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La confianza


En un mundo en el que cada vez se censuran más los gestos de amor o solidaridad hacia el prójimo y se premian y bonifican los codazos, empujones, pisotones y bofetones, que nos permiten imponer nuestro parecer y modo de actuación (Occidente sobre el resto del mundo, los países que disponen del derecho de veto sobre los que proponen con su voto, empresarios y banqueros sobre políticos, trabajadores y ciudadanos y así sucesivamente…), parece cuanto menos simpático que quienes gobiernan nuestros destinos (que tienen rostro, pero lo ocultan a su conveniencia) nos reclamen, a través de sus medios (políticos sumisos a sus intereses o mediante un excepcional manejo de los medios de comunicación de masas), la consabida confianza en sus fines (la presunta solidez del sistema financiero mundial).

Si nos remontamos a la consabida caída del muro de Berlín en noviembre de 1989 y el derrumbamiento de su antítesis socialista (de carácter simbólico dada la pervivencia de la ideología de impronta marxista entre considerables sectores activos de la sociedad), el capitalismo se vio súbitamente arrojado a una situación de hegemonía, en la que tan sólo habría de esforzarse para dotarse, bien de argumentos sólidos, bien de enemigos emergentes (o, mejor aún, de ambos), a fin de garantizarse a sí mismo un camino expedito para expandir sus dominios en una lógica de crecimiento sin acotar y a bajo coste.

Nos quedamos huérfanos de un estado poderoso y burocratizado que administrara la riqueza, los bienes y servicios antaño públicos y unos y otros pasaron a integrarse, en tanto que mercancías, en una economía de comercio global, cuya libertad está amparada por la supremacía de los habitantes del Norte que, para permitirse una vida de lujo y dispendio, expropiando sus recursos y expoliando su patrimonio a sus conciudadanos del Sur. El colonialismo, en sus más evidentes o sofisticadas versiones, es decir vestido de un traje de camuflaje mejor o peor confeccionado, actuando como garante del mantenimiento de un estilo de vida lesivo para la sociedad y dañino para el medio.

El capitalismo, eufemísticamente rebautizado con el apelativo de “economía de libre mercado” y con un núcleo receptivo de los llamados economistas neoclásicos y de políticos neoliberales y socialdemócratas conversos dispuesto a glosar los beneficios y virtudes que supondría para todos, se lanzó, cual Cid Campeador a lomos de Babieca, a la conquista de nuevas gestas. Con un noble discurso, en el que la supervivencia de la economía más apta, con claros tintes de dramatismo darwiniano, estimularía la mejora continua y resultaría provechoso para una mayoría.
Sin embargo, como en los prospectos farmacéuticos, olvidaron leer la letra pequeña, vital si quieren entenderse las adversidades de aplicar una determinada medicina. Esa en la que podía apreciarse que la aplicación del medicamento de crecimiento expansionista quedaba contraindicada para aplicarse en un marco de recursos limitados que recibe el nombre de biosfera, con una capacidad restringida para nutrir a la economía de materias y para absorber los residuos que esta generara en su metabolismo.

A pesar de este inoportuno contratiempo, los apóstoles de la fe en esta economía mantuvieron impune su cruzada, si bien asumiendo algunos costes. Se vieron en la obligación de impartir a las masas un conocimiento o dogma totémico que les permitiera entender y creer en que todo aquello repercutiría en el regocijo colectivo. Y así fue como el crecimiento del sacrosanto producto interior bruto fue ganándose un huequito en el corazón de la gente, que no dudó en creer que el consumo de lo que fuera y cuando fuera redundaría en un aumento del PIB y este a su vez crearía, por arte de magia, empleo y bienestar, con lo que la gente (los privilegiados entiéndase) viviría a sus anchas y podría permitirse seguir consumiendo y retroalimentado un ciclo sin fin que todo lo comprende y que se auto regula solito.

Pero llegó el día en que esos recursos, sobre los que se sustentaba dicha economía, comenzaron a escasear y en especial uno que respondía al nombre de petróleo. Este había alcanzado su máxima cota productiva y difícilmente podría sostener todo aquello sobre su lomo por mucho tiempo.

Entonces, los defensores a ultranza del capitalismo y principales beneficiarios del mismo, se echaron las manos a la cabeza y tras mucho cavilar, pensaron que el mejor conjuro que podrían invocar para perpetuar su situación de excepción, sería solicitar la confianza del populacho en su gestión. Al fin y al cabo, si hasta el momento lo habían realizado con eficiencia, ellos serían los más indicados para asumir la coyuntura futura, fuera esta cual fuera.

Y hasta la fecha actual, la confianza colectiva en los autores materiales del despropósito financiero ha sido uno de los activos más sólidos para la pervivencia de un sistema condenado a sobre exprimirse a sí mismo y a la base de recursos reales sobre los que reposa.

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