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Herencias del decrecimiento

Moisés Rubio Rosendo - La palabra inquieta

Hay alguna gente por ahí a la que le gusta caricaturizar el decrecimiento como esa idea estúpida que pretende hacer lo que ya consigue la crisis en favor de los beneficios capitalistas: reducir el PIB a base de empobrecer a la mayor parte de la población, mientras los recursos se concentran cada vez en menos manos. Son ganas de desviar la atención, así que ni caso.


Un debate más interesante está en la perspectiva científico ecológica del decrecimiento, una posición “de bandera”, que ondea, que se tiene a la vista, pero que es sólo eso: un dibujo en el aire que representa a quiénes navegamos en este barco. Latouche lo expresa de otra manera cuando dice que "decrecimiento" es sólo una palabra obús.

Es evidente que el planeta está ya mostrado sus cartas sin reparo, lo que nos da una oportunidad única para llegar a más gente e intentar conformar la masa crítica que provoque la transformación que necesitamos. Pero no trascender esa oportunidad ecológica nos puede llevar a una transición como la del setenta y ocho, más leyenda que realidad.

Y es que el problema ambiental es una consecuencia del productivismo desaforado, denominador común del capitalismo y el socialismo; y éstos no son más (ni menos) que una herramienta de un sistema cultural determinado al que pusimos el nombre de “Modernidad”, una forma específica de comprensión de la realidad... Y si abordar el problema ambiental sin cuestionar el capitalismo es como tratar con aspirina un tumor cerebral, si no confrontamos la Modernidad, nuestro entramado cultural, ese espacio común en el que productivismo, socialismo y capitalismo cohabitan, difícilmente podremos sumar logros a nuestras reivindicaciones.

Pero la cuestión aquí se plantea compleja, porque en cualquier cultura todos los cabos pertenecen al mismo ovillo: tires de donde tires todo entra en juego, todo está interrelacionado. Y, a grandes rasgos, nuestra cultura se autodefine por su idea de progreso, el conocimiento científico y el reconocimiento del individuo; se ha organizado en las instituciones del estado (democráticos o no) y del mercado y ha escondido en el sótano sus aficiones antropo, andro y etnocéntricas. Pero todo ello es parte de una misma cosa, esa que hemos llamado Modernidad: el estado es antropocéntrico e individualista, la ciencia es androcéntrica y capitalista y el progreso es etnocéntrico. O dicho de otra manera: el estado es capitalista y etnocéntrico, el individuo androcéntrico y cientificista, y el progreso es antropocéntrico. O mejor, el estado es el mercado y el mercado es la ciencia y el individuo es progreso y el progreso antropocéntrico... Total, que ¡o todo o nada! No hay forma posible de tirar de un cabo sin vernos obligados a reconsiderar el conjunto del ovillo.

En este sentido, como pasa con el “Buen Vivir”, considerar nuestras tradiciones “ancestrales”, las de los movimientos sociales emancipatorios, puede darnos muchas pistas de hacia donde podemos ir: anarquismo, antimilitarismo, ecologismo y feminismo, con sus logros, errores y derrotas han ido descubriendo y confrontando las perversiones de nuestro modelo cultural. De hecho, yo, si hoy todavía puedo sentirme orgulloso de ser europeo (occidental) es por el recuerdo, el legado y la creatividad de todas esas gentes que abrieron en canal la Modernidad para que podamos parir otro paradigma.

Por suerte, hoy día, una comunidad de cuidados, sostenible, autogestionada y que crea redes de confianza está utilizando ideas del feminismo (comunidad de cuidados), del ecologismo (sostenible), del anarquismo (autogestionada) y del antimilitarismo (redes de confianza). Por suerte porque dicha integración de conceptos le da a esa comunidad una mejor capacidad de respuesta ante las perversiones del sistema; pero no por casualidad, porque -lo sepa o no- nuestra comunidad favorita está bebiendo de nuestras tradiciones emancipadoras. No reconocerlo sería como dejar de honrar a los ancianos y ancianas, a quienes les debemos la vida y nos transmitieron sus saberes; pero aún peor es que nos aboca a no aprender de su experiencia.

Desde esta perspectiva, el decrecimiento es un espacio creativo y exploratorio que ha sabido hacer bandera de las premisas científicas que auguran el drama ambiental pero, sobre todo, es un espacio creativo y exploratorio en el que han confluido aquellas tradiciones y que puede darnos una respuesta emancipatoria integral a un sistema cultural que también lo es. 



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