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El trauma del decrecimiento

Miquel Amorós

La sinrazón gobierna el mundo. Los individuos se relacionan a través de cosas que les imponen sus reglas desde fuera: mercancías, dinero, tecnología... En la sociedad a la que pertenecen su trabajo sirve para producir beneficios crecientes a particulares, no para satisfacer necesidades reales colectivas, por lo que aparece dominada por un tipo concreto de actividad económica: una economía de mercado cuya metástasis agota los recursos naturales, aumenta las desigualdades sociales y destruye el planeta.

“Con frecuencia, nos dejamos dominar por una impresión, hasta que nos liberamos al reflexionar, y esta meditación, rápida y mudable en su agilidad, penetra en el íntimo misterio de lo desconocido.”

(Kirkegaard, Diario de un Seductor)

La sinrazón gobierna el mundo. Los individuos se relacionan a través de cosas que les imponen sus reglas desde fuera: mercancías, dinero, tecnología... En la sociedad a la que pertenecen su trabajo sirve para producir beneficios crecientes a particulares, no para satisfacer necesidades reales colectivas, por lo que aparece dominada por un tipo concreto de actividad económica: una economía de mercado cuya metástasis agota los recursos naturales, aumenta las desigualdades sociales y destruye el planeta. La separación entre el mundo tal como va y tal como debería ir es completa y el futuro prometido no merece más que desprecio. El reino de la razón apunta hacia atrás, a una edad de oro; así las formas anteriores de sociedad y Estado salen del desván como soluciones menos injustas e irracionales y se ponen de moda. Unos proponen la vuelta a estadios anteriores a la civilización urbana (primitivistas); otros, al Estado-nación y a las condiciones capitalistas de la posguerra (ciudadanistas); finalmente, otros, mediante la agricultura biológica, el “comercio justo” y la “banca ética”, quieren regresar a la fase inicial del capitalismo, la de la separación del valor de uso y el valor de cambio, del trabajo concreto y el trabajo abstracto (neorrurales).

Una sociedad de clases pulverizadas que existe como objeto del capital

La etapa desarrollista o fordista del capitalismo produjo fenómenos de desclasamiento entre los trabajadores que se acentuaron con la reestructuración productiva que la concluyó; la mundialización hizo lo propio con las clases medias, tras precipitarlas en el abismo del crédito. El relevo generacional del proletariado y la mesocracia se horroriza ante la amenaza de exclusión, el destino de formar parte de la masa que la economía no necesita debido a la alta productividad y a la explotación intensiva de los obreros de los países “emergentes”. No obstante, la voluntad de reorganizar la sociedad según normas diferentes, el deseo de un cambio en la manera de aprender, producir y consumir que hoy se manifiesta esporádicamente en los llamados “movimientos sociales”, no lleva la impronta de la acción proletaria. La clase obrera ha perdido la memoria, y con ello, sus maneras y su ser. La iniciativa pertenece a los pequeños burgueses desclasados, a los estudiantes, empleados, funcionarios, y, en general, a los grupos sociales en el filo de la proletarización, los perdedores de la mundialización. El oscurecimiento del antagonismo de clase producto de la derrota obrera, sumado a la evidencia de la crisis ecológica, permite que se presenten como representantes de intereses generales, fabricándose para la ocasión un pensamiento recuperado de fragmentos críticos anteriores frutos de luchas reales. Confeccionan una ideología, una salsa de ideas completamente desligada tanto de su origen como de la acción, que refleja las ambigüedades de la idiosincrasia perdedora, sentada entre dos sillas, y que viene caracterizada por la negación del conflicto clasista, el rechazo de las vías revolucionarias, la confianza en las instituciones y la indiferencia ante la historia, detalles estos que confieren a la protesta un nuevo estilo en las antípodas de la pasada lucha de clases. En efecto, para los perdedores el capitalismo no es un sistema donde los individuos se relacionan a través de cosas y sobreviven sometidos al trabajo y esclavizados por el consumo y las deudas, algo que nació en un momento dado y puede desaparecer en otro; tal sistema no se desprende de una determinada relación social derivada de la propiedad privada de los medios de producción, sino que es “una creación de la mente”, un estado mental cuyo “imaginario” hay que descolonizar con ejercicios espirituales. Hay pues que alejarse de situaciones traumáticas, olvidarse de tomar bastillas y asaltar palacios de invierno, y sumergirse en ambientes “relacionales” donde dominen condiciones psicológicas apacibles y familiares, que alguien ha llegado a calificar de “femeninas”. En el polo opuesto a Mayo del 68, uno no tiene más ganas de hacer el amor cuando más se enfrenta con la policía, ni encuentra la playa debajo de los adoquines. La barricada no abre el camino. Eso seguramente es cosa de machotes, un modo de hacer demasiado “masculino”. El método “convivial” no busca combatir porque no reconoce enemigos; se basa en trastocar la actitud de las personas - desde luego, no hechas de historia, sólo rellenas de “imaginario”— no con el trabajo de la negación, sino con el buen rollo evangelizador.

La crisis principal es crisis de la conciencia de clase

De acuerdo con el idealismo mesocrático el mundo es irracional e injusto porque no ha sido gobernado de forma adecuada, al no proporcionársele a la humanidad una verdad definitiva, o no desvelársele una “ley natural” como por ejemplo la del decrecimiento, fácilmente condensada en las ocho “erres” de Latouche. El antagonismo violento entre clases aparece apaciguado y semidisuelto en múltiples oposiciones menores: consumismo y frugalidad, despilfarro y ecoeficiencia, mundial y local, desperdicio y reciclaje, alimentación industrial y autoproducción, coche privado y bicicleta, crecimiento y decrecimiento, ying y yang. La ruta de una parte a la otra ha de ser recorrida con simplicidad y sin traumas; el nuevo orden será implantado lejos de las masas, paulatinamente y desde fuera, mediante la pedagogía y el ejemplo, gracias a experiencias marginales austeras y reformas fiscales. El decrecimiento es para sus seguidores la verdad “más verdadera”, por lo que será suficiente aplicarla en pequeñas dosis y “articularla políticamente” para que su virtud conquiste el mundo. Como verdad absoluta no está sujeta al espacio ni al tiempo, no es vista como un producto histórico gestado en etapas anteriores de la crisis capitalista, responsable de una evolución determinada de las clases sociales y de sus conflictos. Sin embargo la memoria nos aclara el sentido de la aventura decrecentista en busca del reino idealizado de la clase media decadente. Para empezar, el decrecentismo no aporta nada nuevo. En sí es una mezcla de bioeconomía, indigenismo y ciudadanismo. De la primera extrae su principio económico; del segundo, su principio social, la “convivencialidad”; del tercero, su principio político. Por supuesto, el decrecimiento es una “propuesta abierta a una gran diversidad de experiencias y corrientes”; no son lo mismo Enric Duran y los anarcosindicalistas, que Attac, los posestalinistas o la cohorte oenegera. Pero precisamente debido al hecho de no desprenderse de una praxis social concreta sino haber nacido en una mesa de expertos y profesores –cosa que reafirmaría más todavía su naturaleza ideológica— el remedio del decrecimiento sirve lo mismo para un roto que para un descosido. Los más avispados se inspiran en la autoorganización de barriadas marginales de conurbaciones tercermundistas como La Paz, Oaxaca o Niamey, pero hay quien señala a Cuba como ejemplo de lo que significa mantenerse “dentro de los parámetros de sostenibilidad”. Con ese modelo no es de extrañar que al proyecto decrecentista se apunte “el mundo de los partidos comunistas”, mundo parásito por excelencia, subrayando así uno de los aspectos más sospechosos, acontecimiento del que se felicitan Carlos Taibo y Fernández Buey. En una atmósfera convivencial, cuanto más seamos, más reiremos: el decrecimiento es igual de compatible con el marxismo ecléctico y positivista de los universitarios que con la teología de la liberación o el municipalismo libertario. Cualquiera puede interpretarlo a su conveniencia, poner el acento en unas ideas y desechar otras, darle un toque particular o pasarlo por el cedazo, sin que por ello quede oculto su función reaccionaria en tanto que falsa conciencia de la realidad de unas clases en migajas.

No way out

Todos los partidarios del decrecimiento hablan de salirse de la economía, aunque la forma de dar el paso no pase por una revolución, ni tan sólo por una hecatombe económica. Sin que pase por una salida. La destrucción del capitalismo no es la condición previa del cambio. Éste ha de ser “civilizado”, pasando por la puerta, no rompiéndola, con el inapreciable auxilio de la informática e internet, herramientas “conviviales” que “atacan el reino de la mercancía” (Gorz) y nos ayudan a crear “espacios autónomos convivenciales y ahorrativos” repletos de “bienes relacionales”, gracias a cuyo atractivo quedará nuestro imaginario descolonizado. No se trata pues de sustituir un sistema por otro, y menos con violencia, sino de crear un sistema bonito dentro de otro malo, que conviva con él. Cuando los decrecentistas hablan de salir del capitalismo, la mayoría de las veces se refieren a salir del “imaginario capitalista”. A un cambio de mentalidad, no de sistema. Es más, piensan que este otro cambio, que comportaría la destrucción de la democracia burguesa, la socialización de la producción, la eliminación del mercado, la abolición del salario y la desaparición del dinero, engendraría “el caos”, algo “insostenible” que además tendría el defecto de no terminar con el “imaginario dominante.” Estamos muy lejos de caminar hacia lo que en otra época se llamó socialismo o comunismo. Lo que se pretende es más sencillo: poner a dieta al capitalismo. No cabe la menor duda de que sus dirigentes, estimulados por el éxito de una “economía solidaria” a la que el Estado ha transferido suficientes medios, y, forzados por el agotamiento de los recursos y la escasez de energía barata, se van a convencer de la necesidad de entrar “en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materias primas y energía” (Martínez Alier). Los millones de parados que engendraría dicha transición habrían de coger el ordenador y marchar al campo, recipiente de un sinfín de “nuevas actividades”, medida que fluiría de un “ambicioso programa de redistribución” incluyendo una “renta de ciudadanía” (Taibo), al alcance solamente de las instituciones estatales. En tanto que tentativa de salirse del capitalismo sin abolirlo, al pasar a la acción y entrar en el terreno de los hechos, los decrecentistas confluyen con el viejo y abandonado proyecto socialdemócrata de abolir el capitalismo sin salir nunca de él. Si acabar con el capitalismo de forma abrupta es una forma de “decrecimiento traumático” que va contra el “decrecimiento sostenible” (Cheynet), qué decir tendría acabar con la política. Aunque no haya más política que la que sigue los designios de la economía, y, por lo tanto, del crecimiento, no se concibe otra manera de “implementar” las medidas necesarias de cara a una “transición igualitaria hacia la sostenibilidad” que la de “recuperar protagonismo como comunidades políticas” (Mosangini), por ejemplo, mediante “una propuesta programática ante las elecciones” (Jaime Pastor). Así pues, los decrecentistas podrán cuestionar el sistema económico que han renunciado a destruir, pero nunca cuestionarán sus subproductos políticos, los partidos, el parlamentarismo y el Estado, instrumentos conviviales y espirituales donde los haya. Aunque en casa la boca se les llene con lo de “recobrar espacios de autogestión”, de puertas afuera claman por el engendro de la “democracia participativa”, es decir, por la vigilancia y asesoría de las instituciones y constructoras en materia de urbanización e infraestructuras, al objeto de conjurar las protestas radicales en defensa del territorio.

El Estado es el aparato mediador entre el capital en su conjunto y los capitales particulares

Del ciudadanismo, la ideología del decrecimiento conserva intactos el pánico a los conflictos, el amor a las nuevas tecnologías y la adhesión al Estado “democrático”. Los ciudadanistas han circulado antes por la carretera estatista en sus demandas de tasación y regulación financiera. En los países llamados democráticos porque ocultan su totalitarismo, un pretendido sujeto emerge de las ruinas del proletariado: la “ciudadanía”. Éste es el disfraz con que la lumpenburguesía se sirve para presentar la cuestión social no como respuesta a las prácticas de una clase dominante propietaria del mundo, sino como un problema de impuestos y de derechos civiles, efectivamente bloqueados o recortados por leyes de excepción necesarias para el funcionamiento de la economía, que es de manera progresiva una economía de guerra. La acción ciudadana no consistirá en suprimir las diferencias de clase, igualar la remuneración de los funcionarios, impugnar la existencia de las jerarquías y menos aún en reivindicar una expropiación generalizada; consistirá sencillamente en “repolitizar la esfera pública y recordar a los consumidores que son por encima de todo ciudadanos” (Jorge Reichman). Afirmar rotundamente que otro capitalismo es posible, reclamando al Estado como buenos votantes nuevas leyes que garanticen los derechos conculcados y una nueva fiscalidad que repare los daños provocados en la sociedad y el medio ambiente. Para los ciudadanistas, ni la política ni el Estado tienen carácter de clase y forman parte del mecanismo de explotación, sino que son espacios neutros susceptibles de ponerse al servicio de intereses comunes con tal que sean controlados por observatorios y comisiones de seguimiento. Ante esa convicción inamovible, el alboroto y la algarada que acompañan a las movilizaciones no resultan argumentos “que pesen en el debate” y han de condenarse en favor de las manifestaciones pacíficas y festivas, del diálogo con los poderes y de las elecciones.

A pesar de las diferencias, no existe una contradicción mayor entre la ideología ciudadanista y la del decrecimiento, sino una continuidad lógica. Las dos traducen la mentalidad de las clases medias en dos etapas distintas del capitalismo. El ciudadanismo se correspondía con un periodo expansivo, donde había especulación para todos. Las clases medias ciudadanas no escupen en la mano que les presta dinero; por eso eran optimistas y contrarias a contestar una economía que parecía funcionar; sólo era cuestión de moralizarla con regulaciones y controles institucionales preferentemente en manos de la “izquierda real”. No querían modificar el sistema político, sino renovar los contenidos de los programas; soldar el partido del Estado. Para mejor precisar estos objetivos, se negaron a constituirse en partido, diluyeron su keynesianismo y de estar “contra la globalización” se fueron a “otra globalización”. Mientras tanto, el único decrecimiento que hubo fue el de la conciencia social. Cuando el panorama se volvió negro, el rosario de crisis financieras, bursátiles e inmobiliarias donde desembocó la expansión burbujeante de la economía tuvo consecuencias funestas para la “ciudadanía”, fuertemente endeudada y con el imaginario puesto en una segunda residencia y unas vacaciones en Cancún. Por primera vez en muchos años hubo decrecimiento, pero en forma de recesión económica, no de imaginario liberado. La factura de las crisis no se detuvo en los que pagan siempre sino que llegó hasta el empresariado, al que también se le cerró el crédito. Las bolsas de excluidos y morosos se dispararon. El temor a situaciones como las del “corralito” argentino se hizo palpable. El retorno de un Estado fuerte tapando los agujeros con fondos y creando trabajo se impuso como solución. El discurso del cambio climático sacó fuera del baúl de los horrores a la energía nuclear. El “peak” de la producción petrolífera puso en marcha el negocio de las energías renovables. La misma clase dominante tuvo que reconsiderar la “alternativa” del keynesianismo y la industria verde, única posibilidad de crecimiento inmediato. El capitalismo viraba seriamente hacia el desarrollismo “sostenible”, auxiliado por un ecologismo que no se propuso desafiarle, un ecologismo pues inoperante ecológicamente. Un cambio de paradigma capitalista de tal magnitud, o dicho más exactamente, un estado de excepción ecológico, primer capítulo de una economía de guerra, acarreaba importantes alteraciones en la producción, el consumo y la manera de vivir, cambios que afectaban a las clases perdedoras. Había llegado el momento de salirse de un determinado tipo de capitalismo y permitirse el lujo de declararse anticapitalistas.

La destrucción y reconstrucción del planeta forma parte del proceso de valorización capitalista

Ante una clase media arruinada, millones de parados y unas perspectivas económicas realmente belicosas, el proyecto ciudadanista resultaba ridículamente moderado. El capitalismo se adelantaba al fomentar un Estado verde dentro de una economía verde. El catastrofismo ecologista había encontrado padres adoptivos en las instancias dirigentes del más alto nivel, enriqueciendo el lenguaje de Estado. Reaparecieron jerarcas partidarios de poner límites, incluso, a largo plazo, de ir hacia un capitalismo sin crecimiento, tal como recomendaron los expertos del Club de Roma hace casi cuarenta años. Los medios decrecentistas recibieron un aluvión de adherentes con ganas de marcha; de ahí las presiones para abandonar el debate entre expertos (a fin de “ejercer la ciudadanía”) y el individualismo (o el “decrecimiento en una sola aldea”), bien creando un partido político o en su defecto un “movimiento”, bien proponiendo nuevas instituciones y profesiones. Por ahora los nuevos horizontes de la economía y de la política no convergen con “el programa reformista de transición” del decrecimiento, todavía en mantillas, pero sin duda acercan posiciones. Los dirigentes capitalistas son conscientes de que incorporar criterios de sostenibilidad a la gestión económica es la mejor garantía para la supervivencia de las empresas. Los objetivos de un programa patronal como el llamado “Responsabilidad Social Corporativa” son “integrar los aspectos económicos, sociales y medioambientales en la actividad empresarial e incluirlos en su estrategia.” Uno creería estar leyendo Le Monde Diplomatique. Por otro lado las decisiones empiezan a regresar a la esfera del Estado, recobrando éste en parte la facultad de definir los intereses generales, lo que renueva con mayor realismo las esperanzas decrecentistas de un “control democrático de la economía por la política”. Un entendimiento con el orden es posible. Empresarios, políticos y fans del decrecimiento, unos quedándose dentro sin salirse, otros saliéndose fuera sin quedarse, coinciden a grandes rasgos en poner atención al metabolismo de la economía y gravar las pérdidas del ecosistema “sin mermar el bienestar de los empleados.” De acuerdo pues en el refuerzo de los controles, en la necesidad de pagar la “deuda de carbono”, en la difusión de las nuevas tecnologías, en el aumento de la inversión pública, en el reciclado de basuras, en la gestión “democrática” del territorio y, sobre todo, en la aceptación de determinadas restricciones al consumo, que habrá de basarse no ya en la abundancia, sino en el racionamiento (por ejemplo, energético). Desde cualquier ángulo, las soluciones pasan por disciplinar a los individuos en tanto que consumidores, reeducándolos en el ahorro, la austeridad, el reciclaje y el pago de tasas académicas e impuestos mayores. En tanto que automovilistas, financiándoles la compra de coches menos contaminantes, pero obligando a pagar peajes por acceder a los centros de las conurbaciones y trabando al estacionamiento. Y también en tanto que trabajadores, preparándolos para el reparto de trabajo, la reducción salarial, la recolocación en medio rural y el ocio creativo. Finalmente, la necesidad de mantener a sectores enteros de excluidos del mercado laboral revaloriza experiencias marginales como cooperativas, huertos urbanos, desescolarización, entretenimiento comunitario, trueque, movilidad sostenible, etc.; es decir, garantiza la existencia de una economía marginal tolerada e incluso protegida, un “tercer sector” al que se transfiere por las vías fiscal y administrativa un pedacito de los beneficios de la economía “real”.

Violencia anticapitalista o destrucción de la especie Humana

Muchas ideas expuestas en los papeles decrecentistas son interesantes y comprensibles en un contexto de rebeldía, y aún se entienden mejor en las obras de los autores originales de donde fueron recuperadas. No forman un conjunto coherente, puesto que su base social no es coherente. Dada la “diversidad” de personajes, colectivos y sectores presentes, en distintos niveles de compromiso con la dominación, la mediación a través de la práctica se produce en la confusión y la arbitrariedad. Todos tienen en común el huir de ese factor esencial de conocimiento que es la revuelta. Todos temen al trauma de la revuelta. El decrecimiento es un paraguas bajo el que se cobijan posturas imposibles de unificar: unas se limitan a acampar en los prados de la pedagogía, otras insisten en preñar la política y el sindicalismo, y el resto obedece a la llamada de la tierra. Cada posicionamiento refleja los intereses concretos de un determinado grupo social, distintos e incluso opuestos a los de los otros grupos, puesto que la clase en la que se insertan no es una auténtica clase, sino un montón de pedazos de otras. La Historia muestra suficientes ejemplos de la única materia que puede reunir tal tipo de fragmentos: el miedo. Un movimiento sin intereses claros y con la estrategia por definir, impulsado por el pánico, no puede funcionar más que al servicio de otros intereses, estos por supuesto bien visibles, y como parte de otra estrategia, perfectamente definida: en ausencia de un movimiento revolucionario real, mandan los intereses y la estrategia de la clase dominante.

Son encomiables muchos experimentos de desvinculación, reivindiquen o no reivindiquen el decrecimiento, pues en las épocas sombrías tienen la fuerza del ejemplo, a condición, eso sí, de presentarse como lo que son, modos de sobrevivir más llevaderos, de coger aliento si cabe, pero nunca panaceas. Son un comienzo pues la secesión es hoy la condición necesaria de la libertad. Sin embargo, ésta no tiene valor sino como fruto de un conflicto, o sea, unida a la subversión de las relaciones sociales dominantes. Constituyendo una especie de guerrilla autónoma. La relación con los combates sociales y la práctica de la acción directa es lo que confiere el carácter autónomo al espacio, no su existencia en sí. La ocupación pacífica de fábricas y territorios abandonados por el capital podrá resultar a veces loable pero no funda una nueva sociedad. Los espacios de libertad aislados, por muy meritorios que parezcan, no son barreras que impidan la esclavitud. No son fines en sí mismos, como no lo eran los sindicatos en otros periodos históricos, y difícilmente pueden ser instrumentos para la reorganización de la sociedad emancipada. Durante los años treinta fue cuestionado ese papel, atribuido entonces a los sindicatos únicos, porque se le suponía reservado a las colectividades y a los municipios libres. El debate merece recordarse, sin olvidar que, a la hora de la verdad, la autonomía de cada institución revolucionaria, sindicatos incluidos, fue asegurada por la presencia de milicias y grupos de defensa. Pero hoy las cosas son diferentes; la emancipación no va a nacer de la apropiación de los medios de producción sino de su desmantelamiento. Las zonas relativamente segregadas hoy en día existen precisamente porque son frágiles, porque no son una amenaza, no porque constituyan una fuerza. Y sobre todo, porque no sobrepasan los límites del orden: en Francia, la mayor aportación del millón de neorrurales no ha sido otra que “votar a la izquierda”. Al fin y al cabo, también son contribuyentes. Los islotes autoadministrados no transforman el mundo. La lucha, sí. No estamos en la época de los falansterios y las icarias. La democracia directa y el autogobierno han de ser respuestas sociales, la obra de un movimiento nacido de la fractura, de la exacerbación de los antagonismos sociales, no del voluntarismo campañil, y no han de producirse en la periferia de la sociedad, lejos del mundanal ruido, sino en su centro. El espacio será efectivamente liberado cuando un movimiento social consciente lo arrebate al poder del Mercado y del Estado, creando sólidas contrainstituciones en él. La salida del capitalismo será obra de una ofensiva de masas o no será. El nuevo orden social justo e igualitario nacerá de las ruinas del antiguo, puesto que no se puede cambiar un sistema sin destruirlo primero.

Extraido de la publicación Libre Pensamiento, número 63, invierno 2010.

Fuente: Klinamen

Extracto de Tres Guineas de Virginia Woolf

“En otras palabras, señor, creo que usted quiere decir que el mundo, tal como es, está dividido en dos servicios, el público y el privado. En un mundo, los hijos de los hombres con educación trabajan como funcionarios públicos, como jueces, militares, y son pagados por este trabajo; en el otro mundo, las hijas de los hombres con educación trabajan como esposas, madres e hijas, pero no son pagadas por esto trabajo. ¿Es eso? ¿Es que el trabajo de madre, esposa e hija no vale nada para la nación, en dinero contante y sonante? Este hecho, si es que de un hecho se trata, resulta tan pasmoso que tenemos que confirmarlo recurriendo una vez más al impecable Whitaker.

Busquemos de nuevo en sus páginas. Y buscamos y buscamos en ellas. Parece increíble, pero parece innegable. Entre todos esos oficios, no está el oficio de madre; entre todos esos sueldos, no está el sueldo de madre. El trabajo de arzobispo cuesta 15.000 Libras anuales al Estado; el trabajo de un juez le cuesta 5.000 Libras al año; el trabajo de un capitán del ejército, de un capitán de marina, de un sargento de dragones, de un policía, de un cartero, todos estos trabajos merecen un pago efectuado mediante los impuestos que tributamos, pero las esposas, las madres y las hijas, que trabajan todo el día, todos los días, y sin cuyo trabajo el Estado se derrumbaría y se haría añicos, sin cuyo trabajo los hijos de usted, dejarían de existir, no cobran nada. ¿Es posible?. ¿O tenemos que condenar al impecable Whitaker por el delito de errata?.

(…)

En las biografías de los maridos, leyendo entre líneas, encontramos a muchas mujeres dedicadas a trabajar, ¿Qué nombre vamos a dar a la profesión consistente en traer al mundo nueve o diez hijos, a la profesión consistente en llevar una casa, cuidar a un inválido, visitar a los pobres y a los enfermos, atender a un padre anciano, a la madre vieja? Esta profesión carece de nombre y de retribución, pero encontramos a tan gran número de madres, hermanas e hijas de hombres con educación practicando dicha profesión durante el siglo XIX que debemos reunirlas, y reunir sus vidas, detrás de las vidas de sus maridos y hermanos, y permitir que comuniquen su mensaje a quienes tienen tiempo para extraérselo e imaginación para descifrarlo.”

Extraído de ‘Tres Guineas’ de Virginia Woolf. 1938.


Crecimiento cero y capital

Alejandro Nadal

La destrucción del medio ambiente y el crecimiento parece que van de la mano. Por esa razón hoy existe un movimiento importante que propone un crecimiento cero o hasta un de-crecimiento en las economías del planeta como una forma de frenar el deterioro del medio ambiente.

El decrecimiento es definido como una reducción en términos físicos en la producción y consumo a través de una contracción en la escala de actividad y no sólo por incrementos en la eficiencia. En un trabajo reciente Kallis-Schneider-Martínez Alier (www.esee2009.si) explican que el decrecimiento puede ser visto como una reducción voluntaria, equitativa y gradual en la producción y consumo de tal modo que se garantice el bienestar humano y la sustentabilidad ambiental a nivel local y global, tanto en el corto como en el largo plazo.

Para alcanzar el decrecimiento se han propuesto muchas medidas relacionadas con tecnología, trabajo, educación y crédito. Algunas de estas medidas están relacionadas con políticas macroeconómicas. Por ejemplo, se propone una reforma monetaria en la que desaparece la moneda fiduciaria, considerando que así se corta de tajo la propensión al crecimiento desenfrenado. La moneda fiduciaria no está respaldada por reservas de oro o algún otro metal, o valores y divisas, de tal modo que su valor intrínseco es nulo. Su función de medio de pago es posible porque ha sido designada oficialmente como el instrumento monetario por excelencia. La confianza derivada de esta declaratoria permite que un simple pedazo de papel pueda desempeñarse como instrumento monetario. Parece que los seguidores del decrecimiento siempre han visto un enemigo en este mecanismo porque les parece que permite el crecimiento sin fin por carecer de un referente tangible. Esta es una visión equivocada: la prueba es que aún cuando la moneda no era fiduciaria había crecimiento.

El crecimiento tampoco encuentra sus orígenes en una patología cultural, una manía, un fetiche o una moda loca. El crecimiento es la consecuencia directa de la operación de las economías capitalistas. Y esta afirmación se aplica al capitalismo tal y como existía en Génova en el siglo XVI, o al mundo de las mega-corporaciones que imponen sus reglas en los mercados globales. También vale para describir lo que pasa en el capitalismo industrial o en el financiero.

En pocas palabras, el crecimiento está generado por factores endógenos del capitalismo porque el objetivo del capital es producir ganancias sin un fin determinado. Ese es el sentido de la particular forma de circulación monetaria que define al capital. Por la ley de la mercancía su propósito no es producir cosas más o menos útiles (o decididamente inútiles), sino producir ganancias y reproducirse a sí mismo. Por eso el capital es un motor de acumulación interminable, independientemente de si existe o no una moneda fiduciaria, o de si hay tal o cual mentalidad. La competencia intercapitalista es la manifestación de esta característica del capital.

En los Grundrisse, Marx señala que “conceptualmente, la competencia no es otra cosa que la naturaleza interna del capital, su carácter esencial, que surge y se realiza en la interacción de muchos capitales, una tendencia interna que se presenta como necesidad externa. El capital existe y sólo puede existir como muchos capitales y su determinación aparece como la interacción recíproca de unos con otros. Por las fuerzas de la competencia, el capital está siendo continuamente acosado ‘¡marcha, marcha!”

Cada componente de estos capitales es un centro privado de acumulación y sabe que de no actuar como tal, la competencia lo aniquilará. Por eso el capital siempre está estrenando espacios de rentabilidad: nuevos productos, procesos y mercados. Cada intersticio y cada oquedad es un territorio en espera de ser conquistado para la rentabilidad del capital. Para sus ojos inquietos, todo es un espacio de rentabilidad, desde los alimentos y el agua, los recursos genéticos, los yacimientos de petróleo o las píldoras tranquilizantes para olvidar el estrés cotidiano.

¿Podríamos tener un sistema tecnológico tan eficiente que redujera la huella ecológica aún con crecimiento? Eso está por verse, pero por el momento las ganancias de eficiencia han sido contrarrestadas por el efecto escala y por el efecto boomerang (al incrementar la eficiencia, los costos unitarios disminuyen, los precios bajan y aumenta el consumo).

Debe quedar claro que el crecimiento capitalista es una especie de enfermedad que todo destruye, comenzando con el ser humano. El corolario de todo esto es que la única forma de abandonar la manía del crecimiento es deshaciéndonos del capital. Por supuesto, esto abre otra discusión interesante. Mientras tanto, la teoría macroeconómica lo único que ha podido hacer es darse cuenta de las consecuencias terribles del estancamiento en las economías capitalistas: desempleo, inventarios no vendidos, crisis. ¿Capitalismo sin crecimiento? No va a ser fácil.

http://www.jornada.unam.mx/2010/07/21/index.php?section=opinion&article=028a1eco

El sentido de pertenencia

En los primeros encuentros internacionales organizados por ‘Mujeres de Negro’, precisamente porque era blandido como motivo para pelear, uno de los temas recurrentes fue el sentido de la pertenencia. En el encuentro de Mérida, en las palabras de Violeta Djikavovic, parecía un problema menor:


Yo vivía en el oeste de Serbia. Serbios y musulmanes compartíamos y nos alegrábamos con las fiestas religiosas de unos y otros. No sentía la pertenencia a una nación. El espacio de la exYugoslavia me despierta gran nostalgia.”


Pero la tensión, las acusaciones y, finalmente, las matanzas alentadas entre los miembros de las distintas comunidades, habían destrozado, de hecho, la buena convivencia:


Soy refugiada en Belgrado, venida de Sarajevo. He vivido 36 años en un ambiente pluriétnico y pluricultural. Antes me declaraba yugoslava, ahora no puedo hacerlo. Tampoco puedo decir que soy bosnia porque ahora todos identifican bosnia con musulmana. Por tanto me declaro mujer de Sarajevo.”


Gordana Naradic lo decía de un modo con el que era fácil identificarse, al proyectar la pertenencia en el cariño por la tierra, en canciones y paisajes, aspectos emocionales que se sitúan más allá de la política.


Yo no hablo de pertenencia étnica, sino de pertenencia cultural. Para mí la patria es una categoría emocional: los espacios, colores y sabores de la tierra donde nací.”


Stasa Zajovic, la mujer que nos conectó con el movimiento de ‘Mujeres de Negro’, escribió en aquellos días que la ideología nacionalista reduce la identidad de las mujeres a ser madres, las madres son identificadas con la nación, y la nación, con la patria. Los nacionalistas que ella conoció hablaban sin cesar del Estado-Nación en términos de madre: madre Serbia, madre Croacia, reclamando par ella el derecho a la autodeterminación. Mientras tanto, negaban a los hombres y mujeres de carne y hueso ese mismo derecho. A los hombres, les negaban el derecho a seguir su conciencia rechazando ir a la guerra y a las mujeres la autodeterminación sobre sus cuerpos y sus vidas.


Lo que muestra, seguía diciendo Stasa, que la idea de nación es un mito, mítico y vacío, y que si ha de hablarse colonización habría que tener en cuenta que el primer grupo colonizado lo constituyen las mujeres. Los cuerpos de las mujeres son el territorio colonizado, tierra disponible para ser cultivada por unos –para el engrandecimiento de la patria propia- y arrasada por otros –para dominación y colonización de los enemigos-; frente a la autodeterminación de la nación, concluía Stasa, hay que oponer y reclamar la autodeterminación de las mujeres.


Extraído de 'Mujeres en pie de paz'. Carmen Magallón

Una vía de futuro: el decrecimiento

Carolina T. Godina - crisiseconómica2010

Dado que dos personas me pidieron que escribiera sobre que distinción existe para mí entre decrecimiento y pobreza, aquí va este artículo. Ante todo dejar claro que esta es mi perspectiva y mi postura al respecto y que no pretendo tener la verdad sobre esta cuestión, sencillamente es una opción por la que pasa parte de nuestro porvenir como especie y la de todo el planeta en su conjunto.

Decrecer en el diccionario significa ‘menguar o disminuir’… bien, esto puede hacernos pensar que un movimiento basado en el decrecimiento implica inevitablemente un empobrecimiento de las personas que abogan por un modelo tal. Sin embargo, no tiene porque suponer un empobrecimiento, pero sí un acto de renuncia a toda una serie de cosas que nos arrastran al deterioro ambiental, físico y mental. Algo basado en una disminución y una mengua nos asusta porque relacionamos estos términos con un deterioro importante en el ámbito material al que tan bien acostumbrados estamos. Creo que no es más que uno de los frutos de nuestra cultura, basada en un lenguaje tendencioso que ha buscado estigmatizar ciertos términos a favor de otros que han servido para manipular y mancillar determinadas tendencias. Fijaos en el lenguaje de los que creen que el progreso es regular y ascendente, siempre usan términos que alimentan esa idea.

El lenguaje es una arma muy potente y de ahí que se use a conciencia para manipular a las personas, pero como todo poder, el del lenguaje también es, en cierta medida, neutro, cobra sentido en función del contexto en el que lo situemos y como utilicemos los términos. El lenguaje cobra sentido cuando lo usamos en uno u otro contexto. Es una herramienta como otra, y el uso de una palabra en un contexto o en otro puede adquirir sentidos muy dispares e incluso antagónicos.

El decrecimiento, por tanto, puede ser visto como algo negativo que hay que evitar a toda costa o como algo positivo, todo depende de la mirada que pongamos encima del término y de qué modo lo situemos en el contexto actual. Eso no quiere decir que sea algo arbitrario, ya que decrecer es decrecer, pero lo que trato de transmitir es que el sentido último de este término no necesariamente es negativo, es decir, los paisajes que este término dibuja no tienen porque ser la miseria y el empobrecimiento, como muchos nos quieren hacer creer, sino todo lo contrario. La idea es decrecer, para poder desarrollarnos como seres humanos de un modo más sano para todos y para nuestro planeta.

Ahora expongo como entiendo yo la diferencia entre decrecimiento y pobreza. Para mi el decrecimiento es dejar de vivir como si los recursos fuesen infinitos, como si la Tierra siempre nos fuera a nutrir pase lo que pase, como si el mundo solo existiera para ser sobreexplotado, etc. Decrecimiento es vivir de un modo más acorde con el ambiente y las personas que nos rodean, no gastar por encima de nuestras posibilidades y no me refiero simplemente a artículos caprichosos e innecesarios, sino no consumir más recursos de los que realmente necesitamos. Decrecimiento es buscar las vías que nos ayuden a recuperar la buena salud del planeta y por ende de sus habitantes.

Los términos de progreso, crecimiento, evolución, desarrollo, guardan en su seno aquello que los contradice. Toda la carga de la que las hemos dotado los convierte, actualmente, es un chiste de mal gusto. Además, sin duda, se han relacionado estos términos con algo positivo, pero ese algo se ha hecho extensivo incluso a aquellos aspectos nefastos que no tienen nada de progreso ni de avance. En estos términos se esconde actualmente la ley del más fuerte.

A todo esto se puede objetar, que los países pobres se verán más empobrecidos si se quiere extender esta propuesta de decrecimiento a estos países, pero este decrecimiento va dirigido principalmente a los países ricos para que los países pobres no se vean en permanente desventaja y puedan disponer de sus propios recursos y alimentos. Sin embargo, no negaré que si el crecimiento capitalista es insostenible para los países ricos también lo será, en un futuro no muy lejano, para los países que todavía están en unos niveles de vida precarios. Pero confío que muchos otros grupos humanos y países, aprenden de los errores que los países ricos hemos cometido y que hemos fomentado en otros rincones del planeta, y apuesten por nuevos enfoques transformadores que dejen atrás el modelo capitalista que concibe el mundo como un objeto a explotar infinitamente.

Otros piensan, por poner un ejemplo, que todos los africanos desean una África como Occidente y creo, en parte, que esto es algo que nos han hecho creer los medios de comunicación alertándonos de la imposibilidad de que los países llamados ‘subdesarrollados’ puedan llegar a un desarrollo semejante, puesto que tal desarrollo sería la debacle planetaria definitiva. Aunque es evidente que no es posible el desarrollo capitalista a escala mundial como ya he apuntado más arriba, también es cierto que tal afirmación esconde el interés por parte de los países ricos de mantener a gran parte de la humanidad en la más absoluta pobreza e indefensión, ya no por cuestiones de recursos naturales (que ya hemos visto que a los gobernantes les importa un comino el bienestar del planeta), sino, y principalmente, para seguir demostrando el poder de los países ricos y tener una cantera de esclavos además de un mercado donde vender armamento y seguir sobreexplotando el planeta. Alimentar el conflicto en los países pobres para vender el armamento de los países ricos y mientras alimentar en nuestras mentes la idea de que África ya está bien como está, el razonamiento de los poderes económico-políticos es perverso y estúpido (una combinación altamente peligrosa).

Y yo respondo que en África, como en tantos otros lugares del mundo donde la pobreza es la norma, no todos los modelos que se proponen siguen la línea del modelo capitalista, cada vez son más, a nivel ciudadano, los que se percatan del peligro que supone un crecimiento como el que sigue Occidente y ya están proponiendo otros modelos viables (si nos trasladamos a Asia, en India hay ejemplos interesantes de conciencia ciudadana entre las capas más humildes de la población, que son a menudo las que tienen ideas más innovadoras), acordes con el entorno, donde las necesidades estén cubiertas sin necesidad de malbaratar lo que la tierra nos da, pero claro esto tiene poca visibilidad, porque por el momento aún son propuestas que no se han extendido lo suficiente sin olvidar, además, que no interesa mucho que cunda el ejemplo ya que eso significaría un mundo más justo para todos y una reparto equitativo, todo ello unido a la cooperación entre las personas, lo que haría perder poder a las multinacionales y a los magnates del planeta que ya no podrían seguir usando el poder económico como arma de dominación y explotación.

La propuesta de decrecimiento que suena desde hace años en distintos puntos de nuestro mundo, no es descabellada. La gente que la defiende no defiende la vuelta a la edad de piedra, no se trata de eso. Se trata de recuperar la gestión de los recursos locales a base de cooperación entre las personas, buscar energías más sanas y respetuosas con el medio ambiente, buscar otras maneras de cultivar la tierra, otras formas de organización entre las personas, otros modelos económicos en los que el dinero realmente no esté por encima de las personas y el intercambio no se base siempre en monedas y billetes. Decrecer es disminuir de forma notable nuestro consumismo compulsivo y nuestro consumo de determinadas energías no renovables. Decrecer es buscar el mínimo impacto en nuestro entorno, no solamente pensando en nosotros mismos y en nuestros intereses inmediatos, sino poniendo la vista mucho más allá, poniendo la vista en los demás, buscando un mundo en el que podamos vivir todos dignamente.

Para concluir lo haré con una frase de un libro muy recomendable. Lo curioso es que lo que expongo en el artículo lo escribí antes de llegar a esta parte del libro, sincronías.

“Que nadie piense que decrecer económicamente es un obstáculo para crecer. En realidad es casi una necesidad, pues sólo cuando abandonemos totalmente nuestra idea de crecimiento material, podremos crecer social, cultural y espiritualmente”.*

Dada la situación apremiante que vivimos, ¿nos atreveremos de una vez a renunciar a ciertas cosas para cuidar de nuestra Tierra y de todos los que en ella viven?

* Del libro ‘Camino se hace al andar’, de José Luis Escorihuela. Editorial Nous, Córdoba, 2008.

Publicado en crisiseconómica2010: El decrecimiento: una vía de futuro

Una aproximación revolucionaria: Decrecimiento

El presente artículo pretende contribuir al debate sobre la crisis ecológica, no tanto para proponer posibles alternativas concretas, de las cuales existe abundante bibliografía, como para aportar argumentos desde un punto de vista marxista. Por Oscar Simón.

Serge Latuoche, economista francés, publicó en 2003 en Le Monde Diplomatique un artículo titulado “Por una sociedad del decrecimiento”. En él realizó observaciones muy interesantes: “cabe definir a la sociedad de crecimiento como una sociedad dominada precisamente por una economía de crecimiento, y que tiende a dejarse absorber en ella. El crecimiento por el crecimiento se convierte así en el objetivo primordial, si no el único de la vida. Semejante sociedad no es sostenible, ya que se topa con los límites de la biosfera.”

Esto es rotundamente cierto, la Tierra es una esfera autocontenida, cuyos aportes externos son las radiaciones solares y cósmicas junto a algún meteorito ocasional. Por lo tanto la mayoría de los metales, los combustibles fósiles no son ilimitados, y por consiguiente, tarde o temprano se agotará la explotación comercial del hierro, el carbón, el petróleo, el aluminio etc.

Los fundamentos del decrecimiento

Latouche también introduce el concepto de huella ecológica, un indicador agregado definido como «el área de territorio ecológicamente productivo (cultivos, pastos, bosques o ecosistemas acuáticos) necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población dada con un modo de vida específico de forma indefinida», Wackernagel et al., 1997. Así Latouche afirmaba en 2003 que “un ciudadano de Estados Unidos consume en promedio 8,6 hectáreas, un canadiense 7,2, un europeo medio 4,5. Estamos muy lejos de la igualdad planetaria y más aún de un modo de civilización duradero que necesitaría restringirse a 1,4 hectáreas, admitiendo que la población actual se mantuviera estable.”

En este mismo artículo Latouche también nos habla de la dicotomía entre el desarrollo humano y el crecimiento económico: “Herman Daly estableció un índice sintético, el Genuine Progress Indicator (GPI), que ajusta el Producto Interior Bruto (PIB) según las pérdidas debidas a la contaminación y degradación del medio ambiente. En el caso de los Estados Unidos, a partir de los años setenta el índice de progreso auténtico se estanca o incluso retrocede, mientras que el PIB aumenta. Lo que equivale a decir que, en esas condiciones, el crecimiento es un mito, porque lo que crece por un lado decrece más fuertemente por el otro.”

Por último, Latouche introduce una serie de valores que deberían ser priorizados: “el altruismo debería anteponerse al egoísmo, la cooperación a la competencia desenfrenada, el placer del ocio a la obsesión por el trabajo, la importancia de la vida social al consumo ilimitado, el gusto por el trabajo bien hecho a la eficiencia productiva, lo razonable a lo racional, etc.”

En resumen, Latouche constata la crisis ecológica a la que nos ha conducido el capitalismo, durante sus doscientos años de dominio y aporta una salida: el Decrecimiento.

Esta crisis ecológica puede resolverse de varias maneras. Si los actuales dueños del mundo continúan dominando, el futuro será muy parecido al esbozado en la película Soylent Green (en castellano se llamó Cuando el destino nos alcance) estrenada en 1973, dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Charlton Heston. En ella se describe un futuro distópico, donde una gran mayoría vive hacinada o sin hogar, alienada de una naturaleza arrasada por una permanente ola de calor (lo que ahora conocemos por cambio climático), sin acceso a agua corriente, y que para su alimentación depende totalmente de gran una corporación llamada Soylent. Ésta es la única proveedora planetaria de comida en forma de preparados naranjas, azules, amarillos y el codiciado verde (en inglés “Soylent Green”, de ahí el nombre del largometraje). A la vez una minoría formada por los políticos y los directivos de Soylent viven en lujosos apartamentos con aire acondicionado, resguardados de los pobres por alambradas, zanjas y guardias de seguridad. Esta élite tiene acceso a alimentos naturales y no duda en utilizar camiones excavadora para sofocar los disturbios. La película, basada en la novela Make Room, Make Room de Harry Harrison, autor de Flash Gordon entre otras, es increíblemente premonitoria. De hecho, esta ficción guarda un más que inquietante y a la vez siniestro parecido con las nuevas ciudades descritas por Mike Davis en su obra Ciudad de cuarzo. Arqueología del futuro en Los Ángeles, (Lengua de Trapo, 2003), o en la más reciente Planeta de ciudades Miseria, (Foca, 2007). En resumen, la solución del capitalismo a la crisis sólo puede ser el incremento de la desigualdad, el axioma de socialización de los desastres y privatización de los beneficios se sigue cumpliendo a rajatabla.

Latouche, economista y en la estela del también economista Nicholas Georgescu-Roegen, ofrece el decrecimiento como una salida a una crisis ecológica de escala planetaria, que a cada año que pasa se agrava. De hecho, en estos momentos, Kiribati, un pequeño país de Oceanía formado por islas coralinas, esta empezando a desaparecer bajo el mar. Unas 110.000 personas observan cómo bajo el influjo del cambio climático las crecientes aguas del Pacífico sur sepultan sus casas.

La palabra “decrecimiento” es provocadora en sí misma, ya que cuestiona uno de los dogmas fundamentales del capitalismo, “crecer o perecer”. Este dogma no es sólo de carácter ideológico, sino que es una de las leyes insoslayables del capitalismo. Como demostró Marx en el siglo XIX, los capitalistas están abocados a crecer, a luchar por acaparar la mayor cuota de mercado posible, ya que de lo contrario otros capitalistas acabarán con ellos. Esto lleva al sistema a una carrera desenfrenada de acumulación competitiva, donde unos devoran a los otros. Hoy, en la era de las fusiones y de los grandes monopolios nadie puede desmentir esta afirmación. Una compañía de software domina el planeta, aunque los valientes de Linux le presenten batalla, cuatro compañías controlan la base de la alimentación mundial, dos compañías más controlan el mercado aeronáutico y constantemente unas empresas son absorbidas por otras. El capitalista que no crece… desaparece.

Así que es necesario ir más allá que Latouche. El crecimiento no es un objetivo de la sociedad, sino una condición sine qua non del sistema socio económico dominante: el capitalismo.

Estrategias del decrecimiento

Compartiendo el diagnóstico de crisis ecológica y los valores a priorizar que hemos citado antes, he de decir que también participo, en parte, de su diagnóstico de cómo salir adelante. Laotuche afirma lo siguiente: “el problema es que los valores actuales son sistémicos. Esto significa que son suscitados y estimulados por el sistema y contribuyen a su vez a fortalecerlo. Por cierto, la elección de una ética personal diferente, como la sencillez voluntaria, puede modificar la tendencia y socavar las bases imaginarias del sistema, pero sin un cuestionamiento radical del mismo, el cambio corre el riesgo de ser limitado.”

Estas cuatro frases son claves. Latouche parafrasea aquello de “las ideas dominantes son las ideas de la clase dominante”. Pero, sobre todo incide en dos aspectos claves. A saber, que si bien es necesario tener una coherencia ideológica en el consumo, las soluciones a la crisis ecológica deben ser colectivas. Jesús Castillo, profesor de Ecología en la Universidad de Sevilla, en su artículo Luces y sombras del consumo responsable aportaba los siguientes datos que ilustran los límites del consumo personal:

(1) En los hogares del Estado español tan sólo se genera el 12% de los residuos sólidos, lo que limita la capacidad de reducción desde el consumo, así como el margen de reutilización y reciclado.

(2) En el Estado español, el consumo doméstico de agua tan sólo acapara el 10% y la agricultura el 85%. El gasto medio de agua por persona y día es de 140 litros, que con dispositivos de ahorro puede reducirse un 39%. Así, se podría ahorrar como máximo en los hogares un 4% del consumo total de agua. Si a este ahorro le sumáramos un cambio en los hábitos que, por ejemplo, llevara a ducharse tan solo tres días por semana, podría ahorrarse el 50% del agua consumida en los hogares, ¡menos de un 7% del consumo total!

(3) En los hogares se consume directamente menos del 10% de la energía total (el mayor consumidor es el transporte con 35-43%). La Estrategia de Ahorro y Eficiencia Energética en España 2.004-2.012 reconoce que los mayores ahorros de energía pueden darse en el transporte (42%), la industria (16%) y la edificación (16%). El ahorro previsto en equipamientos residenciales y ofimática no llega al 9%.

(4) El consumo energético de turismos privados representa un 15% del consumo energético total, frente al 32% de la industria y el 16% de uso residencial (Fuente: Instituto para la Diversificación y el Ahorro de Energía 2.001). Así, a pesar de que el transporte es el mayor responsable del consumo energético, menos de la mitad corresponde a turismos privados y el resto a camiones de mercancías y autobuses, lo que limita las posibilidades de ahorrar energía en el transporte a través del consumo responsable ya que gran parte se da en el ámbito laboral. Instituto Nacional de Estadística (INE) y del Servicio Europeo de Estadísticas (Eurostat).

Estos datos dejan muy claro que el decrecimiento no puede ni debe tener como objetivo principal una “austerización ” de la mayoría de los habitantes del planeta. De hecho, el movimiento por el decrecimiento actualmente focaliza su acción en el Norte, ya que en el Sur global 2.000 millones de personas viven con menos de dos dólares al día. Por lo cual difícilmente pueden bajar su consumo. A la vez, en los países del norte la mayoría de la población precarizada no goza de grandes lujos superfluos. Es necesario no olvidar que tanto la huella ecológica como los porcentajes de consumos están expresados como medias aritméticas. Esto quiere decir que no contemplan la distribución desigual del consumo según los niveles de renta. Así pues, no consume lo mismo una persona precaria que vive compartiendo habitación en Barcelona, que un ejecutivo que vive en un chalet con piscina situado en una urbanización con campo de golf y rodeada por zonas ajardinadas. En resumen, aunque es necesaria una coherencia en las acciones y denunciar el consumo derrochador, como una burla hacia aquella parte de la humanidad que pasa necesidad y a su vez por ser un atentado contra el medio ambiente, se ha de tener en cuenta que el consumo personal, incluso el de los más ricos, no es la causa principal de la crisis ecológica.

La sociedad en la que vivimos produce colectivamente la mayoría de los útiles y mercancías, lo que lleva a la constitución de una sociedad de consumo, en la que la población se ve obligada a comprar para satisfacer sus necesidades. Ya sean básicas, como la comida, el vestido y el cobijo, o superfluas. Este hecho determina que bajo el capitalismo se mercantilicen todas las necesidades, incluidas por supuesto las básicas. A su vez, la competencia entre empresas provoca que cada capitalista produzca con el objetivo de acaparar el máximo de mercado, lo que lleva a crisis de sobreproducción recurrentes. Ejemplos claros son la crisis de sobreproducción de vivienda que ha llevado a la destrucción del territorio, así cómo a un consumo innecesario de energía, agua, etc., o los millones de teléfonos móviles, ordenadores e incluso alimentos no vendidos que son enterrados para mantener los precios. De hecho se producen suficientes alimentos, medicinas, calzados y ropas para satisfacer las necesidades de toda la humanidad, pero sin embargo éstas no se cubren y la desigualdad crece día a día.

Bukharin en su libro de los años 30 Arabescas filosóficas, ocultado por el estalinismo, decía que “los seres humanos son productos y parte de la naturaleza”. Con esta afirmación continuaba el hilo de pensamiento marxista que determinaba la relación entre la humanidad y la naturaleza, en la que ésta estaba incluida mediante las actividades o trabajos realizados para conseguir todo aquello que los humanos utilizan. Del balance de esta actividad dependerá el equilibrio. Así, cuando el trabajo, la actividad social, está expropiada por una determinada clase cuyo objetivo es la acumulación, el equilibrio se rompe. Para ilustrar dicha relación entre la humanidad y la naturaleza, Marx introducía el concepto de metabolismo. Esta metáfora hablaba del capitalismo como un metabolismo desequilibrado, en el que el despilfarro ocasionado por la voracidad insaciable del capital producía un deterioro del hábitat, así como una artificial separación, “rift”, de la clase trabajadora respecto a la naturaleza. A este “rift” metabólico Marx lo llamó alienación de la naturaleza. La ascensión del estalinismo llevó al capitalismo de estado en la URSS y sus satélites, hecho que sepultó este hilo de pensamiento, compartido por Lenin y Rosa Luxemburg, bajo toneladas de desarrollismo “estajanovista”. Los marxistas clásicos hablaban del socialismo como una sociedad de crecimiento 0, una vez se alcanzara la capacidad para alimentar, dar casas, educación, sanidad etc., a la población del planeta. Hoy, cuando la capacidad productiva de la humanidad es ampliamente superior a las necesidades de la misma, todo marxista que se precie debe tener claro que el desarrollismo no es ya justificable. China, llamada la “fábrica del planeta”, se ha convertido en una máquina de generar pobres que viven sin papeles en su propio país.

Sin embargo, una economía realmente socialista, autogestionada, orientada, planificada colectivamente hacia las necesidades de las personas y no hacia el beneficio empresarial no sólo no caería en el despilfarro característico del capitalismo, sino que conllevaría una eficiencia cooperativa. Por lo tanto, una sociedad basada en la colaboración de productores asociados haría decrecer el consumo de materias primas no sólo sin reducir el bienestar social, sino aumentándolo.

Es muy interesante la coincidencia entre las descripciones que realizan algunos militantes del decrecimiento sobre cómo deberían ser las ciudades, con la utopía descrita por el socialista revolucionario William Morris en su obra Noticias de ninguna parte, publicada en 1890 e inspirada en la sociedad de productores asociados. En ella, el personaje se despierta en una Inglaterra futura, años después de la revolución social. Asombrado, descubre que el Támesis rebosa vida y que la gente vive al ritmo de las estaciones en ciudades rodeadas de campos agrícolas y bosques. Morris, autor entre otros de los versos “únete a la batalla en la que ningún hombre fracasa, porque aunque desaparezca o muera, sus actos prevalecerán.”, recitados al final de la película Tierra y libertad, intenta describir lo que Marx denominó la sociedad de productores asociados para el bien común. Caracterizada entre otras cosas por la eficiencia y el fin de la subordinación del campo a la ciudad (lo que actualmente se llamaría reequilibrio territorial), que había sido resultado de la necesidad del capital de concentrar la población en grandes centros productivos.

El papel de la clase trabajadora

Ahora bien, parte del movimiento por el decrecimiento centra la mayoría de sus propuestas en llevar un paso más allá los postulados éticos del consumo responsable, olvidando la insistencia de Latouche en la necesidad de un cuestionamiento radical del sistema. Los que defienden el decrecimiento desde postulados anticapitalistas consideran a los trabajadores, en el mejor de los casos, unos sujetos pasivos en este cambio. Este enfoque, por ahora mayoritario, que olvida el potencial de la clase trabajadora como sujeto político soslaya dos hechos claves.

El primero es que los trabajadores ya sean oficinistas, teleoperadores, informáticos, camareros, metalúrgicos, etc., son los que más sufren los impactos tanto del deterioro ecológico global como de la polución generada en sus puestos de trabajo. El segundo es la capacidad de los trabajadores de paralizar la industria, ya sea por una mejora económica o ambiental. Es cierto que en determinadas ocasiones los trabajadores chantajeados por la patronal se enfrentan a los ecologistas, como en el caso de las plantas de celulosa ENCE y Botnia en Uruguay. Sin embargo, también se puede citar casos de lo contrario. Así, los trabajadores de una importante cementera en Buñol (País Valencià) presionaron a la multinacional afirmando que en caso de que ésta iniciara la quema de residuos tóxicos ellos iniciarían una huelga indefinida, aún bajo la amenaza de deslocalización. O como los vecinos, todos ellos trabajadores de Sant Feliu de Llobregat, han presionado a las instituciones para que otra cementera detenga la quema de residuos tóxicos. Aunque esté mal decirlo y sea un modesto ejemplo del poder obrero, un compañero de trabajo y yo mismo denunciamos a la empresa por verter productos tóxicos. Éramos conscientes de que nos jugábamos un buen trabajo, y de hecho fuimos despedidos, pero a partir de ese día la empresa dejó de realizar vertidos tóxicos. Un ejemplo de implicaciones mucho más importantes fue la exitosa lucha llevada adelante por la clase trabajadora vasca en contra de las nucleares. Consiguieron que no hubiera centrales en Euskadi y Nafarroa, a pesar de que en plena recesión económica la patronal vendía los numerosos puestos de trabajo que iban a generar. Sin olvidar el trabajo de las asociaciones ecologistas, en aquel momento muy pequeñas, la movilización de las bases obreras de Herri Batasuna y LAB fue clave en esta victoria.

No existe ningún currante al que le guste “tragar mierda” en su trabajo, ni vivir en áreas contaminadas. Lo que sucede es que el control de los medios y mecanismo de producción está en manos de aquellos que tienen segundas residencias en paraísos naturales. Por lo tanto, cuanto más desorganizados se encuentran los trabajadores menor es su fuerza frente a los patrones en todos los sentidos.

En resumen, para poner las personas y el planeta por delante de los beneficios económicos de unos pocos, es decir, para un “decrecimiento real” es necesario cambiar las prioridades del sistema.

Estos pocos son muy poderosos y no van acceder porque sí a un cambio radical de sistema. Tienen los mass media para crear ideología, la policía y las leyes de su parte. Nosotros “sólo” tenemos nuestra capacidad de resistencia. Hay quien dice que ésta se basa en la capacidad de controlar nuestro consumo y obligar a las empresas a cambiar su política. El consumo es un acto individual, miles de personas saben que McDonald apesta y que su comida no es sana, y sin embargo, esta multinacional cada vez es más poderosa. Millones de personas son pobres y no destruyen el planeta, otros millones reciclamos y tenemos un consumo reducido, y sin embargo la crisis ecológica se agudiza día a día. Donde debemos buscar la fuerza es en nuestra capacidad para paralizar el sistema. Un grupo de sin papeles en Francia ha decidido reivindicar sus derechos como seres humanos, no dejando de migrar, sino yendo a la huelga. Así han logrado paralizar un buen número de restaurantes de París y apretar las tuercas al gobierno Sarkozy.

No estoy diciendo que las acciones ecologistas no sean importantes, de hecho son claves y necesarias para despertar consciencias. Luchas como la antitransvasista, la solidaridad generada por el vertido del Prestige, la campaña contra los transgénicos, contra la MAT, las luchas en defensa del territorio, contra los agrocombustibles, etc., son muy importantes para defender la naturaleza de la que formamos parte. Sin embargo, si no queremos un futuro a lo Soylent Green o Mad Max; si queremos una auténtica sociedad sostenible, no secuestrada por el paradigma del desarrollismo a ultranza y arrastrada a una espiral de autodestrucción; si queremos una sociedad eficiente, que no destruya el planeta; si queremos un futuro donde las personas no están esclavizadas por el trabajo, donde exista una relación equilibrada entre humanidad y naturaleza, donde la población no se vea obligada a concentrarse en megalópolis, donde el deshielo del Ártico no sea visto como una oportunidad para buscar petróleo; si hacemos nuestro aquello de “bajo los adoquines está la playa”; si queremos todo esto, no nos basta con reformas graduales, necesitamos una fuerza capaz de poner el mundo patas arriba, una fuerza capaz de cambiar la sociedad desde la raíz, una fuerza revolucionaria. Esta fuerza sin duda se encuentra mayoritariamente en la clase trabajadora consciente

Ética ecosocialista

ÉTICA ECOSOCIALISTA

(EL VERDADERO HOMBRE NUEVO)

"Obra como si la pauta de tu acción
Pudiera servir en todo momento como
Principio de una legislación universal."

Immanuel Kant.

"La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida"

Albert Schweitzer

"Si supiera que el mundo se ha de acabar
Mañana, yo hoy aún plantaría un árbol…"

Martin Lhuter King

La evolución humana siempre fue para mí una fuente de dudas e interrogantes. Desde niño me llamó profundamente la atención el hecho de como unos primates pobremente equipados, desde el punto de vista fisiológico, pudieron haberse sobrepuesto a las enormes desventajas que esas condiciones representaban en un medio severamente hostil, para sobrevivir y expandirse por el mundo.

La selección natural empujó a las distintas especies, y a los individuos de una misma, a luchar, a competir entre sí para que sólo los más aptos sobrevivieran, sin embargo, los homínidos, con mucho, menos aptos físicamente para la lucha por la vida que la mayoría de sus competidores, presas y depredadores, sobrevivieron, prosperaron y evolucionaron. Como lo señalan Richard Leakey y Roger Lewin en su libro Nuestros Orígenes, Lo que nos hace humanos: “Además de la capacidad técnica para la planificación, la coordinación y la tecnología, se intensificó asimismo la capacidad social para la cooperación. La cooperación, el sentido de unos objetivos y valores comunes, el deseo de avanzar hacia el bien común, fue algo más que la mera suma de individualidades. Se plasmó un conjunto de normas de conducta, de moral, en una comprensión del bien y del mal dentro de un sistema social complejo. Sin cooperación-dentro de la banda, entre diferentes bandas, entre grupos tribales-nuestras capacidades técnicas se habrían visto severamente mermadas.”

Si la selección natural condicionó y empujó instintivamente a nuestros antepasados a competir, a ser egoístas y posesivos, la necesidad de sobrevivir los llevó a pensar en el otro, en los otros, en el grupo antes que en sí mismos, a contrarrestar sus desventajas fisiológicas a través de la cooperación. Fue el desarrollo de una ética comunitaria la que permitió y potenció el desarrollo de la inteligencia necesaria para la supervivencia. Como bien lo señala Aldo Leopold en su ensayo “La Ética de la Tierra”: “En términos ecológicos, la ética puede ser descrita como una limitación de la libertad de acción en la lucha por la existencia. ….Posiblemente la ética sea un instinto comunitario en proceso de evolución”. En ese mismo orden de ideas, el gran biólogo británico Conrad Waddington señala que: “A través de la evolución el ser humano se ha convertido en un animal ético”.

Aun cuando la ética pertenece a la esfera del “yo” (más bien a la del súper yo), es claro que desde el comienzo de nuestra historia como especie, el “yo” nunca ha podido existir sin los “otros”. El ser humano en tanto que “ser”, presupone necesariamente la existencia de “otros”. Las relaciones del “yo” con los “otros” es lo que conocemos como relaciones humanas o relaciones sociales.

Estas relaciones se han determinado a través de la historia en base a los modos de producción de cada sociedad en cada momento histórico dado, es decir, a la forma en que los seres humanos se han organizado para obtener o producir lo socialmente necesario para su existencia. Las relaciones sociales de producción van a generar entonces formas y modelos de vida, es decir, van a crear modelos culturales, y estos modelos determinarán en alto grado los patrones de conducta de los hombres en cada sociedad. Cuando los seres humanos pasan del modo de vida primitivo y comunitario (comunismo primitivo y ética comunitaria) a formas de organización basadas en la jerarquía, la imposición de la fuerza, el dominio y el poder (división social del trabajo), la concepción de la ética en cada caso reflejará estos cambios.

La división de la sociedad humana en clases romperá entonces la primitiva ética comunitaria; la ética del amo no podrá ser jamás la del esclavo, ni la del señor feudal la del siervo, ni la del burgués la del proletario. La lucha por la existencia no será entonces sólo contra depredadores y condiciones naturales adversas sino fundamentalmente contra otros hombres, la lucha del hombre contra el hombre: ¡La lucha de clases!

La ética dejará entonces de ser un valor comunitario. Los imperativos de la lucha por la existencia del hombre contra el hombre van a generar las condiciones (creación del estado, sistemas jurídicos, códigos morales y religiosos) para que la ética se transforme en un problema individual, de cómo se comporta el hombre frente a los hombres.

Al ser recluida al ámbito de lo individual, de lo privado, la ética perdió toda forma de vínculo con el entorno, con el mundo externo a la sociedad humana. Desde ese entonces, la mayor parte de los modelos culturales producidos por la especie humana (entre ellos por supuesto nuestro modelo occidental), van a entender la ética como un problema del ser humano en su relación con sus semejantes, negando a rajatabla la posibilidad de existencia de una ética frente al resto de los seres vivos. A esto contribuirá en no poca medida la estructuración y expansión de los grandes cultos monoteístas, patriarcales y trascendentalistas, que entenderán a la ética como un apéndice de la religión, subordinando la conducta y la libertad humanas a sus sistemas de verdades reveladas y leyes divinas, negando la relevancia, valor y hasta la existencia de una ética laica.

La tierra y las demás formas de vida van a ser consideradas como elementos accesorios y temporales del elemento principal: ¡El Hombre! Para estos sistemas de creencias, el hombre va a ser el centro de la creación y, por ende, va a estar por encima del resto de seres vivos e incluso de todo el ecosistema, entendido como una totalidad (La Tierra). Para las religiones monoteístas no hay planteamientos éticos posibles entre el hombre y los demás seres vivos, toda vez que para ellas el hombre habita en un plano ontológicamente superior.

En los últimos 300 años el modelo capitalista ha venido a exacerbar hasta el paroxismo los instintos más básicos, (menos humanos), de nuestra especie: posesión dominio, individualismo, competitividad, poder, egoísmo. Este sistema ha producido un deslumbrante, casi alucinante, desarrollo técnico y científico, pero estos avances tecnológicos y materiales no han sido, en modo alguno, acompañados por un desarrollo paralelo en el plano ético y moral. Masivas formas y técnicas de destrucción y de muerte han sido creadas y perfeccionadas hasta sobrepasar todo límite del horror. Chernobyl, Tree Mile Island, Torrey Canyon, Exxon Valdez, Prestige, The Deep Horizon, Amoco Cadiz, la Bahía de Minamata, y Bhopal, por citar sólo los más publicitados, no fueron simples accidentes sino consecuencias dialécticas de la lógica instrumental del desarrollismo capitalista. La actual racionalidad técnica conlleva en su seno, en su misma naturaleza, el impulso desbocado del dominio, la violencia del poder, la irracional fascinación por la omnipotencia, un infantil deslumbramiento por lo novedoso. El Homo Tecnologicus Capitalista combina los peores instintos del hombre lobo hobbesiano con la imprudente e insensata fascinación por la técnica del doctor Victor Frankestein. El homo capitalista contemporáneo, hijo del positivismo-productivista, es, para su entorno, para el resto de los seres vivos, una especie de Mister Hyde armado con alta tecnología.

La inexistencia de un sistema ético que regule o modere las relaciones del homo capitalista con la naturaleza ha hecho que esta sea vista sólo como una fuente de materias primas y como un depósito de sus desechos y excrecencias. En los últimos 200 años el modelo capitalista ha generado una destrucción de los diferentes ecosistemas terrestres como no se había visto en el anterior millón de años que nuestra especie tiene sobre la faz de la tierra; miles de especies se han extinguido prematuramente, vastos espacios terrestres y marítimos han sido contaminados y esterilizados. Hoy, el capitalismo en su vertiente neoliberal azuza a 6.500 millones de seres humanos a poseer más, a competir por tener más, para mantener el crecimiento exponencial de un aparato industrial que genera productos y desechos 24 horas al día, 365 días al año. La muerte avanza sobre la tierra mientras cada día la biodiversidad retrocede.

HACIA UNA ÉTICA ECOSOCIALISTA:

La explotación de la naturaleza por el hombre se basa en la misma lógica y los mismos fines que la explotación del hombre por el hombre. Una ética que replantee las relaciones sociales en función de la cooperación y la solidaridad nacerá paralela a una que plantee las relaciones con el entorno natural en función de respeto, coexistencia y perdurabilidad. El deseo compulsivo por consumir, por acrecentar bienes materiales, y esclavizarse a estos y al capital, torna imposible construir dentro del modelo capitalista un nuevo sistema ético entre los hombres y su entorno.

El consumismo es la peor manifestación patológica de esa enfermedad histórica de la sociedad humana llamada capitalismo; es el primer y más formidable obstáculo para la construcción de un nuevo modelo social en donde lo que se entienda por calidad de vida no conlleve, casi automáticamente, (como sucede en la actualidad), a la degradación y destrucción de la vida circundante.

Es un grave error creer que el nuevo modelo socialista a construir simplemente equivaldrá a una mejor y más justa distribución de la riqueza material dentro de la sociedad. Para decirlo con palabras de Carlos Marx: “Si el comunismo se desinteresa de los hechos de conciencia, podrá ser un método de distribución, pero no será jamás una moral revolucionaria”. En ese mismo orden de ideas Ernesto Guevara de la Serna (Che) señalaba que: “El socialismo económico sin la moral comunista no me interesa”. Aquí tanto Marx como el Che priorizan la moral y la ética comunista, pero la circunscriben al ámbito humano. La crisis ecológica y civilizatoria que el capitalismo ha provocado, y que se agudiza cada día más, impone extender esos hechos de conciencia al ámbito de la ecosfera. El socialismo económico sin una ética ecológica no tendrá futuro alguno.

Si la burguesía capitalista ha basado su dominio y poder no sólo en la explotación del hombre por el hombre sino también en la explotación de la naturaleza por el hombre, el socialismo que hemos de construir no sólo ha de combatir y eliminar la primera sino también la segunda forma de explotación.

Sólo se podrá derrotar al capitalismo cuando sus prácticas y vivencias (fuente de su dominio ideológico), sean modificadas. El hombre nuevo del que nos hablaron Marx y el Che ha de poseer como características fundamentales una nueva conciencia, una nueva cultura y una nueva forma de relacionarse con sus semejantes y con su entorno, que también ha de ser considerado su semejante, su igual. Esta nueva conciencia sólo podrá ser construida a partir de la transformación radical de los principios en que se sustenta el modelo capitalista y la cultura occidental que lo produjo: consumismo, valor de cambio por encima del valor de uso, tener en vez de ser, desarrollismo, homogenización de la cultura, racionalidad técnica, verticalidad en el ejercicio del poder, patriarcalismo, cosificación del ser, fetichismo de los objetos, imperio de lo efímero, competitividad, machismo, antropocentrismo, racismo y clasismo. La alienación, entendida como la incapacidad del ser humano de percibir y comprender la realidad que lo rodea, de asumirse a sí mismo como un extraño en su mundo, de rechazar su historia, su cultura, su entorno y a sus semejantes, es uno de los más formidables obstáculos a la creación y desarrollo de una nueva ética ecocomunitaria que supere los antivalores que el capitalismo ha inoculado profundamente en la psiquis del hombre contemporáneo.

Hoy, más que hablar de condiciones materiales de existencia, habría que hablar de condiciones materiales de supervivencia. La construcción de una ética planetaria que se sobreponga y supere la sobredeterminación (cosificación) que de la vida hace el capitalismo, es un imperativo de supervivencia. Al igual que hace un millón de años atrás, hoy el instinto de supervivencia nos está obligando, como especie, a desarrollar una nueva ética para la vida; no hacerlo, o no hacerlo a tiempo, puede implicar la destrucción de la vida sobre la faz de la tierra tal y como la conocemos hasta hoy.

El cambio de patrones éticos no vendrá impulsado solamente por cambios y transformaciones en los modos de producción y en el tipo de relaciones productivas. El profundo y violento rompimiento metabólico que los seres humanos le estamos infringiendo al ecosistema terrestre impondrá, así, coercitivamente, un nuevo modelo de relaciones ecosistémicas de supervivencia, y el concepto mismo de producción de los bienes necesarios para la vida de la especie humana tendrá que ser drásticamente revisado y reelaborado (comenzando por la energía). Las nuevas relaciones sociales de producción deberán ser entonces relaciones ecosistémicas de cooperación.

Tendremos que crear, (y esto es una carrera contra el tiempo), una nueva ética entre los hombres y el resto del ecosistema terrestre; una ética que allane el camino para la reinserción plena y no dominante ni destructiva de los hombres en su hogar planetario.
Una nueva ética entre los seres humanos (no antropofágica), no creada, mediada o condicionada por el capital.

Una nueva ética del hombre hacia sí mismo. Una espiritualidad laica, no antropocéntrica ni androcéntrica, basada en el respeto y resguardo de la vida, de todas las formas de vida, incluyendo claro está, la de sus semejantes.

Matizar y repensar el antropocratismo (gobierno del mundo por el hombre), ese que conlleva a que sólo los hombres y sus intereses decidan el destino de la tierra por encima de más de 5 millones de especies vivas con quienes compartimos el planeta.

Superar la racionalidad instrumental que tiene como metas el productivismo, la acumulación de capital, el dominio y el poder.

Revisar y replantear el concepto de progreso. Este quizás sea uno de los puntos más difíciles a abordar. En los últimos 150 años el positivismo introdujo profundamente en el modelo cultural de occidente (hoy dominante en todo el mundo), la noción del progreso infinito casi como sinónimo de felicidad. El capitalismo completó la ecuación equiparando progreso con consumo material; así, se haga lo que se haga, se obtenga lo que se obtenga, el individuo y la sociedad se sienten frustrados (aquí está el quid del consumismo); se nos ha educado para exigir y esperar siempre más, en forma permanente, eterna. Una progresión exponencial del consumo y del progreso material en un ecosistema finito y limitado: ¡Una locura!

Admitir que no se puede progresar eternamente, (en términos materiales, en consumo, en obtención de bienes tangibles), tiene un costo político que ni los gobiernos neoliberales de derecha ni los gobiernos progresistas y revolucionarios se atreven a asumir. La tesis del decrecimiento es, en la actualidad, un verdadero tabú político.

La creación de una ética socioecológica necesariamente ha de pasar por deslegitimar vigentes modelos, patrones y estilos de vida y consumo, y reivindicar antiguos valores y tradiciones epicúreas, franciscanas, taoístas, budistas y de nuestros pueblos originarios, tales como la frugalidad, la solidaridad, la hermandad, el autocontrol, la otredad, el respeto a toda forma de vida, hoy transformadas por el aparato cultural del sistema capitalista en tabúes sociales y políticos. Obviamente que una nueva ética ecosocialista no podrá imponerse a través de la fuerza o de la coacción. La educación formal e informal, el cambio de patrones de consumo a partir de la promoción de nuevas formas de producción y distribución, y el ejemplo de quienes gobiernen o ejerzan cargos de influencia social, serán fundamentales en esta titánica tarea.



Joel Sangronis Padrón
Profesor UNERMB


Joelsanp02@yahoo.com


La radiación solar

“Los ecosistemas, al igual que los organismos, dependen del suministro de energía para su funcionamiento, para la vida. Prácticamente toda la energía que consumen o transforman procede del Sol. Esta energía viaja en forma de radiación electromagnética, que se estudia bajo dos apariencias diferentes: como ondas o como entidades discontinuas, partículas o paquetes de radiación denominados fotones.
La radiación que procede del Sol no es homogénea, sino que constituye un espectro de calidades diversas. En su cualificación, la correspondencia entre ondas y fotones se manifiesta en el sentido de que una longitud de onda más larga (hacia el rojo y más allá del rojo) aparece asociada a impactos de energía menos concentrados, mientras que la longitud de onda más corta (violeta y ultravioleta) corresponde a energía muy concentrada en ‘pequeños’ fotones.
(…)
Se ha mencionado varias veces que la energía se transforma, pero no se destruye, se degrada. En términos de divulgación, esta degradación significa una pérdida de densidad de la energía: la energía que difunde un radiador está menos concentrada y es menos concentrable que la energía eléctrica que lo alimenta; un fotón asociado a una longitud de onda larga, que se ha comparado con una pelota blanda, representa energía más degradada que la que corresponde a un fotón asociado a una longitud de onda corta, que fue comparado con una bala.
(…)
Esta pérdida de calidad de la energía refleja una de las leyes más fundamentales por las que se rige el universo. Por esta razón es correcto hablar, poniéndolos en contraposición, de un ciclo cerrado de materia y de un flujo abierto de energía, en los ecosistemas. Los átomos de un determinado elemento químico intervienen en el metabolismo particular de un organismo, pasan de unos organismos a otros según las cadenas tróficas, de la planta al herbívoro, luego al carnívoro, para retornar a la reserva del medio, de donde pueden, en su caso, pasar a otro organismo. La energía, en cambio, al ir pasando de uno a otro sistema, se degrada hasta transformarse en calor – energía de longitud de onda muy larga- irrecuperable.”

Extraído de 'Ecología'. Ramón Margalef.

Cooperación internacional y sostenibilidad. Un replanteamiento a la luz del decrecimiento selectivo y justo

Por Florent Marcellesi*, publicado en El Ecologista, núm. 65.

http://florentmarcellesi.wordpress.com

Preservar el planeta y garantizar una justicia ambiental y social hoy y mañana tanto en el Norte como en el Sur, debería ser un objetivo prioritario de la cooperación internacional. Este artículo se propone revisar esta última bajo el prisma del decrecimiento y sus 8Rs: “revaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar” (Latouche, 2009).

1. Revaluar y reconceptualizar

A pesar de la existencia del ‘desarrollo humano sostenible’, no se da dentro de la cooperación internacional una reflexión y materialización sistematizada para introducir la crisis ecológica, las interacciones pobreza/medioambiente o derechos humanos/medioambiente, la visión transgeneracional o la clara relación entre el bienestar humano y los ecosistemas (Marcellesi, Palacios, 2008). Además, en un mundo marcado por la interdependencia ecológica Norte-Sur, el grado de crecimiento que han alcanzado los países del Norte —y su actual mantenimiento— no habría sido posible sin la explotación del espacio ambiental y recursos humanos de los países del Sur. Así, la cooperación centrada en la sostenibilidad y basada en la economía ecológica es tanto una obligación ética como una verdadera necesidad para los países del Norte.En este contexto, la cooperación internacional tiene que girar en torno a un “modelo de contracción y convergencia” donde todos los países se marquen un horizonte común: una producción y un consumo material y energético circunscrito a la capacidad de carga de la biosfera y repartido per capita de manera justa.(1) Eso implica:

  • Un decrecimiento selectivo y justo (o ajuste estructural) de los países en contracción en el Norte como condición necesaria –pero no suficiente– para ayudar de forma solidaria y sostenible al Sur.
  • Una evolución socio-ecológicamente eficiente para los países en convergencia, sin pasar por la casilla del mal-desarrollo occidental pero con un derecho al crecimiento donde sea posible y deseable.

2. Reestructurar la cooperación internacional

Además de reciclar y reutilizar la cooperación Norte-Sur (véase punto 6), es importante apostar por la multidireccionalidad de la cooperación. Para descolonizar —sin romantismos— el imaginario cooperante, es imprescindible potenciar de forma estructurada un nuevo flujo de cooperación Sur-Norte (“a la inversa”) que directa o indirectamente realizan las poblaciones del Sur a las poblaciones del Norte y que pueden facilitar a estas últimas otras formas de relacionarse entre sí y con su entorno.

En esta senda, son de sumo interés las experiencias como los bancos de semillas en la India, la gestión sostenible de los bienes comunes por las comunidades indígenas,(2) los conceptos de “buen vivir” o “des-desarrollo” que nos llegan desde Ecuador, los conocimientos astronómicos, biológicos y geográficos del campesinado mexicano para sistemas agroecológicos o la representación democrática de la naturaleza y seres vivos en las poblaciones autóctonas de América del Norte. La cooperación Sur-Norte puede tomar muchas formas, que quedan en gran parte por explorar: seminarios, capacitaciones, inclusión dentro las organizaciones del Norte de representantes del Sur con voz y voto, etc.

Además, esta reestructuración pasa por la aplicación real del principio de “coherencia de políticas” para que todas las iniciativas de un país vayan en un mismo sentido justo y sostenible. Supone poner fin a la “anticooperación” (Llistar, 2009), es decir, a todas aquellas actuaciones realizadas en y desde el Norte cuyos efectos sean directa o indirectamente perniciosos para el Sur. Hoy día, esta anticooperación es muy superior a los efectos positivos de la cooperación cuyo verdadero sentido, basado en una aportación global positiva del Norte al Sur (y vice-versa), tenemos que recuperar.

3. Redistribuir la deuda ecológica

Los países del Norte han contraído una deuda ecológica y de crecimiento (Mosangini, 2007) con los países del Sur que supera con creces la deuda externa económica que el Sur debe pagar al Norte. Además de las reivindicaciones clásicas (el 0.7, la cancelación de la deuda externa), eso nos obliga a remodelar la financiación de la cooperación internacional a través de varias vías complementarias:

  • No inversión en proyectos de anticooperación por parte de los países del Norte.
  • Un 20% de la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) para proyectos centrados en la crisis ecológica.
  • No inversión en proyectos que no incorporen de forma transversal el factor ecológico.
  • Un 5% de la AOD para proyectos Sur-Norte.
  • La puesta en marcha de mecanismos de compensación de la deuda ecológica diferenciados del 0.7 tradicional.(3)
  • Un presupuesto para la cooperación Norte-Norte orientado al ‘ajuste estructural occidental’.

4. Relocalización de la cooperación: Sur-Sur / Norte-Norte

La cooperación Sur-Sur permite pensar y construir una relocalización de los procesos de (pos)desarrollo a través de una cooperación reforzada a nivel regional, entre (ex)periferias autónomas del (ex)centro. Es un camino para recuperar las técnicas y saberes tradicionales, y construir su propio camino sin injerencias del Norte Global.

En cuanto a la cooperación Norte-Norte y puesto que la urgencia pasa por un ajuste estructural en los países industrializados, es necesario pensar en A) una reformulación de la “educación al desarrollo” hacia una “educación al vivir mejor con menos”; B) el intercambio cooperativo de iniciativas, como el movimiento de transición para pensar en clave post-petróleo.

5 Reducir la huella ecológica… manteniendo el IDH

En la cooperación domina el índice de desarrollo humano (IDH). A pesar de ser más completo que el PIB gracias a aspectos relevantes como la educación y la esperanza de vida de la población, el IDH no es suficiente porque no tiene en cuenta la problemática ecológica. Por lo cual se plantea un doble reto: que los países del Norte sean capaces de mantener un índice de Desarrollo Humano (IDH) superior a 0,8 con una huella ecológica debajo de 2,1 hectáreas globales por habitantes y que los países del Sur consigan aumentar su IDH hasta niveles superiores a 0,8 y mantengan su huella ecológica por debajo de 2,1 hag/hb (4) (véase gráfico 1).





6 Reutilizar y reciclar la cooperación tradicional Norte-Sur

Teniendo en cuenta los puntos más arriba explicitados y con el fin de permitir una convergencia desde el Sur, es necesario integrar en las prácticas diarias de la cooperación Norte-Sur la sostenibilidad, tanto de forma sectorial como horizontal.

Desde lo sectorial, la puesta en marcha de proyectos, cuyos principales objetivos son la lucha contra la crisis ecológica —y su mitigación—, se perfila como un eje estratégico de cualquier política de cooperación internacional adecuada a los retos socio-ecológicos del siglo XXI. Para que esos proyectos adquieran el protagonismo que les corresponde, es de suma importancia que se considere la protección y mejora de los ecosistemas —y de forma más amplia los conflictos ecológico-distributivos— como objetivo en sí mismo de la cooperación internacional.

Por otra parte, es preciso asegurar de forma horizontal que la sostenibilidad quede incluida de forma integral en todos los proyectos de desarrollo. Se trata de dar la misma importancia a la ecología que a otras cuestiones horizontales clásicas como el enfoque de género o los derechos humanos. La transversalidad de la sostenibilidad implica que todos los planes, programas y proyectos (en todos sus ciclos: identificación, formulación, ejecución y evaluación) tengan en cuenta algunos conceptos y principios básicos: relación entre bienestar humano y servicios de los ecosistemas, respeto de los límites biofísicos, capacidades de regeneración y asimilación de los ecosistemas, utilización de indicadores adaptados, evaluación de impacto medioambiental, etc.

Artículo basado en la ponencia del mismo autor “La cooperación internacional a la luz del decrecimiento selectivo y justo” presentada en el II Congreso internacional sobre Decrecimiento en Barcelona 24-26 de marzo 2010.

*Florent Marcellesi es experto en cooperación internacional y sostenibilidad, Florent Marcellesi es coordinador del centro Ecopolítica y miembro de Bakeaz.

Referencias:

  • Latouche Serge (2009): Pequeño tratado del decrecimiento sereno, Barcelona, Icaria
  • Llistar David, (2009): Anticooperación. Interferencias Norte-Sur: los problemas del Sur Global no se resuelven con más ayuda internacional, Icaria, Barcelona
  • Marcellesi Florent, Palacios Igone (2008): Integración de consideraciones de sostenibilidad en la cooperación para el desarrollo, Bakeaz, Bilbao.
  • Mosangini, Giorgio (2007): La deuda del crecimiento, Col.lectiu d´Estudis sobre Cooperació i Desenvolupament.

Notas:

(1) Por ejemplo, todas las personas tienen el mismo derecho a emitir CO2 dentro de la capacidad de absorción del planeta: 0,5tCO2 anual per capita (emisiones totales en 1990: 3.350 millones de tCO2). Sin embargo, a modo de ejemplo, en 2006 un estadounidense emitió 19t per capita, un español 8t y un mozambiqueño tan solo 0,1t.

(2) Véase los trabajos de Elinor Ostrom, premio Nobel de economía del 2009.

(3) Cuidado con no confundir con las compensaciones voluntarias de CO2 que en ningún caso pueden « compensar » emisiones pasadas (véase Marcellesi, Pérez Dueñas (2010): “Pensar antes de compensar, pequeña guía para el mercado voluntario de emisiones”, en Ecología política, n39)

(4) Según el PNUD, un país con “desarrollo humano alto” tiene que tener un IDH superior a 0,8. Por otro lado, existen solamente 2,1 hectáreas de espacio biológicamente productivo disponible para cada persona en la Tierra. Para ser más exacto, sería necesario también tener en cuenta la biocapacidad de cada zona y región para saber si es deudor o creditor ecológico. Más información: Informe Planeta Vivo 2008, WWF.

Créditos imagen: matilde.m.s

De las hipotecas a la colectivización

En nuestra casa hablar de vivienda es hablar de propiedad privada, indiscutiblemente. Y hablar de acceso a la vivienda para la mayoría de personas, significa hablar de uno de los gastos más importantes que carga una familia de clase media.

Otros modelos de acceso a la vivienda son inexistentes y ni tan solo de vivienda de protección oficial (HPO) solucionan la problemática. Aunque el modelo de acceso a la vivienda no es igual en todas partes. En Dinamarca entre el 20 y el 25 % de los hogares forman parte de Cooperativas de cesión de uso y esto les otorga el derecho a vivir de su vivienda toda la vida., pagando tan solo 300 € mensuales, lo cual vendría a ser únicamente no más del 15 % de la renta familiar de la clase media. En Suecia las viviendas cooperativistas son en la mayoría de los casos bajo diversas modalidades y con costos mensuales similares respecto a los países vecinos. Aunque en estos países también existe la compra-venta de viviendas en el mercado libre, ,este negocio se ven duramente limitado, puesto que los precios que pagan los cooperativistas y otros modelos de vivienda social , consiguen mantener unos precios relativamente bajos en comparación con otros países.

La crisis actual, si la sabemos aprovechar, es una enorme oportunidad para transformar el modelo de acceso a la vivienda en nuestro país. Todos sabemos de los miles de viviendas vacías que existen. En los últimos meses se suman otros edificios enteros que o se han podido poner a la venta, antes de que la crisis llegara. Hay muchos de ellos acabado y a medio construir. Estas viviendas no han podido salir a la venta puesto que los precios que estaban acostumbrados hasta ahora (suerte) y por lo tanto esta crisis es una excelente oportunidad para la gente que necesita vivienda se organice para comprar edificios desde una cooperativa los mismos precios que se pagaría en una inmobiliaria y haciéndolo de esta forma se podrían reducir los costos para una familia a más de la mitad. Es además muy necesario, desde el punto de vista de los que luchamos por transformar la sociedad, que estas cooperativas sean de las características del modelo de cesión de uso, (MCU) , que es la forma que permite impedir la especulación y la reventa particular de estas viviendas, cosa que significa un echo significativo pasar de la propiedad privada a una propiedad colectiva. Opino que en el marco de un estado capitalista el MCU se trata de una forma de propiedad más realmente pública de una vivienda, teniendo en cuenta que aquello que normalmente es público está a la práctica bajo el control de unos intereses partidistas y corporativos.

La ocupación es otra vía legítima y ya veterana para acceder a viviendas fuera del mercado tradicional, pero es una salida que hasta ahora no se ha podido generalizar, por los riesgos que comporta y la dificultad de darle continuidad en el tiempo. Si nos organizamos colectivamente y de forma masiva, si que podríamos extender esta práctica, tal y como está sucediendo en los grandes movimientos sin techo de grandes metrópolis de América Latina, como Sao Paolo. En este caso ocupación y MCU podrían formar parte de una buena alianza para ir colectivizando solo y por todos los medios.

Volviendo al MCU fijémonos un poquito más en las ventaja económica y lo que significa en relación a las hipoteca : Si mientras que una familia hipotecada al comprar una vivienda, de 200.000 € puede llegar a pagar 500.000 durante 40 años, de manera que la mayor parte de esta renta es decisiva hacia los bancos, estado, constructoras y inmobiliarias, a través de una cooperativa MCU, el precio en una situación como la actual, podría llegar a estar en 100.000 o 120.000 €, y con el capital social de la cooperativa y el financiamiento por parte de la banca ética y cooperativa , el costo total de la operación no superaría los 200.000 €, de los cuales solamente 100 o 120.000 serían desviados de renta hacia las hacia entidades capitalistas , el resto se quedaría en ámbitos cooperativos para ser reinvertidos en nuevas acciones similares. Estamos hablando de 4 o 5 veces menos de de desviación de renta por cada familia hacia capitalistas. Es para mirárnoslo, no ?...Familiarmente sería una diferencia entre pagar 300 € al mes con los costos de la comunidad y las reparaciones incluidas o pagar 800 o 1000 como están pagando muchas familias hipotecadas actualmente.

Además existe otro factor estratégico que es de vital importancia a destacar como global anticapitalista y que es que las viviendas en cesión de uso, como son de propiedad cooperativa no se pueden embargar, aunque sus miembros sean embargados. Por otro lado la situación económica hace que muchas personas no puedan llegar a fin de mes, y son amenazadas por los bancos con embargarlos y por otro también la reciente mesura de las penas multa aprieta a los y las activistas por el lado económico: organizarnos de manera que en el lugar donde vivamos no nos puedan embargar es un elemento de vital importancia que nos puede hacer camino. Podemos empezar ya… a corto o a largo plazo, y abandonar el capitalismo, para siempre. Para completar el panorama vale la pena decir que la cesión de uso es un derecho que se puede traspasar de padres a hijos, a nivel generacional, cosa que ya no se puede hacer con el alquiler desde el decreto Boyer desde el año 1984, en nuestro país.

La primera cooperativa catalana de vivienda bajo el MCU ya está en marcha y ha estado creada por las asociaciones de sostre cívic, que ha estado preparando esta propuesta desde el año 2004. Sus primeras promociones previstas son de obra nueva, aunque la situación actual los ha motivado a preparar campañas de reconversión de propiedad privada hacia el MCU. Desde el colectivo crisis al que pertenezco, se inició desde mediados de noviembre del 2008 , la llamada y las pre-inscripciones para una huelga de usuarios de bancos .Y desde ahora queremos implicarnos también en lo que pensamos que ha de ser una campaña para reconvertir edificios vacíos y en las viviendas hipotecadas, hacia un modelo cooperativo de habitar y vivir.

Finalmente quiero animar a todas las familias con muchos años de hipoteca por delante, a informarse de este nuevo modelo de acceso a la vivienda y deseo también invitar a todos los anticapitalistas a apostar por la extensión de MCU , conjuntamente con la ocupación, como alternativa a la propiedad privada o a un solo estado. Es necesario que pasemos de las hipotecas a la colectivización!!

Autor del artículo : Enric Duran

Traducción del catalán al castellano : Marietasdeamor

Fuente del artículo:


Visita la Cooperativa integral, estas invitad@, adelante!!!