decrecimiento.blogspot.com

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Suelo pegajoso y techo de cristal

Las mujeres están socializadas para el cuidado y la gestión de la vida, esto no incapacita a ninguna mujer a tomar decisiones, sin embargo el imaginario social patriarcal concluye siempre que los hombres hacen mejor unas tareas y las mujeres hacen mejor otras. Cuidar, dialogar, pensar en las personas que te rodean, son cualidades que no tienen ningún valor económico, de hecho son profesionalmente castigadas, se busca gente seria, segura de sí misma, que no dude, que no tenga miedo a pisotear a la competencia.

¿Debemos las mujeres aprender a destruir y competir, debemos incorporarnos a las dinámicas y jerarquías de las grandes empresas en las que la autoridad se legitima por el puesto que se ocupa y no por las capacidades de las personas? El suelo pegajoso que adhiere a las mujeres a sectores de trabajo donde no se controla el poder pero se mantiene la vida, nos hace preguntarnos si debemos empoderarnos y saltar con fuerza para despegarnos.

La igualdad que nos venden es la igualdad dentro de las estructuras de poder establecidas, dentro del mercado organizado por el poder patriarcal capitalista, y en esa estructura nos dejan entrar a las mujeres. Tenemos la capacidad para transformar la realidad y construir unas condiciones laborales en las que se valore la vida, el cuidado y la diversidad de opiniones. La creatividad feminista inventa alternativas y entiende que la igualdad no es que me permitas hacer lo que tú haces, sino que desactivemos las dinámicas actuales que machacan a casi todas las personas que las mantienen.

Texto de Paula de Dios extraído del periódico Diagonal

La Santísima Trinidad

Vivimos tiempos en los cuales la única religión verdadera es la fe en el Progreso, el Dios de esta religión es el Libre Mercado, y los dioses menores podrían ser la ciencia, la democracia, el crédito, el consumo, el automóvil privado...




El gran dogma de esta religión es el crecimiento continuo donde el milagro de la religión cristiana de la multiplicación de los panes y los peces parece ‘pecata minuta’ ante la adoración al gran ídolo de la economía global.

Aunque esta religión tiene, también, su gran misterio. ¿Cómo ha sido posible este crecimiento exponencial durante un periodo tan corto de tiempo?

La personas que manejan ‘el gran capital’ (es decir unas pocas familias en el mundo), no son ajenas a la nueva religión. Sus empresas multinacionales, sus consorcios financieros, sus emporios mediáticos... tienen un objetivo: la acumulación del capital.

Pero, han sido los pensadores neoliberales los grandes sacerdotes de esta nueva religión, y estos tienen una fe total en el modelo que han creado.

En la medida en que los intereses de los sacerdotes y el gran capital confluyen; los nuevos valores de las clases hegemónicas pasan a formar parte del imaginario colectivo. Se crea así una estructura económico-política-social de la cual todos formamos parte y de la cual no podemos salir, pues fuera de la nueva religión sólo existe la condena eterna.

Sí, la Santísima Trinidad es la que mueve el mundo: el petróleo, el gas natural y el carbón. Sin embargo, ésta es una verdad efímera.

Para entender la idea de decrecimiento

Los mitos del “progreso” y las distintas idolatrías del “desarrollo” son los principales escollos de mentalidad para entender de qué va la cosa cuando hablamos de Crecimiento Cero o de decrecimiento. 



El colega Alberto Buela ha desarrollado en este mismo espacio las coordenadas teóricas básicas de este debate. Recientemente la “Universidad de Verano” que organiza anualmente Edgar Morin consagró sus deliberaciones a preguntarse “¿Qué queda del desarrollo sustentable?”. Justo en ese contexto aparece con nitidez la envergadura teórico-política de esta vertiente de la ecología política que no se contenta con la crítica a los “excesos” del desarrollismo sino que cuestiona en su raíz el modelo cultural que está por detrás de todos los paradigmas de crecimiento económico en el mundo (incluido el modelo chino que aparece emblemáticamente como el colmo de una visión salvaje de los paradigmas del “progreso”).

Como suele ocurrir con las ideas radicales, las tesis del decrecimiento hacen ruido a las mentalidades cientificistas instaladas, al realismo político de los grupos de izquierda, al status quo académico que tardará mucho en entender cuál es la agenda donde se inscribe este debate fundamental. Las tesis desarrolladas por gente como Serge Latuche o Alain de Benoist hace rato que han impugnado en sus raíz el modelo de crecimiento del mundo occidental que lleva ineluctablemente a la eco-depredación del planeta. Ello incluye una crítica radical al modelo tecno-científico que está en la base, a los sistemas educativos que reproducen la mentalidad desarrollista, a las políticas públicas que en el mejor de los casos no pasan de la retórica de la “protección medio-ambiental”.

Lo que se produce en el mundo -y cómo se produce— corresponde a modelos culturales íntimamente imbricados con los juegos de intereses de clases y grupos bien identificados. Los modelos de consumo que se reproducen planetariamente son igualmente expresiones de un paradigma cultural que no es inocente. Podemos constatar que el 80% de lo que se produce en el mundo es esencialmente superfluo. El modelo energético que sustenta este modo de producción mundial es absolutamente insostenible. No hay solución verdadera al drama de la muerte ecológica del planeta arrastrando el modelo de consumo dominante: su sustento ético, su legitimación estética, sus coartadas políticas.

En Venezuela la discusión sobre un asunto aparentemente menor como el “desabastecimiento” conecta inmediatamente con esta agenda controversial. ¿Qué es eso de “abastecimiento”? ¿Quién decidió que son estos o aquellos los productos y servicios que la gente debe consumir? La trampa es hacer creer que el asunto es tener anaqueles llenos o anaqueles vacíos. ¿Y cuándo discutimos la cuestión de la naturaleza misma de esa producción? ¿Dónde debatimos sobre la manera cómo se produce lo que se consume? ¿Con quién debatimos la cuestión crucial de otras pautas de consumo, otro modelo energético, otros valores de uso, otro concepto de “necesidad”?

Estos son apenas algunos indicios de los tremendos problemas que están en la agenda mundial de debate de una nueva ecología política. No decimos que hay aquí una “solución” mágica a los entuertos de toda una civilización. No se trata de “salvar” la Modernidad (como quisieran los habermasianos) sino de hacer aflorar un nuevo humus civilizatorio que instaure las condiciones para otro modo de vivir. Ello no se decreta. Se trata más bien de hacer los enlaces entre una voluntad emancipatoria que lucha a diario contra las miserias del poder y el horizonte utópico de una “sociedad-mundo” (Edgar Morin) que le ha torcido el cuello a la globalización depredadora.

La vía del decrecimiento es una apuesta epistemológica y socio-política que se inscribe en el corazón mismo de los debates Modernidad-posmodernidad. Allí hay espacio para los grandes vuelos teóricos y también para emplazar al pragmatismo político que es incapaz de hacerse cargo de las implicaciones de la gestión pública cotidiana. No se trata sólo de “llenar los anaqueles” sino de poder discutir al mismo tiempo lo que está por detrás de esa sencilla operación. Allí nada es inocente.

Rigoberto Lanz

Biopoder

El poder es tolerable sólo con la condición de enmascarar una parte importante de sí mismo. Su éxito está en proporción directa con lo que logra esconder de sus mecanismos. Se trata de dar cobertura bajo la garantía de la libertad, de un estado de dominación y desigualdad atribuible a mecanismos legales o de derecho.



El poder no es una institución, y no es una estructura, no es cierta potencia de la que algunos estarían dotados; es el nombre que se presta a una situación estratégica compleja en una sociedad dada.

A partir del siglo XIX, aparece un fenómeno social nuevo, ‘la población’, al cual vienen asociadas nuevas necesidades económicas y sociales; se hace necesaria una racionalización económica de este hecho (ya no conjunto de personas de carne y hueso) a las necesidades del capital. Se utilizaría una estrategia de poder –biopoder- configurada mediante investigaciones y estimaciones estadísticas, intervenciones planificadoras y campañas colectivas para regular el equilibrio de ciertas variables biológicas: natalidad, mortalidad, morbilidad, siniestrabilidad, nivel de salud, duración de la vida, alimentación, vivienda, inmigración, etc.

Para su regularización se utilizan instituciones muy diversas: la familia, el ejército, la escuela, la policía, la medicina individual... La vida se introduce en un campo de control del saber y de intervención del poder, posibilitando que por primera vez en la historia, lo biológico se refleje en lo político, produciéndose un afianzamiento de la norma de comportamiento sobre la eficacia reguladora de la ley.

En la luchas política moderna, el objeto de litigio es la vida, no los derechos, pues, desde esta perspectiva, frente a un poder que la persigue sólo cabe afirmarla en toda su plenitud: la vida como principal objetivo del combate político.

Para saber más: Historia de la sexualidad I. La voluntad de saber. Michel Foucault. 1976.

Para saber más: Para leer a Foucault. Julián Sauquillo. 2001.

Para saber más: Foucault. Francisco Vázquez García. 1995.

Economía de poder en Foucault

Michel Foucault sitúa a mediados del siglo XIX la materialización de uno de los sueños utópicos de la burguesía: lograr un encierro generalizado del proletariado. En la búsqueda del origen escabroso, vergonzoso, en que apareció la ‘paz social’ en que se dio este hombre fabril, industrioso, acumulador que sin seguridad no habría tenido estímulo alguno para sus esfuerzos, se subraya el papel prioritario jugado por la prisión como estructura arquitectónica eje de las demás instituciones, la escuela, el cuartel, la fábrica, el asilo, el psiquiátrico.... Todas estas instituciones organizadas en torno a la prisión corroboran una misma estrategia: someter al proletariado al orden de valores del capitalismo industrial emergente.

Además de la arquitectura racionalizadora del espacio se da un tratamiento político del cuerpo: las disciplinas, que aseguran una corrección constante e ininterrumpida del cuerpo, cuya función principal es el control de la actividad de movimiento, del tiempo y del espacio. La mecánica de esta física de los cuerpos viene dirigida por una relación económica de docilidad política y productividad. Se trata de trabajar, disciplinadamente, cada una de las parte del cuerpo, de acuerdo con su ejercicio, su movimiento, y la economía de su dinamismo.

Con una mayor racionalidad técnica y económica, el poder disciplinario plantea una ‘economía de poder’ inédita, dirigida a la docilidad política y rentabilidad económica.

Para saber más: Para leer a Foucault. Julián Sauquillo. 2001.

Para saber más: Panóptico

Para saber más: El panóptico urbano


Sociedades frías, sociedades calientes

Las sociedades llamadas primitivas se encuentran, sin duda alguna, en la historia, su pasado es tan antiguo como el nuestro puesto que se remonta a los orígenes de la especie. En el transcurso de los milenios han sufrido toda clase de transformaciones; han atravesado períodos de crisis y prosperidad; han conocido las guerras, las migraciones y la aventura.

Estas sociedades han elaborado o retenido una sabiduría particular, que las incita a resistir desesperadamente toda modificación de sus estructuras, han protegido mejor sus caracteres distintivos hasta una época reciente, ya que se nos aparecen como sociedades inspiradas por el cuidado de preservar su ser. La manera en que se explota el medio ambiente garantiza a la vez un nivel de vida modesto y la protección de los recursos naturales. Más allá de su diversidad, las reglas matrimoniales que aplican presentan un rasgo común: limitar al extremo y mantener constante la tasa de fecundidad. La vida política, en fin, fundada en el consentimiento, no admite otras decisiones que no sean aquellas adoptadas por unanimidad, y parece concebida para excluir el empleo de ese motor de la vida colectiva que utiliza las distancias entre poder y oposición, mayoría y minoría, explotadores y explotados.

Estas sociedades, que podríamos llamar ‘frías’ que ignoran deliberadamente su pasado histórico pues prefieren repetirlo, se distinguen, por su reducido efectivo demográfico y su modo mecánico de funcionamiento, de las sociedades ‘calientes’ aparecidas en diversos puntos del mundo tras la revolución neolítica, y donde se estimulan sin tregua las diferenciaciones entre castas y entre clases, para extraer de allí el devenir y la energía.

Estas sociedades calientes funcionan sobre principios termodinámicos como las máquinas de vapor. Producen mucho trabajo pero consumen mucha energía; son grandes productoras de calor y de desorden; necesitan un fuerte diferencial social, una organización cada vez más compleja, una ley, una jerarquía, y también un instrumento de poder temible: la escritura.

Para saber más: Antropología estructural. Claude Lévi-Strauss. 1958

Para saber más: Claude Lévi-Strauss

Inercia y desorden

¿Para qué sirve actuar, si el pensamiento que guía la acción conduce al descubrimiento de la ausencia de sentido?.



El mundo comenzó sin el hombre y terminará sin él. Las instituciones, las costumbres, los usos, que yo habré inventariado en el transcurso de mi vida, son la eflorescencia pasajera de una creación en relación con la cual quizá no posean otro sentido que el de permitir a la humanidad cumplir allí su papel. Lejos de que ese papel lo marque un lugar independiente, y de que el esfuerzo del hombre – aún condenado – consista en oponerse vanamente a una decadencia siempre mayor, que un día será definitiva.

Desde que comenzó a respirar y a alimentarse hasta la invención de los instrumentos termonucleares y atómicos, pasando por el descubrimiento del fuego – y salvo cuando se reproduce a sí mismo – el hombre no ha hecho nada más que disociar alegremente millares de estructuras para reducirlas a un estado donde ya no son susceptibles de integración. Sin duda, ha construido ciudades y ha cultivado campos; pero, cuando se piensa en ello, esas realizaciones son máquinas destinadas a producir inercia a un ritmo y en una proporción infinitamente más elevados que el orden que implican.

En cuanto a las creaciones del espíritu humano, su sentido sólo existe en relación con éste y se confundirán en el desorden cuando haya desaparecido. Así, la civilización, tomada en su conjunto, puede ser descrita como un mecanismo prodigiosamente complejo donde nos gustaría ver la oportunidad que nuestro universo tendría de sobrevivir si su función no fuera la de fabricar lo que los físicos llaman entropía, es decir, inercia.

Fragmento del libro Tristes Trópicos escrito por Claude Lévi-Strauss en 1955

Enkidu

Hace mucho tiempo...
La tierra tenía mejores cosas que ofrecer,
cosechas sin necesidad de cultivo, y frutos
al alcance de la mano, y la miel
en el hueco de los troncos de roble.

Nadie hería la tierra con el arado,
ni la dividía en parcelas,
ni barría el mar con los remos: las costas
eran el fin del mundo.

Astuta naturaleza humana
víctima de tus propias invenciones,
desastrosamente innovadora,
¿por qué ciñes de muralla y torres tus ciudades?
¿Por qué haces acopio de armas para la guerra?

Ovidio, Amores, libro 3º

Y entonces, como todas las criaturas salvajes habían huido, Enkidu se sintió débil, porque la sabiduría moraba en él, y los pensamientos de hombre en su corazón. Por eso regresó, para sentarse a los pies de la mujer, y escuchó con atención lo que ella le decía “Tú eres sabio, Enkidu, y ahora has llegado a ser como un dios. ¿Para qué quieres andar errante con las bestias de las colinas?. Ven conmigo. Yo te llevaré a Uruk, la de las fuertes murallas, a los benditos templos de Ishtar y de Unu, del amor y del cielo: allí vive el rey Gigamesh, el poderoso, el que manda sobre los hombres.”

La epopeya de Gilgamesh

“La Antigüedad guarda un cierto parecido con la eternidad. Por eso es un manjar dulce para la mente”.

William Camden

Mélange

Mélange [Mixtura, Café con leche en Austria]

"El usual argumento de la tolerancia, de que todos los hombres y todas las razas son iguales, es un boomerang. Se expone a una fácil refutación por los sentidos, y hasta las más concluyentes pruebas antropológicas de que los judíos no constituyen ninguna raza apenas podrán modificar, en el caso del pogrom [el asesinato ritual de la civilización], el hecho de que los totalitarios sepan perfectamente a quiénes quieren eliminar y a quienes no. De poco serviría querer proclamar frente a ello como un ideal de igualdad de todo lo que tiene rostro humano en lugar de darla por supuesta como un hecho.

La utopía abstracta sería demasiado fácilmente compatible con las más astutas tendencias de la sociedad. Que todos los hombres sean iguales es precisamente lo que mejor se ajusta a ella. Considera las diferencias reales o imaginarias como estigmas que testimonian que las cosas no se han llevado todavía demasiado lejos, que algo hay libre de la maquinaria, algo no del todo determinado por la totalidad.

La técnica del campo de concentración acaba haciendo a los confinados como sus vigilantes, a los asesinados asesinos. La diferencia racial se lleva a lo absoluto a fin de poder eliminarla absolutamente, lo que sucedería cuando no quedase ya nada diferente. Una sociedad emancipada no sería, sin embargo, un estado de uniformidad, sino la realización de lo general en la conciliación de las diferencias.

La política, que ha de tomarse esto bien en serio, no debería por eso propagar la igualdad abstracta de los hombres ni siquiera como idea. En lugar de ello debería señalar la mala igualdad existente hoy, la identidad de los interesados en las filmaciones y en los armamentos, pero concibiendo la mejor situación como aquella en la que se pueda ser diferente sin temor. Cuando se le certifica al negro que él es exactamente igual que el blanco cuando no lo es, se le vuelve a hacer injusticia de forma larvada. Se le humilla de manera amistosa mediante una norma con la que necesariamente quedará atrás bajo la presión del sistema y cuyo cumplimiento sería además de dudoso mérito.

Los partidarios de la tolerancia unitarista estarán así siempre inclinados a volverse intolerantes con todo grupo que no se amolde a ellos: el pujante entusiasmo por los negros se hace compatible con la indignación respecto a las maneras de los judíos. El melting pot [recipiente en el que todos los ingredientes se disuelven, se mezclan y se funden, perdiendo en el proceso su individualidad y volviéndose indistinguibles].fue una disposición del capitalismo industrial desatado. La idea de caer en él suscita la del martirio, no la de la democracia."

Fragmento de la obra Minima moralia de Theodor W. Adorno escrito en 1945.

La Escuela de Frankfurt: crítica social

La Escuela de Frankfurt surge ante la experiencia histórica de la irracionalidad de la sociedad industrializada y ante el sometimiento del hombre; surge como crítica de la estructura represiva de la sociedad, que lleva la deshumanización hasta el extremo de que el hombre llega a ser inconsciente acerca de su estado de alienación y falta de libertad.


“La Ilustración, en el más amplio sentido de pensamiento en continuo progreso, ha perseguido desde siempre el objetivo de liberar a los hombres del miedo y constituirlos en señores. Pero la tierra enteramente ilustrada resplandece bajo el signo de una triunfal calamidad”.

¿Por qué ha fracasado el proyecto de la Ilustración y el dominio de la naturaleza por el hombre se ha convertido en el dominio del hombre por el hombre?.

La Ilustración tiene un modo de concebir las relaciones de poder que desde el principio hace que nos enfrentemos a la diferencia y la alteridad de un modo conflictivo. Los procesos de subjetivación modernos se caracterizan por su tendencia a la homogeneización y destrucción de la diferencia.

El pensamiento crítico se ve cercenado por las expresiones culturales de la sociedad industrializada, que se han atribuido el papel que antaño desempeñaba la familia como lugar de socialización. La ‘industria cultural’ produce aburrimiento, conformismo y huida de la realidad. Los medios de comunicación son represivos, pues tienden a adormecer a las masas (imposibilitan el pensamiento e impiden el poder crítico).

La industria cultural nos ha introducido en un mundo de falsas necesidades. La libertad se convierte en una mera elección entre productos o marcas sin apenas diferencias más allá de los reclamos publicitarios que las avalen.

La visión que Adorno y Horkheimer tejieron sobre la civilización occidental masificada tiene un tinte señaladamente sombrío. Mirando al pasado se tiene la brutal barbarie del nazismo, y mirando al futuro se puede avizorar una comunidad de hombres-masa en que la libertad se va atrofiando por los manejos de la industria cultural.

Para saber mas: La dialéctica de la Ilustración. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno.

Para saber más: Razón, verdad y crítica en dialéctica de la Ilustración. Esther Barahona.

Para saber más: La escuela de Frankfurt

Una conciencia feliz

¿Se puede realmente diferenciar entre los medios de comunicación de masas como instrumentos de información y diversión, y como medios de manipulación y adoctrinamiento?. ¿Entre el automóvil como molestia y como conveniencia?. ¿Entre los horrores y las comodidades de la arquitectura funcional?. ¿Entre el trabajo para la defensa nacional y el trabajo para la ganancia de las empresas?...

Nos encontramos ante unos de los aspectos más perturbadores de la civilización industrial avanzada: el carácter racional de su irracionalidad. Su productividad y su eficiencia, su capacidad de incrementar y difundir comodidades, de convertir lo superfluo en necesidad y la destrucción en construcción, el grado en que esta civilización transforma el mundo-objeto en extensión de la mente y el cuerpo del hombre hace cuestionable hasta la noción misma de alienación. La gente se reconoce en sus mercancías; encuentra su alma en su automóvil, en su aparato de alta fidelidad, su casa, su equipo de cocina. El mecanismo que une el individuo a su sociedad ha cambiado, y el control social se ha incrustado en las nuevas necesidades que ha producido.”

“La conciencia feliz – o sea, la creencia de que lo real es racional y el sistema social establecido produce los bienes -, refleja un nuevo conformismo que se presenta como una faceta de la racionalidad tecnológica y se traduce en una forma de conducta social.

... Del mismo modo, la destrucción de los recursos naturales y la proliferación del despilfarro es una prueba de su opulencia y de los ‘altos niveles de bienestar’.

¡La comunidad está demasiado satisfecha para preocuparse!”

Herbert Marcuse. El hombre unidimensional. 1964.

“Sólo gracias a aquéllos sin esperanza nos es dada la esperanza”

Walter Benjamin

Para saber más: Marcuse a 25 años de su muerte