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Serge Latouche: ¿Decrecimiento o barbarie?



Resumen de la charla pronunciada por Serge Latouche, ayer, 10 de febrero de 2011 a las 8 de la tarde, en el Colegio Mayor Larraona, en Pamplona-Irunea, organizada por el COLECTIVO DALE VUELTA – BIRA BESTE ALDERA (MOVIMIENTO POR EL DECRECIMIENTO)
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Después de una breve, pero centrada, intervención del portavoz de DALE VUELTA, en euskera y castellano, toma la palabra Serge Latouche, que nos saluda en castellano, advirtiéndonos que esas serán sus únicas palabras en esa lengua, y empieza su charla en francés, que es traducida muy correctamente al castellano, por un voluntario.


¿DECRECIMIENTO O BARBARIE?

Comienza la charla con la anécdota de su comida en Bilbao, en el transcurso de las Jornadas sobre Decrecimiento, “Decrecimiento y Buen Vivie”, en las que acaba de participar. En el restaurante había grabados de Marx, Groucho, no Karl, lo que le trajo a la memoria las palabras pronunciadas por ese humorista:

“¿Por qué nos tenemos que preocupar por el futuro? ¿Acaso el futuro se preocupa por nosotros?
Para quienes compartan esa frase, poco les importa el “decrecimiento o la barbarie”.

¿Qué es la barbarie?

La barbarie la estamos experimentando ya, incluso en nuestros países, en los países más desarrollados y ricos del planeta. Especialmente en los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia, España). La política de corte neoliberal y reaccionario aplicada, por ejemplo, en España y Grecia, por gobernantes socialistas, en cuyos programas electorales y en sus políticas de partido, estaban contempladas medidas absolutamente contradictorias con las que se están aplicando, van en la dirección de sumir a grandes masas de la población de esos países en la más absoluta miseria.

Estamos ya caminando hacia la barbarie.

Pero, ¿cómo evitarla?

Para ello, lo primero es identificar la naturaleza de la actual crisis.

La crisis actual no es sólo una crisis económica, sino una crisis de civilización.
La actual civilización, la civilización occidental capitalista, que prácticamente se ha extendido por todo el mundo, se basa fundamentalmente en el crecimiento.

Justamente, el decrecimiento es la vía para evitar esa crisis global, el colapso de la sociedad a la que nos dirigimos inexorablemente, a causa de ese crecimiento exponencial que está agotando los recursos limitados de nuestro planeta.

¿Qué es el decrecimiento?

“Decrecimiento” es una palabra de uso habitual relativamente reciente. Antes de 2002 dicha palabra no se utilizaba con la cotidianeidad con la que se utiliza actualmente.

Es una palabra provocadora, que pretende lanzar un misil a la línea de flotación del actual sistema capitalista cuya “religión” neoliberal tiene un Dios: el crecimiento por el crecimiento para maximizar los beneficios del capital.

La palabra “decrecimiento” es, y eso se pretendió al utilizarla, una bomba semántica.

Surge como una respuesta al slogan del “crecimiento sostenible” lanzado por las minorías dirigentes mundiales.

Este concepto fue acuñado por El Club Mundial del Desarrollo Sostenible, que está apoyado por los mayores criminales ecológicos del planeta (Monsanto, Nestlé,…)

Y la sociedad ha caído en esa trampa semántica, la del desarrollo sostenible, la del crecimiento sostenible (términos contradictorios en sí mismos, habida cuenta del carácter limitado de los recursos de los que podemos disponer la humanidad en un planeta finito como es la Tierra).

Fruto de la colaboración (de Latouche), con un grupo de pensadores-activistas sudamericanos, constataron, que el desarrollo del hemisferio Norte era posible gracias a la destrucción del hemisferio Sur.

Después de la caída del muro de Berlín, el primer mundo, el bloque occidental, y el segundo mundo, el bloque socialista, se unificaron, y de hecho se convirtió en un solo mundo dirigido por el pensamiento y las políticas neoliberales.

Pero ese necesario decrecimiento no hay que extenderlo a todas las categorías de la realidad.

Hay que crecer en la calidad del agua en el mundo.

Hay que crecer en la calidad del aire que respiramos. (Alusión a lo que está pasando ahora mismo en Madrid, Barcelona, y otras ciudades españolas)

Hay que crecer en calidad de vida, en la alegría, en la felicidad.

Hay que crecer en la producción de trigo en el mundo, no para alimentar a los cerdos, a los animales, sino para alimentar a los humanos.

Hay que decir NO, al crecimiento por el crecimiento.

La sociedad occidental del crecimiento ha sido fagocitada por la economía, por el sistema capitalista.

El crecimiento es absolutamente imprescindible para aumentar los beneficios de los capitalistas. El proceso de acumulación del capital, descrito hace casi más de 150 años por Karl Marx, no Groucho, para el cual es imprescindible el crecimiento, sin importar si ese crecimiento es beneficioso o no para los seres humanos individuales o para la humanidad en su conjunto, es el motor del sistema capitalista.

Desde la II GUERRA MUNDIAL, un poco más tarde en el caso español debido al franquismo, se implantó en el mundo occidental la sociedad de consumo de masas.

Tres son los pilares de la sociedad de consumo en la que vivimos:
• LA PUBLICIDAD, que crea necesidades, en la mayoría de las veces falsas necesidades, que al no poder ser cubiertas por la inmensa mayoría de la población, se convierten en frustraciones. La gente feliz no necesita consumir. La gente frustrada, necesita consumir para conseguir una falsa felicidad. “No es más feliz quien más tiene, quien más consume, sino quien menos necesita”, o como dice un amigo suyo, “es preferible conseguir un nuevo amigo, que un nuevo coche”.

• LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA, esto es producir productos que van a durar un tiempo determinado, para que necesitemos renovarlos, y seguir consumiendo. (Ejemplo de las impresoras, que están programadas para averiarse aparentemente, y que cuando pretendes arreglarlas, resulta que es más barato comprar una nueva, con el consiguiente despilfarro energético y de materias primas, que reparar la que tienes.)

• EL CRÉDITO, proporcionado por esas instituciones filantrópicas, llamadas bancos, que “generosamente” nos facilitan el dinero que no tenemos (y que quizás nunca seamos capaces de tener) para poder comprar una multitud de bienes o cachivaches que no nos hacen ninguna falta. Como se ha podido comprobar los bancos prestan dinero hasta a los NINJAS (NO INCOMES, NO JOBS, NO ASSETS = NO INGRESOS, NO TRABAJO, NO BIENES (PROPIEDADES/GARANTÍAS)
Esos créditos a los NINJAS, o más conocidos como SUBPRIMES, créditos tóxicos, incobrables, son los que han sido el detonante de la crisis financiera, al ser mezclados indiscriminadamente con otros activos contaminando a toda la banca mundial, provocando la caída de Lehman Brothers, y poniendo al borde de la bancarrota a toda la banca mundial que ha debido ser saneada mediante la inyección de ingentes cantidades de dinero. Según estimaciones, la suma necesaria para el saneamiento completo del sistema financiero mundial se requerirán unos fondos equivalentes a entre 10 y 15 veces el PIB mundial.
A partir de la caída del muro de Berlín este modelo de sociedad se mundializa, se globaliza: TODO SE CONVIERTE EN MERCANCÍA.

El decrecimiento es un movimiento que pretende que la sociedad salga de esa “religión”, de la religión del crecimiento por el crecimiento, del crecimiento sostenido, que no sostenible.

Aunque tal vez sería mejor hablar de a-crecimiento, deberíamos convertirnos en agnósticos, o ateos, de la “religión” del crecimiento.

Debemos ser capaces de poner en marcha un proyecto alternativo, de construir otro paradigma.

Esto se hará de forma diferente en cada lugar, en cada país. Cada uno debe encontrar y construir su propia vía, su propia alternativa.

En realidad ese movimiento hacia una sociedad alternativa se inicia ya en la década de los 70: la SOCIEDAD AUTÓNOMA.

En dicha sociedad son los hombres los que forjan su propio futuro, y no dejan, que como ha sucedido en el actual sistema, el proyecto de la modernidad sea traicionado por la economía.

Eso es lo que ha pasado en Grecia, y está pasando en España: son los mercados los que dictan las decisiones neoliberales que deben asumir, o sí o sí, por los gobiernos socialistas, en contra de su propio programa, y lo que es más grave, en contra de la voluntad y los intereses mayoritarios de sus pueblos.

En el pasado, cuando los Reyes o los gobernantes ponían en marcha políticas que sumían en la miseria y la hambruna a sus pueblos, la solución era, relativamente, fácil: el pueblo se
rebelaba y enviaba a la guillotina a los sátrapas.

Pero ahora, ¿cómo guillotinamos a los mercados? ¿Cómo aplicamos la antigua ley de cortar la mano a los ladrones, y cortamos la “mano invisible” del mercado?

Frente a la actual situación, y para hacer frente al colapso que se avecina, no tenemos otra alternativa, para no sumir a la humanidad en la barbarie, que crear una sociedad de “abundancia frugal”, para que el mundo, que es limitado, lo pueda soportar.

Es importante que seamos capaces de crear una abundancia relativa de los bienes indispensables para la subsistencia y felicidad de todos los humanos dentro de un paradigma de frugalidad, de mesura y contención voluntaria y responsable.

¿Por qué es necesario ese cambio?

Porque el actual modelo de sociedad no es sostenible.

Y porque en esa sociedad, a pesar, o mejor, gracias a la frugalidad, viviríamos mejor.

Para entender porque no es posible el actual modelo de sociedad debemos explicar en qué consiste la “huella ecológica” y cuál es su actual dimensión a nivel mundial y a nivel de las distintas regiones y países.

¿Qué es la huella ecológica?

El hombre, las sociedades humanas, los países, la humanidad en su conjunto para vivir, para desarrollar sus actividades vitales, necesita espacio, tierra.

Necesita espacio para cultivar sus alimentos, para construir sus habitáculos, sus ciudades, sus vías de comunicación, necesita bosques y masas verdes para regenerar el anhídrido carbónico y transformarlo en oxígeno,...

Y la tierra, esa gran bola que flota en el espacio, aunque su superficie nos pueda parecer inmensa, es limitada.

En la actualidad cada persona está ocupando un promedio de 2,2 Has, lo que viene a suponer un 40% más de la superficie total disponible (descontando los océanos, las altas cumbres, los desiertos,…). Es decir que estamos ocupando y utilizando más superficie de la que disponemos, y eso es posible porque se la estamos robando (por la sobreexplotación de los recursos – combustibles fósiles y minerales – y el aumento de la contaminación de nuestros deshechos) a las generaciones futuras, a nuestros hijos y nietos.

Pero si vemos cual es la distribución entre los distintos países, vemos que los españoles estamos ocupando 3 tierras, que los estadounidenses ocupan 10 planetas, mientras que todos los países africanos ocupan mucho menos espacio de la Tierra del que les correspondería por su volumen de población; pero a pesar de su “generoso regalo”, en su conjunto los países desarrollados ocupan tanta superficie por encima de sus posibilidades, que en el conjunto, la humanidad necesitaría, en estos momentos, de tener disponible casi otra media Tierra adicional.

Pero veamos con más detalle lo que ocurre con los recursos energéticos.

El principal recurso energético que ha posibilitado el desarrollo de la sociedad actual, ha sido el petróleo. Y el petróleo está alcanzando su pico, su cénit, su máximo de producción, de acuerdo con la curva de Hubbert, geólogo norteamericano experto en extracción de petróleo, que predijo con increíble exactitud la fecha en la que se iba a producir el máximo de producción y posterior declive de los pozos norteamericanos.

Y es una realidad, que ya hemos alcanzado (2005), según unos, o estamos muy próximos, según otros (2012-2015) el pico del petróleo, el “peak-oil”.

La actual producción que se sitúa ligeramente por debajo de los 88 millones de barriles día, va a ser poco probable que se supere, y a partir de ahí es más que probable que empiece a disminuir, a pesar de la demanda creciente de petróleo.
La consecuencia inmediata de ese crecimiento exponencial es que estamos destruyendo, erosionando el suelo, los bosques tropicales en los que se concentra la mayor biodiversidad del planeta.

Según algunos científicos, estamos asistiendo a la SEXTA EXTINCIÓN. La QUINTA fue la de los brontosaurios…

El principal problema es que la velocidad de extinción de especies es en el actual proceso de extinción muchísimo más rápida: se están extinguiendo entre 50 y 100 especies al día.

Y además, este proceso está siendo provocado por el hombre.

Desde otro punto de vista, esta sociedad no es deseable: la desigualdad en el mundo avanza a pasos cada vez más acelerados. Las tres mayores fortunas del mundo equivalen al PIB total de África.

Y lo que es peor, incluso en las sociedades más ricas, más privilegiadas las personas no son felices, hay cada vez más infelicidad, más suicidios, hasta de niños…

Según la nef (new economics foundation, http://www.neweconomics.org), que ha creado y elabora el Índice de Felicidad (http://www.happyplanetindex.org), en el que se tienen en cuenta la esperanza de vida, la huella ecológica y el bienestar de la gente (satisfacción subjetiva en la vida), los países con mayor PIB per cápita, no son los que tienen mayor Índice de Felicidad: por ejemplo, EEUU ocupa el lugar 150, por debajo de China (31), Italia (66), Irán (67), Luxemburgo (74), Bélgica (78), Alemania (81), España (87), India (90), Japón (95), Reino Unido (108), Suecia (119), Francia (129), Grecia (133), Portugal (136).
Mientras que el pequeño archipiélago de Vanuatu, en el sur del Océano Pacífico, 1000 millas al este del norte de Australia, ocupa la primera posición, seguido por un sorprendente segundo puesto de Colombia, y una retahíla de países de Centro América y el Caribe (Costa Rica, Dominica, Panamá, Cuba, Honduras, Guatemala, El Salvador, Saint Vincent y Las Granadinas, Santa Lucía).

No es de extrañar que el puesto 13 lo ocupe un pequeño y no especialmente rico ni desarrollado país, Buthan, cuyo rey Jigme Singye Wangchuk, en 1972, introdujo ese concepto como eje director de la política que debía regir a su país, introduciendo importantes reformas que democratizaron el país que pasó a ser gobernado por un Consejo de Ministros y en el que recientemente se han realizado las primera elecciones para elegir democráticamente a la Asamblea Nacional.

Y el final de la lista lo componen países como Rusia (172), Estonia (173), Ucrania (174), República Democrática del Congo (175), Burundi (176), Suazilandia (177), y Zimbawe (178).
Podemos constatar que la sociedad del crecimiento, incluso en aquellos países que han tenido crecimiento, no es una sociedad feliz.

Pero lo pero, es que a partir de la reciente crisis, la sociedad occidental se ha convertido en una, de manera patente.

Aunque es cierto que este fenómeno, sociedad-del-crecimiento sin crecimiento, ya venía ocurriendo esto, pero de forma oculta, no tan evidente. Uno de los principales artífices de esta falsa sensación de crecimiento ilusorio de las últimas décadas, ha sido Alan Greespan, aunque el tema venga de los años 70, en las que se introdujeron las políticas neoliberales por parte de Reagan y la Tatcher. La fórmula empleada ha sido una reducción impositiva a las rentas más altas y a las rentas del capital, acompañada con una política monetaria expansiva, con unos tipos de interés muy bajos, que han favorecido un alto nivel de especulación.

Pero si hacemos un análisis más detallado de la evolución del PIB mundial de los últimos años, y deducimos del PIB TOTAL, los gastos de reparación, para compensar la destrucción provocada por la actividad económica (incremento de los gastos de sanidad como consecuencia del incremento de enfermedades provocadas por el deterioro del medio ambiente, gastos para la mejora del medio ambiente, o mejor para el menor deterioro del mismo, gastos en armamento para tratar de conservar las fuentes de energía, como el gas y el petróleo,…, actividades todas éstas que se incluyen como sumatorios en el cálculo del PIB tradicional), observamos que a partir de 1970 el PIB REAL, ha ido decreciendo.

Es decir que el decrecimiento real de la economía ya es un hecho que se viene produciendo desde la década de los años 70, aunque se haya mantenido la ficción, la ilusión, de que seguíamos creciendo. De hecho los beneficios de las clases dominantes seguían creciendo vertiginosamente y la concentración de la riqueza en menos manos se ha acelerado.

Aunque la sociedad en conjunto no experimentase en realidad ninguna mejora, hasta la reciente crisis teníamos la falsa “ilusión” de que seguíamos creciendo.

A partir de la presente crisis ya no tenemos ni esa falsa “ilusión” de crecimiento. (Aunque el proceso de progresivo enriquecimiento y concentración de la riqueza en cada vez menos manos se siga produciendo, pero ahora por el trasvase de riqueza de los más débiles de esos poderosos a los más fuertes – véase como Botín sigue haciéndose con el “botín” de muchos bancos extranjeros, y como pronto, y eso es de mi cosecha, le serviremos en bandeja, después de haberlas “acicalado” adecuadamente para la ocasión con el escaso dinero de todos los contribuyentes españoles, la parte más golosa de nuestras Cajas de Ahorro, último reducto de la banca social en nuestro país, aunque en estos últimos tiempos hayan sido objeto del pillaje y bandería de nuestra impresentable clase política).

Y ahora nos encontramos con la peor, la mayor, la más cruel, la más atroz, y la más maquiavélica de las paradojas (que ni Unamuno, genio de las paradojas, hubiese sido capaz de imaginar):

UNA SOCIEDAD DE CRECIMIENTO SIN CRECIMIENTO,

UNA SOCIEDAD DE CONSUMO SIN CONSUMO.

Y este decrecimiento forzoso e imprevisto, no es lo mismo que el decrecimiento voluntario y planificado.

LA AUSTERIDAD IMPUESTA NO ES LO MISMO QUE LA FRUGALIDAD ELEGIDA.

No hay nada pero que una sociedad del crecimiento sin crecimiento, ya que significa un incremento significativo del paro, y de que existan menos recursos disponibles para la sanidad, para la enseñanza, para la mejora del medio ambiente, para la lucha contra la contaminación,…

Estamos en una sociedad controlada por la oligarquía, por “los mercados”. Sege Latouche cuenta que en su reciente visita por Bilbao, le chocó la cantidad de cámaras de vigilancia que había por las calles, vigilándonos a todos, controlándonos a todos.

Eso no es más que una muestra de un fenómeno que se está extendiendo por toda Europa, el INCREMENTO DE LA REPRESIÓN.

Por todas esas razones hay que optar por una sociedad en decrecimiento.

Hay que activar el CIRCULO VIRTUOSO:

RE-EVALUAR
RE-VALUAR
RE-CONCEPTUALIZAR
RE-DISTRIBUIR
RE-UTILIZAR
RE-LOCALIZAR
RE-ESTRUCTURAR
RE-CICLAR

¿Cómo?

Cada país, cada región, cada localidad es diferente, y las vías tienen que ser y serán diferentes: no es lo mismo Texas que Chiapas.

Es necesaria una Revolución Cultural: lo primero que tenemos que cambiar es el propio paradigma de cada uno de nosotros.

Tenemos que cambiar nuestros conceptos tanto en lo relativo al consumo como a la producción de lo que necesitamos para vivir.

Y hay que actuar colectivamente, políticamente.

Este es un esquema del PROGRAMA REFORMISTA que se presentó en las últimas elecciones francesas:

• Conseguir que nuestra Huella Ecológica sea soportable: consumir mejor, relocalizar, evitando consumos energéticos innecesarios en el transporte
• Reducir el transporte internacional incrementando los costes del mismo con ecotasas apropiadas (anécdota del choque en Francia de un camión que transporta tomates españoles al Norte de Europa y de un camión que transporta tomates holandeses a España: resultado del choque, una inmensa salsa de tomate europea)
• Relocalizar las actividades
• Restaurar la agricultura tradicional campesina
• Reasignar los incrementos de productividad, reduciendo el tiempo de trabajo e incrementando el empleo
• Relanzar la producción de bienes “relacionales” que no consumen recursos
• Reducir el consumo energético por 4 (¿Por qué por 4? Simplemente tomaron la cifra de una organización de técnicos francesa NEGA WATT que calculó esa cifra, y que según ellos con esa reducción se podrían mantener prácticamente iguales los actuales estándares de vida)
• Restringir fuertemente la publicidad
• Reorientar el I+D: democratizar sus objetivos
• Reapropiarse el dinero:
- creación de monedas paralelas (locales, regionales)
- que el ahorro local se invierta en proyectos locales
En síntesis se preconiza una vuelta al estoicismo, del que Séneca fue un gran exponente español.
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NOTA FINAL: el presente resumen ha sido realizado en base a las notas tomadas en directo en la charla, y no es una reproducción taquigráfica de la misma. He podido no recoger matices e incluso cuestiones relevantes, pero que por la dificultad de la transcripción, o por la dificultad de su entendimiento y mi capacidad de comprensión, hayan sido omitidos. Igualmente algunas ideas y conceptos al desarrollar las notas tomadas, han podido ser incorrectamente interpretadas, modificadas o ampliadas en función de mi propio punto de vista que puede o no coincidir con el de Serge Latouche, aún cuando esa no haya sido mi intención.

Agradezco al señor Latouche por sus ideas y por su estructurada articulación, por su bonhomía y por la fraternal sinceridad que nos regaló en el “frugal” refrigerio (que sufragamos a escote entre los que nos quedamos con él) y por su espontánea muestra de amistad y convivencia que gracias a los caldos (locales por supuesto) sellamos con los habituales cánticos con los que se suelen cerrar estos actos mucho más informales, pero mucho más “relacionales” en nuestra tierra. Sin ninguna duda, nuestro nivel de felicidad, y con él el de Navarra, se elevó por unos instantes. Y agradezco a los organizadores, DALE VUELTA – BIRA BESTE ALDERA (MOVIMIENTO POR EL DECRECIMIENTO), que nos permitiesen a mí y mis dos amigos, el poder asistir a dicho evento.
Por último pedir excusas a Serge Latouche si se ha deslizado algún error en mi resumen o si he incluido algún concepto en el que discrepe. Si ese fuese el caso, y se diese cuenta, le ruego, te ruego, que me lo hagas saber, para corregirlo.
Navarra, 11 de febrero de 2002

La huerta es femenina


Aunque la agricultura se ha asociado tradicionalmente a una actividad masculina, junto a aquellos hombres fuertes que llevaban la yunta de los bueyes o ahora conducen tractores, siempre ha habido una mujer que ordena los números o planta flores a la puerta de casa.

Mientras el hombre iba al campo a labrar, la mujer cultivaba el huerto que había junto a la casa o cuidaba de los animales. El elemento femenino siempre está presente, anónimo y discreto, tras los grandes tratados de agricultura.

En los países más pobres el huerto que cultiva la mujer alimenta a toda la familia. Y si sobra algo aún puede venderse en el mercado o regalarse a médico a cambio de sus servicios.

La mujer cocina y selecciona. La mujer prueba y elige los frutos más dulces, la frute que se conserva mejor, las acelgas más tiernas, las cebollas menos picantes y los tomates más carnosos. Es ella quien se ocupa de las semillas, las elige y las guarda para el año siguiente. Ella también se encarga del plantel, en un rincón del huerto a resguardo de los vientos o en una maceta dentro de la cabaña, junto a la ventana.

Practica la biodiversidad llenando los huertos de flores que quieren ser decorativas pero juegan un papel muy importante en el control de plagas. Y entre las tomateras coloca la albahaca para que no piquen los mosquitos, y menta para las malas digestiones, tomillo para los resfriados o lavanda para que la ropa huela bien.

La mujer guarda los restos de la cocina (hojas de lechuga, pieles de patata, un poco de sémola que se ha vuelto rancia...) y los da a las gallinas. Así tiene huevos frescos para comer. A cambio, las gallinas también le dan un abono muy rico que habrá que utilizar con cuidado para no quemar las plantas.

Ella corta las camisas de los domingos, que ya no se pueden zurcir más, y con sus jirones ata bien las tomateras, los guisantes y las judías. Y con la gran cosecha de tomates prepara conservas para poder disfrutarlas durante el invierno.

La huerta es femenina. Por eso hay tantos hombres que encuentran la paz en ella.

Extraído del libro ‘El huerto escolar ecológico’ escrito por Montse Escutia

Borrachera

La forma que se tiene actualmente en la sociedad del estado español de relacionarse con diferentes sustancias narcóticas, entre las que se destaca el cannabis, pero sobre todo el alcohol, es radicalmente diferente a la que venía siendo tradicional y mantenida hasta hace un par de generaciones. En tiempos anteriores al franquismo no existía prácticamente la cultura de “colocarse”; antes bien, eran mal vistas socialmente las personas que abusaban de cualquier sustancia “emborrachante”. El alcohol en general se consumía fermentado (como vino principalmente o cerveza) en forma de complemento alimenticio, siempre con ingesta moderada. Fue el franquismo quien potenció masivamente la proliferación desaforada del consumo alcohólico entre las clases populares. Los motivos vienen explicados en el libro, aunque no es tan difícil imaginarlos. A partir de la era llamada “transición” la política de convertir a la clase obrera en una sociedad “de beodos” continuó de la mano principalmente de los gobiernos del PSOE, quienes tuvieron un insospechado aliado: las organizaciones de izquierda revolucionaria. Estas últimas son contra quienes con más fuerza arremete el autor. 

Evidentemente esta apresurada simplificación queda lejos de describir las argumentaciones y datos que aporta Félix Rodrigo en su tesis.

Cosa buena es que el libro no se queda en la crítica sino que avanza en la propuesta. Sus aldabonazos y llamadas a la toma de conciencia y a la responsabilidad pretenden aclarar mentes y movilizar voluntades para una práctica política que pueda ser coherente y –por ende- fructífera. Ofrece un buen puñado de recetas concretas para pasar gradualmente de la actual situación de idolatría de la droga con todas las consecuencias que provoca, a una forma de vida más atemperada que nos permita extraer lo mejor de nuestras capacidades y ponerlas al servicio de la revolución a la que aspiramos. Evidentemente la propuesta no plantea prohibiciones ni políticas punitivas, sino tomas de conciencia que conduzcan a opciones completamente voluntarias y libres.

Dice la contraportada del libro:

“… Debemos saber vivir con un mínimo de cosas, para desarrollarnos como seres con un máximo de cualidades y capacidades, espirituales y materiales, de tal modo que, desde la autonomía y la fortaleza así construidas, podamos librar una lucha de aniquilación contra el actual orden político y económico. En esa renuncia, en ese abstenerse y decir no, está la esencia de la libertad verdadera en los tiempos que corren…”

Es posible que muchas de las cosas que se dicen en el libro ofendan a algunos o resulten exageradas a otras. Quizá algunas afirmaciones suenen a un alto volumen y hubieran precisado de matización, fundamentación, ponderación, contextualización etc. Sin duda ello habría enriquecido la obra y hubiera facilitado que numerosos lectores/as pudieran empatizar más fácilmente con sus ideas principales. Otras afirmaciones nos resultan innecesariamente repetidas, alguna de forma reiterativa. Un defecto formal más señalaremos: la excesiva tendencia del autor a la enumeración y a la subordinación, construyendo así interminables frases que ahogarían a cualquiera que tratara de leerlas en alta voz y que, en cualquier caso, no facilitan precisamente la comprensión de los conceptos.

Sin embargo el estilo acaba siendo así: duro, incisivo, inmisericorde… sorprendentemente ágil, o mejor diríamos “veloz”. Y no en vano esta es una de las causas que ayudan a su amena lectura. “Borracheras NO” se devora en un abrir y cerrar de ojos y el interés no decrece de la primera a la última página.

Se aborda aquí uno de tantos temas tabú entre los movimientos sociales, tan alérgicos siempre a entrar en disquisiciones éticas, espirituales o “individuales”. Se sacan a la palestra cuestiones de primer orden siempre soslayadas, que además cuentan con implicaciones prácticas nada desdeñables. Por ello nos parece una lectura más que recomendable, imprescindible.

Fragmentos

Obsequiamos a los lectores y lectoras del artículo con algunos párrafos escogidos que copiamos a mano:
“España es el primer país de Europa, y en bastantes cuestiones también del mundo, en todo lo malo, en todo, desde el uso de drogas a la alcoholización de la juventud, desde el porcentaje de paro al consumo obsesivo, desde el número de presos al número de policías, desde el desplome de la natalidad hasta la manía de los viajes y las vacaciones sin fin, desde la completa putrefacción de la vida intelectual al desarrollo de una inmoralidad de masas que deja pasmados a los viajeros más lúcidos, desde los millones de hectáreas desertificadas a la conversión de todo el litoral en un descomunal muestrario de ladrillo y hormigón, desde el culto más ciego por el dinero a la pérdida, pronto completa, de la sociabilidad. Siendo los primeros en todo lo malo, y los últimos en todo lo bueno, hemos de reconocer que el franquismo, el izquierdismo y la progresía unidos han realizado a conciencia su trabajo, por lo que ahora somos la cloaca de Europa, el país basura por excelencia.”

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“…se ha puesto de moda, ya desde los años 60 del pasado siglo, una concepción de la libertad que, además de ser desacertada, realiza la predicción de Orwell sobre que en las sociedades totalitarias el vocablo libertad es la nueva forma de nombrar la inexistencia, y también la renuncia alucinada a ser libre en una buena parte de sus integrantes. En efecto, es la supuesta libertad como posibilidad de emborracharse y consumir narcóticos sin trabas, como capacidad ilimitada para hacer lo que el orden de dominación ordena que se haga, niega la verdadera libertad de manera obvia, en un doble sentido, como facultad para escoger otro comportamiento diferente al que nos es inducido y, de hecho, impuesto desde el poder, y como aptitud para prescindir de las cosas en todo lo posible, en particular de aquellas que nos arrebatan nuestra autonomía, nos destruyen en tanto que seres humanos e incluso nos matan. Lograr esa libertad exige un esfuerzo de auto-construcción como ser humano integral, y por tanto el esfuerzo es la expresión decisiva de la libertad. Ésta, pues, no es nunca dada u otorgada, sino sólo realizada y conquistada.”

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“Las normas morales son, sobre todo, personales, aunque existe una moral social, pero lo sustantivo de la ética es que proporciona criterios de conducta al individuo, al que muestra como se debe vivir. La moral ha de ser auto-construida, esto es, elaborada y escogida por el sujeto, en colaboración con sus iguales. Hoy padecemos el amoralismo de masas, impuesto desde el poder, que para expandirse aún más necesita barrer todo criterio ético. Cuando el Estado crece lo que triunfa es la norma jurídica, que es coercitiva, puesto que se fundamenta en la pena legal, en la acción policial en definitiva, de manera que ello lleva al declive de la moralidad, que no es coercitiva, pues su meollo es el obrar por convicción interior. Precisamente uno de los más aciagos cambios que tuvieron lugar tras el triunfo de EEUU, forma superior de Estado y de capitalismo, en la segunda guerra mundial, fue la sustitución de la moralidad por la absolutización del llamado “imperio de la ley”. Desde entonces el sujeto medio ya no obra conforme a convicciones, sino exclusivamente por temor al castigo o por esperanza del premio.

Eso ha originado un empobrecimiento y desintegración radical de la vida espiritual de la persona, un estado de confusión interior, al no saber qué hacer ni cómo comportarse, más allá de lo jurídico, situación de anomia y caos que propicia el uso de sustancias narcóticas. Al mismo tiempo, la falta de ética debilita a la persona, que deja de ser una realidad que se asienta en el interior de sí, para transformarse en un ente construido desde fuera, desde y por el poder constituido.”

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“Otra conclusión a extraer es la negatividad de la abundancia material. En el pasado, los credos proletaristas encontraban especulativamente la cusa de todos los males en la pobreza y la escasez. Hoy que vivimos en una sociedad de abundancia casi ilimitada, aunque quizá ya por poco tiempo, estamos comprobando que la riqueza material, tal como nos expusieron los moralistas clásicos (que tuvieron ante sí el caso de la sociedad romana), es un motivo de numerosos males, entre ellos el de la gula, la obesidad, la beodez de masas y las toxicomanías, además del servilismo, el egotismo, el decaimiento de la voluntad, el colapso de las facultades reflexivas y la degeneración corporal. La riqueza material ha contribuido poderosamente a casi privarnos de nuestra condición humana, haciendo de nosotros unos subhumanos sin inteligencia, libre albedrío, amor por la libertad, aprecio por la verdad, sensibilidad y aprecio desinteresado por nuestros iguales. Una futura sociedad libre, autogobernada y autogestionada, ha de basarse en una pobreza decorosa, no en la riqueza, y ello por motivos más humanos, esto es, políticos, civilizatorios y morales, que medioambientales.”

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“Los poderhabientes no desean que, verbigracia, la reflexión acerca de la muerte enturbie la, al parecer, ilimitada felicidad de masticar, deglutir, zampar, defecar, trasegar, empinar, trincar, soplar, abrevar, miccionar, regoldar, potar, echar, expeler y vomitar, por lo tanto se ha constituido un orden social en que la muerte es ocultada, de la misma manera que lo son todos los demás aspectos “negativos” de la condición humana, para concentrar al neo-siervo de la modernidad en una única cuestión; producir y consumir, esto es, obedecer en todo y auto-destruirse en tanto que persona. Pero lo que es irremediable en el destino humano sigue estado ahí, por más que se impida su consideración, aunque sin una cosmovisión que permita al individuo pensarse, inteligir su verdadera naturaleza, construirse a sí mismo y vivir conforme a ella. De esa operación lo que resulta es una carga colosal de angustia existencial y pánico vivencial que suele buscar alivio en la ingestión compulsiva (esto es, específicamente moderna) de productos narcóticos. Para evitar esto necesitamos afrontar, no sólo de manera cavilativa sino también emocional, e incluso ritual, los lados más arduos de nuestra condición, tarea que ha de convertirse en un quehacer diario, personal y colectivo, para que seamos humanos conscientes, no subhumanos inconscientes, que huyen de sí mismos y que en esa patética desbandada caen, cada día más, en el mortífero océano del alcohol.”

. . .

“En este contexto hay que poner fin al estilo de vida izquierdista. Sus fundamentos son la pereza, el apoltronamiento, la irresponsabilidad, el aferramiento maniático al tabaco, el porro y la cerveza, la adhesión a la nueva religión hedonista y felicista propia de la sociedad de consumo, la amoralidad autosatisfecha, la renuncia a pensar, el narcisismo, el individualismo y egocentrismo, la execración del esfuerzo, el rechazo de toda idea de deber y servicio, las extravagancias, el desdén por el esfuerzo físico y el trabajo manual, la fe en que todos los problemas tienen solución bajo el actual orden político sin cambio revolucionario, y el desprecio por las necesidades espirituales del ser humano. Tal es lo convertido en práctica diaria por quienes siguen las consignas de la socialdemocracia y de la progresía en el poder, los cuales pretenden ser “anti-burgueses” y meramente son los nuevos reaccionarios, el tipo de sujeto que ahora el poder constituido preconiza para un sector determinado de la socidad. En efecto, el tabaco y el alcohol incrementan sustancialmente los ingresos tributarios del Estado, que los usa para pagar más policía, y la sustancia activa del porro proviene de una vasta red que es dirigida por los servicios especiales de los Estados, de manera que lo “antisistema” de aquel modo de vida es un procedimiento para mantener y reforzar el aparato estatal, además del capitalismo.

Ser antisistema de verdad es trabajar por la revolución, no fumar y beber como bestias, no hacer lo que la izquierda institucional, que es la fuerza política fundamental del par capital-Estado hoy, nos dique que hagamos.

La tarea pendiente de la izquierda “antisistma”, en este asunto y en todos, es diferenciarse de la socialdemocracia, dejar de ser su ala “radical”.
Borracheras NO. Pasado, presente y futuro del rechazo a la alcoholización, de Félix Rodrigo Mora, pone sobre la mesa el tremendo asunto del alcoholismo de masas en las sociedades de la modernidad tardía, como vicio atroz e intolerable promovido por el aparato estatal y amparado, o visto con reprochable indiferencia, por quienes se dicen opuestos al vigente sistema de dominación. 

Borracheras NO: pasado, presente y futuro del rechazo a la alcoholización - Félix Rodrigo Mora Aldarull Edicions/ Distri Maligna/ Maldecap Ediciones/ Rompe la norma Sevilla, 2010

Reseña del libro en Tortuga: http://www.nodo50.org/tortuga/Borra...
Tomado de Grupo Antimilitarista Tortuga

El fin del crecimiento


Anticipo condensado del  libro de Richard Heinberg,

Traducción: Horacio Drago.

Introducción: La nueva normalidad

La afirmación central de este libro es tan simple como sorprendente: El crecimiento económico tal como lo hemos conocido ha terminado.
El “crecimiento” así como se ha venido llamando, consiste en la expansión permanente de la economía global, con cada vez más personas atendidas, más dinero cambiando de manos, y mayores cantidades de energía y bienes materiales fluyendo a través de ellas.
La crisis económica que comenzó en 2007-2008 fue tan previsible como inevitable, y marca una ruptura permanente con respecto a las décadas anteriores, período durante el cual la mayoría de los economistas adoptó la visión irreal de que el crecimiento económico perpetuo es necesario, deseable, y además perfectamente posible de mantenerse en el tiempo. Pero en la actualidad ya han aparecido barreras infranqueables a dicha expansión económica, y estamos colisionando con dichas barreras.
Esto no quiere decir que los EE.UU. o el mundo entero nunca más verán otro trimestre o año de crecimiento respecto al trimestre o año anterior. Sin embargo, los golpes se hacen secuenciales y encadenados unos con otros, y la tendencia general de la economía (medida en términos de producción y consumo de bienes reales) estará al mismo nivel o en descenso, pero no en ascenso a partir de ahora.
Tampoco será imposible para cualquier región, nación o empresa continuar creciendo por un tiempo. En un análisis final, sin embargo, este crecimiento será conseguido a expensas de otras regiones, naciones o empresas. A partir de ahora, sólo un crecimiento relativo es posible: La economía mundial está jugando un juego de suma cero, con un premio cada vez más chico a repartirse entre los ganadores.
¿Por qué se acaba el Crecimiento?
Muchos analistas financieros apuntan hacia profundas anomalías internas de la economía, asumiendo que las amenazas inmediatas que impiden retomar la senda del crecimiento económico, son solamente los niveles sobreexcedidos e impagables de las deudas públicas y privadas, y el estallido de las burbujas inmobiliarias. La suposición general es que, con el tiempo, una vez que estos problemas puedan solucionarse, las tasas de crecimiento repuntarán nuevamente. Pero los analistas generalmente no toman en cuenta factores externos a la economía financiera, los que hacen que sea casi imposible la reanudación del crecimiento económico convencional. Esta no es una condición temporaria sino permanente.
Hay tres factores principales que claramente surgen en un contexto de crecimiento económico:
  • El agotamiento de importantes recursos, incluyendo combustibles fósiles y minerales.
  • La proliferación de impactos ambientales como consecuencia de la extracción y uso de los recursos (incluyendo la quema de los combustibles fósiles), que con un efecto bola de nieve provocan aumentos de los costos de dichos impactos en sí mismos, más los esfuerzos para prevenirlos y mitigarlos.
  • Las perturbaciones financieras causadas por la incapacidad de nuestros sistemas monetarios, bancarios y de inversiones, para ajustarse tanto a la escasez de recursos como al aumento de los costos ambientales, y su incapacidad para sostener los enormes volúmenes de deuda pública y privada que se generaron en las últimas dos décadas, dentro del contexto de una economía cada vez más restringida.
Más allá de la tendencia que tienen los economistas para enfocarse solamente en el último de estos tres factores, en los recientes años es posible apuntar literalmente hacia miles de eventos que ilustran cómo los tres factores interactúan y golpean a la puerta cada vez con más fuerza. Consideremos sólo uno: La catástrofe en el año 2010 de la Deepwater Horizon en el Golfo de México.
El hecho de que BP estuvo perforando para extraer petróleo en aguas profundas del Golfo de México muestra una tendencia global: Mientras que el mundo no está en peligro de quedarse sin petróleo en el corto plazo, ya hay muy poco petróleo que se encuentra en tierra, en áreas donde las perforaciones son más accesibles. Estas zonas han sido exploradas y sus ricos yacimientos de hidrocarburos se están agotando. Según la Agencia Internacional de la Energía (IEA), en 2020 casi el 40% de la producción mundial de petróleo provendrá desde regiones de aguas profundas. Así como es difícil, peligroso y costoso operar una plataforma de perforación sobre un kilómetro o dos de agua del océano, es lo que la industria petrolera deberá hacer para continuar suministrando el producto. Y eso significa petróleo más caro.
Obviamente, los costos ambientales de la explosión y derrame provocado por la plataforma Deepwater Horizon han sido ruinosos. Ni los EE.UU. ni la industria petrolera pueden permitirse otro accidente de esa magnitud. Así que en 2010 el gobierno de Obama estableció una moratoria de perforación en aguas profundas del Golfo de México, mientras se legislan nuevas normas y regulaciones. Otros países también comenzaron a revisar sus propias reglamentaciones para la exploración petrolera en aguas profundas. Sin dudas que esto hará menos probable que en el futuro ocurran estos desastres, pero aumentan los costos de hacer negocios, y por lo tanto, el ya elevado costo del petróleo.
El accidente de la Deepwater Horizon también ilustra la reacción en cadena, y hasta qué punto los efectos del agotamiento y el daño ambiental han golpeado a las instituciones financieras. Las compañías de seguros se han visto obligadas a aumentar las primas en las operaciones de perforación en aguas profundas, y los impactos en las empresas pesqueras regionales han afectado duramente a la economía de la costa del Golfo. Mientras que los costos para la región han sido compensados en parte con pagos de BP, esos pagos obligaron a la compañía a reestructurarse, y el valor de sus acciones y rendimientos bursátiles se derrumbaron. Los problemas financieros de BP a su vez afectaron a los fondos de pensiones británicos que habían invertido en la empresa.
Este es sólo un evento, ciertamente uno espectacular. Si se tratara de un problema aislado la economía podría recuperarse y seguir adelante. Pero estamos y estaremos ante una galopante sucesión de desastres ambientales y económicos, no directamente relacionados entre sí, que obstaculizarán cada vez más el crecimiento económico. Esto incluye, aunque no está limitado a lo siguiente:
  • Cambio climático que provoca sequías, inundaciones e inclusive hambrunas en diversas regiones
  • Escasez de agua y energía
  • Quiebras bancarias, empresarias y ejecuciones hipotecarias
Cada uno de estos problemas se suelen tratar como casos puntuales, cuestiones que deben resolverse para poder “volver a la normalidad”. Pero en última instancia todos están relacionados entre sí, pues son consecuencia de la creciente población humana que lucha por aumentar su nivel de consumo per cápita de los recursos limitados (incluyendo los no renovables como los combustibles fósiles que impactan sobre el clima), todo ello en un planeta finito y frágil.
Mientras tanto, el despropósito de varias décadas acumulando deuda, ha creado las condiciones para que se produzca la crisis financiera del siglo que ya vemos por todas partes, y que tiene el potencial en sí misma para generar gran inestabilidad política y miseria humana.
El resultado: Estamos viendo una tormenta perfecta de varias crisis convergentes, que en conjunto representan un hito en la historia de nuestra especie. Somos testigos y participantes de una transición desde décadas de crecimiento económico, hacia décadas de contracción económica.
¿Por qué el Crecimiento es tan importante?
Durante los últimos dos siglos, el crecimiento fue prácticamente el único índice de bienestar económico. Si la economía crecía había empleos y las inversiones daban altos rendimientos. Cuando la economía temporariamente paró de crecer, tal como ocurrió durante la “Gran Depresión”, se produjeron sangrías financieras.
A lo largo de este período, la población mundial se incrementó desde menos de dos mil millones de seres humanos en 1900, hasta casi siete mil millones hoy en día. Y estamos sumando alrededor de 70 millones de “nuevos consumidores” cada año. Esto hace que el crecimiento futuro sea algo más crucial aún: Si la economía se estanca, habrá menos bienes y servicios per capita para todos.
Nos hemos basado en el crecimiento económico para el “desarrollo” de las economías más pobres del mundo. Sin crecimiento, debemos asumir seriamente la posibilidad de que cientos (tal vez miles) de millones de personas, nunca alcanzarán ni siquiera una versión rudimentaria del estilo de vida consumista del cual disfrutan los habitantes de las naciones industrializadas.
Por último, hemos creado sistemas monetarios y financieros que requieren crecimiento. Cuando la economía crece, eso significa que hay disponible más dinero y más crédito. Las expectativas aumentan, la gente compra más y más productos, los negocios necesitan más préstamos, y los intereses sobre los préstamos pueden ser devueltos. Pero si no hay nuevas emisiones de moneda que ingresen al sistema, el interés sobre los préstamos existentes no puede ser devuelto. Como resultado se produce una bola de nieve de morosidad, se pierden empleos, disminuyen los ingresos, se restringen las contrataciones, lo cual a su vez hace que las empresas pidan menos préstamos, causando que menos cantidad de dinero ingrese en la economía. Esta situación es un bucle de realimentación destructivo, el cual es muy difícil de detener una vez que se pone en marcha.
En otras palabras, la economía no cuenta con una configuración “estable” o “neutral”: Solamente puede haber crecimiento o contracción. Y “contracción” es justamente una agradable manera de llamar a la “depresión”, es decir, un largo período de pérdidas de empleos en cascada, cierres, morosidad y quiebras. Nos hemos acostumbrado tanto al crecimiento, que es difícil recordar que en realidad es un fenómeno bastante reciente.
Durante los últimos milenios, así como los imperios se levantaban y caían, las economías también avanzaban y retrocedían. Pero la actividad económica global se expandía muy lentamente, y con retracciones periódicas. Sin embargo, con la revolución de los combustibles fósiles de los últimos dos siglos, hemos visto un crecimiento a una velocidad y escala sin precedentes en toda la historia de la humanidad. Hemos aprovechado la energía del carbón, el petróleo y el gas natural para construir y utilizar automóviles, camiones, autopistas, aeropuertos, aviones y redes eléctricas, todas componentes esenciales de la moderna sociedad industrial. A través de este proceso de única vez, al extraer y quemar cientos de millones de años de energía solar almacenada químicamente, hemos construido lo que por un breve y brillante momento parecía ser “la máquina del crecimiento perpetuo”. Tomamos lo que era en realidad una situación única y extraordinaria como algo permanente que dimos por sentado, y así llegó a ser “lo normal”.
Pero a medida que la era del petróleo abundante y barato llega a su fin, nuestros supuestos sobre una continua expansión están siendo sacudidos hasta la médula. Ciertamente, el final del crecimiento es algo muy pero muy grande. Esto significa el fin de una era, y de nuestra manera actual de organizar nuestra economía, nuestra política y la vida cotidiana. Sin crecimiento prácticamente vamos a tener que reinventar la vida humana sobre la Tierra.
Es esencial que reconozcamos y entendamos la significación de este momento histórico: De hecho hemos llegado al final de la era de la expansión económica alimentada por los combustibles fósiles, y los esfuerzos de los políticos para continuar persiguiendo el evasivo crecimiento, en verdad equivale a una fuga de la realidad. Si los líderes mundiales no están bien informados acerca de la situación actual, probablemente retrasarán la implantación de los servicios de apoyo que pueden posibilitar la supervivencia en una economía sin crecimiento, y seguramente luego fallarán cuando quieran hacer los imprescindibles cambios en los sistemas monetario, financiero, alimentario y de transportes.
Como resultado de ello, lo que pudiera ser un proceso doloroso pero soportable de adaptación, podría convertirse en la mayor tragedia de la historia. Podemos sobrevivir al final del crecimiento, pero sólo si reconocemos lo que significa y actuamos en consecuencia.
¿Pero no es normal el Crecimiento?
Las economías son sistemas, y como tales, al menos en cierta medida siguen reglas análogas a las que rigen a los sistemas biológicos. Las plantas y los animales tienden a crecer en forma rápida cuando son jóvenes, pero luego alcanzan un estado más o menos maduro y estable. En los organismos vivos, las tasas de crecimiento son en gran parte controladas por los genes, y también por la disponibilidad de alimentos.
En las economías, el crecimiento aparece ligado a la planificación económica, y también a la disponibilidad de recursos, sobre todo recursos energéticos (que es el alimento de los sistemas industriales), así como del crédito (el “oxígeno” de la economía).
Durante los siglos XIX y XX el acceso a los combustibles fósiles abundantes y baratos favorecieron una rápida expansión económica. Los planificadores de la economía comenzaron a aprovechar esta situación, y los sistemas financieros interpretaron las expectativas de crecimiento como una promesa de altos rendimiento para las inversiones.
Pero así como los organismos vivos dejan de crecer, las economías también deben hacerlo. Inclusive si los planificadores (equivalentes sociales del ADN regulador) dictaminan un mayor crecimiento, en algún punto cada vez habrá más cantidades de “alimento” y “oxígeno” que dejarán de estar disponibles. También es probable que los desechos industriales se acumulen hasta el punto de ahogar y envenenar a los sistemas biológicos que sostienen la actividad económica, tales como los bosques, los cultivos, y los cuerpos humanos.
Sin embargo, la mayoría de los economistas no ven las cosas de esta manera, posiblemente porque las actuales teorías económicas fueron formuladas durante el anómalo período histórico de crecimiento sostenido, el cual está ahora terminando. Los economistas nada más generalizan a partir de la experiencia: Ellos se apoyan en décadas de crecimiento sostenido del pasado reciente, y de manera muy simplista proyectan esa experiencia en el futuro. Por otra parte, poseen formas de explicar porqué las economías modernas de mercado son inmunes a los límites que restringen a los sistemas naturales: Las dos principales son la sustitución y la eficiencia.
Si un recurso útil se vuelve escaso su precio aumentará, y esto crea un incentivo para que los consumidores del recurso encuentren un sustituto. Por ejemplo, si el petróleo se vuelve demasiado caro, las empresas de energía podrían comenzar a fabricar combustibles líquidos a partir del carbón. O también podrían desarrollar otras fuentes de energía inimaginables hoy en día. Muchos economistas afirman que este proceso de sustitución puede continuar para siempre. Es parte de la magia del libre mercado.
Por su parte, el aumento de la eficiencia significa hacer más con menos. En EE.UU. la cantidad –ajustada por inflación– de dólares generada en la economía por cada unidad de energía consumida, se ha venido incrementando sostenidamente durante las últimas décadas. La cantidad de energía requerida en BTU para producir un dólar de PIB se redujo desde cerca de 20.000 BTU por dólar en 1949, hasta 8.500 en 2008. Parte de ese aumento de la eficiencia se ha producido como resultado de la externalización de la mano de obra en otros países, los cuales queman carbón, petróleo o gas natural para fabricar nuestros productos. Fabricando localmente nuestros zapatos y televisores LCD, estaríamos quemando esa energía localmente.
Los economistas también proponen otra forma de eficiencia que tiene menos relación con la energía, al menos directamente: La identificación de los procesos y fuentes de materiales más baratos, y los lugares donde los empleados son más productivos y aceptan trabajar por menor salario. A medida que aumentamos la eficiencia usamos menos energía, menos recursos, menos mano de obra y menos dinero para hacer más. Esto también permite un mayor crecimiento.
Encontrar sustitutos para recursos que se agotan y aumentar la eficiencia son sin lugar a dudas las estrategias de adaptación más eficaces de las economías de mercado. Sin embargo queda abierta la pregunta de cuánto tiempo podrán continuar funcionando dichas estrategias en el mundo real, que ha demostrado regirse más por las leyes de la física que por las teorías económicas.
En el mundo real algunas cosas no tienen sustitutos, o los sustitutos son demasiado caros, o no funcionan tan bien, o no pueden ser producidos con la suficiente celeridad. Y por su parte la eficiencia sigue una ley de rendimientos decrecientes: Los primeros intentos para aumentar la eficiencia suelen ser de bajo costo, pero cada posterior incremento tiende a ser más y más costoso, hasta que resultan prohibitivos.
En última instancia no se puede subcontratar más que el 100 por ciento de la fabricación, no se puede transportar productos con energía cero, y no podemos contar con la capacidad de compra de los trabajadores para adquirir nuestros productos si no les pagamos nada. A diferencia de la gran mayoría de los economistas, la gran mayoría de los científicos y los físicos reconocen que el crecimiento dentro de cualquier sistema acotado, tiene que detenerse en algún momento.
La simple matemática del crecimiento compuesto
En principio, la posibilidad de un eventual fin del crecimiento es un portazo en la cara. Si una cantidad de algo crece sostenidamente un cierto porcentaje fijo al año, esto implica que ese algo se duplicará en tamaño cada determinado número de años. Cuanto más alto el porcentaje de crecimiento, más rápido se duplicará. Un método bastante aproximado para calcular tiempos de duplicación es conocido como “la regla del setenta”. Dividiendo 70 por la tasa de crecimiento porcentual nos da el tiempo aproximado necesario para que la cantidad inicial se duplique. Por ejemplo, si cierta cantidad de algo está creciendo un 1% al año, se duplicará en 70 años. Con un 2% al año de crecimiento, se duplicará en 35 años. Con un 5% de crecimiento al año se duplicará en tan sólo 14 años, y así sucesivamente. Si pretendemos ser más precisos podemos usar la función exponencial de cualquier calculadora científica, pero la regla del setenta funciona bien para la mayoría de los casos.
Vamos con un ejemplo del mundo real: En los últimos dos siglos la población mundial creció a tasas que van desde menos del uno por ciento a más del dos por ciento por año. En 1800 la población del planeta era de aproximadamente mil millones. En 1930 se había duplicado a dos mil millones. Sólo 30 años más tarde, en 1960, se duplicó nuevamente a cuatro mil millones. En la actualidad estamos en carrera para duplicarnos otra vez y llegar a ser ocho mil millones de humanos alrededor del año 2025.

Seriamente nadie espera que la población humana pueda continuar creciendo durante siglos en el futuro. Basta imaginar que si lo sigue haciendo a tan sólo un 1,3% por año (esa fue la tasa de crecimiento del año 2000), para el año 2780 habría nada menos que 148 billones de seres humanos en La Tierra. Una persona por cada metro cuadrado de suelo en la superficie del planeta. Por supuesto que tal cosa no va a suceder.
En la naturaleza, el crecimiento tarde o temprano siempre se da de narices contra ciertas restricciones que no son negociables. Si una especie encuentra que su fuente de alimentos se ha expandido, su número de individuos aumentará a partir de las calorías sobrantes, pero entonces luego esa fuente de alimentos comenzará a reducirse proporcionalmente a cuantas más bocas la consuman, y por su parte, sus predadores naturales también serán más numerosos (más sabrosa comida para ellos). Los florecimientos poblacionales caracterizados por períodos de rápido crecimiento siempre son seguidos por colapsos, hambrunas y muerte masiva. Siempre.
Aquí hay otro ejemplo del mundo real. En los últimos años la economía china ha venido creciendo tanto como un 8% o más por año. Eso significa que está duplicando su volumen cada diez años, o menos aún. De hecho, China consume más del doble del carbón que consumía hace una década. Lo mismo con el mineral de hierro y el petróleo. El país ahora tiene cuatro veces más autopistas de las que tenía entonces, y casi cinco veces más automóviles.

¿Cuánto tiempo puede seguir esto? ¿Cuántas duplicaciones más pueden ocurrir antes de que China haya utilizado todos sus recursos clave? ¿O acaso simplemente decidirán que ya ha sido suficiente y detengan voluntariamente el crecimiento? Estas preguntas son difíciles de responder con una fecha específica, pero debemos hacerlas.
La discusión tiene implicancias muy reales, porque la economía no es solamente un concepto abstracto. Es la que determina si vivimos en el lujo o la pobreza, si comemos o pasamos hambre. Cuando se detenga el crecimiento económico cada uno de nosotros recibirá el impacto, y serán necesarios varios años para que la sociedad se adapte a la nueva realidad. Por lo tanto, es muy importante saber si ese momento está a la vuelta de la esquina o distante en el tiempo.
El Fin del Crecimiento no debería ser una sorpresa
La idea de que el crecimiento se detendrá en algún momento de este siglo no es nada nueva. En 1972 un libro titulado “Los límites del crecimiento” fue noticia y se convirtió en el libro ambientalista más vendido de todos los tiempos.
Ese libro que se basó en uno de los primeros intentos de usar computadoras para modelar las probables interacciones entre la evolución de los recursos, el consumo y la población, fue también el primer estudio científico que intentó cuestionar el supuesto de que el crecimiento económico podía y debía ser permanente en el futuro.
La idea era una herejía en aquel momento, y todavía lo es. La noción de que el crecimiento no puede continuar y no continuará más allá de cierto punto resultó profundamente perturbadora para algunos sectores, y pronto “Los límites del crecimiento” fue desacreditado y ridiculizado por los interesados en los negocios pro-crecimiento. En realidad, aquella ridiculización sólo tomaba en cuenta algunos pocos datos completamente fuera de contexto del libro, citándolos como “predicciones”, cuando en forma explícita se decía que no lo eran, y luego remarcando que dichas predicciones habían fallado. El ardid fue denunciado rápidamente, pero las réplicas no suelen tener tanta publicidad como las acusaciones, y así hoy en día todavía hay millones de personas que creen erróneamente que el libro quedó desacreditado hace tiempo. De hecho, los escenarios originales del libro han demostrado ser bastante acertados.
Los autores cargaron los datos del crecimiento de la población mundial, las tendencias de consumo, y la disponibilidad de varios recursos importantes.

Hicieron correr el programa informático que habían desarrollado, y llegaron a la conclusión de que el fin del crecimiento probablemente ocurriría entre los años 2010 y 2050. Luego la producción industrial y de alimentos se derrumbaría, determinando una disminución de la población.
Esos escenarios estudiados en “Los límites del crecimiento” han sido nuevamente analizados y comprobados en forma reiterada desde la publicación original, usando ahora software más sofisticado y datos basados en información actualizada. Los resultados han sido similares en todos los intentos, y recientemente se publicó una nueva versión del libro llamada “Los límites del crecimiento: Actualización a 30 años”.
El escenario del Pico del Petróleo
Tal como se ha mencionado, el crecimiento finalizó debido a la convergencia de tres factores: Agotamiento de recursos, impactos ambientales y fracaso sistémico monetario-financiero. Sin embargo, una sola cuestión puede estar jugando un rol clave y determinante para el final de la era de la expansión. Ese asunto es el petróleo.
El petróleo tiene un lugar crucial en el mundo moderno. En el transporte, la agricultura, los químicos y los materiales industriales. La Revolución Industrial fue en realidad la revolución de los combustibles fósiles, y el fenómeno entero del persistente crecimiento económico (incluyendo el desarrollo de las instituciones financieras que han facilitado el crecimiento, tales como las reservas bancarias fraccionales), ha sido basado siempre en última instancia en los suministros cada vez mayores de energía barata. El crecimiento requiere más producción, más comercio y más transporte, y todo en su conjunto requiere más energía. Esto significa que si los suministros de energía no se pueden expandir, y la energía por lo tanto se vuelve significativamente más cara, el crecimiento económico fallará, y los sistemas financieros diseñados sobre las expectativas de un crecimiento perpetuo también fallarán.
Ya en 1998 los geólogos petroleros Colin Campbell y Jean Laherrère discutían un escenario del Pico del Petróleo que se tornó real. Ellos teorizaron que, en algún momento alrededor del año 2010, el estancamiento o el declive de los suministros de petróleo podrían provocar un aumento y volatilización de los precios del crudo, y que tal cosa precipitaría un colapso económico global.
Esa rápida contracción económica, a su vez daría lugar a una considerable reducción de la demanda de energía, de manera que los precios tenderían a bajar. Pero tan pronto como la economía pudiera volver a recuperar fuerzas, la demanda presionaría nuevamente al petróleo con consecuencias de nuevos aumentos en los precios, y a resultado de ello la economía sufriría una nueva recaída. Este ciclo es continuo, con cada fase de recuperación siendo más corta y más débil, y cada caída más profunda y más dura, hasta que la economía quede en ruinas. Los sistemas financieros así basados en el supuesto de un crecimiento continuo implosionarían, causando más estragos sociales que las trepadas del precio del petróleo.
Mientras tanto, los precios volátiles y vaivenes del petróleo frustrarían las inversiones en sistemas de energía renovable: Un año el petróleo sería tan caro que casi cualquier otra fuente de energía se presentaría como más conveniente por comparación; al año siguiente, el precio del petróleo habría caído tanto como para que los usuarios vuelvan a basarse en él, restándole sentido a las inversiones en otras fuentes de energía. Pero como los bajos precios desalentarían las exploraciones en busca de más petróleo, surgen así nuevos episodios de escasez más turbulentos que los anteriores. Los capitales de inversión también podrían ser escasos, dado que los bancos serían insolventes debido a la crisis financiera permanente, y los gobiernos caerían por la disminución de los ingresos fiscales. Al mismo tiempo la competencia internacional por la disminución de los suministros de petróleo podría provocar guerras entre países importadores, entre importadores y exportadores, y entre facciones rivales dentro de países exportadores.
En los años siguientes a la publicación inicial de Campbell y Laherrère, muchos expertos afirmaron que las nuevas tecnologías para la extracción de petróleo crudo iban a aumentar la cantidad del suministro que puede ser obtenido de cada pozo perforado, y que las enormes reservas de recursos en hidrocarburos alternativos (principalmente arenas alquitranadas y esquistos bituminosos) serían desarrolladas para reemplazar sin problemas al petróleo convencional, lo que retrasaría por décadas el inevitable pico. También hubo quienes dijeron que el Pico del Petróleo no sería un gran problema, inclusive si ocurriera pronto, pues el mercado podía encontrar otras fuentes de energía y opciones de transporte tan rápido como fuera necesario, sean automóviles eléctricos, de hidrógeno, o nuevos combustibles líquidos fabricados a partir del carbón.
En los años siguientes, los acontecimientos pusieron de manifiesto tanto la validez de la tesis del Pico del Petróleo, como la subvaloración de los optimistas.

 Los precios del crudo presentaron una marcada tendencia cuesta arriba y por razones completamente previsibles: El descubrimiento de nuevos yacimientos continuaba disminuyendo, y la explotación de la mayoría de los nuevos pozos era mucho más difícil y costosa que los descubiertos en años anteriores. Más y más países productores de petróleo llegaron a su pico de extracción y comenzaron a declinar, a pesar de los esfuerzos por mantener el crecimiento de la producción usando costosos métodos altamente tecnificados para la extracción secundaria y terciaria, tales como la inyección de agua, nitrógeno o dióxido de carbono, para forzar que una mayor cantidad de crudo salga de la tierra. Así se aceleraron las tasas de declinación de la producción en los yacimientos gigantes más antiguos del mundo, que eran los responsables de la parte del león en el suministro global de petróleo. La producción de combustibles líquidos a partir de las arenas alquitranadas comenzó a expandirse lentamente, mientras que el desarrollo de los esquistos bituminosos continúa siendo una vaga promesa para el futuro lejano.
De la teoría del miedo a una realidad que da miedo
En 2008 el escenario del Pico del Petróleo se convirtió en algo demasiado real. La producción global de petróleo permaneció estancada desde 2005, y los precios se mantuvieron en alza. En Julio de 2008 el precio del barril se disparó hasta los 150 dólares, superando en valores ajustados por inflación a los precios alcanzados en los años 70, que habían provocado la peor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. En ese verano (boreal) de 2008, la industria automotriz, la industria del transporte, los embarques internacionales, la agricultura y las compañías aéreas estaban tambaleando.
Pero lo que sucedió después impactó en la atención del mundo a tal punto que el alza del precio del petróleo pasó a segundo plano. En Septiembre de 2008, el sistema financiero global estuvo cercano al colapso. Las razones para que esta repentina crisis sucediera, aparentemente tenían que ver con las burbujas inmobiliarias, la falta de una adecuada regulación en el sistema bancario, y el abuso de bizarros productos financieros incomprensibles. Sin embargo, y pese a que fue largamente ignorado, el alza del precio del petróleo ha jugado un papel crítico en el inicio de la debacle (Ver el artículo: Recesión temporaria o fin del crecimiento).
En las inmediatas consecuencias de esa crisis financiera global casi fulminante, los escenarios tanto de la teoría del Pico del Petróleo propuesto una década antes, igual que el del libro “Los límites del crecimiento” de 1972, ambos demostraron confirmarse con una precisión tan asombrosa como aterradora. El comercio global se derrumbaba. Las mayores industrias automotrices del mundo requerían ayuda estatal para sobrevivir. Las empresas aerocomerciales de los EE.UU. se redujeron una cuarta parte. Los disturbios por falta de alimento hicieron erupción en los países pobres alrededor del mundo. La guerra persistente en Irak, el país con las segundas mayores reservas de petróleo crudo del planeta, y en Afganistán, un sitio estratégico disputado para diversos proyectos de oleoductos y gasoductos, continuó provocando una sangría en las arcas de las naciones más dependientes de la importación de recursos petroleros.
Mientras tanto, el debate sobre qué hacer para frenar el cambio climático global, pone de manifiesto la inercia política que ha mantenido al mundo camino a la catástrofe desde principios de los años 70. Para cualquier persona con un modesto nivel de educación o inteligencia, ya se ha convertido en algo obvio que el planeta hoy tiene dos urgentes e indiscutibles razones para detener cuanto antes la dependencia de los combustibles fósiles: La doble amenaza de una catástrofe climática más la inminente restricción al suministro de combustibles. Sin embargo, en la Conferencia del Cambio Climático de Copenhague de Diciembre 2009, las prioridades de los países más dependientes del combustible fósil fueron claras: Las emisiones de carbono deberían ser reducidas, la dependencia de los combustibles también, pero solamente si ello no pone en peligro el crecimiento económico.
El componente financiero de la contracción económica
Si bien los límites de los recursos y los desastres ambientales ya venían poniéndole plazo de caducidad al crecimiento, a los ciudadanos comunes el dolor se le hace más palpable cuando de una u otra forma lo transitan en forma directa mediante la propia experiencia: Pérdida de empleos y colapso del sistema hipotecario.
Tal como se puede ver en los capítulos 1 y 2 de este libro, las expectativas de crecimiento continuo de las últimas décadas se han trasladado al presente bajo la forma de una enorme masa de deudas, tanto de los consumidores como de los gobiernos. Los ciudadanos norteamericanos ya no se hacían ricos inventando nuevas tecnologías y fabricando productos de consumo, sino nada más comprando y vendiendo casas, moviendo dinero desde unas cuentas de inversión hacia otras, o cobrándose honorarios entre ellos.
Cuando comenzó el nuevo siglo, la economía mundial empezó a tambalearse al ritmo de los estallidos de una burbuja tras otra: La burbuja de las economías emergentes del sudeste asiático, la burbuja de las “punto-com”, la burbuja inmobiliaria. Todos sabíamos que ellas finalmente podían explotar, tal como cualquier burbuja siempre lo hace, pero los inversores “inteligentes” planeaban meterse en ellas tempranamente, y salir con suficiente anticipación como para obtener grandes beneficios y escaparle al previsible desenlace caótico.
En los frenéticos días desde el año 2002 al 2006, millones de estadounidenses llegaron a creer que la constante alza en los valores inmobiliarios podía llegar a ser su fuente de ingresos, convirtiendo sus propiedades en “cajeros automáticos” (una frase muy popular escuchada por entonces). Mientras los precios seguían subiendo, los propietarios se sentían entusiasmados para pedir más préstamos y remodelar una cocina o el baño, y los bancos se sentían cómodos ofreciendo más y más créditos. Al mismo tiempo, los magos de Wall Street encontraban nuevas maneras de disfrazar esas hipotecas de alto riesgo como atractivas inversiones en obligaciones de deuda respaldadas, que podían ser empaquetadas, catalogadas y vendidas como “títulos premium” a inversores preferenciales, con muy bajo o nulo riesgo para ellos. Después de todo, los valores inmobiliarios estaban siempre destinados a crecer y crecer. “Dios no está haciendo más tierras” era la muletilla que repetían.
Los créditos y las deudas se expandieron entonces al ritmo de la euforia del dinero fácil. Todo aquel optimismo vertiginoso llevó a un crecimiento inusual de empleos en la construcción y los bienes raíces, enmascarando los quebrantos subyacentes y las pérdidas de empleo en el sector productivo.
Unos pocos expertos financieros sensatos usaron términos tales como “castillos de naipes” y “polvorín” para describir la situación. Todo lo que se necesitaba metafóricamente era una tenue brisa o una pequeña chispa para producir un resultado catastrófico. Puede afirmarse que el alza de los precios del petróleo a mediados de 2008 fue más que suficiente para disparar los fuegos artificiales.
Pero la burbuja inmobiliaria fue en sí misma nada más que un fusible de mayor envergadura: En realidad, el sistema económico entero dependía de las expectativas irrealizables del crecimiento perpetuo y pudo volar entero por los aires. El dinero estaba atado al crédito, y el crédito estaba atado a la suposición de dar por sentado el crecimiento. Cuando el crecimiento se detuvo en 2008, comenzó la reacción en cadena de morosidad, incumplimientos y quiebras. Era una explosión en cámara lenta.
Desde entonces, el esfuerzo de los gobiernos se ha dirigido a tratar de hacer arrancar nuevamente el crecimiento. Pero de manera muy limitada, dichos esfuerzos tuvieron un éxito temporario recién a finales de 2009 y principios de 2010, enmascarando la contradicción subyacente en el corazón de la economía: la suposición de que podemos contar con un crecimiento infinito en un planeta finito.
¿Qué viene después del Crecimiento?
Llegar a comprender que hemos arribado a un punto en el que el crecimiento ya no puede continuar, sin dudas es algo deprimente. Pero una vez que hemos atravesado ese obstáculo psicológico, es una noticia moderadamente buena.
No todos los economistas cayeron en la trampa de creer que el crecimiento seguiría por siempre. Hay escuelas de pensamiento económico que reconocen los límites de la naturaleza, y al mismo tiempo, esas personas y escuelas han sido ampliamente marginadas en los círculos políticos, pero también han desarrollado planes potencialmente útiles que pueden ayudar a la sociedad para adaptarse.
Los factores básicos que inevitablemente reemplazarán a la economía del crecimiento son conocidos. Para sobrevivir y prosperar durante largo tiempo, las sociedades tienen que manejarse dentro de un presupuesto planetario sostenible respecto de los recursos extractivos. Esto significa que, aunque no conozcamos en detalle cómo será la economía del post-crecimiento y el nuevo estilo de vida, sabemos lo suficiente para comenzar a trabajar en dicha dirección.
Debemos convencernos a nosotros mismos que la vida en una economía sin crecimiento puede ser plena, interesante y segura. La ausencia de crecimiento no necesariamente implica falta de progreso. Dentro de una economía de no-crecimiento o equilibrio igual puede existir el desarrollo continuo de habilidades prácticas, expresiones artísticas, y ciertos tipos de tecnologías. De hecho, algunos historiadores y sociólogos sostienen que la calidad de vida en una economía del equilibrio puede ser superior que en una economía de rápido crecimiento: Mientras que el crecimiento crea oportunidades para algunos, típicamente también intensifica la competencia, hay grandes ganadores y grandes perdedores, y tal como sucede en las ciudades gigantescas, la calidad de vida y las relaciones humanas sufren las consecuencias.
Dentro de una economía de no-crecimiento es posible maximizar beneficios y reducir los factores que llevan a la decadencia, pero hacerlo requiere la búsqueda de objetivos adecuados: En lugar de “más” debemos esmerarnos por “mejor”. En vez de promover una mayor actividad económica porque sí, hay que hacer hincapié en aquello que aumenta la calidad de vida sin empujar hacia el consumo. Una forma de hacer esto es reinventar y redefinir el crecimiento como tal.
Es inevitable la transición hacia una economía del no-crecimiento, o más bien hacia una economía en la cual el crecimiento sea definido de una manera fundamentalmente diferente. Pero nos irá mucho mejor si la planificamos, en lugar de limitarnos a contemplar perplejos cómo empiezan a fallar las instituciones de las que dependemos, para luego tratar de improvisar una estrategia de supervivencia ante su retirada.
En efecto, tenemos que crear una “nueva normalidad” deseable, que se ajuste a las restricciones impuestas por el agotamiento de los recursos naturales. Aferrarnos a la “vieja normalidad” no es una opción. Si no encontramos nuevas metas para nosotros mismos y planificamos nuestra transición desde una economía basada en el crecimiento, hacia otra economía saludable del equilibrio, estaremos creando por omisión una “nueva normalidad” mucho menos deseable, algunas de cuyas manifestaciones ya estamos empezando a ver, bajo las formas de altas y persistentes tasas de desempleo, aumento de la brecha entre ricos y pobres, crisis ambientales, y cada vez peores y más frecuentes crisis financieras, todo lo cual se traduce en profundos niveles de angustia para los individuos, las familias y las comunidades.

El fracaso de las 'teorías del desarrollo'


"El fracaso de las ‘teorías del desarrollo’ para erradicar la pobreza en el mundo debería abrir los ojos al hecho de que ese ‘desarrollo’ no ha intervenido mejorando de entrada las condiciones de vida de las sociedades ‘periféricas’ al capitalismo, sino provocando su crisis, sin garantizar alternativas solventes para la mayoría de la población implicada y originando, en ocasiones, situaciones de penuria y desarraigo mayores de las que pretendían corregir ab initio.

Desde esta perspectiva “podemos imaginar – con Iván Illich – al ‘desarrollo’ como una ráfaga de viento que arranca a los pueblos de sus pies, lejos de sus espacios familiares, para situarlos sobre una elevada plataforma artificial, con una nueva estructura de vida. Para sobrevivir en este expuesto y arriesgado lugar, la gente se ve obligada a alcanzar nuevos niveles mínimos de consumo, por ejemplo, en educación formal, sanidad hospitalaria, transporte rodado, alquiler de vivienda”

Y para ello es necesario disponer de unos ingresos que el ‘desarrollo’ escatima la mayoría de los individuos, desatando un proceso de miserabilización sin precedentes.

(...)

La misma idea del progreso, que había contribuido tanto a magnificar los logros del capitalismo frente a las sociedades anteriores, fue una herencia envenenada que abrazaron ingenuamente, con renovado ahínco, los críticos de este sistema con la vana pretensión de impugnarlo desde ella. Se cerraron, así los ojos a los factores regresivos del sistema y a la necesidad de conservar en la sociedad y en la naturaleza la diversidad que tanto la monarquía absoluta como el advenimiento del Estado moderno y el capitalismo se habían encargado ya de simplificar, pero no tan drásticamente.

El enfrentamiento entre conservadores y progresistas, derivado de los pasados conflictos entre capitalismo y Antiguo Régimen, se arrastra todavía originando la confusión. La aceptación igualmente acrítica del desarrollo económico industrialista como instrumento de modernidad y de progreso constituye otro paso ideológico en falso por parte de los críticos, al que siguen aferrados por inercia los representantes del antiguo ‘Tercer Mundo’"

Extraído del libro ‘Raíces económicas y del deterioro ecológico y social’ escrito por José Manuel Naredo.