de escritura y no llevaban ninguna o muy poca ropa aún cuando hiciera frío o lloviera mucho. Carecían de metal y fabricaban sus utensilios con piedra, madera y hueso.

Esta ‘apariencia’ primitiva resultaba engañosa, puesto que sus métodos agrícolas son sofisticados, desarrollados mediante ensayo-error durante miles de años para cultivar en territorios que recibían hasta diez mil milímetros de lluvia anuales, con terremotos frecuentes, deslizamientos de tierras y (en alturas elevadas) escarcha.

Fue necesario un suministro de madera continuo para establecer huertos y aldeas, construir casas y vallas, fabricar herramientas, utensilios y armas, y combustible para cocinar y calentar las chozas durante las noches frías. Obtenían la madera de la Casuarina oligodon que cultivaban a escala masiva trasplantando los plantones que brotaban de forma natural junto a las riberas de los ríos.

Las aldeas eran estrictamente independientes, las decisiones se tomaban sentados juntos todos los habitantes de la aldea y hablando, hablando y hablando.

También se enfrentaron al problema de la población a medida que la cifra de sus integrantes aumentaba. Este incremento demográfico acabó siendo controlado mediante prácticas como la guerra, el infanticidio, la abstinencia sexual y la amenorrea lactante natural que se produce cuando se amamanta a un niño durante varios años.

Para saber más: Colapso. Porque unas sociedades perduran y otras desaparecen. Jared Diamond. 2005.

El significado del ritual

Lewis Mumford

En cuanto la mente humana comenzó a trascender sus limitaciones animales, la afinidad mental se convirtió en condición indispensable para la ayuda mutua. Los rituales promovieron una solidaridad social que de otro modo podría haberse perdido a través del desarrollo desigual de los talentos humanos y el establecimiento prematuro de diferencias individuales. En este caso el acto ritual afianzó la común respuesta emocional que predisponía al hombre a la cooperación consciente y la ideación sistemática.

Al establecer esa común experiencia compartida, se separó la expresión de significados en formas simbólicas de las actividades cotidianas de identificar plantas comestibles o animales hostiles. Una vez trasladado a la pantomima y a la danza, algunos de esos significados se transmitían a los espontáneos gritos que acompañaban a la acción común, que a su vez se harían más definidos y deliberados por medio de la repetición.

Fijándonos en las expresiones contemporáneas de pueblos muy elementales, podemos imaginarnos a aquellos grupos aborígenes reuniéndose frente a frente, repitiendo los mismos gestos, replicando con las mismas expresiones faciales, moviéndose con idéntico compás y empleando análogos sonidos espontáneos para la alegría, la tristeza o el éxtasis, coincidiendo así recíprocamente los miembros de cada grupo. Tal puede haber sido una de las sendas más provechosas para conducir al hombre a los dominios del lenguaje... mucho antes de que las exigencias de la dura tarea de cazar convirtiesen el lenguaje en ayuda para el indispensable ataque cooperativo.

Sin duda, el desarrollo del ritual ocupó incontables años antes de que apareciera en la conciencia, aun oscuramente, algo que pudiera considerarse como un significado definido, asociado y abstracto. Pero lo que resulta asombroso y da color a la noción de que el ritual es anterior a todas las otras formas de cultura, es algo que subrayó el distinguido lingüista Edward Sapir en relación con los aborígenes australianos; por muy desprovista que una cultura esté de vestidos, viviendas o herramientas, siempre dará prueba de un ceremonialismo altamente desarrollado. No es conjetura dudosa, sino inferencia muy probable, suponer que los primeros hombres se elevaron mentalmente mucho más mediante las actividades sociales del ritual y del lenguaje que a través del mero manejo de las herramientas, y que ese hacer y usar herramientas se mantuvo durante siglos en situación estacionaria, si se lo compara con las expresiones ceremoniales y la creación del lenguaje. Al comienzo, las más importantes herramientas del hombre fueron las que extrajo de su propio cuerpo: imágenes, movimientos y sonidos formalizados; y su esfuerzo por compartir estos bienes promovió la solidaridad social.

Sobre este asunto, las recientes y perspicaces observaciones de Lili Peller acerca del juego de los niños nos ofrecen un enfoque especial de la función del ritual en la vida de los hombres primitivos. Dicha autora nos dice que esa repetición escueta e insistente, que sería extremadamente tediosa para cualquier adulto, les resulta totalmente deliciosa a los niños, como han comprobado muchos aburridos padres al verse obligados a repetir el mismo juego o el mismo cuento, sin desviación alguna, decenas de veces.

«Los juegos primitivos —señala la señorita Peller— son reiterativos, porque eso proporciona placer de gran intensidad.» ¿No participaría también el hombre primitivo de este placer infantil, tan elemental, y sacaría de ello el mayor provecho? Tanto la espontaneidad más salvaje como la repetición más monótona les resultan igualmente placenteras a los muy jóvenes, y por estar tan profundamente arraigada y tan premiada en cada sujeto esa capacidad innata para las formas que pueden ser repetidas y fijadas,
parece probable que fuera ella quien proporcionó las bases para el total desarrollo del hombre.
(..)

De lo que acabamos de exponer se sigue que, aunque la disciplina del ritual ejerció una función importantísima e incluso indispensable en el desenvolvimiento de la humanidad, quedan pocas, dudas de que solo triunfó a costa de una gran mengua de la creatividad. La prevalencia del ritual y de todas las manifestaciones institucionales de él derivadas, explica tanto los actos de la evolución temprana humana como su extrema lentitud: al alargarse tanto las palancas, resultaron más poderosas que la máquina que controlaban.

Dondequiera que encontramos al hombre arcaico vemos una criatura sujeta a leyes, incapaz de hacer lo que le plazca, donde le plazca y como le plazca; muy al contrario, descubrimos que en cada momento de su vida debe moverse con cautela y circunspección, guiándose por las costumbres de su especie, reverenciando a los poderes sobrehumanos, dioses creadores de todos los seres, a los fantasmas y demonios, siempre asociados con sus inolvidables antepasados, o a los animales, plantas, insectos o piedras, seres todos consagrados y personificados en su tótem. Apenas podemos olvidar —aunque también esto sea una inferencia— que los hombres primitivos marcaban cada fase de su desarrollo con los correspondientes ritos de iniciación, ceremonias universales que los civilizados abandonaron tardíamente solo para cambiarlas por precipitados sucedáneos de papel acerca de «el cuidado y la alimentación de los niños», o «los problemas sexuales de los adolescentes».

Mediante inhibiciones y severas abstinencias, no menos que por actos de sumisión llenos de fe, los hombres primitivos intentaron referir sus actividades a las potencias invisibles que los rodeaban, procurando apropiarse algo de su poder y adelantándose a su malignidad e hipocresía, hasta obtener, a veces por conjuros mágicos, su ansiada cooperación.


Extraído de: 'El mito de la máquina'. Lewis Mumford

La ley del dolor

Pierre Clastres

En el siglo XVI, decían los primeros cronistas, a propósito de los indios brasileños, que eran gente sin fe, sin rey, sin ley. Ciertamente, esas tribus ignoraban la dura ley de división, la que en una sociedad dividida impone el poder de algunos sobre todo el resto. Esa ley, ley de rey, ley del Estado, es ignorada por los mandan, los guaycurús, los guayakís y los abipones. La ley que ellos aprenden a conocer en el dolor es la ley de la sociedad primitiva que le dice a cada uno: Tu no vales menos que otro, tu no vales más que otro.

La ley inscrita en el cuerpo, señala el rechazo de la sociedad primitiva a correr el riesgo de la división, el riesgo de un poder separado de ella misma, de un poder que se le escaparía. La ley primitiva, cruelmente enseñada, es una prohibición de la desigualdad, de la que cada uno guardará memoria.

Siendo la misma substancia del grupo, la ley primitiva se hace substancia del individuo, voluntad personal de cumplir la ley. Escuchemos una vez más a George Catlin:

"Aquel día parecía que una de las rondas no terminaría jamás. Por más que se arrastraba indefinidamente a un desgraciado que llevaba un cráneo de alce enganchado en una pierna, ni la carga caía ni se rompía la carne. Era tal el peligro que corría el pobre muchacho que se levantaron clamores de piedad en la muchedumbre. Pero la ronda continuaba, hasta que el maestro de ceremonias en persona dio orden de detenerse.

Aquel joven era particularmente hermoso. Recuperó pronto su sentido y no sé cómo le volvieron las fuerzas. Examinó calmadamente su pierna sangrante y desgarrada y la carga enganchada todavía en su carne y luego, con una sonrisa de desafío, se arrastró gateando a través de la muchedumbre que se abría delante de él hasta el Prado (en ningún caso los iniciados tienen derecho a caminar mientras sus miembros no hayan sido liberados de todas sus púas). Logró hacer más de un kilómetro, hasta un lugar alejado donde permaneció solo tres días y tres noches, sin ayuda ni alimento, implorando al Gran Espíritu. Al término de ese lapso, la supuración lo liberó de la púa, y se volvió al pueblo, caminando con las manos y las rodillas, ya que estaba en tal estado de agotamiento que no podía levantarse. Se le curó, se le alimentó y pronto se restableció."

¿Qué fuerza impulsaba al joven mandan? Desde luego no la de un afán masoquista, sino el deseo de fidelidad a la ley, la voluntad de ser, ni más ni menos, igual a los demás iniciados.

Decíamos que toda ley es escrita. He aquí como se reconstruye, de cierto modo, la triple alianza ya reconocida: cuerpo, escritura, ley. Las cicatrices dibujadas en el cuerpo es el texto inscrito de la ley primitiva, es en este sentido una escritura en el cuerpo. Las sociedades primitivas son, dicen con fuerza los autores del Anti-Edipo, sociedades de la marca. Y en esta medida las sociedades primitivas son, efectivamente, sociedades sin escritura, pero en el sentido en que la escritura indica primeramente la ley de división, lejana, despótica, la ley del estado que escriben sobre el cuerpo los codetenidos de Martchenko. Y es precisamente —nunca se insistirá suficientemente en ello— para conjurar esa ley, ley fundadora y garante de la desigualdad, es contra la ley de Estado que se plantea la ley primitiva. Las sociedades arcaicas, sociedades de la marca, son sociedades sin Estado, sociedades contra el Estado. La marca en el cuerpo, igual en todos los cuerpos, enuncia: No tendrás el deseo del poder, no tendrás el deseo de sumisión.

Y esta ley de la no división no puede hallar para inscribirse sino un espacio sin división: el cuerpo mismo. Profundidad admirable de los salvajes, que de antemano sabían todo eso, y cuidaban, al precio de una terrible crueldad, de evitar el advenimiento de una crueldad aún más aterradora: la ley escrita en el cuerpo es un recuerdo inolvidable.

Extraído de: "La sociedad contra el Estado". Pierre Clastres


La economía de la prehistoria

Marshall Sahlins

Pero, entonces, incluso hablar de «la economía» de una sociedad primitiva es un ejercicio de irrealidad. Estructuralmente, «la economía» no existe. Más que una organización delimitada y especializada, la «economía» es algo que generaliza la función de los grupos sociales y de las relaciones, especialmente los grupos y las relaciones de parentesco. La economía es más bien una función de la sociedad que una estructura, porque el armazón del proceso económico, la proporcionan los grupos concebidos clásicamente como «no económicos». En particular, la producción está instituida por grupos domésticos que, por lo general, se ordenan como familias de uno u otro tipo. La 'unidad doméstica' es para la economía tribal lo que el feudo fue para la economía medieval o lo que es la corporación para el moderno capitalismo:

Cada una de ellas [unidad doméstica] es en su momento la institución productiva dominante. Cada una representa, además, un determinado modo de producción *, con una tecnología y una división del trabajo apropiadas, un objetivo económico o finalidad característicos, formas específicas de propiedad, relaciones sociales y de intercambio definidas entre las unidades productivas y contradicciones que le son del todo propias. En resumen, para explicar la disposición observada que tienen las primitivas economías para la subproducción, yo reconstruiría la «economía doméstica independiente» de Karl Bücher y de los escritores anteriores a él, pero ahora un tanto reacomodada a Marx, y redecorada con una etnografía más a la moda.

Puesto que los grupos domésticos de la sociedad primitiva no han sufrido todavía una degradación a un mero estatus de consumo, su capacidad laboral desligada del círculo familiar y empleada en un dominio exterior, los hizo someterse a una organización y propósitos ajenos. La unidad doméstica, como tal, recibe el peso de la producción junto con la organización y la aplicación de la capacidad laboral y junto con la determinación del objetivo económico. Sus propias relaciones internas, tal como ocurre entre esposo y esposa, entre padres e hijos, son las relaciones principales de la producción dentro de la sociedad. El rótulo incorporado de los estatus de parentesco, el dominio y la subordinación de la vida doméstica, la reciprocidad y cooperación, hacen aquí de lo «económico» una modalidad de lo íntimo.

La organización del trabajo y los términos y productos de su actividad, son principalmente decisiones domésticas. Y son decisiones que se toman teniendo en cuenta primordialmente la satisfacción doméstica. La producción se encauza según las exigencias habituales de la familia. La producción es para beneficio de los productores.

* «Modo de producción» se emplea aquí de modo diferente a como lo hizo Terray (siguiendo a Althusser y Balibar) en su importante trabajo Le Marxisme devant les sociétés primitives (1969). Aparte de la diferencia obvia en lo que se refiere a las «instancias» superestructurales, el principal contraste tiene que ver con la importancia teórica que se ha dado a diversas formas de cooperación, es decir, en cuanto constituyen estructuras colectivas en el control de las fuerzas productivas que se superponen y se enfrentan a las unidades domésticas. Una importancia semejante se desecha aquí y a partir de esta divergencia surgen muchas otras. Sin embargo, a pesar de estas diferencias significativas, es obvio que la presente perspectiva hace propios muchos puntos de vista de Terray y está de acuerdo también, en gran parte, con Meillassoux (1960, 1964), en quien se fundamenta el trabajo de Terray.


(…)


Las técnicas locales exigen un mayor o menor grado de cooperación, de ahí que la producción pueda estar organizada de formas sociales diversas y a veces en niveles más altos que la unidad doméstica. Los miembros de una familia pueden colaborar de una manera regular y sobre una base individual con parientes y amigos de otras casas; ciertos proyectos se encaran colectivamente por parte de grupos, tales como los linajes o las comunidades de vecinos. Pero de lo que se trata no es de la composición social del trabajo.

Las partidas de trabajo más numerosas no son, en su mayor parte, más que uno de los muchos modos que la producción doméstica tiene de realizarse. A menudo, la organización colectiva del trabajo no hace más que dismular tras su masividad su simplicidad social básica.

Un conjunto de personas o de pequeños grupos actúan hombro con hombro en tareas paralelas e idénticas, o trabajan juntas para favorecer por turno a cada participante. Es así que el esfuerzo colectivo comprime a la estructura segmentaria de la producción sin efectuar en ella ningún cambio permanente o fundamental.

Lo que es más, la cooperación no instituye una estructura de producción sui generis y con finalidades propias que difiera en forma o en alcance de la supervivencia de los distintos grupos domésticos y que predomine en el proceso de producción de la sociedad. La cooperación sigue siendo, en su mayor parte, un hecho de naturaleza técnica, sin realización social independiente en el nivel del control económico.

No compromete en absoluto la autonomía de la unidad doméstica o su objetivo económico, la organización doméstica de la capacidad laboral o el predominio de los objetivos domésticos a través de las actividades sociales del trabajo. Realizados estos planteamientos, paso a la descripción de los aspectos principales de la modalidad doméstica de la producción (MDP), con la vista puesta en las implicaciones que ésta tiene para el carácter del desempeño económico.

Extraído del libro: "La economía de la Edad de Piedra" de Marsall Sahlins

Arqueología de la violencia

Pierre Clastres

Retomemos el tema. ¿Qué es el Estado? Es el signo consumado de la división en la sociedad, en tanto es el órgano separado del poder político: a partir de ese momento, la sociedad se divide entre quienes ejercen el poder y quienes lo padecen. La sociedad ya no es un Nosotros indiviso, una totalidad-una, sino un cuerpo fragmentado, un ser social heterogéneo. La división social, el surgimiento del Estado son la muerte de la sociedad primitiva. 
Para que la comunidad pueda afirmar su diferencia, hace falta que sea indivisa; su voluntad de ser una totalidad que excluya a las demás se apoya sobre el rechazo de la división social; para pensarse como Nosotros exclusivo frente a los Otros, se hace necesario que el Nosotros sea cuerpo social homogéneo. La fragmentación externa, la indivisión interna son las dos caras de una sola realidad, los dos aspectos de un mismo funcionamiento sociológico, de la misma lógica social.
Para que la comunidad pueda enfrentar eficazmente el mundo de los enemigos, se requiere que se halle unida, homogénea, sin divisiones. De manera recíproca, para existir en la indivisión necesita de la figura del Enemigo, en la cual puede leer la imagen unitaria de su ser social. La autonomía sociopolítica y la indivisión sociológica son la una condición de la otra, y la lógica centrífuga de la desintegración es una negativa a la lógica unificadora de lo Uno.
Concretamente, eso significa que las comunidades primitivas nunca pueden alcanzar grandes dimensiones sociodemográficas, pues la tendencia fundamental de la sociedad primitiva es a dispersarse, no a concentrarse; a atomizarse, no a reunirse. Si uno observa, en una sociedad primitiva, la acción de la fuerza centrípeta, la tendencia a reagruparse perceptible en la constitución de macrounidades sociales, ello evidencia que esa sociedad va en camino de perder la lógica primitiva de lo centrífugo, que pierde las propiedades de totalidad y unidad, que está en vías de ya no ser primitiva.
Negativa a la unificación, rechazo a lo Uno separado, sociedad contra el Estado. Cada comunidad primitiva quiere permanecer bajo la divisa de su propia Ley (autonomía, independencia política), la cual excluye el cambio social (la sociedad seguirá siendo lo que es: ser indiviso). Rechazar el Estado es rechazar la exonomía, la Ley externa; equivale –sin más- al rechazo de la sumisión, inscrito como tal en la misma estructura de la sociedad primitiva. Tan sólo los necios pueden creer que para negarse a la alienación hace falta haberla experimentado antes: el rechazo a la alienación (económica o política) pertenece al propio ser de dicha sociedad, expresa su conservadurismo, su deliberada voluntad de permanecer como Nosotros indiviso. Deliberada en efecto, y no sólo efecto del funcionamiento de una maquinaria social: los Salvajes sabían bien que una alteración de su vida social (cualquier innovación social) para ellos no podía traducirse más que en la pérdida de la libertad.
¿Qué es la sociedad primitiva? Es una multiplicidad de comunidades indivisas que obedecen –sin excepción- a una misma lógica de lo centrífugo. ¿Qué institución expresa y asegura la permanencia de esa lógica? La guerra, como verdad de las relaciones entre las comunidades, como principal medio sociológico para promover la fuerza centrífuga de dispersión contra la fuerza centrípeta de la unificación. Por su parte la máquina de guerra es el motor de la máquina social; el ser social primitivo reposa en toda su extensión sobre la guerra; la sociedad primitiva no puede subsistir sin la guerra. La sociedad primitiva es sociedad contra el Estado, por cuanto es sociedad-para-la-guerra.
Extraído de: Arqueología de la violencia. La guerra en las sociedades primitivas. Pierre Clastres.

El origen del rey

Lewis Mumford

En cuanto al origen de la supremacía incondicional del rey y de sus especiales facultades técnicas, no existe la menor duda: fue en la caza donde cultivó el espíritu de iniciativa, la confianza en sí mismo y la falta de escrúpulos que los reyes deben ejercer para obtener el mando y conservarlo; y eran las armas del cazador las que respaldaban sus órdenes, racionales o no, con la autoridad final de la fuerza armada y ante todo la predisposición a matar.

Semejante vínculo original entre la monarquía y la caza se ha mantenido visible a través de toda la historia documentada: desde las estelas, en las que tanto los reyes asirios como los egipcios se enorgullecían de sus proezas como cazadores de leones, hasta la reserva de cotos de caza y a veces amplios bosques destinados a ese único fin, como dominio inviolable de los reyes hasta en nuestra propia época. Benno Landsberger subraya que para los reyes de la antigua Asiria, la caza y la lucha eran ocupaciones intercambiables y permanentes. El inescrupuloso empleo de las armas de caza para controlar las actividades políticas y económicas de toda la comunidad sometida fue uno de los inventos más efectivos de la monarquía, que aprovechó, además de este, toda una serie de invenciones mecánicas subsidiarias.

Al mezclarse la cultura paleolítica con la neolítica se produjo también un intercambio de aptitudes psicológicas y sociales, lo que hasta cierto punto, puede haber sido mutuamente provechoso. Del cazador paleolítico puede haber aprendido el cultivador neolítico esas cualidades de la imaginación que la rutina, siempre monótona y torpe, de la granja y el laboreo, no suscitaban. Pero el hecho es que no se han encontrado armas de caza, y menos de guerra, en las primeras aldeas neolíticas, aunque ya eran bastante comunes en la Edad de Hierro; y esta falta de armas puede explicar la docilidad de los campesinos primitivos y la facilidad con que se sometieron y se convirtieron virtualmente en esclavos, pues no poseían ni el valor probado ni las armas necesarias, ni tampoco los medios de movilizarse en grandes multitudes para defenderse.

A la vez, la vida puntual, prudente y metódica de las comunidades agrícolas proporcionó a los incipientes rectores alguna participación en los hábitos de persistencia y ordenados ejercicios que casi desconocían los cazadores, hechos a violentas y espasmódicas explosiones de energía y a inciertas recompensas. Y ambos grupos de aptitudes se necesitaban entonces para hacer avanzar la civilización. Sin el respaldo y seguridad de los excedentes agrícolas, los reyes no podrían haber construido sus ciudades ni mantenido su clero, su ejército y su burocracia, ni hacer nuevas guerras. Tal margen de seguridad nunca fue demasiado amplio, por lo que en los tiempos antiguos era frecuente que por común consentimiento de ambos bandos se suspendieran las hostilidades con el solo objeto de recoger las cosechas.

Pero la sola fuerza bruta no habría podido producir por sí sola la prodigiosa concentración de energías humanas, la constructiva transformación de tantos entornos y las masivas expresiones que entonces se concretaron en el arte y el ceremonial. Todo eso exigía la cooperación, o al menos la sumisión temerosa y el consentimiento pasivo de toda la comunidad.

La constelación que propició este cambio, la institución de la monarquía divina, fue una coalición entre el jefe de los cazadores, que se dedicaba a exigir tributos, y los guardianes de importantes cultos religiosos. Sin esta combinación, sin esta sanción, sin este luminoso ensalzamiento, no habrían podido establecer ni mantenerse las exigencias que los nuevos dirigentes pretendían imponer al reclamar incondicional obediencia a la superior voluntad de su rey; y fue necesaria, además, una autoridad extraordinaria, sobrenatural, derivada de un gran dios o un grupo de dioses, para que la monarquía se impusiera sobre tan amplias comunidades, pues aunque eran imprescindibles las armas y los hombres armados, especialistas en homicidios, la fuerza sola no hubiera bastado.

Aun antes de que pudiéramos leerlo en los documentos escritos, las ruinas que quedan del antiguo período predinástico de Ur indican que tal transformación ya se había efectuado. Aquí como en otros lugares, Leonard Woolley halló un templo, dentro de un recinto sagrado, junto al que también había un depósito de riquezas y tesoros. La autoridad, sacerdotal o real, que recogía y almacenaba tales granos y tesoros, tenía en ellos el medio de controlar a amplias poblaciones, siempre en estado de dependencia, ya que dicho recinto estaba guardado por murallas y guerreros.

Bajo el símbolo protector de su dios, alojado ahora en un imponente templofortaleza, el rey, que oficiaba también de sumo sacerdote, ejercía poderes que ningún jefe de cazadores se habría atrevido a asumir simplemente como jefe de subanda. Por asimilación, la ciudad, que al principio fue mera ampliación de la aldea, se convirtió en lugar sagrado, en una especie de transformador (por decirlo así), donde el alto voltaje de las corrientes divinas se reducía y ponía al servicio de las necesidades humanas.

Tal fusión del poder sagrado con el poder temporal liberó inmensas explosiones de energías latentes, como lo haría una reacción nuclear, y creó al mismo tiempo una nueva forma institucional de la que no existen pruebas ni en la aldea neolítica ni en la caverna paleolítica: fue una especie de depósito de poder, mantenido y manejado por una aristocracia que vivía magníficamente de los tributos que se le exigían por la fuerza a toda la comunidad.

La eficacia de la monarquía a lo largo de la historia se basó precisamente en esta alianza entre la audacia depredadora de los cazadores y sus dotes de mando, por un lado, y el acceso de los sacerdotes al saber astronómico y la orientación divina. En sociedades más elementales, tales oficios los ejercieron por separado durante mucho tiempo un jefe de guerra y un jefe de paz. En ambos casos, los atributos mágicos de la monarquía se basaban en su eficacia funcional: en su aptitud para aceptar las responsabilidades del gobierno y tomar decisiones, reforzada por las observaciones que hacían los sacerdotes de los fenómenos naturales, junto con su capacidad de interpretar los signos, recoger informaciones y asegurar la ejecución de las órdenes. El rey se arrogaba, o se le imputaba, el poder de vida o muerte sobre toda la comunidad. Tal modo de asegurarse la colaboración, en áreas mucho más amplias que las que eran habituales anteriormente, contrasta con lo que era costumbre, y no órdenes, en la vida de las pequeñas aldeas, cuyas rutinas se llevaban adelante por mutuo consentimiento de sus moradores.

Extraído de: 'El mito de la máquina'. Lewis Mumford

Mujer y revolución neolítica

Lewis Mumford

El fenómeno al que damos el nombre de revolución agrícola fue precedido, muy probablemente, por una revolución sexual: un cambio que dio predominio no al macho cazador, ágil, de pies veloces, dispuesto a matar, implacable por necesidad vocacional, sino a la hembra más pasiva, apegada a sus hijos, de andar pausado para ir la mismo paso que los niños, , guardiana y criadora de los pequeños de toda clase, incluso dando el pecho, si era necesario, cuando la madre había muerto, a los cachorros domésticos; la mujer que plantaba las semillas y vigilaba su crecimiento, acaso inicialmente en un rito de fertilidad, antes de que el crecimiento y la multiplicación de las semillas surgiera la nueva posibilidad de aumentar la cosecha de alimentos.

Permítaseme insistir en la concentración del hombre neolítico en la vida orgánica y el crecimiento: no se trata tan solo del muestreo y ensayo de lo proporcionado por la naturaleza, sino de una selección y propagación con sentido crítico, una empresa llevada a cabo con tanto cuidado que el hombre histórico no ha agregado ninguna planta ni ningún animal de importancia básica a los que ya eran cultivados por las comunidades neolíticas. La domesticación, en todos sus aspectos, implica dos grandes cambios: la permanencia y la continuidad en la residencia y el ejercicio y control y previsión sobre procesos que antes estaban sujetos a los caprichos de la naturaleza. Estos cambios van acompañados de hábitos de dulzura, crianza y educación. Al respecto, las necesidades de la mujer, sus cuidados, su intimidad con los procesos  de crecimiento, su capacidad para la ternura y el amor, debieron de desempeñar un papel decisivo. Con la gran ampliación de la existencia de alimentos que resultó de la domesticación cumulativa de plantas y animales, la posición central de la mujer en la nueva economía quedó establecida.

Ciertamente “hogar y madre” son palabras inscritas en cada etapa de la agricultura neolítica, sin excluir a los nuevos centros rurales, por fin reconocibles en los basamentos de casas y en sepulturas. Era la mujer la que manejaba la azada, era ella quien cuidaba las cosechas del huerto y quien llevó a cabo esas obras maestras de selección y cruzamiento que convirtieron las toscas especies silvestres en las prolíficas variedades domésticas, de ricas propiedades nutritivas. Fue también la mujer quien hizo los primeros recipientes, tejiendo cestos y modelando los primeros cántaros de arcilla. En cuanto a la forma, también la aldea es su creación; pues, dejando de lado todo lo demás que la aldea pudiera ser, era ante todo un nido colectivo para el cuidado y la crianza de los pequeños. Aquí la mujer prolongó el periodo de atención del niño, de la juguetona irresponsabilidad de la que depende hasta tal punto el desarrollo superior del hombre. La vida estable en la aldea tenía una ventaja sobre las formas de asociación más flojas y errantes en grupos más pequeños, por cuanto proporcionaba las máximas facilidades para la fecundidad, la nutrición y la protección. Mediante la responsabilidad comunal por el cuidado de los pequeños, estos pudieron desarrollarse en gran número.

(…)

Con la aldea aparecieron una nueva tecnología: las armas y herramientas masculinas del cazador y el minero –la lanza, el arco, el martillo, el hacha, el cuchillo- fueron complementadas con formas típicamente neolíticas de origen femenino: hasta la misma suavidad de los instrumentos pulidos, a diferencia de las formas talladas, puede ser considerada un rasgo femenino. El hecho magno de la técnica neolítica es que sus innovaciones principales no consistieron en armas y herramientas sino en recipientes.

Las herramientas y armas paleolíticas estaban dirigidas a movimientos y esfuerzos musculares. Eran instrumentos para quebrar, picar piedra, cavar, horadar, hender disecar, ejercer fuerza rápidamente a distancia: en suma, todo género de actividades agresivas. Los huesos y músculos del macho dominan sus contribuciones técnicas: hasta su pene flácido es inútil, en términos sexuales, a menos que se ponga duro como el hueso… como suele reconocer el habla popular. En cambio, en la mujer, los suaves órganos internos son el centro de su vida: es significativo que brazos y piernas sirvan menos para moverse que para acoger y encerrar ya sea a un amante o a un niño. Y es en los orificios y cavidades, en la boca, la vulva, la vagina, los pechos y el vientre donde tienen lugar sus actividades sexualmente individualizadas.
Bajo el dominio de la mujer, el periodo Neolíticos es, ante todo, un periodo de recipientes. Es una época de utensilios de piedra y alfarería, de vasos, jarros, tanques, cisternas, cestos, graneros, casas, sin excluir los grandes receptáculos colectivos, como las represas para la irrigación de las aldeas. La singularidad y el significado de esta contribución se han desdeñado con excesiva frecuencia por parte de los estudios modernos, que miden todos los progresos técnicos desde el punto de vista de la máquina.

Lewis Mumford. La ciudad en la historia. Sus orígenes, transformaciones y perspectivas

¡Hágase la luz!

Lewis Mumford

Las complacientes rutinas que caracterizan a las demás especies, escapando de la larga noche del instintivo andar, a tientas para pasar mediante sus lentas adaptaciones, puramente orgánicas, y sus «mensajes», demasiado bien memorizados, a saludar el tenue amanecer de la conciencia. Esto acarreó el conocimiento cada vez mayor de la experiencia pasada, junto con nuevas expectativas de posibilidades futuras. Desde que junto a los antiquísimos huesos del Hombre de Pekín se halló la prueba del fuego, quizá los primeros pasos del hombre para emerger de su animalidad se debieron en parte a su valentía frente al fuego, hecho que no se da en ninguno de los demás animales, pues todos lo eluden cautelosamente o huyen ante él.


Este «jugar con fuego» fue un punto de inflexión a la vez técnico y humano, ya que el fuego tiene tres caras: luz, energía y calor. La luz le permitió sobreponerse artificialmente a la oscuridad: gran ventaja en un entorno pletórico de peligros nocturnos; la energía del fuego le permitió cambiar la faz de la naturaleza por primera vez en forma decisiva, quemando el bosque que le estorbaba; y el calor le permitió mantener la temperatura interna de su cuerpo y transformar la carne animal y las féculas en comida fácilmente digestible.


¡Hágase la luz!: con estas palabras comienza realmente la historia del hombre. Toda existencia orgánica, incluso la del hombre, depende del sol y fluctúa con las llamaradas y manchas solares, así como con las relaciones cíclicas de la tierra y el sol y todos los cambios de luz y calor que acompañan a las respectivas estaciones. Sin su oportuno manejo del fuego, difícilmente habría podido sobrevivir el hombre a las terribles vicisitudes de la Edad de Hielo; quizá su capacidad de pensar dependió, en tan arduas condiciones (como ocurrió con las primeras iluminaciones filosóficas de Descartes), de poder quedarse quieto y tranquilo durante largos ratos en un entorno templado y protegido. La cueva fue el primer claustro del hombre.


Pero no debemos buscar la ancestral fuente de la energía humana en la luz de la madera ardiente, pues la iluminación que lo identifica definitivamente salió de dentro del hombre. La hormiga era un trabajador más industrioso que el hombre primitivo y tenía una organización social más articulada; pero ninguna otra criatura tuvo la capacidad que tiene el hombre para crear, a su propia imagen, un mundo simbólico que refleja oscuramente, a la vez que trasciende, su propio entorno. Comenzando por el conocimiento de sí mismo, el hombre inició el largo proceso de ampliar los límites del universo y dar al mudo espectáculo cósmico el atributo que le faltaba: un conocimiento de hacia dónde ha estado marchando durante miles de millones de años.


La luz de la conciencia humana es, hasta ahora, la máxima maravilla de la vida, así como la principal justificación para todos los sufrimientos y calamidades que han acompañado al desarrollo humano. El significado de la historia humana se manifiesta en ese saber cuidar el fuego, en ese reconstruir el mundo, en la intensificación de esa luz y en la ampliación de la asociación simbiótica y perspicaz del hombre con todos los seres de la creación.


Extraído de: Lewis Mumford. El mito de la máquina Técnica y evolución humana. 1967


Cultura Maya

La Cultura Maya

Antes de 1.000 a. de C., las tierras bajas tropicales del área maya habían sido utilizadas al parecer solamente como una vasta zona de caza y recolección. A partir de esta fecha, agricultores pioneros comenzaron a establecerse a lo largo de los grandes ríos del sur y de las costas caribeñas de la península del Yucatán.

El crecimiento demográfico y el asentamiento deben haber sido razonablemente rápidos, porque hacia el 600 a. de C. las tierras bajas mayas rebosaban de aldeas; La mayoría de estas aldeas igualitarias no presentan signos de diferenciación social, la religión parece haberse centrado principalmente en la familia y la pequeña comunidad.

Hubo, sin embargo, dos excepciones, Nakbe y Río Azul, dos asentamiento junto a un lago y un río respectivamente, cuyas estructuras son demasiado grandes y complejas para haber sido edificadas por una aldea, los edificios debieron ser construidos por multitud de personas procedentes de una serie de aldeas que de alguna forma fueron convencidas y organizadas para realizar este proyecto. De ello se colige que había algún tipo de dirección de elite existente.

El potencial para el control social existió debido a la necesidad de almacenar agua para la sequía anual de 120 días. Se trata de una característica climática de la selva tropical de América Central. Los grupos dirigentes aprovecharon estas posibilidades y movilizaron gran número de personas para hacer grandes embalses de agua, utilizando dicho control para fortalecer y cimentar su propio estatus superior.

El comercio a larga distancia proporcionaba a los soberanos mayas objetos de lujo y distinción, y la religión un coartada ideológica para encubrir el sistema de dominación.

Hacia el 250 a. de C. el paisaje estaba pleno de un gran número de aldeas , centros pequeños y grandes y algunos macrocentros (Edzna, Calakmul, El Mirador, Tikal y Tayasal); Una elite maya fue capaz de reunir grandes masas de trabajadores para la construcción. Los centros más importantes estaban fortificados, lo cual indica la rivalidad entre los grupos dirigentes y la aparición de la violencia organizada.

Hacia el año 250 d. de C. los mayas habían alcanzado un estatus de completa civilización, con varias grandes capitales, algunos niveles de centros administrativos subordinados , una elite dirigente constituida por una aristocracia, una producción de alimentos intensiva, parcialmente basada en los huertos flotantes y un sistema militar vigoroso y capaz. Decenas de miles de plebeyos sustentaban a una aristocracia que hacía remontar sus ancestros hasta los dioses y registraba sus genealogías y retratos en la escultura lítica. La escritura, los calendarios y un arte complejo glorificaba a las clases altas. Con enormes esfuerzos se construyeron grandiosos templos para los antepasados y los dioses, y tumbas para los soberanos y sus parientes.

Las selvas que quedaron soportaron el creciente impacto de la agricultura, la construcción y la extracción de madera. Se necesitaba más gente para las obras públicas de arquitectura monumental, la guerra y la producción de alimentos intensiva. Las elites dirigentes tienen sus propios planes. Desean que el pueblo realice obras de construcción, se enrole en los ejércitos, trabaje en la servidumbre y cumpla con innumerables tareas que los aristócratas parecen no tener dificultad en imaginar.

En el año 800 d. de C. unos doce millones de personas trabajaban duramente para sustentar las ciudades y la aristocracia para producir alimentos suficientes para todos.

Para saber más: Las antiguas civilizaciones del nuevo mundo. Richard E. W. Adams