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Decrecimiento sostenible: ¿una alternativa para el desarrollo sostenible?


 Joan Martínez Alier

El decrecimiento sostenible es la transición a una economía más pequeña con menos producción y consumo. Un nuevo estudio ha explorado sus orígenes y lo ha comparado con el desarrollo sostenible. El estudio indica que para convertirse en una alternativa viable de desarrollo sostenible, el decrecimiento debe ser definido con mayor claridad y sus implicaciones en el empleo deben considerarse con mucho detenimiento. La Dirección General de Medio Ambiente de la Comisión Europea se ha hecho eco de este trabajo en el que ha participado Joan Martínez Alier.


Edificio del Fondo Monetario Internacional, en Washington. El FMI tiene como objetivos principales la promoción de políticas cambiarias sostenibles a nivel internacional, facilitar el comercio internacional y reducir la pobreza. No obstante, el presente trabajo propone un cambio de modelo económico para evitar el colapso del sistema.

El concepto de decrecimiento sostenible ha generado interés. Hay poco acuerdo sobre los objetivos internacionales sobre las emisiones de gases de efecto invernadero, y otros objetivos, como las Metas del Milenio, parecen cada vez más inalcanzables. De esta manera se están considerando enfoques políticos alternativos. Actualmente el desarrollo sostenible es el enfoque preferido, que pretende abordar las cuestiones del medio ambiente a la vez que promover el crecimiento económico. El decrecimiento sostenible tiene como base una reducción en la escala de la economía y supone que el crecimiento económico, aunque disfrazado de desarrollo sostenible, dará lugar al colapso social y ecológico. Se propone que la disminución del tamaño de los flujos de recursos es la única manera de garantizar que los recursos no se agoten, lo que debe ir acompañado de fortalecer los valores sociales y ecológicos.

Los orígenes del decrecimiento sostenible son complejos, ya que es a la vez un concepto intelectual de influencia marxista desarrollado en Francia y un movimiento de base desarrollado en los países del Norte. Este último está basado en la economía ecológica y propone una disminución del consumo en los países que excedan lo que sería un impacto ecológico admisible. Aunque el concepto de decrecimiento sostenible parece ser una alternativa teórica al desarrollo sostenible y que podría generar resultados más rápidos e impresionantes, su aplicación práctica requiere una cuidadosa consideración. El decrecimiento no puede ser activado simplemente y las sociedades van a encontrar muy difícil someterse al cambio. La preparación y las condiciones adecuadas son necesarias si se quiere liderar con éxito los cambios que propone este enfoque.

En primer lugar, junto con el acuerdo de la UE para reducir los niveles de CO2, debería haber objetivos de reducción de indicadores de impacto ambiental, como el consumo de energía, recursos naturales y uso de la tierra. Junto a ésta, deberían investigarse y hacerse análisis para entender las condiciones necesarias para alcanzar estos objetivos. Por ejemplo, investigar los perfiles de las sociedades en términos de sus niveles de consumo e industrialización.

En segundo lugar, una reducción en el PIB es inherente al decrecimiento sostenible. Es probable que ello cause un aumento del desempleo a menos de que existan iniciativas para reducir la cantidad de tiempo de trabajo en los individuos, desvincular ingresos de trabajo o desarrollar fórmulas para rentas básicas. En parte, un ejemplo de ello es el caso de las medidas agroambientales europeas que proporcionan a los agricultores incentivos vinculados con el uso sostenible de la tierra en vez de la producción. En general, las relaciones entre decrecimiento, ingresos y empleo deben ser analizadas detenidamente.

Sin embargo, el PIB no es el único indicador económico y el concepto de crecimiento en sí mismo debería estar más definido y desarrollado, para que el significado de decrecimiento quede más claro y se entienda de una manera más coherente.

Actualmente cuenta con diferentes definiciones en función de si se utiliza por parte de académicos o por las organizaciones de base. También puede ser necesaria una mayor coherencia en general entre sus defensores, por ejemplo, entre los conservacionistas, los sindicatos, la agro-ecología y los movimientos campesinos. El decrecimiento sostenible tiene una desventaja obvia, y es que enfrenta a los poderes actuales de la sociedad. Ninguno de los actores principales en economía, tales como los líderes gubernamentales y ejecutivos del sector privado, tendrían interés en considerar una política de no crecimiento. Al respecto, se necesitaría promover las ventajas de la reducción y mejorar los objetivos éticos de la sociedad.

European Comission DG ENV

Joan Martínez-Alier
Departament d'Economia i d'Història Econòmica

Science for Environment Policy, DG ENV News Alert, 16 September 2010, Issue 209

"Sustainable de-growth: Mapping the context, criticisms and future prospects of an emergent paradigm". Martínez-Alier, J., Pascual, U., Vivien, F-D. & Zaccai, E. Ecological Economics. 69:1741-1747 (2010).

Modelos Alternativos de Desarrollo 2/4 – La Economía del Bien Común, la Teoría del Decrecimiento y el Slow Movement

 Juan Pérez Ventura  - El orden mundial en el siglo XXI

Como bien dice el pensador y escritor Jordi Pingem, “todo modelo económico depende de presupuestos filosóficos y culturales que guían implícitamente nuestros valores, decisiones y acciones”. Tras la grave crisis económica sufrida a partir del año 2008, parece que el modelo vigente ha perdido la fuerza de esos presupuestos que lo mantenían y le daban credibilidad, reforzando ideas como las del crecimiento ilimitado o la sociedad de consumo. Esos mitos han ido cayendo poco a poco, conforme caían bancos, gobiernos y familias. Por ello, el momento histórico actual requiere de una importante discusión sobre el modelo de desarrollo que queremos como sociedad.

Pero, sin embargo, este importante debate social no está teniendo lugar con la intensidad que debería. Según Jorge Riechmann, “el drama es que ya no tenemos mucho tiempo para evitar enormes peligros. Estamos en tiempo de descuento y eso es lo que mucha gente, sensible ante cuestiones de desigualdad social, democratización o lucha contra la corrupción, no acaba de asimilar. Ante la cuestión del abismo ecológico social son conscientes sectores aun muy minoritarios”. Es decir, la sensibilidad que existe para temas puramente sociales o económicos no se traslada a la temática medioambiental ni ecológica. Tampoco hay una reflexión profunda sobre el modelo de desarrollo vigente en las esferas ni espacios públicos.

Aun así, en la actualidad encontramos una serie de iniciativas de desarrollo alternativas a la corriente mainstream. En esta serie de artículos, vamos a centrar nuestro análisis sobre tres propuestas que intentan establecer modelos de desarrollo alternativos: la Economía del Bien Común, la Teoría del Decrecimiento y el Slow Movement. Estos tres planteamientos entienden el desarrollo de forma diferente a la concepción predominante, y coinciden en la necesidad de un cambio en las formas de hacer y también en la forma de pensar.

La Economía del Bien Común

En la economía real actual se mide el éxito económico con indicadores puramente monetarios. A nivel macroeconómico lo observamos con el uso del PIB y a nivel de empresa con el beneficio financiero. Cuanto más crezca el PIB o cuanto mayores sean los beneficios, más éxito económico está teniendo un país o una empresa.

Pero estos indicadores son incapaces de informar sobre otras cuestiones importantes. El PIB de un país no indica si su ciudadanía padece un conflicto bélico, vive en una dictadura o siente miedo, en vez de confianza, ante el futuro. Los balances financieros tienen la misma lógica estrictamente monetaria: no informan de si el éxito de la empresa ha sido a costa de trabajo infantil, de evadir impuestos, de devastar el medio ambiente, de discriminar a las mujeres, esclavizar a los trabajadores o de destruir empleo. Son cuestiones que no podemos conocer con los indicadores predominantes, y que no se tienen en cuenta en el modelo de desarrollo vigente.

Por la necesidad de introducir en el marco teórico y en las prácticas empresariales todos estos temas sociales y ambientales que han quedado fuera de las prioridades del modelo actual, la idea con la que nace la Economía del Bien Común es redefinir el concepto del éxito económico. Es la base conceptual sobre la que construir un nuevo modelo de desarrollo económico, basado en valores y prioridades distintas.

La Economía del Bien Común (EBC) persigue alcanzar una economía más ecológica, más social, de distribución más justa, más democrática… en definitiva, una economía que ponga en el centro al ser humano y su dignidad.

Christian Felber, un joven profesor de economía de la Universidad de Viena, ha sido el principal impulsor y teórico de la EBC. Desde el año 2008 ha impulsado distintos proyectos que plantean formas alternativas de entender la economía, como el desarrollo de la Banca Democrática. Su iniciativa más exitosa ha sido la Economía del Bien Común, puesta en práctica en el año 2010, cuando un grupo de empresas de varios países europeos comenzaron a participar activamente cumpliendo voluntariamente los requisitos del proyecto de economía del bien común. En la actualidad el modelo está especialmente implantado en Alemania, Austria y Suiza.

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Algunos de los principios de la Economía del Bien Común son los siguientes:

SOCIEDAD:
  • Valores – este modelo económico se basa en valores que aseguran el éxito de nuestras relaciones: confianza, aprecio, cooperación, solidaridad y voluntad de compartir
  • Nueva definición de éxito – el éxito económico de las empresas pasa a medirse con el Balance del Bien Común, en lugar de hacerlo con el balance financiero. Lo mismo ocurre a nivel macroeconómico.
  • Año sabático – Cada diez años trabajados se disfruta de un año sabático financiado por una renta básica temporal. Esto proporciona a la gente la posibilidad de cumplir sus sueños así como alivia el desempleo en un 10%.
  • Nuevo liderazgo – Ya no se buscan los directivos más despiadados, egoístas y “racionales” con los números sino personas competentes, con responsabilidad social y ecológica y empáticos.
  • Nuevo sistema educativo – La educación contendrá nuevos contenidos (educación emocional, ética, comunicacional, etc.) orientados a optimizar el bienestar de todas las personas.
POLÍTICA:
  • Cambio de marco legal – se establece un nuevo marco legal que en lugar de favorecer la búsqueda de beneficio y la competencia, incentiva la aportación al bien común y la cooperación
  • Mayor igualdad – Las desigualdades de ingresos y riqueza son limitadas mediante debate y por decisión democrática. Las herencias también son limitadas y su recaudación va a un fondo intergeneracional para que cada generación disponga del mismo capital inicial.
  • Commons – Las empresas públicas pasan a ser bienes comunales democráticos que garanticen servicios como la educación, la salud, los servicios sociales, la movilidad, la energía y la comunicación.
  • Democracia participativa – El pueblo soberano puede corregir a sus representantes, lanzar nuevas leyes, modificar la Constitución y controlar los sectores estratégicos.
  • Modelo abierto – Todos los principios de la Economía del Bien Común deben ser sometidos a un intenso debate democrático antes de ser convertidos en ley.
ECONOMÍA:
  • El beneficio pasa de fin a medio – se prohíbe el uso del excedente financiero para usos faltos de ética como inversiones en mercados financieros, adquisiciones hostiles, reparto a personas que no trabajan en la empresa o donaciones a partidos políticos.
  • Fin al crecimiento obligado – Las empresas pueden buscar su tamaño óptimo y se liberan de la obligación general de crecimiento y de adquirirse una a otras.
  • Colaboración empresarial – Como las empresas ya no quieren crecer más, la cooperación y solidaridad entre ellas se vuelve más fácil. La colaboración va en beneficio de la propia empresa (mejor Balance del Bien Común). El modelo se basa en la filosofía win-win.
  • Reducción de la jornada laboral – La jornada laboral se reducirá hasta el nivel deseado por la mayoría. Esto deja más tiempo para la vida personal y familiar y el trabajo comunitario o político.
  • Limitaciones de poder – Las empresas que por su tamaño puedan tener un poder político excesivo pasarán a ser controladas parcial y gradualmente por los empleados y la comunidad en general (no los gobiernos).
  • Banca democrática – La banca sirve como todas las empresas al bien común y, al igual que los bienes comunales democráticos es controlada por el pueblo soberano, no por el Estado.
  • Cooperación económica mundial – Se establece una moneda global para el intercambio internacional y una zona de comercio justo entre los países EBC para favorecer a las empresas que más aporten al bien común.
ECOLOGÍA:
  • La naturaleza es de todos – La naturaleza tiene valor propio y no puede serpropiedad privada. Se evita el acaparamiento de tierras y su traspaso queda supeditado a requisitos ecológicos y sociales.
  • Reducción de la huella ecológica – Se debe establecer una cota sostenible a nivel mundial para particulares, empresas y países. Algo imprescindible para respetar la dignidad de todo ser humano.

MÁS INFORMACIÓN: Página web oficial de la Economía del Bien Común en España

El artículo 151 de la Constitución de Bavaria dice explícitamente que “toda actividad económica sirve el bien común”, lo que indica que el concepto del “bien común” no es nada nuevo. En palabras del propio Christian Felber “lo nuevo es adaptar la economía real a las metas y los valores de las Constituciones”. Es decir, trasladar los valores de la sociedad a la economía, en vez de dejar que los valores de la economía se asimilen en la sociedad.

Este cambio de valores no debe descansar únicamente en la voluntad de los empresarios, sino que, según los defensores de la EBC, se debe legislar para conseguir ese cambio en las prácticas. Una nueva legislación en materia económica que consiga que las dos características del modelo de desarrollo vigente (el afán de lucro y la competencia) dejen de ser atractivas para los empresarios, y recompensar el éxito económico medido en otros términos, como la la contribución al bien común.

Matriz del bien común 4.1

La EBC tiene en el Balance del Bien Común su herramienta estratégica. El Balance del Bien Común mide el grado de cumplimiento que una empresa consigue en distintas dimensiones: la dignidad humana, la solidaridad, la justicia social, la sostenibilidad ecológica y la democracia participativa. Estos valores se analizan desde la perspectiva de distintos agentes económicos (proveedores, financiadores, empleados, productos, territorio…).

La evaluación de esos valores permitirá al consumidor escoger los productos. Los defensores de la EBC entienden que las empresas que se guíen por esos principios y valores deberían obtener ventajas legales que les permitan sobrevivir, y que las empresas que no cumplan los requisitos del Balance del Bien Común han de ver aumentados sus gravámenes. Además, confían en que, teniendo un precio similar, la ciudadanía desechará los productos de las empresas social y ecológicamente irresponsables, obligando así a las marcas a a buscar el éxito empresarial (según la nueva concepción de éxito) o a desaparecer. 

Entidades bancarias que apuestan por el bien común

Los valores de la Economía del Bien Común no sólo se aplican en empresas para que cambien sus modelos productivos, su relación con los trabajadores o su forma de llevar a cabo la estrategia empresarial, sino que también se han adoptado desde hace tiempo (desde antes incluso de que se fundara el movimiento de la EBC) en el sector bancario.

Desde la década de 1970 han aparecido entidades financieras que, desafiando al modo de operar predominante en la Banca, se han sumado a una serie de valores que han venido a conformar la conocida como ‘Banca ética’. Es un cambio en la mentalidad, pero sobretodo supone un cambio en las formas de actuar, principalmente a través del financiamiento.

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Los sectores susceptibles de ser financiados por estas entidades éticas son el medio ambiente (gestión de residuos, reciclado de materias primas…), la cooperación internacional, la animación sociocultural (educación, cultura, deporte…), el comercio justo, la eficiencia energética, el sistema de bienestar social (servicios socio-sanitarios, vivienda social, microcréditos…). Por otro lado, las actividades no financiables por la Banca Ética son todas aquellas relacionadas con la producción y comercialización de armas, explotación laboral infantil, mercantilización del sexo, juegos de azar, actividades relacionadas con regímenes que no respetan los derechos humanos, actividades que precisen de fuentes energéticas y de tecnología peligrosas para el ser humano y el medio ambiente… etc. Curiosamente son todo estas actividades las que mayor rentabilidad económica tienen, pero desde la perspectiva de la Economía del Bien Común y de la Banca Ética no se debe financiar este tipo de sectores.

CRÍTICAS: La Economía del Empobrecimiento Común (Juan Ramón Rallo, Mayo 2013)

La Teoría del Decrecimiento

En el año 2001, como respuesta al concepto desarrollo sostenible, los economistas Bruno Clémentin y Vincent Cheynet propusieron un nuevo concepto: decrecimiento sostenible. Estos dos autores consideraban al ‘desarrollo sostenible’ una idea peligrosa e irrealizable desde el punto de vista ambiental. El decrecimiento es una teoría de economía moral que se ha articulado desde el año 2004 gracias a la revista ‘La Décroisance’, elaborada por un grupo de autores franceses como Sophie Divry, Bruno Latour o los mencionados Clémentin y Cheynet. En palabras del filósofo catalán Ramón Alcoberro, “más que una teoría política o económica muy elaborada, lo que unía a este colectivo era su crítica a la economía del crecimiento y su oposición radical a una concepción de la actividad económica que valoraba la realidad únicamente en términos cuantitativos.” La idea del decrecimiento saltó al debate internacional a partir del año 2002, cuando tuvo lugar una reunión de la UNESCO que llevaba por título “Deshacer el desarrollo, rehacer el mundo”.

El decrecimiento nace de las teorías del economista Nicholas Georgescu-Roegen, que a mediados del S.XX ya adelantó que “cada vez que tocamos el capital natural, estamos hipotecando las posibilidades de supervivencia de nuestros descendientes”, y de la crítica al desarrollo y a la sociedad de consumo realizada por pensadores como Ivan Illich o André Gorz, una crítica en la que han profundizado economistas como Serge Latouche, el divulgador más activo del decrecimiento hoy en día.

Según la concepción clásica, es imposible el desarrollo sin el crecimiento. Como analizábamos en el primer artículo de esta serie, las definiciones más extendidas relacionan el desarrollo con el aumento, la ampliación o el crecimiento. De esta manera se da la irónica situación de que, según esta concepción del desarrollo, mediante un modelo de decrecimiento ninguna sociedad puede desarrollarse. Y eso no es verdad, pues, como veremos más adelante en esta serie de artículos, hay varios ejemplos de sociedades que se están desarrollando con este modelo.
Ante el mensaje predominante que relaciona el crecimiento con la reducción del paro, la disminución de las desigualdades o la protección del medio ambiente, el político ecologista francés Florent Marcellesi asegura que el crecimiento no es la solución, sino más bien el problema, ya que es un factor de crisis, una amenaza para el planeta y un obstáculo para el bienestar.
Sin embargo, ante este problema la solución no es decrecer, en el sentido exacto del término, la solución no es tener un crecimiento negativo, sino más bien acrecer. Los teóricos del decrecimiento no defienden que haya que ‘dar marcha atrás’ al crecimiento, sino que hay que detenerlo. Siguiendo las tesis que defendimos en la introducción de este trabajo, crecer no es necesariamente avanzar, por lo que decrecer no es retroceder.

Por ello, no hay que confundir ‘decrecimiento’ con ‘crecimiento negativo’. En palabras de Alcoberro, decrecer significa “asumir como criterio regulador en la vida económica las consecuencias del principio de entropía: no es posible crecer ilimitadamente en un sistema cerrado y que dispone de una cantidad de energía limitada”. De manera más pedagógica, el decrecimiento propone un círculo virtuoso de 8-R: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar y reciclar.
Según el politólogo francés Paul Aries, el decrecimiento no significa austeridad, no significa poder hacer lo mismo con menos. Para Aries el decrecimiento es algo mucho más profundo, es plantear otra forma de vivir y de producir, ya que el decrecimiento es también una actitud, que intenta recordar que el ser humano es un animal ecodependiente e interdependiente. Esto quiere decir que, para desarrollarnos, dependemos del medio natural y también de las relaciones entre nosotros mismos. Para los defensores de este modelo, el decrecimiento no significa menos bienestar, sino que puede ser la solución precisamente para adquirir mayores niveles de calidad de vida.

El ambientalista Manel Rivero asegura que en poco más de 200 años la Humanidad se encontrará con una dicotomía energética, y la única solución será decrecer. Así pues, es un debate que necesariamente ha de abordar la comunidad internacional.
Esta necesidad de discutir sobre el decrecimiento se ha visto complacida por la intromisión al debate de críticos que proceden no necesariamente de la corriente económica predominante. Es el caso del reconocido profesor Vicenç Navarro, que ha aportado interesantes apuntes sobre el decrecimiento. Ha criticado a los defensores de este modelo por ser malthusianos, por ser inmovilistas, por ser apolíticos y por estar equivocados sobre la raíz del problema. Según Navarro, “el decrecimiento no es un concepto que pueda definirse sin conocer qué es lo que está creciendo o decreciendo. No es lo mismo, por ejemplo, crecer a base del consumo de energía no renovable, que crecer a base del consumo de energía renovable. Y no es lo mismo crecer produciendo armas que crecer produciendo los fármacos que curan el cáncer. El hecho de que haya una u otra forma de crecimiento es una variable política, es decir, depende de las relaciones de poder existentes en un país y de qué clases y grupos sociales controlan la producción y distribución de, por ejemplo, la energía.”

ARTÍCULO: Los errores de las tesis del decrecimiento económico (Vicenç Navarro, Febrero 2014)

La postura crítica de Vicenç Navarro ha sido contestada por autores defensores del decrecimiento, como Giorgios Kallis, coautor del libro Degrowth: a vocabulary for a New Era (2015), Florent Marcellesi, político ecologista francés, Jean Gadrey, economista francés, o el profesor Borja Barragué.

Algunos de estos autores criticaron inicialmente al profesor Navarro por basar el futuro de las pensiones en España en el aumento de la productividad y el crecimiento económico, olvidando completamente la crisis ecológica. Después, Navarro les contestó indirectamente, haciendo una crítica a los “malthusianos” y al “movimiento ecológico conservador, que considera que el crecimiento económico en sí es negativo”.

En una primera contestación referida a discusiones puramente teóricas, Kallis recuerda a Navarro que los decrecentistas no se inspiran en las tesis de Malthus, sino en los teóricos neo-malthusianos anarco-feministas de 1900, como Emma Goldman o Madeleine Pelletier. En el debate puramente sobre el decrecimiento, otros autores como Margarita Mediavilla, Emilio Menéndez o Pedro Nieto se sumaron a la contestación contra Vincenç Navarro haciendo hincapié en la importancia del lenguaje y del uso de conceptos como ‘recursos’ y ‘crecimiento económico’.
ARTÍCULO: Malentendiendo el significado de decrecimiento (Giorgios Kallis, Diciembre 2014)

Giorgios Kallis también rechaza la idea de Navarro de que “ser anti-crecimiento es una actitud inmovilista que perjudicará a los más débiles de la sociedad”, reivindicando que “la movilidad social no es una cuestión de recursos totales, sino de acceso relativo a los bienes comunes, a las infraestructuras públicas, a la educación y a la creatividad” y que “nada de eso requiere crecimiento económico per se”. Kallis incluso se aventura a lanzar una pregunta hacia su ‘adversario’ teórico: “Si todavía hay necesidad de “producir más”, Navarro debería decirnos entonces cuánto será suficiente, finalmente, para satisfacer las necesidades democráticas que él tiene en mente”.

Sin embargo la opinión de Vicenç Navarro es interesante porque plantea que el problema del crecimiento o del no crecimiento no es un problema económico, sino político. Según Navarro, el punto clave radica en quién controla tal crecimiento, y pone de ejemplo el hecho de que las fuentes de energía han ido variando históricamente, y ello no ha sido resultado de cambios tecnológicos (como se suele explicar), sino principalmente por cambios políticos. En su opinión, utilizar una forma u otra de energía es un proceso determinado políticamente.

En opinión de varios autores, para convertirse en una alternativa viable de desarrollo sostenible, el decrecimiento debe ser definido con mayor claridad y sus implicaciones en el empleo deben considerarse con mucho detenimiento. 

MÁS INFORMACIÓN: Decrecimiento sostenible, ¿una alternativa al desarrollo sostenible?

El Slow Movement

El movimiento Slow comenzó en Italia a finales de los años ochenta. El periodista Carlo Petrini se escandalizó cuando vio la apertura de un famoso establecimiento de comida rápida en la Plaza de España, en el corazón histórico de Roma. Era el año 1986 y aquella imagen supuso un shock para Petrini, que entendió que la americanización de la vieja Europa avanzaba sin obstáculo alguno. En ese momento, Petrini pensó que había que actuar frente a la implantación de los hábitos alimentarios que llegaban desde Estados Unidos, basados en una cultura de la fast food, y fundó la iniciativa de la ‘Slow Food’.

La Slow Food pretendía ser una contestación ante la globalización homogeneizadora, la destrucción de los hábitos alimentarios tradicionales y la ocupación por grandes empresas de los espacios más emblemáticos de las ciudades. Además, se intentaba combatir la corriente social predominante, que intentaba imitar el tempo vital marcado por la cultura estadounidense, un ritmo de vida acelerado.
La idea de la Slow Food era sencilla: proteger los productos autóctonos, estacionales y frescos, frente al acoso de la comida rápida imperecedera. En definitiva, defender los productos locales, siempre desde prácticas sostenibles, a través del culto a la diversidad, alertando de los peligros de la explotación intensiva de la tierra.

Tras Slow Food, fueron apareciendo nuevas aplicaciones de la “filosofía slow” a otras dimensiones como la salud, el trabajo, la educación o el ocio que acabarían por conformar las áreas de influencia del movimiento Slow.

En el caso del Slow Movement, si bien lo consideramos un modelo de desarrollo, podría definirse mejor como una filosofía de vida, lo cual también es un modelo de vida, ya que de la teoría filosófica se pasa a la práctica. Este modelo se basa en una serie de valores planteados en el libro Elogio de la lentitud, escrito en 2004 por Carl Honoré y que ha servido para difundir las ideas del movimiento lento en el S.XXI.

El propio Honoré explica la batalla ideológica y dialéctica a la que se enfrentan los defensores del Slow Movement en la sociedad actual: “La prisa genera una excitación química en el cuerpo, es como una droga. Somos adictos a la velocidad, a la hiperestimulación… y hemos creado un tabú en la sociedad contra la lentitud. Lento es una palabra peyorativa”.

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Pero si bien la mentalidad y el ritmo de la vida que ha traído la globalización liderada por la cultura estadounidense tienen en la velocidad su máxima expresión, la lentitud no significa necesariamente un fracaso o un menor crecimiento. La filosofía Slow defiende la calidad de vida en su sentido más amplio y pone por delante las necesidades de los seres humanos a través de un desarrollo económico respetuoso con los ritmos del hombre y la naturaleza. Y este modelo puede ser productivo y rentable en términos económicos.

Los objetivos del movimiento lento son ralentizar y calmar las hoy tan agitadas actividades humanas y que las personas tomen control de su tiempo. Es un movimiento con un ideario de carácter comunalista que revindica la recuperación de los espacios públicos, la revalorización de los grupos pequeños a escala humana, cierto nivel de autosuficiencia local… Aunque, como hemos dicho, es un movimiento extendido a muchos ámbitos de la vida, su origen alimentario tiene un enorme peso en las actitudes cotidianas de sus seguidores: comer productos obtenidos lo más cerca posible, utilizar productos no contaminados ni transgénicos, comer en torno a una mesa y sin encender la televisión, conversando con amigos… toda una filosofía de vida que se basa en ser selectivos a la hora de actuar y ser conscientes de cómo empleamos nuestro tiempo.

MÁS INFORMACIÓN: El movimiento lento en su contexto socioeconómico

Los defensores del Slow Movement se enfrentan a una serie de características del modelo vigente que, en su opinión, son negativas, como la división del trabajo, la concentración procedente de las crecientes economías de escala, el abandono de las formas tradicionales de convivir y producir, la mecanización, la dependencia de los agroquímicos, la destrucción del tejido urbano de pequeña escala… Sin embargo, pese a su planteamiento crítico, el Slow Movement no rompe con la lógica del modelo de desarrollo capitalista.

En definitiva, la filosofía slow consiste en hacer las cosas con calma y calidad, y tiene como objetivo conseguir un mundo menos superficial, más solidario y más sostenible. Lejos de ser un planteamiento utópico, hoy en día el Slow Movement tiene presencia en 185 países. 

VUELVE A LEER LA SERIE ‘Modelos Alternativos de Desarrollo’ COMPLETA:

Artículo 1: Definición de Desarrollo y críticas al modelo de desarrollo vigente
Artículo 2: La Economía del Bien Común, el Decrecimiento y el Movimiento Slow
Artículo 3: Aplicación de los modelos alternativos
Artículo 4: Análisis de resultados de los modelos alternativos
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Esta serie de artículos está extraída del trabajo ‘Modelos Alternativos de Desarrollo: la necesaria respuesta a un modelo insostenible’ (Juan Pérez Ventura, 2015)

Resistencias, regulaciones y alternativas a las empresas transnacionales

Pedro Ramiro - Diagonal 

Con la expansión del capitalismo global y el aumento del poder de las grandes corporaciones, se han multiplicado por todo el planeta las luchas sociales que ponen en cuestión la centralidad de las empresas transnacionales en el modelo de "desarrollo".

En las últimas décadas, confrontando la visión hegemónica que sitúa al crecimiento económico y al sector privado como pilares del "progreso" para toda la sociedad, han surgido múltiples procesos de resistencia que se enfrentan a la creciente mercantilización y privatización de cada vez más esferas de nuestra vida.

Junto con todas estas experiencias, impulsadas en buena medida por organizaciones de la sociedad civil y movimientos sociales emancipadores, han cristalizado también distintos paradigmas y marcos de referencia alternativos a la modernidad capitalista.Con el objetivo de construir propuestas de transición que sirvan para avanzar hacia economías y sociedades post-capitalistas, estos nuevos discursos e iniciativas contrahegemónicas van caminando con una triple perspectiva.
Primero, con una dinámica de resistencia: investigando y denunciando la expansión del capital transnacional para tratar de frenar sus impactos económicos, políticos, sociales, ambientales y culturales.

Segundo, en base a una lógica de regulación: formulando mecanismos de control y propuestas de redistribución que, en el marco del actual modelo socioeconómico, sirvan para poner los derechos de las personas y los pueblos, como mínimo, al mismo nivel que esa lex mercatoria que protege con fuerza los negocios de las grandes empresas.

Y tercero, con la idea de apostar por la construcción de alternativas: impulsando y poniendo en práctica propuestas concretas que, teniendo como horizonte la necesidad de construir modelos de desarrollo y de sociedad diferentes al dominante, vayan arañando, aquí y ahora, parcelas de autonomía y soberanía económica a las empresas transnacionales.

Estas dinámicas de resistencia, regulación y alternativa están avanzando a un mismo tiempo, en paralelo y de forma dialéctica; todo ello, en el marco de una lógica de proceso y con una perspectiva de transición.

Puede decirse que, en este contexto, las tres perspectivas son complementarias y todas ellas, a la vez, interpelan a gobiernos, empresas y organizaciones sociales a establecer otros sistemas socioeconómicos que no tengan como pilar fundamental lo que Polanyi denominó –refiriéndose a los orígenes del capitalismo y constatando cómo "en el espacio de una generación toda la tierra habitada se vio sometida a su corrosiva influencia"– "el móvil de la ganancia".

Impactos, luchas y resistencias

Las dinámicas de resistencia y de contestación social para enfrentar el dominio del capital sobre la vida en el planeta vienen produciéndose, en realidad, desde que las grandes corporaciones –al principio, estadounidenses y, más tarde, también europeas y asiáticas– se dedicaron a expandir sus operaciones a otros países para profundizar con su lógica de crecimiento y acumulación.

Puede decirse, entonces, que hay una especie de hilo rojo que conecta las luchas del movimiento obrero a finales del siglo XIX y comienzos del XX, con sus reclamaciones de mejoras en las condiciones laborales y en el reparto de los beneficios empresariales, con las que hoy tienen como protagonistas, por ejemplo, a las comunidades locales y pueblos indígenas que se oponen a la presencia de mineras y petroleras en sus territorios, pasando por las campañas de resistencia que a lo largo del siglo pasado se realizaron contra empresas como United Fruit Company –hoy Chiquita Brands–, Nestlé, Shell, Nike o McDonald’s, y que hoy tienen lugar frente a transnacionales como Telefónica, Coca-Cola, Chevron-Texaco y Repsol.

En el caso concreto de América Latina, además, estos procesos de resistencia popular frente al capital transnacional resultaron decisivos a la hora de contribuir a la conformación de las mayorías sociales que, conforme fue avanzando la primera década de este siglo, desalojaron de los gobiernos a los gestores del Consenso de Washington y certificaron el fin de "la larga noche neoliberal".
Eso sí, estos gobiernos de cambio, amortiguada la etapa de resistencia, se debaten ahora entre una dualidad que, al fin y al cabo, es similar a la que aquí pueden tener ahora los nuevos partidos y agrupaciones ciudadanas que han apostado por el "asalto institucional" y han de ejercer responsabilidades de gobierno: ¿optar por una asociación táctica con las corporaciones transnacionales, que suponga un avance en términos de regulación, o por una apuesta estratégica por un modelo de desarrollo –construyendo una propuesta alternativa– basado en paradigmas como el decrecimiento, el buen vivir o el ecofeminismo?

Mecanismos de control

Moviéndose en esa tensión constante entre regulación y alternativa, entre la posibilidad de instaurar mecanismos de control para limitar el poder de "los mercados" y la urgencia de construir propuestas para avanzar en una transición post-capitalista, es justamente donde se están moviendo la mayoría de las iniciativas que le están disputando la centralidad del modelo socioeconómico a las grandes empresas.
Y como apenas existen espacios que no hayan sido colonizados por la lógica de la propiedad privada y el crecimiento económico –dicho de otro modo, en el capitalismo global no hay "afueras"–, buena parte de estas experiencias funcionan mediante una combinación de esa doble perspectiva de regulación y alternativa.

Como parte de una misma propuesta de transición, se trata de combinar las exigencias tanto de mejorar la legislación existente como de crear nuevas normativas a nivel nacional e internacional –en términos de transparencia y rendición de cuentas, de evaluación y seguimiento de las prácticas de las grandes compañías, de una fiscalidad justa que subordine los beneficios empresariales al cumplimiento efectivo de los derechos humanos, etc.–, que estén dirigidas a los gobiernos e instituciones multilaterales, con la puesta en práctica de proyectos alternativos que, partiendo de renovados paradigmas que no tengan como principio fundamental "el móvil de la ganancia", sean impulsados por las organizaciones de la sociedad civil para ir caminando hacia nuevos horizontes emancipatorios que pongan en el centro la diversidad, la colectividad, la democracia y la sostenibilidad de la vida.

Ambas vías se relacionan de forma dialéctica, teniendo presente que, como afirma Miren Etxezarreta, "no es lo mismo una propuesta, un medio, un instrumento alternativo para resolver un problema específico, que una sociedad alternativa que tiene por objetivo subvertir la existente".
Y, además, se construyen dentro de una lógica de proceso, sabiendo que –en palabras de esta misma autora– "la alternativa es el propio proceso de lucha y transformación, un proceso que se tiene que ir construyendo en la vida cotidiana, en la lucha por una sociedad diferente".

Consolidadas y futuras experiencias de cambio

Empresas recuperadas, monedas sociales, finanzas solidarias, comercio justo, cooperativas de consumo agroecológico, proyectos de vivienda comunitaria en derecho de uso, circuitos cortos de comercialización…

Hay muchos ejemplos, cada uno en distinto grado y con diversa potencialidad, de cómo es viable organizar las actividades humanas de otra manera, al margen de la lógica de la acumulación capitalista.

Mientras algunos de ellos ya están contribuyendo a disputarle parcelas de poder a las multinacionales, otros están en una fase más incipiente y se constituyen como "laboratorios de experiencias" que, a menor escala, sirven para ensayar prácticas social y ambientalmente responsables, basándose en los principios de la economía solidaria, feminista y ecológica.
Como escriben Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, autores de En la espiral de la energía, "de tener éxito, estas pequeñas experiencias crearán los nodos de agregación y copia para la siguiente fase”; serán “los faros imprescindibles, los bancos de prueba".

El movimiento por el decrecimiento: ¿Una alternativa a la crisis sistémica?


Introducción. Una solución distinta a las propuestas hasta ahora.

La actual crisis sistémica financiera, que afecta a un gran número de países occidentales consecuencia en gran medida del abuso de su capacidad de endeudamiento, es combatida de varias formas pero por lo general siguiendo unos mismos patrones2. Básicamente, las alternativas que hasta ahora se vienen presentando y defendiendo son, la elección entre unas políticas macroeconómicas regresivas de corte neoliberal y un programa económico expansivo de tipo keynesiano.

Con el desarrollo de este artículo pretendo exponer y contrastar la hipótesis según la cual el cuerpo teórico que ofrece el movimiento por el decrecimiento sería la única alternativa económica y social viable, y así analizar sus argumentos y propuestas con el fin de valorar si suponen una alternativa frente a aquellas dos teorías principales. El movimiento por el decrecimiento parte de la base de que cualquier sistema económico que no sea sostenible es inviable y se sustancia en la no contradicción de principios tan aceptados como los de la termodinámica.

Esta sospecha de la insostenibilidad del sistema actual ya es apuntada incluso por algunas instituciones internacionales que animan a buscar soluciones distintas a las que se vienen proponiendo a los problemas que acontecen en el seno de la Unión Europea3.

A lo largo de este artículo se pretende estudiar el origen, la concreción, la cohesión y la viabilidad de las propuestas así como las principales críticas al movimiento por el decrecimiento. Para ello se estudiarán las tesis defendidas por sus principales proponentes así como a autores que han defendido o defienden patrones similares de desarrollo pese a no autodenominarse como pro-decrecentistas. Por supuesto también se contrastarán las críticas de sus principales detractores. Por último, también se va a exponer la situación y su previsible desarrollo tanto en España como Francia en el contexto de la Unión Europea.

La hipótesis a contrastar parte de la idea de que las principales teorías económicas que se han llegado a aplicar a lo largo del siglo XX y que se fundamentan en la esperanza en un crecimiento futuro, han llegado a poder tener éxito gracias a la inestimable ayuda de un factor: los hidrocarburos fósiles, sin los cuales pocas posibilidades habría del incremento de la actividad económica.

Además, como apunta Luis González, “el crecimiento no es una consecuencia posible de este sistema: es una condición indispensable para que funcione. Si la economía capitalista deja de crecer, se colapsa” (González, 2011:231). La situación de crisis financiera que vivimos sería por lo tanto parte de este desmoronamiento del sistema consecuentemente.

Aunque el movimiento por el decrecimiento por lo general empieza a contar con una aceptación social y académica significativa, el debate sobre el mismo está en sus primeros estadios y no puede decirse que su presentación se haya logrado al menos como alternativa real. Ésta conllevará muy probablemente una respuesta firme del sistema capitalista como más tarde expondré.

La defensa de este sistema económico-social, de poder llevarse a cabo, exigiría una revolución integral de muchos de los fundamentos de la sociedad tal y como la conocemos hoy. Un análisis de esos cambios y los obstáculos que tendrían que enfrentarse, así como de la velocidad idónea para ir adoptando estas medidas, se va a desarrollar a lo largo del artículo.

El método elegido para hacer el seguimiento y estudio de las propuestas hasta ahora existentes en torno al decrecimiento será principalmente la revisión bibliográfica de algunos de los autores más destacados en el tema (Latouche, Gorz, Taibo o Ridoux) y de los que, aun no denominándose pro-decrecentistas, defienden medidas o planteamientos económicos y sociales parecidos (Rodrigo Mora, Viveret).

Varios de los artículos que analizo recogen las principales críticas a este movimiento y en cierta medida la queja de su poco desarrollo, consecuencia a su vez de la incipiente dedicación académica al decrecimiento o a su crítica. Es verdad, en todo caso, que en fechas recientes están apareciendo publicaciones más generalistas que recogen los principales rasgos del movimiento por el decrecimiento. Así mismo,la aparición de un partido político en Francia, organizaciones en Cataluña (Xarxa pel Decreixement), varias páginas y las redes sociales en Internet están contribuyendo a su difusión.

Lo incipiente de este movimiento y el direfente grado de desarrollo del mismo hace difícil una comparación pormenorizada entre dos Estados. Por esto, principalmente se van a estudiar las respuestas sociales, políticas y académicas que se empiezan a concretar y su previsible desarrollo así como los principales problemas que se empiezan a encontrar. Es decir, se procurará al menos un “análisis asimétrico”.

El estudio de los autores que dieron origen a las ideas matrices del movimiento aparecerá también a lo largo del artículo para fundamentar el desarrollo de las teorías pro-decrecentistas, los obstáculos que están encontrando para imponerse y la validez de aquellas ideas en el mundo actual.

Con el desarrollo de este trabajo se pretende también la comprobación de alguna de las hipótesis que se plantean en varios artículos por algunos autores para contrastar su validez. Para esto se utilizarán datos obtenidos a partir de fuentes estadísticas y de instituciones internacionales. En definitiva, lo que se pretende es un análisis de coherencia del movimiento prodecrecentista en cuanto a la teoría que lo sustenta y a su aplicabilidad especialmente en España y en Francia.

Una crítica al decrecimiento utópico


En algunos círculos de la izquierda anticapitalista y libertaria, desde hace ya varios años ha surgido un nuevo concepto “económico” aparentemente, pero que vincula radicalmente todos los aspectos de la vida cotidiana, el decrecimiento.

Aunque goza de gran auditorio entre el pequeño círculo de la izquierda libertaria, como ya se ha señalado, el decrecimiento no es más (por ahora) que una corriente minoritaria de un pensamiento utópico rejuvenecido. Así dicho, suena demasiado agresiva la crítica, pero si atendemos al estudio de sus principios, que uno de los máximos defensores en España, Carlos Taibo, sostiene que son 10 básicos, podemos ver en qué peca este pensamiento de utópico irrealizable.


Casi como señalaron Marx y Engels en El Manifiesto Comunista hace ya más de 150 años, este pensamiento socialista entra dentro del círculo de los utópicos, por un lado como una reminiscencia pequeño burguesa de un anhelo de un pasado mejor, por otro como un recuerdo de aquellos burgueses filantrópicos que deseaban una vida mejor para la clase obrera. Todo ello mezclado con fuertes dosis de los restos de un anarquismo bakuninista que no alcanza a ver el grado de desarrollo de la sociedad capitalista y las alternativas a ella, y vuelve así a los vicios de un anarquismo que muchos otros ya han superado.

El decrecimiento como idea no es negativo. En un  mundo donde los recursos son finitos, su utilización para la producción sin ningún tipo de orden y control provoca situaciones verdaderamente preocupantes para la situación de nuestros ecosistemas, y situaciones horrorosas para la mayoría de la población, que ve como la brecha entre ricos y pobres es cada vez más amplia. Realmente sí que se ve como necesario abandonar esos viejos mitos de la superabundancia y la sociedad en la que no habrá más que riqueza. Tenemos que repensar, cosa extremadamente compleja, qué es, a qué nos referimos cuando hablamos de riqueza. También tenemos que señalar, acordarnos de que si bien los recursos de nuestro planeta son finitos, las formas de utilizarlos, amplificarlos o maximizarlos dependen de la inventiva y del desarrollo de la técnica humana, por lo que los límites al crecimiento, si realmente es verdad que existen, por otro lado quedan superados en el aspecto del desarrollo. La máxima se reduciría a, tenemos que producir un desarrollo más sostenible y duradero de los productos que cubren nuestras necesidades. Esto quiere decir que no por producir más, no porque nuestro PIB crezca sin parar porque aumente nuestra masa producida, nuestra sociedad va a ir mejor. Hay que disociar los términos crecimiento y desarrollo. Es una confusión muy común en la economía darlos como iguales. Para que nos hagamos una idea, el desarrollo consiste en apreciar las necesidades (no sólo las básicas, también las de ocio, entretenimiento, cultura, etc.) que hay que satisfacer, y planificar la producción en torno a ellas. El fallo actual es que el sistema capitalista sólo entiende el desarrollo como el “crecimiento” económico, y hace de este la “necesidad”. Esta necesidad puede ir completamente a la contra de las necesidades sociales, porque como hemos visto en otras ocasiones, el fin último del capitalismo es el lucro privado del capitalista.

Pero en fin, vamos a analizar algunos de los puntos que Taibo llama básicos del decrecimiento para desarrollarlo como teoría general, y así ver los puntos inconsistentes que plantea y por qué se puede incluir (tal como lo plantean muchos de los autores de tradición libertaria) dentro del socialismo utópico como ya hemos dicho. Invito a la gente a leer el libro “Decrecimientos, sobre lo que hay que cambiar en la vida cotidiana” para entender las críticas que aquí se van a plantear. También señalar antes de nada que muchas de las ideas reflejadas en el libro fallan en su conclusión, pero aciertan en el desarrollo, y el autor del blog comparte parte de la visión de los autores (el libro es colectivo, aunque el coordinador es Taibo), sobre todo la idea de que hay que mandar al museo de la historia este sistema decrépito que nos condena a la gran mayoría de la humanidad al desastre, y a nuestro planeta a la destrucción.

En los dos primeros puntos que describe Taibo hay poco que discutir. Quizás en el primero el autor peca en exceso de simplificar el proceso. Si bien es cierto que el crecimiento económico bajo el régimen económico capitalista es extremadamente destructivo, alienante, y además, envuelve al trabajador de un modo de pensar que hace pensar que trabajar más, consumir más y gastar más es lo único que podemos hacer; si bien es cierto, no podemos negar que el crecimiento económico era necesario para un momento concreto del desarrollo del género humano, y la explotación sistemática de nuestra biosfera, si bien ahora ha dado producto a cosas que debemos solucionar y a algunos problemas irreversibles, era necesaria, para llegar a un estado de desarrollo de la técnica superior. Esto último no quiere decir que fuera bueno. Lo necesario es necesario, se tiene que dar, y si no se da no hay “progreso”, o en términos marxistas, no hay proceso “creador-destructor” de las fuerzas productivas. Un viejo ejemplo dice que si te caes en un barril de ácido necesariamente te mueres, entendemos que morirse no es bueno. El desarrollo económico capitalista entendido como la necesidad de crecer como “necesidad”, era una etapa indispensable del desarrollo de nuestra historia, que ha servido para el desarrollo de la técnica, la industria etc., pero que no por ello es bueno para la sociedad.

En el segundo de los puntos Taibo nos habla de que, aunque nuestros niveles de comodidad, sanidad, educación y consumo han ido a más en las últimas décadas, los niveles de insatisfacción han aumentado. La gente no es feliz bajo el sistema capitalista. El ejemplo que pone el politólogo nos lleva a ver cómo en la sociedad americana aunque la renta per cápita ha aumentado, los americanos son a día de hoy más infelices que hace 30 años. Esto esconde varias ideas detrás, ideas que deberían hacernos desconfiar un poco. Por un lado, decir que la renta per cápita de una nación aumenta quiere decir que la media de los ingresos y bienes de una sociedad han aumentado. ¿Cómo? He ahí lo divertido, usando la sabiduría popular sabemos que si para Pepe y para Juan  había dos pollos pero Juan se come los dos, al hacer la media nos sale que tanto Juan como Pepe han comido un pollo, aunque éste último no lo haya ni olido. Con ello quiero explicar que lo mismo pasa con las rentas, que si A, trabajador, cobra 1000, y B, empresario o banquero, cobra 100.000, al hacer la renta media nos sale que tanto A como B cobran 50.500. Pero es una falacia. Porque además de todo esto, tenemos que los sectores que más infelices se declaran son sectores de las clases medias que están sufriendo un proceso de proletarización, sobre todo desde la crisis del petróleo en los 70, que provocó un receso en el nivel y calidad de vida de las décadas posteriores, que se vio claramente con el aumento de la brecha entre ricos y pobres durante los 90 y el nuevo siglo, lo que supone una redistribución de capitales de las clases trabajadoras a la clase burguesa muy elevada, sobre todo con el estallido de la burbuja de los “punto com”. El otro escondrijo que hay detrás de la idea que vierte Taibo está en que si bien los norteamericanos se muestran infelices, esto no quiere decir que lo que añoren sean tiempos pasados. Sí, añoran tiempos pasados en los que sus ingresos no se veían mermados por un nivel de vida que subía mientras los salarios se quedan estancados; añoran un tiempo mejor en el que su productividad subía y con ello su jornal, y no un tiempo donde se matan literalmente a hacer horas extras y apenas se cobran. Es decir, no añoran los tiempos pasados de los que hace gala este decrecimiento utópico, si no tiempos pasados donde sí podían consumir más fácilmente, y no en base al endeudamiento.

El tercer punto descrito por Taibo es bastante correcto, cito un extracto de él que puedo suscribir sin problemas. “Al contaminar facilitamos un doble crecimiento del PIB: el derivvado de las actividades que generan la contaminación y el que se abrirá camino, más tarde, para poner freno a ésta.” Con ello Taibo señala la idea de que el PIB como tantos otros indicadores económicos no sirve o tergiversa realmente la problemática del crecimiento y el problema ecológico.

El cuarto punto también es interesante. Por un lado Taibo señala sin error los problemas de los falsos mitos del paraíso de la superabundancia y el crecimiento sin límites. A ese respecto Sacristán ya señaló el mito escatológico del mileniarismo. No, la realidad es que la tierra es un planeta de recursos finitos, pero ello no quiere decir como en el mismo punto señala Taibo un poco más adelante, que tenemos que controlar mucho los recursos que consumimos. Por el contrario, más que controlar los recursos que consumimos, lo que tenemos que conseguir es un control más exhaustivo, racional y planificado de su utilización, y un desarrollo superior de la técnica para que con los mismos recursos, se pueda producir menos para cubrir más necesidad de la sociedad de forma más eficiente. El ser humano siempre ha sido capaz de desarrollar la técnica para emplear menos esfuerzos a la hora de producir, o colocar la producción en sitios estratégicos para que sea menos costoso. Sólo hay que fijarse en los procesos que hacían los egipcios hace miles de años en los márgenes del Nilo, o el desarrollo de las técnicas de cultivo del campo. Negar esto es negar la realidad del desarrollo del potencial humano, desarrollo que el capitalismo como sistema ha sabido llevar a más, pero de una forma completamente caótica y destructiva para la gran mayoría de la sociedad.

El quinto punto es, a mi juicio, el más discutible, discutido, y utópico reaccionario. Ya no es sólo ir contra el progreso capitalista, es ir contra todo tipo de proceso progresivo en la técnica y en la industria, una vuelta a los viejos oficios convencionales, es decir, a un pasado donde la industria no existiera y si existieran los pequeños talleres de artesanos, los viejos gremios. Es el sueño anarquista proudhoniano de la vuelta al pequeño taller que quedase colapsado por la gran industria capitalista. Esta idea tiene cuatro críticas. La primera, es que la vuelta a un mundo precapitalista (sin considerar que es profundamente reaccionario) donde reine el pequeño taller, un mundo descentralizado de las grandes urbes, y centrado en los pueblos, necesita de un proceso revolucionario altamente destructor. Las fábricas no se cierran solas, y los trabajadores no se reubican solos, y mucho menos en campos tan poco productivos (económicamente hablando) como el de “cubrir necesidades sociales insatisfechas” (léase escuelas infantiles, dependencia etc.) que sí son vitales y de necesaria ocupación, pero que no son viables de ningún modo sin una industria productiva y readaptada para el cumplimiento de todas las exigencias que la problemática ecológica y social necesitaría. El problema es que Taibo y demás seguidores de decrecimiento no sólo plantean eliminar prácticas como la explotación de minas a cielo abierto, o la industria nuclear, también la industria del automóvil, aviación etc., cualquier industria contaminante debe ser cerrada. Los trabajadores reubicados, esa es su última palabra.

La segunda crítica a este quinto punto ya la he expuesto antes. Es una vuelta al utopismo proudhoniano del pequeño taller, donde se produce lo justo y necesario… porque no se puede producir más. El desarrollo de esta ideología, este anarquismo recalcitrante que no tiene nada que ver con versiones más posteriores del pensamiento libertario, mucho más apegadas a una realidad compleja, se da en un momento en el que el capitalismo acaba de arrancar. Correctamente muchos de los teóricos de este pensamiento como Proudhon, ven el maquinismo como algo negativo y elemento desarrollador de la alienación que sufre el trabajador en su puesto de trabajo, transformado, como dirían Marx y Engels en El Manifiesto Comunista en un apéndice más de la máquina, inmersos únicamente en una actividad monótona y repetitiva que no da posibilidad de desarrollo personal de ningún tipo. Si estos primeros pensadores del socialismo utópico apreciaron esto, también lo es que erraron a la hora de proponer soluciones, también fruto del poco desarrollo del propio capitalismo. La vuelta a la sociedad gremial es su sueño, todo ello sin las contradicciones inherentes a ella, como si fuera fácil.

Una tercera crítica, más simple de lo que parece a primera vista, es lo que se podría denominar, el tercero en discordia o el capitalista dónde queda. La única mención que hace Taibo en este quinto punto sobre el capitalista viene a ser que “quienes más ganan verán reducidos sus ingresos”. Lo que el capitalismo nos ha enseñado en 200 años de existencia, es que cuando empiezan los procesos prerevolucionarios, o cuando estallan las propias revoluciones, la clase burguesa no se queda tranquilamente sentada a ver romper sus cristales, ni se echa hacia un lado para dejar pasar los nuevos vientos. Este es el sueño de los pacifistas más utópicos, este es el sueño de un pequeño sector (y cada vez más minoritario) del movimiento 15M. Las formas que tiene la clase burguesa dominante de combatir y frenar los procesos revolucionarios que superan las primeras barreras de cortafuegos de las burocracias y partidos, ya las hemos visto en otro post. En la entrada “tecnócratas”, hago un recorrido por los diferentes modelos que adopta el capitalismo para frenar las tentativas revolucionarias.

La cuarta crítica y última a este quinto punto es menos técnica. Decir que hay que cerrar las industrias y reubicar a sus trabajadores no se sabe muy bien dónde o cómo, hablar de vuelta al modelo gremial y a una actividad económica tradicional sólo puede salir de los despachos de profesores universitarios. No se entienda esto mal. La figura de los intelectuales es importante, pero cuando esta se separa del proceso diario real, se vuelve contrarrevolucionaria. Imaginar el mejor de los mundos, hacer ejercicios de ingeniería social creando construcciones al más puro estilo de Aldous Uxley o George Orwell, sólo puede ser fruto de cerebros de académicos. Para ellos es fácil decir, “vivid con menos” “ganad menos”, porque sentado delante de un escritorio absorto en desarrollar trabajos que poco tienen que ver con lo que a su alrededor sucede, no se sufre la alienación, ni el ataque sistemático ideologizante de la clase dominante.

El sexto punto de esas 10 ideas enumeradas por Taibo nos devuelve a la vieja pugna de “¿reforma o revolución?”.  Emplazar todas las exigencias (aun sin considerar su profundidad reaccionaria) al mundo real nos deja la idea de cómo conseguimos alcanzar eso. Está claro que como antes he explicado, obviar al capitalista, no hace que el capitalista desaparezca, sólo lo escondes para tu “realidad”, pero él va a seguir luchando. Eso nos devuelve a la problemática anterior de las formas que tiene la burguesía de parar la revolución social o cualquier acto de reforma social, caso ejemplo que sonará por siempre, el Chile de Allende. La cuestión de reforma o revolución es importante, y todas las ideas del decrecimiento tal como están expuestas, se ven más en aras de un anarquismo proeducativo kropotkiniano (a saber, la idea de que primero hay que educar a los hombres y cuando estén educados la gente entenderá las necesidades de deshacerse del capital y no habrá luchas ni violencia, ni revolución). Ahora bien, el ideal kropotkiniano de crear escuelas alrededor del mundo, libres de la dominación capitalista y donde poder enseñar los ideales de la paz y el apoyo mutuo entre todos los trabajadores, chocará más tarde o más temprano con los problemas que dé al sistema. Esto quiere decir que mientras estas escuelas no cuestionen de manera abierta al sistema capitalista (es decir, mientras no cuestionen el PODER), podrán crecer, financiarse con los fondos de sus miembros etc. El ejemplo más claro de esto es que el mayor número de anarquistas y marxistas (entrecomillados hasta límites insospechados) actualmente está en las universidades norteamericanas, donde se dedican a hacer profundos análisis de la situación, pero donde no cuestionan en ningún momento la realidad del sistema, ni ofrecen una alternativa a éste.

Los puntos 7, 8, 9 y 10, son una repetición en el caso del 7, algo más minuciosa del tema de la añoranza del sistema gremial y la sociedad feudal idealizada, es decir, sin sus contradicciones como el patriarcado o el florecimiento del libre mercado. En el caso del 8 es un acercamiento a los problemas de los países del Sur, donde se exalta por un lado que no se les puede pedir que no consuman cuando el norte ha estado haciéndolo salvajemente (y casi siempre explotando la mano de obra de estos países y sus recursos naturales), y por el otro, que si bien no se les puede pedir que no consuman, hay que ayudarles a mantener sus formas tradicionales, es decir, en la falsa idea de que el progreso tecnológico ha traído la desgracia al campo, tenemos que evitárselo y que sigan utilizando fórmulas productivamente muy atrasadas. El punto 9 no es de cierto interés, salvo para los que se interesan por la etimología de los conceptos. En él lo único destacable es que se presenta el decrecimiento como la alternativa a los neoliberales, a los keynesianos y a los marxistas productivistas. Como hemos ido viendo a la hora de desgranar los anteriores postulados, el decrecimiento es una alternativa, que tal como se plantea es ya de por sí caduca. Unida a ciertas teorías de los marxistas productivistas, y abandonando éstos el mito mileniarista, el decrecimiento cogería una óptica mucho más realista,  dejaría de ser una construcción utópica.

El punto 10 vincula el decrecimiento a las otras prácticas anticapitalistas de siempre, como si el decrecimiento fuera un agregado de importancia. En este punto estoy de acuerdo con Taibo, si no en la forma de decrecimiento, si en el papel que le otorga. El decrecimiento sólo es viable dentro de una alternativa mucho más elevada de transformación de la sociedad, no es una teoría suelta de por sí.

Sólo como ya he dicho, unido a las teorías del marxismo revolucionario el decrecimiento podría tener un papel en el desarrollo económico futuro, y de hecho lo tendrá. Atrás deben quedar las teorías del decrecimiento utópico. Debemos atender a la realidad existente, y no añorar realidades pasadas. Debemos pensar en las potencialidades actuales, que bajo el capitalismo son incapaces de desarrollarse. El ser humano es capaz de todo, incluso en un planeta finito. Lo que debemos es tener cuidado de cómo adelantamos la rueda de la historia, y abandonar en el museo de la historia al capitalismo de una vez por todas, y sobre todo atendiendo a que, como decía Sacristán, no hay libertad ni igualdad alguna que realizar sobre una Tierra convertida en un inmenso estercolero químico, farmacéutico y radiactivo. 

Publicado por Diego Parejo 

Respuesta de Carlos Taibo:

  
El autor de este texto es un poco perezoso: he escrito tres libros sobre decrecimiento, en los que creo doy cumplida explicación a sus quejas, pero prefiere acogerse a un breve, e instrumental, prólogo que redacté para un trabajo colectivo. Esto aparte, como quiera que "sabe" que soy un "anarquista", decide endilgarme todos los tópicos -así, un supuesto respaldo al artesanato proudhoniano- que, en su mundo, se aplican a una cosmovisión tan trasnochada. Creo que su texto, que no carece de interés, ganaría si no atribuyese a los demás lo que intuye o supone que piensan sino, más cuerdamente, aquello que declarada y explícitamente piensan. Carlos Taibo