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Crisis energética, intereses privados, decrecimiento


Carlos Taibo

A nadie se le escapa que nos enfrentamos a un horizonte energético muy delicado, en el que se dan cita por igual un acelerado proceso de agotamiento de recursos -con el encarecimiento consiguiente de éstos- y una demanda general consolidada por el crecimiento de las llamadas economías emergentes. A duras penas sorprenderá que ante semejante escenario hayan proliferado los intentos de perfilar soluciones. Acojámonos a uno de ellos que -parece- retrata el círculo vicioso en el que se hallan inmersos la mayoría de los dirigentes políticos e ilustra en su caso, también, la sumisión que éstos muestran ante los intereses de poderosas empresas privadas.

Hace unos días, en una entrevista que concedió a un canal de televisión, Felipe González, el ex presidente del Gobierno español, se refirió a la cuestión que nos ocupa e identificó tres grandes medidas que -cabe entender- debían acometerse simultáneamente. Si la primera era el progresivo despliegue de energías renovables, la segunda aconsejaba diversificar las fuentes de suministro y la tercera sugería reabrir, en fin, el debate relativo a la energía nuclear.
Nada hay que oponer, por lógica, al despliegue de energías renovables, en el buen entendido de que éstas no deben servir -como se adivina en muchos de los discursos oficiales al uso- para preservar el estilo de vida depredador y despilfarrador que se ha impuesto entre nosotros. La propia lógica de esas fuentes de energía reclama una actitud, individual y colectiva, estrechamente vinculada con la sencillez y la sobriedad voluntaria o, lo que es lo mismo, orgullosamente alejada de las exigencias del mercado y de su permanente y artificial creación de necesidades.

Tampoco hay nada sustancioso que oponer a la sugerencia de que hay que diversificar las fuentes de suministro, y ello por mucho que la propuesta beba casi siempre de la política más convencional. Subrayemos al respecto que la sugerencia de González puede ser interpretada en al menos dos sentidos diferentes. Mientras el primero apunta que debemos diversificar las fuentes de energía, sin más, el segundo interpreta que tenemos que procurar un abanico más amplio de abastecedores -empresas o Estados- a efectos de no contraer dependencias abusivas con ninguno de ellos. No está de más subrayar, eso sí, que acaso la mejor manera de sortear esas dependencias es la que pasa por reducir, una vez más, nuestros a menudo hilarantes niveles de consumo, perspectiva que -como enseguida me veré obligado a subrayar- está dramáticamente ausente de las agendas oficiales.

Mucho menos estimulante es la tercera de las propuestas vertidas por González. Hablo, claro, de la que se refiere a una energía, la nuclear, que me temo es pan para hoy y hambre para mañana. Quienes desean convertir esa modalidad de energía en la tabla de salvación para nuestras economías señalan comúnmente que será preciso multiplicar por tres el número de centrales atómicas existentes en el planeta. Habida cuenta de que las estimaciones concluyen que hoy tenemos uranio para un escaso medio siglo, el cálculo se antoja sencillo: de verificarse la multiplicación referida, nos quedará uranio para tres lustros. Aunque no sólo se trata de eso: sabido es que, mientras los residuos generados por las centrales configuran un dramático regalo para las generaciones venideras, la construcción de aquéllas es muy lesiva en términos de cambio climático, la energía que producen resulta siempre costosa y, por dejarlo ahí, las condiciones de seguridad dejan mucho que desear. Circunstancias como las mencionadas aconsejan concluir que la energía nuclear no es esa cómoda e higiénica panacea que algunos, a menudo interesadamente, aprecian.

Vayamos, sin embargo, a lo principal e identifiquemos la carencia mayor, muy significativa, que arrastran las declaraciones de Felipe González. Es sorprendente que, cuando el ex presidente asume la tarea de buscar respuestas a una crisis energética que es ya una realidad palpable, olvide la principal: la que reclama reducciones notables en nuestros niveles de producción y de consumo y, más allá de ellas, una reorganización de nuestras sociedades sobre la base de principios diferentes (entre ellos la primacía de la vida social frente a la lógica de la productividad y de la competitividad, el reparto del trabajo, una renta básica de ciudadanía, la necesaria reducción de las dimensiones de muchas infraestructuras productivas, administrativas y de transporte, o, en fin, la recuperación de lo local frente a la locura de la globalización desbocada).

Si alguien me pregunta por qué Felipe González -y con él tantos otros- prefiere esquivar un horizonte tan razonable y hacedero como ése, responderé sin margen para la duda: porque ese horizonte implica cuestionar la lógica sagrada del mercado y, con ella, los intereses de poderosas empresas empeñadas en conducirnos camino del abismo. ¿Cómo es posible que al tiempo que se dice apostar por la sostenibilidad se perfile un programa de ayudas públicas llamadas a facilitar la adquisición de automóviles privados, esto es, la promoción de uno de los elementos centrales que dan cuenta de la insostenibilidad energética y medioambiental de nuestras sociedades?

Que estamos obligados a introducir energías limpias y renovables resulta evidente. Casi tanto como que, al tiempo, debemos apostar con rotundidad, en el Norte opulento, por significativas reducciones en los niveles de producción y de consumo que dan alas a un orden de cosas en el que salgan adelante, con no menor rotundidad, la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el respeto puntilloso del medio natural.

Crisis energética, intereses privados, decrecimiento

El consumismo potencia un modo de vida esclavo que nos hace creer que somos felices

Entrevista a Carlos Taibo en Noticias de Guipúzcoa

El profesor y escritor Carlos Taibo (Madrid, 1956) habla sobre decrecimiento, un movimiento que va cobrando más fuerza entre personas de diversos perfiles que plantean alternativas a un sistema capitalista que ven obsoleto e inhumano.

Escribe muchos libros, casi uno por año. ¿Investiga mucho o está inspirado por la locura que nos rodea?

Bueno, he escrito muchos, pero bastante relacionados entre sí, o son reediciones, o reelaboraciones de materiales viejos... Recientemente recopilé artículos del año pasado que beben de la discusión sobre las pensiones, la conducta de los sindicatos, la huelga, el plan de ajuste, etc. Ahora acaba de salir El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata), es un librito de 130 páginas.

¿Con él pretende acercar más sus teorías a todo el mundo?

Sí, está pensado para gente que aspira a acceder a algo complejo de la mano de argumentos más sencillos.

Parece que muchos caminos llevan a Roma, relacionados entre sí, como los bancos de tiempo, autoproducción, cooperativas de consumo... a la par del decrecentismo.

En realidad lo que llamamos decrecimiento no es una cosa nueva. Es el producto de un amasijo de movimientos e iniciativas que tienen ya un lapsus temporal bastante prolongado. Pero es verdad que el decrecimiento bebe de muchos de esos movimientos que mencionas, y de manera más precisa de la idea de que cada vez es más urgente generar espacios autónomos en los cuales no dominen las reglas de los sistemas que padecemos. Creo que es una vieja idea de cariz libertario, anarquizante.

Precisamente en 2010 publicó Libertari@s. ¿La anarquía sería la fórmula más total para sentirse libre?

En ese libro recogí el adjetivo libertario, aunque la mayor parte de las fuentes de ese pensamiento son anarquistas o anarquizantes. Lo de libertario me parece más interesante porque no reclama una adhesión ideológico-doctrinal. Hay gentes que deciden apostar con descaro por la democracia de base, por la autogestión, que recelan de la delegación del poder, que cuestionan las jerarquías, sin haber leído a Bakunin.

Muchas voces dijeron al desencadenarse esta crisis económica que el sistema capitalista está obsoleto, pero no parece que la clase dirigente esté aplicando otras metodologías. ¿Eso nos aboca a reincidir, en crisis cíclicas?

En efecto. Hay problemas, pero para resolverlos se aplican las mismas terapias que nos condujeron a ellos, con un escenario en términos ético-morales indefendible. Alguien podría decir "bueno, es que hay que reducir el gasto público en sanidad y educación porque es muy alto". No, la mayoría pensamos que es muy bajo, lo que ocurre es que hay que tapar los agujeros que han dejado las operaciones de especulación financiera, bursátil, inmobiliaria registradas en los últimos diez años. Cuando hay beneficios, se privatizan; cuando llegan las pérdidas, en cambio, las pérdidas se socializan.

Televisiones y móviles que se estropean deliberadamente, eficiencia anulada por el consumo... Este sistema es demencial.

Sí, hay una maquinaria para engañarnos, la obsolescencia programada, pero es llamativo que la aceptemos resignados. Nuestros gobernantes no están interesados en frenar esos abusos y las propias asociaciones de consumidores no les prestan particular atención. Por otra parte, cualquiera convendrá que es preferible que utilicemos coches menos contaminantes, pero claro, hay que preguntarse si su elaboración es tan gravosa como la de los convencionales. Y más allá: tenemos que responder si precisamos objetivamente de coches. El primer paso será no utilizarlos, y de hacerlo, que sean lo más ecológicos posibles.

Las armas y las nuevas tecnologías se sofistican mientras miles de personas mueren por desnutrición...

Lo que estamos discutiendo son las presuntas virtudes del crecimiento económico. Decimos que no genera necesariamente cohesión social, que tampoco se traduce en creación de empleo, que aboca en muchas ocasiones a agresiones medioambientales irreversibles, que en los países ricos se asienta en el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres y en el terreno individual potencia un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos y más bienes consumamos. Disponemos de 20 años lamentables para demostrar que eso no resuelve el escenario de exclusión y pobreza que comentas y nos sitúa ante un abismo medioambiental.

¿Cómo nos salvaría el decrecimiento de los expolios de recursos y las abismales diferencias entre clases?

Creo que está logrando poner en el mapa una actitud cada vez más recelosa hacia las promesas que nos hacen los dirigentes políticos, los economistas y la abrumadora mayoría de los sindicalistas. De forma más precisa, habría que reducir la actividad productiva; en su caso, clausurarla (del automóvil, la militar, la publicidad...). Alguien replicará de inmediato: "Si hacemos eso generaremos millones de parados en la UE". ¿Cómo encarar ese innegable problema? Echaremos mano de dos fórmulas. Una, propiciaremos el desarrollo de las actividades económicas relacionadas con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el respeto del medio natural. Dos, en los sectores económicos convencionales que persistan procederemos a repartir el trabajo. ¿Cuál será la secuela? Trabajaremos muchas menos horas, dispondremos de mucho más tiempo libre y reduciremos nuestros a menudo hilarantes y estúpidos niveles de consumo.

En un mundo dominado por la codicia, eso es difícil.

Sí, aunque hay partes vírgenes en nuestra cabeza que convenientemente estimuladas conducen a conductas distintas. Otorgar primacía a la vida social frente a la lógica frenética de la producción, del consumo; establecer rentas básicas de ciudadanía; recuperar la vida local, frente a la globalización desbocada; restaurar formas de democracia directa y autogestión, y en el terreno individual, pronunciarnos en provecho de la sencillez, la sobriedad. Aunque este no es un proyecto que invite a la infelicidad, hablamos de un incremento sustancial de las relaciones sexuales en una primacía de una vida social alejada del consumo.

Haz el amor y no la guerra, ¿no?

Sí, precisamente la vida que tenemos hoy está marcada por el blanco y negro, pretendemos ampliar el espectro del arco iris.

¿En sus clases en la UAM suele introducir estos términos?

No, porque allí de lo que hablo es una cosa mucho más convencional y técnica, de partidos, de burocracias, de elecciones. En algún caso se presta, pero por lo general la disciplina va por otros caminos.

Pero, ¿sus alumnos se interesan por ello?

Hay una minoría que se interesa, sí.

¿Qué le gustaría transmitir>?

(Medita) Me gustaría transmitir la idea de que lo del decrecimiento es un proyecto provocador, original y que tiene respuestas objetivas a muchos de los problemas que debemos afrontar en este escenario de crisis, frente a lo que es común en los discursos oficiales, que me parece que no hacen otra cosa que volver una y otra vez sobre sí mismos y sus miserias. Creo que no deja indiferente, y que abre un horizonte de reflexión que es cada día más urgente.

El decrecimiento explicado con sencillez

El decrecimiento explicado con sencillez - Carlos Taibo

El objetivo de este libro es ofrecer una introducción rápida y comprensible del decrecimiento y, con ella, y de manera más general, contribuir a la difusión de muchos de los elementos que configuran la visión crítica del mundo contemporáneo que nace del ecologismo radical. La explicación del proyecto del decrecimiento que aquí se recoge parte de la certeza de que éste exige, por necesidad, salir del capitalismo. Se asienta, por añadidura, en la intuición de que, junto a cambios imprescindibles en nuestra conducta individual, hay que perfilar movimientos que peleen por modificar radicalmente muchas de las reglas del juego imperantes en nuestras sociedades. Y hay que hacerlo para escapar de nuestra condición de estas horas, la de genuinos esclavos de los tiempos modernos, subyugados por los mitos del crecimiento, el consumo, la productividad, la competitividad y las tecnologías liberadoras

Palabras del 15 de mayo

Carlos Taibo

He intentado reconstruir aquí, sobre la base de mis apuntes, lo que dije en la Puerta del Sol madrileña el domingo 15, al final de la multitudinaria manifestación que convocó la plataforma Democracia Real Ya. Tiempo habrá para valorar --a mí me cuesta trabajo-- qué es lo que está ocurriendo estos días. Me contento ahora con llamar la atención sobre una discreta experiencia personal que algo nos dice --creo-- de la zozobra con la que los medios de incomunicación del sistema han asumido la revuelta de tantos jóvenes.

En los jornadas sucesivas al día 15 recibí un buen puñado de llamadas de esos medios de incomunicación. Algunas procedían, por cierto, de emisoras de radio y de periódicos que de manera altiva y descortés me habían puesto en la calle en su momento. Me pareció evidente que los profesionales correspondientes andaban desesperados buscando alguna cara que ponerle al movimiento que, fundamentalmente articulado por jóvenes, empezaba a tomar la calle. En todos los casos –ya tendré tiempo de cambiar, si procede, de conducta-- me negué a hacer declaración alguna y en todos sugerí que entrevistasen a los organizadores de las manifestaciones y, más aún, a los propios manifestantes. En una de esas conversaciones mi interlocutor insistió en su demanda y me preguntó expresamente si no habría algún otro profesor universitario que pudiera poner su cara. Al parecer, y a los ojos de algunos, para explicar lo que está sucediendo es inevitable echar mano de las sesudas explicaciones que proporcionamos los profesores de universidad, como si la gente de a pie no supiera expresarse con claridad y contundencia. Menos mal que hay algún profesional que se salva. Ayer, y de nuevo en la Puerta del Sol, un periodista me dijo que los jóvenes a los que había entrevistado hablaban mucho mejor que Tomás Gómez y --me da el pálpito-- que la propia señora De Cospedal.

Antes de colocar mi texto, me permito agregar una última observación: no sólo debemos estar sobre aviso ante lo que hacen los medios --para cuándo una activa campaña de denuncia de lo que supone esa genuina plaga contemporánea que son los tertulianos--. También debemos guardar las distancias con respecto a lo que dicen y se aprestan a hacer muchas gentes de la izquierda de siempre que, bien intencionadas, se proponen encauzar unos movimientos que en último término no comprenden y miran con desdén. Ahí van, en cualquier caso, mis palabras del día 15. 

"Quienes estamos aquí somos, a buen seguro, personas muy distintas. Llevamos en la cabeza proyectos e ideales diferentes. Han conseguido, sin embargo, que nos pongamos de acuerdo en un puñado de ideas básicas. Las intento resumir de manera muy rápida. 

Primera. Lo llaman democracia y no lo es. Las principales instituciones y, con ellas, los principales partidos han conseguido demostrar su capacidad para funcionar al margen del ruido molesto que emite la población. Los dos partidos más importantes, en singular, escenifican desde tiempo atrás una confrontación aparentemente severa que esconde una fundamental comunidad de ideas. Uno y otro mantienen en sus filas, por cierto, a personas de más que dudosa moralidad. No es difícil adivinar lo que hay por detrás: en los hechos son formidables corporaciones económico-financieras las que dictan la mayoría de las reglas del juego.

Segunda. Somos víctimas con frecuencia de grandes cifras que se nos imponen. Em mayo de 2010, por proponer un ejemplo, la Unión Europea exigió del Gobierno español que redujese en 15.000 millones de euros el gasto público. Nadie sabe a ciencia cierta qué son 15.000 millones de euros.

Para comprenderlo no está de más que asumamos una rápida comparación con otras cifras. Unos años atrás ese Gobierno español que acabo de mencionar destinó en inicio 9.000 millones de euros al saneamiento de una única caja de ahorros, la de Castilla-La Mancha, que se hallaba al borde de la quiebra; estoy hablando de una cifra que se acercaba a las dos terceras partes de la de la exigida en recortes por la Unión Europea. Durante dos años fiscales consecutivos, ese mismo Gobierno obsequió con 400 euros a todos los que hacemos una declaración de la renta. A todos, dicho sea de paso, por igual: lo mismo recibió el señor Botín que el ciudadano más pobre. Según una estimación, ese regalo se llevó, en cada uno de esos años, 10.000 millones de euros. Estoy hablando del mismo Gobierno, que se autotitula socialista, que no dudó en suprimir un impuesto, el del patrimonio, que por lógica grava ante todo a los ricos, reduciendo sensiblemente la recaudación, mientras incrementaba en cambio otro, el IVA, que castiga a los pobres. El mismo Gobierno, en fin, que apenas hace nada para luchar contra el fraude fiscal y que mantiene la legislación más laxa de la Unión Europea en lo que hace a evasión de capitales y paraísos fiscales.

Tercera. Si hay un dios que adoran políticos, economistas y muchos sindicalistas, ese dios es el de la competitividad. Cualquier persona con dos dedos de cabeza sabe, sin embargo, en qué se han traducido, para la mayoría de quienes están aquí, las formidables ganancias obtenidas en los últimos años en materia de competividad: salarios cada vez más bajos, jornadas laborales cada vez más prolongadas, derechos sociales que retroceden, precariedad por todas partes. 

No es difícil identificar a las víctimas de tanta miseria. La primera la aportan los jóvenes, que engrosan masivamente nuestro ejército de reserva de desempleados. Si no hubiera muchas tragedias por detrás, tendría su gracia glosar esa deriva terminológica que hace media docena de años nos invitaba a hablar de mileuristas para retratar una delicada situación, hoy nos invita a hacerlo de quinientoseuristas y pasado mañana, las cosas como van, nos obligará a referirnos a los trescientoseuristas. La segunda víctima son las mujeres, de siempre peor pagadas y condenadas a ocupar los escalones inferiores de la pirámide productiva, a más de verse obligadas a cargar con el grueso del trabajo doméstico. Una tercera víctima son los olvidados de siempre, los ancianos, ignorados en particular por esos dos maravillosos sindicatos, Comisiones y UGT, siempre dispuestos a firmar lo infirmable. No quiero olvidar, en cuarto y último lugar, a nuestros amigos inmigrantes, convertidos, según las coyunturas, en mercancía de quita y pon. Estoy hablando, al fin y al cabo, de una escueta minoría de la población: jóvenes, mujeres, ancianos e inmigrantes.

Cuarta. No quiero dejar en el olvido los derechos de las generaciones venideras y, con ellos, los de las demás especies que nos acompañan en el planeta Tierra. Lo digo porque en este país en el que estamos hace mucho tiempo que confundimos crecimiento y consumo, por un lado, con felicidad y bienestar, por el otro. Hablo del mismo país que ha permitido orgulloso que su huella ecológica se acrecentase espectacularmente, con efecto principal en la ruptura de precarios equilibrios medioambientales. Ahí están, para testimoniarlo, la idolatría del automóvil y de su cultura, esos maravillosos trenes de alta velocidad que permiten que los ricos se muevan con rapidez mientras se deterioran las posibilidades al alcance de las clases populares, los castigos, acaso irreversibles, que han padecido nuestras costas o, para dejarlo ahí, la dramática desaparición de la vida rural. Nada retrata mejor dónde estamos que el hecho de que España se encuentre en el furgón de cola de la Unión Europea en lo hace a la lucha contra el cambio climático, con un Gobierno que alienta la impresentable compra de cuotas de contaminación en países pobres que no están en condiciones de agotar las suyas. 

Quinta. Entre las reivindicaciones que plantea la plataforma que promueve estas manifestaciones y concentraciones hay una expresa relativa a la urgencia de reducir el gasto militar. Me parece tanto más pertinente cuanto que en los últimos años hemos tenido la oportunidad de comprobar cómo nuestros diferentes gobernantes rebajaban de manera muy sensible la ayuda al desarrollo. Nunca lo subrayaremos de manera suficiente: el momento más tétrico de nuestra crisis dibuja un escenario claramente preferible al momento más airoso de la situación de la mayoría de los países del Sur.
Vuelvo, con todo, a lo del gasto militar. Este último, visiblemente ocultado tras numerosas partidas, responde a dos grandes objetivos. El primero no es otro que mantener a España en el núcleo de los países poderosos, con los deberes consiguientes en materia de apoyo a esas genuinas guerras de rapiña global que lideran los Estados Unidos. El segundo se vincula con el designio de preservar un apoyo franco a lo que hacen tantas empresas españolas en el exterior. ¿Alguien ha tenido noticia de que algún portavoz del Partido Socialista o del Partido Popular se haya atrevido a criticar, siquiera sólo sea livianamente, las violaciones de derechos humanos básicos de las que son responsables empresas españolas en Colombia como en Ecuador, en Perú como en Bolivia, en Argentina como en Brasil?

Acabo. Me gustaría en estas horas tener un recuerdo para alguien que nos ha dejado en Madrid el martes pasado. Hablo de Ramón Fernández Durán, que iluminó nuestro conocimiento en lo que respecta a las miserias del capitalismo global y nos puso sobre aviso ante lo que nos espera de la mano de esa genuina edad de las tinieblas en la que, si no lo remediamos, nos adentramos a marchas forzadas. No se me ocurre mejor manera de hacerlo que la que me invita a rescatar una frase que ha repetido muchas veces mi amigo José Luis Sampedro, de quien escucharemos, por cierto, un saludo dentro de unos minutos., La frase en cuestión, que creo refleja bien a a las claras nuestra intención de esta tarde, la pronunció Martin Luther King, el muñidor principal del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos de cincuenta años atrás. Dice así: 'Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo, lo que nos parecerá más grave no serán las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas'. Muchas gracias por haberme escuchado".

Sobre el colapso


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Carlos Taibo

1. ¿Qué es el colapso?

El colapso es un proceso, o un momento, del que se derivan varias consecuencias delicadas: cambios sustanciales, e irreversibles, en muchas relaciones, profundas alteraciones en lo que se refiere a la satisfacción de las necesidades básicas, reducciones significativas en el tamaño de la población humana, una general pérdida de complejidad en todos los ámbitos —acompañada de una creciente fragmentación y de un retroceso de los flujos centralizadores—, la desaparición de las instituciones previamente existentes y, en fin, la quiebra de las ideologías legitimadoras, y de muchos de los mecanismos de comunicación, del orden antecesor.

Importa subrayar, de cualquier modo, que algunos de los rasgos que se atribuyen al colapso no tienen necesariamente una condición negativa. Tal es el caso de los que se refieren a la rerruralización, a las ganancias en materia de autonomía local o a un general retroceso de los flujos jerárquicos. Esto al margen, es razonable adelantar que el concepto de colapso tiene cierta dimensión etnocéntrica: es muy difícil —o muy fácil— explicar qué es el colapso a un niño nacido en la franja de Gaza; no lo es tanto, por el contrario, hacerlo entre nosotros.

2. ¿Cuáles son las previsibles causas de un colapso general del sistema?

Conforme a una visión muy extendida, y controvertida, habría que identificar dos causas principales del colapso, en el buen entendido de que en la trastienda operarían otras que llegado el caso podrían adquirir un papel prominente u oficiar como multiplicadores de tensión. Las dos causas mayores son el cambio climático y el agotamiento de las materias primas energéticas que empleamos.

En lo que al cambio climático se refiere, parece inevitable que la temperatura media del planeta suba al menos dos grados con respecto a los niveles anteriores a la era industrial. Cuando se alcance ese momento nadie sabe lo que vendrá después, más allá de la certeza de que no será precisamente saludable. Conocidas son, por otra parte, las consecuencias esperables del cambio climático: además de un incremento general de las temperaturas se harán valer —se hacen valer ya— una subida del nivel del mar, un progresivo deshielo de los polos, la desaparición de muchas especies, la extensión de la desertización y de la deforestación, y, en fin, problemas crecientes en el despliegue de la agricultura y la ganadería.

Por lo que respecta al agotamiento de las materias primas energéticas, lo primero que hay que subrayar es nuestra dramática dependencia en relación con los combustibles fósiles. Si renunciamos al petróleo, al gas natural y al carbón, no quedará nada de nuestra civilización termoindustrial. Según una estimación, sin esos combustibles un 67% de la población del planeta perecería. Antonio Turiel sostiene que el pico conjunto de las fuentes no renovables se producirá en 2018, de tal suerte que inequívocamente la producción de aquéllas se reducirá y los precios se acrecentarán en un escenario en el que habrá que aportar cada vez más energía para obtener cada vez menos energía. Aunque se pueden imaginar cambios en la combinación de fuentes que hoy empleamos, con un mayor peso asignado, por ejemplo, a las renovables y al carbón, no hay sustitutos de corto y medio plazo para las fuentes presentes. Cualquier cambio reclamará, inequívocamente, transformaciones onerosísimas.

Entre los elementos acompañantes del colapso que podrían adquirir, en su caso, un relieve principal no está de más que mencione los que siguen: (a) la crisis demográfica; (b) una delicadísima situación social, con más 3.000 millones de seres humanos condenados a malvivir con menos de 2 dólares diarios; (c) la esperable extensión del hambre, acompañada, en muchos casos, de una escasez de agua; (d) la expansión de las enfermedades, en la forma de epidemias y pandemias, de multiplicación de los cánceres y las enfermedades cardiovasculares y de reaparición de dolencias como la tuberculosis; (e) un entorno invivible para las mujeres —son el 70% de los pobres y desarrollan el 67% del trabajo, para recibir sólo un 10% de la renta—; (f) el presumible efecto multiplicador de la crisis financiera, con sus secuelas en forma de caotización, inestabilidad, pérdida de confianza e incertidumbre; (g) la quiebra de muchos Estados, estrechamente vinculada con las guerras de rapiña asestadas por las potencias del Norte; (h) las secuelas de la subordinación de la tecnología a los intereses privados;(i) una huella ecológica disparada —el espacio bioproductivo consumido hoy es de 2,2 hectáreas por habitante, por encima de las 1,8 que la Tierra pone a nuestra disposición—, y (j) una inquietante idolatría del crecimiento económico.

3. ¿Cuáles son los rasgos previsibles del escenario posterior al colapso?

Cualquier respuesta a esta pregunta tiene que ser por fuerza especulativa. Para que no fuese así deberíamos conocer las causas mayores del colapso, si éste tiene un carácter repentino o no, sus eventuales variaciones geográficas o la naturaleza de las reacciones suscitadas. Aunque tampoco es posible fijar el momento del colapso, no está de más que señale que muchos analistas se refieren al respecto a los años que separan 2020 y 2050. 


Aun con ello, y si se trata de identificar los rasgos generales de la sociedad poscolapsista, bien pueden ser éstos: (a) una escasez general de energía, con efectos visibles en materia de transporte, suministros y turismo, y al amparo de una general desglobalización; (b) graves problemas para la preservación de muchas de las estructuras de poder y dominación, y en particular para las más centralizadas y tecnologizadas; (c) una aguda confrontación entre flujos centralizadores, hipercontroladores e hiperrepresivos, por un lado, y flujos descentralizadores y libertarizantes, por el otro; (d) inquietantes confusiones entre lo público y lo privado, con una manifiesta extensión de la violencia de la que serán víctimas principales las mujeres; (e) una trama económica general marcada por la reducción del crecimiento, el cierre masivo de empresas, la extensión del desempleo, la desintegración de los llamados Estados del bienestar, la subida de los precios de los productos básicos, la quiebra del sistema financiero, el hundimiento de las pensiones y retrocesos visibles en sanidad y educación; (f) un general deterioro de las ciudades, con pérdida de habitantes y desigualdades crecientes; (g) un escenario delicado en el mundo rural, resultado de la mala gestión de los suelos, del monocultivo, de la mecanización y de la mercantilización, y (h) una reducción de la población planetaria.

En el caso preciso de la península Ibérica, los antecedentes son malos, como lo testimonian el abandono de las energías renovables, el despilfarro y la escasa eficiencia energética, la lamentable apuesta por la alta velocidad ferroviaria y por las autopistas, la baja producción de materias primas energéticas, el alto consumo de petróleo y, en fin, en la trastienda, la deuda. El cambio climático se traducirá ante todo en una subida notable de las temperaturas en la mitad meridional de la península, con efectos graves sobre la agricultura y una insorteable crisis de la industria turística. Esto al margen, se harán valer fenómenos planetarios como los vinculados con la quiebra de empresas, la explotación laboral, el empobrecimiento, la crisis financiera, la desnutrición, el deterioro de la sanidad y el descrédito de las instituciones.

4. ¿Qué proponen, como alternativa, los movimientos por la transición ecosocial?

En sustancia lo que proponen no es otra cosa que una recuperación del viejo proyecto libertario de la sociedad autoorganizada desde abajo, desde la autogestión, desde la democracia y la acción directas, y desde el apoyo mutuo.

Si se trata de identificar, de cualquier modo, algunos de los rasgos de esa transición ecosocial, y del escenario final acompañante, bien pueden ser los que siguen: (a) la reaparición, en el terreno energético, de viejas tecnologías y hábitos, en un escenario de menor movilidad y de retroceso visible del automóvil en provecho del transporte público; (b) el despliegue de un sinfín de economías locales descentralizadas; (c) el asentamiento de formas de trabajo más duro, pero en un entorno mejor, sin desplazamientos, con ritmos más pausados, con el deseo de garantizar la autosuficiencia, y sin empresarios ni explotación; (d) la progresiva remisión de la sociedad patriarcal, en un escenario de reparto de los trabajos y de retroceso de la pobreza femenina; (e) una reducción de la oferta de bienes, y en particular de la de los productos importados, en un marco de sobriedad y sencillez voluntarias; (f) la recuperación de la vida social y de las prácticas de apoyo mutuo; (g) una sanidad descentralizada basada en la prevención, en la atención primaria y en la salud pública, con un menor uso de medicamentos; (h) el despliegue de fórmulas de educación/deseducación extremadamente descentralizadas; (i) una vida política marcada por la autogestión y la democracia directa; (j) una general desurbanización, con reducción de la población de las ciudades, expansión de la vida de los barrios y progresiva desaparición de la separación entre el medio urbano y el rural, y (k) una activa rerruralización, con crecimiento de la población del campo en un escenario definido por las pequeñas explotaciones y las cooperativas, la recuperación de las tierras comunales y la desaparición de las grandes empresas. Cinco verbos resumen, acaso, el sentido de fondo de muchas de estas transformaciones: decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar.

5. ¿Qué es el ecofascismo?

Aunque el prefijo “eco-” se suele identificar con realidades saludables, no está de más que señale que en el partido nazi, el partido de Hitler, operaba un poderoso grupo de presión de carácter ecologista, defensor de la vida rural y receloso ante las consecuencias de la industrialización y de la tecnologización. Cierto es que este proyecto se volcaba en favor de una raza elegida que debía imponerse, sin pararse en los medios, a todos los demás…

Carl Amery ha subrayado que estaríamos muy equivocados si concluyésemos que las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás remiten a un momento histórico singularísimo, coyuntural y, por ello, afortunadamente irrepetible. Amery nos emplaza, antes bien, a estudiar esas políticas por cuanto bien pueden reaparecer entre nosotros, no defendidas ahora por ultramarginales grupos neonazis, sino postuladas por algunos de los principales centros de poder político y económico, cada vez más conscientes de la escasez general que se avecina y cada vez más decididos a preservar esos recursos escasos en unas pocas manos en virtud de un proyecto de darwinismo social militarizado, esto es, de ecofascismo. Este último, que en una de sus dimensiones principales responde a presuntas exigencias demográficas, reivindicaría la marginación, en su caso el exterminio, de buena parte de la población mundial y tendría ya manifestaciones preclaras en la renovada lógica imperial que abrazan las potencias occidentales. Cierto es que el escenario general de crisis energética puede debilitar sensiblemente los activos al servicio de un proyecto ecofascista.

6. ¿Qué es lo que la gente común piensa del colapso?

El colapso suscita reacciones varias. Una de ellas se asienta, sin más, en la ignorancia, visiblemente inducida por el negacionismo que proponen las grandes empresas con respecto al cambio climático o al agotamiento del petróleo. Una segunda reacción bebe de un optimismo sin freno, traducido en una fe ciega en que aquello que deseamos se hará realidad, en la intuición de que los cambios serán lentos, predecibles y manejables, en la certeza de que todavía tenemos tiempo o, en fin, en la confianza en los gobernantes. Una tercera posición es la de quienes estiman que inexorablemente aparecerán tecnologías que permitirán resolver todos los problemas. No faltan, en un cuarto estadio, quienes prefieren acogerse al carpe diem y, al efecto, consideran que sólo debe preocuparnos lo más inmediato y lo que está más cerca. Hay quien se acoge, en suma, al concepto de culpa y aduce, bien que no tiene obligación alguna de resolver los problemas que crearon otros, bien que la especie humana se ha hecho merecedora, por su conducta, de un castigo severísimo.

En este mismo orden de cosas, Elisabeth Kubler-Ross ha identificado cinco etapas en el procesamiento del colapso: la negación, la angustia, la adaptación, la depresión y la aceptación. Por detrás de muchas de las reacciones mencionadas se aprecia, de cualquier modo, el designio, en buena parte de la población del Norte opulento, de no renunciar a su modo de vida presente, y de preservar los niveles actuales de consumo y de status social. Y se aprecia también una firme negativa a pensar en las generaciones venideras y en las demás especies que nos acompañan en la Tierra.

7. ¿Esquivar el colapso?

El capitalismo es un sistema que ha demostrado históricamente una formidable capacidad de adaptación a los retos más dispares. La gran pregunta hoy es la relativa a si, llevado de un impulso incontenible encaminado a acumular espectaculares beneficios en un período de tiempo muy breve, no estará cavando su propia tumba, con el agravante, claro, de que dentro de la tumba estamos nosotros.

Ante el riesgo de un colapso próximo, en el mundo alternativo las respuestas son, en sustancia, dos. Mientras la primera entiende que no queda otro horizonte que el de aguardar a que llegue ese colapso —será el único camino que permita que la mayoría de los seres humanos se percaten de sus deberes—, la segunda considera que hay que salir con urgencia del capitalismo y que al respecto, y a título provisional, lo que se halla a nuestro alcance es abrir espacios autónomos autogestionados, desmercantilizados y, ojalá, despatriarcalizados, propiciar su federación y acrecentar su dimensión de confrontación con el capital y con el Estado. Si unos interpretan que estos espacios nos servirán para esquivar el colapso, otros creen que es preferible concebirlos como escuelas que nos prepararán para sobrevivir en el escenario posterior a aquél. Lo más probable, de cualquier modo, es que no consigamos evitar el colapso: lo que está a nuestro alcance es, antes bien, postergar un poco su manifestación y, tal vez, mitigar algunas de sus dimensiones más negativas.

Parece claro, de cualquier modo, que no hay ningún motivo serio para depositar nuestra esperanza en unas instituciones, las del sistema, sometidas a los intereses privados, jerarquizadas, militarizadas y aberrantemente cortoplacistas. Una de las estratagemas mayores del capitalismo contemporáneo se beneficia de la enorme habilidad que el sistema muestra a la hora de evitar que nos hagamos las preguntas importantes. Y es que un empeño principal del capitalismo de estas horas consiste en buscar desesperadamente materias primas y tecnologías que nos permitan conservar aquello de lo que hoy disponemos, sin permitir que nos preguntemos por lo principal: ¿realmente nos interesa conservar esto con lo que hoy contamos, o con lo que cuentan, mejor dicho, unos pocos?

Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco 'Un mal día lo tiene cualquiera' para el grupo Las Buenas Noches
Miguel Brieva. Fragmento de la portada del disco ‘Un mal día lo tiene cualquiera’ para el grupo Las Buenas Noches

¿Por qué el decrecimiento?

Carlos Taibo


Hay muchos aspectos de la vida al uso que parecen remitir a verdades reveladas. Uno de ellos afecta a las presuntas virtudes, al parecer incuestionables, del crecimiento económico. Lo que al respecto se nos suele decir es que allí donde hay un crecimiento palpable lo común es que exista también cohesión social, se hayan alcanzado niveles altos de consumo, los servicios sean solventes y, en fin, la pobreza, la desigualdad y el desempleo no ganen terreno.


Sobran las razones, a mi entender, para recelar de todas esas
supersticiones. El crecimiento económico no genera, o no genera necesariamente, cohesión social. La idea de que se traduce inequívocamente en la creación de puestos de trabajo se ve desmentida por lo ocurrido en las tres últimas décadas en el mundo desarrollado.

Por otra parte, se salda muy a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles al tiempo que provoca el agotamiento de recursos básicos que sabemos no van a estar a disposición de las generaciones venideras. El crecimiento de los países ricos bebe, en un grado u otro, y en paralelo, del expolio de los recursos, humanos y materiales, de los países pobres, circunstancia que debiera plantear, claro, un problema moral elemental.

Para que nada falte, y en fin, en el terreno individual el crecimiento se traduce a menudo en un modo de vida de esclavo que nos invita a concluir que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y, sobre todo, más bienes acertemos a consumir.

Frente a todo ello, la perspectiva del decrecimiento nos dice que en el norte rico tenemos inexorablemente que reducir los niveles de producción y de consumo, de la misma manera que estamos obligados a redistribuir radicalmente la riqueza. Pero reivindica, además, al amparo de la firme convicción de que podemos vivir mejor con menos, la introducción de principios y valores muy diferentes de los que hoy aplicamos. Así, aconseja recuperar la vida social que hemos ido dilapidando, obsesionados como estamos por la producción, el consumo y la competitividad.
 Reclama el despliegue de formas de ocio creativo, no vinculadas con el dinero. Sugiere que repartamos el trabajo, una vieja demanda sindical que infelizmente fue muriendo con el paso del tiempo. Reivindica la reducción de las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos. Propone la recuperación de la vida local, frente a la lógica depredadora de la globalización y en un escenario de reaparición de fórmulas de democracia directa y de autogestión. Y, en el terreno individual, en fin, plantea que abracemos la sobriedad y la sencillez voluntarias.

Alguien podría pensar que esos principios y valores nos sitúan fuera del mundo. Creo firmemente que no es verdad. Están presentes en muchas de las prácticas históricas del movimiento obrero, se revelan con fortaleza en el trabajo de cuidados que realizan fundamentalmente mujeres, permean el funcionamiento de la propia institución familiar, claramente vinculada con el regalo y la gratuidad y, en suma, adquieren carta de naturaleza en muchos de los elementos de sabiduría popular de nuestros campesinos viejos y en muchas de las conductas de esos habitantes de los países del sur que nos empeñamos en describir como primitivos y atrasados.

Decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal

Carlos Taibo


"El proyecto de decrecimiento, que reclama reducciones significativas en los niveles de producción y de consumo en el Norte opulento, suscita críticas. Éstas son tan legítimas como necesarias. La mayoría de las críticas no llegan del discurso oficial, que se desentiende de lo que considera una propuesta fuera del mundo. Llegan más bien de determinados segmentos de lo que llamaré la izquierda, en el buen entendido de que, las más de las veces optan por cuestionar el decrecimiento como un todo, sin entrar en una consideración precisa de sus propuestas y fundamentos intelectuales. Como si estimasen que el proyecto es tan lamentable que se descalificaría por sí solo. Pueden reducirse a dos las críticas que se han ido formulando.

La primera vendría a decirnos que el del decrecimiento es un horizonte mental concebido para apaciguar la mala conciencia de clases medias aposentadas. Sin negar que algo de ello pueda haber en determinadas modulaciones del discurso del decrecimiento, conviene no confundir la parte con el todo. Muchos seguimos pensando que sigue siendo prioridad mayor fundir lo más lúcido que aporta el movimiento obrero de siempre con la irrupción inexorable de nuevas cuestiones, y entre ellas las vinculadas con la certificación de que los límites medioambientales y de recursos del planeta configuran un problema principal. En la trastienda está una disputa que colea desde hace decenios: la retirada del proletariado como sujeto revolucionario y, con ella, la confusión de muchos de sus integrantes con las clases medias, circunstancia que enrarece el escenario en el que esta crítica está concebida. No nos regocijamos con el retroceso revolucionario del proletariado: nos limitamos a reseñar lo que es una triste realidad.

La segunda de las críticas señala que el decrecimiento es un proyecto reformista que aleja el horizonte de la insurrección revolucionaria. Conviene oponer algunos argumentos. El principal: no hay ningún motivo para separar decrecimiento e insurrección. Los partidarios de esta última también han de preguntarse por las reglas del juego que el modelo crecimentalista abrazado de siempre por el capitalismo ha instituido. Tal y como va el planeta, no podemos permitirnos el desliz de no formular la pregunta relativa a qué hay que producir el día después de la insurrección. El insurrecionalismo debe ser también decrecimentalista, no vaya a acabar por traducirse en el olvido de elementos centrales de contestación del capitalismo, riesgo muy frecuente en determinado lenguaje inflado de soflamas revolucionarias. Hay que fortalecer la dimensión anticapitalista de la propuesta decrecimentalista, como hay que subrayar que el cuestionamiento del orden de propiedad del capitalismo –la defensa, por decirlo claro, de una propiedad colectiva socializada y autogestionada– debe acompañarse de medidas que cancelen la ilusión de que podemos seguir creciendo de forma indiscriminada. Existe el riesgo de que el del decrecimiento sea uno más de los proyectos que el capitalismo ha engullido. Debemos evitar que ese posible engullimiento se haga realidad. El decrecimiento es parte de un programa más general: solo, no configura ninguna respuesta a nuestros problemas. Cualquier proyecto anticapitalista en el Norte desarrollado tiene que ser decrecimentalista, autogestionario y antipatriarcal."

Publicado en Diagonal

Nuestro modo de vida esclavo tiene poco que ver con la felicidad


Carlos Taibo, Profesor de Ciencias Políticas y de la Administración de la Universidad Autónoma de Madrid, ha publicado artículos de política internacional en diversos periódicos y es autor de una veintena de libros, en su mayor parte relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea. Carlos Taibo Arias, firme partidario del movimiento antiglobalización, debatió ayer sobre el decrecimiento dentro de las XII Jornadas Culturales Libertarias que organiza la CGT.

-Aboga por el decrecimiento en una coyuntura económica en la que se llama al consumo para aumentar la producción...


-Es sorprendente que entre las respuestas de la crisis en la que estamos inmersos, nunca se hable de la necesidad inexorable en los países ricos del norte opulento de reducir nuestro niveles de producción y de consumo. Todos sabemos que en el planeta en el que vivimos es limitado, pero parece como si permaneciésemos al margen de esta realidad y pensásemos que podemos seguir creciendo indiscriminadamente. Hay que decrecer en términos de producción y consumo, reducir el número de nuestras horas de trabajo y los niveles de consumo, disponer de más tiempo libre y propiciar un reparto del trabajo en paralelo.

-¿Son esas las claves para salir de la crisis?

-Sí, los políticos están pensando permanentemente en seguir creciendo y acrecentar el consumo, algo que es pan para hoy y hambre para mañana. Uno de los elementos de reflexión son estas decisiones tomadas últimamente de subvencionar la compra de coches con recursos públicos, cuando lo que los poderes públicos tienen que hacer es incentivar no empleo de los automóviles por los ciudadanos. Lo único que preocupa es que la industria automovilística siga produciendo coches, siga moviendo su carro, algo que es un error en el medio y largo plazo.

-Si las industrias se cierran...


-Hay que cerrar complejos industriales fabriles en sectores como el automovilístico, la aviación, la construcción o la industria militar. Eso se traduciría en un número muy alto de desempleados en la Unión Europea que habría que solucionar desarrollando la economía social y medioambiental y repartiendo el trabajo en los sectores económicos convencionales. Podemos trabajar bastante menos, asumir que ganaremos menos pero reducir también nuestras necesidades en términos de consumo.

-¿Algo así como volver al pasado?


-Sí, tenemos que hacernos algunas preguntas sobre el pasado. La renta per cápita hoy en los Estados Unidos es tres veces más grande que la registrada al finalizar la II Guerra Mundial y, sin embargo, el porcentaje de ciudadanos norteamericanos que se declara crecientemente infeliz es cada vez más alto, esto invita a cuestionar si estamos progresando o estamos yendo hacia atrás, y hay gente que confiesa que era más feliz cincuenta años atrás de lo que es ahora.

-Suena a utopía...

-Falta cambiar el 'chip' mental, es muy difícil porque estamos educados para reglas del juego muy diferentes, pero en términos técnicos es mucho más fácil decrecer que seguir creciendo, el problema del sistema capitalista hoy en día es que no es capaz de satisfacer su propia lógica de crecimiento. Pero admito que cambiar el 'chip' mental no es una tarea sencilla. De todas maneras, sospecho que determinados segmentos de la población al calor de la crisis están empezando a hacerlo. Por ejemplo, estudios en los países escandinavos, que es verdad que tienen coberturas sociales importantes, concluyen que personas que perdieron su puesto de trabajo descubren que con un subsidio, la sexta parte de lo que ganaban, son mucho más felices en una economía mucho más austera.

-¿Cómo definiría el estilo de vida actual?


-Yo suelo hablar de un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y más bienes acertemos a consumir, aunque todos sabemos que ese modo de vida esclavo realmente tiene que ver muy poco con nuestra felicidad.

-Economía social y reparto del trabajo son las fórmulas...


-Hay que privilegiar aquellas actividades económicas que no son lesivas con el medio ambiente. Estamos chupando recursos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras, y esto es muy grave. Lo del reparto del trabajo es una vieja demanda sindical que fue desapareciendo con el paso del tiempo, hace 80 años lo primero que los sindicatos intentaban garantizar era que todos los trabajadores dispusiesen de algo de trabajo para llevar pan a casa. Este esquema mental de nuevo ha desaparecido, pareciera que el objetivo es acumular horas extra para ganar más dinero.

-¿La crisis está abriendo los ojos a la necesidad que se sufre en el Tercer Mundo?


-Hay una minoría crítica que, en efecto, es consciente de esto, pero la mayoría vive por completo al margen, simplemente preocupada de mirarse el ombligo. La crisis abre dos horizontes distintos, una conciencia cada vez más crítica sobre la sinrazón de los sistemas que padecemos, y otro, una respuesta muy sumisa al miedo que nos intentan generar. La estrategia de nuestros gobernantes consiste en decirnos que si queremos mantener buena parte de los privilegios, tendremos que aceptar un escenario más regresivo, porque si no lo perderemos. Hay que empezar a romper con esta estrategia del miedo y el amedrentamiento.

Entrevista a Carlos Taibo: El decrecimiento es el futuro

Escrito por Marta Iglesias en Revista Fusión


No podemos seguir produciendo a costa de los recursos limitados del planeta, de los ciudadanos del Tercer Mundo o incrementando el cambio climático. Decrecer es necesario y supone un cambio de valores, como desarrolla Carlos Taibo en su libro 'En defensa del decrecimiento' (Editorial Catarata).

El decrecimiento es el futuro. Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la UAM. La crisis existente se centra en la economía, pero no es la más importante a la que asistimos.

-¿Qué hay más allá del descalabro financiero?

-Creo que hay como poco otras tres crisis importantes. La primera se llama cambio climático, que es un proceso ya activo que no tiene ninguna consecuencia saludable. La segunda es el encarecimiento inevitable en el corto y medio plazo de la mayoría de las materias primas energéticas que empleamos y la tercera y ultima, por dejar las cosas ahí, es la sobrepoblación que afecta a buena parte del planeta. La crisis financiera es la única que interesa a nuestros medios de comunicación y a nuestros gobernantes y creo que se ha traducido en un retroceso visible en el tratamiento de las otras tres. Algo que me aconseja concluir que el escenario es realmente muy delicado.

-¿Por qué afirma que “desde la economía oficial se confunden interesadamente crecimiento y bienestar” y por qué considera falsa esa afirmación?
-Uno de los grandes mitos de la economía oficial es el del crecimiento. La economía oficial dice que el crecimiento genera cohesión social, que facilita el asentamiento de los servicios públicos y que dificulta el crecimiento del desempleo y de la desigualdad. A mí me parece que sobran las razones para cuestionar todo esto. El crecimiento económico no provoca necesariamente cohesión social, y se traduce a menudo en agresiones medioambientales literalmente irreversibles, facilita el agotamiento de recursos escasos que no van a estar a disposición de las generaciones venideras y nos sitúa en un marco de un modo de vida esclavo que nos aconseja concluir que seremos más felices cuantos más bienes acertemos a consumir. Todas estas “verdades” merecen ser cuestionadas hipercríticamente.

-¿Qué efectos negativos planetarios ha tenido el crecimiento del mundo occidental?

-El crecimiento del mundo occidental se ha traducido en dos circunstancias importantes que tienen que ver, no ya con el crecimiento, sino con el propio capitalismo. La primera nos habla de un sistema incapaz de resolver los problemas vitales de la mayoría de los habitantes del planeta. Y la segunda se refiere al despliegue de procedimientos de agresión contra la naturaleza que ponen en peligro la vida de la especie humana y de las demás especies. Con ello no estoy afirmando que en todo momento el crecimiento haya sido un factor negativo.

-Asegura que “el crecimiento en los países del Norte propicia el asentamiento de un modo de vida esclavo”, ¿por qué?

-Porque nos invita a concluir que vamos a ser más felices cuantas más horas trabajemos, más dinero ganemos y más bienes acertemos a consumir. En el libro me refiero a los tres pilares de esta sinrazón: el primero es la publicidad que nos obliga a comprar lo que no necesitamos, el segundo es el crédito que nos permite conseguir los recursos aún cuando carezcamos formalmente de ellos, y el tercero y último es la caducidad, los bienes están programados para que dejen de servir en un periodo de tiempo muy breve y nos veamos en la obligación de adquirir otros nuevos.

-Entonces, ¿el decrecimiento trae consigo un modo de vida más libre, basada en el principio de “Trabajar menos para trabajar todos”?

-Al menos puede traerlo. Nos invita a liberarnos de determinadas ataduras y a ser más conscientes de lo que hacemos. La apuesta de quienes defendemos el decrecimiento es generar un escenario en el que trabajando menos, consumiendo menos, y dedicando más tiempo a la vida social, la calidad de nuestra vida se acreciente sensiblemente. Acrecentaría el tiempo dedicado a la vida social, en detrimento del consumo, la producción o la competición. El decrecimiento implicaría la gestación de fórmulas de ocio creativo, acarrearía el reparto del trabajo -que es una vieja demanda sindical que ha ido cayendo en el olvido-, nos obligaría a reducir el tamaño de mastodónticas infraestructuras de transporte y de comunicación, permitiría un vuelco sobre lo local en vez de sobre lo global y reclamaría una relación de simplicidad voluntaria y de sobriedad que creo que cada vez falta más entre nosotros. Lo que tenemos que hacer desde el principio es preguntarnos si la vida que llevamos en sociedades marcadas por el trabajo y por el consumo es realmente la vida que nos gusta.

-Eso supone un importante cambio de mentalidad...

-Claro. Más que dificultades técnicas o tecnológicas en el decrecimiento -que no las aprecio, y en cualquier caso serían menores que las vinculadas con los proyectos de crecimiento-, creo que lo que implicaría sería un cambio de chip mental que tendría que ser radical. Aprender a relacionarnos con los restantes seres humanos y con la naturaleza de manera diferente.

-Pero, ¿cree que las empresas dejarían de producir por sí mismas, a menos que los ciudadanos dejemos de consumir?

-Creo que deberíamos dejar de consumir por un lado, y por otro ejercer presión para que aquellas empresas que se dedican a producir bienes lesivos para la naturaleza dejen de hacerlo. En cualquier caso nuestra apuesta tiene que ser por cerrar parte de la actividad en industrias como la automovilística, la militar, la de la aviación, la de la construcción o la de la publicidad, por proponer cinco ejemplos. Alguien se preguntará, ¿qué hacemos con los millones de trabajadores que en la UE quedarían en desempleo de resultas de lo anterior? Pues por un lado colocarlos en una economía social y medioambiental que tiene que crecer y por el otro repartir el trabajo en los sectores económicos que permanecerían sobre el terreno.

-¿El dinero tiene que volver a tomar cariz humano, social y medioambiental?

-Supongo que a la larga nuestro propósito sería abolir el dinero, pero si en sociedades complejas tenemos que seguir utilizando estos instrumentos, en efecto, habría que dedicar no ya al dinero, sino al conjunto de las actividades económicas, una dimensión social y medioambiental mucho más grande de la que tienen hoy.

-Afirma que hay un tiempo para cambiar, que “si no decrecemos voluntariamente y racionalmente tendremos que hacerlo obligados por las circunstancias de carestía de la energía y el cambio climático”. ¿Qué supone hacerlo en uno u otro caso?

-Es claramente preferible -ya que tenemos que decrecer porque el planeta tiene sus límites-, hacerlo de manera consciente, racional, solidaria, social y ecológica, y no aguardar a que el capitalismo global que padecemos se desfonde y genere un caos de escala planetaria El decrecimiento es el futuro. Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la UAMque por fuerza llevará aparejado un sufrimiento ingente para la mayoría de los habitantes del planeta. Creo que al final ese es el mensaje central, que empleo en el libro.

-Ante la crisis, ¿cuáles son los posibles escenarios futuros?

-Yo manejo dos escenarios distintos. Uno nos habla de un renacimiento de los movimientos de contestación, que probablemente van a ver cómo muchos de los mensajes aparentemente radicales que emitían, van a encontrar un mayor caldo de cultivo. El otro escenario lo llamo darwinismo social militarizado, y son fórmulas que recuerdan poderosamente a muchas de las políticas que abrazaron los nazis alemanes ochenta años atrás. Implican que desde algunos de los principales estamentos del poder político y económico -conscientes de la escasez general que se avecina-, se decida preservar esos recursos escasos en provecho de una escueta minoría de la población planetaria, de la mano de proyectos por fuerza violentos.

-¿De qué dependerá que se viva una u otra opción?

-En buena medida de nosotros, de nuestra lucidez a la hora de ser capaces de modificar las reglas del juego, de plantear en serio a los dirigentes políticos horizontes distintos de los que ellos mismos están defendiendo ahora. Eso sería ahora que tenemos tiempo, aunque empieza a faltarnos. De cualquier manera hay algunos datos incipientes que demuestran que los ciudadanos de a pie empiezan a percatarse de la sinrazón de nuestra actual forma de vida.

-Centrémonos en el segundo escenario. ¿Son posibles las revueltas de una sociedad descontenta, que quiere mantener sus privilegios y estado económico y expulsa a los más pobres e indefensos?

-Creo que es perfectamente creíble que en ese escenario de darwinismo social militarizado se produzca lo que tú estás sugiriendo, y en realidad sospecho que muchas de las políticas que empiezan a emerger en los países ricos hunden sus raíces en proyectos de esa naturaleza. No es estrictamente preciso hablar de revueltas. Si uno presta atención a las nuevas leyes sobre inmigración que está aprobando la aparentemente civilizada UE, estará obligado a concluir que algo de esto se está cociendo.

-¿Por qué estamos tan convencidos de que no se repetirán las soluciones tomadas por el nazismo, donde una parte escogida de los ciudadanos se alzaron con los recursos, privando a otros de ellos?
-No estamos tan convencidos, porque el riesgo de retornos autoritarios está presente en nuestras sociedades y que ese riesgo se acrecienta en escenarios de crisis. Los políticos y medios de comunicación quieren que creamos que el fin de la crisis está cerca, pero es un procedimiento de manipulación que se encamina a conseguir que los ciudadanos no se hagan las preguntas de fondo. El procedimiento acabará por chocar con la realidad. Tenemos que empezar a cuestionar la idea de que nos hallamos ante un capitalismo que registra crisis cíclicas. Sospecho que no va a haber ninguna etapa de bonanza en el futuro, a menos que cambien drásticamente las reglas del juego, algo que no aprecio en ninguna de las medidas contra la crisis que abrazan nuestros gobernantes.

-El miedo de los propios ciudadanos alemanes les convirtió en seres entregados y obedientes. Fue un miedo creado artificialmente por Hitler y afines. ¿En qué puede desembocar unos ciudadanos con miedo a que los inmigrantes les quiten el trabajo, a no tener qué comer, a perder su bienestar...?


-En primer lugar en actitudes visiblemente hostiles y castigadoras frente a las minorías foráneas que están presentes en nuestros países. Creo que este es un dato fundamental. Has mencionado una palabra decisiva: miedo. Lo que creo que va a ocurrir es que nuestros gobernantes van a intentar amedrentar a la ciudadanía de la mano de mensajes del tipo “si quieren ustedes conservar una parte de sus privilegios,El decrecimiento es el futuro. Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la UAM acepten sin rechistar el conjunto de restricciones de derechos que vamos a intentar desplegar los gobernantes”.

-¿Podríamos incluso asistir a la extinción democrática?


-Es uno de los riesgos que está en el horizonte, o en su defecto una reducción dramática de nuestros derechos justificada legalmente sobre la base de procedimientos aparentemente democráticos. Creo que este es un horizonte perfectamente creíble en los países democráticos

-¿Cuál es su propuesta alternativa? ¿Necesitamos volver a una conducta colectiva, creando un movimiento en favor del decrecimiento?

-Tenemos necesidad de hacerlo, pero tenemos también la obligación de modificar nuestros hábitos cotidianos. Creo que una de las ideas del pasado que conviene cuestionar es la de que sólo vamos a transformar esto si actuamos de manera colectiva. Tenemos que actuar colectivamente, pero difícilmente vamos a modificar las cosas si en nuestra vida cotidiana no somos capaces de introducir esos valores que reivindicamos para el futuro.

Carlos Taibo defiende el "decrecimiento económico" como herramienta frente al colapso ambiental


El profesor de Ciencia Política de la UAM se muestra crítico con el modelo de Estado del Bienestar y reprocha las "lacerantes desigualdades" que van asociadas al modelo de "pseudodemocracia liberal".

César Sánchez / ICAL El escritor, editor y profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid, Carlos Taibo
Ical | 31/03/2018 - 14:35h.
Madrileño de nacimiento pero con orígenes gallegos, Carlos Taibo es profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de la capital y uno de los principales referentes en España del movimiento que apuesta por el decrecimiento económico, una corriente de pensamiento favorable a la disminución regular y controlada de la producción como método para conseguir una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza.

Desde una perspectiva desacomplejadamente anticapitalista, Taibo se muestra crítico con el modelo de Estado del Bienestar y reprocha las "lacerantes desigualdades" que van asociadas al modelo de "pseudodemocracia liberal". En busca de una manera para reducir la dependencia ante el "escenario postfeudal"que vislumbra tras el colapso ambiental del planeta, el pensador apuesta por cinco acciones para combatirlo: "decrecer, desurbanizar, destecnologizar, despatriarcalizar y descomplejizar las sociedades".
  • Su presencia en Ponferrada tiene que ver con la participación en unas jornadas libertarias organizadas por el sindicato CGT. ¿Es lo mismo libertario que anarquista?
En la mayoría de los contextos es lo mismo, aunque con leves diferencias. Para mí, el concepto de anarquista es más ideológico, más doctrinal, mientras que el libertario es más vivencial y humano. Un anarquista ha leído a Bakunin o a Kropotkin y se adhiere a las ideas correspondientes. El concepto de libertario, a mi entender, es más abierto: habla de personas que, hayan leído o no a estos clásicos, en su vida cotidiana se adhieren a una propuesta de autogestión, de democracia directa y de apoyo mutuo.
  • En un país con la tradición ácrata de España, ¿cuál es la vigencia del anarquismo a día de hoy? ¿El ideal sobrevive en la actualidad en los países emergentes?
España sigue siendo el país del planeta en el que los movimientos de corte libertario son más notables, aunque aquí no se perciba con tanta claridad. Hay sindicatos anarquistas, como la CGT, con peso y presencia en la sociedad. Pero es verdad que el peso mayor de las prácticas libertarias hoy en día se da en países del sur, porque la población está menos corrompida por la filosofía del consumo, la competición y la productividad, que han conseguido instalar en nuestra cabeza en los países desarrollados del norte. Bastaría con recordar ejemplos como los de Chiapas, en México, o Rojava, un movimiento emergente de federalismo democrático en una población fundamentalmente kurda del norte de Siria.
  • ¿Esa situación se debe a que en esas zonas pervive mejor el concepto de comunidad?
Estoy plenamente convencido de ello. Muchas comunidades humanas a lo largo de la historia han vivido espontáneamente conforme a códigos fundamentalmente libertarios, algo que no podemos decir de las sociedades opulentas de hoy, marcadas por la lógica individualista.
  • La labor educativa y cultural fue uno de los grandes retos del anarquismo en España, a través de ateneos o de instituciones como la Escuela Moderna. ¿Es ése su mayor legado?
Es una de las manifestaciones centrales, pero tengo la impresión de que el ideal anarquista sobrevive en la práctica cotidiana de otros movimientos que no son necesariamente anarquistas. Las organizaciones identitariamente anarquistas son hoy más débiles que en el pasado, sin embargo el influjo de las ideas correspondientes sobre otro tipo de instancias es mayor. Estoy pensando en el pacifismo, en el ecologismo, en el feminismo, en los movimientos por los derechos de los animales o en las iniciativas que apuntan a la desaparición de los poderes efectivos y la descentralización de las relaciones.

Dicho esto, nunca se encomiará lo suficiente el hechizo que la palabra escrita produjo en el mundo libertario. Entre 1868 y 1939, se publicaron 3.000 libros en el ámbito anarquista. Esto quiere decir que había una dimensión de la cultura como herramienta de emancipación de los trabajadores que yo creo que es envidiable desde cualquier perspectiva ideológica.
  • La provincia de León ha sido cuna de anarquistas ilustres, como Buenaventura Durruti o Ángel Pestaña. Sin embargo, sus ideas no cuajaron aquí y su actividad política se desarrolló en otros territorios. ¿A qué atribuye esta realidad?
Aunque no soy el más indicado para responder, me imagino que es el sino de las comarcas deprimidas de la Península Ibérica. Aquí había un polo de atracción, que era la minería, pero Durruti o Pestaña tuvieron que emigrar, como tantos otros. No hay mucha sorpresa. Sin embargo, tenemos una visión simplificada, un tópico que sugiere que el anarquismo sólo triunfó en Cataluña y Andalucía. Yo soy gallego y en la Galicia occidental el anarquismo tuvo una presencia muy fuerte. Una vez leí que La Coruña era la capital de provincia en la que la CNT tenía mayor presencia en comparación con la UGT y esto convendría no olvidarlo. La presencia del anarquismo en comarcas tradicionalmente deprimidas, está ahí. Era una idea mucho más expandida de lo que podría parecer.
  • Es usted uno de los referentes en España del movimiento que apuesta por el decrecimiento económico. ¿Cómo se resume esa idea? ¿Por qué surge?
El decrecimiento es una perspectiva que nos dice que si vivimos en un planeta con recursos limitados no tiene demasiado sentido que aspiremos a seguir creciendo ilimitadamente. El discurso tradicional de la izquierda, incluso en el mundo libertario, ha ignorado la conciencia de los límites medioambientales y de recursos. Nos acercamos al abismo del colapso y eso obliga a articular respuestas que tomen en consideración estos problemas y que le otorguen el relieve que les corresponde. Si aceptamos que hemos dejado muy atrás las posibilidades medioambientales y de recursos que la Tierra nos ofrece, el decrecimiento nos dice que en el norte rico tendremos que reducir inexorablemente nuestros niveles de producción y consumo, pero nos dice también que tenemos que recuperar la vida social que hemos ido dilapidando y apostar por formas de ocio creativo.
  • ¿Cuáles son algunas de sus principales propuestas?
En el ámbito social, repartir el trabajo y reducir las dimensiones de muchas de las infraestructuras que empleamos, así como restaurar la vida local. En el terreno individual, apostar por la sencillez y la sobriedad voluntarias.
  • Esa perspectiva parece incompatible con actividades como la minería.
La norma general debería ser esa. Tenemos que preguntarnos para qué necesitamos esos recursos. El sistema que padecemos es un genuino maestro en la tarea de conseguir que evitemos las preguntas importantes y una de ellas afecta justo a eso. El discurso dominante nos dice hoy que tenemos que buscar nuevas fuentes de energía que nos permitan mantener la sociedad que hemos alcanzado y expandirla. La pregunta que consiguen que no nos hagamos es si de verdad nos interesa mantener esto o si sería más prudente revisar hipercríticamente muchos de los elementos actuales, lo que probablemente se traduciría en una reducción de nuestras necesidades en materia de consumo energético, con lo cual el debate adquiriría un perfil completamente distinto.
Entiendo que en un lugar con problemas muy graves, donde la minería es una de las pocas soluciones, la gente se aferre a eso, pero habría que plantearlo desde un horizonte más global, que considerase los problemas de esas regiones deprimidas pero que alimentase un proyecto consciente del problema de los límites medioambientales.
  • En un momento en el que todas las instituciones promueven el crecimiento y la creación de empleo, ¿no se siente como si predicara en el desierto hablando de un concepto como éste?
Yo arrastro un problema, que es que normalmente hablo de decrecimiento ante públicos afines, que simpatizan de manera genérica con la idea. Pero de vez en cuando me toca hacerlo ante públicos si no hostiles tampoco afines y creo que inmediatamente entienden de qué hablo. Todos llevamos en la cabeza cierta conciencia de la sinrazón y el sinsentido de nuestras vidas, por lo que no me siento particularmente solo, pero admito que una cosa es que en el terreno del pensamiento uno llegue a ciertas conclusiones y otra cosa es que sea capaz de llevar a la práctica esas conclusiones. La conciencia de la proximidad del colapso que se avecina, que será cada vez más evidente, probablemente va a provocar sorpresas en la conducta de mucha gente, no necesariamente vinculada a movimientos críticos.

Sobre el término 'decrecimiento'

Carlos Taibo

Crisis energética, inmobiliaria, financiera y bursátil, cambio climático... Un escenario de colapso sistémico que movimientos sociales de base y propuestas transformadoras enfrentan justo cuando no parecen lograr salir del bache. ¿Cómo analizar la situación? ¿Desde qué espacios, territorios, prácticas o líneas avanzar?

Habida cuenta de la magnitud de las agresiones que el capitalismo imperante ha asestado contra la naturaleza, y al menos en el Norte opulento, se impone reducir los niveles de producción y de consumo de muchos bienes. Y ello de resultas de al menos tres circunstancias: vivimos por encima de nuestras posibilidades, es urgente cortar emisiones que dañan peligrosamente el medio y, en fin, empiezan a faltar materias primas vitales.

Ahora bien, ¿es el término ‘decrecimiento’ el adecuado para describir esa propuesta o, por el contrario, y como señalan voces muy respetables, arrastra problemas severos? Hablando en propiedad, ninguno de los conceptos que utilizamos para describir iniciativas complejas deja de suscitar polémicas. Un ejemplo: aunque la mayoría de los improbables lectores de este texto se confesarán anticapitalistas, parece evidente que no todos los discursos que se reclaman de esa etiqueta son suscribibles. Determinadas modulaciones del rigorismo islamista contestan agriamente el capitalismo sin que sus cimientos conceptuales y su propuesta final sean, claro, los nuestros.

A duras penas, y en semejantes condiciones, podría uno pretender que el término ‘decrecimiento’ está libre de carencias. Hay quien señalará, así, que en realidad se ha abierto camino en los últimos meses un activo proceso de decrecimiento que es resultado de la llamada crisis financiera. Salta a la vista que ese proceso nada tiene que ver con lo que proponemos, y ello por mucho que, a la hora de describirlo, resista el empleo –bien es verdad, eso sí, que más bien raro– del mismo término. En paralelo, tampoco faltará quien aduzca que la palabra ‘crecimiento’ en su sentido más cotidiano tiene entre nosotros un cariz positivo –hablamos, por ejemplo, de crecimiento personal–, de tal suerte que no parecería razonable atribuir una condición saludable, también, a su antítesis. Lo suyo es reconocer que lo del decrecimiento acarrea un riesgo nada despreciable: si declaramos rechazar el concepto de ‘crecimiento’ porque entendemos que incorpora una aberrante inclinación en provecho de lo estrictamente cuantitativo y en detrimento de la consideración de variables sociales y medioambientales fundamentales, corremos el riesgo de que, al contraponer el vocablo ‘decrecimiento’, éste se vea impregnado del cuantitativismo de su contrario, de tal suerte que se traslade la idea de que, en los hechos, lo único que demandamos es que se verifiquen reducciones en los niveles de producción y de consumo.

Se aducirá, entonces, que debemos poner el acento, no en la demanda de esas reducciones, sino en la condición del proyecto alternativo –primacía de la lógica social frente al consumo y la propiedad, reparto del trabajo, ocio creativo, reducción del tamaño de infraestructuras, preponderancia de lo local, sobriedad y simplicidad– que defendemos, o, lo que es casi lo mismo, que debemos tirar por la borda el término ‘decrecimiento’. De operar de esa manera, lo que ganaremos por un lado lo perderemos por el otro. No se trata de esquivar la mención, siempre necesaria, de los rasgos del proyecto alternativo. Se trata de preguntarse si la mera enunciación de éste, mil veces realizada desde la trinchera del ecologismo radical, es suficiente, en clave de comunicación pública, para desvelar un problema tan hondo. Y ello por no hablar de que algunas de las manifestaciones del proyecto ecosocialista de siempre no acaban de dar el paso definitivo en el sentido de cuestionar directamente las presuntas virtudes del crecimiento económico. En ese sentido, el término ‘decrecimiento’, pese a sus carencias, tiene la virtud de poner delante de nuestros ojos determinadas exigencias que en otras circunstancias quedarían un tanto mortecinas. Dicho sea de paso, no parece que sea distinto lo que corresponde afirmar del vocablo ‘acrecimiento’, que más bien parece invocar la conveniencia de dejar, sin más, las cosas como están.

Es verdad que la discusión que nos atrae tiene perfiles distintos si utilizamos los indicadores económicos del sistema o si empleamos otros de carácter alternativo. En el primer caso no hay manera de esquivar una conclusión: nuestra demanda de acabar con la actividad –o al menos de reducir ésta– de sectores como el militar, el automovilístico, el de la aviación, el de la construcción o el de la publicidad se traduciría en una reducción del Producto Interior Bruto (PIB), sin que sea sencillo entender qué es lo que de malo aprecian en ello quienes recelan del término ‘decrecimiento’. Parece como si reclamar medidas que deben rebajar los niveles del PIB fuera, en sí misma, una actividad pecaminosa. Harina de otro costal es lo que sucedería si utilizásemos indicadores alternativos que valoren en su justo punto las actividades de cariz social y medioambiental. No hay ningún motivo para rechazar que el retroceso de los sectores económicos cuya actividad queremos que se reduzca se vería compensado entonces por el impulso que recibirían esos menesteres sociales y medioambientales, con lo que, en el cómputo final, la economía en conjunto podría no decrecer.

Pero no debe olvidarse que, por muy lógica que sea esta última consideración, lo cierto es que el común de las gentes razona conforme a los indicadores convencionales, de tal suerte que parece preferible poner delante de los ojos de la ciudadanía lo que aquéllos, pese a su impresentabilidad general, revelan bien a las claras: el peso ingente de actividades económicas extremadamente dañinas para el medio natural y la necesidad consiguiente de ponerles freno. Hay quien aducirá que asumir como propio, aun a regañadientes, ese terreno de juego es una opción delicada, o al menos lo es si uno demanda, en época de elecciones, el cierre de complejos fabriles y el reparto del trabajo (tal vez esto explica, siquiera sólo sea de modo parcial, por qué el ámbito en el que las propuestas de decrecimiento germinan con mayor rapidez es el que proporciona el mundo libertario, por definición ajeno a las consultas electorales).

Lo que en ningún caso debemos hacer es trampear con cuestiones tan delicadas como éstas, toda vez que podríamos deslizarnos por un camino mil veces recorrido, como es el de rebajar nuestras propuestas para que la ciudadanía no vea en ellas lo que a muchos nos gustaría, muy al contrario, que viese con claridad. En este orden de cosas, el término ‘decrecimiento’ tiene la virtud del aldabonazo que coloca delante de nuestros ojos un problema fundamental tras obligarnos a formular preguntas muy delicadas sobre la sinrazón que rodea al crecimiento que nos venden por todas partes. Creo que eso es lo que aprecian en él, por lo demás, la mayoría de los interpelados. Y es que semejante capacidad de despertar conciencias no la tiene ninguno de los vocablos alternativos que se manejan.

Ello no es óbice para que quienes nos reclamamos del decrecimiento pongamos todo nuestro empeño en subrayar que el proyecto correspondiente no implica en modo alguno, antes al contrario, una general infelicidad. Trabajaremos menos y, muchos, ganaremos también menos dinero, pero disfrutaremos de más tiempo para otros menesteres y demostraremos fehacientemente que es posible vivir, más felices, consumiendo mucho menos y asumiendo, claro, un ambicioso proyecto de redistribución de la riqueza.



Artículo de Carlos Taibo en Diagonal