Francisco Ochoa Casariego -
La ciudad viva
La ciudad se ha convertido a lo largo de los últimos 30 años en un
elemento clave para comprender las dinámicas de crecimiento económico
impulsadas por la globalización y es, a su vez, el escenario principal
donde se pueden ver las consecuencias sociales de dicho modelo
económico. No son pocas las investigaciones que centran su estudio en el
papel clave que desempeña la ciudad dentro de la globalización
económica. Cada autor ha ido definiendo el protagonismo de las ciudades:
ciudad mundial (Friedmann y Wolff), ciudad global (Sassen) o ciudad
multiplicada (Muñoz, 2008). Estas definiciones se centran en la
capacidad de las ciudades para concentrar sectores económicos
estratégicos que permiten la organización y control de la economía
global.
En todas estas definiciones la ciudad queda ubicada en el centro
neurálgico del proceso globalizador convirtiéndose de esta manera en el
actor principal dejando atrás al Estado como unidad de análisis. Neil
Brenner (2003) analiza muy bien el re-escalamiento del Estado en el que,
según él, no ha perdido poder sino que adquiere un papel diferenciado
frente a la ciudad que se convierte en el nodo de acumulación de
capital. De este modo, el capitalismo se orienta a las ciudades pues los
estados ya no suponen un nivel de diferenciación territorial suficiente
(Harvey).
Por lo tanto la globalización ha ido reconfigurando los paradigmas
clásicos de los actores internacionales colocando a las ciudades en un
papel protagonista. En un momento en el que predominan los entes difusos
del capitalismo como son la propia globalización, los mercados o el
sistema financiero, las ciudades territorializan el modelo capitalista
globalizador y son los lugares donde mejor se puede analizar el
desarrollo del neoliberalismo y sus impactos sociespaciales. Dichas
consecuencias se materializan en la profundización de la desigualdad, la
polarización social y la segregación espacial sustentada en los modelos
de movilidad, de hábitat y de ordenación del territorio.
Bajando del modelo teórico a la práctica, es fácil distinguir que la
ciudad ha ido creciendo de manera ilimitada reproduciendo uno de los
dogmas del modelo económico dominante, a mayor crecimiento, mayor
bienestar. Nos ubicamos, de esta manera, en la ciudad como espacio de
reproducción del capitalismo. Se ha llegado al colapso de un modelo
basado en el crecimiento sin límite que parece estar estancado sin saber
muy bien hacia dónde ir. Reproducir la misma estructura de crecimiento
supondría chocarse, más temprano que tarde, con los límites biológicos
del planeta y con futuras y previsibles crisis.
Con este escenario de fondo esconveniente tener en cuenta teorías que
llevan años gestándose y cuando todo parece ir bien nadie escucha y son
acusadas de apocalípticas pero en momentos de búsqueda de explicaciones
y alternativas se mira hacia ellas con cautela y curiosidad. El
decrecimiento es una teoría que lleva años anunciando el fin de ciclo al
que ahora hemos llegado. No es una teoría oportunista que aparece como
una tabla de salvación sino que lleva años avisando de los excesos del
modelo económico y sus consecuencias irreversibles.
El decrecimiento surge de analizar la realidad existente que se ha
centrado en producir, consumir y crecer. El pensamiento decrecentista
cuestiona de raíz el modelo actual tanto en lo económico como en los
valores asociados al modo de vida actual.
En el ámbito económico cuestiona, en primer lugar, el dogma que ha perdurado durante muchos años que establecía que el
crecimiento económico era fuente de bienestar social.
A menudo este mito se ha extendido como realidad al observar que
nuestro entorno crecía, había empleo, miles de viviendas brotaban del
suelo, aumentaba la producción de coches para las nuevas carreteras, se
acrecentaba el consumo generalizado, años felices en resumen. Este dogma
asocia el bienestar a la sobreacumulación, al
siempre más
estableciendo un muro insalvable entre el objeto o bien que se consume y
el origen del mismo. Manido ejemplo es el de la industria textil y las
fábricas esclavas de donde procede la ropa que vestimos. Pero muchos son
los ejemplos, que además de atentar contra la dignidad y los derechos
humanos (en nombre del crecimiento económico), atentan contra el futuro
de manera irreversible al expoliar las materias primas que tenemos al
alcance de la mano sin tener en cuenta su capacidad de regeneración y el
disfrute de las mismas por generaciones venideras. La idea dominante
del sistema económico actual es hacernos creer que crecer es sinónimo de
más. Este reduccionismo que vincula el crecimiento a parámetros
meramente económicos ha calado hondo en la sociedad. ¿Es sensato
celebrar el crecimiento económico a costa de destruir el entorno
natural? A generalizar esta idea han contribuido los
indicadores
que se han utilizado para comprobar el desarrollo y crecimiento de un
país o ciudad. El PIB, la balanza comercial, el consumo energético,
entre otros, han servido para decir que un territorio estaba más o menos
desarrollado o había crecido en mayor o menor medida. Son ilustrativas
las palabras de Carlos Taibo para señalar la paradoja de estos
indicadores, “cuando destruimos un medio natural y hacemos que sea,
entonces, más escaso, pareciera como si estuviésemos creciendo
venturosamente; cuando, por el contrario, procuramos preservar ese
elemento natural y nos empeñamos en garantizar sutiles equilibrios
medioambientales y, con ellos, los derechos de las generaciones
venideras, ello no tiene, en cambio, ningún reflejo en el PIB”
Que esta idea haya calado sobremanera en la sociedad puede ser
considerado como una gran victoria del modelo económico dominante en el
terreno del imaginario colectivo. Es complicado romper esa asociación
inconsciente entre lo económico y el crecimiento. Si a esto sumamos que
el hiper consumismo se ha convertido en el estilo de vida dominante
vemos como el sistema económico actual ha triunfado en la expansión de
valores asociados al consumo y en el imaginario colectivo que vincula lo
positivo, el avance, lo bueno, a lo económico. La palabra
decrecimiento, como señalan algunos de sus teóricos (1), tal vez no sea
la más afortunada pero tiene ese toque efectista y provocador. El oído
salta alarmado al escuchar esa palabra que apuesta por ir en sentido
contrario al que hemos estado yendo en las últimas décadas. Es chocante
el concepto porque intenta romper una asociación de ideas muy extendida
basada en la productividad y el consumo. El uso del lenguaje es lo que
define las ideas, por lo tanto, la lucha en el terreno del lenguaje es
clave.
En la esfera de los valores el decrecimiento también ha centrado el
foco crítico. Frente al afán acumulador, individualismo, egoísmo e
indiferencia que están presentes día a día en las relaciones sociales,
el decrecimiento apuesta por implantar una serie de
erres.
Revaluar, reconceptualizar, reestructurar, relocalizar, reducir y
reutilizar (2) son algunas de las propuestas de transformación de la
sociedad que plantea. Apostar por valores que apuestan por lo colectivo,
generar cambios semánticos y de imaginarios, apostar por el cambio de
estructuras productivas y relacionales ligadas al cambio de valores,
adaptar la escala actual a lo local y al ser humano, disminuir nuestro
impacto en la naturaleza y el consumo son un breve, muy breve,
desarrollo de las
erres mencionadas. La conjugación de estas
propuestas formarían lo que Latouche ha denominado como “círculo
virtuoso” que, si se desarrolla, nos encaminaría a un periodo de
transición entre el modelo actual en fase de colapso y un nuevo modelo
basado en el respeto de lo común y una mentalidad colectiva en la que se
pensaría una forma diferente de producir y de consumir como decía André
Gorz.
Es necesario intentar acercarse al decrecimiento desde una
perspectiva urbana, porque es en la ciudad donde el sistema económico
actual llega a su máximo exponente y porque en pocos años las ciudades
ya albergaran más habitantes que el medio rural según diversos estudios.
En la esfera de los valores las ciudades se han convertido en las
abanderadas del individualismo, la velocidad y la incomunicación. Es por
tanto una obligación acercar las teorías decrecentistas al medio urbano
que está creciendo ilimitadamente, como pretende el capitalismo.
La ciudad, como espacio de consolidación del capitalismo, se ha visto
transformada al ritmo del crecimiento económico generando grandes
extensiones de continuidad urbana, carreteras para conectar esta
metropolitanización y se ha consolidado la segregación especial entre
centro y periferia. Por otro lado, el medio urbano se ha convertido en
el nicho perfecto para el desarrollo del principal de los tres pilares
que sustentan el sistema económico actual. Estos tres pilares, a saber,
crédito fluido, publicidad y obsolescencia planificada, hacen que el
capitalismo y su cultura asociada al consumo, se haya extendido de
manera casi viral. Es impensable pensar la ciudad actual sin publicidad.
Esta lacra invasora del espacio público ha encontrado en la ciudad y
sus espacios comunes el soporte ideal para expandir sus tentáculos e
intentar persuadir a la gente con modelos ideales y ficticios de triunfo
vital y reconocimiento social. Transportes públicos, carteles en
edificios, pantallas gigantes, invasión de plazas con eventos de marcas
han hecho que el espacio público se haya mercantilizado y cualquier
actividad que se pretenda realizar en la vía pública que no quede
reglada a través de un contrato comercial, es susceptible de crítica y
castigo. La industria de la publicidad se ha convertido en uno de los
elementos clave para desarrollar el denominado terciario decisional en
las ciudades y para expandir la ideología del sistema económico
dominante. La ciudad es también el espacio de la
fast culture que impregna las relaciones sociales, la alimentación, el ideal de lo efímero y la inmediatez.
Hace tiempo que la ciudad dejó de ser un lugar abarcable, pensada a
la escala de las personas. Coches, carreteras, aeropuertos, grandes
centros comerciales están desplazando al ser humano del espacio público y
convirtiendo a las personas en transeúntes productivos que trabajan y
consumen. Personas asépticas con el medio que no tienen cabida en el
espacio público más que como lugar de paso.
Las
ciudades se han convertido en grandes caladeros del sector servicios lo
que ha supuesto una distribución desequilibrada del sector agrario e
industrial a las periferias urbanas locales, en el “mejor” de los casos o
a las periferias globales. Esto supone un exceso absurdo que,
amparándose en los criterios económicos de máximo beneficio, hace que se
consuman productos que vienen desde miles de kilómetros cuando ese
mismo producto se produce a escasos kilómetros. Esta fórmula acentúa la
explotación de países productores en los que se producen alimentos y
productos de forma latifundista e intensiva a bajo coste y se consumen
en occidente. Esto está acabando con la autonomía y autosuficiencia de
las ciudades al depender de la producción externa.
La escasa literatura sobre el decrecimiento urbano se centra en estos
puntos en común: la movilidad, vivienda, escala humana,
autosuficiencia, ecoeficiencia, frenar al crecimiento y rehabilitar,
relocalizar actividades, cambios en la participación y valores
democráticos.
La
movilidad debe ser la base del cambio de modelo
en la ciudad. Estamos acostumbrados a ciudades plagadas de coches y de
asfalto en las que el abuso del uso del coche es flagrante. Por todos es
sabido los aspectos negativos del abuso del coche: contaminación,
accidentes, atascos, uso abusivo y deterioro del espacio público tanto
para circular como para aparcar los vehículos. El paso hacia el
decrecimiento debe ser reducir la movilidad a través de los coches y
favorecer y apostar por una movilidad limpia y respetuosa con el medio
como puede ser la de la bicicleta, el caminar o una importante y bien
planificada red de transporte colectivo y público. Otra consecuencia del
modelo de movilidad actual es el urbanismo disperso que está articulado
a través del vehículo privado. Este modelo de urbanismo hace cada vez
menos densa y más extensa la ciudad. Esto quiere decir que se dotan
grandes extensiones de terreno e infraestructuras para que viva muy poca
gente que además es dependiente del coche. Tras cada alternativa
propuesta por el decrecimiento, como se verá, hay una serie de valores y
principios. En el caso de la movilidad se apuesta por una movilidad
compartida, sana y alejada de la prisa y la velocidad, elemento que
parece demasiado arraigado a la vida urbana.
La
vivienda se ha puesto como elemento clave en la
lucha decrecentista por haberse convertido en un elemento de
especulación vinculado, en no pocas ocasiones, a casos decorrupción. En
España se ha visto mejor que en ningún otro sitio las consecuencias de
la burbuja inmobiliaria. Las respuestas que están surgiendo en el ámbito
de la vivienda van vinculadas a procesos de okupación y lucha contra
los desahucios. El decrecimiento apuesta por cambiar la concepción de la
vivienda como un bien de uso y no como bien especulativo, por lo tanto
lucha por hacer efectivo el derecho a la vivienda facilitando el acceso a
este bien básico.
Conseguir
ciudades autosuficientes en las que los
recursos no vengan desde miles de kilómetros es una reivindicación
basada en la necesidad de relocalizar la producción. Además de dar un
paso hacia la soberanía alimentaria se está haciendo una apuesta por un
modelo diferente de consumo que apueste por lo local, la cercanía y la
reducción de intermediarios. En este sentido se ubican las
reivindicaciones de aprovechar los “vacíos urbanos” (solares) y zonas
posibles para establecer huertos urbanos. Esta idea apunta a romper la
polarización que ha supuesto la división rural y urbana. El
decrecimiento apunta la necesidad de
ruralizar la ciudad y
demostrar que el medio rural y urbano no son incompatibles. Esta
vinculación del campo y la ciudad trae consigo una
ruralización de los valores urbanos como puede ser el trabajo comunitario, el compartir y el aprendizaje colectivo.
Las ciudades no han parado de crecer llegando a convertirse en
lugares inabarcables y alejadas de la escala humana. Frenar este
crecimiento es necesario para alejarse de modelos que favorecen la
burbuja inmobiliaria. Es necesario apostar por la
rehabilitación de
la ciudad ya existente en lugar de crecer sin límite. De esta manera se
conseguiría revalorizar lo existente, recuperar parque inmobiliario y
cambiar el imaginario actual que solo valora lo nuevo como algo
positivo.
En la
esfera política el decrecimiento también tiene
propuestas para el entorno urbano. La escala de la ciudad y como se ha
planteado la participación ciudadana institucional han alejado a la
ciudadanía de los poderes públicos y de la posibilidad de intervenir en
la gestión de lo público. El decrecimiento apuesta por democratizar la
ciudad acercando la capacidad de decisión a la ciudadanía. Ejemplos como
los presupuestos participativos de Porto Alegre o las asambleas
barriales pueden ser un principio de ejercer la democracia directa. Se
ha planteado que el tamaño actual de las grandes ciudades haría
imposible una democracia directa pero, como señala Paola Bonora, hay que
abordar la cuestión no desde la dimensión sino desde la identidad. Si
hay proyectos basados en lo local, dentro de una gran ciudad, no es
excusa el tamaño ya que se pueden coordinar proyectos basados, incluso,
en la actual división administrativa de las ciudades (barrios,
distritos, etc.) Hacer a los ciudadanos participes en la construcción de
la ciudad que habitan es otra gran apuesta del decrecimiento.
Hay experiencias prácticas que se están llevando a cabo que apuestan
por limitar el tamaño de la ciudad y llevar una vida basada en la
lentitud, son las conocidas como “slow cities” (3). Otro ejemplo son las
“ciudades en transición” (4) que se están extendiendo por varios países
del mundo y hacen una apuesta firme por intentar alejarse del modelo
económico actual.
La reivindicación del
uso del espacio público de una
manera no mercantilizada es otra demanda del decrecimiento centrada en
el entorno urbano. La lógica del mercado ha conseguido robarnos el
espacio público a la ciudadanía y ha calado en mucha gente la idea de
que el uso de los lugares públicos solo es legítimo si se paga por ello.
Esta reclamación lleva implícito un cambio en la concepción de lo común
como algo a defender y mantener en manos del conjunto de la ciudadanía
alejándolo del modelo que entiende lo público como modelo de negocio.
LA NECESIDAD DE PARARSE A PENSAR
Este artículo, lejos de ser un estudio en profundidad sobre el
decrecimiento, quiere ser un repaso somero de la teoría del
decrecimiento y su posible adaptación al medio urbano. Recoge las
principales inquietudes y líneas de trabajo abiertas sobre el tema y
pretende generar debate sobre la viabilidad de transformar las ciudades
actuales (las grandes y las no tan grandes) en lugares más cercanos a la
ciudadanía y respetuosas con el medio ambiente.
El decrecimiento no es una teoría unitaria basada en dogmas, más bien
son incorporaciones de reivindicaciones de ecologistas, movimientos
sociales y economistas críticos. Esta variedad hace que cada autor tenga
su propia visión sobre como realizar la transición desde el modelo
actual al modelo decrecentista.
Un aspecto no tratado en el artículo, pero que es de especial
relevancia, es la llamada a la responsabilidad individual como
compromiso con el cambio. Estamos acostumbrados a pensar que nuestros
actos individuales no tienen repercusión en el funcionamiento del
planeta. Solemos considerar que nuestra forma de consumir, de comer o de
movernos por la ciudad son actos sin repercusión alguna, como si
fuéramos elementos que viven en un medio y no lo alteramos con nuestros
actos. Nos vemos como seres asépticos ajenos al entorno. El
decrecimiento hace un llamamiento para que se politice la vida cotidiana
porque tenemos una gran responsabilidad en la situación en la que se
encuentra el planeta y las ciudades. Solo una sociedad concienciada
puede observar que el ritmo de vida actual tiene unas consecuencias
nefastas y que con cambiar determinados comportamientos se puede actuar a
favor de reducir la huella ecológica (5) actual y abandonar, poco a
poco, el modelo económico en el que vivimos.
Porque con la connivencia de muchos se ha desarrollado un modelo
urbanístico predador del medio, un modelo de consumo uniformizante y
desproporcionado así como un abuso energético e irresponsable. El
decrecimiento supone un grito que llama a salir de los parámetros
establecidos en los que el beneficio económico articula toda la
sociedad. Convertir las ciudades en algo mejor, más cercano, más
saludable, más adaptadas a las personas, más democrática, es, en
definitiva, la aspiración del decrecimiento urbano.
Es ahora el momento de saber frenar y repensar el modelo en el que
queremos vivir. Es muy ilustrativa la metáfora del caracol que se suele
acompañar el discurso decrecentista. El caracol va construyendo su
concha de forma constante en espirales hasta que llega un momento en el
que frena en seco. El caracol llega entonces a un punto de inflexión, si
sigue creciendo, su concha se convertirá en un lastre más que en
elemento útil y de protección. Parece que el momento de parar y pensar
en nuestro punto de inflexión ha llegado, si seguimos creciendo,
cualquier paso que demos estará encaminado a solventar los errores
generados por el exceso. Demostrado ya que el crecimiento no genera de
forma automática el bienestar (si así fuera viviríamos en una especie de
paraíso) es necesario saber frenar y apostar por un cambio de modelo.
Hay que pensar alternativas diferentes a lo que ha hecho que nos
encontremos donde y como estamos. Es obligado convertir la ciudad en
campo de batalla
contra el modelo dominante pues la ha convertido en el espejo cruel de
un sistema injusto. Una ciudad diferente ayudará a tener un modelo
diferente.
Francisco Ochoa Casariego
Notas:
(1) Paul Ariès habla del decrecimiento como una palabra obús que
busca dinamitar el lenguaje establecido y poco objetivo que utilizamos.
(2) Serge Latouche explica el uso del prefijo “re-“ como respuesta a
una sociedad basada en lo “hiper-“ como es el hiperconsumo, la
hiperproducción, etc.
(3) Para obtener más información sobre estos proyectos es conveniente visitar el siguiente sitio web
http://www.cittaslow.org/
(4) “Plantean la necesidad de crear resiliencia, es decir adaptar las
ciudades para que sean capaces de absorber los choques que provocarán
el techo del petróleo y el cambio climático” Florent Marcellesi. Más
información en el siguiente enlace
http://movimientotransicion.pbworks.com/w/page/21695346/Movimiento%20de%20Iniciativas%20de%20Transici%C3%B3n
(5) En palabras de Ewing “huella ecológica es un indicador que mide
la capacidad de los ecosistemas para producir materiales biológicos
útiles y absorber los residuos generados por los seres humanos”
Enlaces para profundizar más en el decrecimiento:
http://decrecimientoybuenvivir.wordpress.com/
http://www.decrecimiento.info/
http://sindominio.net/wp/decrecimientomadrid/
http://teoriadeldecrecimiento.jimdo.com/
http://www.desazkundea.org/
http://www.youtube.com/watch?v=jtIBh_VSQa4
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