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Modernidad, desarrollo, interculturalidad y Sumak Kawsay o Buen Vivir

Mónica Chuji G.

[Ponencia presentada en el Foro Internacional sobre Interculturalidad y Desarrollo.
Uribia, Colombia, 23 de mayo de 2009.]

Como todos sabemos, a inicios del mes de marzo de 2007, los fondos de inversiones en hipotecas subprime de Bear Stearns colapsaron y dieron origen a una de las crisis financieras y económicas más profundas de las últimas décadas. Este hecho sucedido en la economía mundial y me parece pertinente para problematizar la globalización, el desarrollo y la interculturalidad mencionar este hecho.

En efecto, la crisis mundial originada en los países más ricos, que forman parte del llamado G7, ha implicado la intervención del Estado para evitar el colapso de los mercados financieros globales. En lo que va en estos dos años y medio, desde el estallido de la crisis, los países del G7 han destinado cerca de 5 billones de dólares a los mercados financieros y han reconocido la necesidad de establecer mejores mecanismos de regulación y control financiero.

Ahora bien, cinco billones de dólares es una cantidad demasiado grande como para ser siquiera imaginada. En el año 2007, el producto nacional bruto de Estados Unidos fue de 13,86 billones de dólares. Podemos imaginar entonces que en estos dos años, se destinó a los mercados financieros alrededor de un 40% del monto de la riqueza total de Estados Unidos.

Es una paradoja de los tiempos que las necesidades para superar la pobreza mundial y cumplir con los objetivos de desarrollo del milenio de las Naciones Unidas, para los países más pobres, no llegue a los 100 mil millones de dólares, una fracción insignificante en relación a lo destinado para salvar al sistema financiero mundial. Los montos para reducir la pobreza en el África son más modestos, no llegan a 55 mil millones de dólares. De la misma manera para dotar de servicios básicos a la población más pobres de América Latina, se habría necesitado de una pequeña fracción de los recursos que se destinaron a los mercados financieros. De hecho, en EEUU, la administración Bush vetó un proyecto de ley para dar salud gratuita a los niños, en un programa que costaba alrededor de 6 mil millones de dólares. El argumento de la administración Bush fue que no había recursos para financiar este programa de salud pública. Días después, la misma administración Bush estaría ejerciendo presión al Congreso norteamericano para destinar billones de dólares en salvatajes bancarios.

Estos hechos me parecen pertinentes porque permiten clarificar la distancia que hay entre los discursos y las realidades del poder, y al mismo tiempo demuestra que muchos de los discursos actuales son más un mecanismo de colonización ideológica y epistemológica, que discursos que tengan alguna validez social y científica. Quiero referirme de manera especial al discurso de la globalización.

Durante las dos últimas décadas fuimos testigos de la forma por la cual se construyó el discurso de la globalización como un discurso que cerraba el horizonte de posibilidades humanas a las coordenadas de los mercados y de los agentes económicos. Los Estados, el sistema de Naciones Unidas, la cooperación internacional al desarrollo, las instituciones multilaterales, todas ellas, empezaron a pensar, hablar y proceder en función de la globalización, la eficiencia de los mercados, y la pobreza como un fenómeno estrictamente económico y asociado al consumo. Ahora bien, vemos como esa realidad construida desde el discurso de la globalización finalmente fracasó y está conduciendo a la humanidad a una crisis sin precedentes. Sin embargo, los discursos parecen no haber sido afectados por la realidad. Hay una crisis mundial que ha obligado a la humanidad a realizar un ejercicio enorme para salvar a los bancos, porque los cinco billones de dólares son una factura que finalmente la pagaremos todos, pero los discursos y las ideas siguen enunciándose como si nada hubiese sucedido.

Si la globalización fracasó, si los mercados fracasaron, es normal, en cualquier circunstancia, que los discursos que legitimaron y sustentaron a la globalización y a los mercados, empiecen también a cambiar y acusen recibo de la crisis mundial. Pero seguimos hablando de la globalización como si nada hubiese cambiado en estos últimos años. Como si la crisis fuese un fenómeno circunstancial y circunscrito a pocos países y como si la factura de cinco billones nada tenga que ver con nosotros. Esta actitud de colonialismo teórico tiene un lado ético: procedemos como si fuese absolutamente normal que se destinen cinco billones de dólares para salvar a los bancos y no nos inmutamos que no gastemos un centavo para superar la pobreza, la discriminación, la violencia.

Por ello, hablar de globalización, cuando el mundo entero está sufriendo las consecuencias perversas de los mercados, me parece más un acto de cinismo y de connivencia con el poder. Entonces, considero pertinente que empecemos a mantener distancias críticas con esos discursos legitimadores del poder. La crisis mundial nos está demostrando que un sistema que decide proteger a sus mercados más que a los seres humanos que la conforman, es un sistema enfermo, un sistema que debe ser relevado por la historia.

La crisis mundial me permite poner en relieve otro tema que me parece importante y que tiene larga data en el discurso moderno: el discurso del desarrollo. Pienso que la globalización y la crisis son la manifestación de algo más profundo y que hace referencia a la episteme misma del sistema. Es la noción de que el hombre está separado de la naturaleza y que debe utilizar a la naturaleza y a los demás seres humanos como instrumentos para lograr fines egoístas. Esta utilización a la naturaleza, sin ningún tipo de consideración ética, y que se revela absolutamente pragmática, es propia del ser moderno. Esta dimensión de egoísmo y de individualidad, también es propia del ser moderno. En el siglo XIX nació la utopía de ese ser moderno bajo la forma de progreso.

La ideología del progreso se ha revelado perversa. Las guerras y los campos de concentración constituyeron una clausura del discurso del progreso, pero no de la idea del progreso. Esta idea se va a transformar en la noción moderna de desarrollo. Sin embargo, el desarrollo es tan perverso como lo fue en su tiempo la idea del progreso. Quiero advertir dos dimensiones de la perversidad del discurso del desarrollo: la primera hace referencia a la relación del hombre con la naturaleza que en el discurso del desarrollo es puramente instrumental y que ahora amenaza con convertirse en un problema de sobrevivencia de la especie humana. La segunda dimensión hace referencia a la subordinación de la ética al crecimiento económico: si para crecer en términos económicos es necesario borrar de la superficie del planeta hasta el último árbol, la noción de desarrollo no tiene impedimentos.

Por ello necesitamos superar las nociones de modernización, desarrollo y crecimiento económico por una forma de vida convivial, respetuosa y armónica. Los pueblos indígenas tenemos ese conocimiento, tenemos esa práctica, tenemos ese legado que viene desde nuestros ancestros, y la queremos compartir con todos: se trata del sumak kawsay traducido al castellano el buen vivir o vida en armonía.

Poco a poco, el concepto del sumak kawsay ha empezado a emerger de la invisibilización de la que fue objeto por más de cinco siglos. El sumak kawsay es la alternativa al progreso, al desarrollo, a la modernidad. Es una noción que quiere recuperar esa relación armoniosa entre los seres humanos y su entorno. Entre la humanidad y sus semejantes.

El sumak kawsay no es el retorno al pasado ni a la edad de piedra, ni a la época de las cavernas, y tampoco reniega de la tecnología ni del saber moderno, como lo han argumentado los promotores del capitalismo. El sumak kawsay se inscribe en el debate sobre el destino que deben tener a futuro las sociedades y los seres humanos. Para el sumak kawsay lo fundamental son los seres humanos, no los mercados ni los afanes productivistas del crecimiento económico. Por ello, el sumak kawsay plantea que para salir de la visión productivista hay que entrar en un proceso de decrecimiento de la producción de cosas para entrar en un proceso de crecimiento humano medido no en términos de cosas, sino en términos humanos. En ese contexto las nacionalidades y pueblos indígenas necesitamos reivindicar nuestra autodeterminación, para profundizar y extender las prácticas del buen vivir hacia la sociedad.

El planeta está enfermo. Las selvas, los bosques, los ríos, las montañas, están agonizando. El modelo que hemos creado, el modelo de desarrollo, de crecimiento de mercados, de egoísmos competitivos, de globalización de mercados, nos está conduciendo a una catástrofe ambiental de impredecibles consecuencias. Quisiera exagerar, pero los datos nos indican que los niveles de contaminación ambiental empiezan a cruzar los niveles críticos e irreversibles. Al lado de la catástrofe ambiental está la catástrofe humana que está produciendo el actual sistema: pobreza, inequidad, violencia, confrontación. El sistema no da más. Está agotando sus posibilidades históricas y es preciso que empecemos a pensar en las alternativas. El Buen Vivir, como parte de un Estado Plurinacional, es la alternativa para evitar la catástrofe humana y ambiental del capitalismo.

Esto me permite finalizar con una reflexión a propósito de la interculturalidad en un plano diferente: aquel del diálogo civilizatorio. Pienso que la interculturalidad debe ser puesta en la dimensión de ubicar puentes en la transición civilizacional. Es decir, la interculturalidad debe ser la forma por la cual conservemos lo mejor de este sistema, para ir transitando hacia un nuevo sistema que supere de manera definitiva al capitalismo y a la modernidad. Vista de esta manera, la interculturalidad se convierte en una de las formas más convenientes para superar el desarrollo y transitar hacia el sumak kawsay.

La interculturalidad debe abrir ese diálogo civilizatorio. Debe permitir la comprensión de los valores éticos de la modernidad que pueden ser rescatables con aquellos valores éticos de los pueblos y naciones indígenas. Debe convertirse en una apuesta de la humanidad por resolver los problemas que la confrontan.

La interculturalidad debe ser la base desde la cual empezar ese diálogo de saberes con miras a, y es literal, salvar a la humanidad del capitalismo y de la modernidad. Puede ser que suene utópico, pero la utopía es uno de los valores más bellos de la modernidad. Es necesario rescatar esos valores y empezar ese trabajo de todos en el cual vayamos, como decía la líder indígena ecuatoriana Dolores Cacuango, sembrando de paja de páramo al mundo, porque la paja de páramo por más que le arranque vuelve a crecer.

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