Rafa Ruiz - Ventana Verde
Traemos hoy a esta ‘Ventana Verde’ al filósofo y escritor catalán Jordi Pigem, para que en este caluroso mes nos aporte bocanadas de pensamiento fresco, para reivindicar otras maneras de estar en el mundo que se ven sepultadas por discursos que tratan de atemorizarnos.
Autor de seis libros en torno al post-materialismo y la inteligencia
vital, hemos hablado con este pensador, que, en la senda de los hermanos Panikkar/Pániker,
cree que debemos superar el estado adolescente de adoración del ego, de
la arrogancia del ser humano frente al resto de los seres vivos, y
reconciliar nuestra mente con la naturaleza para salir de “la burbuja cognitiva” y de tanto vacío e incertidumbre en la sociedad occidental.
Las ganas de entrevistarle no daban ya más de sí tras haber leído tres de sus libros: Buena Crisis, GPS (Global Personal Social) e Inteligencia Vital (los tres publicados por
Kairós); libros de ésos que te despiertan y motivan, de ésos que hasta
con sencillos cruces de palabras y pensamientos te llevan a descubrir
errores en nuestro juego vital y te hacen pensar más que discursos enteros de políticos: ¿Por qué no nos dedicamos ya a desarrollarnos en vez de arrollarnos? ¿Por qué nuestra apuesta monolítica por una mentalidad racional en vez de por una mentalidad relacional?
El pensamiento de la media docena de libros que ha publicado este
doctor en Filosofía y escritor, nacido en Barcelona en 1964, se centra
en subrayarnos dos ideas (y parece mentira que nos las tengan que
recordar): “La vida no es un objeto”. “La sociedad del futuro será
post-materialista o no será”. Y como única salida que nos sugiere: “Para
reencontrar nuestro lugar en el mundo es necesario reconciliar la vida y
la mente, la naturaleza y la inteligencia”.
Así que ahora que le tengo al otro lado del teléfono (vive,
tranquilo, en L’Escala, Girona), intento poner en orden las cien
preguntas que quiero hacerle, y comenzar por el principio: ¿Cómo es
posible que nos hayamos olvidado, o nos hayan hecho olvidar, algo tan
básico como que la vida no es un objeto, y que humano viene de humus, el
sustrato orgánico del suelo, de la tierra? “El economicismo se ha
volcado en el método de Descartes y nos ha llevado a reducir la visión
del mundo a lo que es cuantificable, medible, monetizable, cuando está
claro que las personas y las sociedades no se mueven sólo por esos
parámetros; la tendencia ha sido reducir nuestras motivaciones a
términos materiales, lo que resulta muy alienable, cuando también
existen la dignidad, la justicia, la equidad… La ética y la estética”.
Frente a miradas interesadamente reduccionistas, una apertura del
objetivo: perspectivas holísticas. Eso es, en esencia, lo que
encontramos en Pigem.
Parte de algo consensuado por una corriente de la Psicología, que los
seres humanos nos movemos primordialmente por dos fuerzas: el amor, por
resumir en un término lo que representan la solidaridad, la empatía, la
cooperación, el compañerismo, la amistad; y el miedo, con todo lo que
entraña de protegerse, de luchar y competir para sobrevivir. “Puede
haber una actitud de miedo o una actitud de amor. Y ha habido muchos
intereses en el sistema capitalista para imponernos la idea de que somos
seres individuales, que hemos venido aquí para consumir y competir.
Cuando si partimos desde la otra perspectiva, la de la cooperación en
vez de la competición, la de desarrollarnos en vez de arrollarnos, la de
vivir y compartir en vez de luchar para sobrevivir, nos sentimos como
parte de un todo, y no con la soberbia de creernos que hemos venido aquí
para dominar el planeta y doblegar la naturaleza. De Darwin no han
cogido ni sus reflexiones sobre que hay emociones en los animales, no,
también han reducido su pensamiento para quedarse con lo que le
interesaba al discurso capitalista, que es la parte de la lucha por la
supervivencia, que sólo sobreviven los más aptos. El sistema ha tomado
de Darwin lo que le interesaba, para afianzar su esquema competitivo de
la sociedad, que hemos venido al mundo para competir”.
A partir de ahí, Jordi Pigem cree que la culpa de la brutal crisis no
hay que buscarla sólo en burbujas financieras e inmobiliarias, sino, y
sobre todo, en lo que él llama “la burbuja cognitiva”. “Mientras no
cambiemos nuestra forma de estar en el mundo, nada se arreglará”. Todo
serán parches.
En 2009, al principio del crac, escribía en Buena Crisis:
“La crisis es como una vigorizante ducha fría. Una oportunidad para
despertar”. Ya con la perspectiva de los siete años transcurridos, le
pregunto si no pecó de optimista, si realmente cree que la crisis nos ha
hecho reaccionar, revolvernos contra un sistema capitalista
anti-humano. Contesta, rápido: “Ojo, que la crisis no ha acabado, eh; y
no sabemos cómo va a terminar esto. Para empezar, yo ahora sí que veo
grietas claras en el sistema; cosa que no veía por ningún lado a
comienzos de los años noventa, cuando ejercía el periodismo ambiental, y
lo dejé porque sentía que era como predicar en un desierto, que nadie
se daba por aludido de ninguna alerta. Ahora la gente es muy crítica,
por ejemplo, con los bancos, con las farmacéuticas; no confía ya en
estas instituciones como antes; ha habido un 15-M, con todo lo
que eso ha supuesto. Sí, la gente está despertando. Veo grietas por
primera vez en el sistema, y no sabemos cómo va a terminar esto, porque
no ha concluido. Antes todo se tapaba con la seducción del consumo: la
lógica economicista capitalista callaba cualquier signo de rebeldía,
legitimaba la destrucción de los ecosistemas porque la economía
funcionaba, y seguíamos enganchados a una noria del consumo que no se
detenía. En el momento en que esa noria se para, en que la seducción del
consumo no sirve para acallar todo, ya no hay excusas para mantener
todo como está, y cada vez más gente se empieza a plantear si no serán
necesarios cambios profundos”.
Pero a renglón seguido reconoce que resulta descorazonador que aún en
2016 sigamos jugando a no enterarnos. Y tomando una de las anécdotas,
pero muy significativa, de este verano, recogida por todos los medios,
el boom de realidad ampliada de los caza-Pokemon, piensa en voz alta para transmitirnos nuestra irresponsabilidad: “Se está hundiendo el Titanic y nosotros nos dedicamos a jugar cazando Pokemon
en la cubierta. ¿Cómo es posible que un mundo con tanta información
sobre lo que estamos destruyendo, que estamos destruyendo la base de
nuestra existencia, mire para otro lado y no decida cambiar el rumbo?
Hay más conciencia ambiental, sin duda, y hay parcelas en las que hemos
avanzado muchísimo, como en todo lo referente al reciclaje. Hay más
conciencia de los problemas, pero también veo más distracción. En un
mundo al borde del colapso, es curioso que cada vez haya más
entretenimientos para que nos olvidemos de pensar, para que ocultemos
las cabezas como avestruces. Yo creo que no es casualidad, sino que hay
un interés poco disimulado del sistema en ese potencial de distracción”.
Material sin duda para un nuevo libro, tras el último que ha publicado hace unos meses, Inteligencia Vital.
Como única salida al bloqueo actual, Jordi Pigem ve ese reencuentro
con la naturaleza. Por eso hace suya esa máxima de “Todo hace de todo a
todo”. Recuerda que ya Hipócrates, hace 25 siglos, decía que para
entender las aflicciones de una persona había que estudiar su entorno:
clima, humedad, vientos, agua, vegetación y paisaje… Y destaca en sus
libros que ve una relación directa entre “el desequilibrio ecológico y
el desequilibrio anímico”, entre el síndrome de déficit de naturaleza y
el vacío existencial que desestabiliza a tantos seres humanos hoy día, y
que se transforma, por ejemplo, en actos desesperados de violencia.
Escribe Pigem en Buena Crisis: “La destrucción ecológica tiene
su contrapartida en nuevas psicopatologías autodestructivas. El
narcisismo, la esquizofrenia y la depresión que caracterizan a nuestra
cultura se reflejan en el saqueo de paisajes, de comunidades y de
nuestra vida interior”.
Burbuja cognitiva. Ducha de agua fría. Despertar. Recuerda Pigem, en un guiño que podemos asociar a nuestra revista: “El origen de todo saber y todo gozar es el asombro ante el mundo. Platón y Aristóteles vieron en dicho asombro (Thaumazein) la raíz de todo filosofar. Con el paso de los siglos, sin embargo, dicho asombro se fue marchitando, eclipsado por un pensar materialista y calculador, que prefiere ver el mundo como algo mecánico y controlable”.
Asombrémonos. Y no nos acostumbremos a estar desacostumbrados, al humano distanciado del humus. Terminamos nuestra charla, que daría para días enteros, con dos frases de Gandhi para concienciarnos de que cada uno tiene en su mano el cambio, y no es un manual de autoayuda, sino un manual para no hundir nuestro Titanic: “En la medida en que una sola persona haga algo bien, todo el mundo gana; en la medida en que una sola persona se pierda, todo el mundo pierde”. “En el mundo hay suficiente para las necesidades de todos, pero no hay suficiente para la codicia de nadie”.
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