Jean-Pierre Dupuy
traducción : Jean Robert
Cómo muchos, encuentro la arrogancia de los economistas insoportable. (…) Actúan y hablan como si ellos tuvieran el monopolio sobre lo que se ha llegado a llamar “la crisis”. Todo pasa como si ellos solos- apoyados por “políticos” que no son más que especies de economistas aplicados – tuvieran el derecho de formular prescripciones sobre la supuesta manera de “salir de la crisis”. No quieren darse cuenta de que su miopía constitutiva sobre los asuntos humanos es un factor causal del desorden del mundo.
Lo que está en cuestión, no es el capitalismo financiero; ni siquiera es el capitalismo “tout court” y tampoco es el mercado, regulado o no, especulativo al alza o a la baja. Lo que en este momento está en cuestión es algo mucho más fundamental: es el lugar de la economía tanto en nuestras vidas individuales como en el funcionamiento de nuestras sociedades. Éste lugar es inmenso, totalmente desproporcionado y parte del problema es que lo encontramos normal. La economía tiende a invadir el mundo y a ocupar todos nuestros pensamientos. Por supuesto, ella es perfectamente incapaz de desvelar el sentido de este fenómeno masivo y extraordinario: no se puede ser juez y partido. Sólo una mirada alejada, que hubiera logrado desprenderse de la economía, pudiera asombrarse de lo que parece evidente y banal al ciudadano moderno, metamorfoseado integralmente - aun que sea a sus espaldas – en homo oeconomicus.
Mis investigaciones en filosofía de la economía durante los treinta últimos años están guiadas por mi convicción de que, si uno quiere entender la economía, la tiene que analizar con las categorías de lo religioso. Más precisamente, la economía ocupa el lugar dejado vacío por el proceso de desacralización del mundo que caracteriza la modernidad. Es en ésta perspectiva larga que hay que inscribir el momento actual.
Violencia y economía
La crisis actual hizo añico uno de los pilares de la teoría económica: el concepto de incitación.
Explicación:
I. Justificación del concepto de incitación por los economistas
Muy pocos teóricos liberales creen en la justicia de las sanciones del mercado. La mayoría de ellos, empezando por John Rawls, el autor de la Teoría de la justicia[1], afirman que no son ni justas ni injustas, calificativos que, según ellos, carecen de sentido aquí. Insisten en que las valorizaciones efectuadas por el mercado están indiferentes al mérito, al valor moral o a las necesidades de los agentes. Nos invitan, por ejemplo, a imaginar un médico “merecedor” que se mata trabajando, pero que no prospera porqué es incompetente en algo – quizás en contabilidad. Acaba siendo barrido por la competencia. ¿Es injusto? La justicia no tiene nada que ver aquí, nos siguen explicando. Las reglas son las mismas para todos, el proceso es anónimo, sin intención, sin sujeto. La sanción del mercado, según los economistas, incita a los agentes sin éxito a cambiar de actividades.
II. La crisis revela la disyuntiva entre las acciones de los agentes económicos y las supuestas “sanciones del mercado”
Los mismos teóricos pretenden que, entre las acciones de los agentes económicos y las sanciones del mercado, existe una liga lógica. Es precisamente la incitación, es decir la relación entre agentes económicas y sanciones del mercado que supuestamente incita a aquellos a hacer opciones razonables. Entretejidas con las opciones de los otros, contribuirían al bien común. Volviendo a la fábula del médico incompetente, argumentan que su fracaso lo incitará a cambiar de profesión y, descubriendo sus verdaderos talentos, los pondrá al servicio de sus intereses propios y, con ello, al servicio de los demás. Es precisamente esa liga inteligible entre lo que uno hace y la respuesta del mercado que la crisis ha destruido. Más que eso: ha demostrado su carácter ilusorio. Todo ocurre ahora como si los agentes económicos fueran títeres sometidos a los caprichos de divinidades escondidas. Ésta crisis es una crisis de pérdida de sentido. El desamparo que provoca es total.
La violencia inherente de la economía no es un descubrimiento reciente. En tanto a su variante capitalista, la demostración de Marx, con sus análisis de la alienación y de la explotación, es más válida que nunca. En lo que se refiere a la variante soviética de la violencia económica, la historia del siglo XX ilustra su horror.
Los mayores economistas liberales ya habían reconocido, a su manera, que la economía es nefasta, tóxica y brutal. Adán Smith, por ejemplo, decía que es la fuente de la “corrupción de los sentimientos morales”. Por su parte, John Maynard Keynes analizó los mecanismos que pueden llevar la economía a congelarse en estados nocivos para todos los actores, como cuando el desempleo y la ausencia de oportunidades se refuerzan mutuamente en vez de favorecer un retorno al equilibrio de pleno empleo.
Las críticas más recientes a la economía no tienen menos vigor y pertinencia. La escuela de Francfort, la crítica de Illich, la ecología política, la de los “hijos de Heidegger” (Hannah Arendt, Günther Anders, Hans Jonas), elucidaron distintos aspectos de la violencia de la economía. Todo eso ha sido bien documentado y debatido.
Abordaré ahora un tema que ha permanecido en la sombra de esas críticas.
La economía nos protege de nuestra propia violencia
Algunos pensadores argumentaron que la economía es el único medio que queda a las sociedades en vía de desacralización para contener la violencia de los hombres. Lo extraordinario es que los argumentos que aducen para justificar esta tesis son los mismos que los críticos de la economía invocan para condenarla. El historiador de la economía Albert Hirschman tiene el gran mérito de haberlo mostrado en su libro The Passions and the Interests. Political Arguments for Capitalism before its Triumph [2]. Lo que expone en este libro, es el destino, el auge y el declive de la idea siguiente:
traducción : Jean Robert
Cómo muchos, encuentro la arrogancia de los economistas insoportable. (…) Actúan y hablan como si ellos tuvieran el monopolio sobre lo que se ha llegado a llamar “la crisis”. Todo pasa como si ellos solos- apoyados por “políticos” que no son más que especies de economistas aplicados – tuvieran el derecho de formular prescripciones sobre la supuesta manera de “salir de la crisis”. No quieren darse cuenta de que su miopía constitutiva sobre los asuntos humanos es un factor causal del desorden del mundo.
Lo que está en cuestión, no es el capitalismo financiero; ni siquiera es el capitalismo “tout court” y tampoco es el mercado, regulado o no, especulativo al alza o a la baja. Lo que en este momento está en cuestión es algo mucho más fundamental: es el lugar de la economía tanto en nuestras vidas individuales como en el funcionamiento de nuestras sociedades. Éste lugar es inmenso, totalmente desproporcionado y parte del problema es que lo encontramos normal. La economía tiende a invadir el mundo y a ocupar todos nuestros pensamientos. Por supuesto, ella es perfectamente incapaz de desvelar el sentido de este fenómeno masivo y extraordinario: no se puede ser juez y partido. Sólo una mirada alejada, que hubiera logrado desprenderse de la economía, pudiera asombrarse de lo que parece evidente y banal al ciudadano moderno, metamorfoseado integralmente - aun que sea a sus espaldas – en homo oeconomicus.
Mis investigaciones en filosofía de la economía durante los treinta últimos años están guiadas por mi convicción de que, si uno quiere entender la economía, la tiene que analizar con las categorías de lo religioso. Más precisamente, la economía ocupa el lugar dejado vacío por el proceso de desacralización del mundo que caracteriza la modernidad. Es en ésta perspectiva larga que hay que inscribir el momento actual.
Violencia y economía
La crisis actual hizo añico uno de los pilares de la teoría económica: el concepto de incitación.
Explicación:
I. Justificación del concepto de incitación por los economistas
Muy pocos teóricos liberales creen en la justicia de las sanciones del mercado. La mayoría de ellos, empezando por John Rawls, el autor de la Teoría de la justicia[1], afirman que no son ni justas ni injustas, calificativos que, según ellos, carecen de sentido aquí. Insisten en que las valorizaciones efectuadas por el mercado están indiferentes al mérito, al valor moral o a las necesidades de los agentes. Nos invitan, por ejemplo, a imaginar un médico “merecedor” que se mata trabajando, pero que no prospera porqué es incompetente en algo – quizás en contabilidad. Acaba siendo barrido por la competencia. ¿Es injusto? La justicia no tiene nada que ver aquí, nos siguen explicando. Las reglas son las mismas para todos, el proceso es anónimo, sin intención, sin sujeto. La sanción del mercado, según los economistas, incita a los agentes sin éxito a cambiar de actividades.
II. La crisis revela la disyuntiva entre las acciones de los agentes económicos y las supuestas “sanciones del mercado”
Los mismos teóricos pretenden que, entre las acciones de los agentes económicos y las sanciones del mercado, existe una liga lógica. Es precisamente la incitación, es decir la relación entre agentes económicas y sanciones del mercado que supuestamente incita a aquellos a hacer opciones razonables. Entretejidas con las opciones de los otros, contribuirían al bien común. Volviendo a la fábula del médico incompetente, argumentan que su fracaso lo incitará a cambiar de profesión y, descubriendo sus verdaderos talentos, los pondrá al servicio de sus intereses propios y, con ello, al servicio de los demás. Es precisamente esa liga inteligible entre lo que uno hace y la respuesta del mercado que la crisis ha destruido. Más que eso: ha demostrado su carácter ilusorio. Todo ocurre ahora como si los agentes económicos fueran títeres sometidos a los caprichos de divinidades escondidas. Ésta crisis es una crisis de pérdida de sentido. El desamparo que provoca es total.
La violencia inherente de la economía no es un descubrimiento reciente. En tanto a su variante capitalista, la demostración de Marx, con sus análisis de la alienación y de la explotación, es más válida que nunca. En lo que se refiere a la variante soviética de la violencia económica, la historia del siglo XX ilustra su horror.
Los mayores economistas liberales ya habían reconocido, a su manera, que la economía es nefasta, tóxica y brutal. Adán Smith, por ejemplo, decía que es la fuente de la “corrupción de los sentimientos morales”. Por su parte, John Maynard Keynes analizó los mecanismos que pueden llevar la economía a congelarse en estados nocivos para todos los actores, como cuando el desempleo y la ausencia de oportunidades se refuerzan mutuamente en vez de favorecer un retorno al equilibrio de pleno empleo.
Las críticas más recientes a la economía no tienen menos vigor y pertinencia. La escuela de Francfort, la crítica de Illich, la ecología política, la de los “hijos de Heidegger” (Hannah Arendt, Günther Anders, Hans Jonas), elucidaron distintos aspectos de la violencia de la economía. Todo eso ha sido bien documentado y debatido.
Abordaré ahora un tema que ha permanecido en la sombra de esas críticas.
La economía nos protege de nuestra propia violencia
Algunos pensadores argumentaron que la economía es el único medio que queda a las sociedades en vía de desacralización para contener la violencia de los hombres. Lo extraordinario es que los argumentos que aducen para justificar esta tesis son los mismos que los críticos de la economía invocan para condenarla. El historiador de la economía Albert Hirschman tiene el gran mérito de haberlo mostrado en su libro The Passions and the Interests. Political Arguments for Capitalism before its Triumph [2]. Lo que expone en este libro, es el destino, el auge y el declive de la idea siguiente:

















