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Paradoja de Jevons o efecto rebote

La paradoja de Jevons, denominada así por su descubridor, William Stanley Jevons, afirma que a medida que el perfeccionamiento tecnológico aumenta la eficiencia con la que se usa un recurso, lo más probable es que aumente el consumo de dicho recurso, antes que disminuya. Concretamente, la paradoja de Jevons implica que la introducción de tecnologías con mayor eficiencia tecnológica pueden, a la postre, aumentar el consumo total de energía. 

En su obra de 1865 titulada "The Coal Question" (la cuestión del carbón) Jevons observó que el consumo del carbón se elevó en Inglaterra después de que James Watt introdujera su máquina de vapor alimentada con carbón, que mejoraba en gran manera la eficiencia del primer diseño de Thomas Newcomen. Las innovaciones de Watt convirtieron el carbón en un recurso con mayor eficiencia en relación con el coste, haciendo que se incrementara el uso de su máquina de vapor en una amplia gama de industrias. Ello, a su vez, hizo que aumentara el consumo total de carbón, aunque la cantidad de carbón necesaria para cada aplicación concreta cayera. 

Un ejemplo, la solución urbana que se ofrece para el aumento del tráfico en las ciudades, que hace el desplazamiento en vehículo más lento es construir rondas que conecten distintos puntos de la ciudad haciendo el desplazamiento más rápido. El resultado no es la disminución del tiempo de conducción que era lo que se pretendía solucionar, sino que incentivó el crecimiento de ciudades satélites y la expansión de los límites de la ciudad, consiguiendo así un aumento del tiempo de conducción promedio y la construcción posterior de nuevas rondas.

Es muy probable que la introducción de tecnologías más eficientes no disminuya la tasa de consumo de recursos naturales. El hecho de que sólo un grupo de la población adopte estas tecnologías eficientes libera recursos que pueden ser utilizados con mayor intensidad por otros que no estén en el uso de esta eficiencia.




Para saber más: Efecto rebote 

Para saber más: La paradoja de Jevons (o efecto rebote)


La explosión del desorden

“El actual modelo productivo, económico y social, basado en la lógica del crecimiento y la acumulación, genera en su evolución un orden aparente —cimentado sobre crecientes desigualdades—, que engendra a su vez un desorden creciente de índole interna —económica y social— y externa —ambiental—, al disolver y absorber estructuras previas que tenían un mayor grado de orden interno y una relación más equilibrada con el medio, es importante señalar que el orden aparente del presente modelo se sustenta en un aumento constante del consumo energético.

Es decir, al contrario que los procesos de creación y evolución de la vida sobre el planeta, que son capaces de crear orden —a partir de la energía solar que les llega, como sistemas abiertos que son, del exterior— en contraposición a la tendencia global del Universo hacia el desorden —o la entropía, de acuerdo con la segunda ley de la Termodinámica de degradación de la energía—, el modelo vigente contribuye de forma acelerada a la creación de desorden a todos los niveles, precipitando los procesos entrópicos.

Este desorden se manifiesta de forma preponderante en las grandes concentraciones urbanas: las metrópolis, que son los núcleos principales de acumulación y consumo, que actúan como los espacios clave de apropiación de recursos de todo tipo y de impacto sobre el entorno, y que concentran espacialmente los mayores grados de desigualdad social.

El libre despliegue del modelo genera, pues, tres tipos de crisis: la económica —por los cada día mayores desequilibrios de este tipo que provoca—, la sociopolítica —por la creciente ingobernabilidad de lo social que desata—, y la ambiental —por el progresivo agotamiento de recursos no renovables y deterioro del entorno que su funcionamiento supone—. Crisis que evidentemente se interrelacionan y realimentan mutuamente.

El orden aparente del modelo necesita para mantenerse y desarrollarse recurrir, cada vez más, a mecanismos coercitivos y represivos para controlar el progresivo desorden en que incurre, lo que produce, junto con la tendencia hacia la creación de megaestucturas —derivada de la lógica interna de gradual incremento de tamaño de sus unidades productivas y de gestión—, una creciente ineficacia y coste económico que dificulta el funcionamiento del propio modelo.

Por otro lado, el modelo, que se inició en su momento en el Centro, necesita, para seguir creciendo y acumulando, una cada día mayor proyección planetaria; es decir, precisa, para mantenerse, recurrir cada vez más a la explotación y rapiña de la Periferia, que se justifica —y enmascara— siempre en aras de la necesaria "modernización", estableciéndose unas desigualdades Centro-Periferia que van en constante aumento.

Si bien es conveniente apuntar que no existe una Periferia homogénea, al igual que tampoco se da un Centro isótropo, sino que se configura un gradiente de Periferias según las relaciones que se establecen y se imponen desde el Centro. En este marco, las tendencias de concentración urbana adoptan formas distintas en el Centro y en la Periferia, por el carácter dependiente que adquieren los procesos de urbanización en esta última; en cuyas metrópolis se disparan actualmente los procesos de crecimiento demográfico."

Extracto del libro: La explosión del desorden de Ramón Fernández Durán. Editorial Fundamentos

Agua


En el segundo Foro Mundial del Agua, celebrado en La Haya en marzo de 2000, se afirmó que el agua era una mercancia. Puestos frente a la crisis del agua dulce, gobiernos e instituciones internacionales abogan por la privatización y la comercialización. Que sea el mercado el que determine su futuro. Según el Banco Mundial el agua es una necesidad humana que puede ser satisfecha de muchos modos, especialmente a base de dinero. Pero nadie puede poner en venta un Derecho Humano.

Algunas empresas han empezado ya a plantear demandas a los gobiernos para poder acceder a las fuentes nacionales de agua y, apoyándose en los tratados comerciales internacionales ( Tratado de libre comercio de América del Norte, Área de Libre Comercio de las Américas, Organización Mundial de Comercio). Las personas de este mundo no han tenido oportunidad de debatir las difíciles cuestiones políticas relacionadas con el agua.

¿A quién pertenece?. ¿Podría pertenecer a cualquiera?. ¿Quién estaría dispuesto a pagar para que no le falte al medio natural?. ¿Cómo podrán disponer de ella los pobres?. ¿Quién les ha otorgado a las Transacionales el derecho sobre completos sistemas de agua?. ¿Cómo van a compartirla los habitantes de países ricos en agua con quienes viven en países con escasos recursos acuáticos?. ¿Quién es el guardián de la savia vital de la Naturaleza?. ¿Cómo pueden participar las personas/los pueblos del mundo en este debate?.

Para saber más: “Oro Azul. La multinacionales y el robo organizado del agua en el mundo” de Maude Barlow y Tony Clarke. Paidós 2004

Transporte e infraestructuras

El transporte y las infraestructuras reúnen en general un consenso social y político, al ser considerados bienes en sí mismos, como recursos y riquezas que siempre conviene acrecentar, no es de extrañar que las molestias que genera el transporte (gasto energético, contaminación atmosférica, ruido, ocupación de espacio, fragmentación de sistemas naturales, accidentes, lejanía de emplazamientos, discriminación de no motorizados, gasto de tiempos en traslados... ) sería el precio a pagar por el progreso que por sí mismo reduciría las consecuencias negativas.

Pero vayamos a la raíz del asunto:

En la tierra firme los ciclos biológicos descansan de modo mayoritario sobre la actividad del reino vegetal, que hace circular materiales en sentido casi exclusivamente vertical: se transporta los nutrientes desde el suelo hasta los tejidos vegetales y los deja caer de nuevo al suelo cuando las hojas o las plantas mueren, de la gran cantidad de energía solar que llega a la tierra sólo una pequeña parte es fijada por las plantas en forma de biomasa vegetal, los animales transforman esta energía contenida en las plantas con rendimientos relativamente bajos, una buena parte de la energía obtenida la consumen en la producción de trabajo muscular - movimiento - , así como para asegurar funciones vitales, de modo que sólo una fracción muy pequeña queda disponible para su acumulación en forma de biomasa animal.

La Naturaleza terrestre es en esencia fija; las "modernas sociedades industriales" se han organizado completamente de espaldas a los principios básicos de la Naturaleza.

El transporte tiene que "abrirse paso" a través de unos ecosistemas naturales terrestres que no están "diseñados" para soportarlo, y en su avance van fraccionando y empobreciendo estos ecosistemas, por otra parte la generalización del transporte motorizado exige la utilización de enormes cantidades de materiales y energía, cuya extracción, transformación y consumo produce grandes masas de residuos extraños a la Naturaleza como el propio concepto de movimiento horizontal masivo.

Las leyes de la Naturaleza establecen que, a igualdad de las demás condiciones físicas que caracterizan a un determinado fenómeno de movimiento, la energía requerida para desplazar un móvil crece necesariamente con la velocidad, el incremento de la velocidad en el transporte sólo puede lograrse con mayores consumos de energía, y también de los diversos materiales utilizados en la construcción de vehículos e infraestructuras; las mejoras tecnológicas y organizativas sólo lograrán, a lo sumo frenar o moderar este proceso, pero nunca detenerlo.



Las modernas sociedades industriales se han organizado de espaldas a los principios básicos de la Naturaleza; los seres vivos que se desplaan en sentido horizontal - los animales - representan una fracción muy pequeña de la biomasa terrestre, y economizan de modo bastante estricto su gasto energético en trabajo muscular, evitando los movimientos inútiles o gratuitos. La Naturaleza viviente es en esencia fija.


La generalización del transporte motorizado exige la utilización de enormes cantidades de materiales y energía, cuya extracción, transormación y consumo produce grandes masas de residuos.

El ecosistema global ve pronto desbordada su capacidad de autorregulaión cuando el transporte introduce en su seno cantidades masivas de residuos en pequeños lapsos de tiempo; a partir de un determinado umbral se acerca rápidamente a una situación de ruptura.

El crecimiento ilimitado del transporte no es compatible con el equilibrio ecológico. La introducción de tecnología y el perfeccionamiento de la organización del transporte podrán elevar, hasta cierto punto, la capacidad de carga (cantidad total de transporte que un ecosistema pudrá asimilar sin superar un cierto umbral de deterioro), pero las mejoras tecnológicas y organizativas están afectadas por la ley de los rendimientos decrecientes, lograrán a los sumo, frenar o moderar este proceso, pero no detenerlo y mucho menos invertirlo.

El proceso de internacionalización y globalización de la economía provoca el tráfico de mercancías y personas de una parte a otra de la Tierra.

Este desarrollo exige la utilización de enormes cantidades de materiales y combustibles que no son renovables. Las infraestructuras del transporte consumen gran cantidad de espacio e inducen al crecimiento y la dispersión de la ciudad, disminuyendo el suelo fértil disponible, afectando a los cursos de agua, creando barreras en el territorio, empobreciendo con ello el medio natural y acentuándo la pérdida de diversidad.

A pesar de todo los efectos negativos del transporte motorizado, y en concreto del transporte viario, éstos quedan ocultos para la opinión pública. El resultado de los patrones culturales dominantes, de la fuerte presión mediática que se ejerce por parte de la industria del automóvil y de la propia política de las instituciones públicas. La publicidad nos bombardea diariamente con anuncios de vehículos de gran potencia y gran número de prestaciones, símbolos del status y poder social, el gran triunfo del individualismo, un lujo convertido en consumo de masas.

La movilidad se entiende como un símbolo de libertad que es proporcionada por el automóvil. La velocidad se ha convertido en un valor en sí mismo y las autopistas y el AVE símbolos de bienestar y progreso. Aumentan los usuarios cautivos del coche y aumenta la exclusión de los que no lo utilizan.

Consecuencia directa de todo esto es la destrucción de las economías locales, el desequilibrio del territorio. Hay que defender alternativas como el ferrocarril convencional que llegue a todos, y fomentar la utilización de los transportes colectivos; la marcha a pie y la bicicleta. Es preciso reconstruir lo local en consonancia con el medio, incrementando la autonomía y la autosuficiencia desvinculándose de la dependencia del mercado mundial.


Las ideas aquí expuestas vienen recogidas en el trabajo de Antonio Estevan y Alfonso Sanz "Hacia la reconversión ecológica del transporte en España"

Salud

Vivimos en un mundo dominado por el dinero. La sanidad (la investigación, la formación de médicos, la asistencia) está secuestrada por la multimillonaria industria médico-farmacológica.

¿Está nuestra sociedad sana?. El diagnóstico es sencillo, con la sola observación de la televisión, la prensa o la radio. Síntomas: violaciones, maltratos de todo tipo (infantil, mujeres, ancianos, entre niños, y adolescentes... ), guerras, genocidios, pobreza, insolidaridad, depresiones hasta en bebés..., están presentes en la vida cotidiana, y ya nos parece ‘normal’ o inevitable.

Toda esta situación sintomática, nos habla de una sociedad que sufre. Y por tanto de una Sociedad Neurótica. Debemos ir hacia un concepto global de salud..

¿Qué es lo sano?. La capacidad de autogestionar nuestras vidas, sin referentes externos que alienen o amordacen nuestro deseo de expansión, creatividad y de gozo ante la vida. En palabras de la Organización Mundial de Salud ‘estado de bienestar psicológico, físico y social’.

Si deseamos aterrizar en un mundo de baja intensidad energética (tanto voluntaria como obligatoriamente), la mejor manera de decrecer en el campo de la salud se concretaría en un equilibrio entre el cuidado a uno mismo y la asistencia sanitaria.

Los médicos no son culpables sino víctimas, como sus pacientes, del sístema. Sería necesario aprovechar el saber y el hacer acumulado por ellos para llevar a cabo una medicina para las personas. Habrá que abandonar los grandes hospitales y volver a la consulta cercana.

Opino que la elevación de la esperanza de vida tiene más que ver con la alimentación, el agua potable, el alcantarillado, y la retirada de basuras, que con el gasto en asistencia sanitaria. Para luchar contra las enfermedades es mejor organizarse para mejorar las condiciones de vida que la construcción de sanatorios, salas de quimioterapia y las recetas de antibióticos.





Para saber más: ¡Cuídate compa!.Manual para la autogestión de la Salud de Eneko Landaburu

Para saber más: Como criar un hijo sano.. a pesar de su médico. del Dr. Roberts Mendelsohn

Huida al paraiso

Balance de un fin de semana:. 96 muertos en carretera, miles de heridos, cientos de coches convertidos en chatarra, toneladas de carburante quemados, ¿un poco de felicidad?.

En el último "comunicado de Ecologistas en Acción" he leído con interés las reflexiones de Diego Díaz sobre la carretera y la vida, la contaminación y la vía, el carro y el tranvía.

Estando de acuerdo, yo añadiría más. Ya sé que esto no es un foro ni lugar para responder y aunque no proceda opinar aquí sobre los comunicados de E. en A. no puedo refrenar mi deseo irreprimible de contestarle aunque, por otra parte y bien (o regular) pensado, por qué no habría de ser ese espacio algo así como un sesudo foro con opiniones de calidad (calidad ecológica ymedioambiental, se entiende).

No discrepo de Diego y menos pongo en duda las excelencias del ferrocarril que además de ecológicas son estéticas, nostálgicas, literarias y cinematográficas. Recuérdense las heroicas cabalgadas de vaqueros por las vastas llanuras del lejano Oeste para defenderse de la colonizadora invasión de los engendros de hierro del Este próximo que traía la malvada empresa del ferrocarril. Como cuando se invente algo más veloz, individualista, destructivo y contaminante que el automóvil, nostálgicos, echaremos de menos esas viejas reliquias y no sólo las que todavía hoy ruedan por La Habana.

El problema, a mi modo de ver, no está en el medio sino en el motivo. No en el medio de transporte sino en las carencias que lo mueven.El nomadismo es congénito hasta en las pulgas. Todo ser vivo, con capacidadde desplazarse, salta para buscar unas condiciones menos adversas de subsistencia.

Si esto es así (y aquí excluyo a "los otros", a los no privilegiados quienes sí son impulsados por sus genes a saltar "Vallas de la Muerte"), resulta paradójico que nosotros, los afortunados ciudadanos con las mejores condiciones de vida del mejor de los mundos tengamos que huir en un neonomadismo tan desesperado como aquellos de las Vallas cada vez más altaso los que reciben el empujón y saltan al mar de los ahogados.

¿Qué le falta a nuestro lugar habitual de vida? ¿Qué nos falta para sercapaces de disfrutarlo? ¿Qué sueño prometido tenemos que consumir para ser felices? ¿Qué mundo nos hemos creado los ricos para tener que salir despavoridos en cuanto nos dan un día de ocio? ¿Qué infierno para tener que comprar paraísos inventados?
No es el coche, no es el medio de transporte el que contamina, son nuestras propias carencias, carencias que no colma el dinero, el poder ni el éxito. Diego, ¿no merecería la pena reflexionar sobre eso?

La profesión más antigua


Viajando hace pocos días en tren por los campos de Inglaterra, coincidí con tres señores, sentados en el mismo compartimento que yo, que mantenían una acalorada discusión. No pude evitar oír lo que decían, de lo que deduje que uno de ellos era cirujano, otro arquitecto y el tercero economista. Discutían acerca de cuál de las tres profesiones era la más antigua.

Tras un intercambio de opiniones nada concluyente, el cirujano dijo por fin: '¡Dejáos de historias! Mirad, la cosa esta clarísima: si habéis leído el Génesis, recordaréis que el señor, para crear a Eva, le quitó una costilla a Adán. Fue una intervención quirúrgica.'

Pero el arquitecto, sin amilanarse, le replicó: 'Bueno, pero mucho antes de eso había creado del caos todo el universo, y eso fue un trabajo de arquitecto'.

Y el economista no dijo nada más que lo siguiente: '¿Y quién creó el caos?' 

 Extraido del libro "El buen Trabajo" de E.F. Schumacher:

El buscador del decrecimiento



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Sobre la civilización y el progreso

Charles Darwin cuando iba por la costa meridional chilena a bordo del HMS Beagle, navío del Almirantazgo de su Majestad británcia. Tras avistar la cubierta del navío a un pequeño grupo de indígenas nómadas dedicados a la caza y la recolección, Darwin anotaría:

La visión de un salvaje desnudo en su tierra nativa es un hecho que nunca se olvida. Nunca olvidaré el asombro que sentí al ver por primera vez una partida de fueguinos en una orilla indómita y agreste, puesto que de inmediato me vino a la mente la reflexión de que aquellos eran nuestros antepasados. Aquellos hombres iban desnudos y embadurnados con pinturas; su largo pelo estaba enmarañado; echaban espuma por la boca de excitación y su expresión era salvaje, asustada y desconfiada. Apenas disponían de artes y como animales salvajes, vivían de lo que capturaban; no tenían gobierno y se hallaban a merced de cualquier otro que no perteneciera a su pequeña tribu.”

Darwin supone que las sociedades europeas de la época debieron de haber sugido de forma gradual a partir de una condición humana primitiva similar. Para Darwin esta idea sin lugar a dudas implicaba progreso, en oposición a una tradición judeo-cristiana más antigua para la cual los diversos grados de condiciones culturales y sociales se explicaban en términos de degeneración ('devolution') inevitable.

Y dado que la innovación y el progreso se consideraban algo inevitable y muy deseable por parte de los evolucionistas del siglo XIX, la etiqueta civilización anunciaba a bombo y platillo la superioridad, moral, institucional, intelectual y tecnológica de los mismos que la inventaron e hicieron de ella la piedra angular de unos esquemas evolutivos que lo abarcaban todo.

Puede que los fueguinos que Darwin vio no tuvieran una forma de gobierno en el sentido que entonces imperaba en Europa, pero ciertamente disponían de medios complejos y efectivos para regular su vida social y política. No hay nada teleológico en la evolución cultural, ni existe nada inevitablemente universal en la aparición de las civilizaciones o de cualquier otro tipo de orden social, y nada que distinga a una cultura como superior en términos creativos o morales respecto al resto.

Serge Latouche advierte que el modelo económico actual conduce directamente al desastre


El prestigioso economista francés Serge Latouche ha pronunciado una conferencia en la Universidad de Barcelona en el marco de las jornadas sobre Decrecimiento, 'idees per desfer el creixement i desfer el món' que se celebraron en varios lugares de la ciudad entre el 7 y el 11 de marzo, organizadas por la Entesa pel decreixement.

La conferencia de Latouche se ha centrado en explicar el sentido de su teoría del decrecimiento, que ha expuesto en numerosos libros y escritos, especialmente en el artículo ‘Por una sociedad en decrecimiento’, publicado en Le Monde Diplomatique en el año 2003. Latouche ha sido reconocido por sus trabajos en antropología económica y ha dirigido su crítica a la ortodoxia en los planteamientos de la teoría económica actual.

Las preguntas clave

En una sala completamente llena, Latouche ha iniciado su intervención citando a Woody Allen, en referencia a las tres preguntas clave para la humanidad formuladas por el cineasta: ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos? ¿y qué hay para cenar hoy? Una metáfora con humor, que ha querido hacer suya por introducir una visión extremamente crítica del mundo actual .

Respeto a la primera pregunta ha dicho que venimos de una sociedad en la cual el crecimiento ha dejado de ser una manera de satisfacer necesidades reales para devenir como finalidad en sí mismo, mientras genera necesidades ficticias 'El crecimiento ha devorado la economía y hemos pasado de ser una sociedad con crecimiento a una sociedad de crecimiento' De esta premisa se deriva, según Latouche 'una dictadura del mercado en qué los gobiernos ya no deciden'.

La segunda cuestión ha servido al conferenciante por afirmar con rotundidad - y lo ha hecho varias veces- que vamos hacia la 'catástrofe'. Ha citado, para ilustrarlo, toda una serie de documentos y estudios desde el Club de Roma de los años 70 hasta el informe del panel de científicos sobre el cambio climático, pasando por el informe Stern.

La respuesta a la última pregunta le ha permitido mencionar las dificultades que tiene gran parte de la humanidad por alimentarse, mientras que una pequeña parte sufre los problemas derivados de un exceso de alimentación como la obesidad y otras enfermedades: 'comemos demasiada carne, demasiadas grasas, demasiadas de todo' - ha subrayado- como un reflejo claro de la pérdida de la medida que comporta la sociedad del crecimiento ilimitado. Sobre esta última idea, Latouche ha afirmado, de nuevo con humor, que 'hace falta ser loco o quizás economista por creer que el crecimiento puede ser indefinido con un planeta con recursos limitados'. Por completar esta explicación ha hecho una analogía entre ciertas especies de algas que colonizan los lagos y la incidencia de la economía industrial sobre el planeta en los últimos 200 años. El punto en común entre estos dos procesos es que al inicio son lentos pero, cuando más tiempo pasa, más velocidad adquieren.

Un modelo con tres patas

Según Latouche los fundamentos de la sociedad del crecimiento son la publicidad, la obsolescencia programada [es decir una caducidad programada de los productos de consumo] y el crédito. Sobre la primera ha dicho que supone 'una polución visual, sonora y espiritual y a bulto de todo un consumo de recursos completamente innecesario para la finalidad que persigue'. Y ha remarcado que 'cada francés recibe 50 kilos de publicidad en papel al año'. Con respecto al segundo concepto - obsolescencia programada- Latouche ha querido denunciar que si las personas no ceden a la persuasión publicitaria y rehusan de cambiar los objetos que tienen 'habrán de convertirse en consumidores forzados puesto que los objetos hoy se fabrican de tal manera que duran poco; cuando se estropean sale más caro repararlos que comprar de nuevo'. Finalmente se ha referido al crédito como una opción que permito endeudarse cada vez más y ha puesto de relieve que muchos economistas saben que esta situación es insostenible pero no dicen nada.

El decrecimiento como eslogan

Ante un cierto desconcierto de parte del público, Serge Latouche ha dicho que el decrecimiento no es ningún concepto. 'Se trata - ha revelado- de un eslogan mediático creado por escandalizar, por crear impacto' En este sentido ha querido dejar claro que hacer decrecer la economía porque sí, sin objetivo o alternativa, seria tan absurdo como hacerla crecer sin finalidad. El decrecimiento, para Latouche, es una posibilidad de atreverse a pensar un mundo diferente y sobre todo de 'salir de la economía' una expresión utilizada por él desde hace tiempo.

Esta actitud, para la cual hace falta un esfuerzo intelectual, es en cualquier caso 'urgente' puesto que la forma de vida actual y el modelo económico que resulta no son, según Latouche, 'ni sostenibles, ni deseables'. Hace falta pues - ha indicado - un cambio de paradigma para una nueva economía, con un enfoque completamente diferente al actual y con nuevas herramientas de medida, puesto que las tradicionales variables macroeconómicas no reflejan bien la realidad en toda su complejidad. En este sentido, ha mostrado la disparidad existente entre un indicador diseñado por valorar el grado de satisfacción de las personas y el crecimiento del PIB entre 1950 y el año 2000 a los Estados Unidos; mientras este último ha ido siempre arriba en medio siglo, el primero, denominado GPI (Genuine Progress Indicator) se mantiene igual, e incluso baja últimamente. Un hecho sin duda contradictorio con la idea bien establecida que el consumo incrementa sin cesar la satisfacción individual.

Momento para la utopía

Serge Latouche ha dicho que el decrecimiento es una utopía pero que es 'absolutamente necesario' por provocar un cambio que, de no producirse 'nos trae directamente al desastre'. De alguna manera ha dejado entrever que esta utopía podría hacerse realidad cuando se pusiera en marcha una clase de círculo virtuoso. La llave de este círculo seria el cambio de valores sobre el significado de riqueza pobreza y bienestar que comportaría la emergencia de nuevos conceptos y una reestructuración de la economía actual, si bien exigiría 'salir del capitalismo aunque manteniendo el mercado'. Esto llevaría a relocalizar la producción y en consecuencia se frenaría la globalización - que Latouche ha vinculado al incremento exponencial de la impronta ecológica- El consumo de recursos, a su vez, se moderaría y esto, con la reutilización y el reciclaje, como culminación, conduciría de nuevo al inicio - en este caso a retroalimentar los nuevos valores.

Por demostrar la viabilidad de esta utopía, Latouche ha finalizado la conferencia haciendo un ejercicio de traducción del contenido del círculo virtuoso del decrecimiento a un hipotético programa político en Francia, que defendería - ha subrayado irónicamente- en el supuesto de que se presentara a las próximas elecciones presidenciales. En este programa se encontrarían medidas cómo: internalizar las externalidades; hacer pagar el verdadero precio del transporte; fomentar la agricultura biológica y local; aprovechar el aumento de la productividad por reducir el tiempo de trabajo; promover el ahorro energético; establecer una moratoria en la búsqueda científico-técnica y penalizar la publicidad. Latouche ha dicho que creía en todos los aspectos del programa pero que 'de resultar elegido como presidente con unas medidas como estas sería asesinado en una semana'. El economista francés sabe que la sociedad puede ser reacia a muchas medidas y piensa que el decrecimiento como forma de pensar todavía lo tiene muy difícil por pesar el mundo de las ideas políticas, pero está plenamente convencido de que vale la pena intentarlo.


Del mito del crecimiento económico




Ángela Hurtado Pedrosa y Elena Rubio de Miguel - Acercándonos al decrecimiento
 

Como afirma Carlos Taibo, escritor y profesor de Ciencias Políticas, “en la visión común en nuestras sociedades el crecimiento económico es una bendición de dios. Se nos dice que allí donde hay crecimiento económico hay cohesión social, los servicios públicos se hallan razonablemente asentados, el desempleo no se extiende, y tampoco lo hace la desigualdad”. Y este es el mito del crecimiento económico. Y decimos mito, porque hemos evolucionado en un entorno, en una sociedad, que no cuestiona nunca el crecimiento económico ilimitado, elevándolo así a la categoría casi de dogma o religión.

Miremos con perspectiva a la ideología del crecimiento por el crecimiento, el crecimiento porque sí. No es algo natural, ya que nada crece en la naturaleza de forma ilimitada, es una ideología, un artefacto creado a conciencia por la maquinaria del sistema capitalista que tiene como objetivo el beneficio económico, dejando a un lado la preocupación por el logro del bienestar de las personas que componen una sociedad.

El crecimiento económico ni genera felicidad como hemos visto antes, ni aumenta la cohesión social, ni frena el desempleo. Lo que sí provoca es un impacto, a menudo irreversible, sobre la naturaleza que nos sustenta, el agotamiento de los recursos naturales, así como, continuando con Carlos Taibo “facilita el asentamiento de un modo de vida esclavo que nos invita a concluir que seremos más felices cuanto más horas trabajemos, más dinero ganemos, y sobre todo, más bienes acertemos a consumir”. Es hora de desmitificar esta sinrazón.

En definitiva, la lógica capitalista es la que mueve la economía, y además, la que impera sobre el medio ambiente y la vida de los seres humanos. Esta lógica incrustada en nuestras cabezas muestra el mundo de una forma economizada, monetarizada, en la que aquello que no tiene valor monetario, no entra en el mercado, parece no existir, no tener valor. Este es el imaginario colectivo, ese dogma de fe en el que todas las personas creemos sin ponerlo en cuestión. Como afirma el diputado en Francia del partido Europe Écologie Jean Paul Besset, “toda la humanidad comulga en la misma creencia. Un solo Dios, el Progreso, un solo dogma, la economía política, un solo edén, la opulencia, un solo rito, el consumo, una sola plegaria: Nuestro crecimiento que estás en los cielos...En todos lados la religión del exceso reverencia los mismos santos-desarrollo, tecnología, mercancía, velocidad, frenesí, -persigue a los mismos heréticos- los que están fuera de la lógica del rendimiento y del productivismo-, dispensa una misma moral-tener, nunca suficiente, abusar, nunca demasiado, tirar, sin moderación, luego volver a empezar, otra vez y siempre. Un espectro vuela sus noches, la depresión del consumo. Una pesadilla le obsesiona: los sobresaltos del Producto Interior Bruto”

Nuestros valores están en crisis y pasar del crecimiento insostenible al Decrecimiento supone un cambio profundo de los valores en los cuales creemos y sobre los que organizamos nuestra vida.

Es necesario cambiar el enfoque, y dejar de pensar que el crecimiento económico ilimitado es bueno, para pasar a hablar de la deuda del crecimiento.

El crecimiento económico ilimitado provoca un fuerte impacto ecológico a nivel planetario, degradando la mayor parte de las materias y energías disponibles, y generando desigualdades sociales que desencadenan cada vez más diferencias entre el Norte y el Sur. Esta es la deuda del crecimiento. El modelo occidental de vida, el de la sociedad de consumo, ha superado la capacidad de carga del planeta, es decir, su capacidad de sostener este modelo de vida occidental.

Y aquí nos topamos con la quimera de la fábula del crecimiento ilimitado ¿cómo se puede crecer ilimitadamente en un planeta finito?

Acercándonos al decrecimiento

La globalización de la pobreza

Miguel Romero y Pedro Ramiro - Viento Sur

"Somos la primera generación que puede erradicar la pobreza". En el año 2005, en las campañas de promoción de los Objetivos del Milenio, este eslogan expresaba, a costa de olvidar la historia real de las luchas de las generaciones anteriores y las razones por las que no consiguieron vencer, el optimismo autosatisfecho con que se afrontaba entonces en los países del Norte la erradicación de la pobreza del Sur. Porque era obvio que cuando se hablaba de “pobreza” se hacía referencia a otros países y pueblos, los del Sur global. Ocho años después, buena parte de esa “generación” está más preocupada por librarse de la pobreza cercana que por erradicar la lejana.

La crisis capitalista que estalló en el año 2008 está transformando el mundo con una radicalidad que sólo tiene parangón en los orígenes del capitalismo. Como diagnosticó Karl Polanyi en su imprescindible La gran transformación: "El mecanismo que el móvil de la ganancia puso en marcha únicamente puede ser comparado por sus efectos a la más violenta de las explosiones de fervor religioso que haya conocido la historia. En el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia"/1. El triunfo del neoliberalismo en los años ochenta del siglo pasado dio inicio a una “segunda corrosión”, que arrasó las economías de los países del Sur con los planes de ajuste estructural y comenzó una demolición sistemática tanto de los sistemas públicos en los que estaba basado el Estado del Bienestar como de los valores morales asociados a ellos.

Al comienzo de la crisis financiera que hoy sufrimos, se hizo célebre una frase del entonces presidente francés, Nicolas Sarkozy, llamando a "refundar sobre bases éticas el capitalismo". Expresaba así los temores de las élites hacia el rechazo social a un modelo económico desnudado por la caída de Lehman Brothers y las tramas ocultas de la financiarización que, en aquel momento, sólo empezaban a emerger. Lamentablemente, esa contestación no llegó a alcanzar ni la fortaleza necesaria ni una expresión política significativa en los países del Centro, con la excepción de la organización Syriza en Grecia.

Una vez comprobada la debilidad del adversario, cambió radicalmente el sentido de la “refundación”. "Claro que hay lucha de clases. Pero es mi clase, la de los ricos, la que ha empezado esta lucha. Y vamos ganando". El lema del multimillonario Warren Buffett, que como tantos otros –George Soros en primer lugar– ejerce de filántropo en los ratos libres con las migajas de sus actividades de especulación financiera, resume la dinámica fundamental de la situación internacional: ciertamente, asistimos a un intento de “refundación del capitalismo”, pero no sobre “bases éticas”, sino sobre las bases de la lucha de clases y por medio de la acumulación por desposesión –según la expresión de David Harvey– de los bienes comunes y públicos, y de los derechos sociales y las condiciones para una vida digna de la gran mayoría de la población mundial/2. Las políticas de ajuste estructural de los ochenta y noventa en el Sur imperan ahora en la Unión Europea con fundamentos similares y nombres diversos: austeridad, disciplina fiscal, reformas, externalizaciones.

Este es el marco general de la “globalización de la pobreza” que es el tema del presente artículo. Llamamos así a la lógica común que produce y reproduce el empobrecimiento de las personas en todo el mundo, tanto en el Norte como en el Sur. Pero es necesario analizar las diferencias en los procesos políticos y económicos creadores de pobreza, en sus consecuencias materiales en la vida de las clases trabajadoras y en las percepciones sociales que se tienen de estos procesos. Mostraremos también el rol que, desde los gobiernos de los países centrales y las instituciones multilaterales, quiere asignarse al mercado y a las grandes empresas en la erradicación de la pobreza, así como el papel residual que va a cumplir la cooperación internacional para el desarrollo tras el estallido del crash global.

Somos conscientes de que las categorías, que utilizaremos indistintamente, Norte/Sur o Centro/Periferia simplifican la realidad, en general, y especialmente en lo que se refiere a la pobreza. Sin duda, hay muchos “Sures”, e incluso dentro de un mismo continente hay una enorme distancia política y social entre, por ejemplo, México y los países de la Alianza Bolivariana para América (ALBA). En los límites de este texto, trataremos de analizar por qué todavía pueden señalarse excepciones a esta regla, que aún permiten establecer diferencias significativas en el tratamiento que se da a la pobreza en los países centrales y periféricos. Para ello, partiremos de datos fiables, entre los que no está, por cierto, el Índice de Desarrollo Humano del PNUD, que en el año 2011 situaba a Chipre en el muy honorable puesto 31 y con tendencia ascendente; por tener una referencia, Venezuela ocupaba el puesto 71 en la misma clasificación.

Entre la pobreza y las “clases medias”

Según una interpretación ampliamente difundida, la crisis capitalista está siguiendo un curso paradójico que cuestiona los esquemas tradicionales sobre la jerarquía Norte-Sur: mientras que las economías del Centro, especialmente la de la Unión Europea, bordean o se hunden en la recesión, las economías periféricas, sobre todo las de los países llamados “emergentes”, mantienen año tras año altos niveles de crecimiento, por encima del 5% del PIB. Una de las consecuencias de esta asimetría es que la pobreza ha hecho su aparición en el Norte como un problema político importante, con un gran impacto social, mientras que, a la vez, parecería estar en retroceso en el Sur. Frecuentemente, se asocia esta situación con el estado de las “clases medias”, nuevo mantra sociológico que se ha convertido en el criterio de medida de numerosos fenómenos sociopolíticos relevantes, desde la movilidad social a la crisis de la democracia.

Hay en estos enfoques datos relevantes que dan cuenta de cambios profundos en la situación internacional: por ejemplo, la relativa y desigual autonomización de los países del Sur, bajo el liderazgo de aquellos que forman parte de los BRICS –Brasil, India, China y Sudáfrica; no cabe incluir a Rusia desde ningún punto de vista en la categoría “Sur”–, respecto a los “viejos” imperialismos, EEUU y la UE/3. En lo que se refiere a la lucha contra la pobreza, sin embargo, esta consideración del contexto internacional es más que discutible. Empezaremos por el Sur, planteando dos tipos de problemas: el primero, la valoración de los logros alcanzados en la erradicación de la pobreza; el segundo, el uso y la manipulación de la categoría “clases medias”.

Con la habitual afición de los políticos del establishment a las cifras redondas, el secretario general de Naciones Unidas ha contado los mil días que quedan para alcanzar los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) y se ha mostrado extraordinariamente satisfecho de los logros ya alcanzados. En especial, porque en los últimos doce años "600 millones de personas han salido de la pobreza extrema, lo que equivale al 50%". El cálculo es cuanto menos engañoso: según el Banco Mundial, en 1990 el 43% de la población mundial vivía con menos de 1,25 dólares al día, mientras en 2010 esta cifra ha caído al 21%; esta es la reducción a la mitad a la que se refiere Ban Ki-Moon. Pero no informa ni de las condiciones de extrema pobreza que siguen existiendo cuando se supera la barrera de los 1,25 dólares de ingreso diario –más del 40% de la población mundial sobrevive con menos de dos dólares al día–, ni de que cerca de 1.300 millones de personas siguen viviendo por debajo de ese nivel. Al final, esa reducción de la pobreza extrema se debe a los grandes países emergentes, fundamentalmente a China, y no tiene nada que ver con las políticas y proyectos inspirados en los ODM ni tampoco con la ortodoxia económica imperante.

En la presentación de esta nueva campaña, que tuvo lugar el pasado 2 de abril en la Universidad de Georgetown bajo la marca de "Un mundo sin pobreza", el presidente del Banco Mundial, Jim Yong Kim, afirmó: "Nos hallamos en un auspicioso momento histórico, en que se combinan los éxitos de décadas pasadas con perspectivas económicas mundiales cada vez más propicias para dar a los países en desarrollo una oportunidad, la primera que jamás hayan tenido, de poner fin a la pobreza extrema en el curso de una sola generación". No puede tomarse en serio un proyecto que tiene como punto de partida una visión tan poco consistente de la situación internacional, en la que por cierto no podía faltar la ya habitual coletilla generacional.

La ingeniería estadística sobre las “clases medias” merece una mayor atención. Un reciente estudio publicado por el Banco Mundial/4 propone un cambio importante en la caracterización y medición de la pobreza: lo más significativo es el uso del concepto de "seguridad económica", entendido como "baja probabilidad de volver a caer en la pobreza". De ahí nace una nueva categoría, la población "vulnerable", una estación de paso desde la pobreza hasta la entrada en la "nueva clase media", formada por quienes han alcanzado la "seguridad económica" y garantizarían la "estabilidad económica futura". La suma de pobres, vulnerables y clase media supone el 98% de la población latinoamericana; por tanto, la medida del éxito en la lucha contra la pobreza sería una movilidad social ascendente hacia la clase media. Esto es lo que, según los autores, está ocurriendo, ya que "la clase media en América Latina creció y lo hizo de manera notable: de 100 millones de personas en 2000 a unos 150 millones hacia el final de la última década". Nos estaríamos acercando, siguiendo esa argumentación, a un continente de “clases medias” que habría superado definitivamente el peso determinante de la pobreza.

Aunque los criterios cuantitativos sean sólo unos de los que deben ser tenidos en cuenta en el análisis de la pobreza, en ocasiones son imprescindibles para concretar los términos del debate/5. Si hacemos caso al Banco Mundial, se considera pobres a quienes tienen ingresos inferiores a 4 dólares; estos vienen a representar el 30,5% de la población latinoamericana. Las personas que tienen entre 4 y 10 dólares al día serían las “vulnerables”, el 37,5% de la ciudadanía de América Latina. Por encima de los 10 hasta los 50 dólares de ingreso diario estaría la “clase media”, el 30% de la población continental. Por último, el 2% restante son los considerados “ricos”, que ingresan más de 50 dólares al día. Tomando como referencia el salario mínimo existente en Ecuador, unos 300 dólares mensuales, podemos comprobar, en fin, que con un ingreso como este se tendría acceso a la “clase media”. No parece, pues, que tal clasificación sea razonable: lo suyo sería concluir que, al menos, el 68% de la población latinoamericana es pobre. Y además, continuando con la referencia ecuatoriana, vemos que esa “clase media” se compondría, en realidad, de trabajadores con ingresos de entre uno y cinco veces el salario mínimo, es decir, quienes están entre un frágil escalón por encima la pobreza y el nivel medio-alto de la población asalariada.

Brasil aparece como uno de los principales estandartes utilizados para justificar todo este proceso de ascenso de las “clases medias”. Así, el Gobierno brasileño define como clase media a quienes alcanzan un ingreso per cápita mensual de entre 291 y 1.019 reales,/6 de manera que el 54% de la población del país pertenecería a esta supuesta “clase media”. En la última década, 30 millones de personas (el 15% de la población) habrían “salido de la pobreza”, ya que pasaron a disponer cada mes de ingresos superiores a 250 reales. Teniendo en cuenta que en Brasil el salario mínimo es de 678 reales, esta “clase media” tendría unos ingresos que oscilarían entre el 42% y el 150% de un salario mínimo. Con semejantes criterios, parece fácil alardear de que Brasil sea ya un país de “clases medias”, unas “clases medias” cuyos ingresos no permiten siquiera alcanzar una cobertura digna de las necesidades básicas.

Es verdad que, para evaluar esta cobertura, también hay que tener en cuenta otros factores; sobre todo, la extensión y calidad de los servicios públicos al alcance de los ciudadanos y, por tanto, el volumen de gasto social destinado a ellos. Por eso es muy importante tener en cuenta que, en cuestiones económicas básicas, Brasil, como la gran mayoría de los países del Sur, se somete a la ortodoxia dominante: con nueve días del pago de la deuda externa podría cubrirse todo el presupuesto del programa Bolsa Familia, eje de la política asistencial y de la base electoral del partido gobernante/7. Si podemos decir que con la crisis capitalista los programas de ajuste estructural han viajado del Sur al Norte, los fundamentos del Estado del Bienestar, por el contrario, no han hecho el viaje desde el Norte hasta el Sur.

Dice David Harvey que "el crecimiento económico beneficia siempre a los más ricos". Efectivamente, ellos están siendo los principales beneficiarios del crecimiento en los países del Sur, de ahí que el incremento del PIB se vea acompañado del aumento sostenido de la desigualdad. La bonanza económica no está produciendo un incremento de esas ficticias “clases medias”, sino de millones de empleos precarios, con bajos ingresos, mínimos derechos laborales y grandes carencias en servicios sociales. “Trabajos brasileños” se les llama, precisamente, en algunos análisis sociológicos con sentido crítico. Pero son mucho más habituales los enfoques afines a las ideas del Banco Mundial, que en sus versiones más delirantes llegan nada menos que a llamar “neoburguesía” a la “clase media”.

No han terminado los procesos de empobrecimiento en el Sur, pero es cierto que se han modificado. Sustancialmente, sólo en aquellos países –como Venezuela– que están realizando un esfuerzo considerable más allá del incremento de los ingresos de los trabajadores pobres, apostando por el establecimiento de potentes redes públicas de educación, vivienda y sanidad. Sin embargo, en la gran mayoría de los países, se ha pasado de la extrema pobreza al empleo extremadamente precario, en un camino que además tiene vuelta atrás. Si las frágiles expectativas de movilidad social ascendente se quebraran, una posibilidad nada descartable dadas las actuales perspectivas de la economía global, la situación en el Sur tendería a parecerse más a las revoluciones árabes que a los ficticios paraísos de la “clase media”.

Extensión y percepción social de la pobreza

En la Unión Europea, antes del estallido de la crisis financiera, 80 millones de personas –el 17% de la población– sobrevivían en la pobreza. En el año 2010, la cifra había aumentado hasta los 115 millones de personas (23,1%) y se estimaba que un número similar se encontraba "en el filo de la navaja"/8. Pero, para entender la situación actual, hay que considerar la etapa anterior al crash global. Porque si es significativo y alarmante el crecimiento de la pobreza, también debía haberlo sido que antes de 2008 la pobreza fuera ya una lacra masiva tanto en la Unión Europea como en España, donde entre 2007 y 2010 pasó de afectar a 10,8 millones de personas (23,1% de la ciudadanía) a 12,7 millones (25,5%).

La extensión de la pobreza es, sin duda, un problema de primera magnitud. Creemos, sin embargo, que no explica por sí sola que en cinco años la pobreza haya pasado de ser considerada por la mayoría de la población europea como un problema marginal y ajeno, “invisible”, cuyo control quedaba a cargo de las organizaciones asistenciales y con mínimos subsidios públicos, a afectar a la situación y los temores de esa mayoría de la ciudadanía que se consideraba liberada para siempre de “caer en la pobreza”. Se afirma ahora que la pobreza se ha hecho más intensa, más extensa y más cíclica. De estas características hay que destacar la tercera, que indica una tendencia al incremento de la pobreza sin “brotes verdes” en el horizonte, estimulada por las políticas que se imponen implacablemente en la Unión Europea, sin alternativas creíbles a medio plazo. La pobreza se ha hecho “visible” en la UE no sólo porque haya más pobres, sino fundamentalmente porque se ha masificado la conciencia del riesgo de caer en la pobreza/9.

Diagnosticar el problema como una “crisis de las clases medias” es una simplificación que no permite entender ni las causas de la crisis actual ni las condiciones básicas para revertir esa tendencia al empobrecimiento. También en los países del Norte este es un concepto manipulable y fundamentalmente subjetivo: un mileurista era hace unos pocos años el símbolo de la precariedad, hoy sería considerado un miembro más de la “clase media”. Es más útil considerar en su conjunto los elementos principales, bien conocidos, que han ido produciendo la corrosión de la “seguridad social”, con minúscula, característica fundamental del Estado del Bienestar: el paro masivo, de larga duración y con subsidios decrecientes; el incremento de los “trabajadores pobres” porque el trabajo precario y sometido al poder patronal ya no asegura ingresos suficientes para una vida digna; los recortes drásticos en el empleo en la administración y en los servicios públicos, que amenazan al funcionariado; el riesgo de no poder hacer frente a las deudas contraídas en la etapa anterior, que permitieron una burbuja de alto consumo en las clases trabajadoras pese a la tendencia generalizada a la caída de los salarios desde los años noventa; el deterioro de la calidad de la sanidad y la educación, y el aumento de los pagos a cargo de los usuarios que sirven para avanzar en su privatización.

Todo este conjunto de medidas responde a una lógica común que es el principio fundamental de la economía política neoliberal: la reducción sistemática del coste directo e indirecto de la fuerza de trabajo. En condiciones de relaciones de fuerzas muy favorables para el capital, eso termina desgarrando las redes de seguridad que constituían la base de estabilidad del sistema. Es aquí, en la debilidad de las clases trabajadoras, incluso aquellas que consideraban un logro garantizado el empleo estable de calidad, con sanidad y enseñanza básica públicas y gratuitas y jubilación en condiciones dignas, donde ha nacido el pánico a la pobreza y, al mismo tiempo, la impotencia para hacerle frente. Y es que, a diferencia de la situación en muchos países periféricos, donde con independencia de la orientación política de los gobiernos se ponen en marcha políticas focalizadas en la pobreza –habitualmente por razones de gestión de conflictos y construcción de clientelas electorales, muy alejadas de la idea de solidaridad–, en los países del Centro, y particularmente en la UE, las políticas que se aplican siguen sometidas a la “regla de oro” de privilegiar los intereses del capital sobre las necesidades de la población, tratando la atención social a la población empobrecida como un lastre y recortando sistemáticamente los fondos destinados a ella. En este contexto, que el año 2010 haya sido etiquetado como el "Año Europeo de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social" no deja de ser un sarcasmo.

Desde los primeros estudios de los conflictos sociales característicos de la sociedad capitalista, se ha considerado un rasgo fundamental de la clase obrera la “inseguridad” en las condiciones de vida. Cuando, gracias a las políticas propias del Estado del Bienestar, pareció que esta característica desaparecía para una gran parte de la población trabajadora, la categoría de “clase media” cumplió la función de certificar esa nueva situación: "Hemos dejado de ser clase trabajadora", vino a decirse entonces. El neoliberalismo desarrolló con éxito "una demonización de la clase obrera", según la expresión de Owen Jones en su excelente reportaje Chavs,/10 tratando a esta como un grupo social en declive, cuyos ingresos no provienen del trabajo sino de los subsidios públicos.

Generalizando la inseguridad social y aproximando la amenaza de la pobreza, la crisis está debilitando estas barreras ideológicas que fragmentaban el tejido social de las clases trabajadoras. Pero no caerán si no se enfrentan a alternativas que comprendan que sólo puede lucharse eficazmente por la erradicación de la pobreza venciendo a quienes la producen.

Mercado y empresas para “luchar contra la pobreza”

"El capital, las ideas, las buenas prácticas y las soluciones se extienden en todas direcciones"/11. Sumidos en una crisis económica, ecológica y social como nunca antes había conocido el capitalismo global, estamos asistiendo al final de la “globalización feliz” y a la demolición de la belle époque del neoliberalismo/12. Pero las grandes corporaciones y los think tanks empresariales insisten en no darse por aludidos; lejos de cuestionar su responsabilidad en el actual colapso del sistema socioeconómico y en la crisis civilizatoria, las empresas transnacionales vuelven a presentarse como el motor fundamental del desarrollo y la lucha contra la pobreza. Según el pensamiento hegemónico, la gran empresa, el crecimiento económico y las fuerzas del mercado han de ser los pilares básicos sobre los que sustentar las actividades socioeconómicas de cara a combatir la pobreza. Eludiendo su responsabilidad en el origen de la crisis sistémica que hoy sufrimos, así como el hecho de que ellas están siendo precisamente las únicas beneficiarias del crack, las grandes corporaciones nos proponen más de lo mismo: que el fomento de la actividad empresarial, la iniciativa privada y el emprendimiento innovador sean los argumentos fundamentales para la “recuperación económica”.

Esta reorientación empresarial consiste en aplicar, junto con una táctica defensiva basada en el marketing, una estrategia ofensiva para pasar de la retórica de la “responsabilidad social” a la concreción de la “ética de los negocios” en la cuenta de resultados mediante toda una serie de técnicas corporativas. Y su objetivo no es el de atajar las causas estructurales que promueven las desigualdades sociales e imposibilitan las condiciones para vivir dignamente a la mayoría de la población mundial, sino gestionar y rentabilizar la pobreza de acuerdo a los criterios del mercado: beneficio, rentabilidad, retorno de la inversión. Es lo que hemos denominado pobreza 2.0 y constituye uno de los negocios en auge del siglo XXI/13. En los países del Sur global, por un lado, eso se traduce en el deseo del “sector privado” de incorporar a cientos de millones de personas pobres a la sociedad de consumo; en el Norte, por otro, significa la no exclusión del mercado de la mayoría de la población, una cuestión central ante el creciente aumento de los niveles de pobreza en las sociedades occidentales como consecuencia de las medidas económicas que se están adoptando para “salir de la crisis”.

"Ya es hora de que las corporaciones multinacionales miren sus estrategias de globalización a través de las nuevas gafas del capitalismo inclusivo", escribían hace diez años los gurús neoliberales que llamaban a las grandes empresas a poner sus ojos en el inmenso mercado que forman las dos terceras partes de la humanidad que no son “clase consumidora”. "Las compañías con los recursos y la persistencia para competir en la base de la pirámide económica mundial tendrán como recompensa crecimiento, beneficios y una incalculable contribución a la humanidad", decían entonces/14. Hoy, las corporaciones transnacionales han asumido plenamente esta doctrina empresarial y han puesto en marcha una variada gama de estrategias, actividades y técnicas que tienen como objetivo que las personas pobres que habitan en los países del Sur se incorporen al mercado global mediante el consumo de los bienes, servicios y productos de consumo que suministran estas mismas empresas. “Responsabilidad social”, “negocios inclusivos” en “la base de la pirámide”, “inclusión financiera”, “alfabetización tecnológica” y, en definitiva, todas aquellas vías que permitan lograr el acceso a nuevos nichos de mercado se justifican con el argumento de que van a contribuir al “desarrollo” y la “inclusión” de las personas pobres. Pero, como recalcó Evo Morales en la última Cumbre Unión Europea-CELAC, "cuando nos sometemos al mercado hay problemas de pobreza; problemas económicos y sociales, y la pobreza sigue creciendo".

Al mismo tiempo, en los países centrales, donde también están aumentando los niveles de pobreza y desigualdad, en vez de emplear los recursos públicos en políticas económicas y sociales que pudieran poner freno a esa situación, las instituciones que nos gobiernan no se han salido de la ortodoxia neoliberal y han emprendido toda una serie de contrarreformas que van a contribuir a aumentar el empobrecimiento de amplias capas de la población. Y las grandes empresas, en este contexto, están rediseñando sus estrategias para no perder cuota de mercado: "En Madrid, Londres o París también hay favelas, aunque no se llamen así", sostiene un experto brasileño en “la base de la pirámide”, "es un mercado creciente que compone la nueva clase media con poder de consumo"/15. [15] Gigantes como Unilever, por ejemplo, ya están pensando en trasladar aquí estrategias que antes probaron que funcionaban en países del Sur/16. Pero, aunque algunas multinacionales están viendo cómo aplicar en Europa la lógica de los “negocios inclusivos”, la mayoría de las grandes corporaciones ha optado por no innovar demasiado cuando lo que se trata es de seguir incrementando los beneficios: la continuada presión a la baja sobre los salarios/17 y la expansión de la cartera de negocios a otros países y mercados han sido, hasta el momento, las vías preferidas por las empresas para continuar con sus dinámicas de crecimiento y acumulación.

La tendencia a considerar el incremento del crecimiento económico como la única estrategia posible para la erradicación de la pobreza se ha visto reforzada desde que estalló la crisis financiera. Con el actual escenario de recesión, las grandes corporaciones pretenden incrementar sus volúmenes de negocio y ampliar sus operaciones en las regiones periféricas para así contrarrestar la caída de las tasas de ganancia en Europa y EEUU. Por su parte, los gobiernos de los países centrales abogan por un aumento de las exportaciones y de la internacionalización empresarial como forma de “salir de la crisis”. Según la doctrina neoliberal, la expansión de los negocios de estas compañías a nuevos países, sectores y mercados redundará en un incremento del PIB y, por consiguiente, en una mejora de los indicadores socioeconómicos, fundamentalmente en el aumento del empleo. «La única solución posible para superar la crisis y volver a crear puestos de trabajo es recuperar el crecimiento económico», resume el presidente de La Caixa, quien para lograrlo propone «buscar nuevas fuentes de ingresos, diseñar nuevos productos y abrir nuevos mercados»/18.

A pesar de que las afirmaciones acerca de una correlación directa entre el crecimiento del PIB y los avances en términos de desarrollo humano no resistirían ningún análisis serio, la idea de que crecimiento económico es equivalente a desarrollo se ha hecho dominante en el discurso de la “lucha contra la pobreza”. De esta manera, las referencias al crecimiento de las economías nacionales –cuantificadas exclusivamente a través del aumento del PIB– como vía para la superación de la pobreza no solo forman parte de toda la arquitectura discursiva de la agenda oficial de desarrollo, sino que además se están pudiendo llevar a la práctica mediante la asignación de medios y recursos públicos para las estrategias de fomento de la actividad empresarial y de los “negocios inclusivos”. Esto es así porque las principales agencias de cooperación y los gobiernos de los países del Centro, así como los organismos multilaterales, las instituciones financieras internacionales e incluso muchas ONGD, avalan este discurso y trabajan por incorporar al “sector privado” en sus estrategias de desarrollo.

De la cooperación internacional a la filantropía empresarial

La cooperación para el desarrollo, en tanto que política pública de solidaridad internacional, difícilmente encuentra encaje en este marco. Y es que, en las contrarreformas estructurales que se imponen en la actualidad, la cooperación internacional no está teniendo un destino diferente al del resto de los servicios públicos: la privatización y la mercantilización. No puede decirse que en los últimos años se haya provocado un cambio de rumbo en la senda emprendida por los principales organismos y gobiernos que lideran el sistema de cooperación internacional, sino más bien lo contrario: en el marco de la búsqueda de alternativas neoliberales para huir hacia delante con la actual situación, la crisis ha llevado a que toda la renovada orientación estratégica de la cooperación para el desarrollo se refuerce y cobre aún más sentido.

Por eso, estamos asistiendo a una profunda reestructuración de la arquitectura del sistema de ayuda internacional con vistas a reformular el papel que han de jugar, tanto en el Norte como en el Sur, los que se considera que son los principales actores sociales –grandes corporaciones, Estados, organismos internacionales y organizaciones de la sociedad civil– en las estrategias de “lucha contra la pobreza”. La hoja de ruta para los próximos tiempos parece clara: otorgar la máxima prioridad al crecimiento económico como estrategia hegemónica de lucha contra la pobreza, considerar al sector empresarial como agente de desarrollo en las líneas directrices de la cooperación, reducir los ámbitos de intervención estatal a determinados sectores poco conflictivos y limitar la participación de las organizaciones sociales en las políticas de cooperación para el desarrollo/19.

Ya no es posible "seguir exportando tanta solidaridad", las "circunstancias han cambiado" y los compromisos contra la pobreza han de reorientarse "hacia nuestro territorio". Eso afirmaba el pasado mes de septiembre el consejero de Justicia y Bienestar Social de la Generalitat Valenciana, Jorge Cabré, para justificar la decisión de su Gobierno de poner fin a las políticas de cooperación internacional. Es sólo un ejemplo de cómo, siguiendo una línea argumental similar, tanto el Gobierno central como la mayoría de las administraciones autonómicas y municipales del Estado español eliminaron o redujeron drásticamente sus presupuestos para cooperación al desarrollo en 2012. Y para este año, lejos de augurarse una recuperación –cierto es que existen algunas excepciones a esta tendencia generalizada–, caminamos en la misma dirección: como ha denunciado la Coordinadora de ONG para el Desarrollo, a los 1.900 millones de euros que se recortaron el pasado año se le sumarán este otros 300 millones más. Con todo ello, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) española pasará a suponer solamente el 0,2% de la renta nacional bruta, lo que nos retrotrae a niveles de principios de los noventa. "Fue un error perseguir el 0,7%", dice ahora el secretario de Estado de Cooperación y para Iberoamérica, Jesús Gracia, renunciando así a la que desde hace dos décadas ha sido una de las reivindicaciones fundamentales de las ONGD en el Estado español y que los sucesivos ejecutivos se habían comprometido a cumplir firmando el Pacto de Estado contra la Pobreza.

En los años ochenta y noventa, la cooperación internacional contribuyó a apoyar el Consenso de Washington y las reformas estructurales que posibilitaron la expansión global de las grandes corporaciones que tienen su sede en los principales países donantes de AOD. Hoy, la cooperación al desarrollo ya no cumple un papel fundamental para la legitimación de la política exterior del país donante, como lo venía haciendo hasta el comienzo de la crisis financiera. Aunque aún puede seguir desempeñando un rol secundario en la proyección de imagen internacional, su función esencial es la de asegurar los riesgos y acompañar a estas empresas en su expansión global, así como contribuir a la apertura de nuevos negocios y nichos de mercado con las personas pobres que habitan en “la base de la pirámide”.

En el caso que nos toca más de cerca, todo ello se articula en torno a la famosa marca España, un proyecto para atraer capitales transnacionales a nuestro país –con EuroVegas como modelo bandera– y fomentar la internacionalización de las empresas españolas: en palabras de José Manuel García-Margallo, ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, "los intereses de España en el exterior son en gran medida intereses económicos y tienen a las empresas como protagonistas". Esto se constata, sin ir más lejos, en el presupuesto del ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación para este año, en el que se observa que la partida de cooperación para el desarrollo ha disminuido el 73% entre 2012 y 2013 mientras, en el mismo periodo, han subido el 52% los fondos para la acción del Estado en el exterior a través de sus embajadas y oficinas comerciales/20.

Nos hemos habituado a escuchar con frecuencia, en el discurso oficial, una frase que se repite a modo de justificación: "Bastante tenemos con la pobreza de aquí como para preocuparnos de la de otros sitios". Es evidente que los últimos gobiernos españoles, tanto el actual como el anterior, han incumplido una y otra vez sus compromisos sobre la cooperación internacional y la lucha contra la pobreza a nivel mundial/21. Y a la vez, no es verdad que, a cambio, se estén destinando más fondos para afrontar la extensión de la pobreza en nuestro país. Aquí y ahora, esa labor se está dejando en manos de algunas ONG y de las grandes empresas, recuperando la obra social, la caridad y la filantropía como forma de paliar las crecientes desigualdades. Mientras crece la desigualdad a marchas forzadas –desde 2007, la diferencia entre el 20% más rico y el 20% más pobre en España ha subido un 30%–,/22 resurge con fuerza la filosofía del “neoliberalismo compasivo”, basada en la idea de que pueden paliarse la pobreza y el hambre aportando “lo que nos sobra”.

"Cada vez más gente de la que imaginas necesita ayuda en nuestro país", decía Cruz Roja en sus anuncios para el último "Día de la Banderita", poniendo el foco en la pobreza “local”. "Cuenta conmigo contra la pobreza infantil", ese era el lema de la pasada campaña navideña de La Caixa y Save the Children, añadiendo lo de “infantil” para darle un toque adicional de sentimentalismo. Y tenemos muchos más ejemplos de cómo las grandes corporaciones están intentando reapropiarse de las buenas intenciones y de la solidaridad de una ciudadanía cada vez más preocupada por el incremento de la pobreza y el hambre: desde la filantropía de Amancio Ortega, patrón de Inditex y tercer hombre más rico del planeta, que ha donado 20 millones de euros a Cáritas (el 0,05% de su fortuna), hasta los spots tipo "siente a un pobre a su mesa" que han publicitado diferentes ONGD,/23 pasando por el auge de los bancos de alimentos, a los que han anunciado donaciones grandes empresas como Mercadona o Repsol. Hace años, la “solidaridad de mercado” se medía en base al dinero recaudado en los telemaratones, hoy parece computarse a partir de la cantidad de bolsas de comida que pueden donarse a las organizaciones asistencialistas.

Repensando el modelo de desarrollo


"No es una crisis, es una estafa", gritan los manifestantes que protestan por la privatización de la sanidad, la educación y el agua. Y efectivamente, no hay otro nombre mejor para explicar el hecho de que los grandes capitales privados estén saliendo reforzados de la crisis mientras, por el contrario, la mayoría de mujeres y hombres van perdiendo empleo y vivienda, sanidad y educación, pensiones y derechos sociales conquistados en el último siglo. En este contexto, los cambios sustanciales para luchar contra la pobreza sólo pueden darse confrontando, en alianza con las organizaciones políticas y sindicales y con los movimientos sociales emancipadores, a las reformas económicas y los ajustes estructurales que cada día producen y reproducen un mayor empobrecimiento.

Ante el desmantelamiento de la cooperación como política pública de solidaridad internacional, la única forma de no perder ese sentido solidario que ha presidido las actividades de muchas organizaciones españolas de cooperación internacional en las dos últimas décadas es trabajar, aquí y ahora, en la formulación y puesta en práctica de una agenda alternativa de desarrollo en la que la cooperación solidaria se entienda como una relación social y política igualitaria, articulada con las luchas y los movimientos sociales emancipadores. No podemos pensar que vamos a aliviar la pobreza con lo que nos sobra, hace falta otro programa político. Trabajando en la construcción de alternativas solidarias que pueden contribuir a la resistencia social frente a los procesos de empobrecimiento y, en un futuro, a ganar fuerza para revertirlos, es decir, para cambiar de raíz la economía política dominante, tutelada por la dictadura de la ganancia. En eso estamos.

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Texto publicado en Papeles de relaciones ecosociales y cambio global, nº 121, 2013, pp. 143-156

Miguel Romero es editor de la revista VIENTO SUR y Pedro Ramiro es coordinador del Observatorio de Multinacionales en América Latina (OMAL) – Paz con Dignidad.


Notas

1/K. Polanyi, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989, p. 66.

2/D. Harvey ha desarrollado recientemente las modalidades de esta acumulación, como puede verse en esta entrevista de E. Boulet al geógrafo británico: «El neoliberalismo como “proyecto de clase”», Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.

3/ No es el tema central de este artículo, pero dejemos claro que no hay nada que lamentar en esto que podríamos llamar “desoccidentalización”, por más problemática que sea la nueva relación de fuerzas a nivel global desde el punto de vista de los intereses de las mayorías sociales.

4/ F. H. G. Ferreira, J. Messina, J. Rigolini, L. F. López-Calva, M. A. Lugo y R. Vakis, La movilidad económica y el crecimiento de la clase media en América Latina. Panorama general, Banco Mundial, Washington, 2013.

5/ Los principales datos que aquí vamos a citar están tomados de J. L. Berterretche, "Los tramposos delirios de los tecnócratas del Banco Mundial", Viento Sur (web), 8 de abril de 2013.

6/El tipo de cambio es de 1 real = 0,38 euros. El salario mínimo en Brasil es de 678 reales, por tanto, unos 257 euros.

7/ El 42% del presupuesto federal brasileño se destina al pago de la deuda pública. Los presupuestos de educación y sanidad equivalen solamente al 8% y 10%, respectivamente, de esta enorme sangría de los fondos públicos.

8/ Así lo recogía el diario El País, 30 de marzo de 2013, pp. 4-5.

9/ Diferentes estudios alertan de ello: Intermón Oxfam, por ejemplo, en Crisis, desigualdad y pobreza (Informe nº 32, 2012), pronostica que en España pasaremos de tener 12,7 millones de pobres (27% de la población total) en 2012 a 18 millones (38%) en 2022.

10/ O. Jones, Chavs. La demonización de la clase obrera, Capitán Swing, Madrid, 2012.

11/ Eso afirma el Consejo Mundial Empresarial para el Desarrollo Sostenible (WBCSD, Visión 2050. Una nueva agenda para las empresas, Fundación Entorno, 2010).

12/ R. Fernández Durán, La quiebra del capitalismo global: 2000-2030. Preparándonos para el comienzo del colapso de la civilización industrial, Libros en Acción, Virus y Baladre, 2011.

13/ Hemos desarrollado ampliamente estas ideas en: M. Romero y P. Ramiro, Pobreza 2.0. Empresas, estados y ONGD ante la privatización de la cooperación al desarrollo, Icaria, Barcelona, 2012.

14/ C. K. Prahalad y S. L. Hart, "The fortune at the bottom of the pyramid", Strategy and Business, nº 26, 2002.

15/ "En Madrid hay favelas aunque no se llamen así", El País, 3 de septiembre de 2012.

16/ «En Indonesia, vendemos dosis individuales de champú a dos o tres céntimos y aún así obtenemos un beneficio decente», afirma un ejecutivo de la compañía en «La pobreza regresa a Europa», Público, 27 de agosto de 2012.

17/ En este año, por primera vez los excedentes empresariales (46,1%) han superado a las rentas salariales (44,2%) en el cómputo del PIB español.

18/ I. Fainé, "Crecer para dirigir", El País, 2 de noviembre de 2011.

19/ G. Fernández, S. Piris y P. Ramiro, Cooperación internacional y movimientos sociales emancipadores: Bases para un encuentro necesario, Hegoa, Universidad del País Vasco, Bilbao, 2013.

20/ CONGDE, "Análisis y valoración de la Coordinadora de ONG para el Desarrollo-España del proyecto de Presupuestos Generales del Estado para 2013", 8 de octubre de 2012.

21/ Plataforma 2015 y más, "España lidera la reducción de la Ayuda Oficial al Desarrollo y lleva la cifra de cooperación a su mínimo histórico", 3 de abril de 2013.

22/ Cáritas, Desigualdad y derechos sociales. Análisis y perspectivas, Fundación Foessa, 2013.

23/ Acción contra el Hambre, por ejemplo, nos invitaba a dar un donativo por cada “menú solidario” que consumiéramos en uno de los «Restaurantes contra el hambre» que formaban parte de la campaña; en una línea similar, Intermón Oxfam nos llamaba a sentarnos en su "Mesa para 7.000 millones".

http://www.vientosur.info/spip.php?article8155

Entrevista a José Iglesias sobre decrecimiento

Entrevista a José Iglesias en el Viejo Topo nº 258

—¿A qué atribuye usted el “boom” del discurso sobre el decrecimiento?

—Pienso que la propuesta del decrecimiento tiene su aceptación entre ciertos grupos porque se mueve entre una buena dosis de palabrería, el rescate de un cierto reformismo, y un tanto de fetichismo. Me explico: Tengo la certeza de que la propuesta del decrecimiento se mueve entre un mera palabrería, en una necesidad de recuperar el reformismo en la producción y el consumo sin tocar la distribución, y aún menos la estructura de poder imperante en el capitalismo, y sobre todo en una reafirmación del fetichismo, en la medida que toda esta propuesta se hace sin tener en cuenta la realidad, la naturaleza, la lógica de acumulación del propio sistema capitalista.

Es decir, el discurso del decrecimiento asume como válido el sistema en tanto y cuanto el capitalismo diseñe y aplique un modelo de sostenibilidad con el entorno y de medidas humanitarias con la población. Como lo dice Joan Martínez Alier, el modelo es válido en cuanto “los países ricos [sepan] vivir de forma óptima dejando de lado el imperativo del crecimiento económico”. Es decir, para este gran pensador del ecologismo, no sólo es deseable el capitalismo, sino que hasta es posible poner a dieta a la bestia capitalista y conseguir que adelgace, que decrezca.

—Desde su perspectiva, ¿se trata de un discurso seudoradical que al fin y al cabo no quiere más que reformas?

—Ciertamente, la propuesta es más bien reformista. Acepto que, para algunas personas, la fe mueve montañas. Sin embargo, como base argumental, a mí este razonamiento no me sirve.

Por tanto, con mis nuevos argumentos (y alguno que otro viejo) intentaré demostrar que todo el discurso que hacen los defensores del decrecimiento no pasa de ser un deseo que tienen, un idealismo, un deber ser, un diálogo con los dioses del olimpo, como hacían los mitólogos de cierta época que parecían extinguidos, rogándoles que apliquen medidas respetuosas con la naturaleza y bondadosas con la humanidad. De esta manera, creen que el mito del decrecimiento dentro del capitalismo, el milagro de un desarrollo sostenible, compatible con el uso respetuoso de los recursos naturales y una tasa suave de explotación de la mano de obra asalariada, podrá tener lugar. A veces, incluso, es doloroso constatar cómo el bienestar de las poblaciones, los desequilibrios sociales no aparecen en las preocupaciones de los grupos que se reclaman del ecologismo social, sino de forma subsidiaria: los cinco principales grupos ecologistas del Estado español, en su Programa por la Tierra, exponen respetuosamente al gobierno del PSOE cómo “la política ambiental apenas ha mejorado y, en consecuencia, la situación de partida, que ya era claramente negativa, está muy lejos de haberse corregido. [Finalizan el documento diciendo], por supuesto, no queremos dejar de ser optimistas. La situación de partida era francamente mala, entre otras cosas por la inexistencia de un diálogo social enmateria de medio ambiente, lo cual ha sido ampliamente corregido.

Y percibimos tímidas señales de apertura ambientalista en diversos departamentos. Pero lo cierto es que para girar hacia la sostenibilidad de manera significativa España necesita un impulso mucho más fuerte y profundo”. Ni una sola referencia en todo el documento a lo social en un momento en que el paro sobrepasa los 4 millones de personas; la pobreza relativa afecta a casi la mitad de la población; el poder adquisitivo de los colectivos más desamparados sigue deteriorándose; el acceso a la vivienda, si ya era difícil, ahora se hace inalcanzable; la privatización de sectores de la educación, la salud, el transporte público, varios servicios de la asistencia social, es decir, la precariedad de la vida humana es tan o más grave que el deterioro del medio ambiente, si esta separación de ámbitos fuese correcto poder establecerla.

Pero, como decía anteriormente, tales objetivos nos son posibles dentro del capitalismo ni en ninguna otra sociedad clasista. De aquí que yo coincida con los defensores del decrecimiento en tanto y cuanto, para mí, el decrecer supone la muerte irremisible del capitalismo. Pero apoyarnos en todos estos ruegos, o depender de la mano invisible que controla el capitalismo para que cambie de lógica de apropiación de la riqueza, de la expoliación de la naturaleza y el empobrecimiento de las poblaciones, por mucha persuasión y evidencia técnica que aporten estos propagandistas del decrecimiento, no serán, y así lo reconoce el documento elaborado por el grupo de las cinco asociaciones (G-5a), escuchados por las administraciones estatales. O introducimos nuestras reflexiones dentro del análisis de la estructura de poder que ejercen los capitalistas y diseñamos un proceso que destruya el poder que ejercen dentro del sistema, o con peticiones de buena voluntad no se va a ninguna parte.

—¿Se podrían salvar los estímulos críticos del discurso decrecentista antes de que sucumban a la “dialéctica de la ilustración”?

—Sería más pertinente preguntar por las consecuencias que puede provocar el tema en el “imaginario” de sus seguidores.

Porque, más allá de criticar el crecimiento, algo que todos estamos en contra, la propuesta decrecentista es insalvable dado que su “crítica” se queda en un mero reciclaje del sistema, en un intento de poner a dieta a la bestia capitalista.

Entonces, cegados por ese posibilismo de lo que podríamos llamar el ecologismo dietista, el peligro de la propuesta es hacer creer a sus seguidores que el decrecimiento es viable sin tocar el sistema. En la medida en que se acepta tan acríticamente por parte de los incondicionales del antidesarrollismo la posibilidad de las sociedades con decrecimiento lento o sereno, como le gusta a Serge Latouche definirlas, el autor está reciclando, domando, adormeciendo, el “imaginario” de estas personas, o lo que yo llamaría el sedar la capacidad potencial subversiva, si es que había alguna, de tales personas y colectivos.

Por tanto, de lo que acabo de señalar, se deduce que no es posible ni deseable salvar el discurso decrecentista de sus errores de fondo. Y no lo hacemos desde una dialéctica de la ilustración, sino de analizar y entender la lógica de acumulación del propio capitalismo. Esto nos lleva a que el diseño de procesos que tengan una capacidad de transformación del sistema requiere de los sujetos sociales que deseen intentarlo la imperiosa necesidad de reubicarse más allá, y no dentro, de la lógica del capitalismo.

De aquí nuestra críticaa las teorías del decrecimiento.

José Iglesias es miembro del Seminario de Economía Crítica Taifa, de la Mesa Cívica por la Renta Básica, de la Asociación EcoConcern - Innovació Social, y pertenece a las llamadas gentes de Baladre /Zambra.