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Floren Marcellesi: Seguir creciendo así nos llevará al colapso ecológico

María Cappa - La Marea

“El crecimiento es el problema, no la solución“. Esta podría ser la síntesis de Adiós al crecimiento. Vivir bien en un mundo solidario y sostenible (El Viejo Topo, 2013), escrito por Jean Gadrey (economista y miembro del consejo cientifico de ATTAC Francia), Borja Barragué (investigador de la UAM y miembro de Ecopolítica) y Florent Marcellesi (activista ecologista, teórico de ecología política y coordinador de Ecopolítica) que se presentó el pasado 3 de diciembre en Madrid.

Solamente el crecimiento podrá garantizarnos las pensiones, darnos trabajo, proteger el medio ambiente y, por tanto, hacernos felices. ¿Es esto cierto? ¿Es el crecimiento la única vía para salir de la crisis? ¿Es, acaso, una salida a la crisis? Cuestionar esta afirmación, que parte de la opinión pública ha aceptado como cierta, y proponer una solución real, viable y sostenible son dos de los objetivos que Marcellesi, junto con los otros dos autores del libro, se ha marcado como punto de partida hacia el cambio social global. Un cambio que Marcellesi tratará de hacer efectivo en Europa, ya que acaba de anunciar que se presenta como candidato a las primarias de Equo con vistas a encabezar la lista de este partido en las elecciones europeas de 2014.

Cuando los expertos económicos, los altos cargos políticos o los grandes medios nos hablan de crecimiento, ¿a qué se están refiriendo?

Hablan del crecimiento del PIB. Es decir, de los intercambios monetarios que se dan y que supuestamente crean riqueza. Sin embargo omiten las riquezas sociales o ecológicas que no tiene en cuenta el PIB. Ni tampoco te cuentan que el crecimiento del PIB tiene un montón de problemas, como puede ser la depredación de los recursos naturales. Este crecimiento no tiene en cuenta los limites ecológicos del planeta, que es algo gravísimo porque solamente tenemos uno. Como decían en el 15M, no tenemos “planeta B“. Por tanto, no podemos seguir creciendo así porque nos llevará al colapso ecológico. O sea, a la crisis energética, a la climática, a la de biodiversidad y a la alimentaria.

Y al mismo tiempo, si no crecemos, en una sociedad como esta, hablamos de crisis social: más paro, más, pobreza y más desigualdad. Ahora mismo los ricos son más ricos mientras hay cada vez más pobres. Estamos en un momento en el que hay un socialismo de Estado para los ricos y un capitalismo salvaje para los pobres. Estamos en un dilema complicado donde hay un colapso social y otro ecológico, por lo que hay que encontrar una tercera vía; una vía donde la posteridad no dependa del crecimiento, sino que se base en vivir bien dentro de los limites ecológicos del planeta.

O sea, primar la calidad de vida frente al nivel de vida.

Claro, es que vivir bien no significa tener más bienes materiales. Si una familia ya tiene un coche, tener otro no tiene por qué aumentar su nivel de bienestar. Tenemos que contar mucho más con los bienes relacionales que con los materiales porque, al final, ¿qué te crea bienestar? Estar con tus amigos, tener las necesidades básicas cubiertas… Lo que nos hace seres humanos, que son las relaciones sociales, y es importantísimo, especialmente en una sociedad donde ya tenemos más que cubiertas las necesidades materiales.

Bueno, una parte de la sociedad. Hay otros que no saben lo que es comer todos los días, por ejemplo en África.

Aquí tenemos que tener cuidado. Al hablar de Norte y Sur hay que diferenciar entre los países del norte y del sur pero también hay que ser conscientes de que en los países del sur existen élites que viven incluso mucho mejor que los ciudadanos medios del norte. Por eso en Cooperación al Desarrollo solemos hablar de países del norte global, que incluye a esa gente del sur que vive muy bien. Lo que sí que queda claro es que estamos creando un mundo dual, cada vez más desigual, done hay una minoría que vive cada vez mejor en cuanto al nivel económico y, a la vez, una gran masa de personas que se ve empobrecida por la crisis. Por la económica y por la ecológica.

En alguna ocasión ha dicho que el concepto de “crecimiento“ es como un dogma que no puede contradecirse.

Digo que es un dogma porque es un principio de fe que no se puede cuestionar. Está en todas las bases teóricas de la economía política Incluso los economistas políticos que aparecen en los grandes medios te dicen que tiene que volver el crecimiento porque es la única forma de que vuelva el bienestar. Dicen que es la base de la sociedad porque sin crecimiento no hay empleo, sin empleo no hay salarios, sin salarios no hay consumo y sin consumo no hay producción y, por tanto, no hay empleo. La falacia aquí está en eso mismo que decíamos al principio, y es que, en los países del norte, más crecimiento no significa mayor bienestar. De hecho, por encima de los 15.000 dólares por habitante no existe una correlación ni negativa ni positiva entre aumento de crecimiento y aumento del bienestar. Es decir, que si alguien te cuenta que como está subiendo el PIB va a aumentar el bienestar, te está mintiendo.

¿Y a quién perjudica que se cuestione este dogma de fe?

Básicamente a los oligopolios. Como estamos viendo, esta crisis está enriqueciendo a esa élite minoritaria que ahora tiene más dinero que hace cinco años. También vemos que han aumentado las ventas de los productos de lujo. Decir que se puede prosperar sin crecer supone una redistribución radical de las riquezas, porque la forma de tener una buena vida para la mayoría implica el reparto de la riqueza. Esto supone subir los salarios más bajos y bajar los más altos. Por tanto, ¿quiénes son los primeros perjudicados? Claramente los multimillonarios, ese 1% que acapara la mayor parte de la riqueza. Pero hay que tener en cuenta que esos “perjudicados“ constituyen un pequeño porcentaje de la sociedad. Y nosotros, ¿qué queremos? ¿Bienestar para la gran mayoría de la población o solo para esa minoría que está viviendo muy por encima de sus posibilidades?

Cuando se habla de “redistribución de la riqueza“ se relaciona con ideologías como la socialista o la comunista que, a su vez, están asociadas a ese tópico asumido de que lo que persiguen es que todos seamos igual de pobres.

Lo complicado, creo, está en saber cuáles son las necesidades de una sociedad y qué necesidades puedes cubrir dentro de los límites del planeta. Esta es la gran aportación que hace la ecología política. Es decir, por ejemplo, el comunismo habla de que todos tenemos que tener nuestras necesidades básicas cubiertas, pero la ecología política añade a esto la pregunta de qué recursos tenemos para poder satisfacerlas. Y, sobre la base de estos recursos, saber qué tipos de trabajos tenemos que realizar y cómo distribuimos la riqueza para poder cubrir las necesidades sociales de una manera real.

En el fondo estamos hablando de una cuestión democrática porque, ¿cómo definimos entre todos las necesidades que tenemos? ¿Lo va a imponer el Gobierno, lo vas a hacer tú por tu cuenta? No. Lo tenemos que redefinir como sociedad. Tenemos que establecer qué es la riqueza, para qué estamos trabajando, por qué estamos consumiendo y produciendo.

Aquí ya vamos dibujando, democráticamente, un sistema donde hay límites por abajo y límites por arriba. Esto es fundamental. Límites por abajo porque con todas las riquezas que hemos creado es imposible, es indecente, que haya personas que vivan en la pobreza. Para ello, por ejemplo, habría que establecer una renta básica para la ciudadanía. Pero no es suficiente. Si no hay limites por arriba no estás teniendo en cuenta que solo hay un planeta, por lo que habría que fijar una renta máxima, como acaban de votar ahora en Suiza. Que no ha salido adelante, porque con el establecimiento de este límite solo ha estado de acuerdo el 35% de la población, pero que sí es bastante. Hay gente que dice que hemos perdido en Suiza porque la limitación no ha salido adelante, pero yo creo que no, que no hemos perdido. Hay un 35% de la gente que está dispuesta a que haya un límite máximo en las rentas.

A pesar de las campañas que ha debido haber en contra…

Eso es. Hablamos de la propaganda del Gobierno, de los partidos más importantes, de las empresas, de los patrones y de Nestlé, que tiene un poder importantísimo en Suiza. Y a pesar de todos ellos, hay un 35% de la población que ha querido fijar ese limite máximo. Es decir, que estamos en un momento muy interesante para plantear el límite inferior para que todos podamos vivir con nuestras necesidades básicas cubiertas, y el superior, porque son quienes más tienen los que más contaminan y los que más consumen, mientras que los que menos tienen son los que, además, no pueden acceder a una vida ecológica, que es más cara.

¿Una vida ecológica es más cara?

Sí, puede ser más cara, pero lo voy a matizar. Es verdad que los productos ecológicos son más caros. Pero, ¿por qué? Porque incluyen más trabajo, más mano de obra, incluyen un respeto al medio ambiente y porque los demás productos, justamente, no incluyen todos los impactos negativos que pueden tener o bien sobre los seres humanos o bien sobre la naturaleza.

Además, hay que tener en cuenta que, si quieres tener una forma de vida más ecológica y más económica, tienes que cambiar tus hábitos. Por ejemplo, una vida basada en el consumo de carne diario, no solo es más caro sino menos ecológico. Los países del norte consumimos carne muy por encima de las necesidades que tenemos los seres humanos y, de hecho, esto genera graves problemas de salud. Por tanto hay que tener en cuenta tres cosas: reconocer que los productos ecológicos pueden ser algo más caros, que los que no lo son no tienen en cuenta lo más básico a nivel social y que, para bajar los precios de tus productos, tienes que cambiar tu forma de vida.

¿Y no hay una forma de rebajar ese coste?

Sí, muchas. Por ejemplo, a través de los grupos de consumo de producción. Estos grupos los forman personas, informalmente o de forma cooperativista, que compran directamente a un productor ecológico, de forma que tienen una cesta de productos cada semana sin intermediarios. Esto es muy importante, porque al evitar a los intermediarios puedes reducir un poco el precio ya que te has quitado del medio al “coyote“ que se queda con parte del dinero. Vamos, lo que hacen las grandes superficies que, además de ofrecer productos de mala calidad al consumidor, empobrecen al productor. Por tanto, los grupos de consumo conllevan a rebajar los precios y también a tener una vida más ecológica y más placentera, que al final es lo que buscamos todos.

Pero todo esto de lo que habla, estos nuevos hábitos que deberíamos adquirir, supone que la sociedad tiene que volver a estructurarse de nuevo, empezar de cero.

No, no, nunca se empieza de cero. Siempre empiezas desde la sociedad en la que estás. En este caso, una que ni es justa ni es sostenible. A partir de esto hay que reconstruirla, pero empezar de cero no.

¿Cómo se reconstruye, cuáles son los pasos?

Primero hay que cambiar individualmente, si no difícilmente vas a ser coherente contigo mismo y exigirle a nadie que cambie nada. Pero solamente esto no es suficiente. También hace falta un cambio colectivo, que pasa por recuperar y ejercer el poder que está en nuestras manos. Esto se puede lograr a través de cooperativas como MásPúblico en información, como Som Energía en cuanto a energía, como SostreCívic en vivienda… O sea, hay que juntarse con otras personas y ejercer nuestro poder de forma colectiva.

Y además, para el cambio sea global, también tienen que cambiar las instituciones. Estos cambios que comienzan desde abajo tienen que encontrar afinidades en las instituciones para poder contar con un marco regulatorio que vaya en el mismo sentido que lo que hacemos desde abajo. Es muy importante tener esto en cuenta y ser conscientes de que ambos sectores están vinculados, porque al igual que un cambio de mentalidad puede cambiar la estructura, un cambio de estructura también puede cambiar la mentalidad.

Imagine que esta entrevista la está leyendo la señora Matilde, que tiene 80 años y vive en su barrio de Madrid de toda la vida. Y lo que está leyendo le convence. ¿Cómo puede contribuir ella, desde su lugar, a este cambio social?

Hombre, como consumidora o como votante, puede hacer cosas muy simples. Por ejemplo, en vez de ir a comprar a los supermercados o a las grandes superficies, puede ir a comprar a las tiendas de su barrio. Esto es muy fácil de hacer y, además, crea empleo. Hay que saber que, por más que se venda lo contrario, las grandes superficies destruyen empleo. Donde se crea trabajo es en los barrios, a nivel local. Estas son cosas que todos podemos hacer y que no implica un cambio en tu vida tan grande como parece.

Pero las personas mayores tienen muchas más cosas que pueden aportar a la sociedad; por ejemplo su experiencia. Tenemos tendencia a olvidar el pasado y a no querer aprender de las generaciones anteriores. Por eso precisamente me gusta tanto el tema de los huertos urbanos, porque es un lugar donde se producen intercambios generacionales. A estos huertos va gente de 20 años que no sabe cómo se planta un tomate, que no sabe qué fruta es de cada temporada… Y una persona mayor, que sí que ha vivido en el campo, puede enseñarles mucho. O sea, que tienen un papel fundamental en el cambio.

En España, tradicionalmente, se ha asociado la ecología con la izquierda más que con la derecha. ¿Por qué?

Yo creo que por buenos y por malos motivos. Antes quiero aclarar que la ecología política es autónoma, no se puede reducir a la socialdemocracia, al comunismo o a ninguna otra ideología. La ecología política es una ideología independiente. Una vez dicho esto, también hay que reconocer que tenemos una lucha común con otros movimientos. Cuando hablamos de justicia social hay que saber reconocer que existen bastantes similitudes con las ideologías más asociadas a la izquierda y que pasan por defender a los más pobres. Y, justamente, reconociendo los nexos que podemos tener con los demás es como se puede construir, a largo plazo, la mayoría social, que es fundamental.

Pero, como te decía, también ha habido malos motivos para que parte de la izquierda incorporara la ecología política a sus programas. Y son los intentos de fagocitación por parte de algunos movimientos políticos que hablan de lo verde como si fuera una marca para poder ganar masa electoral. De hecho, creo que España ha sido el país en el que más se ha vivido esto. Y digo que son malos motivos porque lo que hace una democracia más fuerte es que todos los movimientos políticos se puedan expresar y puedan buscar sus afinidades desde su particularidad, para poder así construir estas mayorías sociales tan importantes. Si tenemos este respeto entre diferentes agrupaciones políticas y movimientos sociales puede ser muy potente el cambio. Por tanto, creo que tenemos que seguir avanzando y respetar ese espacio verde, porque este espacio verde puede aportar muchísimo a la transformación social y ecológica de esta sociedad.

Acaba de anunciar que se va a presentar como candidato a las primarias de Equo para las elecciones europeas de 2014.

Sí, a ver. Lo que hace Equo, que forma parte del Partido Verde Europeo, son primarias abiertas a la ciudadanía para poder elegir a las personas que integrarán su lista. Esto se hace en dos vueltas. En la primera, cualquiera se puede registrar, hasta el 12 de diciembre, para poder votar.

Registrarse qué significa, ¿afiliarse a Equo?

No, no. Son elecciones abiertas. Cualquier ciudadano que se registre en la web puede votar, da igual que sea afiliado o simpatizante. Y creo que es importante porque, si no me equivoco, Equo es el único partido que está haciendo algo así. Y yo animo a la gente a que se registre y que vote. ¿Ves? Estas son las pequeñas cosas que todos podemos hacer y que, si bien no implican grandes cambios en tu vida, sí suponen una herramienta de participación política muy potente.

En estas votaciones de la primera vuelta se ordena a las personas que integran la lista. Y de esa primera vuelta saldrán cuatro personas que se votarán en la segunda, que será en marzo, y donde se elegirá al que encabece la lista de Equo para las europeas. Y finalmente habrá una tercera vuelta que ya será la oficial, la de las elecciones europeas, que serán en mayo de 2014.

¿Y cuáles son sus propuestas? Lo digo porque hay parte de la opinión pública que cree que los partidos verdes solamente se preocupan por plantar árboles pero no por asuntos que los afecten en su día a día como las pensiones, el paro, la sanidad…

Yo a esa gente la invitaría a conocer al Partido Verde Europeo, que tiene 50 eurodiputados y es la cuarta mayor fuerza política del Parlamento Europeo, cosa que no sucedería si solo pensara en plantar árboles. Por ejemplo, es el grupo más activo en temas como controlar a la banca, poner fin a los paraísos fiscales, es el grupo puntero en la lucha contra el cambio climático… De verdad, animaría a la gente a conocer un poco más en profundidad a este tipo de partidos y saber qué es la ecología política.

¿Y qué es la ecología política?

Por hacer una definición breve, diría que es aquella que propone justicia social y ambiental en el norte y en el sur para las generaciones presentes y futuras y de forma armónica con la naturaleza. Creo que esta definición es la más global que hay actualmente en lo que respecta a las ideologías, porque miramos a las personas pero lo hacemos dentro de su entorno ambiental. Ojo, que es muy importante -y volvemos a lo que hablábamos al principio de la entrevista- porque supone vivir bien pero dentro de los límites ecológicos. Si entendemos esto, se entenderá también por qué tenemos 50 eurodiputados. Y es que somos capaces de tener un discurso global, profundo, social, ecológico, económico y político sobre todos los aspectos que tienen que ver con el día a día de los ciudadanos.

Vale y ahora, ya con los conceptos claros, volvamos a la pregunta: ¿Qué propone para Europa?

Ahora mismo tenemos un problema, no tanto con la idea de Europa en sí, sino con las medidas que llevan los políticos a Europa, en este caso la Troika. Es muy importante no confundir la esencia de Europa con su política. Es como decir que uno quiere salirse de Madrid por las medidas que toman Ana Botella o Ignacio González. Lo que hay hacer que hacer es cambiar a los políticos que implantan estas medidas.

Y yo propongo girar hacia una Europa social, solidaria y ecológica. Es decir, hacia una Europa que sea el espacio adecuado para enfrentarnos a los retos globales que tenemos. ¿Quién se puede enfrentar al cambio climático, que es global? ¿Quién se puede enfrentar a las multinacionales? ¿Quién se puede enfrentar a los paraísos fiscales? Europa. Y, de hecho, algo se está haciendo, lo que pasa es que la gente no lo sabe. Hace 70 años que, dentro de Europa, no se ha vivido una sola guerra. Esto es un hecho histórico y único para cualquier generación de Europa, y tenemos que preservarlo porque es un legado muy importante.

Por supuesto también tenemos que eliminar las políticas de austeridad y creo que sobre la base de cuatro pilares fundamentales. Primero, reinventar Europa desde la paz y la solidaridad y, segundo, imaginarla como el motor de la transición ecológica de la economía. Además, hay que regenerar la democracia europea; de hecho, propongo un proceso constituyente, que la ciudadanía pueda recuperar Europa, para decir cómo la quiere y hacia dónde quiere que vaya. En mi caso, yo quiero ir hacia una Europa Federal que respete las diferentes culturas y tradiciones de los países pero que establezca unas bases mínimas desde las que poder gestionar los problemas transfronterizos. Y el cuarto pilar será la defensa de los Derechos Humanos. O sea, justo lo contrario de lo que se está haciendo en Melilla con las concertinas.

Pero todos estos cambios no van a ser posibles si no se exige que ciertas personas dejen de liderar las instituciones europeas. Por ejemplo Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, que fue el que maquilló las cuentas de Grecia y hundió al país y ahora nos da lecciones de economía a todos.

Por supuesto, es que también estamos hablando de un cambio político. Pero no solamente de los que ocupan cargos políticos en Europa, también son los de España, los de Francia… Esto que no se nos olvide. Mariano Rajoy dice muchas veces que le han impuesto medidas desde Europa, pero ¿quién toma las decisiones? Los 28 jefes de Estado de los países que forman parte de la UE, Rajoy incluido. Por eso es tan importante hablar de un de un cambio de ideología y no limitar esos cambios a una determinada serie de personas. Y esto se hace sobre la base de cambios políticos. Por ejemplo, una de las cosas que nosotros queremos es que el presidente de la Comisión Europea venga del grupo político más votado de Europa. Porque un espacio democrático es un espacio político. Si no creamos una mayoría social se van a seguir haciendo las mismas políticas en Europa, pero también en España y en Madrid, porque mucha diferencia entre política europea y política local, ahora mismo, no hay.



¿Por qué Google no encuentra la palabra democracia en la Constitución Española?


Preámbulo

La Nación española, deseando establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran, en uso de su soberanía, proclama su voluntad de:

¿Cómo puede una Nación ‘desear’ o tener ‘voluntad’, cuando éstas son facultades humanas?

Art. 1.2

La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado

¿Por qué los poderes no los ostenta el pueblo?

Art. 2

La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española

¿Por qué es indisoluble la Nación española?

Art. 3

El castellano es la lengua española oficial del Estado.

¿Por qué del Estado, si quienes hablan son las personas?

Art. 8

Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.

¿Por qué las Fuerzas Armadas y no el pueblo?

Art. 33

Se reconoce el derecho a la propiedad privada y a la herencia

¿Por qué hay que reconocerlo?

Art. 35

Todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo

¿Por qué es obligatorio trabajar?


Art. 55

Los derechos reconocidos en los artículos 17, 18, apartados 2 y 3; artículos 19, 20, apartados 1, a) y d), y 5; artículos 21, 28, apartado 2, y artículo 37, apartado 2, podrán ser suspendidos cuando se acuerde la declaración del estado de excepción o de sitio en los términos previstos en la Constitución. Se exceptúa de lo establecido anteriormente el apartado 3 del artículo 17 para el supuesto de declaración de estado de excepción.

¿Si son derechos, por qué se pueden suspender?

Art 56

El Rey es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia

¿Por qué tiene que haber rey?

Art.117

La justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey por Jueces y Magistrados integrantes del Poder Judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley.

¿Quién elige a los jueces?

Art. 168

1.Cuando se propusiere la revisión total de la Constitución o una parcial que afecte al Título preliminar, al Capítulo II, Sección 1.ª, del Título I, o al Título II, se procederá a la aprobación del principio por mayoría de dos tercios de cada Cámara, y a la disolución inmediata de las Cortes.
2. Las Cámaras elegidas deberán ratificar la decisión y proceder al estudio del nuevo texto constitucional, que deberá ser aprobado por mayoría de dos tercios de ambas Cámaras.
3. Aprobada la reforma por las Cortes Generales, será sometida a referéndum para su ratificación.

¿Por qué la revisión de la Constitución exige mayores requisitos que su aprobación?


Además me pregunto. ¿Por qué una constitución?

Porque Google no encuentra la palabra democracia en la Constitución Española

Agricultura y alimentación, nombre de mujer

Esther Vivas

Cuando hablamos de agricultura y alimentación, pocas veces hacemos referencia al papel clave que las mujeres han tenido y tienen en la producción, la distribución y el consumo de los alimentos. Como todo trabajo de cuidados, la comida ha quedado relegado al baúl de los invisibles. Pero, la agricultura y la alimentación tienen nombre de mujer, y es imprescindible visibilizar y dar valor a lo que comemos y a cómo comemos, señalando que esto es cosa de todos.

El cultivo de los alimentos, especialmente las huertas a pequeña escala, ha sido tradicionalmente un trabajo femenino. En los países del sur, todavía hoy, entre un 60 y un 80% de la producción de la comida se encuentra en manos de las mujeres. A pesar de esto, son las mujeres y las niñas, según datos de la FAO, las que más pasan hambre: un 60% del hambre crónica las golpea de lleno. ¿Por qué? Las mujeres trabajan la tierra, la cultivan, recolectan los alimentos, pero no tienen acceso a su propiedad, al crédito agrícola… y, consecuentemente, no reciben el fruto de lo que producen.

Pero no hay que ir a los países del sur para ver que el modelo agrícola y alimentario actual tiene un impacto negativo en las mujeres: aquí, cuántas campesinas han trabajado toda la vida en el campo y, en cambio, no han constado nunca en ningún papel, no han cotizado a la seguridad social. Vivimos en un sistema patriarcal que invisibiliza y no valora el trabajo de las mujeres. La agricultura y la alimentación son un ejemplo claro.

El modelo agroalimentario actual es irracional, no sólo porque se basa en alimentos kilométricos, cuando podríamos consumirlos de proximidad; acaba con la agricultura local, en lugar de defender un mundo rural vivo; apuesta por unas pocas variedades agrícolas, cuando se pueden recuperar tantas semillas antiguas; es adicto a los pesticidas y los transgénicos, con lo que ello implica para nuestra salud y la del planeta, en vez de invertir en agricultura ecológica … sino que, además, condena al hambre y al anonimato a las que tienen un papel central en la producción de la comida: las mujeres.

Cuando hoy emergen alternativas a una agricultura industrial e intensiva que ha fracasado, en ellas las mujeres tienen un papel central. Nueva agricultura y en femenino es la que encontramos en muchos lugares del territorio, donde mujeres campesinas, a menudo jóvenes, se ponen delante de la finca y apuestan por otra agricultura y alimentación que sitúa en el centro a las personas y a la tierra. Grupos y cooperativas de consumo en el que las mujeres tienen un peso clave. Experiencias de aprovechamiento y reciclaje de la comida, “fogones móviles” y cocinas populares, con mujeres al frente. Huertos urbanos, que ocupan solares y terrenos abandonados, con una presencia femenina importante.

Alternativas que reivindican la soberanía alimentaria, la capacidad de decidir, nosotros (campesinado y consumidores), sobre lo que se cultiva y lo que se come. Una alternativa que debe ser necesariamente feminista y apostar por la igualdad de derechos, reivindicando el acceso a los medios de producción de los alimentos (tierra, agua y semillas) en igualdad de condiciones, tanto para hombres como para mujeres.

Al recuperar el interés por lo que comemos, de dónde viene, cómo ha sido producido… damos valor, de nuevo, a algo tan esencial como la agricultura y la alimentación. La compra de la comida y la cocina en casa sigue siendo, en buena medida, territorio de mujeres. Un trabajo, a menudo, ni reconocido ni valorado, pero imprescindible, que sostiene el trabajo productivo, que sí valora el capital. Señalar su importancia, hacer que cuente, y dejar claro que es responsabilidad de todas y todos es el primer paso para empezar a cambiar las cosas y hacer que nuestras vidas sean más justas, sanas y, en definitiva, vivibles.


*Artículo publicado inicialmente en catalán en Etselquemenges.cat, 12/11/2013.

Prólogo del libro 'El crecimiento mesurado y transitorio en el sur'

PRÓLOGO
la palabra más importante
del diccionario es mesura.
si no fuera por la desmesura y vanidad
el mundo sería una balsa de felicidad, sin padecimiento de amargura, sin insatisfacción alienante1.
para alcanzar la sostenibilidad, la humanidad tiene que incrementar el consumo de los pobres del mundo y al mismo tiempo reducir la huella ecológica humana total. hacen falta avances tec nológicos, cambios personales y horizontes de planificación más largos. hace falta más respeto, atención y equidad por encima de las divisorias
políticas. conseguir esto llevará decenios, inclu so en las mejores circunstancias. ningún partido político moderno ha obtenido un amplio apoyo para un programa de este tipo2.

Meadows, Meadowsy Randers (2004)






SOBRE LA MESURA Y SU IMPORTANCIA

Creo que resulta muy conveniente insistir en las dos palabras, tal vez, más importantes del diccionario. Son mesura y usura, que resultan ser vocablos antípodas, pues la segunda, usura, junto con acumulación suponen la renuncia total de la primera.

La mesura es una herramienta indispensable para lograr un equilibrio social entre el Primer Mundo y los cinco mundos restantes, que llamaremos Los Otros Mundos. Herra-mienta que consideraremos y tendremos siempre presente a lo largo del siguiente texto.

Actualmente se ha instalado en el planeta Tierra una gene ralizada actitud de usura e insolidaridad humana sin límites. Una insolidaridad —espacial— del Primer Mundo con el resto. Y una insolidaridad —temporal— debida al despilfarro consu mista de los solventes del Primer Mundo con respecto a las generaciones futuras, que heredarán el desastre ecológico mundial que hoy estamos provocando con nuestra actitud de excesos y despilfarras. En este sentido, el sociólogo Zygmunt Bauman3 ha declarado: "Nuestros nietos pagarán la factura de nuestra orgía consumista. [...] Un 5% de la población mundial tiene el 33% de la riqueza, por lo que ningún país por muy rico que sea puede aportar una solución a este problema únicamen te por sí mismo. [...] Se invierte en países lejanos con niveles bajos de vida con el objeto de sacar provecho de esos entornos. En 1994 se produjo una crisis en México y en 1997 en Asia, en particular en Malasia. En 1998 se produjo una catástrofe en Rusia, al año siguiente fue la debacle en Brasil y en 2002, Argen tina entró en bancarrota. Todas estas situaciones fueron pro ducto de otras burbujas previas"4. Este autor nos viene a decir que durante las dos últimas décadas del siglo XX se vinieron desintegrando los lazos sociales vertebrados durante la segun da mitad del siglo pasado.

Y es que tanto el Norte como el Sur están enfermos de des mesura. En el Norte, de obesidad económica, y en el Sur, del raquitismo provocado por el expolio del Norte.

El desarrollo humano y la felicidad están indispensable mente condicionados a la calidad de vida, pues sin ella, aparece la carencia de satisfacción de necesidades humanas y por tanto carencia de felicidad y de desarrollo humano. En estas condi ciones, se comprende que la única forma de vencer a estas dos enfermedades sociales —obesidad y raquitismo— es mediante lo que podemos denominar la "herramienta de la mesura", expresada en dos conceptos diametralmente opuestos: creci miento y decrecimiento5.


El Norte tendrá que decrecer —solo sus solventes—, pero ten drá que hacerlo mesurada y transitoriamente para no llegar al extremo del raquitismo. Hay que abundar en que tal vez el mayor escollo para que el Norte consiga decrecer será que logre superar la adicción al crecimiento y al consumismo.

Considerado esto, vemos que los países de Los Otros Mun dos y las capas sociales insolventes del Primer Mundo tendrán que crecer. Pero tendrán que hacerlo de forma mesurada y tran sitoria para no caer en la obesidad.
En consecuencia, si las personas consumistas del Norte y las subconsumidoras del Sur quieren sanar de sus enfermeda des, el Norte tendrá que decrecer y el Sur crecer— me refiero en el sentido económico—, pero tendrán que hacerlo mesuradamen te. Ello porque si, por ejemplo, durante algún tiempo el Sur crece, aunque sea de forma mesurada, y el Norte sigue creciendo igual que lo está haciendo en la actualidad, se resentirá la huella ecológica y la capacidad de carga de la tierra. Si el Norte decrece, pero el Sur no crece, se seguirán sucediendo muertes masivas por hambruna y seguirá manteniéndose el raquitismo del Sur.

Por eso, tanto el decrecimiento del Norte como el crecimien to del Sur tienen que ser necesariamente mesurados, graduales y simultáneos.
Hay autores que declaran que el desarrollo humano se puede hacer sin crecimiento. Esto puede ser algo discutible, pues difícil mente se podrán desarrollar humanamente poblaciones en las que la mayoría de sus habitantes padecen de raquitismo físico y, en muchos casos, como consecuencia, también mental. Cualquier ser vivo, como vimos en el ejemplo de la mariposa6, primero necesita crecer —fase de larva— para luego parar su crecimiento y desarrollarse en toda su diversidad física e intelectual. No hay que vivir para comer, hay que comer para .vivir. No hay que vivir para crecer mucho, hay que crecer un poquito —y de forma limita da en el tiempo—, lo imprescindible para poder vivir y para poder tener un verdadero desarrollo humano.


LA TAN PREGONADA FELICIDAD DEL CRECIMIENTO ILIMITADO DEL NORTE

Según Clive Hamilton: "Existe en la actualidad un amplio conjun to de pruebas que arrojan serias dudas sobre la doble suposición de que un aumento del crecimiento económico incrementa el bien estar social y de que unos ingresos mayores mejoran el bienestar individual" . Pero en la realidad no es así, más bien al contrario; en los países más ricos, y con mayor crecimiento, la gente no es más feliz-, la gente tampoco es más feliz a medida que se enri quece. Y es que, ¿cómo se puede ser feliz en un mundo en el que para poder sobrevivir tienes que competir hasta la anulación de tu prójimo? Cuando lo que sucede es que una buena relación y cooperación es lo único que te va a aportar un estado de amor y de felicidad. En este mundo no puede crecer la felicidad ni el desarrollo humano.

En un mundo en el que para sobrevivir tienes que condenar tu alma durante al menos la mitad de su vida para las horas de trabajo; un trabajo totalmente enajenado y frustrante. Un mundo en donde tienes que entregarte a un consumismo que promueve la insatisfacción constante y por tanto la infelicidad.

En efecto, el consumista, que busca la felicidad con el con sumismo, funciona con el siguiente mecanismo: pone toda su esperanza depositada en determinado nivel de riqueza mate rial, pero una vez alcanzado este nivel el consumista experi menta una sensación de cierta insatisfacción —en buena parte promovida por el marketing— la cual, con la decisiva ayuda de, precisamente, el marketing, el consumista aspira superar a base de nuevos niveles de satisfacción. Y así, sigue aspirando a más elevados niveles de riqueza y de consumismo. Este ciclo ascen dente se repite indefinidamente, una y otra vez. Esto conecta con la necesidad de crecimiento indefinido. Paralelamente, exis te el "mono" de la competitividad con los demás. Competitividad que nunca acaba y que nunca termina de satisfacer del todo, pero que actúa como un catalizador del crecimiento y del consu mismo -productivismo.

El marketing promueve continuamente la insatisfacción del consumista —germen de la infelicidad— para que no deje ni un solo momento de consumir productos que no le son en abso luto necesarios, pero que sacian solo parcial y momentáneamen te una nueva pseudonecesidad o necesidad creada artificialmente, a su vez, por el propio marketing. Y es que el mercado y el creci miento necesitan indispensablemente crear consumistas insa ciables, consumistas infelices y competitivos. En esto consiste la gran "felicidad" tan pregonada por el Norte en pleno creci miento. Este fenómeno está muy bien expresado en una frase de Tim Flannery de elogio a Clive Hamilton: "Los sistemas econó micos y políticos mundiales nos han hecho unos ricos desgra ciados"8.
Y es que por la vía del crecimiento ilimitado y del desarrollismo no se encontrará la salida al complejo problema de la felici dad y del desarrollo humano. Y se podría decir que ese verdadero camino hacia la felicidad y el desarrollo humano debe de pasar necesariamente, al menos en una buena parte, por un tránsito desde la pseudo-felicidad urbana al buen vivir rural que preconiza Daniel Suárez —ex dirigente deipachakutik9— y la mayor parte del movimiento indígena andino.

Tenemos que dejar de seguir buscando esa "felicidad" en el amontonamiento de colmenas humanas situadas en un espacio urbano pensado fundamentalmente para los coches y el consumismo. La aparición de la necesidad de ir al super mercado con el coche a un descampado de las afueras fue una gran fuente de infelicidad que nos hacía depender imperiosa mente del coche.

Para llegar a la felicidad es preciso saber disfrutar de lo pequeño, de lo próximo, de lo local. Saber huir y no dejarse arrastrar por la fuerte corriente de inducción a la adición; ya se sabe, dos de las cuatro peores palabras del diccionario. No dejarse deslumbrar por lo grande, lo lejano, lo mediatizante. No dejarse arrastrar por lo grande, porque ello implica exceso de agresión a los recursos. No dejarse atraer por lo lejano, por que ello supone la necesidad de un excesivo gasto de energía para el desplazamiento; hay que evitar esto, ya que los materia les energéticos se encuentran en cantidades limitadas dentro de nuestro planeta y también porque originan contaminación atmosférica y cambio climático, que en definitiva resulta inevi table que no sea apocalíptico. Y por último, no dejarse imbuir por lo mediatizante, porque dejarte mediatizar significa perder tu identidad y tu libertad.

Ese omnipresente ensalzamiento del "ciudadano" —que en realidad no es otra cosa que el consumista de la urbe— tiene necesariamente que desaparecer y se tiene que volver a revalorizar el natural y necesario mundo rural, de forma similar a como lo revalorizaron los románticos justo después de la revo lución industrial.

Y tener en cuenta que todas estas precauciones no supone que debamos regresar al neolítico. No podemos, ni debemos, ser tan necios, que después de millones y millones de años de acumulación de conocimiento y de creación de sabiduría no sepamos utilizar, precisamente, esa enorme sabiduría acumu lada. Que, al final, solo sepamos tirar toda esa sabiduría por la borda. O que al final, lo único que sepamos sea acumular arte factos inútiles e innecesarios y acumular esa entelequia absur da que es la crematística. Es muy lamentable que después de haber demostrado tanta sabiduría a través de tanto invento, y del ingenioso uso del ingenio, no sepamos hacer uso de todo nuestro conocimiento acumulado. No podemos caer en la ne cedad de suicidarnos atragantándonos con el consumismo. Es necesario superar todos estos errores y subir hasta un grado de pensamiento que nos permita, al fin, saber utilizar esta acumu lación de conocimiento para generar y conservar la vida, esta vida evolutiva y dinámica. Que, al fin, sí que sepamos usar esta sabiduría para acabar —como sí que es posible hacer— con el trabajo enajenado-asalariado. En definitiva, debemos empe zar a aprender a saber utilizar el saber.


NOTAS
1. Reflexión del autor.
2. Meadows, Meadows y Randers (2006): Los límites del crecimiento, 3o años des pués, Círculo de Lectores, Galaxia Gutemberg, Barcelona.
3. Sociólogo polaco que comparte, junto al francés Alain Touraine, el Premio de Comunicación y Huma-nidades, autor de ensayos de éxito como Vida líqui da (Paidós) y Miedo líquido (Paidós).
4. Roberto Tuñón: "Nuestros nietos pagarán la factura de nuestra orgía consumis ta", entrevista a Zygmunt Bauman, Público, 21 de octubre de 2010.
5. Casi siempre que mencionemos crecimiento o decrecimiento, sin más indica ción, nos referiremos al crecimiento o decrecimiento económico.
6. Julio García Camarero (3010): El decrecimiento feliz y el desarrollo humano. Los Libros de la Catarata, Madrid, pp. 1077108.
7. Klive Hamilton (3006): El fetiche del crecimiento. Editorial Laetoli, p. 43.
8. Ibídem, contraportada.
9. El Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País es un partido indigenista situado en un ala izquierda de Ecuador.


El crecimiento mesurado y transitorio en el sur
JULIO GARCÍA CAMARERO
2013

El crecimiento mesurado y transitorio en el Sur
PVP: 20 euros (IVA incluido)
392 páginas Formato: 13,5x21 cm ISBN: 978-84-8319-812-4 Ref: ID110 abril 2013
La Tierra es un sistema complejo que el autor divide en seis mundos, en lugar de los tres clásicos en los que se suele dividir actualmente —Primero, Segundo y Tercer Mundo—. Es decir, en realidad, existen, además del Primer Mundo —prepotente, solvente y consumista—, otros cinco bastante depauperados, llenos de deudas y poco solventes. La cuestión es, ¿hay que exigir a estos otros mundos un decrecimiento feliz como ya debería haber hecho el Primer Mundo? O, por el contrario, ¿deben iniciar un crecimiento mesurado y transitorio? En definitiva, estas páginas pretenden esbozar algunas observaciones y unas “hojas de ruta” que indiquen, en líneas generales, qué tipo de actividades y comportamientos pueden ser apropiados en la sociedad para que esos “Otros Mundos” lleguen a alcanzar un crecimiento mesurado y transitorio y un desarrollo humano. Este es el último libro de una trilogía sobre el “decrecimientro”, tras El crecimiento mata y genera crisis terminal y El decrecimiento feliz y el desarrollo humano.













¿Está matando al planeta nuestra implacable busca de crecimiento económico?

Naomi Klein

¿Está matando al planeta nuestra implacable busca de crecimiento económico? Los climatólogos han visto los datos y están llegando a algunas conclusiones incendiarias.

Diciembre de 2012. Un investigador de sistemas complejos, de cabellos rojos, llamado Brad Werner pasó entre la multitud de 24.000 climatólogos y astrofísicos en la Reunión de Otoño de la Unión Geofísica Estadounidense, celebrada anualmente en San Francisco. La conferencia de este año incluía algunos participantes de gran renombre, desde Ed Stone, del proyecto Voyager de la NASA explicando un nuevo hito en el camino al espacio interestelar, hasta el cineasta James Cameron, quien habló de sus aventuras en sumergibles de aguas profundas.

Pero fue la propia sesión de Werner la que atrajo gran parte del alboroto. Se titulaba “¿Está jodida la tierra? (título completo: ¿Está jodida la tierra? Futilidad dinámica del manejo del medioambiente y posibilidades de sustentabilidad a través del activismo de acción directa”).

De pie frente a la sala de conferencias, el geofísico de la Universidad de California San Diego presentó a la multitud el avanzado modelo informático que iba a utilizar para responder a esa pregunta. Habló de límites del sistema, perturbaciones, disipación, atractores, bifurcaciones y toda una serie de asuntos que en gran parte eran incomprensibles para nosotros, los no iniciados en la teoría de sistemas complejos. Pero el resultado final era suficientemente claro: el capitalismo global hace que el agotamiento de los recursos sea tan rápido, conveniente e irrestricto, que los “sistemas tierra-humanos” se están haciendo peligrosamente inestables como reacción. Cuando un periodista lo presionó para que diera una respuesta clara a la pregunta “¿estamos jodidos?, Werner dejó la jerga a un lado y respondió: “Más o menos”.

Había, sin embargo, una dinámica en el modelo que ofrecía alguna esperanza. Werner la llamó “resistencia”, movimientos de “gente o grupos de gente” que “adoptan un cierto conjunto de dinámicas que no se ajustan a la cultura capitalista”. Según el resumen de su presentación esto incluye “acción directa ecológica, resistencia proveniente desde afuera de la cultura dominante, como en protestas, bloqueos y saboteos por parte de pueblos indígenas, trabajadores, anarquistas y otros grupos activistas”.

Las reuniones científicas serias no destacan usualmente llamados a la resistencia política, mucho menos acción directa y saboteo. Pero por otra parte, Werner no estaba llamando a emprender cosas semejantes. Simplemente estaba observando que los levantamientos masivos de la gente, siguiendo las líneas del movimiento por la abolición, del movimiento de derechos civiles u Ocupa Wall Street, representan la fuente más probable de “fricción” para ralentizar una maquinaria económica que se está saliendo de control. Sabemos que los movimientos sociales del pasado han “tenido tremenda influencia sobre… cómo se desarrolló la cultura dominante", señaló. Por lo tanto es razonable que, “si estamos pensando en el futuro de la tierra y el futuro de nuestra conexión con el medio ambiente tenemos que incluir la resistencia como parte de esa dinámica”. Y eso, argumentó Werner, no es un tema de opinión, sino “realmente un problema de geofísica”.

Numerosos científicos han sido motivados por los resultados de su investigación a emprender la acción en las calles. Físicos, astrónomos, médicos y biólogos han estado a la vanguardia de los movimientos contra las armas nucleares, la energía nuclear, la guerra, la contaminación química y el creacionismo. Y en noviembre de 2012, Nature publicó un comentario del financista y filántropo ecológico Jeremy Grantham instando a los científicos a sumarse a esa tradición y “ser arrestados si es necesario”, porque el cambio climático “no es solo la crisis de vuestras vidas, es también la crisis de la existencia de nuestra especie”.

Algunos científicos no necesitan que los convenzan. El padrino de la climatología moderna, Hames Hansen, es un formidable activista, ha sido detenido una media docena de veces por resistir la minería de remoción de cima de montaña y los oleoductos de arenas bituminosas (incluso abandonó su puesto en la NASA este año en parte para tener más tiempo para las campañas). Hace dos años, cuando fui arrestada frente a la Casa Blanca en una acción masiva contra Keystone XL, el oleoducto de arenas bituminosas, una de las 166 personas esposadas ese día era un glaciólogo llamado Jason Box, un experto de reputación mundial sobre la placa de hielo de Groenlandia que se derrite.

“No podía mantener mi autorespeto si no iba”, dijo Box entonces, y agregó que “solo votar no parece suficiente en este caso. También tengo que ser un ciudadano”.

Esto es laudable, pero lo que Werner hace con sus modelos es diferente. No dice que su investigación lo impulsó a tomar acción para detener una política en particular, dice que su investigación muestra que todo nuestro paradigma económico es una amenaza para la estabilidad ecológica. Y por cierto que cuestionar ese paradigma económico –mediante la presión contraria del movimiento de masas– es el mejor intento de la humanidad para evitar la catástrofe.

Es un argumento pesado. Pero no es el único. Werner forma parte de un grupo pequeño pero cada vez más influyente de científicos cuya investigación de la desestabilización de sistemas naturales –en particular el sistema climático– los lleva a conclusiones similarmente transformadoras, incluso revolucionarias. Y para cualquier revolucionario de armario quien nunca ha soñado con derrocar el orden económico actual a favor de otro que sea menos probable que lleve a jubilados italianos a ahorcarse en sus casas, este trabajo debería ser de particular interés. Porque hace que el abandono de ese cruel sistema a favor de algo nuevo (y tal vez, con mucho trabajo, mejor) ya no sea cosa de simple preferencia ideológica, sino más bien una necesidad existencial para la especie.

En la dirección de ese grupo de nuevos revolucionarios científicos se encuentra uno de los principales expertos en el clima de Gran Bretaña, Kevin Anderson, vicedirector del Centro Tyndall de Investigación del Cambio Climático, que se ha establecido rápidamente como una de las principales instituciones de investigación del clima del Reino Unido. Dirigiéndose a todos, desde el Departamento de Desarrollo Internacional al Consejo Municipal de Manchester, Anderson ha pasado más de una década traduciendo pacientemente las implicaciones de la última ciencia climatológica a políticos, economistas y activistas. En lenguaje claro y comprensible, presenta un camino riguroso para la reducción de emisiones, que asegura un intento decente de mantener el aumento de la temperatura global a bajo 2º Celsius, un objetivo que la mayoría de los gobiernos han determinado que conjuraría la catástrofe.

Pero en los últimos años, los escritos y presentaciones visuales de Anderson se han hecho más alarmantes. Con títulos como “El cambio climático: más allá de peligroso… Cifras brutales y tenue esperanza”, señala que las probabilidades de mantenerse dentro de algo semejante a niveles seguros de temperatura disminuyen rápidamente.

Con su colega Alice Bows, experta en mitigación del clima en el Centro Tyndall, Anderson señala que hemos perdido tanto tiempo debido a atolladeros políticos y débiles políticas climáticas –mientras el consumo (y las emisiones) globales aumentaban vertiginosamente– que ahora estamos enfrentando recortes tan drásticos que cuestionan la lógica fundamental de dar prioridad al crecimiento del PIB por sobre todas las cosas.

Anderson y Bows nos informan de que el objetivo de mitigación a largo plazo mencionado frecuentemente –un recorte de las emisiones de un 80% bajo los niveles de 1990 para 2050– ha sido seleccionado exclusivamente por motivos de conveniencia política y no tiene “ninguna base científica”. Esto se debe a que los impactos del clima no tienen lugar solo por lo que emitimos hoy y mañana, sino por las emisiones que se acumulan en la atmósfera con el paso del tiempo. Y advierten de que al concentrarse en objetivos a tres décadas y media de distancia en el futuro –en lugar de lo que podemos hacer para reducir el carbono fuerte e inmediatamente– existe un serio riesgo de que permitamos que nuestras emisiones sigan aumentando durante años, gastando demasiado de nuestro “presupuesto de carbono” y colocándonos en una posición imposible en el resto del siglo.

Por eso Anderson y Bows argumentan que si los gobiernos de países desarrollados son serios en alcanzar el objetivo internacional acordado de mantener el calentamiento por debajo de 2º Celsius y si las reducciones han de respetar algún tipo de principio de equidad (básicamente que los países que han estado expeliendo carbono durante gran parte de dos siglos tienen que recortar antes que los países donde más de mil millones de personas todavía no tienen electricidad), entonces las reducciones tienen que ser mucho más profundas y tendrán que ocurrir mucho antes.

Para tener incluso una probabilidad de 50/50 de alcanzar el objetivo de 2ºC (que, advierten ellos y muchos otros, ya involucra una serie de impactos climáticos inmensamente dañinos), los países industrializados tienen que comenzar a reducir sus emisiones de gases invernadero en algo como 10% al año y tienen que hacerlo ahora mismo. Pero Anderson y Bows van más lejos, al señalar que este objetivo no se puede alcanzar con la serie de soluciones de bonos de carbono o de tecnología verde usualmente propugnadas por grandes grupos verdes. Estas medidas ciertamente ayudan, sin duda, pero simplemente no bastan: una baja de las emisiones de un 10%, año tras año, virtualmente no tiene precedentes desde que comenzamos suministrando energía a nuestras economías con carbón. De hecho, recortes de más de 1% por año “han sido asociados históricamente solo con recesión económica o agitación”, como dijo el economista Nicholas Stern en su informe de 2006 para el Gobierno británico.

Incluso después del colapso de la Unión Soviética no hubo reducciones de esta duración y profundidad (los antiguos países soviéticos tuvieron reducciones anuales promedio de aproximadamente 5% durante un período de diez años). No tuvieron lugar después del crac de Wall Street en 2008 (algunos países ricos tuvieron una baja de 7% entre 2008 y 2009, pero sus emisiones de CO2 se recuperaron con ganas en 2010 y las emisiones en China e India siguieron aumentando). Solo durante las consecuencias inmediatas del gran crac del mercado de 1929, por ejemplo, EE.UU. tuvo una baja de emisiones durante varios años consecutivos de más de un 10% por año, según datos históricos del Centro de Análisis de Información sobre Dióxido de Carbono. Pero esa fue la peor crisis económica de los tiempos modernos.

Si queremos evitar ese tipo de matanza mientras cumplimos nuestros objetivos de emisiones basados en la ciencia, la reducción de carbono debe ser administrada cuidadosamente mediante lo que Anderson y Bows describen como “estrategias radicales e inmediatas de "decrecimiento" en EE.UU., la UE, y otras naciones ricas”. Lo que está bien, con la excepción de que sucede que tenemos un sistema económico que hace un fetiche del crecimiento del PIB por sobre todo, sin que importen las consecuencias humanas o ecológicas, y en el cual la clase política neoliberal ha abdicado del todo su responsabilidad de administrar algo (ya que el mercado es el genio invisible al que hay que confiarlo todo).

Por lo tanto, lo que realmente dicen Anderson y Bows es que todavía queda tiempo para evitar un calentamiento catastrófico, pero no dentro de las reglas del capitalismo tal como están construidas actualmente. Lo que podría ser el mejor argumento que hayamos tenido para cambiar esas reglas.

En un ensayo de 2012 que apareció en la influyente revista científica Nature Climate Change, Anderson y Bows presentaron una especie de desafío, acusando a muchos otros científicos de no decir la verdad sobre el tipo de cambios que el cambio climático exige de la humanidad. Al respecto vale la pena citarlo en extenso:

    …al desarrollar escenarios de emisiones los científicos subestiman repetida y severamente las implicaciones de sus análisis. Cuando se trata de evitar un aumento de 2ºC, “imposible” es traducido como “difícil pero factible”, mientras “urgente y radical” aparece como “retador”, todo para apaciguar al dios de la economía (o, para ser más precisos, de las finanzas). Por ejemplo, para evitar de exceder la reducción de la tasa de emisión máxima dictada por los economistas, se asumen picos “imposiblemente” tempranos, junto con nociones ingenuas sobre “gran” ingeniería y las tasas de despliegue de infraestructura de bajo carbono. A medida que disminuyen los presupuestos de emisiones, se propone cada vez más geoingeniería para asegurar que el dictado de los economistas no se cuestione.

En otras palabras, a fin de parecer razonables dentro de los círculos económicos neoliberales, los científicos han estado suavizando dramáticamente las implicaciones de su investigación. En agosto de 2013, Anderson estuvo dispuesto a ser aún más directo y escribió que ya era demasiado tarde para el cambio gradual. “Tal vez en los días de la Cumbre de la Tierra de 1992, o incluso al principio del milenio, los niveles de mitigación de 2ºC podrían haber sido logrados mediante cambios evolutivos significativos dentro de la hegemonía política y económica. ¡Pero el cambio climático es un problema acumulativo! Ahora, en 2013, en las naciones (post) industriales de altas emisiones enfrentamos una perspectiva muy diferente. Nuestro continuo y colectivo libertinaje con el carbono ha desperdiciado toda oportunidad del ‘cambio evolucionista’ permitido por nuestro anterior (y mayor) presupuesto de carbono de 2ºC. Actualmente, después de dos décadas de fanfarronadas y mentiras, el presupuesto de 2ºC restante exige cambios revolucionarios de la hegemonía política y económica”.

Probablemente no debería sorprendernos que algunos científicos especialistas en clima estén un poco asustados ante las implicaciones radicales incluso de su propia investigación. En su mayoría solo estaban haciendo tranquilamente su trabajo midiendo muestras de hielo, preparando modelos del clima global y estudiando la acidificación de los océanos, solo para descubrir, como describe el experto en clima y autor australiano Clive Hamilton, que estaban “involuntariamente desestabilizando el orden político y social”.

Pero hay mucha gente muy consciente de la naturaleza revolucionaria de la ciencia climática. Por eso algunos gobiernos que decidieron descartar sus compromisos climáticos a favor de excavar más carbón han tenido que encontrar maneras cada vez más "matonescas" para silenciar e intimidar a los científicos de sus naciones. En Gran Bretaña esta estrategia es cada vez más abierta e Ian Boyd, asesor científico jefe del Departamento del Entorno, Alimentación y de Asuntos Rurales, escribió recientemente que los científicos deberían evitar “sugerir que las políticas son correctas o equivocadas” y expresar sus puntos de vista “trabajando con asesores empotrados (como yo mismo) y siendo la voz de la razón, en lugar del disenso, en la arena pública”.

Si queréis saber adónde lleva esto comprobad lo que sucede en Canadá, donde vivo. El Gobierno conservador de Stephen Harper ha realizado un trabajo tan efectivo silenciando a los científicos y eliminando proyectos de investigación crítica que en julio de 2012 un par de miles de científicos y sus partidarios efectuaron un simulacro de funeral en Parliament Hill en Ottawa, deplorando “la muerte de la evidencia”. Sus pancartas decían, “No a la ciencia, no a la evidencia, no a la verdad”.

Pero la verdad sale a la luz a pesar de todo. Ya no es necesario leer en publicaciones científicas que la búsqueda de beneficios y crecimiento de los negocios como si tal cosa está desestabilizando la vida en la tierra. Las primeras señales se despliegan ante nuestros ojos. Y más y más de nosotros reaccionamos correspondientemente: bloquear la actividad del fracking e Balcombe; interferir en los preparativos para perforaciones en aguas rusas en el Ártico (a un enorme coste personal); demandar a los operadores de arenas bituminosas por violar la soberanía indígena; e innumerables actos más de resistencia grandes y pequeños. En el modelo informático de Brad Werner, esta es la “fricción” requerida para ralentizar las fuerzas de desestabilización; el gran activista del clima Bill MbKibben los llama “anticuerpos” que se alzan para combatir la “fiebre de adulteración” del planeta.

No es una revolución, pero es un comienzo. Y podría darnos suficiente tiempo para encontrar una manera de vivir en este planeta que sea claramente menos jodida.

Mujer y revolución neolítica

Lewis Mumford

El fenómeno al que damos el nombre de revolución agrícola fue precedido, muy probablemente, por una revolución sexual: un cambio que dio predominio no al macho cazador, ágil, de pies veloces, dispuesto a matar, implacable por necesidad vocacional, sino a la hembra más pasiva, apegada a sus hijos, de andar pausado para ir la mismo paso que los niños, , guardiana y criadora de los pequeños de toda clase, incluso dando el pecho, si era necesario, cuando la madre había muerto, a los cachorros domésticos; la mujer que plantaba las semillas y vigilaba su crecimiento, acaso inicialmente en un rito de fertilidad, antes de que el crecimiento y la multiplicación de las semillas surgiera la nueva posibilidad de aumentar la cosecha de alimentos.

Permítaseme insistir en la concentración del hombre neolítico en la vida orgánica y el crecimiento: no se trata tan solo del muestreo y ensayo de lo proporcionado por la naturaleza, sino de una selección y propagación con sentido crítico, una empresa llevada a cabo con tanto cuidado que el hombre histórico no ha agregado ninguna planta ni ningún animal de importancia básica a los que ya eran cultivados por las comunidades neolíticas. La domesticación, en todos sus aspectos, implica dos grandes cambios: la permanencia y la continuidad en la residencia y el ejercicio y control y previsión sobre procesos que antes estaban sujetos a los caprichos de la naturaleza. Estos cambios van acompañados de hábitos de dulzura, crianza y educación. Al respecto, las necesidades de la mujer, sus cuidados, su intimidad con los procesos  de crecimiento, su capacidad para la ternura y el amor, debieron de desempeñar un papel decisivo. Con la gran ampliación de la existencia de alimentos que resultó de la domesticación cumulativa de plantas y animales, la posición central de la mujer en la nueva economía quedó establecida.

Ciertamente “hogar y madre” son palabras inscritas en cada etapa de la agricultura neolítica, sin excluir a los nuevos centros rurales, por fin reconocibles en los basamentos de casas y en sepulturas. Era la mujer la que manejaba la azada, era ella quien cuidaba las cosechas del huerto y quien llevó a cabo esas obras maestras de selección y cruzamiento que convirtieron las toscas especies silvestres en las prolíficas variedades domésticas, de ricas propiedades nutritivas. Fue también la mujer quien hizo los primeros recipientes, tejiendo cestos y modelando los primeros cántaros de arcilla. En cuanto a la forma, también la aldea es su creación; pues, dejando de lado todo lo demás que la aldea pudiera ser, era ante todo un nido colectivo para el cuidado y la crianza de los pequeños. Aquí la mujer prolongó el periodo de atención del niño, de la juguetona irresponsabilidad de la que depende hasta tal punto el desarrollo superior del hombre. La vida estable en la aldea tenía una ventaja sobre las formas de asociación más flojas y errantes en grupos más pequeños, por cuanto proporcionaba las máximas facilidades para la fecundidad, la nutrición y la protección. Mediante la responsabilidad comunal por el cuidado de los pequeños, estos pudieron desarrollarse en gran número.

(…)

Con la aldea aparecieron una nueva tecnología: las armas y herramientas masculinas del cazador y el minero –la lanza, el arco, el martillo, el hacha, el cuchillo- fueron complementadas con formas típicamente neolíticas de origen femenino: hasta la misma suavidad de los instrumentos pulidos, a diferencia de las formas talladas, puede ser considerada un rasgo femenino. El hecho magno de la técnica neolítica es que sus innovaciones principales no consistieron en armas y herramientas sino en recipientes.

Las herramientas y armas paleolíticas estaban dirigidas a movimientos y esfuerzos musculares. Eran instrumentos para quebrar, picar piedra, cavar, horadar, hender disecar, ejercer fuerza rápidamente a distancia: en suma, todo género de actividades agresivas. Los huesos y músculos del macho dominan sus contribuciones técnicas: hasta su pene flácido es inútil, en términos sexuales, a menos que se ponga duro como el hueso… como suele reconocer el habla popular. En cambio, en la mujer, los suaves órganos internos son el centro de su vida: es significativo que brazos y piernas sirvan menos para moverse que para acoger y encerrar ya sea a un amante o a un niño. Y es en los orificios y cavidades, en la boca, la vulva, la vagina, los pechos y el vientre donde tienen lugar sus actividades sexualmente individualizadas.
Bajo el dominio de la mujer, el periodo Neolíticos es, ante todo, un periodo de recipientes. Es una época de utensilios de piedra y alfarería, de vasos, jarros, tanques, cisternas, cestos, graneros, casas, sin excluir los grandes receptáculos colectivos, como las represas para la irrigación de las aldeas. La singularidad y el significado de esta contribución se han desdeñado con excesiva frecuencia por parte de los estudios modernos, que miden todos los progresos técnicos desde el punto de vista de la máquina.

Lewis Mumford. La ciudad en la historia. Sus orígenes, transformaciones y perspectivas

El discurso tramposo y confuso del crecimiento

Fernando Luengo - Econuestra

Profesor de Economía Aplicada de la Universidad Complutense, miembro del colectivo econoNuestra y coautor del libro “Fracturas y crisis en Europa” (Clave Intelectual-EUDEBA)

Retorno del crecimiento. Tema estrella en los debates políticos y en los medios de comunicación. El mensaje dominante: estamos a las puertas (o se divisa el final del túnel) de la salida de la crisis económica; adiós a la recesión. Todo vale para alimentar el mantra. Una mejora insignificante en el comportamiento del Producto Interior Bruto (PIB) sirve para lanzar las campanas al vuelo y proclamar a los cuatro vientos que la crisis económica es cosa del pasado.

En realidad, era lógico y previsible que la caída de la producción tuviera un suelo, pues todas las crisis, y esta no es una excepción, implican una reestructuración de las empresas y los mercados que genera oportunidades de negocio a los ganadores de esa reestructuración, lo que, en términos estadísticos, se convierte en aumentos del producto. Pero no nos detengamos aquí y ofrezcamos algo de perspectiva: Un ligero aumento del PIB es suficiente para olvidar u omitir que la mayor parte de las economías europeas, la nuestra también, todavía están recuperando, sin que lo hayan alcanzado, el nivel productivo que tenían en 2007. El Fondo Monetario Internacional advierte, además, que, en el mejor de los escenarios, durante el próximo quinquenio el PIB de la economía española crecerá ligeramente por encima del 1%.

Pero abramos de nuevo el foco, ganemos perspectiva. Los que defienden que estamos ante un punto y aparte en el rumbo de nuestra economía pasan de puntillas sobre el bloqueo del crédito bancario a familias y empresas, la pérdida de capacidad adquisitiva de los trabajadores, los elevados niveles de endeudamiento privado y público, los insoportables niveles de desempleo y la continua destrucción de capacidad productiva. Aunque cueste reconocerlo, aunque se ignoren o se minimicen, estos y otros indicadores nos hablan de una recuperación de la actividad económica tan exigua como frágil.

Hay un segundo mensaje, puede que más sutil, que se presenta como incuestionable, respaldado, aparentemente, por la teoría económica y la evidencia empírica, ampliamente aceptado por el conjunto del arco político e ideológico: Con el crecimiento todos ganan. Un proceso de suma positiva del que todos, en mayor o menor medida, se benefician; tan sólo los más críticos e irreverentes, en un arranque de honestidad intelectual y de radicalidad, ponen el énfasis en que algunos ganan mucho más que otros. Así las cosas, el objetivo de los gobiernos, cualquiera que sea su signo ideológico, es aplicar políticas destinadas a crecer. Punto y final a la cuestión.

Nada avala, sin embargo, esa presunción. Por ejemplo –y no es un ejemplo cualquiera-, la experiencia de las últimas décadas en la “Europa Social”, la que algunos reivindican y añoran como alternativa a la globalización auspiciada por los mercados, resulta reveladora al respecto. En esos años el PIB de las economías comunitarias aumentó, al tiempo que se generalizó el estancamiento salarial, creció la desigualdad, avanzó la precariedad y se extendió la pobreza, no sólo entre los excluidos y marginales, los perdedores de siempre, sino también entre los que disfrutaban de un empleo. La presión fiscal descansó, cada vez más, sobre los ingresos de los trabajadores asalariados, mientras que los beneficios, las rentas del capital y las grandes fortunas pagaron menos impuestos (esta es la crisis fiscal que oculta el discurso dominante). Se trataba de un crecimiento por lo demás insostenible pues descansó en un consumo despilfarrador de materiales y energías no renovables y en la degradación de las condiciones medioambientales; un crecimiento que destruyó riqueza, comprometiendo, en consecuencia, el nivel de vida del conjunto de la población y, muy especialmente, del de los más pobres. Esto sucedía, con mayor o menor intensidad, tanto en las economías meridionales, con tejidos productivos débiles, como en las más avanzadas del continente. Y lo más importante, esta deriva se producía en un contexto caracterizado por relativamente fuertes estados de bienestar y unas izquierdas políticas y sindicales influyentes, algunas de las cuales llegaron a gobernar, y en consecuencia también fueron responsables de esa deriva.

¿Hay alguna razón para suponer que el retorno al crecimiento, todavía balbuceante, abrirá un camino distinto al recorrido en las últimas décadas? Todo lo contrario, están creándose las condiciones para que la situación empeore, puede que de manera irreversible. Las oligarquías económicas, en connivencia con las elites políticas, además de enriquecerse con la crisis, se encuentran cada vez más fuertes y arrogantes, en disposición de imponer sus designios y hacer prevalecer sus intereses. El desmantelamiento de los estados de bienestar y de los espacios de negociación colectiva abren posibilidades de negocio a los capitales privados e intensifican la explotación de la fuerza de trabajo. Y la población, entre la frustración, ante el imparable tsunami conservador, y el temor de que todo puede ir a peor. Nunca habían estado tan desequilibradas las relaciones de poder en la Europa comunitaria. Con ese desequilibrio, el crecimiento económico –del que todavía estamos muy lejos, no lo olvidemos- reproduciría de manera ampliada las asimetrías que ya eran perfectamente visibles antes de la implosión financiera.

Entre tanto, la izquierda tradicional concentra buena parte de su artillería en cuestionar la recuperación del PIB por insuficiente y en criticar los efectos contractivos de los ajustes presupuestarios, insistiendo en la conveniencia de flexibilizar las políticas de estabilidad macroeconómica, dando más cancha a las medidas contracíclicas de inspiración keynesiana. En otras palabras, exigiendo situar el crecimiento económico en el corazón de las políticas gubernamentales

Una izquierda debilitada y desorientada, preocupada (siempre lo ha estado) por presentar una imagen de “respetabilidad, realismo y responsabilidad”. Atrapada en la sacrosanta iconografía del crecimiento, no parece capaz de abrir un debate social y, mucho menos, articular una acción política sobre el contenido y la sostenibilidad de los procesos económicos, los que han prevalecido en las pasadas décadas, los actuales y los que se avecinan. Reflexión muy necesaria, sobre todo ahora que se anuncia el fin de la recesión y la superación de la crisis, e imprescindible para dotar de señas de identidad a una izquierda con voluntad de transformar el actual orden de cosas.