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Decrecimiento económico, crecimiento moral

Bernardo Pérez Andreo - Rara Temporum
Cada día se hace más evidente que los que nos gobierna, en España, en Europa, en el mundo, han tomado la decisión firme de hacer frente al colapso civilizatorio inminente mediante una reducción, no de la producción y el despilfarro, sino de la población y los estándares de vida de la mayoría social. Pues, no se les escapa que estamos cada vez más próximos a un colapso de la civilización tal y como la vivimos en los últimos decenios. Todas las señales apuntan hacia esta realidad que no vamos a poder eludir. Ante ello, los que gobiernan, con la anuencia de la población que los ha puesto ahí con sus votos, han decidido que lo único inviolable, lo único irrenunciable, es el modelo de desarrollo capitalista, el productivismo extremo, la creación constante de riqueza a cualquier precio. La humanidad, tanto cuantitativa como cualitativamente, es la que está en riesgo.



El desarrollismo capitalista, adicto al crecimiento económico y al despilfarro asociado a él, no va a ceder ni un ápice en su barbarie destructora del medio natural con el fin de transformar todo en ganancia, en lucro, en beneficio. Se trata de una carrera absurda, sin final posible, que pone todos los recursos del planeta al servicio del lujo de una ínfima minoría y de los que les sirven. La huella humana en el planeta tierra, es decir, las consecuencias del modo de desarrollo capitalista, supone que estamos utilizando recursos y contaminando como si tuviésemos 1,5 planetas tierra. Como es evidente que sólo hay uno, el resto lo tomamos del futuro. Esto sólo es posible durante un tiempo limitado. Llegará el día que ya no será posible extraer más recursos y contaminar más. Y ese día se acerca irremediablemente. Si tomamos el caso de España, nosotros consumimos 2,5 planetas tierra. Dicho de otra manera, para extender nuestro modelo de sociedad a todos los habitantes de la Tierra, se necesitarían 2,5 planetas. Lo cual es una verdadera locura. En todo caso, no debería tranquilizarnos que para extender el modelo USA hagan falta 9 planetas tierra.



Sin embargo, si desglosamos los datos, vemos que el 50% de la población española vive con los recursos de menos de un planeta tierra. El 25% siguiente está en el límite, mientras otro 15% se pasa medio planeta. Ahora bien, existe un 10% de la población, la clases súper rica, que vive despilfarrando hasta 6 planetas tierra. Por lo tanto, cuando se dice genéricamente que los españoles consumimos 2,5 planetas tierra hay que matizar el dato. Son los muy ricos los que están despilfarrando los recursos como si no hubiera un mañana. Este ejercicio se puede extender al planeta entero y tenemos datos similares. El 1% de la población mundial consume y destruye recursos equivalentes a 12 planetas tierra, mientras el 60% de esa misma población, 4000 millones, apenas llega a consumir el planeta que les tocaría en justicia.


La solución a esto no puede ser otra que implantar un modelo de justicia planetaria, en el que esas élites sociales que apenas suponen 70 millones de personas en todo el planeta, reduzcan drásticamente su despilfarro hasta el límite humano de un planeta tierra. Si hiciéramos esto conseguiríamos hacer compatible la existencia del ser humano con la supervivencia del planeta. Es evidente que para hacer esto es necesario transformar la sociedad, pues hoy son ese 1% los que gobiernan en el mundo y los que deciden qué políticas y qué decisiones económicas se toman. Ellos son los que han decidido que ante el colapso civilizatorio será la población mundial la que sufra. Están dispuestos a dejar que desaparezca la mitad de la población mundial para ellos seguir manteniendo sus privilegios. Nuestro trabajo es impedir esto, pero sólo lo conseguiremos concienciando a las mayorías sociales que se ven perjudicadas por esas políticas, aunque se les haya convencido de lo contrario. Se trata de generar nueva hegemonía social que dé la vuelta al sistema económico y social.



La solución es generar una conciencia social que prime el crecimiento moral de la población y no el económico. Los valores del capitalismo han infectado a la población en general y el tener y tener más se ha convertido en el fin último de todo ser vivo que habita este planeta, debemos revertir este proceso y avanzar hacia una sociedad donde prime el valor de la cooperación, el compartir, la solidaridad y la frugalidad; donde el bien común sea el sentido común de los seres humanos y el individualismo sea tomado por lo que es, un crimen contra la humanidad. El capitalismo y el liberalismo (al modo inglés, no el español decimonónico) deben ser extirpados de la humanidad para salvar al planeta y lo que contiene. Debemos vivir con menos, para vivir mejor y más.



Los próximos meses van a ser cruciales para el futuro de este planeta. Antes de 2020 se va a hacer evidente que no podemos seguir por este camino, que sólo nos conduce a la barbarie. Hemos de tomar medidas ya. Mañana será demasiado tarde.

Fascistización, neofeudalismo, ecoautoritarismo…

La versión original de este texto, “Un perigo moi real”, forma parte de la Guía para o descenso enerxético (pp. 169-173) publicada en diciembre de 2013 por la Asociación Véspera de Nada por unha Galiza sen petróleo. Ha sido traducido por Sara Plaza y revisado por Edgardo Civallero y Manuel Casal Lodeiro. Publicado anteriormente en el blog de Civallero & Plaza.

Carlos Calvo Varela
Carlos Calvo Varela

Un peligro muy real

Consideramos nuestro deber advertir de que no todo va a ser un camino de rosas en la transformación social que queremos impulsar a nuestro alrededor, desde lo más cercano a nosotros hasta alcanzar el conjunto del país, ni está asegurado que acabemos en un mundo mejor como el que quisimos ayudar a entrever ya desde el comienzo de esta Guía [para o descenso enerxético]. Además de las amenazas que todavía nos pueden llegar del exterior en forma de nuevas formas de colonialismo extractivista para apropiarse de nuestras fuentes energéticas, o de conflictos internacionales por los recursos, que seguramente nos van a afectar de una manera directa o indirecta —como consecuencia de la tremenda falta de equidad existente en el acceso y uso de esas fuentes energéticas entre unos países y otros—, existe un riesgo muy importante dentro de nuestras propias comunidades. Ese peligro es el de una deriva hacia una fascistización, por llamarlo de una manera quizás no muy rigurosa pero sí suficienteme clara.

Diversos autores llevan tiempo advirtiendo de que, a raíz de la situación de escasez a la que nos estamos empezando a enfrentar —y que no va a hacer más que agravarse de manera acelerada en los años venideros—, se van a producir no solo conatos golpistas de tipo preventivo (vid. por ejemplo Arrastia, 2011; Artal, 2010), sino también un movimiento de parte de la población hacia posiciones extremistas y a favor de soluciones autoritarias. Mucha gente –nos dicen estos autores basándose en experiencias históricas como la del auge del nazismo o el fascismo en la Europa posterior a la Gran Depresión– preferirá apoyar a supuestos salvadores y sacrificar su libertad —y por supuesto también la de los demás— antes que perder una supuesta seguridad del nivel de vida actual o a cambio de la promesa de volver a la prosperidad de antaño. Una cantinela que seguro que suena conocida: seguridad a cambio de libertad. El sueño de demasiada gente, ya en este momento pero todavía más a medida que pasen los años, va a ser recuperar esa seguridad, es decir, volver a lo de antes. Y esto puede intentar conseguirse a costa de los otros —otras clases sociales, otros países, otras razas—, es lo que Richard Heinberg (2004, 55-85) denomina la estrategia de Hasta que solo quede uno en pie, o como dice Doldán (2012): “Todo aumento de la demanda energética en una parte del planeta de aquí en adelante se hará a costa de una obligada reducción en otra parte y, en todo caso, a precios mucho más elevados”. Jorge Riechmann explica claramente que la disyuntiva que tenemos delante es “solucionar la crisis con un programa quizá arduo, pero de base igualitaria y humanista”, o la barbarie de tipo hitleriano en la que las elites pretendan salvar sus privilegios y su nivel de vida, con el apoyo de buena parte de la población, y a costa de la dominación, sacrificio y exterminio de otros seres humanos (Riechmann 2009, 44).

Quizá la pregunta política de fondo, en nuestro tiempo, sea: ¿preferirán las sociedades ricas convertirse en nazis antes que renunciar a una parcela del sobreconsumo que identifican con la “calidad de vida”?

El exterminio masivo como vía para la salvación del sistema actual ya fue señalado por Susan George en su Informe Lugano (2001), una obra de anticipación política que cobra mayor relevancia a la luz del agotamiento energético.

Las situaciones de crecimiento generalizado —la famosa torta que crece— son proclives a la extensión de una fuerte reciprocidad y la ayuda mutua con muchas personas, incluso fuera de nuestro grupo o tribu. Pero en situaciones de torta menguante, lo que aumenta es la posibilidad de reciprocidad limitada, de la xenofobia e incluso —en casos extremos— del genocidio (Mills, 2008). 

Cuando Heinberg (2004, 110) nos habla del caso cubano como ejemplo de cómo un país puede sobrevivir satisfactoriamente a un colapso económico también nos muestra ejemplos de lo contrario —por desgracia más numerosos a lo largo de la historia reciente—, en los que el resultado fue el colapso social, la desintegración cultural, el aumento del autoritarismo y la violencia interna. Otro término corriente en los autores que tratan de entrever cómo será el futuro tras el colapso industrial-capitalista es el de neofeudalismo. El hecho de tener que vivir forzosamente anclados en lo local y un contexto de escasez generalizada y probable caos en muchos niveles de una sociedad poco preparada, puede derivar por lógica en el surgimiento de poderes autoritarios locales, en la forma de caciques armados, nuevos señores feudales, quizá no muy lejos de lo vislumbrado (¡una vez más!) por Darío Xohán Cabana (1994, 59) en O cervo na torre y de lo que sucedió con la caída de Roma, que nos describía así Joseph Tainter (1988):

(…) los ricos abandonaron las ciudades para establecer propiedades rurales autosuficientes [las villæ]. Finalmente, para huir de los impuestos, los campesinos entraron voluntariamente en relaciones feudales con estos terratenientes. (…)
Para evitar que avancen este tipo de posiciones que favorecen un autoritarismo neofeudal o estatal-totalitario, que probablemente vamos a percibir cada vez más a nuestro alrededor —incluso dentro de nuestras familias y grupos de vecinos, incluso entre gente que en una situación de bienestar generalizado se autodefinía de izquierdas—, podemos actuar siguiendo una estrategia múltiple:

  • Combatir a nivel político esos momentos, denunciándolos activamente y contribuyendo a cortarlos de raíz cuando comiencen a surgir. Será una lucha difícil pues el capitalismo moribundo va a intentar apoyarse en ellos cada vez con más intensidad a medida que los sistemas que llamamos democracias vayan dejando de serles útiles para mantener el status quo (Galiza Ano Cero, 2013). Riechmann (2009) habla de la necesidad de una cultura de crisis en los sectores sociales comprometidos.
  • Contribuir a que la sociedad comprenda la realidad de la situación: que no es posible volver a la abundancia de otros tiempos, por mucho que nos lo prometa algún salvapatrias.
  • Ayudar a la gente a comprender que el problema no son (solo, o principalmente) los políticos, que lo que tenemos delante es una crisis de la propia civilización. Por desgracia, ya comenzamos a escuchar a nuestro alrededor, cada vez más abiertamente, aquello de “¡Franco, vuelve y acaba con los políticos!” o “Aquí lo que hace falta es otro Franco”. Si quien esto dice comprendiese que el problema va mucho más allá de la corrupción más o menos generalizada o de la falsa democracia que tenemos, sería menos proclive a buscar caudillos que aplicasen supuestas soluciones drásticas y violentas. También sería útil explicarles, por supuesto, quién fue Franco, qué objetivos buscaba y contra quién los impuso. Unas oportunas lecciones de historia no nos vendrán mal como país —tal vez incluso más a propósito que nunca— en este periodo de descenso civilizatorio. Recuperemos también la memoria de lo que significó el totalitarismo para Galicia y para España.
  • Combatir también a aquellos que, conscientes del cortoplacismo y defectos del actual sistema parlamentario, además de su ineficacia para abordar los graves y urgente problemas civilizatorios (Peak Oil y cambio climático, principalmente) abogan por una especie de dictadura ecológica o ecoautoritarismo. Lamentablemente, hay intelectuales que están reclamando cada vez más abiertamente actuaciones en esa línea, lo cual puede resultar muy peligroso sumado a los otros movimientos prototalitaristas.
  • Explicar que la alternativa es construir nosotros mismos otra sociedad, que tenemos la capacidad y que es preciso hacerlo desde la base, desde lo local, y que nadie nos va a venir a salvar desde el gobierno, sobre todo si estos son escasa o nulamente democráticos. Difundir la visión de una Galicia diferente después del petróleo, resiliente, libre, comunal y en paz con las generaciones venideras.
Ojalá esta Guía aporte algo útil para esta necesaria protección de la sociedad ante los falsos salvadores que pretendan “proteger modos de vida de alto consumo energético con un alto nivel de armamento” o, dicho de otro modo, “vender nuestras almas a cambio de gasolina” (Murphy 2008, 33 y 53).

Antes de concluir este apartado, también consideramos necesario llamar la atención sobre otro peligro, diferente pero no totalmente ajeno al que acabamos de comentar: el de la opción migratoria de huída. Se trata de un proceso normal y lógico que tiene lugar cuando llega el colapso a una zona, y parte de la población opta por migrar a otra que esté —gracias a la asimetría inherente al declive energético-civilizatorio— en una etapa más moderada del proceso de colapso (Odum & Odum 2001, 86), es decir, donde las cosas no estén todavía tan mal. Aquí la palabra clave es todavía. Será muy distinto el caso de quien opte por migrar de una ciudad gallega a una villa del interior o a una aldea, de quien elija como destino de salvación otra zona del estado español o incluso otro país, como podría ser alguno de los países ricos del norte de Europa o los Estados Unidos. En el primer caso se está buscando una opción sólida de futuro, por todo lo que venimos explicando; y, en el segundo, se trata de una huída hacia delante a un lugar todavía más industrializado que podrá tardar más en sufrir lo que ahora sucede en Galicia, pero que cuando tenga que descender, tendrá que hacerlo desde mucho más arriba. Además —y aquí es donde está la cuestión que tiene que ver con el peligro anterior— en esa sociedad no dejará de ser una persona inmigrante sometida muy probablemente a procesos de conflicto social crecientes con buenas dosis de xenofobia. Aquellas personas que a causa de la situación económica se vean arrastradas a la emigración, deben saber que esta salida puede acabar por convertirse en una falsa solución ya que, cuando en el lugar de destino se dejen notar más claramente los efectos del Cenit del Petróleo evidenciando la inviabilidad de seguir manteniendo el modelo de vida industrial-consumista, el retorno entonces puede resultar más complicado y el descenso energético personal más abrupto. Estaríamos recorriendo un camino contrario a lo que pensamos que se debe hacer.

Referencias


Los límites del conocimiento tecno-optimista (Sobre los delirios tecnófilos de algun*s)

Henrique P. Lijó - http://www.15-15-15.org/webzine/es/

El esfuerzo en divulgación que se lleva acabo desde hace décadas sobre los límites del crecimiento y los riesgos que entraña el desarrollismo puede presumir de fundamentación teórica y argumentación científica. Haciendo un repaso por los contenidos expuestos a partir del Programa Biológico de 1964 que ya entendía el funcionamiento de los ecosistemas como un todo, hasta los actuales postulados decrecentistas, el cálculo del nuestro índice de huella ecológica, el declive de la energía neta etc, podemos encontrar un inmenso trabajo y esfuerzo que se ha hecho gracias al empeño de unas pocas personas contra viento y marea, y que ahora, poco a poco va dando sus frutos.


Ilustración: Ariadna Villate Jiménez

Ilustración: Ariadna Uve

Lamentablemente el debate que se viene desarrollando en los últimos tiempos por motivo de la reacción que ha provocado el reconocimiento de los límites del crecimiento como un problema de consecuencias catastróficas no parece tener los mismos fundamentos. Muy al contrario, los ataques que se dirigen contra el decrecimento en no pocas ocasiones demuestran tener un carácter claramente sesgado y simplista, cuando no simplemente desatienden los principios más básicos del decrecimiento, tal como es el caso de la diferencia entre energía y exergía. Y ya no hablemos de la desatención que parte de los economistas y otr*s cintífic*s sociales prestan a términos como Tasa de Retorno Energético, o teorías como la Paradoja de Jevons.

Tales reticencias hacia la noción de los límites que nuestro entorno natural nos impone tienen causas que pueden ser bien explicadas desde la Antropología. En realidad l*s occidentales no hemos dejado nunca de ser creyentes, nuestras convicciones anticlericales actúan por sustitución, pues como bien sabemos, todas las sociedades poseen valores incuestionables labrados tras el paso de los años. Su función es la de mantener unida a la sociedad en una serie de creencias con las que todos los individuos pertenecientes a la misma se sienten identificados. Éstas cohesionan a las sociedades, haciéndolas proclives a la afirmación de una serie de instituciones y normas evaluadas como necesarias y benefactoras. Cada Revolución que se precie supone el advenimiento, o por lo menos el temblor, de estos principios.

“No veo a ningún Dios por aquí arriba”
Yuri Gagarin
El desarrollo de la técnica experimentado por nuestras sociedades en los último dos siglos ha supuesto verdaderamente una revolución de proporciones inabarcables. La ciencia y la tecnología se han convertido en el rasgo cultural más sobresaliente de Occidente: grosso modo, nuestra verdadera singularidad definitoria, nuestros valores “divinos”. Poc*s occidentales afirmarían hoy que existen modelos de conocimiento superiores a la ciencia, o fórmulas más eficientes de trabajo que la tecnología moderna. La cita del cosmonauta Yuri Gagarín lo expresa muy bien. La ciencia y la tecnología han pasado a ocupar el lugar que los dioses ocupaban antaño, hasta el punto de conseguir poner al hombre (en su dimensión masculina, blanca, occidental) a la altura de los dioses, y constatar su inexistencia. Lo han hecho por medio de una multiplicación de la eficiencia y la abundancia, y en contra de los principios de ascetismo y sobriedad de pasadas épocas.

Tal ha sido el empuje de esta perspectiva que incluso las ciencias sociales han acusado el abrumador desarrollo de los últimos dos siglos; ejemplo de ello son las teorías evolucionistas y teleológicas tan cuestionadas y desacreditadas, y sin embargo tan presentes aún hoy, cuando ya ha pasado más de un siglo de su elaboración. Por resumir y no enfrascarnos en este punto, diremos que, a grandes rasgos, estas teorías arguyen que la historia de la humanidad es un eterno progreso hacia un estadio de plenitud del ser humano que llegará tarde o temprano. Este es sin duda el principio más incómodo de los autores de la Ilustración para el decrecimiento. Con esto nace en el pensamiento moderno la idea de progreso como una dinámica involuntaria del ser, e independiente de su contexto cultural. 

No han sido pocas las ocasiones en las que se ha demostrado el firme carácter etnocéntrico de esta afirmación e incluso autores como Diamond (“Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras no”. Aunque podríamos extendernos muchos caracteres poniendo citas sobre esto), haciendo un repaso histórico muy completo y riguroso de las sociedades que colapsaron en el pasado, explica varios modelos de colapso constatando el error de esta perspectiva. Y es que, en realidad, la capacidad de progreso está condicionada por el entorno natural en la que las diferentes culturas se dan (como bien apunta el antropólogo Julian Steward), y por su capacidad de extracción, acumulación y gestión de energía (Leslie White aporta una interpretación termodinámica de la evolución de las sociedades), y aunque podamos acortar distancias y reducir el tiempo para huír de nuestros límites, éstos no desaparecen, muy al contrario, se acercan aún más rápido. El desarrollo de Occidente no está atado a ninguna ley universal que mueva la historia hacia un continuo avance; este parece ser el límite cognoscitivo de l*s abonad*s al tecno-optimismo, que se llevarán una sorpresa si algún día deciden hacer un repaso por algunas de las civilizaciones que en su día colapsaron.

En el decrecimiento podemos encontrar dos modelos de crítica a este presupuesto. Por un lado su contradición técnica, que simplificaremos en la frase: “No es posible el crecimiento infinito en un planeta finito”. Por el otro, la contradicción humanística y social: “El crecimiento se ha llevado a cabo por medio de la homogeneización y la deshumanización de las sociedades, supeditadas hoy a los aspectos económicos de las mismas”. Ambas perspectivas son necesarias para plantearnos nuestro futuro. La primera nos avisa de que las nuestras, deben ser sociedades con límites. La segunda, de que estos límites no pueden valer de fundamento de la desigualdad política, sino de oportunidad para poner en valor la diversidad cultural y la humanización de las relaciones socio-económicas.

Las alternativas tecno-optimistas al descenso energético se revelan como poco probables técnicamente, al tiempo que inciden en la comprensión de la historia como una variable cuya progresión es siempre positiva en términos materiales, ignorando que lo que ahora llamamos progreso es (o tal vez era), en buena medida, simplemente abundancia. Los principales escollos al decrecimiento los encontramos aquí, pues explicitar que la historia de las sociedades no será un constante progreso cuantitativo, en sí, es ya una proclama revolucionaria que cuestiona los principios de nuestras sociedades. La labor del decrecimiento se torna una cuesta arriba, no por su falta de argumentación, si no por la ferviente apuesta que desde derechas e izquierdas se hace en el progreso material, la mayoría de las veces con las mejores intenciones, sin duda.

Hoy encontramos enormes reticencias en los planteamientos económicos que se elaboran, y que inciden en la necesidad de plantear estrategias redistributivas. No se me pasa por la cabeza cuestionar la necesidad de redistribuir la riqueza, por supuesto. La desigualdad económica es un hecho que hace a nuestra sociedad más proclive y desarmada frente al colapso, valga como ejemplo la situación actual. Pero esta redistribución no puede fundarse sobre la condición del crecimiento o sobre la figura de Estados que están destinados a simplificarse o a dejar paso a formas de gestión más cercanas a la población.

Como siempre, quizás estemos pidiendo demasiado si tenemos en cuenta que al decrecimiento le queda mucha pedagogía por hacer, y que para la mayoría de la población su necesidad inmediata es llegar a fin de mes. En este sentido, quizás debieramos dejar claro que tampoco somos ajenos a las contradiciones de clase, y que la alternativa del decrecimiento pasa por hacer de la economía una institución supeditada a las necesidades de la mayoría social, pasa por humanizar la economía, pero no en forma de subsidios o concesiones que están condenadas a disminuir conforme los balances de energía neta declinen, si no en forma de reparto del trabajo y democratización de la economía. Para esto necesitamos una nueva idea de progreso, un progreso más cualitativo que cuantitativo, que nos enseñe a disfrutar del tiempo en lugar de acortarlo.

El crecimiento desmedido primero se autocancela y luego se torna autodestructivo

El desarrollo económico tiene sus límites, como por ejemplo, la finitud de los recursos naturales. Sin embargo, las sociedades industriales los han rebasado y ya se comienza a hablar de una «cuesta abajo» inevitable en la producción económica. La cuestión está en si ese descenso se hará de manera ordenada y próspera o si, por el contrario, dará paso al caos.

El desarrollo ha sido la gran religión universal de la segunda mitad del siglo XX y la televisión y los refrescos de cola su eucaristía», señala en la entrevista con Teína el sociólogo Ernest García, autor de El trampolín fáustico. Ciencia, mito y poder en el desarrollo sostenible.

El término crecimiento o desarrollo se escucha con asiduidad en las bocas de quienes representan a los poderes establecidos, aquellos que sazonan sus discursos con el dogmatismo de la expansión económica, a la que el imaginario común liga directamente y sin discriminaciones con la prosperidad.

Empero, el desarrollo tiene límites claros, y las sociedades industriales que embanderaron y embanderan este concepto los han traspasado claramente. Sólo basta observar los desastres ecológicos y las consecuencias sociales que este sistema de producción, con sus juguetes tecnológicos y su irrefutable fe en la ciencia, ha engendrado, so pretexto quizá de una relación directa entre una mayor productividad y una existencia más feliz.

A Ernest García, profesor de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia, no le cabe duda de que «la era del desarrollo se ha acabado», y que lo que ahora viene es un descenso inevitable. Lo importante está en saber si tal caída se hará en forma ordenada o caótica. Él se muestra optimista en cuanto a las posibilidades teóricas, pero sumamente negativo en las prácticas, es decir, en si la humanidad elegirá realmente ese camino.
A este modelo económico (toda una concepción filosófica y cultural de la vida, por otra parte), sus secuelas alarmantes y el devenir de la especie que transita por las vías del consumo poseso y la tecnología de altos costos ecológicos, se refiere en esta entrevista Ernest García.

- La idea del crecimiento permanente impregna el imaginario social y la retórica política. ¿El crecimiento siempre va ligado a un mayor bienestar de la sociedad?

- No siempre; sólo en ciertas fases y hasta un cierto punto. En España, por ejemplo, entre finales de los cincuenta y mediados de los ochenta del siglo pasado. Entonces, el crecimiento permitió a la mayoría de la gente comer más (y en algunos aspectos, mejor), permitió estudiar y tener acceso a medicinas y cuidados médicos, tener una vivienda en condiciones y tener vacaciones, tener luz y agua corriente y hasta caliente. La expansión económica condujo a más bienestar. Bienestar material, claro, pero es que de ése precisamente faltaba mucho. En una sociedad donde la memoria del hambre, de las condiciones terribles de las primeras etapas de la dictadura fascista de Franco, está todavía viva, esa experiencia de mejora generalizada de las condiciones materiales de la existencia, ligada al desarrollo económico, me parece innegable. Todo puede discutirse, claro, pero demasiada gente lo vivió de esa manera y no me parece razonable mantener que se equivocaron. 
 
- Entonces, crecimiento y bienestar social no siempre van de la mano.

- En general, las necesidades humanas se satisfacen con bienes y servicios procedentes de tres fuentes. De la producción económica, distribuida a través del mercado o del estado (muebles, vehículos, lecciones recibidas en la escuela o atención médica en un hospital). Del intercambio no mercantil con otros seres humanos (crianza, afecto, cuidados, identidad, reconocimiento social). Y del medio ambiente natural (agua para beber, aire para respirar, petróleo para quemar). Cuando la primera de esas fuentes es escasa y las otras dos son abundantes, entonces el crecimiento económico contribuye mucho al bienestar, porque permite obtener más de lo que más falta, porque incrementa lo que escasea. Porque el desarrollo es precisamente expansión de la esfera económica a costa de las otras dos.  El problema comienza cuando hay mucha producción económica pero las otras dos fuentes del bienestar humano se han vuelto escasas; que es lo que pasa hoy.  
 
- ¿Y  cuáles son las consecuencias de un crecimiento ilimitado o desmedido?

- Hay varios límites, no sólo uno. Hay, por una parte, el punto en que, precisamente, más desarrollo económico no comporta más bienestar, sino menos. El desarrollo tiene siempre costes sociales y ambientales: con él se gana poder adquisitivo pero se pierde calidad en los contactos humanos y se pierden funciones útiles de la naturaleza. Hay más dinero para pagar cuidadores de niños, de ancianos y de perros, consejeros personales, restaurantes y viajes en automóvil a bosques o playas lejanos; pero falta tiempo para disfrutar de los hijos o de una larga y lenta comida con los amigos y amigas (y el aire de la propia ciudad es un asco y las playas próximas una cloaca). Este intercambio es inevitable: para poder dedicar todo el tiempo a ganar más dinero hay que sacrificar los contactos humanos y destruir el medio ambiente. Llega un momento en que las pérdidas superan a los beneficios. Y entonces más crecimiento ya no produce mayor bienestar, sino al contrario. El desarrollo se convierte entonces en una condena. En muchas sociedades ricas, y seguramente también en la nuestra, ese umbral ya ha sido traspasado. El crecimiento es aún posible, pero ya hace años que no es realmente deseable. Lo que ocurre es que nadie sabe cómo parar la máquina sin dar paso al caos, pero está muy claro que esa máquina no nos lleva ya a ninguna parte. En el menos malo de los casos, supone un esfuerzo extenuante para permanecer en el mismo sitio.

- ¿Y los otros límites?

- Otro viene impuesto por la finitud del planeta. Por el hecho de que se agota el petróleo barato, de que la atmósfera ya no puede absorber más dióxido de carbono sin recalentarse en exceso o de que el ritmo de extinción de especies animales y vegetales supera el que se produjo cuando la desaparición de los dinosaurios. Más allá de la capacidad de carga de la Tierra, el crecimiento deja de ser posible y sólo apunta a un colapso económico y demográfico. Aún pasarán diez o quince años antes de que esos efectos sean visibles, pero seguramente se han traspasado ya los límites que los hacen inevitables. En este sentido, la era del desarrollo se ha acabado. Las propuestas interesantes y constructivas no se refieren ya al desarrollo sostenible o cosas así, sino a las diferentes versiones del postdesarrollo, a cómo se podría conseguir que la inevitable cuesta abajo sea más o menos ordenada y próspera.

- Tenemos, entonces, la pérdida de calidad en las relaciones interpersonales y la escasez de los recursos naturales.

- y aún hay otro límite interno, de tipo socioeconómico. Algunos costes ambientales pueden repararse. Pero eso tiene un precio. Por ejemplo, en el País Valenciano la playa y el sol eran bienes libres, gratuitos. Ya no lo son: el muro de cemento en el litoral, el saqueo de los ríos y la construcción de puertos han hecho que la tierra erosionada ya no llegue a las playas y, por eso, hay que gastar dinero cada año para reconstruirlas mediante el transporte artificial de arena. Ni siquiera el sol es del todo gratis, porque el agujero de ozono obliga a gastar dinero en cremas protectoras. Hay miles de ejemplos similares. La parte del PIB que se dedica cada año a compensar costes es cada vez mayor, tan grande o más que la que permite incrementar la satisfacción. En el límite, no hay nada a ganar con el crecimiento: la rueda gira cada vez más deprisa para mantenerse en el mismo sitio (y eso si hay suerte). El resumen: un crecimiento desmedido se vuelve contraproductivo; primero se autocancela y luego se torna destructivo. Estamos más o menos en esa fase histórica, aunque todavía no se perciba a primera vista.  
 
- ¿Ha rebasado este límite el modelo de desarrollo capitalista neoliberal?

- Más que el capitalismo, la civilización industrial ha rebasado ese límite. La huella ecológica mundial es un 20% superior a la capacidad de reposición natural. La emisión de gases de efecto invernadero debería reducirse a entre el 10 y el 20% de sus niveles actuales. La apropiación humana de la fotosíntesis es tan elevada que no queda espacio y alimento para las demás criaturas. Los niveles de riesgo asociados a la proliferación nuclear, a la sopa química en que todos los organismos nos bañamos cada día, a la ingeniería genética y a ciertas formas de la nanotecnología son espeluznantes. Así que, si bien es cierto que algunas sociedades capitalistas, más ricas o “avanzadas” (no sé por qué se dice así, quizás porque han avanzado hasta más cerca del abismo), son punteras en ese camino, no es un problema del modelo económico y político. Más bien de la sociedad industrial, en todas sus modalidades conocidas hasta hoy. No hay que olvidar que el balance ecológico del socialismo del siglo XX ha sido espantoso. Si los países comunistas no destrozaron más el medio ambiente fue por ineficacia económica, no porque no lo hubiesen intentado. Algunos que hoy van de “ecosocialistas” parecen haberse olvidado de ello. Por un lado, el mercado es el mejor dispositivo que conocemos para asignar recursos entre usos alternativos; y estimula la inventiva y la iniciativa del personal. Por otro, es ciego a la escala total del uso de recursos y, por tanto, hay que ponerle límites desde fuera. Hay que regularlo ecológicamente, igual que se acepta que hay que regularlo socialmente. La democracia liberal o pluralista es mejor que los sistemas políticos no democráticos (todos los demás). Culpemos al mercado y al liberalismo de aquello en que tiene culpa, pero no de todo lo que funciona mal bajo la luz del sol. 
 
- ¿Cómo logra esta concepción de desarrollo instalarse tan fuertemente en la cultura occidental y desembarazarse de las consecuencias ecológicas y sociales evidentes? Se dice: “los seres humanos somos una plaga”, pero sin embargo nadie cuestiona los hábitos de vida que el sistema económico fomenta.

Cuidado, se ha instalado en la cultura occidental y en todas las culturas (bueno, digamos que en casi todas). El desarrollo ha sido la gran religión universal de la segunda mitad del siglo XX y la televisión y los refrescos de cola su eucaristía. No está muy claro el significado de esa expresión: “los seres humanos somos una plaga”. Tal vez se refiere a la dinámica demográfica, al paso de mil a seis mil millones de habitantes en poco más de un siglo. ¿Por qué no se acepta que hay que poner freno al crecimiento de la población? Quizá los discursos pronatalistas tienen mucha fuerza: de los obispos, de los marxistas, de los neoliberales, de los empresarios del sector de la reproducción asistida... Pero creo que el problema está en otro sitio: en materia de población, las preferencias colectivas son inconsistentes. Queremos una esperanza de vida alta, porque vivir mucho tiempo es deseable. Queremos una proporción elevada de jóvenes, porque tenemos miedo de que quiebre el sistema de pensiones. Y queremos una demografía más o menos estable,  porque eso de tener muchos hijos es algo propio del subdesarrollo y lo moderno es ‘la parejita'. Pedimos los tres deseos al genio de la historia, pero éste, como todos los genios, nos responde que puede saltarse de vez en cuando las leyes de la física (volar en alfombras y todo eso) pero no puede violar las leyes de la lógica; y que los tres deseos no pueden satisfacerse simultáneamente; sólo dos de ellos. Y como no nos decidimos a sacrificar ninguno de los tres, pues puede pasar cualquier cosa, según sople el viento.

- El sentido de la metáfora se refiere también a la repercusión ecológica del accionar humano.

- Bueno, y somos una plaga porque, además de prolíficos, consumimos como posesos y somos adictos a los juguetitos tecnológicos más costosos y de mayor impacto. No es que no se cuestione todo eso. En realidad, la crítica de los excesos consumistas y de los monstruos tecnológicos es un género literario floreciente. Una especie de subsector parasitario del propio exceso consumista. Pero, como decía Marx de la religión, la denuncia moralista de los excesos del materialismo es el corazón de un mundo sin corazón, pura espuma. Por debajo de esa espuma hay, como usted dice, una concepción del desarrollo fuertemente instalada sobre dos pilares. Uno de ellos es la fe en la ciencia y la tecnología: ¡si tenemos algún problema, ya se inventará algo para solucionarlo! Esta fe está muy arraigada, tiene un arraigo popular, pero además hay legiones de sociólogos y de economistas que la ponen cada día en solfa solemne, analizando los efectos sociales de esta o aquella nueva tecnología, la sociedad de la información o lo que sea. El otro pilar es la fe en la revolución (o en la reforma, que viene a ser lo mismo): si tenemos un problema, una organización social más justa y solidaria se encargará de resolverlo. Estos dos pilares de la religión del progreso están aún en pie. Están algo resquebrajados y muestran fisuras, pero aún se mantienen. ¿Por qué, entonces, habría que criticar los hábitos de vida propios de esa religión?

CAÍDA LIBRE, FIN DEL DESARROLLO

- El consumo ilimitado es la piedra angular del modelo de desarrollo económico occidental, que se alimenta de la asociación directa que el imaginario colectivo entabla entre las mayores posibilidades de comprar y una vida más feliz. ¿Cuáles serían los efectos económicos si se dejara de consumir a los niveles actuales; se abriría una gran recesión con graves repercusiones sociales, como los economistas neoliberales sugieren? 
 
- La sociología-ficción es de mucho riesgo. Le confieso que no me gusta. ¿Qué pasaría si, de repente, dejáramos masivamente de consumir? Bueno, sería un experimento social interesante. Y, con todo lo demás igual, un tanto paradójico. Si consumiésemos menos pero trabajando y ganando lo mismo, entonces ahorraríamos mucho, y el banco usaría esos ahorros en actividades probablemente aún más destructivas que nuestro consumo corriente. Por tanto, para evitar que el remedio fuese peor que la enfermedad, habría que acompañar la reducción del consumo de muchas otras cosas: reducción de la jornada laboral y del salario a cambio de más tiempo libre; uso creativo del tiempo libre con menos consumo (no mucho turismo, pues); banca y fondos de inversión éticos y sostenibles; aumento de la calidad y durabilidad de los productos para compensar su demanda decreciente; reorganización de los espacios y los tiempos de la vida para fomentar la proximidad; etc. ¿Sería una gran recesión y un terrible desorden social? Bueno, quién sabe... Hay en los últimos años un debate teórico que me parece de sumo interés en este sentido. En él, los economistas convencionales, neoliberales o postmarxistas, e incluso los “sostenibilistas” ortodoxos, no tienen mucho que decir. El punto de partida de ese debate es la aceptación de que la era de la expansión económica y demográfica de la sociedad industrial se ha acabado y que estamos en el punto de inflexión, en las proximidades del inicio de la cuesta abajo.  
 
- Imagino que la idea ha generado confrontaciones entre los intelectuales.

- El debate enfrenta a quienes mantienen que la cuesta abajo puede ser próspera con quienes vislumbran un colapso catastrófico. Los primeros mantienen que una reducción de escala hecha de forma ordenada puede llevar a una sociedad más humana, libre de congestión, menos competitiva, con ciudades habitables, con tecnologías accesibles, más rica en tiempo y más creativa. Los segundos atisban un rápido descenso a la garganta de Olduvai, un colapso brusco de la vida civilizada. Bueno, no lo sé, pero está claro que existen alternativas. De hecho, en los últimos años, las utopías están floreciendo tanto como en la primera mitad del XIX. Las hay por todas partes y para todos los gustos. Yo no sé cuál puede ser la alternativa, pero si me plantea la pregunta alguien con aficiones culturales, le diría: bueno, lea, por ejemplo, a Illich, Tainter, Odum, Duncan, Diamond, Ehrlich, Kohr, Esteva, Shiva y Morrison, y luego piense en cómo puede ser esa alternativa. 
 
- En todo caso, ¿se pueden identificar diferentes etapas históricas en los hábitos de consumo? ¿Podemos encontrar en otros tiempos o culturas sistemas económicos más “sanos”?

- Sí, claro, la irrupción del capitalismo de consumo de masas ha sido una mutación histórica gigantesca. Pasolini decía que había sido un cambio antropológico sólo comparable a la primera revolución campesina en la antigüedad, y creo que tenía razón. Por supuesto que tiene pleno sentido hablar de un antes y un después del consumo de masas. Ahora bien, para hablar de formas antiguas más “sanas” hay que tener mucho cuidado. Es claro que pueden encontrarse rasgos culturales inspiradores, valiosos, sugerentes, en muchas culturas tradicionales, comenzando por nuestra propia cultura: Epicuro, los cínicos o Francisco de Asís, por citar sólo unos pocos nombres. Pero no modelos; no hay modelos en el pasado porque no hay regreso posible.

- La satisfacción es algo bastante abstracto y subjetivo y, por tanto, difícil de determinar. De hecho, indicar formas “buenas” o “malas” de consumir implica asumir una postura ética. ¿Eluden los índices que miden el desarrollo o el crecimiento económico de los países este aspecto y se limitan sólo a cuantificar resultados?

- Consumo ético puede referirse a muchas cosas. Al que es ambientalmente sostenible, al que se basa en comercio justo, al que no causa un sufrimiento innecesario a otros seres vivos, etcétera, etcétera. Está bien tener en cuenta todo esto, pero yo no creo mucho en un consumo basado en la conciencia del deber. También cuentan el placer, la belleza, incluso el estatus. Y la cosa se complica mucho más si nos planteamos reglas morales para el consumo en un contexto de escasez: la ética del bote salvavidas es un asunto sombrío. Las medidas económicas corrientes no tienen mucho en cuenta todo eso, pero hay un montón de indicadores alternativos que sí lo hacen: la huella ecológica, el indicador de progreso genuino, la felicidad interior bruta, entre otras. El problema no es si sabemos medirlo de otra manera, que sí que sabemos; el problema es si queremos hacerlo.

- Usted decía que quienes proyectan el devenir de la humanidad sobre la base de las características del sistema económico actual aparecen divididos en dos grupos: unos optimistas y otros pesimistas ¿Podría precisar ambas posturas?

- Más que de pesimistas y optimistas prefiero hablar de ignorantes, creyentes y agnósticos. 
 
· Los ignorantes piensan que no hay problemas ecológicos. 
 
· Los creyentes piensan que los problemas ecológicos podrán resolverse sin cambios sustanciales en nuestra forma de vida. Creen que la transición demográfica culminará antes de que el mundo esté realmente superpoblado y que el crecimiento económico se está volviendo mucho menos intensivo en energía y materiales y mucho menos contaminante, de modo que la riqueza podrá continuar aumentando sin sobrepasar la capacidad de carga del planeta. A todo esto se le llama ahora desarrollo sostenible. 
 
·Los agnósticos sospechan que ya se han traspasado los límites al crecimiento y que hay que prepararse para la cuesta abajo, para una reducción considerable de la población y de la economía. Aceptan que los datos en que basan ese punto de vista pueden ser erróneos, y están dispuestos a revisar sus conclusiones si alguien aporta datos mejores. 
 
Hay optimistas y pesimistas en cada uno de los tres grupos. Entre los agnósticos, los optimistas esperan que la cuesta abajo pueda recorrerse sin costes excesivos, e incluso con alguna ganancia; mientras que los pesimistas mantienen que los seres humanos son incapaces de hacer el descenso de una forma ordenada y pacífica.
 
- ¿Y cuál de estas posturas prefiere usted?

- Yo soy un agnóstico, optimista en tanto que creo que podríamos hacer un descenso ordenado, pero muy pesimista en cuanto a si lo haremos. Muchas veces me dicen que mi punto de vista es pesimista, pero eso me irrita. Busco los mejores datos disponibles y extraigo las conclusiones pertinentes. Si alguien me demuestra que mis datos son erróneos o mi lógica incorrecta, entonces cambio mis conclusiones. ¿Acaso debe hacerse de otra manera?


Entrevista a Ernest García en la revista Teína


El desarrollo ha sido la gran religión universal de la segunda mitad del siglo XX y la televisión y los refrescos de cola su eucaristía», señala en la entrevista con Teína el sociólogo Ernest García, autor de El trampolín fáustico. Ciencia, mito y poder en el desarrollo sostenible.
El término crecimiento o desarrollo se escucha con asiduidad en las bocas de quienes representan a los poderes establecidos, aquellos que sazonan sus discursos con el dogmatismo de la expansión económica, a la que el imaginario común liga directamente y sin discriminaciones con la prosperidad.
Empero, el desarrollo tiene límites claros, y las sociedades industriales que embanderaron y embanderan este concepto los han traspasado claramente. Sólo basta observar los desastres ecológicos y las consecuencias sociales que este sistema de producción, con sus juguetes tecnológicos y su irrefutable fe en la ciencia, ha engendrado, so pretexto quizá de una relación directa entre una mayor productividad y una existencia más feliz.
A Ernest García, profesor de Sociología y Antropología Social de la Universidad de Valencia, no le cabe duda de que «la era del desarrollo se ha acabado», y que lo que ahora viene es un descenso inevitable. Lo importante está en saber si tal caída se hará en forma ordenada o caótica. Él se muestra optimista en cuanto a las posibilidades teóricas, pero sumamente negativo en las prácticas, es decir, en si la humanidad elegirá realmente ese camino.
A este modelo económico (toda una concepción filosófica y cultural de la vida, por otra parte), sus secuelas alarmantes y el devenir de la especie que transita por las vías del consumo poseso y la tecnología de altos costos ecológicos, se refiere en esta entrevista Ernest García.
- La idea del crecimiento permanente impregna el imaginario social y la retórica política. ¿El crecimiento siempre va ligado a un mayor bienestar de la sociedad?
- No siempre; sólo en ciertas fases y hasta un cierto punto. En España, por ejemplo, entre finales de los cincuenta y mediados de los ochenta del siglo pasado. Entonces, el crecimiento permitió a la mayoría de la gente comer más (y en algunos aspectos, mejor), permitió estudiar y tener acceso a medicinas y cuidados médicos, tener una vivienda en condiciones y tener vacaciones, tener luz y agua corriente y hasta caliente. La expansión económica condujo a más bienestar. Bienestar material, claro, pero es que de ése precisamente faltaba mucho. En una sociedad donde la memoria del hambre, de las condiciones terribles de las primeras etapas de la dictadura fascista de Franco, está todavía viva, esa experiencia de mejora generalizada de las condiciones materiales de la existencia, ligada al desarrollo económico, me parece innegable. Todo puede discutirse, claro, pero demasiada gente lo vivió de esa manera y no me parece razonable mantener que se equivocaron.
- Entonces, crecimiento y bienestar social no siempre van de la mano.
- En general, las necesidades humanas se satisfacen con bienes y servicios procedentes de tres fuentes. De la producción económica, distribuida a través del mercado o del estado (muebles, vehículos, lecciones recibidas en la escuela o atención médica en un hospital). Del intercambio no mercantil con otros seres humanos (crianza, afecto, cuidados, identidad, reconocimiento social). Y del medio ambiente natural (agua para beber, aire para respirar, petróleo para quemar). Cuando la primera de esas fuentes es escasa y las otras dos son abundantes, entonces el crecimiento económico contribuye mucho al bienestar, porque permite obtener más de lo que más falta, porque incrementa lo que escasea. Porque el desarrollo es precisamente expansión de la esfera económica a costa de las otras dos.  El problema comienza cuando hay mucha producción económica pero las otras dos fuentes del bienestar humano se han vuelto escasas; que es lo que pasa hoy. 
- ¿Y  cuáles son las consecuencias de un crecimiento ilimitado o desmedido?
- Hay varios límites, no sólo uno. Hay, por una parte, el punto en que, precisamente, más desarrollo económico no comporta más bienestar, sino menos. El desarrollo tiene siempre costes sociales y ambientales: con él se gana poder adquisitivo pero se pierde calidad en los contactos humanos y se pierden funciones útiles de la naturaleza. Hay más dinero para pagar cuidadores de niños, de ancianos y de perros, consejeros personales, restaurantes y viajes en automóvil a bosques o playas lejanos; pero falta tiempo para disfrutar de los hijos o de una larga y lenta comida con los amigos y amigas (y el aire de la propia ciudad es un asco y las playas próximas una cloaca). Este intercambio es inevitable: para poder dedicar todo el tiempo a ganar más dinero hay que sacrificar los contactos humanos y destruir el medio ambiente. Llega un momento en que las pérdidas superan a los beneficios. Y entonces más crecimiento ya no produce mayor bienestar, sino al contrario. El desarrollo se convierte entonces en una condena. En muchas sociedades ricas, y seguramente también en la nuestra, ese umbral ya ha sido traspasado. El crecimiento es aún posible, pero ya hace años que no es realmente deseable. Lo que ocurre es que nadie sabe cómo parar la máquina sin dar paso al caos, pero está muy claro que esa máquina no nos lleva ya a ninguna parte. En el menos malo de los casos, supone un esfuerzo extenuante para permanecer en el mismo sitio.
- ¿Y los otros límites?
- Otro viene impuesto por la finitud del planeta. Por el hecho de que se agota el petróleo barato, de que la atmósfera ya no puede absorber más dióxido de carbono sin recalentarse en exceso o de que el ritmo de extinción de especies animales y vegetales supera el que se produjo cuando la desaparición de los dinosaurios. Más allá de la capacidad de carga de la Tierra, el crecimiento deja de ser posible y sólo apunta a un colapso económico y demográfico. Aún pasarán diez o quince años antes de que esos efectos sean visibles, pero seguramente se han traspasado ya los límites que los hacen inevitables. En este sentido, la era del desarrollo se ha acabado. Las propuestas interesantes y constructivas no se refieren ya al desarrollo sostenible o cosas así, sino a las diferentes versiones del postdesarrollo, a cómo se podría conseguir que la inevitable cuesta abajo sea más o menos ordenada y próspera.
- Tenemos, entonces, la pérdida de calidad en las relaciones interpersonales y la escasez de los recursos naturales.
- y aún hay otro límite interno, de tipo socioeconómico. Algunos costes ambientales pueden repararse. Pero eso tiene un precio. Por ejemplo, en el País Valenciano la playa y el sol eran bienes libres, gratuitos. Ya no lo son: el muro de cemento en el litoral, el saqueo de los ríos y la construcción de puertos han hecho que la tierra erosionada ya no llegue a las playas y, por eso, hay que gastar dinero cada año para reconstruirlas mediante el transporte artificial de arena. Ni siquiera el sol es del todo gratis, porque el agujero de ozono obliga a gastar dinero en cremas protectoras. Hay miles de ejemplos similares. La parte del PIB que se dedica cada año a compensar costes es cada vez mayor, tan grande o más que la que permite incrementar la satisfacción. En el límite, no hay nada a ganar con el crecimiento: la rueda gira cada vez más deprisa para mantenerse en el mismo sitio (y eso si hay suerte). El resumen: un crecimiento desmedido se vuelve contraproductivo; primero se autocancela y luego se torna destructivo. Estamos más o menos en esa fase histórica, aunque todavía no se perciba a primera vista.  
- ¿Ha rebasado este límite el modelo de desarrollo capitalista neoliberal?
- Más que el capitalismo, la civilización industrial ha rebasado ese límite. La huella ecológica mundial es un 20% superior a la capacidad de reposición natural. La emisión de gases de efecto invernadero debería reducirse a entre el 10 y el 20% de sus niveles actuales. La apropiación humana de la fotosíntesis es tan elevada que no queda espacio y alimento para las demás criaturas. Los niveles de riesgo asociados a la proliferación nuclear, a la sopa química en que todos los organismos nos bañamos cada día, a la ingeniería genética y a ciertas formas de la nanotecnología son espeluznantes. Así que, si bien es cierto que algunas sociedades capitalistas, más ricas o “avanzadas” (no sé por qué se dice así, quizás porque han avanzado hasta más cerca del abismo), son punteras en ese camino, no es un problema del modelo económico y político. Más bien de la sociedad industrial, en todas sus modalidades conocidas hasta hoy. No hay que olvidar que el balance ecológico del socialismo del siglo XX ha sido espantoso. Si los países comunistas no destrozaron más el medio ambiente fue por ineficacia económica, no porque no lo hubiesen intentado. Algunos que hoy van de “ecosocialistas” parecen haberse olvidado de ello. Por un lado, el mercado es el mejor dispositivo que conocemos para asignar recursos entre usos alternativos; y estimula la inventiva y la iniciativa del personal. Por otro, es ciego a la escala total del uso de recursos y, por tanto, hay que ponerle límites desde fuera. Hay que regularlo ecológicamente, igual que se acepta que hay que regularlo socialmente. La democracia liberal o pluralista es mejor que los sistemas políticos no democráticos (todos los demás). Culpemos al mercado y al liberalismo de aquello en que tiene culpa, pero no de todo lo que funciona mal bajo la luz del sol.
- ¿Cómo logra esta concepción de desarrollo instalarse tan fuertemente en la cultura occidental y desembarazarse de las consecuencias ecológicas y sociales evidentes? Se dice: “los seres humanos somos una plaga”, pero sin embargo nadie cuestiona los hábitos de vida que el sistema económico fomenta.
Cuidado, se ha instalado en la cultura occidental y en todas las culturas (bueno, digamos que en casi todas). El desarrollo ha sido la gran religión universal de la segunda mitad del siglo XX y la televisión y los refrescos de cola su eucaristía. No está muy claro el significado de esa expresión: “los seres humanos somos una plaga”. Tal vez se refiere a la dinámica demográfica, al paso de mil a seis mil millones de habitantes en poco más de un siglo. ¿Por qué no se acepta que hay que poner freno al crecimiento de la población? Quizá los discursos pronatalistas tienen mucha fuerza: de los obispos, de los marxistas, de los neoliberales, de los empresarios del sector de la reproducción asistida... Pero creo que el problema está en otro sitio: en materia de población, las preferencias colectivas son inconsistentes. Queremos una esperanza de vida alta, porque vivir mucho tiempo es deseable. Queremos una proporción elevada de jóvenes, porque tenemos miedo de que quiebre el sistema de pensiones. Y queremos una demografía más o menos estable,  porque eso de tener muchos hijos es algo propio del subdesarrollo y lo moderno es ‘la parejita'. Pedimos los tres deseos al genio de la historia, pero éste, como todos los genios, nos responde que puede saltarse de vez en cuando las leyes de la física (volar en alfombras y todo eso) pero no puede violar las leyes de la lógica; y que los tres deseos no pueden satisfacerse simultáneamente; sólo dos de ellos. Y como no nos decidimos a sacrificar ninguno de los tres, pues puede pasar cualquier cosa, según sople el viento.
- El sentido de la metáfora se refiere también a la repercusión ecológica del accionar humano.
- Bueno, y somos una plaga porque, además de prolíficos, consumimos como posesos y somos adictos a los juguetitos tecnológicos más costosos y de mayor impacto. No es que no se cuestione todo eso. En realidad, la crítica de los excesos consumistas y de los monstruos tecnológicos es un género literario floreciente. Una especie de subsector parasitario del propio exceso consumista. Pero, como decía Marx de la religión, la denuncia moralista de los excesos del materialismo es el corazón de un mundo sin corazón, pura espuma. Por debajo de esa espuma hay, como usted dice, una concepción del desarrollo fuertemente instalada sobre dos pilares. Uno de ellos es la fe en la ciencia y la tecnología: ¡si tenemos algún problema, ya se inventará algo para solucionarlo! Esta fe está muy arraigada, tiene un arraigo popular, pero además hay legiones de sociólogos y de economistas que la ponen cada día en solfa solemne, analizando los efectos sociales de esta o aquella nueva tecnología, la sociedad de la información o lo que sea. El otro pilar es la fe en la revolución (o en la reforma, que viene a ser lo mismo): si tenemos un problema, una organización social más justa y solidaria se encargará de resolverlo. Estos dos pilares de la religión del progreso están aún en pie. Están algo resquebrajados y muestran fisuras, pero aún se mantienen. ¿Por qué, entonces, habría que criticar los hábitos de vida propios de esa religión?
CAÍDA LIBRE, FIN DEL DESARROLLO
- El consumo ilimitado es la piedra angular del modelo de desarrollo económico occidental, que se alimenta de la asociación directa que el imaginario colectivo entabla entre las mayores posibilidades de comprar y una vida más feliz. ¿Cuáles serían los efectos económicos si se dejara de consumir a los niveles actuales; se abriría una gran recesión con graves repercusiones sociales, como los economistas neoliberales sugieren?
- La sociología-ficción es de mucho riesgo. Le confieso que no me gusta. ¿Qué pasaría si, de repente, dejáramos masivamente de consumir? Bueno, sería un experimento social interesante. Y, con todo lo demás igual, un tanto paradójico. Si consumiésemos menos pero trabajando y ganando lo mismo, entonces ahorraríamos mucho, y el banco usaría esos ahorros en actividades probablemente aún más destructivas que nuestro consumo corriente. Por tanto, para evitar que el remedio fuese peor que la enfermedad, habría que acompañar la reducción del consumo de muchas otras cosas: reducción de la jornada laboral y del salario a cambio de más tiempo libre; uso creativo del tiempo libre con menos consumo (no mucho turismo, pues); banca y fondos de inversión éticos y sostenibles; aumento de la calidad y durabilidad de los productos para compensar su demanda decreciente; reorganización de los espacios y los tiempos de la vida para fomentar la proximidad; etc. ¿Sería una gran recesión y un terrible desorden social? Bueno, quién sabe... Hay en los últimos años un debate teórico que me parece de sumo interés en este sentido. En él, los economistas convencionales, neoliberales o postmarxistas, e incluso los “sostenibilistas” ortodoxos, no tienen mucho que decir. El punto de partida de ese debate es la aceptación de que la era de la expansión económica y demográfica de la sociedad industrial se ha acabado y que estamos en el punto de inflexión, en las proximidades del inicio de la cuesta abajo. 
- Imagino que la idea ha generado confrontaciones entre los intelectuales.
- El debate enfrenta a quienes mantienen que la cuesta abajo puede ser próspera con quienes vislumbran un colapso catastrófico. Los primeros mantienen que una reducción de escala hecha de forma ordenada puede llevar a una sociedad más humana, libre de congestión, menos competitiva, con ciudades habitables, con tecnologías accesibles, más rica en tiempo y más creativa. Los segundos atisban un rápido descenso a la garganta de Olduvai, un colapso brusco de la vida civilizada. Bueno, no lo sé, pero está claro que existen alternativas. De hecho, en los últimos años, las utopías están floreciendo tanto como en la primera mitad del XIX. Las hay por todas partes y para todos los gustos. Yo no sé cuál puede ser la alternativa, pero si me plantea la pregunta alguien con aficiones culturales, le diría: bueno, lea, por ejemplo, a Illich, Tainter, Odum, Duncan, Diamond, Ehrlich, Kohr, Esteva, Shiva y Morrison, y luego piense en cómo puede ser esa alternativa.
- En todo caso, ¿se pueden identificar diferentes etapas históricas en los hábitos de consumo? ¿Podemos encontrar en otros tiempos o culturas sistemas económicos más “sanos”?
- Sí, claro, la irrupción del capitalismo de consumo de masas ha sido una mutación histórica gigantesca. Pasolini decía que había sido un cambio antropológico sólo comparable a la primera revolución campesina en la antigüedad, y creo que tenía razón. Por supuesto que tiene pleno sentido hablar de un antes y un después del consumo de masas. Ahora bien, para hablar de formas antiguas más “sanas” hay que tener mucho cuidado. Es claro que pueden encontrarse rasgos culturales inspiradores, valiosos, sugerentes, en muchas culturas tradicionales, comenzando por nuestra propia cultura: Epicuro, los cínicos o Francisco de Asís, por citar sólo unos pocos nombres. Pero no modelos; no hay modelos en el pasado porque no hay regreso posible.
- La satisfacción es algo bastante abstracto y subjetivo y, por tanto, difícil de determinar. De hecho, indicar formas “buenas” o “malas” de consumir implica asumir una postura ética. ¿Eluden los índices que miden el desarrollo o el crecimiento económico de los países este aspecto y se limitan sólo a cuantificar resultados?
- Consumo ético puede referirse a muchas cosas. Al que es ambientalmente sostenible, al que se basa en comercio justo, al que no causa un sufrimiento innecesario a otros seres vivos, etcétera, etcétera. Está bien tener en cuenta todo esto, pero yo no creo mucho en un consumo basado en la conciencia del deber. También cuentan el placer, la belleza, incluso el estatus. Y la cosa se complica mucho más si nos planteamos reglas morales para el consumo en un contexto de escasez: la ética del bote salvavidas es un asunto sombrío. Las medidas económicas corrientes no tienen mucho en cuenta todo eso, pero hay un montón de indicadores alternativos que sí lo hacen: la huella ecológica, el indicador de progreso genuino, la felicidad interior bruta, entre otras. El problema no es si sabemos medirlo de otra manera, que sí que sabemos; el problema es si queremos hacerlo.
- Usted decía que quienes proyectan el devenir de la humanidad sobre la base de las características del sistema económico actual aparecen divididos en dos grupos: unos optimistas y otros pesimistas ¿Podría precisar ambas posturas?
- Más que de pesimistas y optimistas prefiero hablar de ignorantes, creyentes y agnósticos.
· Los ignorantes piensan que no hay problemas ecológicos.
· Los creyentes piensan que los problemas ecológicos podrán resolverse sin cambios sustanciales en nuestra forma de vida. Creen que la transición demográfica culminará antes de que el mundo esté realmente superpoblado y que el crecimiento económico se está volviendo mucho menos intensivo en energía y materiales y mucho menos contaminante, de modo que la riqueza podrá continuar aumentando sin sobrepasar la capacidad de carga del planeta. A todo esto se le llama ahora desarrollo sostenible.
·Los agnósticos sospechan que ya se han traspasado los límites al crecimiento y que hay que prepararse para la cuesta abajo, para una reducción considerable de la población y de la economía. Aceptan que los datos en que basan ese punto de vista pueden ser erróneos, y están dispuestos a revisar sus conclusiones si alguien aporta datos mejores.
Hay optimistas y pesimistas en cada uno de los tres grupos. Entre los agnósticos, los optimistas esperan que la cuesta abajo pueda recorrerse sin costes excesivos, e incluso con alguna ganancia; mientras que los pesimistas mantienen que los seres humanos son incapaces de hacer el descenso de una forma ordenada y pacífica.
- ¿Y cuál de estas posturas prefiere usted?
- Yo soy un agnóstico, optimista en tanto que creo que podríamos hacer un descenso ordenado, pero muy pesimista en cuanto a si lo haremos. Muchas veces me dicen que mi punto de vista es pesimista, pero eso me irrita. Busco los mejores datos disponibles y extraigo las conclusiones pertinentes. Si alguien me demuestra que mis datos son erróneos o mi lógica incorrecta, entonces cambio mis conclusiones. ¿Acaso debe hacerse de otra manera?
- See more at: http://www.revistateina.es/teina/web/teina8/dos5.htm#sthash.6t0OgwKL.dpuf



El desarrollo económico tiene sus límites, como por ejemplo, la finitud de los recursos naturales. Sin embargo, las sociedades industriales los han rebasado y ya se comienza a hablar de una «cuesta abajo» inevitable en la producción económica. La cuestión está en si ese descenso se hará de manera ordenada y próspera o si, por el contrario, dará paso al caos. - See more at: http://www.revistateina.es/teina/web/teina8/dos5.htm#sthash.6t0OgwKL.dpuf

El decrecimiento como solución a la crisis


"Como sostenía Antonio Gamsci, hay que temperar el pesimismo de la razón con el optimismo de la voluntad. Si vemos las cosas racionalmente es terrible lo que está pasando. Pero, por ejemplo, en Bolivia o con la nueva constitución de Ecuador la naturaleza se vuelve sujeto de derecho, es decir, vemos que las cosas sí pueden cambiarse. 

Estoy reescribiendo un libro que me hubiera gustadollamarlo el tao del decrecimiento, justo debido a que la ética es la vía del decrecimiento. Lo es a través de una doble vía: como ética personal y proyecto político. Me gustaba la idea de Iván Illich acerca de practicar el tecno-ayuno. Es cuestión de limitarnos, como los cristianos que se limitan el viernes a no comer algunas cosas. Es decir, voy a seguir teniendo computadora pero me niego a tener celular, decidí ya no tener televisión porque es uno de los mejores medios de intoxicación mental. Pero no se trata solamente de cambiar el comportamiento, se trata de una limpieza de vida y de un aseo mental, sin embargo, aunque la dimensión ética es muy importante, el decrecimiento también es un proyecto político de transformación de la sociedad. 

Para realizar este proyecto vamos a necesitar técnicas y ciencias. Impulsando que la ciencia prometeica occidental, esta ciencia agresiva contra la naturaleza, asuma el paso hacia una ciencia que observe la naturaleza y trate de reducir nuestra huella ecológica. Por ejemplo, el uso intensivo de la bicicleta es muy moderno, pero es una invención convivial. También la máquina de coser fue una invención convivial porque Singer, aunque era un capitalista, lo hizo por amor a su mujer, es una máquina que fue hecha por amor.

No es lo mismo que una invención como los organismos genéticamente modificados, que son concebidos para generar ganancias. Tenemos que centrarnos en técnicas que no sean propuestas por las grandes trasnacionales, más ahora que hasta las universidades están en manos de las trasnacionales. Se requieren investigaciones democráticas, ya que, no todos tenemos la posibilidad de hacer investigación. En Francia, se abandonaron las investigaciones en agrobiología, porque, supuestamente, no eran rentables. Tenemos que decidir si queremos desarrollar la medicina, inventando nuevas moléculas químicas, o si preferimos prevenir, que la gente coma mejor, se comporte mejor y no se vuelva obesa. Se necesitan nuevas ciencias, nuevas investigaciones. Es importante aclarar: no se trata de volver al pasado.

Lo que tenemos que retomar del pasado es la idea de una sociedad sobria, más humana, en armonía con la naturaleza. Pero, esto es fundamental, con técnicas mejoradas, en particular en la agroecología y en el agroforestal. Además, están los servicios. Mientras en la economía de los servicios actuales éstos son inmateriales, pero requieren desgraciadamente una base material, sobre todo cuando se trata de servicios mercantiles; en el proyecto del decrecimiento se propone desarrollar los servicios no mercantiles, como la amistad o el saber, cuando el servicio no está patentado. Imagínense que Arquímedes hubiera patentado su teorema, tendríamos que pagar cada vez que lo usáramos.

Ahora ustedes pueden utilizar ese teorema, en cambio una herramienta informática desarrollada por Billy Gates no se puede usar sin pagar derechos. Precisamente, en el proyecto del decrecimiento ya no vamos a consumir varios gatges que se van a ir a la basura. Vamos a tener para toda la vida una sola computadora, la vamos a reparar y reciclar. Ya no vamos a tener tantos libros; vamos a tener –como decimos en francés– menos bienes pero más vínculos.

Para los que dicen que el calentamiento global es una mentira, si lo fuera Copenhague no hubiera sido un fiasco. Hugo Chávez había leído algo en las paredes de Copenhague y lo retomó en su discurso ante los jefes de Estado, fue extraordinario. Dijo: “si el clima fuera un
banco, hace mucho que ya lo habrían salvado”. El calentamiento global es desgraciadamente una realidad. El IPCC (Inter-Governmental Panel on Climate Change o Panel Intergubernamental del Cambio Climático) de la ONU, que agrupa a 300 mil científicos del mundo, ha demostrado que el mecanismo del calentamiento global existe.

De lo que estamos seguros, desgraciadamente, es que, si incluso detuviéramos todo el consumo de aquí hasta el final del siglo, ya estamos condenados a dos grados de aumento de la temperatura mundial. Podría decirse que dos grados no es nada, pero se van a producir miles de refugiados debido a los desastres. Los africanos no lo podrán soportar, van a tratar de emigrar, qué van a hacer con millones de gente de Bangladesh que ya no tendrán posibilidad de producir con sus tierras y perderán incluso posibilidades de sobrevivir. ¿Los van a meter a un campo de concentración? 

Para evitar la catástrofe, que ahora ya no es evitable, lo que necesitamos hacer es limitar la catástrofe y manejarla"

Soberanía alimentaria, mujer y decrecimiento

La situación actual

grupos-consumo
El crecimiento económico se ha querido vincular a una mayor justicia social y distribución de la riqueza, sin embargo, es claro que dicho crecimiento no ha tenido estas consecuencias positivas de forma generalizada; la industrialización de la actividad agraria ha sido impulsada por medio de la denominada Revolución Verde, caracterizada por un paquete tecnológico igual para todo el planeta, compuesto por pesticidas y fertilizantes químicos, semillas híbridas (y frecuentemente transgénicas), regadíos masivos, una fuerte mecanización y uso de combustibles fósiles. Desde mediados del siglo XX, la Revolución Verde prometió acabar con el hambre en el mundo, combinando la tecnología de la producción agraria, con su mercantilización y la globalización de los canales de comercialización agroalimentarios.

El resultado ha sido que la inseguridad alimentaria afecta a media humanidad: más de mil millones de personas con subnutrición crónica y casi dos mil millones enfermas de obesidad, diabetes, estreñimiento, cardiopatías, etc. Millones de muertos anuales por desnutrición y carencia de agua potable, pero también por una alimentación que provoca enfermedades (exceso de grasas, proteínas de origen animal, productos químicos, sal y azúcar refinada). 

El hambre, la falta de seguridad alimentaria, es algo crónico, continuo, un hecho cotidiano en la vida de millones de personas; la principal razón de este hecho es que las personas no pueden cultivar o comprar suficientes alimentos. En un pueblo, puede haber personas que pasen hambre aunque el mercado rebose de alimentos. 

La inseguridad alimentaria se ve agravada por la pobreza de los suelos, puesto que las tierras más fértiles son utilizadas para productos de exportación, y la erosión degrada las tierras cultivables debido a la tala indiscriminada de árboles, la escasa rotación de cultivos, la escasez de abono y el avance de la desertización. Los negocios expansionistas, incluidas las multinacionales, que explotan grandes fincas de monocultivo empujan a los campesinos fuera de sus tierras y hacia las ciudades.

Con la llegada de la crisis energética, el precio de los combustibles subirá de precio y será más rentable la utilización de los combustibles solares (soja, maíz, palma, remolacha, colza, girasol…). Su uso generalizado provocará una competencia con la producción de alimentos y otros productos necesarios, (madera, etc.). En la lógica de mercado se llevaría el producto quien más pagara por él. 

La gente que posee coches tiene más dinero que la gente que se está muriendo de hambre. En una competición entre su demanda de combustible y la demanda de alimentos de los pobres, los conductores ganarían siempre. Algo parecido ya está sucediendo, el aumento global de la producción vegetal se utiliza para alimentación animal: la cabaña ganadera mundial se ha quintuplicado desde 1950. La razón es que los que toman carne y productos lácteos tienen más poder adquisitivo que los que compran solamente alimentos para la subsistencia.

La soberanía alimentaria

Ante la actual crisis alimentaria y ecológica, los países ricos y los organismos internacionales vuelven a proponer como solución el aumento de la producción y el fomento del paquete tecnológico que incorpora las semillas transgénicas y garantiza a las mismas multinacionales un incremento del consumo de agroquímicos.

Frente a esta propuesta, construida alrededor del concepto de seguridad alimentaria. la soberanía alimentaria se ha convertido en estandarte de diversas organizaciones y movimientos sociales como estrategia frente a la noción dominante de desarrollo. 

Las alternativas que reivindican la soberanía alimentaria, reclaman la capacidad de decidir, sobre lo que se cultiva y lo que se come. Una alternativa que debe ser necesariamente feminista y apostar por la igualdad de derechos, reivindicando el acceso a los medios de producción de los alimentos (tierra, agua y semillas) en igualdad de condiciones, tanto para hombres como para mujeres.

La agricultura es una forma de vida que obedece a una profunda necesidad humana, que genera trabajos y estimula la economía, contribuyendo a la conservación del medio ambiente. La comida es el bien que nos mantiene vivos. La falta de comida acarrea dolor, sufrimiento, enfermedad y muerte.

De este modo, se lanza el debate más allá de lo agropecuario, incorporando los aspectos culturales y, sobre todo, el cuestionamiento de la base misma del sistema capitalista. La soberanía alimentaria, en resumen, cuestiona el actual modelo agroalimentario y la pérdida de control de la población sobre el mismo, al tiempo que propone los canales cortos de comercialización y las producciones ecológicas como alternativas de sustentabilidad social y ecológica.

Mujer

Al recuperar el interés por lo que comemos, de dónde viene, cómo ha sido producido… damos valor, de nuevo, a algo tan esencial como la agricultura y la alimentación. La compra de la comida y la cocina en casa sigue siendo, en buena medida, territorio de mujeres.

Un trabajo, a menudo, ni reconocido ni valorado, pero imprescindible, que sostiene el trabajo productivo, que sí valora el capital. Señalar su importancia, hacer que cuente, y dejar claro que es responsabilidad de todas y todos es el primer paso para empezar a cambiar las cosas y hacer que nuestras vidas sean más justas, sanas y, en definitiva, vivibles.

El desprecio hacia la mujer campesina que proporciona los comestibles del mundo de los países pobres, y son responsables también del procesamiento y comercialización de la cosecha, el limitado acceso de las campesinas a los recursos productivos y su restringido papel en la toma de decisiones económicas y políticas favorece la pobreza.

El trabajo de cuidados realizado por las mujeres es la primera víctima de la inseguridad alimentaria. Somos las primeras en sufrir los daños de la desnutrición, las enfermedades alimentarias y el deterioro del medio ambiente sobre los niños y niñas enfermos. La desigual condición de hombres y mujeres se agudiza en los países empobrecidos, las clases trabajadoras y los colectivos marginados.
No hay soberanía alimentaria sin la autodeterminación de los pueblos y las mujeres para conseguir este derecho. El capitalismo no ha inventado la separación de la esfera pública (mercado) y la privada (hogar), pero se beneficia de ella y la lleva hasta sus últimas consecuencias. Esta separación implica una dualidad de tareas y funciones hombre/mujer y la subordinación de las mujeres a los hombres, independientemente de su posición social.

La desigualdad de las mujeres respecto a los hombres, anterior al capitalismo, le es funcional. Los cuidados en el espacio doméstico contribuyen a la producción de mercancías con un coste económico oculto. La economía externaliza ese coste que es asumido por las mujeres. Ninguna mujer puede reclamar a la sociedad el trabajo realizado en el ámbito doméstico. Tampoco puede abandonar esas tareas sin que caiga sobre ella la culpa, aunque la mayoría de los hombres lo hacen y no pasa nada.

La amenaza para la vida en el planeta nos interpela a las mujeres. La lucha por la supervivencia requiere enfrentarse a las multinacionales y sus políticos a sueldo. Pero también, impulsar acontecimientos económicos, asociativos y culturales en defensa de la vida, la naturaleza y la soberanía alimentaria. 

Debemos poner en primer plano las necesidades fundamentales: alimento, cuidados, afecto, salud, educación, vivienda, trabajo digno, cooperación, cultura y participación. Aprender de las mujeres campesinas una concepción de la supervivencia más austera en el consumo y más rica en las necesidades básicas económicas, sociales y afectivas. Atravesar la lucha feminista con la lucha por la seguridad y la soberanía alimentaria, la defensa de un consumo responsable agroecológico y el fin de la subordinación de las mujeres respecto a los hombres. Denunciar los abusos de las multinacionales y educarnos en una cultura alimentaria que nos defienda de la publicidad engañosa tomando la seguridad alimentaria en nuestras propias manos.

«La conclusión es obvia, la agricultura desempeñada por las mujeres ha sido siempre en primer lugar para producir alimentos, no para generar beneficios» -como explica Isabel Lisa. Viejas realidades para reforzar el lema acuñado desde la Soberanía Alimentaria, ‘los alimentos no son una mercancía’.

Decrecimiento

Los mercados locales nos acercan hacia la relocalización de las economías y de los flujos de los medios de producción y los bienes de consumo, frente a la pérdida de control por parte de las comunidades locales que ha provocado la globalización agroalimentaria. Los beneficios ambientales asociados a la reducción de las distancias de transporte son directos: disminuir el consumo de petróleo, frenar la construcción de infraestructuras de transporte de alta capacidad, etc. También se hacen innecesarios los embalajes excesivos, que sólo encuentran su sentido al convertir en duradero y atractivo a un producto anónimo que se consume por igual en cualquier parte del planeta. Y de forma inversa, al reducir la escala del consumo, se hace posible el reaprovechamiento de los residuos y cerrar en mayor medida los ciclos ecológicos.

La eliminación de intermediarios en los circuitos económicos reduce ineficiencias en la distribución e incrementos innecesarios en los precios. La relación directa entre producción y consumo, dentro de una misma comunidad percibida mutuamente, nos protege de un sistema global de precios que oculta externalidades sociales y ecológicas de la circulación de las mercancías, y permite además el establecimiento de procesos sociales de valorización de los bienes y servicios, que recuperan así su valor de uso para una comunidad concreta.

La defensa de la agroecología que se define como el “manejo ecológico de los recursos naturales a través de formas de acción social colectiva que presentan alternativas al actual modelo de manejo industrial de los recursos naturales mediante propuestas, surgidas de su potencial endógeno, que pretenden un desarrollo alternativo desde los ámbitos de la producción y la circulación alternativa de sus productos, intentando establecer formas de producción y consumo que contribuyan a encarar la crisis ecológica y social, y con ello a enfrentarse al neoliberalismo y a la globalización económica”

El Decrecimiento apuesta por una vuelta a lo pequeño y a lo simple, a aquellas herramientas y técnicas adaptadas a las necesidades de uso, fáciles de entender, intercambiables y modificables. Una vez más, se trata de romper las cadenas que nos atan a un mundo auto-destructivo e incapaz de satisfacer las verdaderas necesidades de todxs re-adaptando nuestras herramientas de manera que podamos utilizarlas y dejar de usarlas a voluntad, frente a la obligación constante de servirnos de los productos del desarrollo: aviones, televisión, electricidad, carreteras, alimentos importados, móviles, sistema educativo, medicamentos…

Habría que tener muy clara la percepción de que el tiempo no es simplemente un contenedor anónimo y abstracto, sino también tiempo vivido, y como tal emanación de la persona, vinculado a su salud y etapas vitales. La actividad de los individuos se inscribe en este marco, por lo que habría que repensar las formas sociales de cesión del tiempo propio para garantizar las tareas colectivas y el sostenimiento personal y familiar. Una renta básica universal permite reconocer un valor intrínseco al hecho de ser persona y desvincular una parte de la capacidad adquisitiva de la actividad “asalariada”. El tiempo necesario para la reproducción y el mantenimiento de la vida, o la participación en los asuntos colectivos recibiría de esta manera una ayuda concreta para reservarlo. También se evitan los mecanismos perversos del mercado laboral, donde la abundancia de mano de obra modifica a la baja tanto la remuneración del trabajo como sus garantías.

La tierra puede ser vista como una superficie generatriz que nos da hospitalidad, con la cual dialogamos al interno de un proceso de reciprocidad e interdependencia, que se funde como proceso natural en la agricultura y tiene como escenario global la biosfera.

La defensa de la propiedad comunitaria a la propiedad individual, comunidades campesinas que compran y venden poco, que no tienen cuentas en el banco, ni tarjetas de crédito, son números inútiles para las cuentas del gran capital.

En cualquier caso, a partir de un análisis de la economía desde la óptica del decrecimiento, la actividad agropecuaria aparece como una de las pocas actividades económicas imprescindibles para las sociedades humanas. Esta idea nos debe llevar a un análisis crítico de la estructura macroeconómica de nuestras sociedades.

Antonio García Salinero, publicado en Ssociólogos