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El discurso científico y el sentido común


La clasificación de modalidades de conocimiento, racional (lógico) e irracional (ilógico), ha funcionado como instrumento fundamental en la definición del poder en nuestra cultura en forma de saber ‘técnico’. El saber racional se ha convertido en una propiedad intrínseca del poder. En este sentido, la distinción entre modelos de conocimientos ha sido un instrumento efectivo para catalogar diferentes formas de accesibilidad al mundo ‘verdadero’.


Un mecanismo clásico de nuestra modernidad fue establecer una estricta separación entre ambos, de tal suerte que se consolidaron formas de conocimiento reconocidas y formas reconocidas de desconocimiento. El resultado de tal división fue la aceptación, por un lado, de un conocimiento racional, legítimo e institucionalmente consolidado y, por otro, la marginación de un conocimiento no racional, emocional e ilegítimo. La frontera entre ambos ha sido clave a la hora de dotar de significación a la realidad. Tal división se ha convertido en un eje fundamental para la consolidación de las relaciones entre poder/saber. La racionalidad se nos ha presentado como un arma eficaz para conseguir efectos de realidad/verdad.

Si atendemos a la configuración del sentido nos encontraremos con los dispositivos clásicos que garantizan, en nuestra cultura las demarcaciones fundamentales entre tipos de conocimiento. La distribución de la legitimidad está en juego. Así, en toda constitución de sentido podemos ver un doble proceso: analítico y sintético, que no siempre son reconocidos, ni tampoco poseen el mismo grado de aceptación y reconocimiento. El proceso analítico viene determinado por su carácter racional, propio del discurso científico, disciplinario e institucional. Mientras que el sintético presenta formas irracionales propias de contextos discursivos del sentido común.

De tal manera que la modernidad se bastó de la razón sacralizada para consolidar y reforzar una diferenciación absoluta entre el tipo de conocimiento racional occidental y el resto del pensamiento arcaico e irracional, susceptible de ser domesticado y antropologizable. El modo de operar del racionalismo, amparado por su capacidad normativa e institucional y basado en la discriminación y la clasificación de categorías explicativas, trajo consigo la consolidación de dicotomías entre tipos de pensamiento.

Ahora bien, dicha consolidación no sólo sirvió para establecer demarcaciones externas que pudieran justificar su hegemonía foránea, sino que también podemos encontrar en el interior fronteras nítidas de lo aceptable e inaceptable como verdadero. Así, nuestra cultura se encargó de compartimentar las diferentes formas de 'apresar la realidad'.

En la modernidad, el fortalecimiento de la ciencia y la culminación de la racionalidad, llevaron hasta extremos esta distinción. El resultado de esta depuración interior fue la distinción entre dos tipos de formas: por un lado, formas a las que se les concede fiabilidad y se les reconoce como medios de producción de verdad, es decir, como motores de conocimiento. Y ‘otras’ formas que, lejos de presentar métodos analíticos, utilizan explícitamente estrategias calificadas de ‘obscenas’ (ironías, paradojas, contradicciones, metáforas…); formas que van desde los géneros literarios hasta los mitos, pasando por todas las formulaciones informales del sentido común.

Pero, como ya ha sido subrayado en numerosas ocasiones, dichas fronteras no son ni nítidas ni reales, aunque sí eficaces. Sin embargo, la frontera trazada en nuestra cultura entre ‘lo que es científico, y por tanto admisible, y lo que pertenece a lo común, es decir lo vulgar que hay que corregir’ no es incuestionable, sino que debe tratarse más bien como una construcción cultural que permite legitimar espacios y silenciar discursos.

Para saber más: Beatriz Santamaría Campos. Ecología y poder. 2006.


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