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Autocontención y decrecimiento

Joaquim Sempere en Ecología Política nº 35

Los escépticos o enemigos del decrecimiento suelen invocar que los pobres, sean países enteros o individuos, necesitan más consumo para acceder a un bienestar que nadie puede legítimamente negarles; en otras palabras, necesitan crecer, necesitan crecimiento económico. Esta objeción tiene tres defectos:

El primero es que se trata de pensamiento desiderativo que no distingue entre lo deseable y lo posible. No basta con desear algo para obtenerlo: hace falta que sea posible.

El segundo defecto de esta objeción es que descarta la idea de redistribución y de reducción de los consumos a los que una parte de la humanidad se ha acostumbrado. Aunque no lo sepamos con certeza, es verosímil que haya recursos suficientes, si se administran bien, para que una población del tamaño de la actual pueda vivir con dignidad (aunque no todo volumen de población humana es viable). En tal caso, bastaría una redistribución para satisfacer las necesidades y las aspiraciones viables de todos, y no haría falta crecimiento.

El tercer defecto es confundir decrecimiento de toda la economía mundial con decrecimiento de todas sus partes. Seguramente el bienestar de sectores muy numerosos de la humanidad requiere crecimiento de algunas dimensiones de la economía en beneficio de los más desfavorecidos: producción de alimentos, de viviendas dignas, de electricidad, de infraestructuras hidrológicas, etc.

Pero esto no es en teoría incompatible con el decrecimiento económico a escala mundial, que supondría un sacrificio compensatorio del consumo de los privilegiados y una substitución de fuentes de energía y de procesos técnicos que redujera la huella ecológica de la humanidad. Justamente el argumento de la equidad hace más imperioso aún el objetivo de decrecer en las regiones del mundo más opulentas y despilfarradoras.

Este último supuesto nos encamina ya hacia la incógnita de si es posible que se modifiquen a la baja —y se estabilicen a un nivel más bajo— las aspiraciones de las personas y, por tanto, de cómo sería aceptado un proceso de transición hacia una economía de estado estacionario o de decrecimiento.

(...)

La evolución técnica nos proporciona medios para satisfacer nuestras necesidades y nuestros deseos y estos medios acaban siendo indispensables para vivir de modo satisfactorio. Por ejemplo, en cualquier ciudad actual se requiere un complejo dispositivo colectivo de captación, depuración, transporte y distribución del agua hasta los grifos de las casas. Del mismo modo, es fácil comprender que entre los seres humanos y la naturaleza se interponen sistemas sociotécnicos que permiten obtener, además del agua, los alimentos, la ropa y todo lo que constituye el conjunto de nuestras necesidades, incluso las más elementales (y evacuar nuestros residuos) pero que nos hemos acostumbrado a satisfacer de determinadas maneras muy complejas, muy poco elementales, que nos resultan necesarias. No es posible hoy imaginar nuestro nivel de vida sin la nevera, el teléfono, el televisor, la red de carreteras y vías férreas, el automóvil, el sistema escolar y el sanitario.

En otras palabras: nuestro «exceso» de consumo no depende sólo de que cedamos al gusto por los caprichos y los lujos «consumistas», sino de la complejidad de los sistemas sociotécnicos que nos permiten satisfacer nuestras necesidades, incluidas las más elementales. Para reducir nuestra huella ecológica no basta con una moral austera que nos empuje a renunciar a lujos y caprichos: hace falta simplificar nuestro entero metabolismo socionatural. Lograr esta hazaña forma parte de cualquier programa imaginable de decrecimiento voluntario.

Cambiando de bando: la opción por la agroecología

Extraído de: Cambiando de bando: la opción por la agroecología. En la revista “Soberanía alimentaria, biodiversidad y culturas”

«Alguna vez, cuando reflexiono sobre lo andado, -continua Belén- pienso que ha merecido la pena llegar hasta aquí. Me hubiera gustado que la agroecología fuera una agricultura mayoritaria, que se hubiera animado más gente a practicarla, pero viendo cómo funciona el ejército de las multinacionales, la propaganda y la información que se da a través de las Cámaras Agrarias u otros medios, es fácil entenderlo. Cada vez veo más claro que la vida se explica desde una cosmovisión y una visión más holística y la agricultura ecológica nos permite esa relación compleja con la naturaleza y la vida, observar: acompañar y ofrecer sus alimentos».

Belén Verdugo


-La agroecología se convierte, para quienes la ejercen, en mucho más que una práctica agrícola. Es un objetivo político, un ejercicio de responsabilidad con el futuro y una nueva relación personal con la tierra y la naturaleza. ‘Los planteamientos habituales se caen desde muy alto’.

-Digan lo que digan las academias convencionales, la práctica demuestra que la agricultura ecológica, en términos de producción de alimentos, ‘no tiene ningún complejo frente a la agricultura bañada de productos químicos’.

-Hacer agricultura ecológica es ganar autonomía, ‘quizás por eso no hay voluntad de apoyarnos, la industria saldría perdiendo’.

-‘La Agroecología viene a ser la agricultura femenina’, donde prima el cuidado y el respeto a la producción, aunque la buena alimentación no cotice en Bolsa

-Sin un buen asesoramiento e investigación pública el camino a recorrer se hace muy poco a poco, y ‘así el conjunto de toda la sociedad no consigue avanzar a nuevos paradigmas’.

-‘La agricultura ecológica se acompaña muy bien con modelos cooperativos’ para demostrar que buenos principios políticos pueden ser éxitos empresariales.

-El campesinado que se decide a trabajar bajo un modelo ecológico se encuentra, inicialmente, con un reto ‘de alto riesgo’: dificultades para ampliar su formación, nulas ayudas (económicas y técnicas) de la administración y [cada vez menos] desconocimiento y poca valoración por parte de la sociedad.


“Puedo afirmar que con el compromiso de gobiernos y universidades se avanzaría muy rápido en el desarrollo de la agroecología, pero con la Iglesia hemos topado, esto no es negocio y por tanto seguramente tendremos que empujar el carro desde abajo con la sencillez y la honradez que nos ampara.”

Josep Pàmies


Por el reparto. Así de sencillo, así de difícil

Lucio tabar. Luisa Jusue y Chema Berro, Miembros del Colectivo Dale Vuelta-Bira Beste Aldera

En NoticiasdeNavarra.com
 
El colectivo por el decrecimiento Dale Vuelta-Bira Beste Aldera venimos planteando que muchos de los análisis y soluciones que nos venden a los y las trabajadoras desde los centros de poder económicos no son realistas, no responden a la realidad mundial actual y no tienen futuro desde el punto de vista social y ecológico. Se nos presenta el desarrollo, el crecimiento económico como la única solución posible a todos los problemas: paro, pobreza, desigualdad social, etcétera, sin querer ver que:

-El crecimiento ilimitado es imposible en un mundo limitado. Hoy en día estamos por encima de la capacidad del planeta y ya estamos empezando a ver las consecuencias (cambio climático, agotamiento de los recursos, contaminación, desertificación…), aunque las más duras y directas (guerras, hambrunas, migraciones…) las estén pagando principalmente los habitantes de los países pobres.

-El desarrollo económico no garantiza mayor igualdad y justicia ni en nuestra sociedad ni en el mundo, sino que trabaja en su contra. La riqueza del 20% de la población mundial es causa y consecuencia de la pobreza del 80% restante. Nuestro nivel de consumo, el de una persona trabajadora de nivel medio de las sociedades desarrolladas (mucho menos, por supuesto, el de los sectores más pudientes) no es extensible al conjunto de la población mundial. Al mismo tiempo, las desigualdades en el interior de nuestra sociedad son crecientes; los ricos son más ricos mientras cada vez son más los que no llegan a tener garantizada la cobertura de las necesidades básicas.
Frente al consumo, garantías y derechos

No hay más que ver qué medidas se están tomando sucesivamente para intentar salir de la crisis y qué efectos están teniendo: mientras hace un par de años, todo dinero público era poco para salvar a los bancos y a las entidades financieras, hoy, estas mismas entidades obligan a los Estados a disminuir el gasto en servicios públicos. Si hace un par de años la ambición sin límites y el beneficio por encima de todo ponían en cuestión el sistema financiero e incluso los principios del neoliberalismo, hoy en día, una vez recuperado gracias al dinero público, este mismo sistema financiero está realizando un ataque brutal contra la protección social y los servicios públicos en Europa, con la ayuda del FMI y los gobiernos europeos más neoliberales. Con razón, los sindicatos franceses denunciaban el 1 de mayo que detrás de la crisis griega está el intento de privatizar el sistema de pensiones de este país, a los que seguirían los de los demás.

La crisis la están pagando los sectores más desfavorecidos (más cuanto más pobres son) y se están beneficiando de ellas los ricos. Y en el medio, buena parte de la sociedad y los trabajadores establecidos, más preocupados, según parece, por mantener el nivel de consumo individual que por defender los derechos sociales colectivos: salud, educación, condiciones laborales, pensiones…
Nos lo han demostrado claramente, las medidas para salir de la crisis se concretan en ayuda pública para el capital y ajustes para el trabajo, anteponiendo los beneficios sobre el bienestar de la población. Y como consecuencia más grave, el paro, que afecta a todos los aspectos de la vida, no sólo al económico.

No al paro, sí al reparto

Frente a la falsa ilusión de que el crecimiento económico ya creará empleo y terminará con el paro (¿dentro de cinco, diez años, nunca?) nuestra propuesta es empezar a solucionarlo con la única medida que realmente puede acabar con él: repartir mejor el empleo existente, proponiendo, por ejemplo:

1. Erradicar las horas extras, traduciéndolas siempre de forma directa en puestos de trabajo o en compensaciones horarias cuyas libranzas signifiquen siempre nuevas contrataciones.

2. Poner en primer plano reivindicativo reducciones significativas de jornada, con fórmulas de generación del empleo equivalente. Estas reducciones de jornada se impulsarán por encima de los incrementos salariales, e incluso con detrimento de los mismos, reduciendo más los salarios más altos, de forma que se acorten los abanicos salariales.

3. Impulsar reducciones de jornada voluntarias, excedencias, libranzas, contratos de relevo, jubilaciones anticipadas, etcétera, en las formas más flexibles para ser adoptadas por los trabajadores, convirtiendo siempre las horas dejadas de trabajar en nuevas contrataciones.

La única manera que tenemos para combatir el paro es impulsar el reparto empezando por lo más cercano, nuestros propios centros de trabajo. Es decir, estando dispuestos a repartir.

¿Pensar el Mal? El Problema de las Percepciones Contemporáneas del Desarrollo y la Seguridad

Oscar Guardiola-Rivera - Posdesarrollo

Indiferencia

Juan Carlos, un joven profesional Colombiano que trabaja haciendo lobby para uno de los grupos industriales más influyentes del país, me explica de la siguiente manera la razón por la cual la mayoría de la gente acepta hoy el estado de cosas aún si no concuerda con el: ‘Es muy simple, cada uno de nosotros piensa que hacer algo no implica diferencia alguna. Mi voto en contra no va a cambiar el que vuelvan a re-elegir a Uribe; si salgo a la calle a protestar contra el maltrato a los indígenas por parte del gobierno, mi voz se ahogaría en el océano de quienes dicen que la guerrilla es el culpable de todo y que el verdadero problema es el secuestro y la inseguridad, porque previenen el desarrollo y la inversión extranjera. En últimas, si uno intenta hacer algo diferente, es como arar en el desierto. Dirás que soy de derechas, pero lo cierto es que esas diferencias ya no cuentan. Eso es lo que idelistas como tú no entienden: ser de centro es ser razonable y aceptar que hay que empezar por reconocer las cosas tal como son; unos ganan y otros pierden, pero esos costos son necesarios para el progreso’. Antes de terminar mi café y recusar a Juan Carlos por ser indiferente, recuerdo su pasado como activista estudiantil y su interés genuino por la diferencia. Juan Carlos no es un conservador reaccionario a ultranza sino más bien un liberal pluralista: ha estado en numerosas ocasiones en el Sur del país aprendiendo de las comunidades indígenas y respeta su legado, y en su trabajo de lobby en el Senado de la República contribuye con su grano de arena cda vez que puede para que los Parlamentarios garanticen con hechos la declaración constitucional de acuerdo con la cual Colombia es un país pluricultural y tolerante.

Lejos de ser un indolente, él piensa que es necesario hacer algo en pro del bien común, pero reconoce que su acción simplemente no basta y que hay que estar dispuestos a pagar los costes necesarios. La suya es, sobra decirlo, una opinión común. Dicha opinión es el punto de partida de este artículo. Nos preguntaremos qué es problemático en dicha posición, e intentaremos reflexionar acerca de la manera en que ella informa la fusión hoy en curso entre la seguridad y el desarrollo en la práctica tanto como en la teoría. Afirmaremos que, a pesar de su supuesto ‘realismo’, dicha posición en verdad repite en la época actual una de las más características soluciones que el pensamiento religioso ha dado al problema del mal. Finalmente, tras reconocer la continuidad de dicha forma de pensamiento religioso en la vida cotidiana y en la práctica política democrática que asocia la seguridad al desarrollo futuro de la comunidad, pasaremos a exponer su núcleo sacrificial, y a rechazarlo.

Es cierto, como afirma mi amigo Juan Carlos, que para el pensamiento corriente sólo cuentan las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones. En esa dimensión causal corriente, nuestras acciones no son más que gotas de agua en el océano. Lo que hagamos o dejemos de hacer no afecta a los demás ni está afectado por ellos, con los cuales solamente nos relacionamos de manera abstracta, negativa, y a distancia, como las bolas dispersas en una mesa de billar. Si tal es el caso, tan solo podremos evaluar las consecuencias directas de nuestras acciones u omisiones especulando que hemos hecho la mejor elección posible, en términos de sus costes y beneficios, en comparación con las elecciones posibles de otros, sus consecuencias, costes, y beneficios. Procederemos entonces a comparar mundos posibles como si los tales existiesen en un sucesión actual, que podemos contemplar y respecto de la cual podemos pasar juicio. Para ello tenemos que especular además con el conjunto de todos los mundos sucesivos y actualmente posibles, o el conjunto de todas las elecciones posibles y sus consecuencias directas, y con la posibilidad de decidir en favor de una de ellas; la que más nos convenga de acuerdo con un criterio de maximización (el bien general o la felicidad de la mayoría, en contraste con el mal menor). Ello implica, de manera crucial, la necesidad de sacrificar cualesquiera otras. Dicho de manera más simple, tenemos que jugar a ser Dios.

Los métodos de planeación, prevención, y establecimiento de valor que hoy predominan en la economía, en los discursos neo-desarrollistas, en las ideologías de seguridad y democracia, en las relaciones y en el ‘nuevo’ derecho internacionales, pertenecen todos a este estilo comparativo y especulativo. Por ejemplo, cuando George W. Bush afirmó en Marzo de 2008 al cumplirse cinco años de la guerra en Iraq, que los miles de soldados Estadounidenses muertos allí (los únicos contabilizados; nadie sabe a ciencia cierta cuantos Iraquíes han muerto) son un costo necesario y justificado en relación con los beneficios logrados y por lograr (cualesquiera que estos sean) acude precisamente al estilo comparativo y especulativo, puramente abstracto, asimilable a la posición de una divinidad que interviene desde fuera en el universo de los mundos posibles, en el cual las responsbilidades se confunden con sacrificios irresponsables y viceversa. Para utilizar un ejemplo más cercano a la América Latina actual, cuando se asume que el reclamo y la desconfianza de los países vecinos constituyen un precio justo que pagar frente al beneficio que representaría arrasar al enemigo común, el inhumano terrorista, se apela también a la construcción abstracta de los mundos posibles y la posición de la divinidad que decide sobre el mal menor o excepcional.

¿Hemos Olvidado Cómo Pensar el Mal?

En todos estos casos, el juicio que se supone pragmático, político, realista, o apoyado en los hechos y los datos, adquiere la estructura que caracteriza la reflexión teológica cristiana acerca del mal, el fin de los tiempos, y la historia. Por ello no es gratuito que al ser llamados a rendir cuentas nuestros ‘decisores’ políticos acudan a sus convicciones religiosas profundas, o se apuren a responder sin más con una apelación al ‘juicio de la historia’, que es lo mismo que no apelar a juicio alguno. En últimas, se trata de formas más o menos glorificadas, diríase cuasi-religiosas, del análisis de costo-beneficio.

En dicha estructura todo lo que aparece como malo desde un punto de vista mundano o particular, es, desde el punto de vista extra-mundano, universal, o de la totalidad, un sacrificio necesario para el mayor bien de esta última. Se nos dice: es necesario que ocurra ese mal (que mueran cientos de miles de Iraquíes, Estadounidenses y demás; que se irrespete la soberanía de otros países en un ataque militar anit-terrorista, etc.) para que el mundo llegue a ser el mejor de los mundos posibles. Se trata en verdad de un punto de vista que justifica el sacrificio, en la medida en que sólo tiene sentido hablar de sacrificio si puede también hablarse de la mayor perfección, la mayor grandeza posible, o el bien de la mayoría, siendo ésta la prueba contundente de la necesidad del primero. Como puede verse, estamos frente a una argumentación viciosa y circular.

Cabe observar además que, como bien lo revelan los casos de Iraq y Colombia referidos de pasada en los párrafos anteriores, esta estructura que justifica el mal no es más que el otro lado de la integración perfecta entre individualismo y racionalismo moderno; entre Leibniz y Nietzsche, como dirían los filosófos. En esta perspectiva, desde el punto de vista del resultado y el sistema todo está justificado. Se parte del supuesto según el cual vivimos en un mundo en el cual pese a nuestros mejores esfuerzos y las más buenas intenciones, nada de lo que hacemos representa la más mínima diferencia para los demás; que estamos radicalmente incomunicados, como las mónadas individuales de Leibniz, cada una de las cuales ‘constituye una perspectiva particular sobre la totalidad, tal como los habitantes de una ciudad la ven de diferentes maneras aunque se trate siempre de la misma ciudad’ (Dupuy, 1998: 42). ¿Cómo ordenar un caos semejante? Se nos dice que tan solo el todo, portador de un orden inmanente y espontáneo, de una armonía pre-establecida, escaparía al perspectivismo y constituye por tanto una realidad final y objetiva.

Desde este punto de vista, quienes se concentran en el trillón de Dólares que ha costado la guerra en Iraq, en la pérdida de vidas Americanas e Iraquíes, o en los efectos geo-políticos indirectos de las doctrinas de soberanía contingente, auto–defensa y ataque preventivo, ven los árboles pero no el bosque: los movimientos caóticos de los hechos individuales, al parecer desordenados puesto que carecen de vínculos directos, se organizan al final en un todo coherente y pre-diseñado desde siempre. En este punto, este punto de vista del pensamiento religioso se funde con aquel otro de la llamada ‘astucia de la razón’, que es como los filósofos seculares llaman a la argucia espontánea pero inteligente de los propósitos y las causas finales. Esto es lo que algunos entienden en economía y política por ‘la mano invisible’ o ‘la razón de la historia’. Muy importante, este es precisamente el supuesto que anima el discurso y la práctica del desarrollo, fusionado hoy con el discurso de la seguridad y la democracia.

Muchos creen que este tipo de reflexiones en las cuales se justifica el sacrificio de otros como necesario o justificable desde el punto de vista de la totalidad son exclusivos de los defensores utilitaristas del mercado, o de quienes acuden a la intuición común para resolver el caso del conflicto entre principios mínimos o acuerdos ‘acerca de lo fundamental’. Eso no es cierto. Otros, aún más equivocados, piensan que el punto de vista de la totalidad equivale por necesidad al totalitarismo o es exclusivo de éste. En contra de quienes piensan así es necesario afirmar con toda contundencia lo siguiente: no es necesario pasar por el cálculo de utilidad o la agregación de las felicidades a la manera de un liberal utilitarista clásico, o creer en la perfectibilidad intrínseca y espontánea de la historia a la manera del progresismo historicista en sus versiones más o menos izquierdistas, para pensar el mal y la finalidad en los términos de un desarrollo final y estable. De hecho, como he sugerido antes, las versiones más recientes de esta tradición no provienen del utilitarismo o el bienestarismo clásicos, ni del historicismo (más o menos totalitario) de izquierdas. Antes bien, se las puede encontrar entre liberales anti-utilitaristas y neo-conservadores rabiosamente anti-izquierdistas, partidarios del desarrollo con rostro humano y la seguridad con democracia.

En efecto son estos últimos, y no los primeros, quienes dominan el ambiente político actual. De una parte están los ‘nuevos’ liberales, más liberales, tolerantes y multiculturalistas, que proclaman la posibilidad de un consenso sobre lo fundamental siempre que dicho consenso provenga de la razón política libre de toda contaminación; por ejemplo, la que proviene de creencias o afiliaciones ancestrales, políticas, o religiosas, que se rehúsen a separar al hombre del ciudadano. Ocupan esta posición quienes afirman, por ejemplo, que dado el mestizaje y las políticas de protección de los derechos de las minorías presentes en casi todas las constituciones liberales de las Américas, el racismo entre nosotros (que implica una estructura sacrificial) o bien ha dejado de existir, o se encuentra en proceso de corrección definitiva, o es insignificante. Ocupa una posición similar quien afirma la libre asociación y la unión sindical como derechos, siempre y cuando se trate de derechos políticamente nulos, es decir, siempre que el contenido de los mismos sea la ‘pura’ protección de los asociados (e.g. los trabajadores como ciudadanos individuales) incontaminada por perspectivas de transformación política significativa (i. e. los trabajadores como colectividad y hombres políticos). Pero también quien afirma su compromiso con los derechos humanos siempre que los mismos carezcan de tinte político y no comprometan la supervivencia y estabilidad de la comunidad mayoritaria. En todos estos casos, se trata de apostarle a un consenso cuyo contenido sea políticamente ‘puro’, mínimo o razonable.

De otra parte, están los menos liberales, de manera usual conservadores encubiertos o ‘reformados’, que suponen posible y razonable reducir la complejidad de los principios llamados ‘mínimos’ a una jerarquía dentro de una totalidad coherente. Para los tales, la única alternativa estimable frente a la posibilidad de una jerarquía cierta en un todo coherente (en la cual cada elemento se reconoce y conforma con el sitio que le corresponde) es el caos y la fatalidad. En dicha posición se encuentran quienes consideran un así llamado ‘derecho a la seguridad’ (o el llamado ‘deber de protección’ del derecho internacional, supuestamente justificatorio de la intervención militar) como la condición prioritaria del disfrute de los demás derechos, entre ellos la vida y la libertad, con la certeza de una reflexión madura acerca de los principios de una ética y política públicas. Se supone además que tales principios se derivan o disponen al lado del anterior ‘derecho a la seguridad’, la inherencia personal y colectiva de un supuesto principio de auto-defensa. Otro ejemplo es el de aquellos que, habiendo proclamado el respeto pleno a los derechos humanos, enfrentados a la amenaza del enemigo interno o externo consideran razonable ‘suspender’ ciertas libertades o derechos como si se tratase de meras limitaciones a los mismos, necesarias para enfrentar la emergencia.

En estos casos se trata de apostarle a la certeza razonable que excluye la contradicción entre principios (o ‘derechos’) así el propio ejercicio de la razón y la madura reflexión sobre puntos especialmente sensibles, en este caso el sacrificio como respuesta a la amenaza excepcional, lleve a resultados que son contradictorios sin que ello implique que el resultado inevitable sea un todo caótico.

¿Por qué he llamado a estas corrientes dominantes más y menos liberales, e incluído en esta última categoría a los conservadores anti-liberales? La primera razón es esta: los opinadores políticos de hoy rara vez aparecen con sus verdaderos colores, en particular los más conservadores y anti-liberales. Si lo hicieran, sus opiniones de seguro dejarían de coincidir con las del promedio mayoritario y ello daría al traste con sus pretensiones políticas. Es una regla reconocida de la política que de manera regular los votantes eligen a aquellos cuyas ideas, propuestas y acciones se parecen más o favorecen a las propias. La otra regla corriente de la política es que los políticos compiten por un número finito de votantes distribuídos a lo largo de un territorio usualmente demarcado como una extensión que va de la izquierda a la derecha del espectro ideológico. Si se juntan estas dos reglas, y se las compone en un solo principio, se entenderá por qué cada vez que alguien comienza una intervención pública diciendo ‘soy de derechas’, como mi amigo al comienzo de este artítulo, terminará afirmando que es de ‘centro’, que ‘derecha’ o ‘izquierda’ no importan (o que esta última se refiere a una utopía o un sueño que ya ha dejado atrás la historia) y que esa indiferencia prueba la posibilidad de un consenso más o menos unánime sobre mínimos razonables.

Conclusión: El Mal y la Democracia

Para concluír, cabe afirmar lo siguiente: un consenso semejante, unánime, lejos de resolver el problema del mal (que es lo que toda construcción política querría resolver, sea que se lo llame violencia desatada o desigualdad o como sea) en verdad lo esconde. La razón de ello es doble: primero, toda unanimidad es en últimas unanimidad menos uno. Solamente se la consigue mediante la unificación de la colectividad en contra su enemigo externo, y depende por ello mismo de la expulsión de este último. Se trata en últimas de una estructura sacrificial. Segundo, como ya he afirmado, la razonabilidad equilibrada –que es lo que supuestamente caracteriza a los procedimientos democráticos- puede permanecer contradictoria respecto de dicha estructura sacrificial. Ello queda demostrado por el hecho de que todas las constituciones en las cuales se incluyen declaraciones de derechos, incluyen también la posibilidad de su condicionamiento, derogación, o suspensión. Los derechos del enemigo externo, si es que los tiene, si es que no se lo representa como simplemente inhumano, pueden ser suspendidos, y la comunidad política puede derogar su compromiso con el respeto a tales derechos si lo que está en juego es su ‘necesaria’ supervivencia.

Siendo así las cosas, se requiere ir más allá de los procedimientos más o menos democráticos de equilibrio racional si es que se quiere comprender por qué las políticas de convergencia y unanimidad –las justificaciones últimas del desarrollo y la estabilidad como una dirección histórica dada- son incapaces de tomar posición en contra del sacrificio en aras del todo social. Lejos de hacerlo, tales procedimientos, sus políticas y sus justificaciones más ideológicas, parecen condenadas a repetir el mal.

Bibliografía

Dupuy J. P. (1998) El Sacrificio y la Envidia. Barcelona: Gedisa.


Publicado en PostDesarrollo el 12 de junio de 2009. El autor es colombiano, y actualmente es docente en la Escuela de Leyes del Birkbeck College, University of London (Inglaterra). Se permite la reproducción del presente artículo siempre que se cite su fuente.

El decrecimiento, una alternativa


Joan Surroca i Sens- Koinonia

El sociólogo francés Edgar Morin ha recapitulado en un libro algunos de sus artículos escritos en la última década. Sorprende que mucho antes de llegar la crisis actual, este intelectual clarividente ya alertaba de que la humanidad corre el riesgo de hundirse por su incapacidad de tratar sus problemas vitales. Cuando la sociedad se encuentra en esta situación “…o bien se desintegra, o bien es capaz en su desintegración de metamorfosearse en un metasistema más rico”[1].

El cambio climático, la carrera armamentística (especialmente la nuclear)[2] y el desfase creciente entre la tecnociencia y la ética[3] son tres grandes retos que muchos auguran como presagios de catástrofes. El mensaje de Morin es claro: “Lo improbable permanece como posible y la historia nos ha demostrado que lo improbable podía reemplazar a lo probable” [4]. El convencimiento de que no todo está perdido alienta la convicción de que es posible crear sociedades alternativas al creciente hedonismo y consumismo occidental que parece extenderse por todos los rincones de la Tierra. 

El pesimismo sólo gana nuestro ánimo cuando olvidamos la creatividad positiva que somos capaces de generar. Algo inédito e irreversible está aconteciendo en diferentes puntos del planeta y, de manera especial, en el continente americano. Aquellos temores de vernos absorbidos por la fuerza de la potencia hegemónica se han transformado en posibilidades reales de convivencia pacífica entre culturas milenarias. 

La actual crisis mundial, a pesar de ser un flagelo para los más humildes, ejerce un papel de fuego purificador que nos facilita escuchar, que afina nuestra mirada y que permite ralentizar el ritmo alocado que se vive en algunas partes del mundo. Sin embargo, una excesiva confianza sería pecar de candidez. La realidad es que la concienciación avanza lentamente en comparación al discurso persistente en la dirección contraria, es decir, el discurso del crecimiento como solución.

El movimiento que defiende el decrecimiento es uno de los más luminosos que se han puesto en marcha últimamente y ha logrado, en poco tiempo, penetrar en distintos ámbitos de la sociedad europea, si bien con incidencia desigual según los países. El eje fundamental del decrecimiento es disminuir la producción económica y así lograr una nueva relación de equilibrio entre el ser humano y la naturaleza, favorecer un mejor entendimiento entre los seres humanos y propiciar un reparto equitativo de los frutos de la Tierra[5]. 

El tiempo irá arrojando luz sobre el futuro deseado, que ahora sólo entrevemos parcialmente. Es impensable llegar a buen puerto sin cambiar de sistema económico. La economía debe limitarse a formar parte de un subsistema de la biosfera, tal como advierte Vicente Verdú: “El nuevo sistema que se deduzca de esta crisis vendrá a ser el resultado de un quehacer conjunto donde, a la fuerza, la razón económica dejará de ser la exclusiva matriz”[6].
Desde antiguo se han levantado voces sobre la necesidad de cuidar la Tierra y las especies que la pueblan[7]. Fue a partir de la segunda mitad del siglo pasado cuando en Occidente sonó la alarma ante las formas de vida cada vez más depredadoras. A principios de los años setenta se hizo popular el informe encargado por el Club de Roma[8] a varios especialistas, los cuales denunciaron la extrema gravedad en que se encontraba el ecosistema: “En un mundo finito no se puede crecer de manera infinita”. Sin embargo, el sistema capitalista necesitaba promover el consumo para asegurar la producción indispensable y así garantizar beneficios empresariales substanciosos. 

En los años ochenta, con Margaret Thatcher de primera ministra del Reino Unido y Ronald Reagan de presidente de los Estados Unidos de América, el liberalismo económico extremo aceleró todavía más las formas de vida insostenibles. La gravedad de la situación fue contestada por economistas, ecólogos, sociólogos, etc. y por grupos de base.


En el año 2002, los movimientos críticos con el sistema hegemónico occidental, herederos de las tendencias favorables a repensar los valores sociales, la producción, el consumo, etc., se reunieron en París, luego en Lyon, y se constituyeron en “objetores del crecimiento”. Sus integrantes recogen y popularizan el decrecimiento, introducido como concepto por Nicholas Georgescu-Roegen[9] en la década de los setenta, precisamente un año antes que se diera a conocer el Informe Meadows. 

Las aportaciones de Georgescu-Roegen eran mucho más radicales y críticas que las de los economistas convencionales. Propuso, entre otras medidas para paliar las desigualdades económicas, permitir la libertad de circulación de personas sin restricciones y también prohibir la fabricación de armamento. Es muy celebrada su ocurrencia para salir del “círculo vicioso de la maquinilla de afeitar”, razonaba: “Queremos afeitarnos más deprisa y así tener más tiempo para idear una máquina de afeitar todavía más rápida, de modo que podamos gastar más tiempo en otra todavía más rápida, y así en un interminable y vacío progreso”. 

Nicholas Georgescu-Roegen, además de aportarnos ideas (que han resultado capitales para comprender la crisis ecológica actual) sobre la integración en la economía de las enseñanzas de la termodinámica y la biología, se preocupó de las cuestiones éticas: “…los preceptos éticos, lejos de ser un producto endeble de las emociones, son tan necesarios para el buen funcionamiento de las sociedades humanas como una apropiada dotación de recursos naturales”. O bien: “El nombre de nuestra especie es Homo sapiens sapiens y podemos estar doblemente informados, pero no ser suficientemente sabios. Nuestro destino depende mucho más de nuestra sabiduría que de nuestro conocimiento”[10].

Actualmente, el decrecimiento está presente en los medios de comunicación, se publican libros y revistas, el tema ha penetrado en las universidades y se han creado grupos que cuidan de su difusión. “Decrecimiento” es una palabra con vocación provocadora y deseo de generar debate. Es un intento de contrarrestar el esfuerzo del poder para impulsar nuevamente un crecimiento sin fin. Los intereses codiciosos de los que han acumulado riquezas escandalosas han logrado ejercer un verdadero dominio sobre nuestro pensamiento, hasta colonizarlo con sus valores y lograr que creamos y actuemos como si no hubiera vida más allá del capitalismo. Nos repiten, a través de la publicidad, que la única felicidad posible es acumular dinero o poseer bienes materiales. El decrecimiento cuestiona estas pretendidas certidumbres y aporta nuevos valores sociales para vivir más con menos[11].

Las teorías del decrecimiento nacen observando la realidad: el impacto sobre los ecosistemas debido al consumo de recursos y la generación de residuos por parte de la humanidad superan en un 30% la capacidad de la Tierra. O lo que es lo mismo: el planeta tiene un área productiva de 13.600 millones de hectáreas, que da un resultado de 2,1 ha por habitante. Debido al despilfarro por parte del 20% de los 6.800 millones de seres humanos, precisamos 17.500 ha, es decir, 2,7 por habitante[12]. El déficit aumenta por cuatro causas básicas: por la insaciabilidad de los que ahora malgastan; por la creciente demanda de los que pretenden entrar en el club de los ricos; por la disminución de la biocapacidad de la Tierra -el déficit actual lo subsanamos gastando parte del capital, con lo que cada año tenemos menos capital (menos biocapacidad) y menos rédito-; finalmente, por el crecimiento exponencial de la misma humanidad: en una década hemos aumentado 1.000 millones. Esta cifra era el total de habitantes que poblaba la Tierra a principios del siglo XIX.

Claro está que estas cifras globales no ofrecen toda la verdad. Las diferencias de comportamiento entre países son casi increíbles. Los hay que están muy lejos de llegar a demandar 2,1 ha por persona. Por ejemplo: el Congo tiene una huella de 0,5 ha; Marruecos, de 1,1; Guatemala, de 1,5 y Perú, de 1,6. Sin embargo, Brasil ya superó la barrera y ahora mismo tiene una huella de 2,4 ha. EEUU está muy por encima: 9,4 ha[13]. Si partimos de la idea de que el planeta es de todos, EEUU por ejemplo, debería pagar al Congo una compensación porque su déficit ecológico es enorme y el Congo tiene superávit. 

Una diferencia del orden de 1-19 en
tre los dos países ilustra perfectamente el abismo entre los países deudores y los que disponen de crédito ecológico. El cambio climático, la desaparición de especies, la contaminación de los mares, etc., no conocen fronteras. Todos salimos perjudicados, particularmente los más débiles, aunque unos pocos son los teóricamente beneficiarios a corto plazo. 

Comprometer la viabilidad de la vida, el futuro humano y el de otros seres vivos constituye un robo a gran escala.

Ante tal cuadro de cifras se comprende fácilmente que la palabra “decrecimiento” cobre su verdadero significado en aquellos países que sobrepasan los límites de consumo que ofrece el planeta. A menudo, los contrastes internos nacionales reproducen los mismos abismos que hemos visto entre los países. Seguro que en el Congo hay personas que superan el 9,4 de la media de EEUU y que en este país hay personas que no llegan a producir una huella del 0,5, la media del Congo. Los obligados ajustes de comportamiento en el consumo y en la producción han de afectar a las capas más dilapidadoras de cualquier país.

Algunas personas se muestran especialmente pesimistas ante el estado actual del mundo y su futuro. ¿Cómo creer que alguien acostumbrado a un determinado ritmo de vida pueda contentarse con otras formas que le rebajen 4 ó 5 veces su capacidad adquisitiva actual? ¿Cómo evitar que la populosa China o la India deseen copiar el itinerario desarrollado por los países occidentales? Nadie dice que sea fácil, ni que vayamos a tener éxito en el intento, pero no queda otro remedio que trabajar en la buena dirección. 

Al igual que quien va en bicicleta no puede permanecer parado más allá de unos pocos segundos sin perder el equilibrio, el capitalismo precisa de la alocada carrera del derroche para subsistir. 

Necesitamos imaginación para inventar otros sistemas económicos y organizativos que escapen del productivismo actual. De la misma manera que en su momento se superaron sistemas que parecían intocables como el esclavismo, el feudalismo y el mercantilismo, también ahora sabremos dar un paso en el buen camino[14].

El decrecimiento no es una ideología cerrada ni tiene un proyecto definido o una hoja de ruta marcada. En principio, esta circunstancia puede parecer un inconveniente porque, siendo gregarios, nos gusta tener un liderazgo claro que nos ahorre el esfuerzo de participar, de proponer y de crear. Sin embargo, los sistemas históricos que se iniciaron practicando el culto a la personalidad de determinados líderes provocan el efecto suflé: se desarrollan rápidamente, pero más pronto que tarde se desvanecen y quedan reducidos a la nada. No hay consolidación posible si no hay una base participativa. 

Lo que une a las diversas sensibilidades de los “objetores del crecimiento” es la voluntad de ir modificando el actual sistema hasta fortalecer una alternativa al capitalismo. Por ejemplo, considerar la importancia de la producción, pues sin cambiarla no lograremos reducir el consumo con éxito. Disminuir el trabajo significa repartirlo para no consolidar la sociedad dual a la que parece que estamos abocados.


No es nada atractivo que un 50% de la población activa esté trabajando de manera estable y el otro 50% esté en el paro o en trabajos precarios toda la vida. Trabajar menos permite repartir y asegurar empleos para todos y todas. Trabajar menos para vivir más intensamente los valores familiares, creativos, lúdicos y espirituales requiere una preparación y un período de transición sin brusquedades[15].

Otra medida que mantiene la filosofía decrecentista es la de promocionar el transporte público, especialmente el ferrocarril. Esta opción supone prescindir considerablemente de los transportes en vehículos privados con el consiguiente ahorro de gasto energético y poner fin a la incesante construcción de nuevas vías de circulación y contribuir a frenar el CO2. Reducir el transporte de mercancías a lo estrictamente necesario favorecerá la relocalización. Poner punto final a las megacadenas y a las multinacionales[16], acabando con el absurdo de que el 13% de los productos transportados por vía aérea esté relacionado con la alimentación. Son medidas viables: la dificultad no es técnica, sino más bien debida a los grandes intereses que hay en juego. 

Necesitamos programas políticos que favorezcan a las pequeñas explotaciones agrarias para acercar nuevamente los productos al consumidor. En Guatemala, un 2,5% de los propietarios acaparan el 65,1% de la tierra. En Colombia el 0,33% de los propietarios pasaron de poseer el 32% de la tierra en 1984 al 48% en el 2000. En Namibia, unos 4.000 blancos (menos del 1% de la población) poseen el 44% de la tierra. En Brasil, un 3% de la población posee dos tercios de la tierra[17]. Con la relocalización de la producción agraria se garantiza la calidad con productos frescos y se abaratan los precios, en contra de la opinión popular, al prescindir de los gastos de autopistas, aeropuertos, almacenes, redes diversas de comunicación y las consecuencias energéticas y medioambientales. 

Son gastos que no pagamos directamente cuando compramos los productos lejanos, pero que sí los sufragamos indirectamente con los impuestos. Recaen sobre todo tipo de bolsillos, de manera indiscriminada, mientras los beneficios se reparten entre los pocos titulares de las multinacionales agrarias y de los grandes consejos de administración. Es una verdadera desmesura que algunas multinacionales facturen más que el Producto Interior Bruto de países enteros. Que estas empresas sean más potentes que los gobiernos ya nos da alguna pista del porqué de algunas situaciones incomprensibles a las que hemos llegado. 

Una vía por explorar, con posibilidades de futuro, es la de las formas de producción cooperativistas. A menudo, las personas que han optado por esta meritoria manera de organizar el trabajo no han recibido las ayudas ni la formación requeridas para consolidar este tipo de empresas. En todo caso, las pequeñas y medianas empresas con más participación de los trabajadores, parece que pueden ser más compatibles con la Vida Buena deseada para todos, que con los anónimos monstruos de producción a escala mundial. 

Otra parcela de la economía que requiere un buen golpe de timón es el de la energía. Los seres vivos que pueblan el planeta se sirven de energía solar: todos, excepto los humanos, que usamos y abusamos de energías fósiles. Si pensamos que entre el año 1960 y el 2000 hemos consumido la misma energía que en el resto de la historia de la humanidad, sobran palabras para descubrir hacia dónde vamos. Tenemos oportunidad de aprender mucho de la naturaleza. El perfecto equilibrio entre los ecosistemas nos brinda pautas de comportamiento razonables. 

La «biomímesis» es la ciencia que desarrolla aportaciones novedosas después de tener en cuenta el funcionamiento de los organismos y también de los ecosistemas. Se está evolucionando mucho en esta línea de investigación que puede ofrecernos buenas soluciones a no tardar. Jorge Riechmann pone algunos ejemplos: “Janine Benyus ha señalado que las arañas producen seda, que es tan fuerte como el kevlar (¡fibra sintética empleada en la fabricación de chalecos antibala!). El abalón u oreja marina (un gastrópodo marino) fabrica una concha interior dos veces más resistente que las cerámicas humanas, y las diatomeas convierten el agua del mar en vidrio -ninguna necesita hornos-. Los árboles convierten la luz del sol y el suelo en celulosa, un azúcar más rígido y fuerte que el nilón pero mucho menos denso”[18].

Adela Cortina acierta al decir: “Desde que en los años veinte del pasado siglo irrumpiera la producción en masa en el mercado, la capacidad de consumir fue ganando terreno a las demás capacidades humanas, primero medalla de cobre, después de plata, hasta ocupar el primer puesto en el podium de las capacidades más valoradas en esta nuestra era que ha dado en llamarse con acierto ’era de la información’, y que podría llamarse ‘era del consumo’ con igual o mayor tino”[19]. Que la economía de mercado pase a mejor vida no significa que desaparezca el mercado. Siempre ha existido mercado, el intercambio de productos. Lo que no es razonable es que todo, absolutamente todo, quede mercantilizado. 

El mercado tiene la función del intercambio; pero cuando la sociedad “con” mercado se convierte en sociedad “de” mercado, es cuando nace la especulación. El mercado se convierte entonces en fuente de enriquecimiento rápido, a costa de avivar la sed de consumo de las capas de población más vulnerables. Las campañas publicitarias diseñadas con sofisticadas técnicas de manipulación hacen verdaderos estragos[20]. 

No todo está perdido y todo está por hacer. La crisis puede ser una oportunidad. En la Grecia clásica krinein (crisis) significaba decidir, oportunidad, vacilar, etc. Hay visiones esperanzadas que apuntan un mundo absolutamente insólito[21]. Sólo con una movilización general y entusiasta conseguiremos la llegada a puestos de responsabilidad política de mujeres y hombres dispuestos a ofrecer lo mejor de sí mismos por las causas pendientes de los pueblos, poniéndose al lado de los que sufren y caminando junto a los más débiles y olvidados. Es imprescindible que los políticos y los pueblos marchen unidos para poner fin a la perpetuación del poder en manos de canallas, que se sirven de la política para sus fines privados, utilizando medios fraudulentos y métodos subrepticios. 

A pesar de todos los bienes materiales a su alcance, en Occidente la gente está deprimida y triste. El teólogo José I. González Faus lo plantea muy bien: “Cuando estoy de humor, resumo mi vida en esta frase: hubiese querido dedicarme a liberar a los oprimidos, y el Señor me ha limitado a consolar a los deprimidos. Con la seguridad de que la depresión, como la gran enfermedad cultural de nuestro Primer Mundo, que va tomando dimensiones literalmente epidémicas, tiene mucho que ver con la opresión como pecado estructural del mundo rico”. La filosofía del decrecimiento desmitifica el mercado como proveedor de felicidad, y desenmascara la inutilidad del Producto Interior Bruto como índice fiable para medir el grado de satisfacción de un determinado colectivo humano. 

En realidad, nada nuevo bajo el sol, porque estos sencillos y elementales principios son los que desde antiguo vienen repitiendo los sabios. Confucio lo comunicaba diciendo: “Sólo puede ser siempre feliz aquel que sepa ser feliz con todo”; Horacio, por su parte, lo resumía así: “Se vive bien con poco”, y Lucio Apuleyo: “Para vivir, como para nadar, cuanto más descargado, mejor”. Asimismo, gracias a su sabiduría, los pueblos originarios, indígenas y tribales, después de 500 años de resistencia, han conseguido conservar sus valores. Debemos prestar atención, porque estos valores tienen muchos rasgos en común con los que en Occidente defiende el decrecimiento económico.

Por otra parte, los sistemas filosóficos y las religiones han mantenido también el sabio criterio de que con la sencillez es mucho más fácil encontrar lo esencial. Este lema es un eje fundamental en las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Cuando dice que no tiene dónde reclinar la cabeza (Mt 8, 20), es lo mismo que decirnos que vive como un marginado o un desinstalado, es decir, sin apego a nada. Cuando da instrucción a los apóstoles, les dice: “No traten de llevar oro, ni plata, ni monedas de cobre, ni provisiones para el viaje. No tomen más ropa de la que llevan puesta; ni bastón ni sandalias” (Mt 10, 9-10). Constituye una clara alusión al desprendimiento necesario para hacer posible la experiencia de Dios. Es esta anticipación de plenitud lo que nos hace superar nuestra cobardía para comprometernos en favor de los olvidados. 

Esta misma idea la encontramos en el pasaje en el que un joven pregunta lo que debe hacer para conseguir la vida eterna. Jesús, al ver que era un estricto cumplidor de los mandamientos, lo mira con amor y le dice: “Sólo te falta una cosa: anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y así tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme” (Mc 10, 17-27). Estas claras alusiones a la preferencia de ir ligero de cargas no son para favorecer situaciones penitenciales ni masoquistas; es la necesidad de estar libre de todo aquello que nos distrae de dirigir nuestros esfuerzos hacia el núcleo de la vida: construir un mundo nuevo y hacerlo con toda libertad, para que todas y todos podamos gozar de la Vida Buena.

El pluralismo religioso nos demuestra que hay terrenos comunes. Por ejemplo, en todas las religiones encontramos la exhortación a tratar a los demás como a nosotros mismos: es la «regla de oro». Otro de los puntos en el que hay similitudes, es el de la necesidad de sencillez para alcanzar la apertura interior y descubrir momentos de trascendencia. Sin ánimo de ser exhaustivo, valgan estos ejemplos: en el hinduismo, en el Bhagavad Gita 3,19, se lee: “La persona que se mantiene igual en la censura que en la alabanza, silenciosa, satisfecha de todo, sin hogar, llena de firme resolución, es querida por Mí”. 

La tradición budista tiene un pequeño cuento interesante: “Ryokan, un maestro Zen, llevaba un estilo de vida muy sencillo en una pequeña cabaña al pie de una montaña. Una tarde, un ladrón entró en la cabaña y descubrió que allí no había nada para robar. En aquel momento llegó Ryokan de pasear y lo sorprendió. ‘No es posible que hayas caminado tanto para visitarme y que marches con las manos vacías. Hazme un favor, toma mi ropa como un regalo’. El ladrón quedó perplejo, pero tomó la ropa y se fue corriendo. Ryokan se sentó desnudo y contempló la luna. ‘Pobre hombre, murmuró. ¡Ojalá pudiera darle esta maravillosa luna!’”.

De la tradición judía también es ejemplar este otro cuento: “En un albergue, un desconocido de aspecto arrogante, tomó por un mendigo al venerable Rabino Zúsia, y lo trató con menosprecio. Más tarde, se enteró de su identidad y fue corriendo a buscarle para excusarse. ‘¡Perdóname, Rabino! Si no, nunca más volveré a dormir tranquilo, ni podré descansar’. Entonces el Rabino Zúsia sonrió moviendo la cabeza: ‘¿Por qué me pides perdón a mí? No es a Zúsia a quien has ofendido, sino a un pobre mendigo. Ve, pues, por todos los lugares y pide perdón a todos los mendigos que encuentres”.

El Islam tiene pensamientos en la misma línea, como este de Farid Ud-Din Attar: “Dios quiera que estés actualmente como estabas antes de existir individualmente: ¡en la nada de la existencia! Purifícate por completo de las malas cualidades; estate dispuesto como la tierra, como el viento en la mano”.

Para terminar, una cita del siglo XX particularmente bella del patriarca de Constantinopla, Atenágoras, jefe de la iglesia ortodoxa: “Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Es por esta razón por la que ya no tengo miedo. Cuando no se tiene nada, ya no se tiene miedo. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, Él, entonces, nos da un tiempo nuevo donde todo es posible. ¡Es la paz!”. 

Todas estas reflexiones nos indican que para poder ver realmente los ojos de los demás, uno no debe estar mirándose siempre a sí mismo, tal como ocurre en nuestras sociedades ególatras. Al contrario, ir ligero de equipaje nos permite luchar contra la pobreza y, sobre todo, ser críticos con la opulencia; porque, de lo contrario, lo arreglamos todo olvidándonos de los que sufren y, para acallar la conciencia, damos una limosna periódicamente. Como muy bien dice el poeta: “El señor don Juan de Robles, / de caridad sin igual, /hizo este santo hospital,/ y también hizo a los pobres”.

Es sumamente importante crear oportunidades de encuentro para las 6.000 culturas existentes, formadas por 500 millones de personas, críticas con las desmesuras del neoliberalismo y los abusos del eurocentrismo. Juntas, constituyen alternativas y esperanzas de conseguir otros mundos posibles. Todo confluye: la Vida Buena o Buen Vivir de los Quechua, que hablan de “Allin Kawsay”; los Aymara de “Suma Tamaña”; los Awajun de “Nugkui” o “Biruk”; los Guaraní de “Ñandereko”; los pueblos amazónicos de “Volver a la Maloca”. Y de tantos otros pueblos originarios, filosofías y religiones diversas, las enseñanzas de Jesús, la filosofía del decrecimiento o de pensadores que iluminan con sus propuestas la posibilidad de otras formas de vida[22]. 

Es restituir el equilibrio, la armonía, la serenidad y la buena relación entre los seres humanos y con todas las especies vivientes, equilibrio que perdimos cuando antepusimos la técnica a la vida. Está en lo cierto Jorge Riechmann: “En la era de la tecnociencia la naturaleza humana depende de la ética”[23]. La ética debe cobrar el valor de antaño para estar presente de manera transversal en todas las esferas de la vida[24]. Entonces, ¿no es cierto que nos encontramos ante una magnífica oportunidad para concretar todo este cúmulo de enseñanzas en una actualizada manera de llevarlas a la práctica?
El tema del decrecimiento, como hemos visto, es crítico con el sistema actual, pero necesita de la fuerza creadora de la Utopía, porque sin ella no lograremos alzar el vuelo que exigen los proyectos revolucionarios. Constituye un filón nuevo muy interesante para educadores de cualquier nivel que quieran estudiarlo y organizar talleres, encuentros, cursillos… en la educación popular, en las actividades formativas de las comunidades y de concienciación popular. Los que quieran profundizar en este tema pueden encontrar bibliografía y cibergrafía en la Agenda Latinoamericana 2010 y en Internet, en la página www.latinoamericana.org/2010/info.

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[1] MORIN, Edgar: ¿Hacia el abismo? Globalización en el siglo XXI, Barcelona, Paidós, 2010, p. 15.
[2] En el mundo hay 27.000 cabezas nucleares almacenadas.
[3] Un buen ensayo sobre ecología, ética y autolimitación: RIECHMANN, Jorge: Gente que no quiere viajar a Marte, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004, 247 pp.
[4] MORIN, Edgar, op. cit.; p. 14.
[5] La fortuna de Hill Gates equivale el valor total de la de los 106 millones de norteamericanos más pobres, según cita Jean ZIEGLER en su libro: Los nuevos amos del mundo, Barcelona, Destino, 2003, p. 35.
[6] VERDÚ, Vicente: El capitalismo funeral, Barcelona, Anagrama, 2009, p. 189.
[7] Sin embargo no fue hasta el año 1869 cuando se popularizó la palabra ecología introducida por Ernst Haeckel.
[8] Conocido por Informe Meadows por el nombre de su autora principal Donella Meadows.
[9] Para conocer el pensamiento de este autor, véase: CARPINTERO, Óscar (ed.): Nicholas Georgescu-Roegen: ensayos bioeconómicos, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2007, 156 pp.
[10] Ibid., pp. 100 y 104
[11] Véase LINZ, Manfred, RIECHMANN, Jorge y SEMPERE, Joaquim: Vivir (bien) con menos, Barcelona, Icaria, 2007, 119 pp.
[12] Para saber el verdadero impacto humano sobre la biosfera se utiliza el índice de la Huella Ecológica que mide tanto el consumo de recursos como la generación de residuos.
[13] Para más detalles, la página web: http://assets.wwfes.panda.org/downloads/ipv20062.pdf
[14] ARISTÓTELES: La política, Barcelona, Espasa-Calpe, S.A., 1962, pp. 25-31.
[15] Uno de los teóricos del trabajo es André GORZ, véase su libro: Crítica de la razón productivista, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2008, 143 pp.
[16] Véase MONTAGUT, Xavier y VIVAS Esther (coord.): Supermercados, no gracias, Barcelona, Icaria, 2007, 191 pp.
[17] De diferentes fuentes periodísticas, en RIECHMANN, Jorge: Cuidar la T(t)ierra, Barecelona, Icaria, 2003, 623 pp.
[18] RIECHMANN, Jorge: Biomímesis, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2006, p. 190
[19] CORTINA, Adela: Por una ética del consumo, Madrid, Taurus, 2002, p. 21.
[20] La publicidad, en general, no tiene la finalidad de informar, prioriza el objetivo de provocar necesidades artificiales. Lo resume muy bien Clive HAMILTON: “El crecimiento económico no crea felicidad: es la infelicidad lo que sostiene el crecimiento económico”.
[21] Consulten PIGEM, Jordi: Buena crisis, Barcelona, Kairos, 2009, 190 pp. i ROVIRA, Àlex: La Buena Crisis, Madrid, Aguilar, 2009, 208 pp.
[22] CAMPS, Victoria: Una vida de calidad, Barcelona, Ares y Mares, 2001, 249 pp.
[23] RIECHMANN, Jorge: Gente que no quiere viajar a Marte, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004, p. 234.
[24] GOULET, Denis: Ética del desarrollo, Madrid, Iepala, 1999, 247 pp.

Decrecimiento sostenible: buscando una "reducción próspera"

Cuando parecía que, a nivel popular, el concepto de desarrollo sostenible por fin estaba más o menos asimilado, y que casi todo el mundo sabía lo que significa, nuevos indicadores nos señalan que este término ya nos queda corto. De hecho, incluso es posible que ya esté caducado. La expresión, que fue empleada por primera vez en el informe "Nuestro futuro común" que la ex primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland dirigió por encargo de las Naciones Unidas en 1987, fue uno de los pilares conceptuales de la Cumbre de Río de 1992. Actualmente, sin embargo, a pesar de haber sido una idea muy fructífera que ha abierto líneas de pensamiento y de acción muy interesantes, el famoso "dúo" ha perdido fuerza y en el contexto actual el enunciado ya no nos es suficiente para gestionar la realidad que nos toca vivir. Ya en 1993, el matemático y economista rumano Nicholas Georgescu-Roetgen, uno de los padres de la disciplina llamada economía ecológica o bioeconomía, argumentó que quizás era un oxímoron. ¿No son, según se mire, "desarrollo" y "sostenibilidad" palabras de significado opuesto?

La expresión sólo tendría sentido, planteó, en caso de que este "desarrollo" estuviera asociado a un no-crecimiento en la escala económica. Para él, la economía debería ser una rama de la biología, porque si no se tienen en cuenta los efectos de las acciones humanas sobre el medio ambiente, los "números" son falsos. El caso es que Georgescu-Roetgen et altri lanzaron sus pensamientos a la arena de los círculos académicos e intelectuales y de allí surgió la teoría del decrecimiento, un concepto que cada vez suscita más interés.

Ahora, un estudio encabezado por el economista Joan Martínez-Alier, catedrático del Departamento de Economía e Historia Económica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), profundiza en un modelo económico que propone producir menos y reducir nuestro nivel de consumo. Bajo el título de "Decrecimiento sostenible: Delimitación del contexto, críticas y perspectivas futuras de un paradigma emergente", el trabajo analiza los orígenes del llamado decrecimiento sostenible, con raíces tanto en los círculos intelectuales de influencia marxista de Francia como los movimientos ambientalistas y sociales de los países del Norte, y compara los hitos de este con los del paradigma del desarrollo sostenible, aparentemente muy debilitado, estudiando alternativas viables para lograr una convergencia entre las ideas que buscan la vía para encontrar "una reducción próspera" con vistas a evitar un colapso global que muchos ya dan por seguro.

El problema principal, como casi siempre, no es que las propuestas generadas hacia el decrecimiento económico no sean lo suficientemente viables. Quién sabe, es posible incluso que pudieran alcanzar un éxito sorprendente si se pusieran en práctica. Como se expresa en el resumen que en relación al trabajo ha publicado la UAB, "la desventaja obvia es que enfrenta los poderes actuales de la sociedad. Ninguno de los principales agentes económicos, como los líderes gubernamentales y los del sector privado, no tendría interés en considerar una política de no crecimiento. Al respecto, habría que promover las ventajas de la reducción y mejorar los objetivos éticos de la sociedad ", concluye.

En un mundo en crisis en el que "desarrollo" aún es, en la práctica, sinónimo de "crecimiento ilimitado", y donde prácticamente todo el mundo desea poseer cada vez más cosas (y si puede ser más grandes), parece cuando menos esperanzador que expertos cualificados en una disciplina que une economía y ecología como conocimientos intrínsecamente vinculados pongan sobre la mesa pensamientos que miran más allá del PIB, el índice Dow Jones o, por poner un ejemplo más casero, el Ibex 35. Un montón de cifras ininteligibles para casi todo el mundo que, hoy por hoy, influyen en la sociedad de una manera mucho más determinante que todos los estudios científicos del mundo. ¿Hasta cuando? ¿Hasta dónde? ¡Hasta el infinito y más allá!

*Trabajo realizado por Joan Martínez-Alier junto con Unai Pascual, del Departamento de Geografía Económica de la Universidad de Cambridge (Inglaterra), Franck-Dominique Vivien, del Departamento de Economía de la Universidad de Reims Champagne Ardenne (Francia), y Edwin Zaccai, del Instituto de Gestión Ambiental y Planificación del Territorio de la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica.

sostenible.cat - Eva Van der Berg

Publicado en Ecological Economics 69 (2010) 1741-1747

Informe completo en: www.obela.org/system/files/Decrecimiento sustentable.pdf

El Patriarcado


Según Gerda Lerner la constitución del Patriarcado tendría lugar mediante un proceso que se alargó desde el año 3100 al 600 a. De C.

Era lógico que en los orígenes las mujeres ejercieran distintas funciones que los hombres, debido a sus capacidades reproductoras y de crianza, pero eso no las hizo inferiores. Eran recolectoras, poseían importantes conocimientos de plantas, de ecología, de raíces y de sus propiedades alimenticias y medicinales, amén del prestigio que gozaban como reproductoras de la especie.

Más probable es que el desarrollo de la guerra entre tribus durante periodos de escasez económica propiciar el ascenso del poder masculino a través de los triunfos militares. Las guerras son las que dan poder a los hombres sobre otros hombres y sobre todas las mujeres. Es entonces cuando se inicia el intercambio de mujeres con otras tribus como compensación por la derrota o bien el rapto de mujeres pera atender las necesidades vitales de los grupos diezmado por las guerras. En los primeros intercambios fueron las propias mujeres las que colaboraron e incluso las que organizaban las bodas sin prever los resultados finales.

Estos intercambios hicieron que la capacidad reproductora de las mujeres fuera cosificada y que se pasara de estructuras matrilocales a sociedades patrilocales: es la mujer la que es transferida, no el varón. El varón dentro de otra tribu podría resultar un enemigo, no así la mujer ligada a su prole. De este modo, las sociedades más complejas comenzaron a presentar una división del trabajo no basada únicamente en las diferencias sexuales, sino jerárquicas, instituyéndose también así la esclavitud. Es el inicio de los Estados arcaicos, cuyo signo distintivo es la dominación.

Los hombres eran explotados principalmente como trabajadores, pero las mujeres empezaron a ser explotadas como trabajadoras, como prestadoras de servicios sexuales y como reproductoras, lo cual dio origen a un tipo específico de dominio y de sometimiento.

Ya instituido este orden, resultaba que la dependencia del cabeza de familia del rey o de la burocracia estatal se veía compensada por la dominación que ejercía sobre su familia, como podemos comprobar en las recopilaciones jurídicas mesopotámicas.

Así pues, la nueva familia se convierte en la pieza clave que mantiene toda una estructura jerárquica de dominación, no sólo patriarcal, sino paternalista. El dominado cambia sumisión por protección, trabajo no remunerado por manutención. Los únicos privilegios entonces los que algunas mujeres podían aspirar consistían en pertenecer a una clase superior susceptible de dominar a hombres y mujeres de otra inferior, pero nada más.

La fidelidad a este orden impuesto se aseguró por la hegemonía masculina en la creación de símbolos, a través de los cuales los humanos nos comunicamos y conocemos. Y esta hegemonía se afirmó por dos imposiciones: la privación de educación para las mujeres y el monopolio masculino de las definiciones.

“Solo se pueden generar ideas revolucionarias cuando los oprimidos poseen una alternativa al sistema de símbolos y significados de aquellos que los dominan”

Gerda Lerner

Extraído del libro ‘Matria. El horizonte de lo posible’ escrito por Victoria Sendón de León.

Ecosofía: el decrecimiento. Nuestra única posibilidad

Luis Tamayo Perez - La Jornada Morelos

Se realizó en el local de la organización Caminemos juntos, el seminario: Para impulsar el descrecimiento en México, organizado por la Red ecologista autónoma de la cuenca de México (Ecocomunidades) animada por el Miguel Valencia Mulkay y con la participación de intelectuales de la valía de Jean Robert, Víctor Toledo, Braulio Hornedo, David Barkin, Jaime Lagunez, José Arias, Rafael Huacuz, Roberto Ochoa, Adriana Matalonga y Roberto Vidales.

El objetivo central de nuestro seminario es pensar alternativas al crecimiento desaforado y depredador que sufren las sociedades humanas (y la nuestra en particular), el cual ha conducido a la catástrofe medioambiental moderna.

A pesar de que Heidegger, desde 1927, sostuvo, en El ser y el tiempo, que el hombre que somos era al par “ser-en-el-mundo”, es decir, que el mundo nos es consustancial, la humanidad continua considerando a su entorno ajeno y, por ende, lo depreda sin piedad. La tierra ya no es “nuestra madre” ni el resto de los seres vivos “nuestros hermanos”. Ahora son, simplemente, “recursos” o “mercancías”.

A consecuencia de nuestra economía depredadora, nuestro planeta se deteriora de una manera acelerada. El uso indiscriminado de hidrocarburos, la “revolución verde” (incremento de la producción agraria gracias al uso masivo de fertilizantes y pesticidas inorgánicos) y la aplicación del modelo productivista en la ganadería (cría de ganado bovino, porcino y aviar) se han revelado, con el paso de los años, más que bendiciones, en callejones sin salida que envenenan la atmósfera y el agua, que hacen estériles los suelos y envenenan nuestros alimentos.

A pesar de ello, es habitual encontrar a nuestros economistas y gobernantes sosteniendo que un desarrollo económico siempre positivo para sus naciones es deseable y posible. Fue necesario que llegara el economista inglés Kenneth Boulding para que abriera nuestros ojos al decirnos que “cualquiera que crea que el crecimiento exponencial es posible para siempre en un mundo finito es, o un loco, o un economista”.

El modelo desarrollista tan mentado, ese que considera posible el desarrollo -incluido el “sostenible”- infinito no es, desde el punto de vista de los ideólogos del decrecimiento (Ivan Illich, Jacques Ellul, Serge Latouche, André Gorz, Dominique Belpomme, Paul Ariès, Cornelius Castoriadis, Miguel Valencia Mulkay, David Birkin), sino un error de concepción pues la noción de “desarrollo”, esa que la economía tomó de la biología implica, en su ámbito de origen, un proceso que inicia con el nacimiento, transcurre con la juventud, la madurez y la vejez y culmina con la muerte.

En la biología, lo reitero, el “desarrollo” implica la decrepitud y la muerte del organismo, elemento que los estudiosos de la economía simplemente excluyeron del desarrollo de las sociedades. Es por tal razón que los economistas y la totalidad de los gobernantes que siguen sus preceptos, consideran sano, posible y deseable que una nación “crezca” a tasas sostenidas y siempre positivas, sin darse cuenta que el crecimiento de unas naciones descansa en la pobreza de las otras.

El decrecimiento, reiteramos, objeta la tesis de la posibilidad del “desarrollo sostenible”, la cual, si bien incluye la preocupación por el equilibrio de los ecosistemas, nos permite creer que podemos conservar el actual modelo económico simplemente maquillándolo con el anhelo de “desarrollo sostenible”.

Raúl García Barrios en su estudio sobre el tema (Instituciones y desarrollo, CRIM/UNAM, 2008) muestra que el concepto de “Desarrollo sustentable” encubre la idea de que es posible seguir depredando el ambiente como hasta ahora, claro, maquillando la codicia con “preocupación por el medioambiente”.

No por otra razón Braulio Hornedo critica tal noción diciendo, burlonamente, que “se trata de la misma gata pero sustentada”.

Ahora podemos afirmar claramente: el desarrollo, incluido el sostenible, no es infinito. Pensar de esa manera es terriblemente peligroso pues nos hace creer que podemos seguir reproduciéndonos como conejos, que siempre habrá más para todos, que para siempre “Dios proveerá” y, tal y como las catástrofes ambiental y alimentaria actuales lo muestran, eso no es posible en un mundo finito, con recursos limitados y cada vez más escasos.

El “crecimiento”, como bien indica Dominique Belpomme (Avant qu’il soit trop tard, Fayard, París, 2007), es un “cáncer de la humanidad”.

Las tesis centrales de los postulantes del decrecimiento son claras: ante un mundo y una economía global que piensa que puede crecer de manera continua y desmesurada, los postulantes del decrecimiento sostienen que tales ideas no son sólo utópicas sino increíblemente peligrosas, pues conducen no sólo a la catástrofe medioambiental sino a la económico social.

La idea del decrecimiento no se refiere al “estado estacionario de la economía” presente en la obra de los clásicos de la economía, ni a una forma u otra de regresión, recesión o crecimiento negativo. El descrecimiento no es un concepto, uno simétrico, aunque negativo, del crecimiento. Como indica Paul Ariès (Décroissence ou barbarie, Golias, Lyon, 2005): el descrecimiento es un “slogan político con implicaciones teóricas”. Su finalidad es objetar las tesis de los productivistas pro progreso ilimitado.

El decrecimiento implica construir una nueva sociedad libre de consumismo y transporte ineficiente (los automóviles), una que piense globalmente pero actúe localmente, una que reduzca, reutilice y recicle sus residuos.

Cornelius Castoriadis (La monté de l’insignifiance, Vol. IV, Seuil, París, 1996) sostuvo en su La monté de l’insignifiance que es menester construir nuevos valores para esa nueva sociedad, es decir, que el objetivo en tal sociedad es que el altruismo prevalezca sobre el egoísmo, la cooperación sobre la competencia, la capacidad lúdica sobre la adicción al trabajo, lo local sobre lo global, la autonomía sobre la heteronomía, el gusto por la obra maestra sobre la producción en cadena y el gusto por lo gratuito (goce de vivir) sobre el gusto por lo raro (el oro, los diamantes).

André Gorz (Capitalisme, socialismo, écologie. Galilée, París, 1991), amplía dichas tesis al sostener que el decrecimiento implica consumir mejor (hacer más con menos), aumentar la durabilidad de los productos (y no piensa sólo en los aparatos electrónicos, puede apreciarse aquí una crítica a las semillas “terminator”, esas diseñadas para sólo permitir una cosecha), eliminar el embalaje innecesario (las ultradepredadoras bolsas de plástico entre otros), sustituir el transporte automovilístico unipersonal por el colectivo, mejorar el aislamiento térmico de las viviendas y estimular el consumo de productos de la región y la estación.

Para Latouche (Petit traité de la décroissence sereine, Fayard, París, 2007) la tarea es clara: el decrecimiento implica, necesariamente, implicarse políticamente, luchar contra la movilidad absurda de las mercancías (que, vgr., en Australia se consuma agua americana y viceversa), contra la rentabilidad a corto plazo y en pro de la calidad y no de la cantidad.

Es necesario, asimismo, enfrentarse a los mass media que clara y definitivamente “destruyen el lazo social”. Implicarse políticamente requiere estar dispuesto a aceptar la responsabilidad de encaminar el futuro de todos.

¿Seremos los humanos capaces de decrecer o tendremos que esperar a que sean las catástrofes “naturales” (pongo este término entre comillas pues, desde mi punto de vista, muchas de las catástrofes denominadas “naturales” no son sino la consecuencia de la sumatoria de pequeños actos humanos depredadores sostenidos por largos periodos de tiempo), económicas y sociales los que nos obliguen a despertar del sueño del progreso infinito?