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El cisne negro nuclear

Marcel Coderch

Hasta bien entrado el siglo XVII, en Europa se utilizaba la expresión "cisne negro" cuando alguien quería referirse a una imposibilidad lógica o física, basándose en la creencia generalizada de que todos los cisnes eran blancos. En 1697, sin embargo, un explorador holandés descubrió que en Australia había cisnes negros y esta expresión, recientemente popularizada por el filósofo y financiero de origen libanés Nassim Nicholas Taleb, pasó a utilizarse para calificar cualquier idea o acontecimiento que durante mucho tiempo había sido tenido poco menos que por imposible pero que de repente un día se materializa. La teoría del cisne negro de Taleb se aplica pues a acontecimientos inesperados, que quedan fuera de las expectativas normales, ya sea en el ámbito científico, histórico, financiero o tecnológico, y que tienen un enorme impacto porque trastocan ideas básicas del tan admirado como discutible sentido común.

Lo nuclear es peligroso en sí mismo. La radiactividad perdura miles de años
Se van a incrementar los costes y se cuestionará el alargamiento de la vida de muchas centrales

La tesis del libro de Taleb (El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008) es que las consecuencias de estos acontecimientos muy poco probables son enormes; que por lo general están infravaloradas; y que, en realidad, no son tan improbables como pensamos, ya que al tratarse de acontecimientos poco comunes no disponemos de suficientes observaciones para estimar su probabilidad con cierta precisión. También nos explica Taleb que los humanos hemos desarrollado mecanismos psicológicos de defensa frente a la incertidumbre que sesgan nuestro raciocinio, haciendo que evitemos imaginar y prever aquello que no deseamos que ocurra. Todo ello nos aleja de la racionalidad a la hora de entender, prever y actuar en relación a estos fenómenos. Sería difícil encontrar un ejemplo actual más apropiado de lo que es un cisne negro que el del desastre nuclear de Fukushima.

De siempre hemos sabido que la tecnología nuclear es intrínsecamente peligrosa porque supone la generación de enormes cantidades de elementos radiactivos que la naturaleza se había encargado de ir desintegrando a lo largo de centenares de millones de años. Cuando surgió la especie humana ya solo quedaban en el planeta unos pocos elementos radiactivos de larga vida, como el uranio 235, que siguen calentando el subsuelo y cuyas radiaciones llegan a la superficie en forma de una pequeña radiactividad ambiental inevitable. Con el desarrollo de la energía nuclear, sin embargo, lo que hacemos es concentrar en un reactor este remanente de radiactividad de forma que, además de energía, generamos todo tipo de elementos altamente radiactivos que ya no existían en la naturaleza y que se mantendrán radiotóxicos durante decenas de miles de años. Si todo va bien, son lo que denominamos "residuos nucleares", a los que todavía no hemos encontrado acomodo; y si las cosas se tuercen, como ocurrió en Chernóbil y ahora en Fukushima, los desperdigamos por la atmósfera, el mar, la tierra y las aguas subterráneas, incrementando de esta forma y hasta niveles muy peligrosos la radiactividad ambiental.

Fue precisamente uno de los padres de la energía nuclear, el físico italiano Enrico Fermi, quien primero expresó sus dudas al dejar dicho que "al producir energía con la fisión nuclear estamos creando radiactividad a una escala sin precedentes y de la que no tenemos experiencia alguna, por lo que veremos si la sociedad aceptará una tecnología que produce tanta radiactividad". Durante mucho tiempo, los partidarios de esta tecnología han intentado convencernos de que debemos aceptarla en virtud de lo que Alvin Weinberg, otro de sus padres, llamó "el pacto fáustico nuclear": la promesa de un futuro con energía barata y abundante a cambio de un riesgo radiactivo asumible. Y para que aceptáramos el pacto, nos aseguraron que construirían las centrales nucleares de forma que no sufriríamos las peores consecuencias de su radiactividad. Incluso se atrevieron a cuantificar esta seguridad, afirmando que la probabilidad de un accidente grave, con fusión del núcleo y liberación radiactiva al exterior, como en Fukushima, sería de un accidente cada 100.000 años-reactor; o lo que es lo mismo, uno cada 200 años para un parque mundial de reactores similar al actual, o cada 100 años si lo dobláramos. Cuando los accidentes fueron sucediéndose con una frecuencia muy superior, las explicaciones eran cada vez más sofisticadas pero la conclusión siempre era la misma: hemos aprendido la lección y no volverá a suceder. Un claro ejemplo de lo que Taleb llama la falacia narrativa, una interpretación retrospectiva del cisne negro vivido que supuestamente reduce incertidumbres futuras. De hecho, hasta hace bien poco nos aseguraban que "otro Chernóbil es imposible" porque, decían, aquello fue consecuencia de una tecnología anticuada y de un sistema político y económico fallido. Y sin embargo está ocurriendo, a cámara lenta, en Japón, hasta hace poco la segunda economía mundial, y con tecnología norteamericana. Aquello que no podía ocurrir ha ocurrido, violando una vez más el pacto fáustico nuclear.

Pero es que, además, tampoco se ha cumplido la segunda parte de este pacto: la energía nuclear ni es abundante ni es barata, y menos va a serlo después de Fukushima. Hoy se concentra en cinco o seis países que representan más del 75% de una producción nuclear mundial que cubre menos del 3% de la energía final que consume la humanidad, y no parece que la situación vaya a cambiar mucho en las próximas décadas. Y en el aspecto económico, las recientes construcciones de Olkiluoto en Finlandia y de Flamanville en Francia no hacen sino repetir la experiencia del primer ciclo de construcciones nucleares: la incapacidad de la industria nuclear de cumplir con sus plazos y presupuestos. Por si fuera poco, las nuevas exigencias que se derivarán de lo ocurrido en Japón incrementarán de nuevo los costes, y muy probablemente pongan en cuestión el alargamiento de la vida de muchas centrales actuales; una prolongación por otra parte imprescindible si se quiere evitar el declive precipitado e irreversible de la energía nuclear.

La Unión Europea ha anunciado que va a recomendar la realización de pruebas de resistencia en todas las centrales europeas para determinar cuáles de ellas podrían resistir una agresión como la sufrida por los reactores de Fukushima, y clausurar las que no satisfagan los nuevos requisitos de seguridad. Está por ver cuáles serán estos nuevos requisitos, pero la propuesta francesa de excluir de estas pruebas las amenazas derivadas de actos terroristas y ataques aéreos a lo 11-S no parece razonable, ya que de lo que se trata es de que las centrales puedan sobrevivir a cualquier incidente que las prive de suministro eléctrico externo, puesto que esa ha sido la circunstancia que ha desencadenado el grave accidente de Fukushima. Claro está que el llamado station blackout no forma parte de los sucesos contemplados en el diseño base de ninguna de las centrales actualmente en funcionamiento, y que prepararlas para tal eventualidad puede suponer inversiones muy importantes, algo que al parecer los franceses quieren evitar por la cuenta que les trae.

Las promesas de energía nuclear abundante, barata y segura quedan hoy más lejanas que nunca, al tiempo que vamos conociendo la realidad de las consecuencias personales, económicas y medioambientales de un accidente grave en un país industrializado, todo lo cual invalida ambas contrapartidas del pacto fáustico que nos propuso Alvin Weinberg. De hecho, los hay que nunca creyeron las promesas de la industria nuclear y, entre ellos, en lugar prominente, están quienes precisamente son especialistas en valorar riesgos: las compañías de seguros. Siempre se han negado a cubrir la responsabilidad civil de una central nuclear, con lo que nos hemos visto obligados a promulgar leyes que eximen a las eléctricas de esta responsabilidad, más allá de cantidades que, como podremos comprobar en Japón, son simbólicas. A las compañías de seguros no les gustan las nucleares y es fácil comprobarlo leyendo cualquier póliza que tengan a mano. Verán que la letra pequeña dice: "Excluidos los riesgos por accidentes nucleares". Las consecuencias de los cisnes negros nucleares las tendremos pues que pagar de nuestros bolsillos o, lo que es peor, con nuestra salud, y por ello ha llegado el momento de hacerle caso al comisario europeo de la Energía, Günther Ottinger, y plantearnos cómo Europa podría cubrir sus necesidades energéticas futuras sin contar con la energía nuclear. No ya solo porque así lo prefiramos muchos, sino porque probablemente no tengamos más remedio.

Marcel Coderch, ingeniero, es autor con Núria Almirón de El espejismo nuclear. Los libros del lince, 2008.

La prohibición del burka musulmán y la promoción del burka occidental

El ansia - Webislam

En la tolerante y moderna Europa está siempre presente, desde el aumento de la inmigración musulmana, el debate sobre el hiyab (velo islámico) y el burka. ¿Hay que respetarlos como símbolos religiosos válidos y aceptados, como la cruz al cuello, o hay que desacreditarlos y hasta prohibirlos por ser parte activa de la opresión islámica sobre la mujer? Las leyes de países como Francia presumen de avanzadas y abiertas, de cosmopolitas y respetuosas, pero la prohibición de manifestar una elección personal que no interfiere en la vida de nadie más aparte de quien la realiza es algo, sin matices, reaccionario. No siempre son elecciones personales, claro: el burka suele ser una imposición masculina, o autoimposición, y es más difícil defenderlo desde algún punto de vista. El hiyab es algo diferente. Occidente, desde su superioridad moral, dictamina que el velo humilla a las mujeres que lo llevan. Puede ser una opción personal, sí, pero una no respetable. No parece constitucional un símbolo tan claramente antidemocrático de machismo. Porque es un símbolo claro de machismo, ¿no?

Pero Occidente no es quién para imponer a las mujeres musulmanas que viven en Europa lo que pueden o no hacer, no más que a otros ciudadanos. ¿Les han preguntado a ellas? ¿Tienen representación o voz en esos parlamentos que les quieren decir cómo tienen que vivir, al mismo tiempo que les dicen que Europa es la libertad total de elección, el lugar mágico en el que cada uno puede decidir lo que hará con su vida, idea en paralelo al sueño americano? Nadie les pregunta. Preguntádselo. Preocupaos por saber qué significa para ellas, no para vosotros, no deis por hecho que sólo tiene una interpretación correcta y que esta es, por supuesto, la vuestra. Habrá muchas respuestas diferentes. Algunas llevarán el hiyab por tradición, por fervor religioso. Dentro de esto, algunas, las menos en Europa, porque su familia masculina les obliga. Para otras, no pocas, no sólo no es un símbolo de opresión, sino que lo es de libertad. De reivindicación feminista. Se sienten perdidas en la materialista Europa y llevando el hiyab quieren gritar: “valórame por lo que soy, no por lo que aparento”, frente a la superficialidad occidental que prejuzga y valora y ayuda o no a una mujer según su aspecto físico permanentemente desvelado. Si uno quiere respetar los derechos fundamentales, no puede prohibir en bloque algo tan diverso. Eso es el reverso casi exacto de los países árabes que imponen su uso.

La prohibición del hiyab, aunque sea sólo en los lugares públicos, como colegios o centros políticos, es un acto etnocéntrico y despreciable. La única lectura es que Occidente sabe mejor que una pobrecita e ignorante mujer musulmana lo que a esta le conviene. El mismo Occidente que, en la cima de la hipocresía que es uno de sus principales rasgos culturales, acepta y promueve su propio burka: el canon estético. La vida de casi cada mujer occidental es una lucha constante por lucir bien, por estar atractiva de forma acorde a los modelos mandados desde la publicidad y la cultura de masas (y no sólo de masas) en general. Modelos asimilados por los hombres y por las mujeres que viven en el mundo occidental, quienes aceptan o desprecian, favorecen o ponen baches, a una mujer por el mero hecho de si es guapa o no. La mujer occidental, y en los últimos años también el hombre en otro de los perversos giros del capitalismo comercial, siempre está pendiente de su figura. Vive angustiada por la báscula, pasa hambre por las dietas, sufre rechazos si no encaja (¡y hasta casi encajando!) en el modelo estético, incluso está dispuesta a modificar brutalmente su cuerpo para ser aceptada. Se la valora por lo que aparenta, ella misma se valora por lo que aparenta, adoptando una mirada masculina sobre sí misma. Es una esclavitud diaria y constante. Interiorizada y asumida. ¿De verdad esto es mejor que el burka islámico? El burka islámico es impuesto por unos preceptos religiosos mal entendidos; el burka occidental está en la base de su propia cultura patriarcal-liberal. Mientras el terrible burka occidental no sea cuestionado abiertamente, cualquier defensa de la prohibición paternalista del hiyab por la presunta opresión que supone sólo puede considerarse como eurocéntrica en el peor sentido, cínica y xenófoba, deudora de los valores que llevaron al colonialismo y a la miseria y muerte del mal llamado Tercer Mundo.



Simone Weil: Ninguna guerra es justa


"A primera vista el mal de las guerras son los muertos y la destrucción. Eso podría hacernos pensar que se trata de un mal menor, si la causa es justa. Pero lo bien cierto es que existe otro mal de las guerras, de todas las guerras, que pone en entredicho que alguna pueda ser justa. El mal de toda guerra es que aumenta el error con el que los humanos se juzgan a sí mismos y a los demás, lo que no puede sino avivar las causas de la violencia.

Simone Weil afirma algo que, de entrada, resulta sorprendente. En efecto, dice que las guerras son episodios imaginarios, aunque la muerte y la desolación sean muy reales. La guerra impide ver la realidad en sus propios límites: quienes se enfrentan proyectan sobre el otro la imagen que les permite verse a sí mismos como poderosos y exultantes. Puesto que este error de la imaginación lo practican todos los que participan de las guerras – e incluso quienes no participan y se limitan a ser espectadores – las consecuencias de la victoria de unos y la derrota de otros llevará la marca de ese error.

( ... )

Weil nos advierte de que es fácil caer en la opinión bienintencionada de creer que una causa justa sigue siendo justa después de ser vencida. No es así. La destrucción de una guerra no solo queda patente en los bienes materiales que desaparecen. Es mucho más grave, puesto que también los valores espirituales de los vencidos serán borrados del mapa. El uso de la crueldad, por parte de los vencedores, puede llegar a paralizar los espíritus y eso conduce a la población a la desesperanza y a la cobardía, o a las dos cosas, una detrás de otra.

( ... )

Igualmente debemos saber que es una práctica habitual efectuar una lectura de los seres humanos que les quita realidad, volviéndolos abstractos portadores de una bandera, de una ideología. Y que esa lectura lleva impresa la huella de los enfrentamientos y de la violencia.

( ... )

Las banderas detrás de las cuales se arman los ejércitos tienen nombres altisonantes y con mayúscula: por la “Libertad”, por la “Democracia”, por el “Socialismo”, contra el “Capitalismo”, contra el “Fascismo”. ( ... ) Desgraciadamente estas palabras ocultan una lucha por ser el más fuerte donde puede más que querer demostrarlo y cumplir el sueño de la imaginación que la obtención de beneficios materiales. Así estamos hechos los humanos, ésa es nuestra barbarie.

Ahora bien, la lucha que enfrenta a los de abajo y a los de arriba es eterna, no hay que renunciar jamás a ella, aunque hay que intentar disminuir los riesgos de guerra. Afortunadamente – no recuerda Simone Weil – la historia no sólo nos ha dejado masacres. También ha dejado alguna luchas pacíficas...

Así pues, ‘ser revolucionario, puede tener dos sentidos: esperar que todo cambie mediante un vuelco que ponga a los de abajo arriba e inicie el camino hacia una situación en la que deje de existir el arriba y el abajo – este es el significado marxista; o ayudar a aligerar el peso que aplasta, rehusar las mentiras con las que se justifica la humillación y contribuir a dar a los de abajo el sentimiento de que ellos también tienen valor – este es el significado wiliano."

Extraído de 'La guerra según Simone Weil' de Maite Larrauri

Mi lado femenino



Por no parecerse a sus madres, muchas mujeres han llegado a adoptar roles de hombres. Miden su propia valía según los patrones masculinos de productividad, de modo que en ocasiones pierden el control y se convierten en unas tiranas para sí mismas. No se permiten descansar ni atender sus propias necesidades de ser queridas y cuidadas. Sienten “el vacío del éxito”.

Las diferencias sexuales en la sociedad occidental no constituyen sólo diferencias biológicas sino que, a través del proceso de socialización, se moldean dos cosmovisiones, dos grandes formas de vivenciar y percibir el mundo. 

Los roles que existen en la sociedad se aprende a través de agentes socializadores como son la familia, en primer lugar, y posteriormente la escolarización, las instituciones, los medios de comunicación, etc., durante un proceso educativo que es distinto para hombres y mujeres. Por tanto, “lo masculino” y “lo femenino” son conceptos fruto de una construcción sociocultural.
Con el tiempo, estos roles pueden llegar a convertirse en un esquema rígido de comportamiento que impide la fluida comunicación personal y la posibilidad de una comunicación emocional de apertura con uno mismo. Al posicionarnos en una estructura tapamos, menospreciamos o negamos la otra de nosotros mismos. 

Las personas necesitamos expresarnos de una y de otra forma, de manera “masculina” y “femenina”, sentirnos fuertes o débiles, tiernos o agresivos, sin que ello tenga necesariamente connotaciones positivas o negativas.

Ambos sexos estamos educados para que aceptemos un rol complementario en la relación de poder que permita mantenerla. Lo contrario, es punible de alguna manera. En las mujeres existe una fuente de conflictos adicional. Si nos comportamos de acuerdo con la expectativa social, su rol de mujer ocupa un segundo lugar puesto que la consideración social recae en lo masculino. Pero si nos comportamos con los valores masculinos, para ser reconocidas socialmente (agresividad, competitividad, fortaleza, dureza, minimización de las emociones), somos despreciadas como mujeres.

Cuando el inconsciente masculino toma el poder, puede que la mujer sienta que nunca es suficiente, haga lo que haga o cómo lo haga. No llega a sentirse satisfecha del todo. Cuando completa un trabajo, ese inconsciente la empuja a buscar otro; le urge a pensar en el futuro, sin valorar lo que está haciendo en el presente. Ella se siente asediada y responde desde un lugar interno de carencia: “Debería estar haciendo más. Lo que hago no es suficiente”.
Este actuar desde la máxima “yo puedo, soy fuerte”, enfatizando “lo masculino”, por lo general suele dejar profundas huellas tanto en la salud, que se deteriora a golpe de yunque y martillo, como en el estado emocional.

¿Para qué sirve tanto esfuerzo? ¿Por qué me siento tan vacía? Es lo que terminamos preguntándonos después de haber conseguido los aplausos, si los conseguimos, y después de tantos y tantos “yo puedo”. Nos decimos: “He logrado todo lo que me propuse y, sin embargo, me sigue faltando algo”.
El sentimiento que genera este estado es de escisión, de traición a nosotras mismas, de abandono de una parte de nosotras que ni siquiera conocemos.
Esta sensación de pérdida es, en realidad, un anhelo de “lo femenino”, el anhelo de una sensación de hogar en el cuerpo.

Al final, se da cuenta de que los presupuestos de los que partió desde pequeña, acerca de las recompensas por ser una mujer “yo puedo”, son falsos y la han llevado a luchar en otra “guerra”, que la han conducido a obtener “victorias” que no le valen para llenarse a sí misma. En efecto, consiguió el éxito, logro objetivos, adquirió lo que creía que era independencia y para todo ello se dejó la piel en el camino, endureció su corazón y puso una mordaza a su alma.
No es necesario continuar actuando como la mujer yo puedo que siempre hemos vivido. Podemos ser mujeres capaces de vivir con plena libertad, sin complacer a todo el mundo, pero sin perder de vista que somos parte de él y que nuestros actos suman a su desarrollo. Si nos creemos menos, le estaríamos restando al mundo.

Es por eso que reflexionamos sobre el tema y desde aquí os invito a pasar de ser una mujer yo puedo a una mujer yo vivo, yo siento, yo soy.

¿Qué es el Estado?


Podemos definir el Estado como la estructura jerarquizada que se proyecta mediante instituciones y organismos sobre una determinada población y territorio e intervine en los diferentes ámbitos del orden político, económico, social y cultural al servicio de las clases dirigentes.

El Estado se sustenta en un aparato jurídico-militar del que emana el uso lícito de la violencia.

Se presenta como una construcción ideológica consagrada en una identidad nacional (la patria) producto del progreso histórico del proceso civilizatorio.

El Estado se conforma entonces, como un sistema de dominación nacido hace unos 5.000 años con la creación de una sociedad jerarquizada que permitía el control de los recursos de forma centralizada a través de las elites (soldados, sacerdotes y burócratas)

Actualmente los Estados (hijos de la Revolución Francesa y su división de poderes) a través de los Tratados Internacionales, subordinan su soberanía a otras organizaciones supraestatales como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio, o bien se atan a través de tratados de libre comercio a la lógica del mercado.

En estas condiciones las decisiones que rigen la vida de las personas quedan en manos de las grandes compañías multinacionales que tienen la capacidad de manejar los hilos de la economía mundial a su antojo, dejando al Estado la gestión de los ajustes económicos que imponen de manera ‘blanda’ a través de los medios de comunicación, los fármacos…, o bien de manera ‘dura’, a través de la represión policial-militar.

¿Qué es el decrecimiento feliz?


Julio García Camarero

Para hablar del decrecimiento feliz primero debemos ver que significan los términos crecimiento y decrecimiento:

Por un lado, el Crecimiento podemos considerarlo como la acumulación (por parte de unos pocos) de la riqueza que producen: los recursos del planeta y el trabajo humano, a costa de aumentar la explotación y la pobreza de unos muchos y a costa del agotamiento final de los recursos del planeta.

Los medios de comunicación, el marketing, los gobiernos capitalistas y los economistas del neoliberalismo global, nos dicen (hasta la saciedad) que el crecimiento es algo imprescindible, sin posible alternativa, y que es beneficioso. Un crecimiento que es bueno para la economía. Lo malo es que no nos aclaran bien que es eso tan misterioso e insustituible de “la economía”.

Pero la realidad es que el crecimiento SOLO es indispensable para los explotadores, los usureros y los especuladores. Pero, para la inmensa mayoría de la población el crecimiento es muy perjudicial y totalmente rechazable.

Por otro lado, podemos admitir que el decrecimiento feliz: es la redistribución de la riqueza del planeta entre todos. Y además que los trabajadores trabajen menos, consuman menos, deterioren menos, contaminen menos y que por eso sean más felices. Pero el uso y redistribución de la riqueza del planeta debe de tener muy en cuenta que se haga mesuradamente, sin originar agotamiento de los recursos, sin deteriorar la delicada estructura de los ecosistemas (ni su biodiversidad) y sin ocasionar un cambio climático. Menos trabajo asalariado enajenado puede conseguirse, entre otras cosas, a partir de bancos del tiempo. Menos consumismo y obsolescencia planificada, se puede conseguir entre otras cosas, a partir del trueque y el dinero social.

También habrá que puntualizar que no sólo existe el decrecimiento feliz, sino también, el decrecimiento infeliz. En efecto, el actual crecimiento infeliz,…que se plantea como crecimiento ilimitado a partir del uso de unos recursos naturales que son limitados, lo queramos o no lo queramos, derivará en un inevita-ble en: decrecimiento infeliz. decrecimiento infeliz y caótico decrecimiento apocalíptico.

Y si no comenzamos a tiempo un decrecimiento feliz, pronto caeremos en un decrecimiento infeliz, que será inevitable, puesto que en el planeta sobrarán deseos con sumistas y faltarán recursos para satisfacerlos. Esto es algo que ya está pasando en EEUU, país que, a pesar de su mega economía, está manteniendo su frenético consumismo gracias a aumentar constantemente su deuda, que es la mayor del planeta.

Este decrecimiento infeliz traerá (arrimados por la escasez) una aún mayor suma de infelicidad y de conflictos bélicos, sociales, alimentarios, de degradación de calidad de vida, cataclismos (climáticos radiactivos...), etc. Un decrecimiento infeliz y caótico que puede venir repentinamente en el momento más inesperado. Tal y como está sucediendo ya en estos días en Japón. Y que rápidamente puede pasar a ser un decrecimiento apocalíptico. En este sentido: el Comisa-rio Europeo de Energía dijo que la actual crisis nuclear del Japón era "apocalíptica" y añadió: "Estamos hablando de Apocalipsis y yo creo que esta palabra está particular-mente bien elegida". Otra cosa, es que las voces oficiales niponas se vean obligadas a decir mentiras piadosas. Lo mismo le sucede a los intereses del “crecimiento”.

(Tomado de fragmentos de mis libros “El crecimiento mata y genera crisis Terminal” y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” Ed. La Catarata años 2009 y2010 respectivamente).

Es muy conveniente para ampliar información entrar en la pagina web: http://www.decrecimiento.info/
En ella se encontrará: artículos, bibliografía y páginas Web, sobre decrecimiento.

El tesoro de la juventud


"Los niños son por naturaleza desagradecidos, cosa comprensible puesto que no hacen más que imitar a sus amantes padres; así los de ahora vuelven de la escuela, aprietan un botón y se sientan a ver el teledrama del día, sin ocurrírseles pensar un solo instante en esa maravilla tecnológica que representa la televisión. Por eso no será inútil insistir ante los párvulos en la historia del progreso científico, aprovechando la primera ocasión favorable, digamos el paso de un estrepitoso avión a reacción, a fin de mostrar a los jóvenes los admirables resultados del esfuerzo humano.

El empleo del «jet» es una de las mejores pruebas. Cualquiera sabe, aún sin haber viajado en ellos, lo que representan los aviones modernos: velocidad, silencio en la cabina, estabilidad, radio de acción.

Pero la ciencia es por antonomasia una búsqueda sin término, y los «jets» no han tardado en quedar atrás, superados por nuevas y más portentosas muestras del ingenio humano. Con todos sus adelantos esos aviones tenían numerosas desventajas, hasta el día que fueron sustituidos por los aviones de hélice. Esta conquista representó un importante progreso, pues al volar a poca velocidad y altura el piloto tenía mayores posibilidades de fijar el rumbo y de efectuar en buenas condiciones de seguridad las maniobras de despegue y aterrizaje. No obstante, los técnicos siguieron trabajando en busca de nuevos medios de comunicación aventajados, y así dieron a conocer con breve intervalo dos descubrimiento capitales: nos referimos a los barcos de vapor y al ferrocarril. Por primera vez, y gracias a ellos, se logró la conquista extraordinaria de viajar al nivel del suelo, con el inapreciable margen de seguridad que ello representaba.

Sigamos paralelamente la evolución de estas técnicas, comenzando por la navegación marítima. El peligro de incendios, tan frecuente en alta mar, incitó a los ingenieros a encontrar un sistema más seguro: así fueron naciendo la navegación a vela y más tarde (aunque la cronología no es segura) el remo como el medio más aventajado para propulsar las naves.

Este progreso era considerable, pero los naufragios se repetían de tiempo en tiempo por razones diversas, hasta que los adelantos técnicos proporcionaron un método seguro y perfeccionado para desplazarse en el agua. Nos referimos por supuesto a la natación, más allá de la cual no parece haber progreso posible, aunque desde luego la ciencia es pródiga en sorpresas.

Por lo que toca a los ferrocarriles, su ventajas eran notorias con relación a los aviones, pero a su turno fueron superados por las diligencias, vehículos que no contaminaban el aire con el humo del petróleo o el carbón, y que permitían admirar las bellezas del paisaje y el vigor de los caballos de tiro. La bicicleta, medio de transporte altamente científico, se sitúa históricamente entre la diligencia y el ferrocarril, sin que pueda definirse exactamente el momento de su aparición. Se sabe en cambio, y ello constituye el último eslabón del progreso, que la incomodidad innegable de las diligencias aguzó el ingenio humano a tal punto que no tardó en inventarse un medio de transporte incomparable, el de andar a pie. Peatones y nadadores constituyen así el coronamiento de la pirámide científica, como cabe comprobar en cualquier playa cuando se ve a los paseantes del malecón que a su vez observan complacidos las evoluciones de los bañistas. Quizás sea por eso que hay tanta gente en las playas, puesto que los progresos de la técnica, aunque ignorados por muchos niños, terminan siendo aclamados por la humanidad entera, sobre todo en la época de vacaciones pagas."

Cuento escrito por Julio Cortázar incluido en su libro 'Último round'

El acabose

Pedro Pérez Prieto - Crisis Energética

Hoy me encuentro realmente mal, seguramente en razón de una comida en mal estado ingerida en un aeropuerto.
En la entrevela del que no duerme por una razón fisiológica, se producen pesadillas y todas ellas han sido recurrentes para imaginar los efectos y las consecuencias de la destrucción de la planta multi-reactor de Fukushima, en Japón. Seguramente ha sido algún tipo de conexión o sincronía extraña con el sufrimiento japonés.
Y además me ha servido para profundizar en algunas ideas que ahora transmito a los cercanos, por primera vez en cierto tiempo, desde mi lecho del dolor.
Mi primera sorpresa al aterrizar ayer en España y ver o escuchar los informativos, es la profusión de “expertos” pro-nucleares que o se han invitado o se han hecho invitar a los principales medios del país. Esta es una conclusión aparentemente obvia, porque para ser “experto” en energía nuclear, generalmente hay que haber estudiado el tema muy a fondo y eso se hace en una carrera muy específica, que ha dado y da de comer a mucha gente y que ha generado ganancias considerables a los que las gestionan o desarrollan y operan.
Lo segundo es observar la agresividad de los llamados “expertos” nucleares, generalmente exigiendo que no se juzguen los hechos (cuatro reactores semi destrozados o ardiendo, porque las informaciones no suelen ser precisas y sí difusas y confusas), de forma muy intensa.
Se llama a “expertos” que lo que hacen generalmente es analizar la radiación emitida (aparente, porque de nuevo los datos son confusos y cambian a cada hora que pasa) en el presente o como mucho, analizar los límites de radiación que pueden ser o no peligrosos para el hombre, pero siempre señalando que AHORA estamos lejos de estos niveles.
Pero raras veces (no he constatado ninguna en el aluvión de informaciones que llegan a los medios y desde ahí se difunden) que nadie informe lo que puede pasar dentro de 50 años o de 500 años o de 5.000, o 24.000 años con estos despojos.
Otra de las cosas sorprendentes y sospechosas, es la insistencia de “expertos” y de medios, en indicar que en Japón, al contrario que los burdos comunistas soviéticos en el caso de Chernóbil, sí existen en todas las centrales vasijas de contención, con lo que aseguran con una fe digna de mejor empeño, que no habrá fugas de elementos radioactivos al medio. Todo ello, claro está, mientras las centrales van reventando una tras otra, como seta de pedo de lobo, sin que a ellos, a los “expertos” se les descomponga la figura ni un ápice.
Sin embargo, son muy rápidos cambiando el discurso: ahora ya no se habla de Chernóbil, que sigue teniendo un amplio perímetro restringido más de 35 años después. Esto se da por resuelto, aunque todo el mundo mira para otro lado, cuando se le pregunta que cómo de aislado del medio ambiente está la famosa “pata de elefante” que penetró hasta el suelo de la central con el magma ultra radioactivo y seguramente está permeando las capas freáticas del río Dniéper cuyo flujo se utilizaba para refrigerar la central (o las permeará, alguno de estos milenios).
Ahora, como nadie se atreve a decir, y menos que nadie los garbanceros tertulianos españoles que pululan por los medios vendiendo falsas seguridades, que Japón hace las cosas mal, ni desde el punto de vista tecnológico, ni de cumplimiento de estándares, ni de disciplina social extrema, vienen algunos listos, como el señor Xavier Trías candidato a alcalde de la ciudad de Barcelona en TVE (para ellos, sí hay audiencia en “prime time”), diciendo AHORA, que es que lo que no hicieron bien los japoneses es meterse en esto siendo un país tan geológicamente inestable. ¡Qué bien se habla a toro pasado y prediciendo hacia atrás! Claro está, que se olvidan que los estadounidenses, que tienen tutelado nuclearmente el país nipón, ni el Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), que tiene OBLIGACIÓN de supervisar y aprobar estas centrales e incluso la cantidad de golfos que han estado contándonos durante décadas, con suma arrogancia, que “se pueden hacer diseños para que las centrales nucleares aguantasen hasta los terremotos más severos; y ponían de ejemplo a Japón. Ninguno de ellos ha salido a pedir perdón.
Otro de los poco afortunados argumentos que se viene planteando estos días por parte de los pro nucleares, es el manido “y tu más”, que refleja el nivel de desesperación y la reticencia enorme a cambiar el propio ideario o esquema mental, incluso ante evidencias irrefutables. Así, puestos ante la tesitura de se oyen con frecuencia argumentos del tipo “pues de todas formas, vamos a tener que vivir con esto”, ahora bien, todos claman porque las centrales se hagan muy bien (¿cuánto de bien? ¿mejor que las japonesas en España o Argentina o Brasil o los propios EE. UU. o Arabia Saudita o Marruecos?), sin plantearse, ni por un minuto los costes que ello puede suponer, aunque tienen la central de Finlandia ante ellos para poder extrapolar un poquito.
Es curioso e interesante este argumento, en un momento en que una desgracia de este calibre ha obligado a inyectar dinero emitido (es decir, aire, que podía haber ido a refrigerar las plantas) por valor de 200.000 millones de dólares en un solo día, para enfriar una temerosa bolsa nipona, que como es lógico, parece temer más esa caída que el desplome de los edificios nucleares. Es curioso que lo utilicen cuando una parte imprecisa de la población de Japón vagabundea para conseguir agua potable, alimentos y refugio.
Y es sobre todo curioso que lo hagan en un momento en que los japoneses descerrajan los depósitos de gasolina o diesel de los coches desplazados para exprimir las gotas de petróleo que no les lleva. Seguramente, éstos defensores de las centrales de MUCHA, MUCHA , MUCHA más calidad que las actuales, no han oído a Marcel Coderch hablar de que un plan de desarrollo de 400 centrales nucleares en el mundo, dejaría una energía neta negativa (por supuesto, fósil, como Tejero decía aquello de “militar, por supuesto”) para la sociedad en los próximos 40 años, según modelo muy simple de System Dynamics con datos de la energía invertida en los procesos de la propia industria nuclear.
Así que, en su erre que erre, vuelven al “y tu más” y se enrocan con que más cornás da el hambre (que dijo El Cordobés) y que esto de la seguridad 100% no existe ni al montarse en avión, comer vacas locas, vivir bajo el hongo de humos de la gran ciudad, etc. etc. Moraleja: de nuevo el lema, letanía o cantinela de mi tío Zoilo y las coces de su mula, de que “vivir en sí, es peligroso”. Ante esto, si uno trata de hacerlos ver que la coz de la mula me mata a mí, pero no a mis 500 generaciones venideras y que esto es, sobre todo, una cuestión de responsabilidad moral intergeneracional como antes nunca se había producido, sacan la artillería del “y tu más” y alegan que más cornás intergeneracionales da el CO2, que nos lleva al cambio climático. Es el argumento de que si sales de Málaga es para meterte SOLAMENTE en Malagón.
Los que sí han desaparecido del panorama informativo como por ensalmo, son los arrogantes y prepotentes que han estado abrumando al común de los mortales cuando los ciudadanos preguntaban sobre las posibilidades estadísticas de accidente nuclear. Solían decir, tan cargados ellos de autosuficiencia y altivez, que la posibilidad muy estudiada de un accidente se reducía al famoso “Uno por diez elevado a la menos x”. Siendo equis, obviamente, un número tan alto que hacía la posibilidad tan despreciable como la actitud de estos “expertos” hacia los que dudábamos y que, a la vista está, estaba calculada sobre una muestra tan poco significativa que espero no vuelvan a soltar esa inmensa tontería nunca más. Estos “expertos” han resultado ser como los que resuelven el problema estadístico de un pollo para dos personas y concluyen que a cada uno le toca medio, aunque uno se lo coma entero y el otro no vea ni las plumas.
Razón no les falta. Lo que les falta es un poquito de imaginación para entender que los seres humanos llevan sólo doscientos años viviendo con combustibles fósiles y unos 50 años con el combustible nuclear, pero que los seres humanos han vivido sin ellos el resto de los dos millones y medio de años como “homo sapiens-sapiens”, una definición antropológica, que estoy sometiendo a intensa revisión, sobre todo en lo que concierne a la civilización industrial y tecnológica. Ha habido en esos dos millones de años civilizaciones y formas de vida que quizá haya que volver a retomar, in necesidad de volver a las cavernas de nuevo.
Incluso he visto alguna emisora de televisión de las de nuevo cuño y viejos ademanes, que Dios confunda, ante este desastre se atreven, con una agresividad inaudita, a calificar a los grupos ecologistas de “ecocidas” o de querer hacer sangre con tragedias ajenas para llevar el agua a sus turbios molinos o bien de querer llevarnos a todos de nuevo a las cavernas.
Mientras tanto, ese curioso trufado de tertulianos, bustos parlantes obedientes a la línea de dirección del medio, llamados presentadores y “expertos” nucleares que barren para casa, vuelven una y otra vez sobre el tema para insistir, una y otra vez, que “no hay tecnologías absolutamente seguras”, una obviedad y simpleza de tamaño descomunal, que ya conocía mi tío Zoilo, que siempre me advertía que tuviese mucho cuidado al pasar por la parte trasera de una mula, por si tiraba una coz, porque me podría matar.
Los nervios entre los turiferarios (los ha bautizado así un amigo y me ha gustado, porque son los que llevan el incensario) nucleares que han apostado, como suele suceder en estos casos, a hurtadillas y en los mentideros de la corte, por una política energética llena de nucleare, llegan al extremo de que si al Comisario Europeo de Energía de la Unión Europea se le ocurre decir que lo que está pasando en Japón es “apocalíptico”, salen disparados a los medios para descalificarlo, ¡faltaría más! Y lo hacen los mismos que otras veces piden respeto para las opiniones de las personas “autorizadas”. Al parecer, este Comisario no es “experto” en energía, vaya por Dios. Será mejor volver al periodista del diario ABC que habla de titiriteros.
Este es un argumento programado y repetido hasta la saciedad por el llamado “lobby” nuclear, a alguno de cuyos relevantes miembros le he oído decir incluso que el “lobby” antinuclear era mucho más potente. También lo dijo sin despeinarse, este elemento, que se presentaba como “independiente” y representaba un periódico obviamente no independiente, como viene siendo habitual, sobre todo, cuando otro periodista, algo más ecuánime, le vino a contestar que comparar a esos dos supuestos “lobbies” cuando uno de ellos dispone de millones de Euros y coloca en sus puestos de asesoría y consejo a dos ex presidentes de gobierno, parecía un poco ridículo. El interpelado soltó entonces la invectiva que viene caracterizando a los grupos que tenían ya programado el “renacimiento nuclear”, obviamente muy vinculados a un partido político y contra argumentó que es que el lobby pro nuclear tenía mucho predicamento entre intelectuales, artistas, y demás, ecologistas de la neoizquierda, etc. como si esto fuese un estigma. Le faltó llamarlos “titiriteros” para terminar de fotografiarse sin vergüenza alguna.
Curiosamente, vengo de la Capadocia, un precioso lugar ya habitado por los hititas, lleno de viviendas trogloditas y ha debido ser eso lo que me ha hecho perder bastante miedo a volver a las cavernas, e incluso me he sentido tentado de quedarme en una de ellas a vivir. La ventaja de este territorio, es que si consigues un simple montículo de roca blanda arenisca, en forma de cono invertido (y hay cientos de miles, quizá millones), no tienes que dar la “entrada a la casa”, sino solamente “practicarla” en la montaña y a partir de ahí, decidir las habitaciones. Para mi sorpresa, el tiempo (o esfuerzo humano o trabajo equivalente en horas-hombre) que se tarda en excavar una vivienda es unas 15 veces menor que lo que tarda un joven en conseguir un apartamento en Madrid de 60 metros, del que sólo poseerá la mitad, pues sus delicadas paredes de ladrillo de medio pie o techo y suelos las paga a medias con el vecino, aunque no lo vea así. Además, he visto frescos bizantinos preciosos en los interiores, con un Jesus en pantocrátor, rodeado majestuosamente de ángeles, arcángeles y escenas del Nuevo Testamento, que incluyen a las vírgenes.
Pero en fin, volvamos al mundo de la alta tecnología y las bajas pasiones, que está que se derrite, literalmente hablando, lo mismo que un servidor está que se caga, literalmente hablando también.
Procuraré evitar los tecnicismos que ya se divulgan, por todos los medios las más de las veces, con tan poca fortuna como imprecisión en los datos. Veamos algunas de las cosas curiosas que se han estado diciendo y leámoslas en clave verdaderamente independiente:
Los núcleos de los 4 reactores “medio fundidos”
Recordaba un colega estadounidense, con elevado sentido del humor que esto es como la niña que no sabe cómo abordar a sus papás y para no asustarlos, les dice que esta “parcialmente embarazada” o “medio embarazada”
Todos hemos visto estos días en gráficos, animaciones y videos las barras de combustible nuclear subiendo y bajando y las barras de moderación de las reacciones subiendo y bajando. Sabemos que cuando se gastan, se reemplazan por otras barras. Pero, ¡ qué curioso! Nadie explica cómo demonios se puede sacar de un núcleo semi fundido un amasijo altísimamente radiactivo de toneladas. Se han hartado de decirnos que el magma “está contenido” en la vasija (de momento). ¿Alguien puede explicar cómo se saca este magma y adónde se puede llevar?¿Alguien sería capaz de decirnos cuántos años de peligro potencial para los seres vivos puede este material ser extremadamente peligrosos por actividad, toxicidad y volumen/peso?
Estoy deseando escuchar a los “expertos” sobre este tema, casi más que ganas me dan de pedirles que se vayan al borde exterior de los 30 km de perímetro de seguridad a dar sus tertulias los próximos 24.000 años, para demostrarnos que no hay peligro para la población en todo ese tiempo, no ahora, no hoy, no mañana.
La refrigeración de los reactores
Al mismo tiempo que los tertulianos aseguraban que las vasijas de contención estaban intactas, por otro lado, decían que se habían visto forzados a refrigerar el reactor (sin especificar nunca qué parte del reactor) con agua de mar era la que se estaba inundando con agua de mar.
De las pocas cosas que uno aprende de una central nuclear, es que el líquido de refrigeración se compone del que refrigera el circuito primario y está en contacto con el material radiactivo y es un fluido muy puro, desmineralizado y muy tratado para evitar que las emisiones de neutrones generen material radiactivo y por otro lado, el circuito secundario, que puede ser de agua de río o agua de mar, que teóricamente sólo se calienta, pero que no se contamina y puede volver a los cursos de agua de río o al mar.
Esto daría para un tratado sobre la estulticia y la manipulación informativa. Baste saber que en el momento en que se arroja agua sobre el núcleo (luego fueron admitiendo que era sobre el núcleo), el reactor, como decía el colega norteamericano “está muerto para siempre”. En este caso, discrepo de mi colega estadounidense. Un núcleo fundido de reactor nuclear NUNCA está muerto, sino muy “vivo” en el sentido de emisión intensísima y prolongadísima de radiaciones. Y no está muerto, como la pata de elefante de Chernóbil dista mucho de estar muerta: está confinada, malamente, por cierto, porque nadie se atreve a trabajar por debajo del magma para crear el suelo protector que evite que entre en contacto con las napas o capas freáticas de agua y por ahí se pueda dispersar al medio, con los efectos terroríficos que conocemos de liberación.
Vuelve la pregunta: ¿Qué hacer con el magma radioactivo?
Lugares comunes de políticos
1. Lamentamos lo ocurrido y nos solidarizamos con el pueblo (algunos, en sus lapsus mentales dicen con el gobierno de de Japón)
2. La situación es difícil (vaya hombre, no lo sabíamos)
3. Nadie esperaba un hecho de estas características (estaría bueno que hubiesen dicho lo contrario, pero eso ya es una declaración de lo poco que esperaban de la Naturaleza)
4. Hay que actuar con precaución (muy original)
5. A la vista de lo sucedido, vamos a proceder a la revisión al alza de los requisitos técnicos de nuestras propias centrales en lo relativo (esta expresión de “en lo relativo” es la favorita de nuestro presidente de gobierno) a la resistencia a la actividad sísmica. (Eso está muy bien, pero ¿qué sucede si hay un ataque terrorista o un ataque por guerra -¿ya no nos acordamos de las amenazas de israelíes y estadounidenses sobre la central nuclear iraní?-, sobre la alimentación eléctrica exterior de la central y de los edificios que contienen los generadores de emergencia y las baterías y que no están tan protegidas como el núcleo del reactor frente a un ataque de morteros o de un avión suicida o de un grupo que entre, con la misma facilidad que entra Greenpeace cada vez que se les antoja y coloquen explosivos? Esto simularía la tragedia del efecto terremoto+tsunami. Lo mismo sucedería si viene una tormenta solar fuerte que puede tirar debajo de forma completa toda la red eléctrica y destrozar muchos equipos electrónicos, hoy indispensables para mover y operar cualquier máquina robotizada.
Lo mismo deberían hacer y prever para el caso de que un país termine en una crisis económica sin precedentes (como las que ya empezamos a vislumbrar, entre ellas la del propio Japón, que tiene unos cuatro reactores fundidos, pero 54 centrales nucleares en todo el país y una red eléctrica, que pese a la enorme disciplina de los ciudadanos japoneses en racionar sus propios consumos, puede venirse abajo.
Es la famosa (para los lectores de Crisis Energética) teoría de Olduvai, de Richard Duncan, que ahora vemos está más cerca que nunca para Japón. Es la reacción en cadena, que termina, o puede terminar por dejar un país tan postrado que no pueda volverse a levantar a los niveles previos al desastre. Y eso, en una sociedad muy demandante de servicios y energía de calidad y estructurada para hacer cualquier mínima función. ¿Alguien imagina que la red eléctrica japonesa se cae en su totalidad y de forma prolongada y continuada qué pasaría con las 50 centrales nucleares que todavía no se han fundido?
¿Por qué nadie puede alcanzar a imaginar este escenario de caída total de la red de forma prolongada? Porque yo no creo ser tan viejo y ya he visto que por causa de una guerra moderna, un país entero se quedó durante meses con un suministro eléctrico pobrísimo y errático y eso que no se asolaron las centrales de generación por completo. En el caso de la antigua república de Yugoslavia, ya parece que nadie recuerda aquellos bombardeos con bombas de grafíto que cortocircuitaban las plantas de generación y las estaciones transformadoras, que fueron determinantes para poner de rodillas al entregado gobierno yugoslavo, inerme y sin poder mover ni una ficha.
¿Harán también examen de conciencia nuestro presidente de gobierno y nuestro ministro de Industria sobre estos otros supuestos en las centrales nucleares, aparte de los sísmicos? ¿O quizá consideran que no sería posible una guerra o que si se da los enemigos serían lo suficientemente caballerosos para no atacar los centros nucleares? ¿O no consideran tampoco un ataque terrorista exitoso, en un país en el que durante décadas la primera preocupación de los ciudadanos ha sido “el problema terrorista”?
Las preguntas se siguen agolpando, pero miro a mi alrededor y veo a la gente preocupada por el resultado del Real Madrid- Olympique de Marsella y observo que siguen las telenovelas y los programas del corazón y la gente que quiere seguir con sus rutinas y pequeños placeres y cobrando a fin de mes en su trabajo de siempre. Veo que la gente sigue queriendo disfrutar y no ver, quiere seguir manteniendo el sistema a toda costa, aunque el sistema sea inviable y me digo ¿Acaso es importante lo que está pasando en Japón?

Comunismo: socialismo más decrecimiento


Miguel Tovar Martínez

Este artículo pretende ser una aportación a la discusión abierta por Manuel Casal Lodeiro (www.rebelion.org 25-12-2010) y Lino C. Vila (www.rebelion.org 01-01-2011), sobre la forma en que la izquierda debería afrontar el problema del crecimiento perpetuo en un mundo finito. 

En las gentes de la izquierda se percibe un cierto desconocimiento de la cuestión energética, pero no por dejadez suya, sino porque dicho fenómeno está generalizado en la sociedad. Los círculos de expertos que discuten esta cuestión desde hace años, sugieren como causa de este desconocimiento, el hecho de que la crisis energética, y la manera en cómo afecta a las sociedades humanas, requiere para su comprensión de un acercamiento pluridisciplinar, dificultado por el divorcio secular entre "las ciencias" y "las letras". Es necesario manejar conceptos de Economía, Ecología, Física (principalmente la Termodinámica), Historia y Política, entre otros. El uso de las matemáticas es de gran ayuda. Pienso que a esto hay que añadir el gran interés que tiene el sistema capitalista, en que este tema no se explique a la opinión pública, para dificultar el consiguiente debate en la sociedad. 

Al igual que a Manuel C. Lodeiro, a mí también me invade cierta impaciencia, y un sentimiento de urgencia, cuando leo algunas propuestas de los sindicatos y partidos de izquierda, donde se sigue hablando de recuperar el crecimiento para crear empleo. Sin embargo, hay que procurar mantener la calma, porque estamos hablando de un cambio de ideología y de sistema de valores tan radical, que puede tardar años, tal vez décadas, en ser asimilado. Ni siquiera los que ahora abordamos estas cuestiones, tenemos muy claro qué hacer y cómo hacerlo. En el caso de España, ¿cómo le dices a gente deshauciada, totalmente quebrados para el resto de su vida, que se tienen que ir al campo a sembrar patatas, si hace pocos años conducían coches caros y se iban de luna de miel a Cancún? Ni siquiera está claro en el momento actual que la población vuelva a la política, cuando aparecen casos en la sección de sucesos, de personas desesperadas que cometen actos individuales trágicos contra ellos mismos o contra terceros, en vez de organizarse para una lucha colectiva. 

Respecto a la relación entre tecnología y progreso, la interesante película-documental "Sicko", de Michael Moore, explica cómo casi 50 millones de estadounidenses no pueden disfrutar en absoluto de la tecnología médica de su país, que según dicen es de las más avanzadas del mundo. ¿En qué afectaría a su bienestar que esa tecnología desapareciese mañana, si ellos no tienen acceso a la misma? El sistema sanitario cubano, mucho más eficiente y eficaz, demuestra que para el ser humano, es mucho más importante el progreso social que el tecnológico. A mi parecer, tanto los partidarios del decrecimiento como la izquierda "tradicional", están por la defensa y ampliación del progreso social. 

Es claro que hay tecnologías superfluas o dañinas, como una consola de videojuegos o un misil intercontinental, cuya desaparición no afectaría negativamente a nuestra calidad de vida. Otras tecnologías, como una unidad de cuidados intensivos, o una cosechadora de cereal, no deberían desaparecer nunca, pero hay que ser conscientes que éstas se han desarrollado en el seno de una sociedad del petróleo, y requieren para su fabricación y mantenimiento de una estructura social con un mínimo de complejidad. [1] [2]


En cuanto a la cuestión del pleno empleo, no es ningún mito, si es concebido como reparto de empleos, y es posible alcanzarlo reduciendo la jornada laboral hasta donde el subsidio energético lo permita, sin perder calidad de vida. Por supuesto, será un mito mientras no salgamos del sistema capitalista. 

En primer lugar cabría cuestionar la relación que suele establecerse entre nivel de vida y calidad de vida. 

La energía abundante y barata, junto con el progreso tecnológico, nos ofrecía la posibilidad de liberarnos del trabajo físico, y todavía se piensa que éste es denigrante y de menor categoría que el trabajo intelectual. Sin embargo, hemos avanzado poco en la liberación del trabajo alienado, que es lo que nos denigra y rebaja. Veamos un ejemplo en clave energética: 

Una cosechadora de cereal moderna, hace el trabajo de 220 jornaleros, aunque consume 4 veces más energía que éstos, suponiéndoles una dieta de 5.000 Kcal diarias (la FAO establece un consumo mínimo de 3.500 Kcal diarias, para llevar una vida normal). En el sistema capitalista, 3 ó 2 de estos 220 jornaleros se convierten en operarios de cosechadora, trabajando 8 ó 12 horas a turno, según el país en que estén, y los 217 restantes, de primeras, se van al paro. Los 3 reconvertidos en operarios, reciben un salario más alto que cuando eran jornaleros, pero aún así, es una ínfima parte de la riqueza que, gracias a la energía canalizada por la máquina, generan con su trabajo (es decir, 4 veces 220, que son 880 jornaleros) . El terrateniente será el propietario de la máquina si tiene una extensión suficiente de tierras, y si no se la alquilará a un pequeño empresario, que se encargue de su mantenimiento, y la vaya moviendo allí donde haga falta. Los 3 operarios no participan para nada en la toma de decisiones, y mucho menos los otros 217. En cuanto al reparto de riqueza, de los cálculos anteriores se desprende que la movilización de la energía contenida en el gasoil que quema la máquina, equivale a 880 jornaleros, que es como si los 220 iniciales tuvieran otros 660 “ayudantes”; sin embargo, constatamos que estos 660 “esclavos energéticos” sirven principalmente a los propietarios. 

Ahora bien, últimamente nos estamos dando cuenta que lanzarse a dilapidar la energía solar almacenada en forma de combustibles fósiles, sin tener a punto otra fuente de energía que los sustituyera, ha sido como “vender las joyas de la abuela”, en expresión de Mariano Marzo. Es decir, que no ha sido acertado explotar toda esta energía para que la disfruten unos pocos, pero tampoco lo hubiera sido si la hubiéramos disfrutado de forma más igualitaria, dejando un paisaje desolado a las generaciones venideras, que nos hubieran juzgado con la misma severidad. 

Es por esto que deberíamos desterrar el pensamiento productivista, en la construcción de la alternativa que haga efectiva la idea básica de la izquierda, que es el reparto justo de la riqueza. Lo malo no sería tanto volver a segar a mano, como que la mayor parte de la cosecha se la quedara “el señorito”. 

Al reevaluar los conceptos de “trabajo” y “calidad de vida”, hay que pensar que una reducción del confort, vendría compensada con mayor disponibilidad de tiempo, y con mayor plenitud y satisfacción personal. De esta forma, cambiamos confort físico por confort psíquico, bien-estar por bien-ser. 

Sólo el progreso social puede traernos la liberación del trabajo alienado. Pero además, queremos que la jornada de trabajo necesaria para el buen funcionamiento de los servicios sociales básicos, deje tiempo para: 

a) la participación activa y cotidiana de la población en la toma de decisiones, dotando así de sentido a la democracia,
b) el cuidado de niños, ancianos, enfermos y por qué no, adultos,
c) la realización personal mediante el cultivo de las artes, la contemplación, la oración, etc. 

Esto es posible ahora, con las reservas energéticas que todavía quedan, pero ¿será posible en un mundo de baja energía? Mi opinión es que sí, ya que estos objetivos no son materiales, y la felicidad tiene un componente subjetivo muy fuerte. 

Las agresiones que sufrirían las “comunidades locales auto-gestionadas” de baja energía, por parte de las “sociedades tecnológicas”, que plantea Lino C. Vila, son un clásico en las discusiones sobre la crisis energética y los escenarios post-petróleo. En este tema soy optimista, y opino que no es posible mover un gran portaaviones, como los de EE.UU., si con tal movimiento no se consigue una cantidad de energía muchas veces mayor que la que ha consumido este portaaviones en su “misión de paz”. Pienso que la IIª Guerra Mundial, la mayor masacre de la Historia, fue la gran guerra de la era del petróleo, y que la guerra de Iraq, que se tuvo que llevar a cabo tras un decenio de embargo económico, que dejó totalmente arruinado a aquél país , será la última guerra de la era del petróleo. No digo que no vaya a haber más guerras, eso quisiera yo, pero no serán tan destructoras y salvajes como éstas últimas. 

No creo que vayamos a volver a la Edad Media, ni al Paleolítico, ni a ninguna época pasada, porque el sistema humano evoluciona de forma similar a los seres vivos, de tal forma que, al igual que la Evolución no volverá a engendrar dinosaurios, nosotros tampoco volveremos atrás en la Historia. Pero si hay que simplificar las sociedades, comencemos por desmontar la Globalización capitalista, para lo cual podríamos valernos de un programa, basado en los siguientes principios [3]:


- Vida Sencilla.
- Reducción del tiempo de trabajo alienado.
- Predominio de la vida social frente a la lógica de la propiedad y del consumo ilimitado.
- Reducción de escala (reducir las dimensiones de infraestructuras productivas, de las organizaciones administrativas y de las infraestructuras de transporte)
- Primacía de lo local sobre lo global.
- Redistribución de los recursos.

Podríamos ir un paso más allá, y proponer para estos conceptos un orden cronológico de forma que unos facilitaran, o fueran condición necesaria para la realización de otros. Así pues, una redistribución verdaderamente justa de la riqueza, no sería posible hasta que se hubiera producido una reducción de escala, que eliminase la locura de la libre circulación de capitales y la obscena acumulación de los mismos en pocas manos; y a su vez, dicha reducción de escala no sería posible hasta que la reducción del tiempo de trabajo, permitiera a las personas participar en la vida política de su entorno. 

Sea como sea, la Vida Sencilla es condición necesaria y fundamental, y se acopla bien con la reducción del tiempo de trabajo. Hay que hablar con claridad a las personas paradas y excluidas, y decirles que los lujos de que acaso disfrutaran antaño, no los van a disfrutar sus hijos, y tal vez ellos tampoco podrán volver a tenerlos, pero que además de ser innecesarios, eran alienantes y provocaban su esclavitud, y que es perfectamente factible mantener una sanidad y educación universales y gratuitas, es factible una vivienda accesible para todas las familias, es factible un trabajo y es factible una alimentación sana, con los recursos todavía disponibles, durante muchas décadas, si renunciamos de una vez a todas las necesidades superfluas creadas por la mercadotécnia, y a todas las prácticas derrochadoras de energía y recursos de la producción capitalista. 

Como dice Lino C. Vila, hemos de ir paso a paso, pero sin pausa: en España, un número significativo de personas, que por su situación actual serían partidarias en potencia de una opción de izquierdas (nada de “centros”), provienen de una situación muy distinta, mucho más acomodada, y por tanto van a sufrir la “rabieta del niño mimado”, que estaba acostumbrado a un determinado nivel de vida, y que de pronto la crisis le ha arrebatado. Dicha rabieta consiste en votar acríticamente a la derecha conservadora (Partido Popular). El proceso de “lavado de cerebro” efectuado por el pensamiento único, a lo largo de treinta años de neoliberalismo, no se puede revertir en cuestión de meses; así pues, nos iremos preparando para un gobierno de derecha dura, y tras varios años de infierno privatizador, reformas laborales y subidas de impuestos indirectos, una vez que se haga patente que las vacas gordas no van a volver tampoco con éstos, tal vez comience el verdadero protagonismo de los movimientos de izquierda. Para entonces, partidarios del decrecimiento y de la izquierda, ya tendremos gran parte del trabajo ideológico hecho, para presentarlo a una sociedad más receptiva, si nos ponemos manos a la obra ahora mismo. 

No tengo ninguna duda que de la síntesis de las antiguas, pero renacidas, ideologías del marxismo y los movimientos populares de liberación, y de los más recientes postulados del decrecimiento, surgirá la renovada ideología que será la base para que los desposeídos erijan de entre los escombros del capitalismo, una nueva sociedad, más equitativa entre sus miembros y en su relación con el planeta.
En palabras de Serge Latouche, “el decrecimiento, como tal, no es verdaderamente una alternativa concreta; sería, más bien, la matriz que daría lugar a la eclosión de múltiples alternativas”. Yo añadiría, que los seres que engendre esta matriz, para ser viables, habrán de nutrirse con el fluido vital del socialismo. 

Notas:

[1] Prieto, Pedro A. “Un cuento de terror energético”. Cuadernos del CAUM (Club de Amigos de la UNESCO de Madrid), marzo 2004.

[2] Bullón Miró, Fernando, “El mundo ante el cénit del petróleo”, Cuadernos del CAUM, junio 2006.

[3] Estos son conceptos explicados por autores como Paul Ariès, André Gorz, Iván Illich, Serge Latouche, Maurizio Pallante, Nicolas Ridoux, Wolfgang Harich, entre otros.