decrecimiento.blogspot.com

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Reflexiones contra la autoridad

 
Salir Del Ghetto - Noticias y Anarquía
 
En su Discurso sobre la servidumbre voluntaria, Étienne de La Boétie (1530 - 1563) ya denunciaba de forma sensata el poder que tiene la costumbre en nuestra manera de pensar y comportarnos. Es cierto: cuando nos habituamos a algo, cambiarlo es realmente difícil. Sobre todo si hemos estado sujeto a aquello desde nuestro nacimiento o si ha trascendido a una o varias generaciones. Cuando esto ocurre, para la mayoría de las personas su motivo de costumbre pasa de ser una realidad a ser la realidad, algo establecido y rara vez cuestionado, formándose así los convencionalismos sociales arbitrarios y los racionales que constituyen el sentido común. Poner en duda cualquiera de estas verdades es considerado una locura, siendo que la auténtica locura reside en pensar un mundo amutable, rígido y, por consecuencia, sin historia.

Hoy en día difícilmente se permitiría que una persona fuese dueña de otra y sin embargo hubo un tiempo en que la esclavitud y la monarquía fueron vistas como algo más que aceptable, algo que debía ser. Lo normal y el sentido común, en éste y muchos casos más, no se configuran a partir de un pensamiento racional, sino que se van estructurando en la medida en que las prácticas se hacen más cotidianas y no existen las condiciones materiales para cuestionarlas y transformarlas. Es por esta razón que para muchas personas es imposible concebir un mundo sin autoridades, pues han estado presentes durante buena parte de nuestra historia conocida y durante absolutamente toda nuestra historia particular:

Desde antes de siquiera poder dar nuestros primeros pasos, somos aleccionados en cuanto a cómo debe ser nuestro comportamiento frente a una autoridad. Las autoridades –nos dicen desde siempre– deben ser respetadas y obedecidas. Este precepto daña a la humanidad de un modo tan grande y difícil de percibir, que es doblemente peligroso.

En una sociedad como la nuestra, donde la participación social es increíblemente baja, tanto en la organización sectorial como en lo electoral, vale la pena el que nos preguntemos la razón del por qué.

El respetar y obedecer a alguien tan sólo por el hecho de ser una autoridad es un sin sentido. Tal modo de vida anula el cuestionamiento y el razonamiento que llevan al ejercicio del diálogo, la reflexión y el debate, coartando las posibilidades de entendimiento. De ahí la dificultad de plantear problemáticas y que éstas sean aceptadas y asumidas por los dirigentes de un país. La autoridad viene a suplantar a la razón de igual modo como quien ante una pregunta que desconoce o que no quiere tratar, elude argumentar respondiendo “porque sí” o “porque no”; debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque sí; no debes hacerlo porque la autoridad lo dice = porque no.

Lamentablemente no es todo. El uso de autoridades ha llevado a las personas a tener una concepción errada de lo que es la política. Por lo general se piensa que la política es aquello que hacen los políticos y, en menor medida, los movimientos sociales.

Esta visión, compartida por muchos, hace que la población vea el ejercicio político como algo ajeno, que no le corresponde y de lo que otros deben encargarse. La mayor proximidad que sienten es al momento de votar, cosa que hacen muy de vez en cuando y sólo la pequeña parte participa del proceso electoral. El resultado es una población pasiva que delega todas las decisiones importantes a un grupo muy reducido de personas.

Lo cierto es que todo lo que una persona hace (acción) o no hace (omisión) es un acto político. La política se desarrolla en numerosos campos, planos, dimensiones o niveles de acción y tan sólo uno de ellos es el electoral; quién vota lo hace por el candidato que mejor represente sus ideas o por intereses personales o partidistas, mientras que quién no vota puede estar dando un mensaje de apatía, indiferencia o descontento con la política tradicional. También hace política la persona que prefiere usar una bolsa reutilizable a una de plástico, la junta vecinal al reunirse para tomar decisiones en torno a su sector, el sindicato que busca mejoras para sus colegas, la organización de cualquier tipo y toda forma de autogestión, etc.

No todo lo que hacemos tiene una magnitud tal que pueda ser visible ante todo un territorio país, pero eso no debe preocuparnos. El primer paso para cambiar el sentido común cuando no se controlan ni se busca controlar los medios, es lograr cambios de paradigmas a nivel local.

Una cantidad no menor de cambios han comenzado así, desde experiencias locales que se replican lo suficiente para generar un cambio en el sentido común, y no desde las llamadas autoridades, limitándose éstas últimas a ejecutar o establecer de modo formal dichos cambios que en la práctica ya se encuentran andando, y lo hacen con la sola intención de evitar el estallido que se produce cuando la presión social ya es demasiada y que les perjudicaría de gran manera. Así las mujeres han conquistado gran parte de sus derechos, así se logró abolir la esclavitud y así se arrancó a la monarquía de su puesto privilegiado. Pero para ello, primero es necesaria la comprensión de que todos y todas somos seres políticos y tomar consciencia de que nadie lo representa mejor a uno, que uno mismo.

Una vez dejemos atrás la idea de autoridad, la razón, el diálogo y la reflexión podrán recuperar su lugar natural dentro de la sociedad. 


Primavera

Del mito de la abundancia a la simplicidad voluntaria




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Existe un mundo presente, el mundo del deseo, del “tener”, del “siempre más”, caracterizado por la ausencia de límites al crecimiento económico. Un mundo que hoy se derrumba a causa del declive de los recursos energéticos, las materias primas y la crisis ambiental. Y existe un mundo que ya está llegando, el mundo del “ser”, donde los llamados objetores de crecimiento reinventan su modo de vida adaptándolo a los límites de la biosfera y a las necesidades reales del ser humano.


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El imperfecto manual sobre cómo vivir bien con menos

Daniel Hernández Balbó - Fuego Amigo

Pintada sobre el decrecimiento
  • El decrecimiento es una propuesta anticapitalista en construcción que promueve “vivir bien con menos”.
  • La mayoría de partidos de izquierda se decantan por el neokeynesianismo verde.
  • Según WWF, hacen falta los recursos de 1,5 planetas como la Tierra para abastecernos cada año.
Si para que crezca el PIB se tienen que usar más recursos naturales y quemar más combustibles fósiles que generan más emisiones nocivas para el planeta. Si a pesar de que el PIB aumente hay más desigualdad y el trabajo no da para llevar una vida digna, hagamos lo contrario. Decrezcamos. A grandes males, grandes remedios. 

Quienes defienden las teorías del decrecimiento lo ven claro. El problema es que en la sociedad de hoy el crecimiento va ligado de forma casi inseparable a la felicidad. Es como palabra de Dios. Por eso es difícil pensar que vivir en una casa de adobe rodeado de otra clase de bienes en lugar de en un apartamento lleno de aparatos electrónicos de toda clase sea vivir mejor en un entorno que no nos sea hostil.

Los científicos investigan y el marketing se encarga de mostrarnos datos tan crudos como que, por ejemplo, que hacen falta siete japones para sustentar Japón o los recursos de 2,8 españas para que España siga adelante al ritmo que lleva. Necesitamos ya, según WWF, planeta y medio “para brindar los recursos, bienes y servicios ecológicos que usamos cada año”. El Índice Planeta Vivo que elabora esta misma organización cayó entre 1970 y 2010 un 52%. Eso significa que en 2010, de media, correteaban por la Tierra la mitad de mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces que en 1970.

“El decrecimiento es la hipótesis de que podamos vivir mejor, como mínimo vivir bien, con menos”, dice Federico Demaria, investigador del Instituto de Ciencia y Tecnología ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro del colectivo Research and Degrowth. El decrecimiento es también un término provocador, una “palabra bomba”, tal y como definen en su web los organizadores de la última conferencia mundial sobre el tema, celebrada recientemente en Budapest. Y lo es porque propone una reducción del consumo de combustibles fósiles y, en consecuencia, de los niveles de PIB y a la vez porque cuestiona el mantra del crecimiento hacia el infinito.

Pero también los hay quienes miran algunas variables y ven que “realmente de lo que estamos hablando no es una opción”. Lo dice Luis González Reyes, doctor en Ciencias Químicas y miembro de Ecologistas en Acción. “Es algo que vamos a vivir en muy poco tiempo conforme nos estamos acercando a los límites de máxima extracción de recursos”.

Nos quedan 50,3 años de extracción de crudo al ritmo de 2015, según los datos de la petrolera BP. Son 52,3 años en el caso del gas natural. Por otro lado, los datos de producción hacen pensar a algunos que podríamos haber llegado al temido peak oil, el momento de máxima extracción de petróleo a nivel global y tras el cual sólo puede venir el declive.

Frente a quienes opinan que las bajadas de producción se deben a una economía en recesión y que volverán a subir con la recuperación, Antonio Turiel, científico del CSIC en el Instituto de Ciencias del Mar advierte en su blog, The Oil Crash, que con esa afirmación se ignora que el problema “es que está disminuyendo la cantidad de energía asequible para propulsar este sistema”. Ahora estamos en una dinámica en que si los precios bajan, las petroleras quiebran y no pueden llevar a cabo inversiones en fraking, una técnica más cara; y si suben demasiado porque la extracción cada vez es más cara, la economía no puede soportarlo. Así que “hay que cambiar el paradigma económico completo para adaptarlo a una realidad en la que ya hemos chocado contra los límites del planeta.” 

Sin embargo, la OPEP, el cártel que agrupa a trece países productores, señala en su informe de agosto que, al menos de momento, el fraking está resistiendo mejor de lo esperado el entorno de precios bajos.

El concepto

El pensador francés, Serge Latouche
El pensador francés, Serge Latouche

El término decrecimiento comenzó a expandirse a principios de este siglo. Lo popularizó el pensador Serge Latouche en sus escritos y artículos. En su país, Francia, ya comenzaron a extenderse mucho antes.

Pero la inquietud por resolver el problema del crecimiento y el daño que provoca al planeta, el aumento de las desigualdades o el hecho de trabajar cada vez más para ganar menos, es todavía más antigua. Son postulados que ya se ven en Derecho a la Pereza, de Paul Lafargue, que en 1880 hablaba de la “extraña locura” que “se ha apoderado de las clases obreras de las naciones donde domina la civilización capitalista. [...] Esta locura es el amor al trabajo, la pasión moribunda por él, llevada hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y de sus hijos. Atontados por su vicio, los obreros no han podido elevarse a la comprensión del hecho de que, para tener trabajo para todos, era necesario racionarlo como el agua en un barco a la deriva”.

Otro ejemplo. En 1854 Henry David Thoreau, escritor y filósofo anarquista, publicó el ensayo Walden, donde relató sus dos años de vida en el bosque. “Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentar sólo los hechos esenciales de la vida”, se justificaba en el texto. En ese libro decía cosas como esta:

“Realmente el jornalero no tiene tiempo libre para vivir con verdadera integridad todos los días; no le es permitido mantener las relaciones más viriles con los hombres, porque su trabajo sería despreciado en el mercado. No tiene tiempo de ser otra cosa que una maquina”.

Hoy el decrecimiento es la búsqueda de la prosperidad sin crecimiento. Según el Diccionario de la Cultura Verde es necesario “porque el crecimiento económico nos ha llevado a la crisis ecológica” y también “porque después de un cierto nivel de renta per cápita, no aumenta la felicidad de las personas”. Es anticonsumismo, anticapitalismo. Es aportación del feminismo “que abre nuevas vías de reflexión, como la conexión entre el mito del crecimiento y la construcción de la masculinidad hegemónica”, según escribe Amaia Pérez Orozco, Doctora en Economía por la Universidad Complutense de Madrid en Decrecimiento, un vocabulario para una nueva era, coordinado por Giacomo D’Alisa, Federico Demaria y Giorgos Kallis.

En esa misma obra no se habla del decrecimiento sólo como hacer más con menos sino como hacer diferente. “En una sociedad de decrecimiento todo sería diferente: actividades diferentes, formas y usos diferentes de la energía, relaciones diferentes, roles de género diferentes, distribución diferente del tiempo destinado al trabajo remunerado y al que no lo es, diferentes relaciones con el mundo no humano.”

Todo eso conjugado con el irremediable hecho de que un día se terminarán los recursos fósiles y que el planeta no parece soportar este ritmo, conforman el puzzle del decrecimiento, un movimiento en construcción con un diagnóstico claro y un programa algo más difuso.

“¿Tenemos un análisis político muy avanzado y una estrategia clara, sobre todo respecto al tema de la transición? No. Pero no conozco a nadie que la tenga”, dice Demaria.

La transición

Federico Demaria en una conferencia en el encuentro sobre decrecimiento celebrado en Budapest
Federico Demaria en una conferencia en el encuentro sobre decrecimiento celebrado en Budapest

Para Luis González Reyes hay dos opciones: “podríamos tener, de alguna manera, un decrecimiento justo en el que unos recursos cada vez menos accesibles se repartan entre la población según sus necesidades, o un decrecimiento injusto en el que unas cuantas manos acaparen unos recursos estratégicos”.

LLegar hasta una sociedad decrecentista, o de “prosperidad sin crecimiento” no será “un camino de rosas”, dice Demaria, por el peso de las cosas que se cuestionan, algo que para muchos puede ser una catástrofe. “Tú y yo vivimos en una casa bonita, pero hay mucha gente en el mundo que tiene la catástrofe ya encima. Entonces ¿vamos a cuestionar a la clase media en Europa? De eso no hay ninguna duda. ¿Es eso un colapso? Claro”.

En el manifiesto Ultima Llamada, que Turiel firma junto a profesores, intelectuales, activistas o miembros de partidos de izquierdas y ecologistas se habla de una “Gran Transformación” que “se topa con dos obstáculos titánicos: la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados. Para evitar el caos y la barbarie hacia donde hoy estamos dirigiéndonos, necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente, y una economía que tenga como fin la satisfacción de necesidades sociales dentro de los límites que impone la biosfera”.
Federico Demaria es partidario de seguir con paso firme pero sin prisas. “Yo no voy a hablar de urgencia. Hay gente en conferencias que me dice que hay que hacer algo ya y que no vamos a llegar a tiempo. Con prisas no se obtienen buenas cosas”.

El colectivo Research and Degrowth, al que pertenece Demaria, ha elaborado un programa con propuestas básicas que servirían para comenzar a andar por el camino de esa “prosperidad sin crecimiento”. Ahí hablan de reestructurar y eliminar parte de la deuda, reducir la jornada laboral a 30 horas y que bajen los salarios sólo al 10% que recibe rentas más altas, introducir una renta básica de entre 400 y 600 euros y un salario máximo de 12.000 a 18.000 euros mensuales, introducir fuertes tasas impositivas al carbono, dejar de subsidiar actividades contaminantes, apoyar la economía solidaria, gravar las viviendas vacías, reducir la publicidad y priorizar la publicidad pública o establecer topes absolutos y decrecientes de emisiones de Co2.

La discusión en la izquierda

Hasta ahora pocos partidos políticos de izquierda han discutido siquiera las propuestas decrecentistas. Ninguno de los grandes las defiende abiertamente en su programa.

La CUP (Candidatura de Unidad Popular), con 10 diputados en el Parlament de Cataluña, es la única formación con representación en las instituciones que apuesta claramente por el decrecimiento. En el programa a las elecciones autonómicas del pasado 27 de septiembre hablaban de “apostar por un modelo de sociedad respetuoso con el medio ambiente”, para lo cual “impulsaremos que el aprovechamiento de los recursos naturales sea sostenible y reduciremos la huella ecológica del país, promoviendo un decrecimiento y una sociedad que reduzca el consumo excesivo de materias primas”.

Joan Herrera y Dolors Camats en la X Asamblea de ICV
Joan Herrera y Dolors Camats en la X Asamblea de ICV

Además, Iniciativa Per Catalunya-Verds (ICV) ha debatido estas teorías y ha encontrado defensores en su seno. La formación ecosocialista, hoy con presencia en el Parlament de Cataluña dentro del grupo Catalunya sí que es pot y en el Congreso de los Diputados dentro del grupo Unidos Podemos, abordó en su X Asamblea, celebrada en abril de 2013, el decrecimiento. Finalmente la conclusión se quedó en un término medio: crear un “nuevo modelo económico sin crecimiento de bienes físicos o energéticos” pero a cambio de “bienes de consumo relacionales y de proximidad”, es decir, sin recurrir a un explícito decrecimiento del PIB.

La opción más generalizada es una especie de keynesianismo, es decir de incentivación de la demanda desde los poderes públicos, pero verde. ICV habla en su programa a las últimas elecciones europeas de 2014 de un Green New Deal.

Pero, ¿admiten las teorías de John Maynard Keynes, un economista que vivió entre 1883 y 1946, ese Green New Deal? Para Fernando Esteve Mora, Profesor Titular de Fundamentos del Análisis Económico en la Universidad Autónoma de Madrid, “los keynesianos dicen que el gasto público tiene que ir a crear una infraestructura para el crecimiento económico. Las primeras políticas keynesianas son construcciones de redes de carreteras en Estados Unidos, redes ferroviarias, eléctricas…, es decir, gasto público para absorber el desempleo en los años 30. Pero ahora no necesitamos generar una infraestructura. Ahora el problema es que nos hemos ido cargando el entorno ecológico, por tanto es perfectamente admisible un ‘keynesianismo verde”.

El decrecentista Carlos Taibo criticó con dureza los postulados de Podemos desde su nacimiento. Esta formación tiene hoy un programa más próximo al neokeynesianismo. En un artículo publicado en enero de 2014 comenta que algunos miembros de la formación “nunca han empleado la palabra autogestión. [...] El grueso de las propuestas que les conozco no rompe el molde keynesiano y hace uso inocultado de las herramientas de siempre, entre ellas la jerarquía y la separación de la socialdemocracia.” Carlos Taibo declinó la invitación para participar en este reportaje.

“Podemos tiene una idea muy vieja de las políticas keynesianas”, dice Federico Demaria. Pero añade: “prefiero a Podemos y el neokeynesianismo a la austeridad”. El problema es el alcance de las ideas que se defienden. “Estoy cansado de ver partidos como la CUP, con la cual simpatizo, que se quedan como máximo con el 6% del voto y que aquí [en Cataluña] haya una mayoría de voto de izquierda y siga gobernando Convergència”. Además, “la apuesta de Podemos de ir para ganar me parece interesante”.

“Actualmente todos los partidos de izquierda tienen elementos interesantes que sí son buenos”, comenta el economista Manuel Garí. “El problema es qué papel juega eso que está en el programa en la realidad”.

El ecologismo ha entrado tarde y casi a la vez en los programas de los grandes partidos de todo el espectro ideológico. En el caso de la izquierda, Garí se remonta a Karl Marx. El coautor del Manifiesto Comunista “hablaba de que el capitalismo, al mismo tiempo que desarrolla las fuerzas productivas, destruye también la riqueza y la naturaleza”. Sin embargo, ni la tradición comunista ni la socialdemócrata han explorado esa vía. “La herencia del socialismo real en términos ambientales es nefasta, entre otras cosas porque entró en una carrera con el capitalismo con las mismas armas que tenía la industria norteamericana: había que producir carbón, acero y tanques”, dice Garí.

Keynes también escondía opiniones en sus escritos que, como en el caso de Marx, la izquierda no ha explorado del todo. Esteve Mora propone revisitar un texto llamado National Self-Sufficiency (sin traducción al español) “que es una cosa muy extraña entre los economistas porque él defendió durante muchos años el libre comercio, pero ahí se muestra en contra. Dice que lo que se pudiese hacer localmente más valía hacerlo localmente. Ahí aparece la posición más cercana a un pensamiento ecológico que podemos encontrar en Keynes”. En Posibilidades económicas de nuestros nietos, una conferencia que Keynes pronunció en Madrid el año 1930, “dice que, una vez resuelto el problema de la depresión económica, habrá que plantearse otras cosas como, por ejemplo, dejar de trabajar, es decir, habla de políticas que ahora entrarían dentro del decrecimiento”.

Demaria recuerda a un político innovador por hablar de decrecimiento en los 70. Se trata de Sicco Mansholt, un socialdemócrata holandés que ocupó la presidencia de la Comisión Europea entre el 22 de marzo de 1972 y el 5 de enero de 1973. Antes ostentó la cartera de comisario de Agricultura. “Se lo cargaron pronto”, dice el investigador de la UAB. En un debate organizado por Le Nouvel Observateur en 1972, con filósofos, ambientalistas y escritores, Mansholt habló de su preferencia por el Bonheur National Brut (la felicidad nacional bruta) que por el Producto Nacional Bruto.

¿Y entonces?

Manuel Garí opina, por un lado, que hay que buscar fórmulas para expresar mejor lo que se quiere, “porque no se trata de decrecer drásticamente”. Por eso habla de “reducción drástica de la quema de productos derivados del carbono, y de la extracción de recursos no renovables”. Pero por otro lado hay que crecer en sanidad, medicina, enseñanza, agricultura ecológica… “Hay que elegir entre automóvil o ferrocarril. Las opciones son más complejas que simplemente el lema del decrecimiento”.

Su visión se distingue en que habla de apartar la mirada del PIB, es decir, crecer en unos sectores y decrecer en otros sin mirar sus consecuencias en términos de Producto Interior Bruto. El decrecimiento critica ese indicador, propone su abolición, pero al fin y al cabo está asociado a él (a su decrecimiento) y “no existe ningún indicador que pueda resumir el sentido general de la marcha de una economía”. Además, el decrecimiento “no ha pasado la prueba práctica de la recesión”, dice Garí. “Se ha demostrado que en una época de recesión económica mundial, no han bajado en la misma proporción las emisiones de gases de efecto invernadero”.

“Una sociedad del decrecimiento es una cosa”, apunta Demaria, “y una sociedad sin crecimiento está en recesión. Eso es una tragedia. El decrecimiento es diferente, no es menos de lo mismo, no es utilizar un poco menos el coche, es cambiar la viabilidad de las infraestructuras”.

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El keynesianismo verde tendría igualmente los mismos fines que el keynesianismo de los años 30: el crecimiento del PIB, del empleo y la salvaguarda del capitalismo. “De momento el capitalismo no ha abierto grandes nichos de negocio ni de intervención estatal en temas ambientales”, comenta Manuel Garí.

Sobre la cuestión de qué pasaría con los avances médicos (sector sobre el que Garí propone crecer) si triunfasen las teorías decrecentistas, el grupo de Demaria propone, entre otras cosas, comunidades de vecinos que aprendan primeros auxilios en parte para evitar el abuso de ciertos avances y, en último extremo “el fin de la tecnocracia”. El economista aclara que no es contrario a la tecnología pero “simplemente digo que tengamos un debate abierto.”

Sobre el llamado “crecimiento sostenible” Luis González Reyes es tajante. “Es un oxímoron. No hay aumento del PIB sin aumento en el consumo de energía y consumo de recursos minerales”, sentencia este decrecentista.

Manuel Garí está de acuerdo con la idea de ahorro necesario de energía provenga o no de fuentes renovables. “El tránsito entre las energías sucias y las renovables va a exigir un tiempo que no sé si tenemos, incluso si nos pusiéramos de verdad. El problema es que para la sustitución necesitamos de las energías viejas, así que estamos ante una gran trampa”.

En resumen, los programas continúan en construcción y en ese proceso chocarán con las conciencias impermeables y que han llegado a ese estado tras décadas oyendo las mismas afirmaciones. Pero nada es eterno, así que el tiempo, el que nos queda, o si nos queda, dirá.

Poéticas del decrecimiento como vivir mejor con menos


Bajo el título Poéticas del decrecimiento. ¿Cómo vivir mejor con menos?, el programa curatorial de la XII Bienal FEMSA propone reflexionar sobre la relación entre el arte contemporáneo y las políticas económicas y ecológicas recientes. Los proyectos comisionados y las obras seleccionadas para la exposición se caracterizan por la desmaterialización de los objetos, la economía de recursos estéticos, los procesos artesanales, así como una inclinación por los saberes de las culturas ancestrales.

Desde el punto de vista histórico, Poéticas del decrecimiento alude a la narrativa de la desmaterialización de la obra de arte iniciada en la década de los sesenta. De manera consecuente con ese legado, esta edición de la Bienal FEMSA propone analizar las estrategias artísticas de la desmaterialización del objeto en su relación con el debate ecológico sobre el decrecimiento. A grandes rasgos, estas vertientes cuestionan al modelo económico del desarrollo que mide el bienestar social y la felicidad a través del crecimiento del producto interno bruto (PIB).

Con la pregunta ¿cómo vivir mejor con menos?, esta edición de la Bienal FEMSA extiende esta narrativa al acuñar el término “poéticas del decrecimiento”, para reflexionar sobre cómo descolonizar nuestros imaginarios de la promesa de felicidad sustentada en el consumo compulsivo, la acumulación de bienes materiales y las políticas económicas del crecimiento ilimitado.

PLATAFORMAS

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A. Lugar Común

Lugar Común es un espacio de producción poética sostenido por la ética del vivir bien juntos. Es decir, hasta qué punto en las condiciones económicas mercantilistas que estimulan la obtención y consumo desmedido de bienes privados, resulta viable compartir un Lugar Común y practicar la austeridad voluntaria. ¿Cómo vivir mejor con menos?, es la pregunta de fondo para articular poéticas austeras, consecuentes con las tendencias poéticas, económicas, y ecológicas del decrecimiento, mismas que tienden a crear espacios de convivio en los que la competencia y los beneficios personales deben de erradicarse.
Lugar Común es una casa habitación que abrió sus puertas a partir de octubre de 2015 donde se lleva a cabo un programa de convivios y exposiciones entre artistas locales e internacionales en residencia. Por medio de este espacio ubicado en la colonia Obispado, el público de Monterrey podrá acercarse y conocer los procesos de los proyectos artísticos, así como acompañar las fases preparativas para la exposición de la XII Bienal FEMSA que se presentará en el Centro de las Artes en octubre de 2016.

ARTISTAS COMISIONADOS


Daniel Steegmann
Edgar Orlaineta
Fritzia Irízar
Gabriel de la Mora
Jorge Satorre


Mariana Castillo Deball
Melanie Smith
Rodrigo Hernández
Rometti-Costales
Tercerunquinto

EXPOSICIÓN NAVE GENERADORES, CENTRO DE LAS ARTES


Alberto Navarro
Alfredo Jaar
Alejandro Cartagena
Aristeo Jiménez
Calixto Ramírez
Daniel Lara Ballesteros
Daniel Steegmann
Edgar Orlaineta
Fritzia Irízar
Gabriel de la Mora
Gabriel Peña Tijerina
Gerardo Monsiváis
Jorge Satorre
José Luis Díaz
Manuel Raeder
Marco Treviño


Mariana Castillo Deball
Melanie Smith
Miriam Medrez
Oswaldo Ruiz
Raúl Quintanilla Alvarado
Roberto Ortiz
Rodrigo Hernández
Rolando Jacob
Rometti-Costales
Runo Lagomarsino (Colección FEMSA)
Saskia Juárez
Sebastián Romo
Grupo SEMEFO (Colección FEMSA)
Tercerunquinto
Tin Dirdamal/Covachita
Yolanda Ceballos

PROYECTOS EXTRAMUROS


Alfredo Jaar


Daniel Lara Ballesteros

PROGRAMA EDITORIAL
Coordinador: Nicolás Pradilla


Alejandro Cartagena
Aristeo Jiménez
Daniel Garza Usabiaga
Daniel Lara Ballesteros
Daniel Pérez Ríos
Daniel Steegmann
Edgar Orlaineta
Fritzia Irízar
Gabriel de la Mora
Gerardo Monsiváis
Isauro Huízar
Jorge Satorre


José Luis Díaz
Mariana Castillo Deball
Melanie Smith
Miriam Medrez
Rafael Casas-Garza
Rodrigo Hernández
Rolando Jacob
Rometti-Costales
Sebastián Romo
Tercerunquinto
Tin Dirdamal/Covachita
Yolanda Ceballos

Comisión para la fachada de Lugar Común


Alfredo Jaar

RESIDENCIA Y COMISIÓN PARA LUGAR COMÚN


Alberto Navarro
Atelier Romo


Isauro Huizar

RESIDENCIA DE INVESTIGACIÓN


Daniel Garza Usabiaga

EXPOSICIÓN NAVE DOS, CENTRO DE LAS ARTES


Manuel Raeder

Colección FEMSA:
Ana Mendieta Carlos Amorales Diego Teo Eduardo Terrazas Emilio Chapela Gertrud Goldschmidt “Gego”


  Jorge de la Garza Lygia Clark Mauricio Gattás Mira Schendel Oswaldo Ruiz Thomas Glassford



B. EXHIBICIÓN

La exposición Poéticas del decrecimiento. ¿Cómo vivir mejor con menos? presentará los proyectos realizados a través de la plataforma Lugar Común, acompañados de una selección de obras de la Colección FEMSA, y se llevará a cabo en el Centro de las Artes de CONARTE. La muestra se concibe como un espacio museográfico para la presentación de los resultados de las comisiones y colaboraciones entre artistas residentes y la comunidad de artistas locales. En este sentido, la exhibición se comprende como una extensión de Lugar Común, en tanto que presentará los procesos, objetos, documentos, diseños y obras derivadas de la pregunta rectora de la XII Bienal FEMSA: ¿cómo vivir mejor con menos?

C. PROGRAMA PÚBLICO

El Programa Público de la XII Bienal FEMSA aborda cómo las bienales han cambiado en las últimas décadas. Con énfasis en casos de estudio latinoamericanos como la Bienal de la Habana, de Sao Paulo, Porto Alegre y la de Cuenca, este programa trae a la luz los retos detrás de la continua reinvención de este formato expositivo que tuvo sus inicios en Venecia (1895). Después del auge del discurso poscolonial en los noventa, las bienales transnacionales se han perfilado como escenarios para la circulación de estéticas y conceptos que regulan nuestra percepción de lo contemporáneo.
A partir de preguntarse ¿cómo y para quién?, este Programa Público ofrece una serie de charlas en las que se revisarán diversos casos de estudio con el objetivo de analizar tanto los formatos y los discursos curatoriales, como también las operaciones educativas que configuran la vocación pública de las bienales. 


A los decrecentistas y ecologistas: ni decrecimiento ni ecologismo, el capitalismo es el que es, el capitalismo realmente existente




Diosdado Rojas Ferro - La Guaruna

En un sistema-mundo como el capitalista basado en la incesante acumulación de capital, es casi elementalmente lógico que éste se expanda tanto en cantidad (hacia nuevas regiones “vírgenes”, y por tanto, susceptibles de conquistar) como en calidad (hacia nuevas producciones, servicios y áreas por mercantilizar, algunas inverosímiles) y que también por deducción éste proceso conlleve al agotamiento de los recursos naturales objeto de su interminable carrera de inversión.

 
Tal panorama ha llevado al surgimiento, casi simultáneamente, de dos corrientes interesadas en frenar dicha evolución, que de continuar,  como se presupone, nos llevaría un poco más tarde, un poco más temprano al suicidio como especie, al terminar por destruir las condiciones materiales, en las cuales el hombre viene desarrollándose desde hace miles de años. Esas dos corrientes son el decrecentismo y el ecologismo, cuyo surgimiento en las décadas de 1960, 1970 coincidió en el tiempo con el arribo del capitalismo al preámbulo de su crisis estructural actual, y al inicio de su agotamiento como sistema histórico, lo que lo hizo manifestarse más voraz, bárbaro e inmisericorde, en un afán de prolongar su existencia.


Marx ya demostró que la sustitución de la fuerza de trabajo por el empleo de tecnología reduce el “valor” representado en cada mercancía, lo que empuja al capitalismo a aumentar permanentemente la producción. En este mecanismo, nos encontramos con la doble naturaleza de “nuestra vieja enemiga”, la mercancía: el valor y el valor de uso, producidos respectivamente por la faceta abstracta y por su faceta concreta. Estas dos facetas no coexisten pacíficamente, sino que entran en una violenta contradicción. Tomemos (como hace el propio Marx) el ejemplo de un sastre de antes de la revolución industrial. Para hacer una camisa, y para la producción de los materiales que emplea, acaso se necesitaba una hora. El “valor” de una camisa era , pues, de una hora. Una vez introducidas las máquinas para producir el tejido y para coser, será posible hacer 10 camisas en una hora, en lugar de sólo una. El propietario de  estas máquinas, que hacen funcionar simples obreros, va a poner en el mercado las camisas así producidas a un precio mucho más bajo del pueda permitirse el sastre. En efecto, en el momento en que una maquinaria permite confeccionar diez camisas en una hora, cada camisa no representa más que la décima parte de una hora de trabajo; es decir, seis minutos. Su valor, y finalmente su expresión monetaria, bajan enormemente. El propietario de capital pone todo su empeño en que el obrero produzca lo más posible en la hora de trabajo por la que se le paga. Si le hace trabajar con una máquina, como en el ejemplo aquí propuesto, el obrero, el obrero fabrica muchas camisas y, en consecuencia, crea una ganancia mayor para su patrón. El capitalismo entero ha sido una invención continua de nuevas tecnologías cuyo fin era economizar fuerza de trabajo; es decir, de producir más mercancías con menos fuerza de trabajo. 
 
Pero en un régimen en el que el valor procede del trabajo, es decir, del “gasto de una cantidad determinada de músculo, nervio y cerebro” (Marx), esto supone un problema: el valor de cada mercancía baja, y así bajan también, finalmente, la plusvalía y el beneficio que se puede obtener de la mercancía en cuestión. Es una contradicción central que acompaña al capitalismo desde el comienzo y que nunca ha podido resolver.  El capitalismo no es una sociedad organizada, sino que se basa en la competencia permanente, en la que cada agente económico actúa solo por cuenta propia. Cada propietario de capital que introduce una nueva máquina consigue una ganancia mayor que sus competidores, obteniendo más mercancías de sus obreros. Es, pues, inevitable, que todo nuevo invento que economice trabajo sea  efectivamente aplicado. El propietario que lo hace consigue, en un primer momento, una ganancia extra. Pronto, sin embargo, los otros capitalistas lo imitan y llega a establecerse un nuevo nivel de productividad más alto. La ganancia extra desaparece entonces hasta la próxima invención. Esto quiere decir que, si una camisa ya no “contiene” una hora de trabajo, sino solamente seis minutos, la ganancia que produzca dicha camisa disminuirá igualmente. Supongamos una tasa de plustrabajo y, en consecuencia , de ganancia del 10 %. Una camisa, para la producción de la cual se necesita una hora, contiene, pues, seis minutos de plustrabajo y una ganancia equivalente en términos monetarios; pero si solo son necesarios seis minutos para producir la camisa, ésta no contiene más que 36 segundos de plustrabajo, la fuente de la ganancia. El capitalista que introduce una tecnología que remplaza trabajo vivo obtiene, en lo inmediato, una ganancia para sí mismo, pero contribuye involuntariamente a bajar la tasa general de ganancia. La misma lógica capitalista empuja a la utilización de tecnologías acaba, pues, por serrar la rama sobre la que esta sentado el sistema entero.

Si no hubiese otros factores en juego, el modo de producción capitalista no habría durado mucho tiempo. Sin embargo, existen mecanismos de compensación. El más importante entre ellos es el aumento continuo de la producción. Si, en el ejemplo propuesto, cada camisa particular no contiene más que una décima parte de la ganancia obtenida anteriormente con la camisa confeccionada por el sastre, basta con producir no ya diez en lugar de una, sino doce, para que la disminución de la ganancia, no solo se vea compensada, sino incluso sobrecompensada. Toda la historia del capitalismo ha contemplado un aumento continuo de la producción  de mercancías, de manera que la disminución de la ganancia contenida en cada mercancía particular se ha visto más que compensada por el aumento global de la masa de mercancías. Así, doce camisas que contengan una dosis mínima de ganancia rinden finalmente más que una  camisa de mucha ganancia. Esto explica igualmente la eterna búsqueda de sectores siempre nuevos de valorización. El caso más llamativo es el de la industria del automóvil: un producto que, al principio, era de lujo se convirtió en un producto de uso corriente después de la Segunda Guerra Mundial, abriendo un campo enorme de ganancias. Sin embargo, todo esto apenas lograba contrarrestar la tendencia endémica de la producción no solo a la disminución de la tasa de ganancia (solo bajo esta forma reducida fue discutido el problema por los marxistas tradicionales), sino también de la masa de valor en cuanto tal.

Es en esta lógica donde se encuentra la causa profunda de la crisis ecológica. El discurso ecologista a menudo explica ésta como la consecuencia de una actitud humana errónea con respecto a la naturaleza, una especie de avidez o de rapacidad del ser humano en cuanto tal. O bien se presenta la ecología como un problema que se puede resolver en el interior del capitalismo, con el “capitalismo verde”. Se habla entonces de la creación de puesto de trabajo en el sector ecológico, de una industria más limpia, de energías renovables, de filtros, de créditos al carbón… En realidad, raramente se indica que la crisis ecológica misma esta ligada a la propia dinámica del capitalismo. Y es siempre por la razón que acabamos de señalar: si diez camisas producidas por la industria contienen solamente la misma ganancia que una camisa artesanal, entonces hay que producir (al menos) diez. Las diez camisas industriales representan mucho más material, pero todas juntas no tienen más valor que una camisa artesanal; en efecto, en ambos casos hace falta una hora para producirlas. En un régimen capitalista, es necesario producir y enseguida vender diez camisas; y, en consecuencia, consumir diez veces más recursos para obtener finalmente la misma cantidad de valor o, lo que es lo mismo, de dinero.

Desde hace doscientos años, el capitalismo evita su fin corriendo siempre un poco más rápido que su tendencia a derrumbarse, gracias a un aumento continuo de la producción. Pero si el valor no aumenta, e incluso disminuye, lo que si aumenta, por el contrario, es el consumo de recursos, la contaminación y la destrucción. El capitalismo es como un brujo que se viera forzado a arrojar todo el mundo concreto al caldero de la mercantilización para evitar que todo se pare. La crisis ecológica no puede encontrar su solución en el marco del sistema capitalista, que tiene necesidad de crecer permanentemente, de consumir cada vez más materiales, solo para compensar  la disminución de su masa  de valor. Por eso las proposiciones de un “desarrollo sostenible” o de un “capitalismo verde” no pueden conseguir resultado alguno, pues presuponen que la bestia capitalista puede ser domesticada; es decir, que el capitalismo tiene la opción de detener su crecimiento y permanecer estable, limitando así los daños que provoca. Pero esta esperanza es vana: mientras continúe la sustitución de la fuerza de trabajo por tecnologías, en tanto el valor de un producto resida en el trabajo que representa, seguirá existiendo la necesidad de desarrollar la producción en términos materiales y, en consecuencia, de utilizar más recursos y de contaminar a mayor escala. Se puede querer otra forma de sociedad, pero no un tipo de capitalismo diferente del “capitalismo realmente existente”.

Son las categorías básicas del capitalismo –el trabajo abstracto, el valor, la mercancía, el dinero, que no pertenecen en absoluto a todo modo de producción, sino únicamente al capitalismo- las que engendran su ciego dinamismo. Más allá del límite externo, constituido por el agotamiento de los recursos, el sistema capitalista tiene desde su inicio un límite interno: la obligación de reducir –a causa de la competencia- el trabajo vivo que constituye al mismo tiempo la única fuente del valor. Desde hace unos decenios, este límite parece haberse alcanzado y la producción del valor “real” ha sido en gran parte sustituida por su simulación en la esfera financiera. Además, los límites externo e interno empezaban a aparecer a plena luz en el mismo momento: alrededor de 1970. Si el capitalismo solamente puede existir como huida hacia delante y como crecimiento material perpetuo para compensar la disminución del valor, un verdadero decrecimiento solo será posible a costa de una ruptura total con la producción de mercancías y dinero.

Un “capitalismo decreciente” sería una contradicción en los términos, tan imposible como un “capitalismo ecológico”. Si el decrecimiento no quiere reducirse a acompañar y justificar el “creciente” empobrecimiento de la sociedad –y este riesgo es real: una retórica de la frugalidad bien podría servir para dorar la píldora a los nuevos pobres y transformar lo que es una imposición en una apariencia de elección-, tiene que prepararse para los enfrentamientos y los antagonismos. Pero estos antagonismos no coincidirán ya con las divisorias tradicionales constituidas por la “lucha de clases “. La necesaria superación del paradigma productivista –y de los modos de vida correspondientes- encontrará resistencias en todos los sectores sociales. Una parte de las “luchas sociales” actuales, en el mundo entero, es esencialmente la lucha por el acceso a la riqueza capitalista, sin cuestionar el carácter de esta supuesta riqueza.

El decrecimiento y el desarrollo sostenible.

Paco Castejón - www.pensamientocritico.org


El decrecimiento no es una buena alternativa al desarrollo sostenible. El término “decrecimiento” es introducido por Serge Latouche (Francia, 1940) a mediados de la década de los 2000. Con él se quiere reivindicar la necesidad de que el Producto Interior Bruto (PIB) de los países industrializados se contraiga y así se reduzca el impacto ambiental que las actividades económicas de esos países producen. De paso se abandona el paradigma del crecimiento, que es la guía económica de estos países y del capitalismo.

El decrecimiento es solo un elemento más del esquema mental de este autor posmoderno. Más importante en el pensamiento de Latouche es la oposición a un elemento del pensamiento occidental que él considera clave. Para él, el principal problema reside en el continuo que va desde el pensamiento científico hasta el desarrollo industrial. Nuestra ciencia, basada en el método científico, produciría de forma ciega desarrollo tecnológico, que da lugar, a su vez, al desarrollo industrial, que marca nuestra forma de vida y tiene efectos opresores.

Él critica todos estos elementos como un continuo inseparable, que es imposible embridar por la política o por cualquier institución, con un resultado siempre negativo para nuestras vidas y para el medio.

Latouche introduce otro término que es también importante en su pensamiento y que ha tenido menos predicamento: la “tecnomáquina”. Con esta palabra se refiere a una gigantesca construcción en la que todos participamos y en la que estamos prisioneros. Nuestras vidas formarían parte de un engranaje que engloba ciencia, tecnología, industria, actividad económica y cultura occidental. Latouche no rechaza las aportaciones de culturas indígenas para remediar estos problemas que nos trae la tecnomáquina. 

Contrasta esta construcción tan “moderna” –en el sentido de que posee una ordenación grande en la que participan sujetos claros con intereses definidos– con el desarrollo general de su pensamiento, de índole relativista. 

Recientemente, el término se ha extendido a más países –entre ellos, España– y se ha popularizado en los sectores ecologistas y, también, en algunos sectores de izquierdas y libertarios. Con esta extensión se amplía el significado del término de lo estrictamente económico a una filosofía de vida que debería extenderse a toda la sociedad para evitar el colapso ecológico.

La rápida asunción del término “decrecimiento”. Pronto se produce una asunción de este concepto por parte del movimiento ecologista y de algunos pensadores de izquierdas.

Una buena parte del ecologismo era crítica en el fin de la década de los noventa del siglo pasado con un concepto clave que había servido de guía a los pasos de este movimiento: el “desarrollo sostenible”. En esa época se producen interesantes debates en torno a este concepto, que se tratarán a continuación. Este sector, disconforme con la construcción del “desarrollo sostenible”, y ante el desgaste del término, busca nuevas explicaciones globales que le puedan servir de guía. 

Asimismo, esta corriente ecologista tiene el objetivo prioritario de derribar el capitalismo. Buscaría, por tanto, propuestas que resulten inasumibles para este sistema económico. Si el desarrollo sostenible ha sido asumido por el sistema capitalista, hay que buscar un concepto que resulte inasumible. Y ciertamente, el decrecimiento lo es en un sistema cuyo fin es el crecimiento.
Los grupos “decrecentistas-ambientalistas” suelen tener como objetivo final la construcción de un mundo donde la vida se desarrolle en comunidades pequeñas, autocentradas y casi sin necesidades de transporte. Algo a lo que desde luego no tienden ni las sociedades de los países industrializados, ni de los emergentes. 

Por extensión, el término decrecimiento es adoptado por algunas tendencias de pensamiento de izquierdas a la búsqueda de construcciones y teorías globales para una sociedad alternativa. Estas teorías asumirían las propuestas ecologistas, especialmente si ponen al capitalismo en un brete insalvable: si el capitalismo necesita crecimiento, defendamos el decrecimiento. 

Además de este hecho, el decrecimiento proporciona una explicación sencilla y compacta de lo que hay que hacer. Y el término resulta lo bastante ambiguo para acoger en su seno ideas y teorías diversas. No es extraño encontrar autores que se declaran hoy “decrecentistas” tras haber sido defensores del desarrollo sostenible.

Críticas al “desarrollo sostenible”. El desarrollo sostenible es un concepto que se extendió rápidamente en los años noventa. El término fue introducido por la entonces primera ministra noruega Gro Harlem Brundtland, autora del informe a la ONU titulado “Nuestro futuro común”. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer nuestras necesidades sin comprometer la satisfacción de las necesidades de las generaciones futuras.

Esta formulación resulta muy interesante, puesto que introduce el concepto de la solidaridad intergeneracional, pero tiene todavía algunos problemas que resolver. Estos problemas han hecho que muchos autores abandonen el término y declaren que no vale la pena trabajar para aclarar esos puntos más oscuros. 

El primer debate atañía al término en sí mismo. ¿Son “desarrollo” y “sostenible” términos compatibles? Algunos autores decían que es imposible desarrollarse sin causar impactos ambientales y sin consumir recursos no renovables. Para empezar es necesaria una buena definición de desarrollo. Otra vez según la ONU, “desarrollo” es el proceso de ampliar la gama de opciones de las personas. Formulado así, es posible desligar el desarrollo de los requerimientos materiales del consumo. 

Y es también posible distinguir desarrollo de crecimiento. Desde el punto de vista ambiental es muy sugerente poder distinguir calidad de cantidad: no todos los modelos de crecimiento económico son igual de destructivos. No es lo mismo aumentar el consumo de energía a base de renovables que a base de carbón o nuclear. Tampoco es igual desarrollar una industria de la construcción para enladrillar el territorio que para rehabilitar el parque de viviendas ya existente.

Aparece también un debate en torno al concepto de necesidad. ¿Cuáles de nuestras necesidades deben satisfacerse lícitamente? Una forma interesante de resolverlo es aceptar la postura de Manfred Max-Neef, según la cual, en todas las sociedades y épocas las necesidades humanas son muy parecidas. Tenemos nueve: subsistencia, protección, afecto, entendimiento, identidad, libertad, ocio, participación y creación. Cuando alguna necesidad no se ve cubierta nos enfrentamos con la pobreza, que puede ser material, cultural, social, espiritual… Lo que cambia de época en época y de cultura en cultura son los satisfactores, las formas de satisfacer las necesidades. De esta manera podemos buscar satisfactores que impacten lo menos posible contra el medio.

También hay que tener en cuenta la previsión del futuro. ¿En cuántas generaciones hay que pensar? Hay que reconocer que no sabemos cómo será el futuro y qué acontecimientos importantes cambiarán el mundo, y en qué sentido. ¿Cómo saber cómo será el mundo y de qué satisfactores se dispondrá?
Además, hay que considerar los tres pilares de la sostenibilidad: ambiental, social y económico. ¿A cuál se le da más peso? ¿Qué ocurre cuando entran en contradicción? A menudo nos toca elegir entre un beneficio social a corto plazo, que implica un cierto impacto ambiental, o bien, la explotación de un bien natural que permite el desarrollo económico.

Por si esto fuera poco, el término ha sido asumido por numerosos agentes económicos y políticos que en absoluto se plantean la necesidad de un respeto al medio ambiente. Todo se torna en sostenible y ecológico, incluidos el automóvil privado o la energía nuclear. Se llega a acuñar el término de crecimiento sostenible, que sí resulta contradictorio, o, peor aún, crecimiento sostenido. 

Desde mi punto de vista, el desarrollo sostenible, como otros términos que nos han resultado muy operativos, no debería abandonarse y deberíamos luchar por su construcción y su interpretación, y porque conserve el significado original.

El crecimiento y los límites. Es evidente que la Tierra es un sistema finito y que, a pesar de la energía que permanentemente le llega del Sol, posee límites: el terreno, la cantidad de ciertos materiales, etc. Por tanto, resulta extraño construir una teoría económica y un sistema económico basado en el crecimiento perpetuo, sin reparar en que esté basado en el consumo de recursos naturales limitados. 

Es necesario introducir el concepto de límite en la teoría económica y mirar a los ecosistemas como abiertos, pero finitos. Los bienes naturales deben ser evaluados de alguna manera. El reciclaje, los procesos cíclicos en que los productos de uno son los insumos de otro, debería estar en la base de nuestra producción. 

La sostenibilidad implica consumir solo recursos renovables a un ritmo menor que el que tardan en regenerarse, siempre que sea posible. Y también implica sustituir los recursos no renovables por otros renovables.

Pero, además, es preciso introducir el concepto de límite en las mentalidades. Seguimos viviendo y consumiendo como si el mundo fuera infinito, como si los tanques de las gasolineras se llenaran de combustible de forma mágica y siempre fuéramos a tener combustible disponible para nuestros coches. Es curioso que, a pesar de la finitud de nuestra vida, consumamos y vivamos como si todo fuera ilimitado. 

Crítica al PIB como indicador. La forma de medir el rendimiento económico de un país, el Producto Interior Bruto (PIB), adolece de graves problemas que lo invalidan como un buen indicador económico.

El PIB a menudo no tiene en cuenta los recursos naturales, y no cuenta la riqueza económica que estos suponen, bien cuando se destruyen o cuando se consumen. Esto hace que se falseen los precios de los bienes y servicios, puesto que no cuentan de forma íntegra el valor de lo que se consume. Esto es lo que se conoce como externalidades: el valor de los productos y de los servicios no reconocido en su precio final. La forma de corregir este problema, de “internalizar las externalidades”, es introducir ecotasas que, al menos, lancen señales del valor ambiental y social de lo que se consume.

El PIB aumenta cuando se realiza una actividad que daña el medio, sin descontar los daños que esta actividad produce. Sorprendentemente, los trabajos encaminados a descontaminar o a restaurar el medio también contribuyen al PIB. ¿No sería más sensato restar ambas contribuciones? 

Las sinergias entre diferentes impactos o acciones tampoco se tienen en cuenta en el PIB. Nos limitamos a sumar, cuando muy a menudo el producto final es más que la suma de los términos. Esto sucede, por ejemplo, con la contaminación atmosférica en la que se cuentan por separado los diferentes contaminantes sin considerar el daño combinado que producen. 

Otro problema es que no se pueden contar cabalmente algunos bienes naturales: ¿cuánto costaría, por ejemplo, la última pareja de ballenas? Se dice que el valor es el que los consumidores estén dispuestos a pagar (willing to pay); pero esto no es satisfactorio, por resultar totalmente subjetivo. Es imposible conocer el valor económico de esas especies. ¿Cuánto cuesta la vida humana? Según las evaluaciones económicas, la prima que uno obtendría en un seguro de vida. Ni qué decir tiene que se trata de una evaluación totalmente insuficiente.

El PIB debe ser reformado para incorporar paulatinamente los costes naturales en la contabilidad. Pero, además, se hace imprescindible la protección de algunos bienes naturales con la regulación y la planificación.

Un binomio maldito: crecimiento y PIB. Es necesaria otra teoría económica. En efecto, el problema viene de la construcción de un binomio maldito: crecimiento y PIB. 

En la economía realmente existente, el éxito se mide en crecimiento del PIB, lo que resulta muy negativo, dados los problemas que, como se ha visto, tienen ambos conceptos. Es necesario criticar el crecimiento del PIB como medida del éxito económico. No es posible el crecimiento indefinido del PIB sin ponerle numerosos adjetivos. Habría que señalar dónde y cómo se puede crecer y dónde no se puede, porque tarde o temprano se chocará con algún límite si no se tiene cuidado en cómo se crece. El desarrollo implica añadir el término de “calidad” a la forma de crecer.

Si mantenemos el PIB como está, casi ciego al capital natural y a los impactos ambientales, el crecimiento nos lleva a la superación de límites importantes del planeta y a producir daños ambientales globales que pueden incluso poner en  cuestión nuestra civilización. El cambio climático es el principal desafío al que nos enfrentamos. A pesar de que conocemos lo que se debe hacer para limitar el calentamiento global, las dinámicas políticas y económicas, junto con los enormes intereses que rodean las emisiones de gases de invernadero, impiden dar pasos más eficaces en la dirección apropiada.

Es imprescindible levantar otra teoría económica que corrija el indicador PIB para evitar los problemas que hoy conlleva, que pueda tener en cuenta los límites que la naturaleza impone y que valore de alguna manera los recursos naturales. En este marco, el decrecimiento no tendría lugar.

Recapitulando. Tras todo lo dicho, en mi opinión el “decrecimiento” no puede ser una propuesta a añadir al programa ecologista. Supone, en realidad, desenfocar el debate. No es buena idea centrarnos en si hay que crecer o decrecer, sino en construir una forma de desarrollo sostenible. 

Las propuestas ecologistas de aumentar la austeridad privada, disminuir el consumo de recursos, construir unos valores basados más en el ser que en el tener, primando la calidad sobre la cantidad, siguen siendo vigentes y no es preciso buscar nuevos conceptos. 

Más aún, un programa de políticas ecologistas podría producir crecimiento en el corto plazo, incluso en los países industrializados. Habría que cambiar el modelo energético, lo que implicaría detener las centrales nucleares, y proceder a su desmantelamiento, y aumentar la producción e instalación de sistemas para explotar las energías renovables; todo ello supondría actividad económica que sumar al PIB. 

Habría, también, que proceder a la rehabilitación del parque de viviendas para que fueran más eficientes energéticamente, lo que produciría actividad en el sector de la construcción y crecimiento del PIB. Lo mismo habría que decir de la modificación del urbanismo, etc. Todas estas actividades, por cierto, suponen la creación de numerosos puestos de trabajo.

Es cierto que, a largo plazo, el respeto con el medio ambiente implicaría un estancamiento secular e, incluso, decrecimiento económico. Pero aún falta camino que recorrer para llegar ahí.
La aceptación del decrecimiento como guía supone abandonar el trabajo para reformar la teoría económica y el PIB como índice. Habría que explicar que, en realidad, no nos importaría crecer en algunos aspectos: economía inmaterial, o basada en energía y productos renovables, y servicios sociales.

Encerrarnos en el decrecimiento nos mete en un callejón sin salida. Renunciamos a reformar el desarrollo realmente existente y lo impugnamos, en lugar de buscar estrategias que permitan combinar la mejora de las condiciones de vida de las sociedades, urbanas y rurales, con la protección ambiental.

El decrecimiento no es ni siquiera un buen eslogan en época de crisis. En estos momentos, la sociedad asocia decrecimiento a crisis y a problemas económicos. Sería necesario explicar que el decrecimiento económico habría de venir acompañado de un sinnúmero de medidas de emergencia social, de redistribución de los recursos y de cambios en el modelo energético y productivo. Algunos autores hablan de “decrecimiento sostenible” para tener en cuenta todos estos problemas.

En mi opinión, es mejor seguir trabajando por perfeccionar el concepto “desarrollo sostenible” e intentar pulirlo para librarlo de los problemas que conlleva. También es preciso seguir luchando por la interpretación del término, despojándolo de lecturas interesadas. 

El desarrollo sostenible puede funcionar como un sistema normativo que se vaya introduciendo en los valores sociales y en la forma de vida, para que, además, influya en las políticas y en los procesos económicos.

Sostenimiento real y decrecimiento en el imaginario ciudadano

Álvaro de Regil Castilla - La alianza global Jus Samper

 El paradigma del Bienestar de la Gente y el Planeta en un entorno de real democracia desprovisto de capitalismo

El mundo está decididamente regresando a estadios que creíamos superados. La democracia y sus llamadas instituciones democráticas son, en su mayoría, una parodia absoluta. En lugar de un etos democrático, el mercado dicta las reglas por las que todos debemos intentar vivir, en completa contradicción con la premisa más elemental de democracia: procurar el bienestar de todos los rangos de la sociedad, y con especial énfasis en los desposeídos. En la mayoría de las naciones llamadas democráticas, sus soberanos son los ciudadanos, el demos. Empero, los gobiernos han traicionado su mandato democrático de ir en pos del bienestar del ciudadano, quien ha confiado una responsabilidad tan seminal sobre su vida en un cuadro de servidores públicos electos. En lugar de ello, la basta mayoría de los servidores públicos se han vuelto agentes de los dueños del mercado y, en plena connivencia con ellos, trabajan en tándem para imponer las condiciones ideales para maximizar la efectividad de los mecanismos de extracción de riqueza de los inversionistas institucionales de los mercados financieros internacionales.

De esta forma, han integrado un sistema muy efectivo de puertas giratorias que permite a los agentes del mercado y a sus dueños actuar tanto en la arena pública como privada para perpetuar sus sistemas de extracción de riqueza sobre el noventa y nueve por ciento para el muy privado interés del uno por ciento.

Consecuentemente, hemos retro pedaleado a un etos muy reminiscente de la Edad Dorada del siglo XIX con sus barones ladrones. Mediante reglas de comercio, pactos comerciales, acuerdos de cambio climático así como falsas banderas cuidadosamente diseñadas de carácter financiero, de salud pública y geopolítico, los agentes del mercado han burlado a los sistemas jurídicos de las naciones y han colocado a los intereses de las corporaciones y de sus inversionistas sobre las soberanías de las naciones, con el fin de poder privatizar y explotar sin cortapisas cada aspecto de la vida, cada bien público y cada recurso natural en su beneficio. Desde una perspectiva geopolítica, sus maquinarias de propaganda trabajan sin tregua para convencer a millones de personas de que un número de guerras no declaradas están justificadas en pos de la paz, la justicia, la democracia y los derechos humanos. 

Reminiscente de los 1930s, y sin menoscabo de otros conflictos militares sobre todo en oriente próximo y África, estamos al borde de otra guerra mundial. De hecho, esta guerra ya está en marcha. No ha sido declarada formalmente pero no hay duda de que conlleva poderosos intereses globales económicos y geopolíticos para lo actores contendientes; intereses que no tienen nada que ver con su argumentación propagandística. En efecto, desde la Segunda Guerra Mundial no han habido tantas naciones involucradas en un sólo teatro de guerra como lo es Siria e Irak. Por ello, estamos inmersos en una recesión capitalista prolongada y en un número de conflictos en donde los barones ladrones al mando de las naciones intentan que prevalezcan sus intereses globales mediante la guerra. Todo gira alrededor de la codicia; esto es, del imperialismo económico. 

La gran diferencia con la Edad Dorada y el periodo entreguerras de los años treinta, empero, es que hemos alcanzado una etapa donde el incesantes consumo de recursos –condición indispensable para la prolongación del capitalismo– se ha vuelto absolutamente insostenible. Debido a la huella ecológica producida por las sociedades de mercado, miles de especies han dejado de existir en los últimos cien años. Así mismo, nuestro uso predominante de recursos no renovables para proveer de la energía necesaria a nuestras normas de vida consumistas, no sólo ha llevado a los combustibles fósiles a un decadente estado de rendimientos decrecientes y escasez, sino que ha disparado un cambio climático dramático. 

Estamos presenciando un consistente calentamiento del planeta, del cual apenas comenzamos a padecer sus penurias, sin saber con algún grado razonable de certeza cuáles serán sus peores consecuencias para la humanidad y el resto de los seres vivientes. Además, los pronósticos apuntan a la muy alta probabilidad de que ya hayamos cruzado un umbral donde ya no podremos regresar a las condiciones del planeta que prevalecían apenas hace medio siglo, aún bajo el irreal escenario de que pongamos un drástico fin a nuestro sistema de consumismo extremo y que construyamos sistemas de vida radicalmente nuevos y realmente sostenibles.

Partiendo de este contexto de conflictos geopolíticos de rápida escalada y de patente reacción del planeta contra el insostenible consumo antropocéntrico de recursos por parte del sistema global mercadocrático, la premisa de este trabajo es que debemos empezar hoy mismo a cambiar radicalmente nuestros estilos de vida para ponerlos en armonía con lo que puede ofrecernos la Madre Tierra en alimentos, agua, energía y otros recursos naturales de manera realmente sostenible para nosotros y para todos los seres vivientes. 

Esto implica que debemos embarcarnos en un salto cuántico de cambio paradigmático que ponga fin a la mercadocracia. Si existe alguna esperanza de largo plazo para la humanidad y el resto de las criaturas vivientes, tenemos que reemplazar el actual etos mercadocrático con un etos de real democracia. En síntesis, no podremos construir un sistema sostenible sin reemplazar al capitalismo, porque el verdadero sostenimiento de la gente y el planeta –justicia social y un planeta sano– son totalmente incompatibles con la premisa del capitalismo. El verdadero sostenimiento y el capitalismo son un oxímoron. En consecuencia, reemplazar al paradigma de acumulación de capital es la única forma de hacer realidad la construcción de un nuevo paradigma anclado en el decrecimiento drástico de nuestra huella ecológica. 

Sin embargo, dado que todas las instituciones nacionales e internacionales han sido secuestradas por el mercado, tenemos que empezar por rescatarlas de los agentes conductores del mercado. Es decir, tenemos que empezar por remover del poder legal y pacíficamente a los dueño del mercado y a sus agentes atrincherados en los salones de gobierno. Esta es la quintaesencia, la condición sine qua non para intentar realistamente construir lo que por ahora puedo mejor describir como el paradigma que va en pos del bienestar de la gente y el planeta y NO el mercado.


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