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La crisis y lo sagrado

Jean-Pierre Dupuy
traducción : Jean Robert


Cómo muchos, encuentro la arrogancia de los economistas insoportable. (…) Actúan y hablan como si ellos tuvieran el monopolio sobre lo que se ha llegado a llamar “la crisis”. Todo pasa como si ellos solos- apoyados por “políticos” que no son más que especies de economistas aplicados – tuvieran el derecho de formular prescripciones sobre la supuesta manera de “salir de la crisis”. No quieren darse cuenta de que su miopía constitutiva sobre los asuntos humanos es un factor causal del desorden del mundo.

Lo que está en cuestión, no es el capitalismo financiero; ni siquiera es el capitalismo “tout court” y tampoco es el mercado, regulado o no, especulativo al alza o a la baja. Lo que en este momento está en cuestión es algo mucho más fundamental: es el lugar de la economía tanto en nuestras vidas individuales como en el funcionamiento de nuestras sociedades. Éste lugar es inmenso, totalmente desproporcionado y parte del problema es que lo encontramos normal. La economía tiende a invadir el mundo y a ocupar todos nuestros pensamientos. Por supuesto, ella es perfectamente incapaz de desvelar el sentido de este fenómeno masivo y extraordinario: no se puede ser juez y partido. Sólo una mirada alejada, que hubiera logrado desprenderse de la economía, pudiera asombrarse de lo que parece evidente y banal al ciudadano moderno, metamorfoseado integralmente - aun que sea a sus espaldas – en homo oeconomicus.

Mis investigaciones en filosofía de la economía durante los treinta últimos años están guiadas por mi convicción de que, si uno quiere entender la economía, la tiene que analizar con las categorías de lo religioso. Más precisamente, la economía ocupa el lugar dejado vacío por el proceso de desacralización del mundo que caracteriza la modernidad. Es en ésta perspectiva larga que hay que inscribir el momento actual.


Violencia y economía

     La crisis actual hizo añico uno de los pilares de la teoría económica: el concepto de incitación.
    Explicación:

I.                 Justificación del concepto de incitación por los economistas

 Muy pocos teóricos liberales creen en la justicia de las sanciones del mercado. La mayoría de ellos, empezando por John Rawls, el autor de la Teoría de la justicia[1], afirman que no son ni justas ni injustas, calificativos que, según ellos, carecen de sentido aquí. Insisten en que las valorizaciones efectuadas por el mercado están indiferentes al mérito, al valor moral o a las necesidades de los agentes. Nos invitan, por ejemplo, a imaginar un médico “merecedor”  que se mata trabajando, pero que no prospera porqué es  incompetente en algo – quizás en contabilidad. Acaba siendo barrido por la competencia. ¿Es injusto? La justicia no tiene nada que ver aquí, nos siguen explicando. Las reglas son las mismas para todos, el proceso es anónimo, sin intención, sin sujeto. La sanción del mercado, según los economistas, incita a los agentes sin éxito a cambiar de actividades.


II.             La crisis revela la disyuntiva entre las acciones de los agentes económicos y las supuestas “sanciones del mercado”

Los mismos teóricos pretenden que, entre las acciones de los agentes económicos y las sanciones del mercado, existe una liga lógica. Es precisamente la incitación, es decir la relación entre agentes económicas y sanciones del mercado que supuestamente incita a aquellos a hacer opciones razonables. Entretejidas con las opciones de los otros, contribuirían al bien común. Volviendo a la fábula del médico incompetente, argumentan que su fracaso lo incitará a cambiar de profesión y, descubriendo sus verdaderos talentos, los pondrá al servicio de sus intereses propios y, con ello, al servicio de los demás. Es precisamente esa liga inteligible entre lo que uno hace y la respuesta del mercado que la crisis ha destruido. Más que eso: ha demostrado su carácter ilusorio. Todo ocurre ahora como si los agentes económicos fueran títeres sometidos a los caprichos de divinidades escondidas. Ésta crisis es una crisis de pérdida de sentido. El desamparo que provoca es total.

La violencia inherente de la economía no es un descubrimiento reciente. En tanto a su variante capitalista, la demostración de Marx, con sus análisis de la alienación y de la explotación, es más válida que nunca. En lo que se refiere a la variante soviética de la violencia económica, la historia del siglo XX ilustra su horror.

Los mayores economistas liberales ya habían reconocido, a su manera, que la economía es nefasta, tóxica y brutal. Adán Smith, por ejemplo, decía que es la fuente de la “corrupción de los sentimientos morales”. Por su parte, John Maynard Keynes analizó los mecanismos que pueden llevar la economía a congelarse en estados nocivos para todos los actores, como cuando el desempleo y la ausencia de oportunidades se refuerzan mutuamente en vez de favorecer  un retorno al equilibrio de pleno empleo.

Las críticas más recientes a la economía no tienen menos vigor y pertinencia. La escuela de Francfort, la crítica de Illich, la ecología política, la de los “hijos de Heidegger” (Hannah Arendt, Günther Anders, Hans Jonas), elucidaron distintos aspectos de la violencia de la economía. Todo eso ha sido bien documentado y debatido.

     Abordaré ahora un tema que ha permanecido en la sombra de esas críticas.

La economía nos protege de nuestra propia violencia

     Algunos pensadores argumentaron que la economía es el único medio que queda a las sociedades en vía de desacralización para contener la violencia de los hombres. Lo extraordinario es que los argumentos que aducen para justificar esta tesis son los mismos que los críticos de la economía invocan para condenarla. El historiador de la economía Albert Hirschman tiene el gran mérito de haberlo mostrado en su libro The Passions and the Interests. Political Arguments for Capitalism before its Triumph [2]. Lo que expone en este libro, es el destino, el auge y el declive de la idea siguiente:


Bienvenido seas, hermano decrecimiento


Sube el paro, quitan los puentes, pretendemos una huelga general europea. En lugar de trabajar menos horas para que haya trabajo para todos, más días de trabajo para producir más diferencias laborales. En lugar de que cobren un poco menos los que más cobran para que cobren todos, los que cobran poco que cobren menos todavía. Vaya, que como dijo San Mateo: Al que tiene se le dará y tendrá más e incluso le sobrará; pero al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará.

  Una extraña pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización burguesa; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo; que lleva hasta el agotamiento de las fuerzas vitales, de las reservas de energía y de la capacidad de homeostasis que la vida estaba proporcionado al planeta.

   En vez de reaccionar contra esa aberración mental, los ingenieros, los patronos y los economistas, incluso los intelectuales y demás moralistas han sacrosantificado el trabajador, han subido a los altares al consumidor compulsivo de bienes y servicios, han considerados ganadores a los que más hacen por ensuciar, a los que más hacen porque perdamos el tiempo y el buen humor.

  Nuestra maquinaria industrial ha producido un tremendo incremento de producción, sin embargo en lugar de dar con más gente que con poco tenía bastante dimos con más gente a la que faltaba de todo. Además el incremento en la producción fue a costa de la tierra, y este coste hará que los incrementos productivos del futuro sean más difíciles. Con la revolución verde conseguimos muchos más alimentos, pero debido a la trampa población pobreza, nuestros éxitos agrícolas se han convertido básicamente en más desierto y más gente.

  La era industrial parece haber sido sucedida por la informacional. Para no ser menos nos hemos complacido en caer en una trampa productiva similar, hemos conseguido tanta información que a las personas cada vez se nos hace más difícil encontrar la que conseguiría que fuéramos más sabios, más ricos en aventura, en alegría, sin derrochar recursos.

  La información ya no pretende informar "sobre" los productos, sino deformar "al" consumidor. Para que siga produciendo, al menos empleo, para que no decaiga, claro. Hoy sin embargo ya hemos visto que incrementar la producción de cosas lleva a una vía muerta. Las empresas de éxito, por ejemplo producen ante todo marcas y no productos. El éxito de esta fórmula lanzó a las empresas a la ingravidez: la que menos cosas posee, la que tiene menor lista de empleados y produce las imágenes más potentes, y no productos, gana. Se miente más de la cuenta por falta de fantasía, la verdad también se inventa.

   Cuando me descubro una vez más por el antiguo camino de los hombres perversos, descansando en mi amargura al ver qué mal todo, como un San Agustín cualquiera encorvado sobre su escritorio, pienso en Bhután o en Cuba y en la tontería de unir la producción, la renta per capita, a la felicidad. Pensamos que la felicidad interior bruta sube con el producto interior bruto hasta un punto relativamente bajo desde el que la felicidad ya no sube y el producto no para de crecer. Que en términos de felicidad general el óptimo baja en picado a partir de un determinado PIB. Quisiéramos decir, como San Francisco, bienvenido seas hermano decrecimiento. 

  Pero que no nos vengan con progresos felicitarios sin mínimos de dinero disponible, sin mínimos de dignidad o libertad, porque no cuela. Sabemos de sobra que un decrecimiento relativamente ordenado requeriría dosis de capacidad anticipatoria, convicción democrática, cohesión social y solidaridad internacional muy superiores a las que hoy parecen disponibles. Un nuevo desorden amoroso es necesario. Un desorden de este tipo es necesario porque queremos que lo poco que todavía nos queda no nos lo quite nadie.

Revolución (Del lat. revolutĭo, -ōnis). f.

Por Florent Marcellesi, Activista ecologista e investigador, miembro de Equo

Artículo publicado en Diario Público, el 1 de mayo del 2012.

Querida Real Academia Española:

En su diccionario de la lengua española, he visto que define usted la “revolución” como un “Cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación”. Dado que el mundo vive una época de profunda crisis de civilización con signos persistentes de revueltas históricas e innovadoras frente al orden establecido, permítame que le sugiera algunas actualizaciones a sus definiciones.

La revolución es un sueño, una esperanza. Antes de llegar a ser cambio social o institucional, la revolución es primero un viento que recorre nuestros sueños y nuestras mentes: el de un futuro cercano o lejano, diferente y mejor, para nosotras, las generaciones futuras, los países del Sur, la naturaleza y sus seres vivos. Es una parcela de intimidad personal y colectiva que los poderes mercantiles o institucionales no nos pueden extirpar. Es una válvula de escape que potencialmente salta al mundo material como una chispa que enciende nuestros gritos de indignación y reafirma nuestra dignidad. Es el primer paso hacia la esperanza, la utopía concreta, es decir en tiempos grises una locura razonable.

La revolución es una incógnita necesaria. Seamos sinceros y reconozcámoslo, no sabemos cómo hacer la revolución. De hecho, ¿lo hemos sabido alguna vez? No hay manual ni escuela de la revolución, aún menos leyes naturales. La revolución no está escrita ni predeterminada y no responde a ninguna ciencia, aún menos en la era de la impredicibilidad causada por la crisis ecológica. Según cuáles sean las condiciones iniciales, nuestros propios actos y las reacciones hostiles, podrá cobrar una forma u otra y podrá conocer un periodo de transición tan largo como lo fue la sustitución del mundo feudal por el capitalismo. En un mundo altamente complejo e interrelacionado, su práctica es una constante búsqueda y aproximación, crítica y autocrítica, llena de errores y aprendizajes, un “caminar preguntando” como dicen los zapatistas. A menudo, ni siquiera sabremos si han sido exitosas nuestras pequeñas y grandes revoluciones. Quizás lo sepan las generaciones futuras, a la larga, cuando se den la vuelta y escruten la tortuosa senda trazada por el homo y la femina revolucionarius del siglo XXI. Sin duda, esta incertidumbre da vértigo. A su vez el vértigo nos confiere la humildad necesaria para imaginar, lejos de cualquier pureza y verdad absoluta, estrategias correctas.

La revolución es un poder-hacer. Tomemos el poder, sí, pero no cualquier poder: el poder de hacer y de ser autónomos como sujetos y comunidades. No tendría que ser un poder de control sobre alguien, ni una sustitución de una imposición por otra, ni tampoco solo una lucha por el poder institucional. Se trata más bien de un empoderamiento personal y colectivo desde abajo: del hombre que aprende a coser, de la mujer que decide parir en casa, de un grupo de amigos que ocupan y cultivan un huerto en plena ciudad, de una red que implanta una moneda social, de las personas trabajadoras que transforman su fábrica en cooperativa, de los que luchan en contra de la privatización del agua o de los indignados del 15-M que organizan sus asambleas de barrio. Es una apuesta incierta pero decidida, individual o colectiva, local o global, pacífica y ética, para tomar las riendas de nuestras vidas y del gobierno de lo común. Dentro de un proceso constituyente consciente y subversivo, es un movimiento constante para dejar de producir injusticia e insostenibilidad y una iniciativa permanente para construir ahora y aquí justicia social y ambiental. Como decía Paul Éluard, “otro mundo es posible y se encuentra en este”.

La revolución es grietas. Imagínense una capa de hielo cubriendo un lago de posibilidades y que gritemos tan fuerte que el hielo comienza a agrietarse, rápida o lentamente, de forma imperceptible o explosiva. Imagínense que todas estas grietas pequeñas o masivas lleguen a encontrarse y rompan la capa para dejar ver el lago. En estas brechas fractales, se encuentra lo que algunos socialistas minoritarios y la mayoría de los ecologistas llaman el “reformismo radical” o la “revolución lenta”, esta política de los pequeños —y a veces grandes, ¡por qué no!— pasos con objetivos radicales. Es una apuesta por una multitud de microrrupturas pero que, a diferencia de Holloway quién teoriza el agrietamiento del capitalismo, no tendría que rechazar a priori y según la realidad socio-política ninguna vía de acción como puede ser la institucional, siempre y cuando ésta esté sujeta a la estrategia del poder-hacer y de sus gentes y colectivos.

La revolución pertenece a la gente común. Para crear grietas, no hace falta vanguardias, ni élites profesionalizadas que hablan en nombre del pueblo pero sin el pueblo. La gente común en su diversidad es la condición sine qua non de la revolución. Sus actos de rebeldía diarios, no mediatizados, posibilitan la hegemonía cultural que tanto alababa Gramsci. ¿No nos dice Eduardo Galeano que mucha gente pequeña en lugares pequeños haciendo cosas pequeñas puede cambiar el mundo? Sí, al mismo nivel y juntas —de una forma u otra— con aquellas personas y organizaciones que alientan huelgas generales, del consumo o de los cuidados. ¡Rompamos de una vez la división entre activistas y no activistas, de entre los que han visto la luz y las masas ignorantes! Todas y todos somos gente común con capacidad transformadora y con algo que enseñar a los demás. No busquemos por tanto un sujeto revolucionario único y homogéneo, mítico e inaprensible. Con empatía y modestia, ampliemos nuestra mirada al “mundo de los mundos” y, como les llama Lipietz, a todas las y los “artesanos e ingenieros de la felicidad”. Allí fuera está la multitud de actores y actrices, organizados o no, que, sin ni siquiera a veces reconocerse como tal, son las semillas del cambio y que ya practican a diario otros mundos posibles de forma ruidosa o silenciosa.

La revolución es red. Sin duda, para construir en positivo, perdurar y también superar las contra-revoluciones de todo tipo, esta multitud y estas grietas tienen que saber y poder confluir, de forma puntual y a más largo plazo. La revolución será una red de revoluciones, que teje —entre etiquetas y estructuras tradicionales muy variadas— relaciones sociales y solidarias, alianzas temáticas, espacios de diálogo y puntos de encuentro entre nodos de resistencia y de alternativas. Sin unitarismo exacerbado y hegemonías asfixiantes, es una sed de cooperación y de apoyo mutuo, combinando flexibilidad y estabilidad, llena de inteligencia colectiva y de horizontalidad. Es una red de redes que hace de la resiliencia un factor clave de su éxito para tener, desde abajo y su radicalidad democrática, capacidad de adaptarse a los probables cambios profundos y bruscos de nuestro entorno social, institucional y natural. Dicho de otro modo, un ecosistema revolucionario —descentralizado, interconectado y biomimético— basado en la promoción de lo común y respetuoso de la pluralidad y singularidad de sus componentes.

Querida compañera académica, espero que mis apuntes le sean de utilidad para la revisión de su obra lingüística. Sin más, le saluda un lector asiduo.

Créditos Ilustración: Jordi Duró

Más decrecimiento y menos Prozac

Carmen Caravaca Llamas - La razón histórica

Resumen. Este artículo busca abrir la discusión sobre el tema del decrecimiento como alternativa a la actual crisis económica. Precisa para ello, el cuestionamiento de los principales aspectos de su teoría, distinguiendo además, algunos equívocos referentes a esta propuesta. La investigación esboza algunas de las limitaciones y potencialidades que tiene el paradigma del decrecimiento, así como su relación con un cambio de valores sociales y la búsqueda de una mejora de la calidad de vida. Finalmente, se realizan algunas propuestas para desarrollar la ideología perseguida con el decrecimiento.

Sumario:

1) Introducción. 2) El alternativo paradigma económico del decrecimiento. 3) Crecer o decrecer. 3.1) La ética ecológica del crecimiento. 3.2) El crecimiento mata. 3.3) Recuperación de la felicidad social. 4) De la utopía a la práctica del decrecimiento. 4.1) La estructura laborista de la sociedad desde la perspectiva del decrecimiento. 5) Bibliografía.



 Lo superfluo, y no lo necesario,

es lo que hace que se cometan grandes crímenes”

(Aristóteles, La Política).



Introducción.

El crecimiento económico sin frenos, sin limitaciones, sin preocupaciones, es un sistema insostenible para nuestro medio y para ser humano. Aunque actualmente muchos prefieran continuar con el agónico sistema económico, otros opinan que la crisis puede abrir expectativas a nuevas instituciones y hábitos sociales. Es cierto que se presenta una importante elección entre el poder de elegir las consecuencias de una crisis terminal u optar por una oportunidad épica. Algunos partidarios del decrecimiento están convencidos de que la crisis actual constituye una formidable oportunidad para su causa.

El capitalismo genera repetitivamente severas crisis económicas, está condenando a autodestruirse continuamente, y la imposibilidad de perpetuar el actual sistema económico basado en el crecimiento desenfrenado es defendida por muchos estudiosos, entre ellos, Gisbert (2008) quien reivindica una transformación económica de la siguiente manera: “No es posible el crecimiento continuo en un planeta limitado. Cada vez es más claro que estamos superando muchos límites ambientales, por lo que la única estrategia que parece viable a medio y largo plazo, es la del decrecimiento. No hablamos de un concepto en negativo, sería algo así como cuando un río se desborda y todos deseamos que ‘decrezca’ para que las aguas vuelvan a su cauce. Cuanto antes seamos conscientes de la necesidad de desprendernos de un modo de vida inviable, mejor para todos y para el planeta”.

El crecimiento económico actualmente, es un asunto rentable a condición de que el peso y el precio recaigan en la naturaleza, en las generaciones futuras, en la salud de los consumidores, en las condiciones de trabajo de los asalariados y, más aún, en los países del Sur. Por eso, es necesaria una ruptura (Latouche, 2003). Se propone entonces, un cambio de trayectoria basado en otra lógica: el objetivo es una sociedad donde se viva mejor, trabajando y consumiendo menos. En este sentido, el decrecimiento aplicado a una opulenta sociedad occidental no debe ser equivocado con una disminución del nivel de bienestar. Todo lo contrario, como una oportunidad de aumentarlo. Sin embargo, la faceta más importante en la discusión sobre aceptar este nuevo movimiento como viable, recae con las condiciones sociales y culturales que podrían hacer que la transición fuera aceptada y promovida por todos los grupos sociales.

Esta investigación reza como propósito fundamental la presentación de la nueva corriente económica-social perteneciente al decrecimiento como alternativa a la crisis actual a escala mundial, y como forma emergente de un nuevo sistema social de valores que reduzca las consecuencias perjudiciales que recaen, no exclusivamente en el medio ecológico, sino también en la vida humana. De esta forma el decrecimiento también es defendido como un proyecto a nivel político social, que pretende la reducción del consumo, eliminación de las desigualdades y un cambio en el estilo de vida que permita la reconsideración de las necesidades de las personas y por ende, el incremento en el sentido utilitarista, del bienestar social[1]. El artículo termina con la presentación de una recopilación de las estrategias básicas con el objetivo de generar un debate y replanteamiento social de este nuevo movimiento, e impulsar además, el desarrollo del paradigma del decrecimiento para aliviar su principal crítica relativa a su consideración utópica.


1. El alternativo paradigma económico del decrecimiento.


Las nuevas teorías relativas al decrecimiento toman cada vez más fuerza debido a la fuerza de la crisis económica mundial y los recientes movimientos sociales anticapitalistas. Presentan, no sólo una permuta en el modelo productivo, sino también una transformación social, un cambio de conciencia que sobretodo apunta al abandono de las costumbres fútiles de la búsqueda de la felicidad humana, a través del consumismo ilimitado.

El término decrecimiento según explica Martínez Alier (2008), presenta una provocación social con el objetivo de generar el debate sobre la emancipación de una economía autocentrada, pues se trata de romper con los antiguos principios insostenibles del capitalismo económico para generar un sistema que viva de forma adecuada, sus propios recursos. Por ello, plantea el decrecimiento sostenible como “un decrecimiento económico socialmente sostenible”, diferenciando dicha noción del desarrollo sostenible, el cual implica un mayor consumo de los recursos en términos absolutos y un elevado impacto ambiental. Para algunos, como Adams (2006), la gran mayoría de las veces, el desarrollo sostenible continúa siendo el “desarrollo como siempre ha sido, con un reconocimiento efímero y desconcertado de la conveniencia de la sostenibilidad”. En este sentido, tanto las ideologías protectoras del desarrollo sustentable, como el desarrollo social, desarrollo humano…, sólo han constituido un intento más de cambio y han resultado insostenibles una vez más, evidenciando, la situación de desigualdad económica y social, la necesidad de concienciación de la comunidad global, obviando además, los irreparables percances sufridos en el medio natural.


Leer el artículo: La Razón Histórica


Dilema moral

José Luis L. Aranguren 

El condicionamiento económico está empezando a ser, y va a ser, ahora como siempre, decisivo para ese cambio. La infraestructura de una moral consumista es una economía de consumo. Ahora bien, ésta sigue presuponiendo una economía de producción, crecimiento o desarrollo indefinidos. Y es precisamente la sospecha de los “límites del crecimiento” y la constatación de que ya se ven limitadas las fuentes de energía, lo que está empezando a generar una nueva economía, no desarrollista a todo trance, y una nueva moral no consumista-felicitaria.

¿Cuál es entonces la actual perspectiva moral? La sociedad actual no parece de ningún modo dispuesta a renunciar a un cierto hedonismo, es decir, a una moral orientada al goce, al placer, al sabor de la vida, y a sentir en ello la felicidad.  Pero ese goce, placer y sabor de la vida, por la fuerza del relativo desabastecimiento económico, habrán de empezar a ponerse en los gustos de la vida sencilla, en un arte del ocio, en una moral neohedonista y comunitaria (microcomunitaria: goce del amor, de la amistad y de la comunicación con el endogrupo) o, si se prefiere llamarlo así, en un epicureísmo mucho más parecido al originario de Epicuro y sus inmediatos discípulos, relajadamente ascético, que la lo que el leguaje usual se entiende por epicureísmo.

Y es por la  -paradójica- vía de un refinamiento no artificioso, sino al revés, ‘natural’ del placer, por el retorno a la ‘vida sencilla’, cómo podrá recuperarse, en un futuro próximo, un ‘espiritualismo’ que no reconociéndose bajo ese nombre, no admitiéndolo siquiera, no por ello dejará de ser tanto y más espiritualista que los sistemas de vida que así se autodenominaban. Pues el espíritu no sólo sopla donde quiere, sino que adviene, o puede advenir, también por donde quiere, por las más insospechadas, imprevistas e imprevisibles vías.

Más preguntémonos para terminar: ¿Son estas nuevas vías tan imprevisibles, tan desconcertantes como a primera vista parecen? El de ‘hacer de la necesidad virtud’ es un antiguo saber. De esta antigua y nueva necesidad, de la escasez y penuria pueden sacarse virtud, fruición y felicidad.

Extraído de ‘Verdad y Vida’. José Luís L. Aranguren. 1980

Instrucciones ante naufragios: los banqueros primero

Giorgio Mosangini

Ante un desastre en la mar y según establecerían las leyes de salvamento marítimo, son las mujeres y los niños quienes tienen preferencia. El naufragio actual del Titanic financiero global invierte perversamente estas reglas. Se instalan cómodamente en lujosos botes salvavidas los banqueros y las élites económicas, mientras se echa al agua a la gran mayoría de la población y en particular a las personas más débiles y desprotegidas.

Viendo más allá del naufragio financiero, estamos atravesando una crisis sistémica multidimensional (ecológica, sociocultural y económica) que posiblemente marque el fin del sistema capitalista tal y como lo hemos conocido en los últimos tres siglos. Dicha crisis ha sido provocada por un sistema económico de crecimiento ilimitado alimentado por la ilusión de que era posible crecer de manera infinita en un planeta finito. En las últimas décadas, la prevalencia de las finanzas ha agravado el proceso. Así, los activos financieros, un eufemismo para llamar a deudas futuras, han crecido de manera exponencial hasta superar en 20 veces el volumen de la economía productiva real. Esta colosal burbuja financiera nunca se podrá materializar. Esas deudas acumuladas no se podrán pagar. No habrá un futuro en el que la economía real se multiplique por 20 para respaldar los espejismos de las finanzas. Más bien todo lo contrario. El escenario de crisis ecológica y escasez de recursos nos obligará a adaptarnos a realidades económicas radicalmente más reducidas y modestas. Las sociedades humanas futuras deberán volver a situarse por debajo de las capacidades máximas de carga de la biosfera que el capitalismo ha vulnerado comprometiendo el futuro de la humanidad y del planeta.

Ciegas ante esta realidad, las élites económicas y políticas siguen poniendo en el centro del sistema global al sector financiero y sus alucinaciones. Un ejemplo más de ello es lo que se ha llamado la crisis de la deuda soberana que están atravesando diversos países europeos. En el caso español, todavía en el año 2007 la deuda pública suponía aproximadamente un tercio del PIB y los intereses sobre la misma se mantenían relativamente bajos. Hasta que especular sobre la misma se convirtió en un mecanismo tremendamente eficaz de transferencia de recursos públicos hacia los bancos y el sector financiero. Así, en lugar de financiar directamente a los estados a través del Banco Central Europeo (BCE), damos dinero público a bancos privados (españoles, alemanes, franceses, etc.) a través del BCE a menos de un 1% de interés para que nos lo vuelvan a prestar mediante la adquisición de títulos de deuda pública española a un 6% de interés o más. Una estafa redonda que ha permitido trasvasar inmensas riquezas públicas hacia el sector financiero disparando la deuda pública (que en 2013 ya representará el 90% del PIB) bajo el peso de intereses usureros e insostenibles.

La deuda pública se ha convertido de esta manera en un excelente bote salvavidas para los bancos españoles y extranjeros que crearon la tormenta financiera ganando colosales sumas de dinero a costa de generar una burbuja inmobiliaria que ha puesto en riesgo al conjunto de la economía española. Mientras acumulaban capital, la regla era no intervenir y dejar que la mano invisible del mercado actuara sin frenos. En cuanto ha explotado la burbuja y los bancos se han encontrado con un sinfín de activos inflados y sin valor, el sector público ha intervenido masivamente para salvarles y aportarles liquidez. Una única entidad bancaria (Bankia) ha recibido ayudas por un importe (33.000 millones de euros) que triplica los recortes anunciados en educación y salud. Más allá de las ayudas directas, invertir dinero público cedido por el BCE prácticamente gratis en deuda pública a intereses elevados es otro de los principales mecanismos que permiten a los bancos sanear sus cuentas.

Muchas personas de mi generación empezamos a involucrarnos en movimientos sociales ante los devastadores impactos sociales del ajuste estructural que los países del Norte impusieron en los años 1990 a la mayoría de los países de la periferia ante la crisis de la deuda soberana que enfrentaban. Renegociar los pagos de una deuda (en realidad ilegítima) implicó reducir drásticamente el gasto público y por tanto el acceso de la población a los servicios básicos así como la privatización generalizada de recursos y servicios. Casi veinte años después, vemos cómo en España y otros países europeos la voracidad de los intereses financieros vuelve a instrumentalizar la deuda pública para arrebatarnos derechos esenciales como la educación o la salud y amenaza el futuro de nuestros/as hijos/as. No sin un cierto humor negro, la realidad del capitalismo nos devuelve en carne propia injusticias que hace dos décadas animaron nuestra solidaridad y rebeldía.

El precio a pagar para que los banqueros se aseguren un lugar en los botes salvavidas es increíblemente alto y cruento. En el año 2012 España habrá destinado 28.000 millones de euros para pagar los intereses de la deuda pública al precio de recortar casi cualquier otra necesidad y política. En 2013, se prevé que el gasto se siga disparando y que paguemos 38.000 millones de euros para el pago de los intereses de la deuda, aproximadamente un 10% del presupuesto del estado. Es la partida de gasto más importante, solamente superada por el pago de las pensiones. Más allá de las imprecisiones y la falta de transparencia que presentan las cuentas y presupuestos públicos, podemos intentar comparar el gasto en pago de intereses con otros desembolsos y necesidades públicas. El año que viene pagaremos en intereses de la deuda una cantidad casi equivalente al gasto de todos los ministerios juntos (39.000 millones). Más que el importe destinado a cubrir todo el personal público contratado por el estado (33.000 millones). Prácticamente una vez y media el monto destinado a prestaciones de desempleo (27.000 millones). Casi cuatro veces los recortes anunciados del sistema de salud y educación (10.000 millones). Los intereses también representarán 30 veces la cantidad que destinaremos a Ayuda Oficial al Desarrollo (1.300 millones), un sector que se ha desmantelado, acumulando un recorte del 75% desde el año 2009 (y que, en un cambio cualitativo aún más preocupante, se está alejando cada vez más de una agenda de justicia Norte-Sur y sometiendo a intereses económicos).

Existe un sinfín de alternativas para no rendirse a la ley capitalista aplicada ante el naufragio financiero. De ninguna manera tenemos que resignarnos a financiar botes salvavidas a los banqueros mientras se ahoga la mayoría de la población. En la España de los recortes, debemos recordar que las reformas fiscales regresivas de 2006 nos han hecho perder casi 20.000 millones de euros, que la lucha contra el fraude fiscal permitiría recaudar como mínimo 44.000 millones de euros anuales o que los gastos militares se han disparado al tiempo que se generalizaban los recortes en servicios públicos básicos (llegando a más de 18.000 millones de euros en 2012 según cálculos del Centre d’Estudis per la Pau).

Podemos y debemos frenar el mecanismo de socialización de las pérdidas y privatización de beneficios que los bancos están aplicando con la complicidad de los gobiernos. Es urgente que la reivindicación de la ilegitimidad de la deuda aglutine a sectores mayoritarios de la población para frenar los abusos del sector financiero. Debemos exigir que el dinero público administrado por el BCE se destine a financiar directamente a los estados y no a alimentar beneficios privados. Tenemos que cancelar parte de la deuda llevando a cabo auditorías de la misma que evidencien su ilegitimidad. Los bancos privados responsables de la crisis que eventualmente colapsarían podrían sustituirse por bancos públicos y cooperativas de crédito al servicio de la sociedad y de las necesidades de la población.

Los naufragios capitalistas tienen sus propias reglas, por encima de las del mar. Los banqueros primero. La gente y su futuro no cuentan. Más que en España o ante Rajoy, parece que estamos embarcados en el crucero Costa Concordia, en manos del grotesco capitán Schettino, ahora imputado por un naufragio que costó la vida a más de 30 personas. La regla inhumana de “los banqueros primero” hasta ha sido plasmada en la Constitución española en el año 2011: el pago de la deuda tiene prioridad sobre los otros gastos y se prohíbe su repudio. Ante una deuda que erosiona el conjunto de derechos y servicios públicos de la población y la priva de futuro, debemos decir basta: ¡No debemos – No pagamos! (www.auditoria15m.org; http://auditoriaciudadana.net).


Giorgio Mosangini es miembro del “Col•lectiu d'Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament” y autor del libro “Decrecimiento y justicia Norte-Sur. O cómo evitar que el Norte-Global condene a la humanidad al colapso”, Icaria, Barcelona, 2012.

Vivimos en la peor de las pesadillas: la sociedad del crecimiento, pero sin crecimiento económico

Enric Llopis - Rebelión

Uno de los grandes mentores de la teoría del decrecimiento, Serge Latouche, se expresa con rotundidad: “Vivimos en los tiempos de la desesperación, de la austeridad y del rigor total, pero en el marco de una sociedad del crecimiento sin crecimiento económico; y esta es la peor de las pesadillas; porque ni siquiera se generan puestos de trabajo, como sí ocurría en el periodo de “los 30 gloriosos” tras la Segunda Guerra Mundial; aunque no se respetara el medio ambiente y se diera un uso ilimitado del petróleo, al menos la gente podía alimentarse y se le garantizaba una cierta capacidad de autonomía; no es esta la alternativa que propone el decrecimiento, pero al menos resultaba más interesante que la opción absurda, injusta y monstruosa del rigor económico”.

Economista, filósofo, profesor emérito de Economía de la Universidad de Orsay y uno de los grandes teóricos del decrecimiento, Latouche ha impartido una conferencia en la Universitat de València, titulada “El decrecimiento ¿Solución a la crisis?”. Entre los libros de Serge Latouche destacan “Por una sociedad en decrecimiento” (2003); “La hora del decrecimiento” (2010); y los más recientes “Salir de la sociedad de consumo: voces y vías del decrecimiento” y “¿Hacia dónde va el mundo?”, junto a Ives Cochet, Susan George y Jean-Pierre Dupuy.

Neoliberales y neokeynesianos, partidarios del rigor y del crecimiento económico centran hoy muchos de los debates académicos y mediáticos. Al igual que rechaza la austeridad, explica Latouche, “el decrecimiento también se opone al crecimiento y a la reactivación económica, que no resulta posible ni deseable; es cierto que los trabajadores han de encontrar un puesto de trabajo, pero esto no puede hacerse –por ejemplo, en España- reactivando la máquina de construir viviendas; además, ni siquiera se generaría empleo con tasas de crecimiento del PIB del 2%; haría falta un 4%; y ello sin contar con problemas como la huella ecológica ; este año, el 15 de agosto, superamos la capacidad de consumo por persona calculada para respetar los límites del planeta; y cada año se adelanta la fecha; Harían falta tres planetas para soportar el consumo de españoles y franceses; más aún en el caso del norteamericano medio; por lo demás, el crecimiento consumista genera frustración e infelicidad”.

Otras veces intenta cuadrarse el círculo. Por ejemplo, cuando la exministra de Economía francesa y actual directora del FMI, Chyristine Lagarde, inventó el término Rigactivación (una mezcla de rigor y reactivación económica). A cumplir con ello se aplican la mayoría de los gobiernos europeos, aunque la activación no sea posible. “Esto es como acelerar y pisar el freno al mismo tiempo”, ha matizado Latouche. Pero hay que tener las ideas claras: “La economía del crecimiento se basa en el consumismo, no en satisfacer las necesidades reales de la población; como subrayaba Marx, se trata de acumular y acumular, algo así como un ciclista que no puede dejar de pedalear para no caerse; Hay que producir sin parar y generar necesidades nuevas; de hecho, en las escuelas de negocios enseñan que la avaricia y la sed de tener siempre más (base antropológica del consumismo) es positiva; para nada consideran factores como la contaminación y los residuos”.


Hay un punto, sin embargo, en que la producción y el crecimiento ilimitados generan indigestión . Cuando la baja demanda no puede absorber la producción se generan las crisis capitalistas; por esta razón, recuerda Latouche, se inventan el marqueting y la publicidad. “Así nos crean necesidades permanentes; se trata de frustrarnos, de convertirnos en seres insatisfechos; además, cuando no alcanzamos a consumir estas necesidades llegan los bancos con los préstamos; no te endeudes nunca, me dijo mi padre, y le hice caso: nunca he pedido un préstamo; además, soy alérgico a la publicidad; sobre esta cuestión hay ejemplos muy sencillos y claros: hace quince años no necesitábamos el teléfono móvil, pero ahora nos sentimos huérfanos si carecemos del mismo; la obsolescencia programada nos conduce a consumir cosas nuevas, antes que a reparar objetos deteriorados o al reciclaje; y ello, por no hablar de los barcos que sacan metales preciosos (de los que careceremos en varios años) de países africanos, donde las compañías multinacionales se aprovechan de las guerras para fabricar objetos que, además, afectan a la salud de muchas personas”.


¿Qué es el decrecimiento? Según Latouche puede definirse como “ ecosocialista , como un proyecto de prosperidad sin crecimiento, o bien de abundancia frugal”. Según algunos antropólogos, explica el autor de “Por una sociedad en decrecimiento”, las sociedades de cazadores y recolectores “eran las más cercanas a la abundancia, precisamente porque es la frugalidad el requisito necesario para esta abundancia; no tenían apenas necesidades y, por eso, les era suficiente con dos o tres horas diarias de caza o pesca”. Asimismo, el proyecto de decrecimiento ha de adaptarse a las singularidades de cada país. Latouche recuerda cómo en un gran templo Zen japonés se afirma que sólo podrá alcanzar la felicidad quien sepa controlar sus necesidades; “esta sabiduría –presente en la cultura amerindia, africana o griega- nos ha acompañado a lo largo de la historia, y es necesario recuperarla hoy”.


Ahora bien, ¿Es el decrecimiento la solución a la crisis? ¿Cómo caracterizar la crisis actual? A juicio de Latouche, “vivimos una crisis global, de la que no se puede salir poniendo parches; algo similar a lo que ocurrió con la caída del imperio romano; a la crisis de las deudas soberanas, la más inmediata, se agregan otras más profundas: la crisis social, cuya génesis radica en la década de los 80, con la “contrarreforma neoliberal”; la crisis ecológica, plasmada en el primer informe del Club de Roma en la década de los 70; y otra cultural, una de cuyas expresiones fue Mayo del 68”.


Hoy, frente a los mercados financieros, hace falta “cambiar los valores”, según Latouhe. “Acabar con la competencia salvaje, la guerra de todos contra todos, y de todos contra la naturaleza”. Terminar con unos principios filosóficos muy arraigados en occidente, que proceden de Bacon y Descartes, quien afirmaba que “la naturaleza es como una prostituta a la que cabe avasallar”. También hay que apostar por un cambio en la dialéctica riqueza/pobreza: “No se puede tener todo, siempre hay límites; hemos de aprender a vincular la pobreza a la frugalidad”; y por cambios en la estructura productiva; preguntarse qué producimos e introducir el reciclado; relocalizar la producción priorizando lo local; redistribuir la riqueza (rompiendo la dicotomía Norte/Sur) y reducir el sobreconsumo y el desplifarro.


Estos principios constituyen una “utopía”, “pero realizable”, subraya Latouche. “Una utopía que puede ponerse en marcha”, pero en el contexto de crisis actual, Latouche señala que hay que centrarse en romper la dependencia de los mercados financieros y resolver el problema del paro. Respecto a la primera cuestión, el filósofo y economista francés ha apostado por romper con el euro y optar entre alternativas como dejar de pagar las deudas (“una opción más radical ”) o elaborar auditorías ciudadanas, siguiendo el modelo impulsado por el presidente Correa en Ecuador. También ha defendido la desmundialización , idea que penetró en los debates de las últimas presidenciales francesas. Frente al paro, Latouche aboga por un proteccionismo “ambiental, social y fiscal” que se oponga a los criterios de la OMC; relocalizar y producir lo necesario, considerar la creación de monedas de intercambio locales; la reconversión ecológica de la agricultura, desmantelar las centrales nucleares y reducir el tiempo de trabajo, entre otras.


En definitiva, reducir el tiempo de trabajo (en la década de los 80 en Francia ya se ensayó la jornada de 35 horas semanales), frente la propuesta de Sarkozy (“monstruosa”, según Latouche), de “trabajar más para ganar más”. El decrecimiento plantea, por el contrario, “trabajar menos para vivir mejor”. Es en este punto donde, según Latouche, “el decrecimiento adquiere todo su sentido utópico”. El ocio, la vida contemplativa, la siesta saludable (una institución destruida por la globalización), el sentido lúdico de la vida y las buenas relaciones. Una utopía radical frente a la tiranía de los mercados.

El despertar de los amerindios

Serge Latouche - Salir de la sociedad del consumo

La “revolución dentro de la revolución” llevada a cabo por el movimiento neozapatista fue decisiva. Abre el camino a toda una serie de cambios en América del Sur que, en las próximas décadas, podrían marcar el destino de la humanidad. Así piensan también los líderes aymaras, que llevaron a cabo la guerra del agua en abril del 2000 en Cochabamba, en Bolivia. Según Oscar Olivera, “la experiencia de Cochabamba demuestra que podemos cambiar el mundo en el que vivimos, partiendo de la base, sin fundar un partido, sin ganar las elecciones y sin tomar el poder, sino recuperando nuestra propia ‘voz’ y superando nuestro ‘miedo’...” También es la lección que nos da Chiapas:

“Después de todo, si hay algo que el zapatismo ha demostrado es que muchas cosas que parecían imposibles se vuelven posibles Con imaginación, ingeniosidad y audacia...” “De un movimiento Que pretendía utilizar a las masas, a los proletarios, a los  campesinos, a los estudiantes para acceder al poder y conducirlos a la felicidad suprema, nos convertimos poco a poco en un ejército que había de servir a las comunidades. El contacto con los pueblos indígenas significa  un proceso de reeducación más potente y más temible que los electrochoques que se infligen en las clínicas psiquiátricas”, contaba el subcomandante Marcos.

Desde su primera declaración de la Selva Lacandona, el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) rechaza la toma de poder por parte del ejército revolucionario. He aquí lo que marca una primera ruptura con la tradición latinoamericana, ruptura que se irá haciendo más abrupta, como lo confirman las numerosas declaraciones de los zapatistas. El 2 de febrero de 1994, por ejemplo, preguntan a Marcos por el objetivo del movimiento:.. “¿La toma de poder? No. Algo un poco mas difícil: un mundo nuevo...” Y: “construir un mundo donde quepan muchos mundos...” El Frente zapatista se considera una .fuerza política que no aspire a la toma del poder. Una fuerza política que no sea un partido político. Una fuerza política que pueda organizar las demandas y propuestas de los ciudadanos […].

Una fuerza política que no luche por la toma del poder político, sino por una democracia en la que quien mande, mande obedeciendo. (1 de enero de 1996). “En suma, se trata de construir una organización política no electoral, sino que se esfuerce en organizar la sociedad de manera que tenga la fuerza suficiente para ejercer un control sobre el poder y exigir la satisfacción de sus demandas...” Sin duda, comenta Jerome Baschet, “los zapatistas se preocupan por construir nuevas estructuras de poder político. Si esto no contradice su rechazo a la toma del poder es porque se trata para ellos de construir ese nuevo poder desde abajo, evitando caer en la trampa ya percibida por Marx tras la experiencia de la Comuna de Paris […] de la conquista del poder político...” “Puesto que con la globalización económica” el lugar del poder está hoy en día vacio.”, Marcos concluye: “No sirve de nada, por lo tanto, conquistar el poder...”

El rechazo zapatista a considerarse como una vanguardia, estrechamente relacionado con el rechazo a la toma del poder de Estado, traduce una crítica radical de la herencia leninista e incluso marxista. “Queremos participar directamente de las decisiones que nos incumben, controlar a nuestros dirigentes, sea cual sea su filiación política, y obligarlos a mandar obedeciendo. No luchamos por la toma del poder, luchamos por la democracia, la libertad y la justicia.” (30 de agosto de 1996). “Concretamente, se nos acusa de no haber sucumbido a la seducción del poder, la misma que ha conseguido que personas de izquierda muy brillantes hayan dicho y hecho cosas que avergonzarían a cualquiera…”

En este nuevo enfoque, que coincide con las preocupaciones del movimiento del decrecimiento en torno de la autonomía, la tarea de la sociedad civil en general consiste en controlar el poder y en ejercer sobre él las presiones necesarias para obtener la satisfacción de las reivindicaciones populares. Se trata pues de replantearse la organización política y construirla desde la misma sociedad. “No costara admitir que la autonomía en sí es un marco más o menos vacio, cuyo uso está por definir, y, por consecuencia, es portador tanto de amenazas como de esperanzas, según si prevalece el caciquismo y el conservadurismo sectario o el deseo de una comunidad democrática, abierta y con ganas de transformarse. La autonomía es finalmente un espacio de libertad y de reconocimiento para los pueblos indígenas, que ellos mismos decidirán utilizar para bien o para mal, en función del proyecto político y social que predomine entre ellos. La cuestión fundamental no es pues tanto la de los derechos jurídicamente definidos en una reforma constitucional relativa a la autonomía, sino más bien: respecto a qué y para qué la autonomía.” puntualiza Baschet.

“La reivindicación de la autonomía es un intento de escapar del modelo planetario impuesto por las fuerzas de la mercantilización, en nombre de una especificidad cultural e histórica...” Y finalmente concluye: “La idea de autonomía no significa otra cosa que esta lógica de automatización y de autoorganización de la sociedad, lo cual no quiere decir que ella misma tome el poder del Estado ni que este desaparezca completamente […] significa, por un lado, mantener un aparato de Estado que la sociedad controle desde el exterior obligándolo a obedecer; y por otro, la autoorganización de la sociedad que reconstruye por ella misma y desde abajo nuevas formas de poder...”

El proyecto de autoorganización de pueblos autónomos ya era una reivindicación de Emiliano Zapata, y el movimiento neozapatista puede unirse legítimamente al gran ancestro asesinado y a su traicionada revolución. En febrero de 1996, durante la reunión del Fórum indígena, fueron enunciadas una serie de reglas del buen gobierno: “servir y no servirse”, “representar y no suplantar”, “construir y no destruir”, “obedecer y no mandar [mandar obedeciendo]”, “proponer y no imponer”, “convencer y no vencer...” El lema mandar obedeciendo, que no deja de recordar la concepción aristotélica de la democracia, articula en su mismo seno, según la formulación de Jerome Baschet, “la verticalidad del mando y la horizontalidad del consenso...”.

Extraído del libro de Serge Latouche: Salir de la sociedad de consumo. Editorial Octaedro. 2012

Mirando el dedo

Antonio Turiel - The Oil Crash

Hace tiempo defiendo una curiosa y por lo que veo poco ortodoxa teoría, que tiene además la virtud de enfadar a la gente con la que la comento. Desde que comenzó esta crisis que no acabará nunca se ha ido instalando un sentimiento de indignación y de rabia hacia la clase dirigente, comprensible dada su incapacidad de aportar soluciones reales y su contrastada capacidad de aportar más sufrimiento. Lo que me resulta llamativo es que con cada vez mayor frecuencia muchos de mis interlocutores caen en una curiosa trampa lógica: dado que existe un cierto nivel de corrupción en nuestras instituciones y en nuestros políticos, materializada en enormes sumas de dinero público desviados a espurios y egoístas fines (cuando no directamente robados), los problemas del país se solucionarían, o al menos se atenuarían, cuando se acabe con esta corrupción. Es en ese momento que yo formulo mi teoría y entonces mis interlocutores pierden los nervios conmigo, y me cuesta poder acabar de formularla con corrección y con concreción. Dado que ahora la formularé de nuevo, esta vez por escrito, les ruego paciencia en la lectura; no se salten renglones y  lean todo lo que tengo que decir, y sólo después valoren.


La corrupción y el despilfarro (generalmente unidas, puesto que se invierte en cosas superfluas porque dan un beneficio injusto a alguien) son, sin duda, inmorales e injustas desde el punto de vista distributivo, pero contrariamente a lo que piensa la mayoría de la gente el dinero gastado en cosas estúpidas y el directamente robado por los vivales de turno no se evapora. Ese dinero sigue circulando por el sistema, sólo que ahora lo tiene alguien que se lo apropió indebidamente y que lo gasta en su beneficio, ya sea en comprarse un yate o un coche nuevo, ya en hacerse una casita en la playa, ya en inversiones que aumenten aún más su patrimonio. Si yo hago un aeropuerto inútil, he dado dinero a la constructora, pero también a los operarios que trabajan para ella, a la fábrica de ladrillos, a la de alicatados, a los electricistas, a los fabricantes de componentes electrónicas, etc. Esos gastos generan actividad económica, y he ahí la observación que yo suelo hacer: que la corrupción y el despilfarro no suponen una total anulación de la actividad económica asociada al dinero "perdido", sino que también generan actividad ("crecimiento", desde una perspectiva pro-BAU). Es decir, que el dinero no se pierde y que la corrupción, al nivel que la soportamos por estos lares, no justifica la presente crisis.

No se me malinterprete. Seguramente desde el punto del mejor aprovechamiento de la inversión la corrupción genera importantes costes de oportunidad (si yo construyo un aeropuerto donde no aterrizan aviones, dejo de construir 5 hospitales o un centro de investigaciones oncológicas que sería el más avanzado del mundo con ese dinero) y en ese sentido es un mal uso del dinero. Además, un altísimo nivel de corrupción, como el que se vive en algunas naciones del Tercer Mundo, evidentemente daña a la economía, puesto que se asfixia tanto a la sociedad con el pago de "mordidas" que al final se destruye la mayoría de la actividad económica circundante. Y por último, la corrupción evidentemente es una injusticia desde el punto de vista de la distribución, ya que a unos pocos se les da una cantidad de dinero que la sociedad percibe como inmerecida, dejando a otros con recursos insuficientes para vivir (aunque lo que la sociedad percibe como justo y como no es un tanto relativo desde un punto de vista filosófico e ideológico: un marxista te dirá que la posesión del capital por los capitalistas también es injusta). En cierto modo, la desigualdad distributiva que implica la corrupción es similar a que todo el mundo participase en una lotería en la que obligatoriamente tuviese que comprar un boleto de 20 euros, y que el que ganase se llevase los 20 euros de todo el mundo. Eso generaría también una gran desigualdad distributiva, aunque curiosamente no sería percibido como algo (tan) injusto como la corrupción, donde el agraciado en realidad ha amañado los bombos;  y sin embargo, desde el punto de vista económico el impacto de una concentración de capital por una lotería o por una abuso sería más o menos equivalente. Pero, volviendo a la idea central del post, la corrupción no explica por qué estamos en esta crisis tan profunda, cuando además la economía ha funcionado largo tiempo con su dosis de corrupción incluida.

Se ha vuelto costumbre alegar que es que en la actualidad el nivel de corrupción es mayor en España que lo que lo había sido históricamente. Teniendo en cuenta que vivimos 40 años de dictadura militar, viciosa y estraperlista, más corrupta que lo que lo fue la débil Segunda República anterior pero similar al régimen bipartidista de principios del siglo XX (por no comentar la dictadura de Primo de Rivera), resulta complicado alegar que la corrupción sea ahora mayor en cifras relativas a lo que fue entonces (en cifras absolutas sí, porque el país tiene más habitantes y genera más PIB, pero ésa es una comparativa absurda a la que sin embargo suelen recurrir los periódicos). En realidad, en el caso de España, ha habido un nivel de corrupción bastante alto a lo largo del tiempo, pero sólo molesta en los momentos en los que, como ahora, los recursos escasean (piensen, por ejemplo, en el Regeneracionismo, que nace durante el siglo XIX después de una grave decadencia económica y moral, fruto de las tremendas convulsiones políticas y la pérdida de poder colonial durante todo ese siglo que llegó a su culmen con la pérdida de Cuba y Filipinas en el desastre del 98). Es decir, que sólo nos fijamos en la corrupción cuando queda menos pastel para repartir, porque es entonces que la consideramos odiosa (pero la ignoramos cuando hay para todos "los de aquí", aunque los efectos de esa corrupción rebajen las condiciones de vida de otras personas en lugares remotos).

Otra cosa que me llama la atención es el tremendo ombliguismo de los opinadores profesionales en España, atribuyendo al problema de la corrupción en este país una dimensión singular. Quizá porque son gente poco viajada o poco informada ignoran que casos importantes de corrupción y malversación de fondos públicos abundan en todos los países del mundo, incluso en aquéllos que se consideran más avanzados. Yo personalmente conozco bastante bien los del país en el que viví como post-doc durante tres años y con el que mantengo aún fuertes lazos: Francia. Cuando yo vivía allá, el presidente de turno (Jacques Chirac) era conocido públicamente y de manera muy notoria como "l'escroc" (el estafador), posiblemente por el hecho de que siete causas diferentes por escándalos de corrupción le esperaban a su salida del Elíseo; y eso por no hablar del caso Clearstream (por citar uno importante de los relativamente recientes; si toman otros asuntos menores y retroceden Vds. en el tiempo encontrarán mierda como para abonar todos los campos de cultivo de Francia). Pero si se toman la molestia de informarse, pestilencias semejantes se encontrarán si cruzan el Canal de la Mancha o el Ródano, o al atravesar el Atlántico de Norte a Sur o allende el Pacífico (no voy aquí a inventariarlas, pero seguro que algunos lectores pueden aportar sus favoritas de EE.UU., Alemania, el Reino Unido o Japón, por ejemplo). Las personas más razonables aceptan que la corrupción está extendida por todo el ancho mundo, pero suelen también alegar que en las naciones más avanzadas el porcentaje de corrupción es inferior que en España. Tal cosa de entrada es confusa, porque no hay una vara de medir uniformizada para la corrupción. ¿Cómo se mide? ¿Como porcentaje sobre el PIB? Pero ya hemos dicho que la corrupción también genera una cantidad no despreciable de PIB. ¿Cómo PIB perdido por la mala inversión? Pero eso es muy complicado de estimar y harto discutible de definir. Además, cuanto mayor es la economía el efecto de la corrupción puede relativamente al PIB ser inferior aunque en cifras absolutas y per cápita sea más. De nuevo, mi impresión, a falta de poder precisar más, es que el nivel de corrupción es significativamente alto en todas las naciones occidentales, y sólo reparamos en él cuando los recursos comienzan a escasear.

A mi me parece que la fijación con la corrupción en los momentos de crisis (fijación la cual por cierto se repite a lo largo de la historia y de los países) tiene mucho que ver con el deseo de recuperar el antiguo status quo, para lo cual se busca un chivo expiatorio, una víctima fácil, la inmolación de la cual aplacará al terrible Dios de la Crisis. A veces la gente llega a verbalizarlo explícitamente, como genialmente expresaba la viñeta que encabezaba el post Resignación: "Seguid robando, ¡pero dandnos trabajo!". En el fondo, no queremos hacer ningún cambio, y buscamos una vía fácil, un enemigo bien identificado en el que ciframos todo el mal que sufrimos. Y una vez la explicación simple y populista encontrada, estalla la rabia irracional, en este caso contra todo político o forma de Gobierno organizada.

Seamos realistas: la decadencia de España en el siglo XIX tuvo mucho que ver con la pérdida de recursos que le supuso su ocaso colonial; y la decadencia de España en este principio del siglo XXI no es un fenómeno aislado y tiene que ver con el agotamiento de los recursos para todas las naciones de la Tierra, España incluida, sólo que España está lógicamente peor colocada en el reparto de las últimas migajas que otras naciones más potentes (por desgracia esto que acabo de decir de España es también válido para la mayoría de las naciones de Latinoamérica de las que vienen una parte importante de mis lectores). Y aunque quememos en efigie o en persona a todos los corruptos de este ancho mundo esta situación no va a cambiar. La única manera de salir de esta trampa mortal que es la deuda es comprender que el problema es fundamentalmente de recursos, y que por tanto debemos abandonar un sistema económico perverso basado en el despilfarro de lo que en realidad es precioso. De ahí la importancia, aún, de este blog: de explicar que no hay falsas salidas y que ninguna opción energética actualmente disponible ni previsiblemente disponible en un futuro cercano puede evitar un decrecimiento forzado y, más importante, el final de un sistema basado en el crecimiento infinito.

Y sin embargo hay quien está forzando la interpretación de que la corrupción es el mal primigenio y que solucionada ésta todo volverá a funcionar, como si con una aspirina fuéramos a curar un cáncer cerebral. E insisto para los más cerriles: yo no justifico la corrupción, que sin duda es inmoral e injusta. Simplemente digo que no es el origen del mal que discutimos, que es esta crisis imposible de acabar; sólo es un achaque más de este sistema viciado e irresponsable que debe acabar. Y observo con preocupación la cantidad de disparates que se dicen para justificar la fuerza del silogismo perverso ("si se acaba la corrupción se acaba la crisis"): un día se dice que los problemas de las empresas son los liberados sindicales; al otro se repite con ansia que en España hay 445.000 políticos (cosa que radicalmente es mentira); un poco más tarde se nos da a entender que no sólo se ha de suprimir el espurio Senado español, sino que se tiene que reducir el número de diputados en el Congreso; otro día se comparan las cifras de gastos presuntamente suntuarios de nuestros representantes políticos con los recortes en ciertas áreas (pasando por alto que las cifras de los rescates bancarios son entre 10 y 100 veces mayores); etc. Y a mi no me deja de sorprender ese ansia y ese afán por reivindicar un nuevo proceso constituyente para España (el cual seguramente es necesario) sin mencionar la necesidad de reformar el sistema económico al mismo tiempo o mejor en primer lugar. Porque la impresión que todo ello me causa es que, cambiando las reglas del juego político y volviéndolas más restrictivas con la excusa de acabar con la corrupción y todos "los que chupan del bote" lo que en realidad se está preparando aquí es un movimiento de concentración de poder en pocas manos, preludio de una verdadera dictadura. Y si no, al tiempo.

El progreso

Pese a determinados acontecimientos del siglo XX, la mayoría de los que viven dentro de la tradición cultural occidental sigue creyendo en el ideal victoriano del progreso. Es la fe sucintamente descrita por el historiador Sidney Pollard en 1968 como “la creencia de que existe un patrón de cambio en la historia de la humanidad […] constituida por cambios irreversibles orientados siempre en un mismo sentido, y que dicho sentido se encamina a mejor”.

Pollard observa cómo la idea de progreso material es muy reciente –“significativa en un pasado que sólo abarca los últimos trescientos años, poco más o menos”- en estrecha correlación con el auge de la ciencia y la industria, y con la correspondiente decadencia de las creencias tradicionales. Ya no dedicamos mucha atención al progreso moral, que fue una de las grandes preocupaciones de los siglos pasados, excepto para dar por supuesto que debe andar en paralelo con el progreso material.

Nuestra fe práctica en el progreso ha extendido sus ramificaciones y se ha condensado en una ideología, en una religión secular. Sucede que el progreso se ha convertido en un ‘mito’, en el sentido antropológico de la palabra. Con esto no quiero decir que las creencias sean débiles o palmariamente falsas. Los mitos triunfadores son poderosos, y a menudo sólo en parte verdaderos. Como he escrito en otro lugar, “el mito es una ordenación del pasado, real o imaginario, en patrones que refuerzan los valores y aspiraciones más profundos de una cultura […]. De ahí que los mitos vayan tan cargados de sentido, que somos capaces de vivir y morir por ellos. Son como las cartas de navegación de las culturas a través del tiempo”.

El mito del progreso nos ha prestado buenos servicios (a quienes nos hallamos sentados a las mesas mejor surtidas, en todo caso), y es posible que continúe siendo así. Pero, también se ha convertido en peligroso. El progreso tiene una lógica interna que puede arrastrarnos más allá de la razón, hacia la catástrofe. Un camino seductor lleno de éxitos puede acabar en una trampa.

En la década de 1950, cuando yo era niño, la sombra del progreso excesivo en materia de armamento había caído ya sobre el mundo: sobre Hiroshima, Nagasaki, y varias islas del Pacífico desintegradas. Hace ya como sesenta años que ensombrece nuestras vidas. Bastará dejar sentado que la tecnología armamentista ha sido el primer aspecto del progreso humano que llega a un callejón sin salida, al amenazar con la destrucción del propio planeta en que se ha desarrollado.

El progreso material crea problemas que sólo pueden resolverse, o lo parece, con más progreso. Una vez más, el demonio se esconde en la escala de la magnitud. Es verdad que un progreso tan fuerte que pueda destruir el mundo es una creación moderna, pero el demonio de la escala que convierte las ventajas en trampas viene asediándonos desde la Edad de Piedra. Ese demonio vive dentro de nosotros, y se escapa cada vez que le sacamos delantera a la naturaleza, cada vez que desequilibramos la balanza entre habilidad y temeridad, entre necesidad y codicia.

Muchas de las grandes ruinas que hoy adornan los desiertos y las selvas de la Tierra, son monumentos a la trampa del progreso, recuerdos de civilizaciones que desaparecieron víctimas de sus propios éxitos.

Extraído de: 'Breve historia del progreso'. Ronald Wright.

La crisis española

Antonio García

A lo largo de las últimas décadas en España hemos sido incluidos en el mundo desarrollado y moderno y para ello nos hemos embarcado en grandes obras e infraestructuras como aeropuertos, playas artificiales e todo tipo de construcciones turísticas, superpuertos, a construcción de autovías, rondas, puentes, carreteras, instalaciones para trenes de alta velocidad, la inundación de  grandes superficies comerciales, polígonos industriales y tecnológicos, pistas de esquí, infraestructuras energéticas, la construcción incesante de viviendas, hospitales, cárceles, centros de enseñanza, la renovación del parque de automóviles privados, etc… se apostó por los diferentes eventos que nos pondrían en el lugar que nos merecíamos en este mundo global.

Toda este crecimiento fue pagado mediante el crédito, es decir, la obra se hace pero se debe pagar con dinero que  prestan las entidades bancarias, que posteriormente habría que devolver; nos incluimos así en una crisis financiera global.

Esta crisis financiera sí es visible en los medios de comunicación, pero existen crisis ocultas que no plantean ningún problema al sistema capitalista.

Toda esta construcción de infraestructuras provoca una crisis ecológica como la pérdida de la biodiversidad, la destrucción de los ecosistemas, o el cambio climático…

Como tampoco hay dinero para invertir (porque se debe pagar la deuda acumulada) se ocasiona una crisis económica y el modelo productivo se para, (hace falta energía y materiales que resultan cada vez más difíciles de conseguir).

Ante el hecho de que la locomotora económica se para se impone desde el poder la austeridad, engendrando una crisis social; los tiempos cuando el dinero circulaba, se terminaron y el paro y el empobrecimiento de las personas empieza a ser generalizado.

La corrupción política e institucional sale a la luz, y la legitimidad del sistema monárquico parlamentario provoca una crisis política.

Se abre también una crisis cultural: los expertos nos hablan con los números, los informes, las estadísticas …; pero esto no es suficiente para explicar el mundo en que vivimos, la civilización occidental deja de tener sentido unívoco (progreso, desarrollo, crecimiento, bienestar, prosperidad…) y se abren nuevos caminos; se redefinen conceptos, y aparecen nuevas sendas para transitar.