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El parlamentarismo como sistema de dominación


Félix Rodrigo

“Es muy de deplorar la escasez de crítica y denuncia políticas del vigente sistema, como un todo y de sus componentes fundamentales: la Constitución, le parlamento, el aparato partitocrático, el sistema judicial, los estatutos de autonomía, el régimen municipal o las elecciones ‘libres’, por no hablar de los integrantes decisivos del Estado, el ejército, las policías, los altos cuerpos de funcionarios, la pedantocracia atrincherada en la universidad, la estetocracia subsidiada, los organismos estatales que dirigen la vida económica y la UE como suma de Estados, sin olvidar los movimientos de corte socialdemócrata y reformador (perfeccionador) de lo existente incorporados de hecho al ente estatal, entre los que se pueden citar a los grupos ecologistas, sindicatos amarillos, colectivos feministas, agricultura ecológica, ONGs y otros.

El ninguneo casi sistemático de la lucha política en beneficio de cuestiones de menor interés, a menudo cominerías e insignificancias de dudosa radicalidad, origina, por un lado, una tendencia a conciliar y transigir con el actual régimen de dictadura política. Por otro, expresa el gusto por la marginalidad de una buena parte del mundo tenido por ‘radical’, que más que lucha contra el orden constituido lo que se propone es la huida de lo real, en pos de un espacio de existencia en el que vivir y disfrutar, tranquila y descansadamente, al modo epicúreo, sustituyendo el combate por el juego paródico con la frivolidad como criterio rector.”

(...)

“La locución ‘democracia parlamentaria’ tiene una contradicción interna que la anula como formulación con lógica y sentido. En efecto, si quien gobierna es el parlamento [En puridad, quien supuestamente ostenta el poder ejecutivo no es el parlamento, sino el gobierno] no lo hace el pueblo, de manera que no puede haber un régimen que sea al mismo tiempo democrático y parlamentario: o lo uno o lo otro. Si se replica que el parlamento está constituido por los representantes del pueblo, a la vista está que nada cambia, pues si toman decisiones sobre la vida en sociedad, si gobiernan los pretendidos representantes populares no lo hace el pueblo, de manera que dicho orden no es democrático.”

(...)

“Sólo cuando el pueblo, todo él, se gobierna por sí mismo es apropiado hablar de democracia.”



Borrachera

La forma que se tiene actualmente en la sociedad del estado español de relacionarse con diferentes sustancias narcóticas, entre las que se destaca el cannabis, pero sobre todo el alcohol, es radicalmente diferente a la que venía siendo tradicional y mantenida hasta hace un par de generaciones. En tiempos anteriores al franquismo no existía prácticamente la cultura de “colocarse”; antes bien, eran mal vistas socialmente las personas que abusaban de cualquier sustancia “emborrachante”. El alcohol en general se consumía fermentado (como vino principalmente o cerveza) en forma de complemento alimenticio, siempre con ingesta moderada. Fue el franquismo quien potenció masivamente la proliferación desaforada del consumo alcohólico entre las clases populares. Los motivos vienen explicados en el libro, aunque no es tan difícil imaginarlos. A partir de la era llamada “transición” la política de convertir a la clase obrera en una sociedad “de beodos” continuó de la mano principalmente de los gobiernos del PSOE, quienes tuvieron un insospechado aliado: las organizaciones de izquierda revolucionaria. Estas últimas son contra quienes con más fuerza arremete el autor. 

Evidentemente esta apresurada simplificación queda lejos de describir las argumentaciones y datos que aporta Félix Rodrigo en su tesis.

Cosa buena es que el libro no se queda en la crítica sino que avanza en la propuesta. Sus aldabonazos y llamadas a la toma de conciencia y a la responsabilidad pretenden aclarar mentes y movilizar voluntades para una práctica política que pueda ser coherente y –por ende- fructífera. Ofrece un buen puñado de recetas concretas para pasar gradualmente de la actual situación de idolatría de la droga con todas las consecuencias que provoca, a una forma de vida más atemperada que nos permita extraer lo mejor de nuestras capacidades y ponerlas al servicio de la revolución a la que aspiramos. Evidentemente la propuesta no plantea prohibiciones ni políticas punitivas, sino tomas de conciencia que conduzcan a opciones completamente voluntarias y libres.

Dice la contraportada del libro:

“… Debemos saber vivir con un mínimo de cosas, para desarrollarnos como seres con un máximo de cualidades y capacidades, espirituales y materiales, de tal modo que, desde la autonomía y la fortaleza así construidas, podamos librar una lucha de aniquilación contra el actual orden político y económico. En esa renuncia, en ese abstenerse y decir no, está la esencia de la libertad verdadera en los tiempos que corren…”

Es posible que muchas de las cosas que se dicen en el libro ofendan a algunos o resulten exageradas a otras. Quizá algunas afirmaciones suenen a un alto volumen y hubieran precisado de matización, fundamentación, ponderación, contextualización etc. Sin duda ello habría enriquecido la obra y hubiera facilitado que numerosos lectores/as pudieran empatizar más fácilmente con sus ideas principales. Otras afirmaciones nos resultan innecesariamente repetidas, alguna de forma reiterativa. Un defecto formal más señalaremos: la excesiva tendencia del autor a la enumeración y a la subordinación, construyendo así interminables frases que ahogarían a cualquiera que tratara de leerlas en alta voz y que, en cualquier caso, no facilitan precisamente la comprensión de los conceptos.

Sin embargo el estilo acaba siendo así: duro, incisivo, inmisericorde… sorprendentemente ágil, o mejor diríamos “veloz”. Y no en vano esta es una de las causas que ayudan a su amena lectura. “Borracheras NO” se devora en un abrir y cerrar de ojos y el interés no decrece de la primera a la última página.

Se aborda aquí uno de tantos temas tabú entre los movimientos sociales, tan alérgicos siempre a entrar en disquisiciones éticas, espirituales o “individuales”. Se sacan a la palestra cuestiones de primer orden siempre soslayadas, que además cuentan con implicaciones prácticas nada desdeñables. Por ello nos parece una lectura más que recomendable, imprescindible.

Fragmentos

Obsequiamos a los lectores y lectoras del artículo con algunos párrafos escogidos que copiamos a mano:
“España es el primer país de Europa, y en bastantes cuestiones también del mundo, en todo lo malo, en todo, desde el uso de drogas a la alcoholización de la juventud, desde el porcentaje de paro al consumo obsesivo, desde el número de presos al número de policías, desde el desplome de la natalidad hasta la manía de los viajes y las vacaciones sin fin, desde la completa putrefacción de la vida intelectual al desarrollo de una inmoralidad de masas que deja pasmados a los viajeros más lúcidos, desde los millones de hectáreas desertificadas a la conversión de todo el litoral en un descomunal muestrario de ladrillo y hormigón, desde el culto más ciego por el dinero a la pérdida, pronto completa, de la sociabilidad. Siendo los primeros en todo lo malo, y los últimos en todo lo bueno, hemos de reconocer que el franquismo, el izquierdismo y la progresía unidos han realizado a conciencia su trabajo, por lo que ahora somos la cloaca de Europa, el país basura por excelencia.”

. . .

“…se ha puesto de moda, ya desde los años 60 del pasado siglo, una concepción de la libertad que, además de ser desacertada, realiza la predicción de Orwell sobre que en las sociedades totalitarias el vocablo libertad es la nueva forma de nombrar la inexistencia, y también la renuncia alucinada a ser libre en una buena parte de sus integrantes. En efecto, es la supuesta libertad como posibilidad de emborracharse y consumir narcóticos sin trabas, como capacidad ilimitada para hacer lo que el orden de dominación ordena que se haga, niega la verdadera libertad de manera obvia, en un doble sentido, como facultad para escoger otro comportamiento diferente al que nos es inducido y, de hecho, impuesto desde el poder, y como aptitud para prescindir de las cosas en todo lo posible, en particular de aquellas que nos arrebatan nuestra autonomía, nos destruyen en tanto que seres humanos e incluso nos matan. Lograr esa libertad exige un esfuerzo de auto-construcción como ser humano integral, y por tanto el esfuerzo es la expresión decisiva de la libertad. Ésta, pues, no es nunca dada u otorgada, sino sólo realizada y conquistada.”

. . .

“Las normas morales son, sobre todo, personales, aunque existe una moral social, pero lo sustantivo de la ética es que proporciona criterios de conducta al individuo, al que muestra como se debe vivir. La moral ha de ser auto-construida, esto es, elaborada y escogida por el sujeto, en colaboración con sus iguales. Hoy padecemos el amoralismo de masas, impuesto desde el poder, que para expandirse aún más necesita barrer todo criterio ético. Cuando el Estado crece lo que triunfa es la norma jurídica, que es coercitiva, puesto que se fundamenta en la pena legal, en la acción policial en definitiva, de manera que ello lleva al declive de la moralidad, que no es coercitiva, pues su meollo es el obrar por convicción interior. Precisamente uno de los más aciagos cambios que tuvieron lugar tras el triunfo de EEUU, forma superior de Estado y de capitalismo, en la segunda guerra mundial, fue la sustitución de la moralidad por la absolutización del llamado “imperio de la ley”. Desde entonces el sujeto medio ya no obra conforme a convicciones, sino exclusivamente por temor al castigo o por esperanza del premio.

Eso ha originado un empobrecimiento y desintegración radical de la vida espiritual de la persona, un estado de confusión interior, al no saber qué hacer ni cómo comportarse, más allá de lo jurídico, situación de anomia y caos que propicia el uso de sustancias narcóticas. Al mismo tiempo, la falta de ética debilita a la persona, que deja de ser una realidad que se asienta en el interior de sí, para transformarse en un ente construido desde fuera, desde y por el poder constituido.”

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“Otra conclusión a extraer es la negatividad de la abundancia material. En el pasado, los credos proletaristas encontraban especulativamente la cusa de todos los males en la pobreza y la escasez. Hoy que vivimos en una sociedad de abundancia casi ilimitada, aunque quizá ya por poco tiempo, estamos comprobando que la riqueza material, tal como nos expusieron los moralistas clásicos (que tuvieron ante sí el caso de la sociedad romana), es un motivo de numerosos males, entre ellos el de la gula, la obesidad, la beodez de masas y las toxicomanías, además del servilismo, el egotismo, el decaimiento de la voluntad, el colapso de las facultades reflexivas y la degeneración corporal. La riqueza material ha contribuido poderosamente a casi privarnos de nuestra condición humana, haciendo de nosotros unos subhumanos sin inteligencia, libre albedrío, amor por la libertad, aprecio por la verdad, sensibilidad y aprecio desinteresado por nuestros iguales. Una futura sociedad libre, autogobernada y autogestionada, ha de basarse en una pobreza decorosa, no en la riqueza, y ello por motivos más humanos, esto es, políticos, civilizatorios y morales, que medioambientales.”

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“Los poderhabientes no desean que, verbigracia, la reflexión acerca de la muerte enturbie la, al parecer, ilimitada felicidad de masticar, deglutir, zampar, defecar, trasegar, empinar, trincar, soplar, abrevar, miccionar, regoldar, potar, echar, expeler y vomitar, por lo tanto se ha constituido un orden social en que la muerte es ocultada, de la misma manera que lo son todos los demás aspectos “negativos” de la condición humana, para concentrar al neo-siervo de la modernidad en una única cuestión; producir y consumir, esto es, obedecer en todo y auto-destruirse en tanto que persona. Pero lo que es irremediable en el destino humano sigue estado ahí, por más que se impida su consideración, aunque sin una cosmovisión que permita al individuo pensarse, inteligir su verdadera naturaleza, construirse a sí mismo y vivir conforme a ella. De esa operación lo que resulta es una carga colosal de angustia existencial y pánico vivencial que suele buscar alivio en la ingestión compulsiva (esto es, específicamente moderna) de productos narcóticos. Para evitar esto necesitamos afrontar, no sólo de manera cavilativa sino también emocional, e incluso ritual, los lados más arduos de nuestra condición, tarea que ha de convertirse en un quehacer diario, personal y colectivo, para que seamos humanos conscientes, no subhumanos inconscientes, que huyen de sí mismos y que en esa patética desbandada caen, cada día más, en el mortífero océano del alcohol.”

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“En este contexto hay que poner fin al estilo de vida izquierdista. Sus fundamentos son la pereza, el apoltronamiento, la irresponsabilidad, el aferramiento maniático al tabaco, el porro y la cerveza, la adhesión a la nueva religión hedonista y felicista propia de la sociedad de consumo, la amoralidad autosatisfecha, la renuncia a pensar, el narcisismo, el individualismo y egocentrismo, la execración del esfuerzo, el rechazo de toda idea de deber y servicio, las extravagancias, el desdén por el esfuerzo físico y el trabajo manual, la fe en que todos los problemas tienen solución bajo el actual orden político sin cambio revolucionario, y el desprecio por las necesidades espirituales del ser humano. Tal es lo convertido en práctica diaria por quienes siguen las consignas de la socialdemocracia y de la progresía en el poder, los cuales pretenden ser “anti-burgueses” y meramente son los nuevos reaccionarios, el tipo de sujeto que ahora el poder constituido preconiza para un sector determinado de la socidad. En efecto, el tabaco y el alcohol incrementan sustancialmente los ingresos tributarios del Estado, que los usa para pagar más policía, y la sustancia activa del porro proviene de una vasta red que es dirigida por los servicios especiales de los Estados, de manera que lo “antisistema” de aquel modo de vida es un procedimiento para mantener y reforzar el aparato estatal, además del capitalismo.

Ser antisistema de verdad es trabajar por la revolución, no fumar y beber como bestias, no hacer lo que la izquierda institucional, que es la fuerza política fundamental del par capital-Estado hoy, nos dique que hagamos.

La tarea pendiente de la izquierda “antisistma”, en este asunto y en todos, es diferenciarse de la socialdemocracia, dejar de ser su ala “radical”.
Borracheras NO. Pasado, presente y futuro del rechazo a la alcoholización, de Félix Rodrigo Mora, pone sobre la mesa el tremendo asunto del alcoholismo de masas en las sociedades de la modernidad tardía, como vicio atroz e intolerable promovido por el aparato estatal y amparado, o visto con reprochable indiferencia, por quienes se dicen opuestos al vigente sistema de dominación. 

Borracheras NO: pasado, presente y futuro del rechazo a la alcoholización - Félix Rodrigo Mora Aldarull Edicions/ Distri Maligna/ Maldecap Ediciones/ Rompe la norma Sevilla, 2010

Reseña del libro en Tortuga: http://www.nodo50.org/tortuga/Borra...
Tomado de Grupo Antimilitarista Tortuga

Controversia con Serge Latouche: ¿Revolución integral o decrecimiento?

Félix Rodrigo Mora

Serge Latouche no sólo ha construido una teoría sino que la ha hecho, como suele ser habitual, omniexplicativa. Al acudir a sus escritos esto resalta de inmediato: el decrecimiento lo explica todo y tiene respuestas para todo. Dado que verbosear es fácil, pues sólo exige ingenio verbal y desparpajo, en sus textos va desgranando un largo rosario de explicaciones, argumentos y soluciones que no están extraídas de la experiencia, que carecen de la voluntad de ser verdaderas, que están faltas de complejidad y que se articulan por los mismos principios que la publicidad comercial y la política institucional. No hace falta ser muy entendido en técnicas de mercadotecnia para caer en la cuenta que el decrecimiento es una marca comercial encaminada a “vender” un producto ideológico a las clases medias de los países ricos, devastadas por el hedonismo, la hipocresía, el colapso del pensamiento, el ansia de remedios fáciles (de milagros en definitiva) y el culto al Estado.

Al ser omniexplicativa es totalizante y no deja sitio, como se ha dicho, a otras argumentaciones. Se expande desde sí misma, sin referencias profundizadas a la realidad ni análisis riguroso de experiencias particulares, a base de especulaciones, juegos de palabras, superficialidades clamorosas y deducciones sin anclaje en lo real.

El reduccionismo quizá sea uno de los rasgos más a deplorar, por su capacidad para ofuscar las mentes y destruir la psique del sujeto común. Latouche limita y rebaja al ser humano a su componente fisiológico, lo concibe nada más que como un ente zoológico con necesidades materiales: supervivencia como especie en un planeta viable biológicamente, un medioambiente sano y alimentos saludables. Niega casi en su totalidad el mundo del espíritu y las necesidades inmateriales: libertad, autogobierno político, autonomía, verdad, conocimiento, convivencia (ésta aparece, sí, pero reducida a su caricatura), eticidad, virtud, adhesión al bien, belleza, magnanimidad, superación de la cárcel del yo, sentido, disciplina interior, transcendencia, cultura, autodominio, coraje integral, deseo de encarar los grandes problemas existenciales de la condición humana (soledad ontológica, finitud, muerte), disposición para afrontar el dolor y el sufrimiento, sublimidad, autoexigencia, rectitud de propósitos y amor al amor.

Latouche, como buen izquierdista no regenerado, es incapaz de entender la definición de ser humano que ofrece, por ejemplo, Husserl, del cual dice que “se da fines y normas, crea valores y pretende conocer la verdad”. En particular, los valores y la verdad le traen sin cuidado, una vez que ha concluido, igual que hace el marxismo y todo el izquierdismo socialdemócrata, que el ser humano es mera fisiología, una criatura sin entendimiento, sin alma, con sólo manos para producir y estómago para digerir, sin cerebro y sin corazón, sin vida del espíritu, justamente el tipo de ente sub-humano que necesita la burguesía. Propone salvar nuestro soma sólo para dejar morir nuestro espíritu.

En su “olvido” del espíritu Latouche incurre en contradicción. En su sociedad del decrecimiento, además de no consumir ¿qué harán las gentes? Se ha de notar que su propuesta es sólo negativa, un no hacer. Esto lo pretende llenar con banalidades, algunas bienintencionadas (convivencialidad puramente verbal) y otras mucho menos (juego, goce, y algunas más de tipo lúdico, esto es, infantilizantes y degradatorias). Lo cierto es que la renuncia al consumo, imprescindible para salvar el medio natural, sólo es sólida, creíble y hacedera sobre la base de un programa que proponga un doble actuar paralelo, restaurar la naturaleza y al mismo tiempo restaurar la vida espiritual del ser humano.

Es de sentido común que lo primero es imposible sin lo segundo, de ahí la necesidad de una revolución integral que no sólo cambie la sociedad sino al ser humano en tanto que humano, como conciencia y como cuerpo, y al sistema total de valores que articula y ordena la existencia.

Al poner como meta los requerimientos del espíritu, sobre la base del fomento social, grupal y personal de sus funciones sustantivas: pensar, experimentar, sentir, querer, elevarse, autovigilarse, trascender y recordar, por citar los más importantes, se está asentando el golpe definitivo a la ideología consumista, que queda sin fundamento. Pero eso es lo que justamente NO hace Latouche, porque para él la persona es, lo diré de nuevo, una mera realidad fisiológica, el autómata biológico de Descartes, ese gran majadero de la modernidad.

Los ideólogos del decrecimiento no comprenden que la vida humana, para ser viable, no puede ser mero crecimiento o decrecimiento económico, pues ello mutila al sujeto y hace inviable la existencia en sociedad, al reducirle a un epifenómeno de lo económico, en un caso de su versión “más” y en el otro de la variante “menos”. La condición humana exige una vida cognoscitiva, una creación de cultura, unas prácticas colectivas en pos de la transcendencia, una espiritualidad (en mi caso, sin religión, dado que no soy creyente, para los que sí lo son con ella) que nos reconcilien con lo que somos, seres con conciencia, con necesidades inmateriales que el medio ambiente más impoluto y verde no puede satisfacer por sí mismo, porque se necesita algo más, mucho más, la autoorganización para construir lo humano como cualitativamente superior a lo biológico y zoológico, esto es, a lo medioambiental y ecológico.

Como consecuencia de todo ello es, además, excluyente. En efecto, sólo la teoría del decrecimiento está en condiciones de dirigirnos al nuevo paraíso celestial somático connatural a una naturaleza “restaurada”. Al convertirse en sistema se hace más rotundamente salvacionista, ya que sólo ella aporta redención del medio natural. Todos estos rasgos la hacen no sólo enfadosa sino también ridícula. Esto último se hace clamoroso cuando llega a ofrecer incluso un “Glosario del decrecimiento” (aparece en “La apuesta por el decrecimiento”), algo que ni el mismísimo Marx, y ni siquiera el ególatra por excelencia, Voltaire, se atrevieron a hacer, lo que convierte a Letouche, por obra de sí mismo, en el creador no sólo de una nueva fe sino de un nuevo lenguaje.

Pero no necesitamos maestros del pensar, ni mesías “verdes”. Lo que nos urge es realizar la autogestión del saber y el conocimiento desde el ideal de servicio desinteresado de unos a otros, sin mercenarios ni funcionarios. Al parecer Latouche no ha oído ese dicho, constituido en el corazón mismo del magnífico mundo concejil y comunal castellano de antaño, hoy por desgracia extinguido, el cual advierte que “nadie es más que nadie”. Latouche ha construido la teoría del decrecimiento a partir de las metaideas sustantivas del izquierdismo, dado que antaño se adhirió a esta ideología y nunca la ha superado. Las principales son: 1) El Estado no existe, y si existe se le ignora, modo óptimo de protegerlo 2) la revolución integral es “imposible” (indeseable quiere decir) debido a que el entusiasmo por el orden vigente le ofusca, 3) sus exigencias y perspectivas son escasas, no pretende ser un sujeto integral y los procesos anímicos le son indiferentes, 4) el capitalismo se reduce a un palabro invocado de manera agobiante sólo para cazar a los incautos con un “anticapitalismo” de pacotilla, la vieja treta socialdemócrata, siempre de mucho éxito.

A partir de esas cuatro premisas constituye su sistema de creencias, que “vende” algo muy viejo, la idea misma de milagro, tan demandada por quienes no desean construirse como seres humanos maduros a través del esfuerzo, el servicio, el olvido de sí y el sufrimiento. Por eso, como es lógico, cuando se enfrentan a los problemas decisivos e inesquivables de la existencia, demandan lo fabricado por gurús que les ofrezcan eso, portentos y milagros, además de artificios y mendacidades, para poder llegar a creer que lo imposible es posible, lo difícil fácil, lo complejo elemental, lo intranscendente sublime, la nada el todo y lo institucional revolucionario. Unos anhelan engañar y los otros ser engañados, ambos se encuentran en el mercado de las ideas, unos como vendedores y otros como compradores. Y todos contentos, al parecer.

Latouche y sus educandos (no olvidemos que, ante todo es profesor funcionario del Estado francés a su servicio) no han comprendido lo que quizá sea la primera lección del fracaso práctico del marxismo en los regímenes del “socialismo real” pasados y presentes, que la condición humana no puede reducirse a la producción y a lo económico, ni tampoco a lo medioambiental y fisiológico, que no puede limitarse a empujar para arriba, o para abajo, los índices macroeconómicos, pues necesita imperiosamente ofrecer y organizar respuestas, razonables o no eso es otra cuestión, a los grandes problemas de la condición y el destino humano.

Félix Rodrigo Mora.

Extraído del texto: Controversia con Serge Latouche ¿Revolución integral o decrecimiento?

Naturaleza, ruralidad y civilización


En la actual situación, de declive muy acelerado de la biosfera, no basta con idear un modelo óptimo de cultivo, pues cualquiera de las agriculturas posibles, incluso la más adecuada y benéfica, contiene elementos inerradicables de artifialización y regresión de los sistemas biológicos. Debemos, por tanto, considerar el problema de la radical decadencia del mundo natural en su hiper-complejidad, integrando lo agrícola en lo no-agrícola, y reflexionando sobre la totalidad. Ello demanda abrir una investigación sobre al menos, cinco realidades interconexionadas, la agricultura, los bosques, las aguas, los suelos y lo que es en todo opuesto al universo de lo natural, las ciudades. Quizá de todo ello sea posible extraer propuestas para el futuro que rompan con el conformismo y estrechez de miras prevalecientes.

Como advertencia epistemológica, es necesario señalar que tal investigación no puede realizarse con un espíritu utilitarista. Está fuera de lugar el pretender, como propósito central, restaurar la naturaleza para alcanzar mejores y más duraderos rendimientos en la apropiación de sus esquilmos, como hacen los partidarios de la sostenibilidad, sino que la primera convicción debe ser el considerar a la naturaleza como valiosa en sí y por sí, y sólo secundariamente como medio para el desenvolvimiento de la vida humana. Tal enfoque lleva a una posición de magnanimidad civilizatoria, de amor desinteresado, que se pregunta sobre qué debemos hacer por la naturaleza más que acerca de lo que podemos recibir de ella. Ello subsume el conflicto, realmente existente, entre los seres humanos y la biosfera en el otro polo de tal contradicción, nuestra cooperación con la naturaleza para alcanzar la superación del actual estado de cosas, a través de nosotros, y por tanto, en nosotros al mismo tiempo que en ella misma.

Restaurar la naturaleza por su magnificencia en sí, y no por su utilidad, significa que al comprometernos en tan exigente empresa, nos restauramos, nos construimos, a nosotros mismos como sujetos mejores y superiores, pues en este obrar entramos en liza victoriosa, la aniquilación de la libertad interior, política y civil, la desarticulación de la civilización, la trituración de la vida espiritual, la nadificación de la esencia concreta humana. Ello equivale a decir que ahora asistimos al fin traumático y planeado por devastación de todo lo que da sentido, belleza y grandeza a la vida humana, empezando por el mundo natural, sin el que no podemos existir como seres corporales pero, sobre todo, no podemos realizarnos como seres dotados de entendimiento, sensibilidad y afán de realizar esforzadamente el bien y la virtud.

La riqueza es un mal, de manera que en una sociedad bien constituida la idea de enriquecerse ha de ser reprobada moralmente, refutada intelectualmente e impedida por procedimientos bien meditados de naturaleza estructural, política, económica y jurídica, conforme a las decisiones de las mayorías, en un régimen de asambleas soberanas con libertad equitativa para todos, en primer lugar libertad de conciencia. Una sociedad buena es aquella en que la pobreza decorosa en bienes materiales se combina con la riqueza mayor posible de bienes inmateriarles y espirituales.

Extraído de: 'Naturaleza, ruralidad y civilización'. Félix Rodrigo Mora. Brulot. 2008.

Reflexión crítica sobre le libro 'Naturaleza, ruralidad y civilización'. Félix Rodrigo Mora


Descargar presentación del libro 'Naturaleza, ruralidad y civilización' de Félix Rodrigo Mora en audio