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Debates sobre desarrollo y bienestar desde la economía feminista

Yolanda Jubeto Ruíz - Revista Pueblos

El término “bienestar” se ha elaborado a partir del expolio de los recursos naturales, de la esclavitud de los miserables del mundo, de la devaluación de las mujeres, del uso intolerable de los niños y niñas –como productos y mano de obra barata– y de la utilización de la fuerza bélica irracional. (Marilyn Waring, 1994) [1]

Esta reflexión tan inspiradora de la economista y agricultora neozelandesa Marilyn Waring recoge de forma escueta y clara una crítica profunda al sistema económico capitalista que es compartida por muchas economistas feministas que llevan décadas denunciando la utilización fraudulenta de conceptos como “bienestar”, “desarrollo”, o “progreso”.

Siendo conscientes de que la economía feminista es un concepto amplio y diverso, puesto que igual que no existe un único feminismo tampoco existe una única visión de la economía, sí podemos partir de algunos elementos comunes sobre los que reflexiona y hace propuestas que resultan muy significativos en estos debates, para pasar a centrarnos en aquellos que son críticos con este sistema expoliador.

En primer lugar, la economía feminista es consciente de que muchos de los supuestos y metodologías que utilizan las escuelas de pensamiento económico más influyentes, y predominantemente la teoría económica hegemónica, la neoclásica, tienen un fuerte sesgo de género, ya que han considerado como universales e imparciales normas masculinas burguesas y etnocéntricas.

Esta visión androcéntrica de la economía ha condicionado las categorías analíticas básicas utilizadas (desde el concepto de trabajo vinculado exclusivamente con el empleo, el de actividad con la participación en el mercado, el de la unidad doméstica con un espacio en armonía, hasta el de bienestar y desarrollo vinculados a la maximización de la utilidad y al crecimiento del Producto Interior Bruto). Por ello, la economía feminista ha realizado una revisión crítica de los contenidos del pensamiento económico, haciendo hincapié en la invisibilización de muchas actividades desarrolladas históricamente por mujeres que han sido relegadas a la esfera de lo “no económico”.

Asimismo, ha subrayado la discriminación a la que deben hacer frente las mujeres en la esfera socio-económica (tanto en la productiva doméstica, en la de cuidados, como en la del trabajo mercantil), como en la esfera política (niveles de participación en los procesos de toma de decisiones políticas que influyen directamente en nuestras condiciones de vida), y ha apostado por nuevas categorías analíticas no androcéntricas, que contribuyan a visualizar y valorizar las experiencias y actividades desarrolladas a lo largo de la historia primordialmente por mujeres.

Este esfuerzo por superar las fronteras impuestas sobre “lo económico” [2] afecta directamente a las políticas públicas, puesto que el pensamiento dicotómico sobre lo que es objeto de análisis de la economía y lo considerado extra-económico impacta directamente en lo que debe ser abordado por la política pública y lo que se puede “excluir” de la actuación pública.


Desarrollo, decrecimiento y economía verde

Florent Marcellesi

La protesta ante el crecimiento económico y del productivismo es un fundamento de la ecología política. No es posible un crecimiento económico en un planeta finito donde los recursos son por definición limitados. Según los ecologistas, nuestros modos de vida son perjudiciales tanto para los recursos naturales y ecosistemas como para la cohesión social y los individuos. Por lo tanto, hace falta reflexionar sobre un nuevo modelo de desarrollo basado en una verdadera sostenibilidad y la justicia global.

1. SALIR DEL DOGMA DEL CRECIMIENTO Y DEL PRODUCTIVISMO

El sistema socio-económico actual, apoyándose en las ideologías dominantes dentro de las izquierdas y de las derechas, sigue esperando con paciencia el regreso del crecimiento económico que permitirá, según las diferentes teorías, conseguir el pleno empleo y el bienestar social (1). Sin embargo, este planteamiento no toma en cuenta el carácter finito de la Tierra que le impide soportar un desarrollo económico que supere la capacidad de carga de los ecosistemas (2).

Además, a pesar de vivir en un mundo tecnológicamente cada vez más eficiente, asistimos a un aumento de la presión sobre los ecosistemas y del consumo energético. Esto debilita la teoría productivista, que afirma que la cantidad de recursos naturales requerida por unidad de producto disminuye con el progreso técnico. El aumento general de la brecha entre pobres y ricos contradice también la dudosa teoría según la cual el crecimiento económico es capaz de reducir las desigualdades y de reforzar la cohesión social (3). Estos errores teóricos se materializan en el cálculo actual de la “riqueza de la nación” a través del PIB (4), herramienta parcial que sólo suma las riquezas llamadas productivas y no el conjunto de las riquezas sociales y ecológicas (5).

El desarrollo reciente de conceptos como la huella ecológica (6) o la deuda ecológica (7) pone en evidencia que los modelos socio-económicos vigentes no son viables a largo plazo. Además de ser insostenibles, tampoco son justos, ya que actualmente un 20% de la población mundial (de los países del Norte) consume el 80% de los recursos planetarios. La reflexión ecológica no se puede desvincular por lo tanto de una reflexión social sobre el reparto justo de los recursos naturales. En otras palabras, la justicia global tiene relación directa con el espacio ecológico ocupado tanto por los países mal-llamados “desarrollados” como por las elites de los países del Sur.

Esta situación viene provocada por varios siglos de un sistema capitalista y productivista basado en la acumulación y la explotación de los ecosistemas. Sin embargo, no tenemos que olvidar que, más allá del capitalismo, es la ideología productivista dominante la que está arruinando el planeta. El conjunto de los productivismos mantienen una fe ciega en el progreso tecnológico y en la dominación del ser humano sobre la Naturaleza. En este sentido, la construcción de un nuevo modelo de desarrollo supera la cuestión de la propiedad de los medios de producción y del reparto de las riquezas producidas. Más allá de la lucha entre capital y trabajo, es crucial la cuestión del sentido, la calidad y la finalidad de la producción.


Dialéctica del cénit y el ocaso

Miguel Amorós

El capitalismo ha alcanzado su cenit, ha traspasado el umbral a partir del cual las medidas para preservarlo aceleran su autodestrucción. Ya no puede presentarse como la única alternativa al caos; es el caos y lo será cada vez más. Durante los años sesenta y setenta del pasado siglo, un puñado de economistas disconformes y pioneros de la ecología social constataron la imposibilidad del crecimiento infinito con los recursos finitos del planeta, especialmente los energéticos, es decir, señalaron los límites externos del capitalismo.

La ciencia y la tecnología podrían ampliar esos límites, pero no suprimirlos, originando de paso nuevos problemas a un ritmo mucho mayor que aquél al que habían arreglado los viejos. Tal constatación negaba el elemento clave de la política estatal de posguerra, el desarrollismo, la idea de que el desarrollo económico bastaba para resolver la cuestión social, pero también negaba el eje sobre el que pivotaba el socialismo, la creencia en un futuro justo e igualitario gracias al desarrollo indefinido de las fuerzas productivas dirigidas por los representantes del proletariado. Además, el desarrollismo tenía contrapartidas indeseables: la destrucción de los hábitat naturales y los suelos, la artificialización del territorio, la contaminación, el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el agotamiento de los acuíferos, el deterioro de la vida en medio urbano y la anomia social. El crecimiento de las fuerzas productivas ponía de relieve su carácter destructivo cada vez más preponderante.

La fe en el progreso hacía aguas; el desarrollo material esterilizaba el terreno de la libertad y amenazaba la supervivencia. La revelación de que una sociedad libre no vendría jamás de la mano de una clase directora, que mediante un uso racional del saber científico y técnico multiplicase la producción e inaugurara una época de abundancia donde todos quedaran ahítos, no era más que una consecuencia de la crítica de la función socialmente regresiva de la ciencia y la tecnología, o sea, del cuestionamiento de la idea de progreso. Pero el progresismo no era solamente un dogma burgués, era la característica principal de la doctrina proletaria. La crítica del progreso implicaba pues el final no sólo de la ideología burguesa sino de la obrerista. La solución a las desigualdades e injusticias no radicaba precisamente en un progresismo de nuevo cuño, en otra idea del progreso depurada de contradicciones.

Como dijo Jaime Semprun, cuando el barco se hunde, lo importante no es disponer de una teoría correcta de la navegación, sino saber cómo fabricar con rapidez una balsa de troncos. Aprender a cultivar un huerto como recomendó Voltaire, a fabricar pan o a construir un molino como desean los neorrurales podría ser más importante que conocer la obra de Marx, la de Bakunin o la de la Internacional Situacionista. Eso significa que los problemas provocados por el desarrollismo no pueden acomodarse en el ámbito del saber especulativo y de la ideología porque son menos teóricos que prácticos, y, por consiguiente, la crítica tiene que encaminarse hacia la praxis. En ese estado de urgencia, el cómo vivir en un régimen no capitalista deja de ser una cuestión para la utopía para devenir el más realista de los planteamientos.

Si la libertad depende de la desaparición de las burocracias y del Estado, del desmantelamiento de la producción industrial, de la abolición del trabajo asalariado, de la reapropiación de los conocimientos antiguos y del retorno a la agricultura tradicional, o sea, de un proceso radical de descentralización, desindustrialización y desurbanización debutando con la reapropiación del territorio, el sujeto capaz de llevar adelante esa inmensa tarea no puede ser aquél cuyos intereses permanecían asociados al crecimiento, a la acumulación incesante de capital, a la extensión de la jerarquía, a la expansión de la industria y a la urbanización generalizada. Un ser colectivo a la altura de esa misión no podría formarse en la disputa de una parte de las plusvalías del sistema sino a partir de la deserción misma, encontrando en la lucha por separarse la fuerza necesaria para constituirse.


Salir de la sociedad de crecimiento es salir de las dinámicas de desigualdad

José Bellver entrevista a Serge Latouche en Diagonal

DIAGONAL: ¿Qué relación hay entre la idea de decrecimiento y la crítica del concepto de desarrollo?

SERGE LATOUCHE: ‘Desarrollo’ y ‘crecimiento’ son dos palabras que suelen utilizarse indistintamente, aunque existan matices. Generalmente, cuando hablamos de ‘desarrollo’ pensamos en los países del Sur, mientras que cuando hablamos de ’crecimiento’ nos referimos más bien a los países del Norte, pero en cualquier caso es siempre la misma lógica de la acumulación, de la utilidad. Después de la caída del muro de Berlín, se pone en marcha lo que llamamos la mundialización, es decir, la mercantilización del mundo: el mercado único con un pensamiento único. Y entonces, en ese momento, el desarrollo, como un proyecto del Norte hacia al Sur, pierde su sentido ya que sólo hay una economía de mercado: es la lógica del mercado la que es la misma en todas partes.

Y curiosamente, el desarrollo no desaparece del horizonte: retoma una nueva vida con la adición del adjetivo "sostenible", porque al mismo tiempo el mundo está unificado pero es alcanzado por la crisis ecológica. Y para afrontar la crisis ecológica sin modificar fundamentalmente el funcionamiento del sistema encontramos esta estrategia verbal, esta extraordinaria invención lingüística del “desarrollo sostenible”, un bonito oxímoron. Es para oponerse al “desarrollo sostenible”, que se convertía en la ideología dominante de la globalización, para lo que hemos utilizado este eslogan de “decrecimiento”. Este concepto refleja que lo que está en cuestión es la sociedad del crecimiento, la cual hay que volver a cuestionarse para no caer en la trampa de “otro crecimiento”, como los expertos en desarrollo caían en la trampa de “otro desarrollo”.

D.: Cuando hablamos de decrecimiento suele pensarse que se trata de invertir el problema ecológico sin prestar suficiente atención a las desigualdades sociales. ¿Es así?

S.L.: No, la sociedad de crecimiento es una sociedad de desigualdades. La dinámica del crecimiento es la dinámica de las desigualdades sociales. Siempre ha estado ligado a una dinámica de desigualdades sociales, en parte ocultadas en el Norte durante 30 o 40 años por culpa de la explotación masiva de los recursos naturales de países lejanos, pero ahora podemos ver claramente que, a partir de las primeras crisis de 1974-75, la dinámica de las desigualdades nunca ha sido tan fuerte.

D.: Entonces, ¿este decrecimiento debería producirse de la misma forma en el Sur que en el Norte? ¿Deberíamos decrecer al mismo ritmo en los distintos países del Norte?

S.L.: Claramente no. Detrás del eslogan de decrecimiento y su correspondiente ruptura con la sociedad de crecimiento está la apertura en positivo a proyectos extremadamente diversos que simplemente tienen en común proyectos de sociedad austera, de no ser sociedades de despilfarro, de sobreconsumo, etc. Pero ser una sociedad austera para un país africano quiere decir producir y consumir más, porque no están actualmente en la situación de austeridad, están por debajo de ella. Para nosotros, es evidente que tenemos que producir y consumir menos dependiendo de cada país, incluso entre los países del Norte. Es evidente que el proyecto de una sociedad de decrecimiento es una etiqueta que constituye todavía un proyecto por definir. Es un proyecto esencialmente político. Corresponde a la sociedad, de la forma más democráticamente posible, decidir lo que quiere hacer y lo que quiere producir y consumir, respetando siempre los equilibrios de la naturaleza. En ese sentido existe un enorme terreno para desarrollar.

D.: ¿Qué líneas podrían definir la práctica del decrecimiento? ¿Podría tratarse de un ‘keynesianismo verde’ o de ‘New Deal Verde’?

S.L.: De ninguna forma. Porque el ‘New Deal Verde’ es también típicamente otro oxímoron, es decir, el deseo de no querer salir de la lógica del sistema, de volver a parchear el sistema. Podemos precisar lo que yo llamaría “los fundamentos de la sociedad de decrecimiento” en negativo con respecto a la sociedad de crecimiento. Es lo que he tratado de formalizar a través del círculo virtuoso de las ocho ‘R’: reevaluar, reconceptualizar, reestructurar, redistribuir, relocalizar, reducir, reutilizar, reciclar. Más allá, esto nos da un horizonte suficientemente ancho, pero en el seno de este horizonte, la etapa ulterior depende de cada sociedad. Esto es, de qué programa político concreto nos dotamos para avanzar hacia ese horizonte de una sociedad de anticrecimiento o de no crecimiento y de democracia ecológica.

D.: En un contexto de crisis, la palabra ‘decrecimiento’ puede estar asociada a la pérdida de empleos.

S.L.: Es cierto, pero es al contrario. El decrecimiento, a diferencia del crecimiento negativo o de la crisis, consiste precisamente en salir de esa lógica que condena, de forma obligatoria, a destruir el planeta para crear empleos. A través del decrecimiento, al contrario, crearíamos empleos salvando al planeta; no sólo porque lo reparamos, sino también porque al reducir nuestro consumo, tendremos que producir menos, y teniendo que producir menos, tendremos que trabajar menos. Así, trabajamos menos, pero trabajamos todos. Lo primero que tenemos que repartir es el trabajo, frente al sistema totalmente absurdo en el que hoy vivimos, en el que incluso en Francia hemos suprimido las 35 horas y los trabajadores hacen 40, 50 o incluso 60 horas, mientras que otras personas que querrían trabajar un poco, no pueden hacerlo. Por otra parte, otras propuestas del decrecimiento, como el regreso a una agricultura tradicional y ecológica conllevará la creación de millones de empleos en este sector. La utilización de energías renovables también los creará, al igual que el sector de la reparación y del reciclaje. Algunos incluso piensan que llegaremos a una situación invertida en la que existirán demasiados empleos y faltará mano de obra, porque evidentemente, al no utilizar más el extraordinario potencial energético del petróleo (no hay que olvidar que un bidón de 30 litros de petróleo es el equivalente del trabajo de un obrero durante cinco años), por lo tanto, si ya no nos queda petróleo habrá que trabajar más. Pero tampoco tendremos que trabajar mucho más, porque reduciremos nuestras necesidades, las cuales trataremos de satisfacer sin trabajar demasiado porque también es muy importante no trabajar demasiado. Trabajar demasiado es muy malo.

D.: La idea de decrecimiento parece estar atrayendo la atención de cada vez más gente.

S.L.: Esto es algo que he constatado, es un hecho, aunque hayamos partido de la nada. El motivo es que, como decían Marx y Engels, los hechos son testarudos. Nos enfrentamos a verdaderos problemas y, como decía Lincoln, se puede engañar a algunos todo el tiempo y a todos algún tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo: en este sentido, por ejemplo, todos los días estamos viendo noticias sobre el cambio climático, la desertificación, etc. Podemos seguir diciendo alegremente que la ciencia resuelve todos los problemas, pero podemos comprobar que la ciencia no ha resuelto nada sobre estas cuestiones. Por lo tanto las personas se están haciendo cada vez más preguntas y buscan alternativas porque están inquietas por ellas mismas, por sus hijos, etc. Y cuando ven todo lo que pasa y oyen lo del decrecimiento se dicen a sí mismos: “En el fondo estas personas tienen razón: es cierto que no podemos crecer indefinidamente en un planeta que es finito, lo que proponen es de sentido común”. Estas son reacciones con las que nos encontramos todos los días.

D.: Carlos Taibo acaba de publicar En defensa del decrecimiento, en el que advierte seriamente acerca del peligro de que pueda surgir una especie de “ecofascismo”. ¿Las opciones se limitan por tanto a decrecimiento o barbarie, tal como titula su libro Paul Ariès?

S.L.: Me temo que así es. Las opciones son: decrecimiento, fin del mundo y barbarie. Y de hecho tampoco tienen porque ser opciones absolutamente exclusivas: la barbarie puede ser la antesala del fin o la amenaza del final puede conllevar la barbarie… Si no logramos construir una sociedad de decrecimiento, de sobriedad voluntaria, basada en una autolimitación, iremos efectivamente hacia la barbarie. Porque la gestión de un medioambiente degradado por parte del capitalismo sólo puede darse mediante una transformación del capitalismo en una forma de autoritarismo extremamente violento, duro, que de hecho ha sido bastante bien explorado por la ciencia-ficción.

La hoguera del decrecimiento

Miki - Decrece Madrid

Hace poco oí que alguien explicaba el decrecimiento mediante el tamaño de la hoguera. Aunque no pude encontrar nada en internet (nada, que no hay link) sí que recuerdo el ejemplo:

En una hoguera grande, la gente hace un círculo grande y se separan las unas de las otras. Si no, se queman debido al abrasador calor que desprenden kilos y kilos de madera ardiendo. Si acaso, tienen relación con aquellos que están a su lado. Si la hoguera es pequeña, la gente se aproxima al fuego, hace un círculo más pequeño. El calor es reconfortante, con poca madera varias personas se mantienen calientes. Al ser pequeño el círculo, las personas puede mirarse a la cara, sonreírse, contar chistes, tener una conversación común, sentir, después de todo, que están en un grupo y forman parte de él.

El ejemplo me recordó a las palabras de un familiar mío, muy de derechas él, que recordaba con sereno anhelo un tiempo en el que las cosas eran distintas y él era más feliz:

Recuerdo cuando, con las ascuas de la chimenea, calentábamos el brasero que poníamos debajo de la mesa-camilla. Cenábamos todos juntos y, antes de irnos a dormir, mi madre cogía del brasero las brasas que aún daban calor y las metía en una plancha hueca de metal, con la que calentábamos las camas. Recuerdo que era una época feliz, en la que no aspirábamos a tener más, porque las cosas eran así. Aprovechábamos todo lo que consumíamos, le dábamos varios usos, vivíamos con poco, era una vida sin grandes lujos pero éramos una gran familia y éramos felices.

Este profundo sentimiento de recogimiento, de sencillez, de calor… contrasta claramente con el sentimiento de prisa, de falta de tiempo, de permanente necesidad de más y más, de compras desbocadas, de envoltorios y sobras que acaban en el cubo, de grandes bolsas de basura, de estrés, lujo y desigualdades sociales, de tiempos convulsos… El ser humano no es así, nunca ha sido así. De hecho, siempre ha sido sencillo, salvo unos pocos que ostentaban riqueza y acumulación (nobles, reyes y obispos) y que, a pesar de ser minoría, adquieren un papel protagonista en nuestra imagen de la historia.

El decrecimiento no es algo extravagante. Es simplemente vivir mejor. En el sobreconsumo (donde consumimos y nos consumimos más rápidamente), está claro que “vivir mejor” es necesariamente “vivir mejor con menos”, pues no hay otra opción. En países explotados por los países sobreconsumidores, “vivir mejor” puede ser “vivir mejor con más”, pero los eslóganes “vivir mejor con más” y “vivir mejor con menos” se acabar sustituyendo por “vivir sencillamente bien”.

Pero la sociedad del decrecimiento no tiene por qué ser estática. Cómo combinar el dinamismo tranquilo, la innovación creativa y la alegría, con la simplicidad, el no aspirar a más y el recogimiento reconfortante de lo sencillo es la clave para que la humanidad alcance unos modos de vida que puedan llevar todas las personas del mundo durante un número infinito de generaciones. Tan sólo así podremos vivir bien y justamente. Es una aventura necesaria, trepidante y llena de aprendizaje y desaprendizaje… es el camino a una vida que merezca la pena ser vivida.

Entropía, recursos naturales y economía ecológica

Jorge RiechmannTratar de comprender, tratar de ayudar

Ha caracterizado a la doctrina económica convencional una irresponsable despreocupación por el sustrato material, biofísico, sobre el que se construyen las economías humanas. Buena muestra de ello son dos creencias que, a modo de incuestionados axiomas, subyacen al entero edificio de la mainstream economics: la creencia en que existe una cantidad infinita de recursos naturales, y la creencia en que estos son indefinidamente sustituibles entre sí, y con el capital y el trabajo humanos.


Ninguna de ambas creencias tiene fundamento en la realidad. La primera viene a ser la quintaesencia de lo que Kenneth E. Boulding bautizó como la “economía del cowboy”; habría que rogar a nuestros economistas que se quitasen el sombrero de ala ancha, pues dificulta bastante la visión, y tomasen nota de que la expansión hacia el salvaje Oeste hace ya tiempo que topó con la barrera del Océano Pacífico. En cuanto a la segunda creencia –la sustituibilidad indefinida–, es tan razonable como la actitud de aquel señor del chiste que, al ver que con cierta estufa sus gastos en combustible se reducían a la mitad, se compró otra estufa del mismo tipo convencido de que con dos ¡podría calentar la casa sin combustible alguno!

La crisis ecológico-social ha puesto de manifiesto que semejante despreocupación por el sustrato biofísico sobre el que se apoyan las economías industriales, y la atención prioritaria a los flujos monetarios y el intercambio mercantil, conduce finalmente a tener que pagar un precio trágico (en devastación ambiental, sufrimiento humano y aniquilación de vida).

Desde hace decenios, y con intensidad renovada en los cuatro últimos, se consagran muchos esfuerzos a una reformulación de la teoría económica que sea capaz de dar cuenta de lo que Wendell Berry llamó la Gran Economía: la “economía” de la biosfera, la economía que sostiene la red total de la vida y todo lo que depende de la buena salud de la Tierra y sus ecosistemas. Una parte importante de estos esfuerzos se centran en esclarecer lo que ciencias naturales como la física y la biología tienen que aportar a la ciencia económica: por ejemplo, conocimientos sobre los límites con que topan los sistemas económicos a causa de su inserción en sistemas biofísicos que contienen a los primeros.

Entre los fenómenos y nociones biofísicas esenciales para la comprensión de aquella Gran Economía se encuentran, muy en primer lugar, las leyes de la termodinámica, en especial la segunda (conocida como principio de entropía), o lo que es lo mismo: las constricciones que los principios termodinámicos imponen sobre los procesos socioeconómicos. El gran economista rumano –afincado en EEUU— Nicholas Georgescu-Roegen fue un pionero en la exploración de estas cuestiones a partir de los años sesenta del siglo XX.



La economía, siempre política

Fernando Llorente  - Diagonal

Uno de los efectos de la crisis que más desasosiego provoca es que casi todos los discursos políticos han sucumbido a la hegemonía que ha impuesto lo ‘económico’ sobre cualquier otro orden de la realidad. Economía que, además, se autopresenta como un campo meramente científico y técnico –tan así que el Gobierno puede entregarse ya directamente a los llamados ‘tecnócratas’–, una realidad objetiva y contundente cuyas leyes y determinaciones escapan a cualquier control extraeconómico y por supuesto a cualquier deseo social de cambio o utopía.

El más claro síntoma de esta generalizada crisis de ideas, no digamos ya de ideologías, es que incluso los críticos del neoliberalismo no van más allá de un neo o poskeynesianismo y una resistencia numantina en torno a los restos del Estado del bienestar en medio de la tormenta de recortes y ajustes dictada por los sacrosantos mercados. Desmoviliza y causa desaliento contemplar cómo las izquierdas más o menos clásicas y las derechas más o menos neoliberales coinciden en entonar el mismo mantra del crecimiento –aunque sus caminos para llegar a él difieran–, esa vieja promesa de que si desarrollamos más y más las fuerzas productivas... tendremos empleo y seremos felices.

La tragedia y paradoja de este relato economicista heredado del XIX es que en el contexto actual en que se combinan el agotamiento de los recursos energéticos y naturales, la explosión demográfica, el cambio climático y la exacerbación de la competencia internacional, el crecimiento económico de las economías maduras del Norte es injusto, es indeseable y además es imposible.

Quizá deberíamos preguntarnos si el verdadero problema de nuestras economías sea acaso el exceso de riqueza, el exceso de productividad –y por consiguiente de impacto ambiental– y no lo contrario, porque resulta que el mal reparto de la riqueza social y la excesiva acumulación de riqueza en unas pocas manos en forma de capital financiero es lo que se ha convertido en una fuerza destructiva de la economía productiva –y reproductiva–. Desde esta óptica el problema no es de reactivación y crecimiento, sino de reparto de la riqueza, de justicia social, de fiscalidad progresiva que ponga coto y revierta la actual exacción masiva de riqueza de las clases bajas hacia la cúpula del uno por ciento... y esto es política.

Igual que quizá tampoco la recesión económica e incluso la depresión sean el problema porque de hecho es un imperativo ineludible el decrecimiento de las economías que como la nuestra superan con creces la “capacidad de carga” planetaria, la cuestión es sobre qué espaldas se acomete esta reducción del transumo, si sobre las de los pobres como hasta ahora o sobre las de los ricos... y esto también es política. Asimismo el problema no es que haya cinco millones de parados, aún más gente podría y debería liberarse de trabajos alienantes y poco útiles socialmente –incluso destructivos–, el problema es que no hay otras formas de renta social que cubran las necesidades de toda la población aunque de hecho hay riqueza suficiente para todas; el problema también es de reparto del trabajo socialmente necesario, de revalorizar tareas indispensables como las de los cuidados de la vida y de reproducción social… y esto es política.

En definitiva: la gran batalla que se dirime en esta crisis es si la economía de mercado capitalista domina y gobierna a la sociedad, a la naturaleza y a la política –y ya vamos viendo lo que eso significa en cuanto a cancelación de los mejores ideales humanos y a destrucción medioambiental– o si la política, otra política, podrá gobernar y domesticar a la economía, otra economía.


Artículo original: La economía, siempre política

Decrecimiento y poder

Vicente Manzano Arrondo - Sustentabilidades

La idea del decrecimiento toma forma especialmente en la década de los 70, especialmente en torno a posturas asociadas a la economía ecológica (Martínez Alier, 2009). A pesar de su juventud, el concepto decrecimiento está siendo objeto de una notable generación de ideas, debates y controversias. El propio término de-crecer suscita tanta curiosidad como aversión, puesto que se encuentra situado en las antípodas del discurso hegemónico sobre la dinámica social, económica o política.

Desde un caldo de cultivo intelectual afín, el concepto toma forma originalmente asociado a una postura sensible con el destino del planeta como dimensión física y biológica, pero termina siendo complementado por la dimensión social. La esencia del concepto en el imaginario colectivo viene a ser, poco más o menos: es necesario ejercer contención sobre los comportamientos de consumo y modificar los objetivos y procesos de producción, de tal forma que el efecto destructor sobre el medioambiente sea cada vez menor. Este modo de asentar la propuesta del decrecimiento en el imaginario colectivo es contraproducente, puesto que la contención es psicológicamente desagradable.

Considerando el estilo de vida estándar o modélico en estos momentos, la contención se percibe inevitablemente como una acción aversiva, un retroceso en el bienestar, un anquilosamiento en épocas ya superadas, incluso una pérdida de libertad. Es importante, pues, destacar el error conceptual de esta creencia. El decrecimiento es, no sólo una forma respetuosa, lógica y necesaria de estar en el mundo, no sólo se refiere a las dimensiones física, biológica o social, es también un ejercicio de liberación (Lodeiro, 2008), una apuesta por la libertad individual y por la construcción de poder, por lo que transita también por las dimensiones comunitaria e individual.

Desde esa perspectiva se ha elaborado el presente documento, inspirado en dos principios. El primero es ético: del mismo modo que la tradición kantiana establece que toda persona es un fin en si mismo, la boffiana aplica la sentencia al planeta. Si el planeta (por tanto, su biosfera y su humanosfera quedan incluidas) es un fin en sí mismo, la gestión política, social o económica debería ser acorde con la ética planetaria (Boff, 2003). El segundo principio es práctico: teniendo en cuenta la trascendencia de la dimensión simbólica[1], la constancia de que los conceptos atan o liberan, animan o deprimen, llaman a la acción o a la desidia, construyamos conceptos que liberen, que lleven en su esencia el inicio de la acción. Con ambos principios como referentes, propongo en lo que sigue una línea de diez puntos para conceptualizar, comunicar y contagiar el decrecimiento, lo que seguirá con la exposición de algunas ideas en torno al concepto de poder y su relación con este asunto de la sostenibilidad a partir del decrecimiento.


10 puntos sobre decrecimiento sostenible

1. El crecimiento ilimitado en un espacio limitado es imposible

La frase es de perogrullo. Surge de la conciencia de un mecanismo y de un ritmo. El mecanismo queda muy bien expresado por Wackernagel y Rees (1996) al señalar que la Humanosfera toma recursos de la Ecosfera pero le devuelve desechos que ésta se afana en transformar de nuevo en recursos. El ritmo: la velocidad con que la Humanosfera toma recursos y devuelve desechos en superior a la capacidad de ésta para realizar la transformación, es decir, se ha superado la capacidad de carga (Rees, 1996) del planeta para albergar una sociedad que se comporta de tal modo. Este ritmo descabellado se alimenta en la creencia de que no hay límites que lo sometan o que la ciencia tendrá respuestas para la solución de los límites (Espejo, 2008).

La sentencia de que un contexto limitado no puede alimentar un crecimiento ilimitado constituye el nudo rector del famoso Informe de Roma de 1972 (VV.AA., 2006) que disparó la voz de alarma. De cuantos temas se discuten en torno al crecimiento, éste es el que menos energía consume. Salvo algunas voces residuales, existe ya unanimidad práctica o efectiva al respecto. La lógica es que un crecimiento infinito no cabe en un espacio finito (Elizalde, 2009; García, 2007) y que, por tanto, resulta imperiosa instalar lo que Tierno Galván (1975) denominaba conciencia de finitud.

Frente a esta constancia, existe una confianza difusa que más o menos puede expresarse así: “Hemos estado viviendo y creciendo durante toda nuestra historia, con altibajos, crisis y remontadas, nos hemos ido enfrentando a numerosos problemas, la ciencia y la tecnología los ha ido resolviendo, esto que ocurre ahora no es una excepción, saldremos igualmente triunfantes del reto”.

Los acontecimientos contradicen las expectativas sobre la viabilidad del crecimiento ilimitado. Sabemos, por ejemplo, que la contaminación se acumula pues crece con más rapidez que la capacidad del planeta para absorberla, que cada vez hay más personas, más vehículos de motor que recorren más kilómetros, que se agotan las materias primas como el petróleo, el gas, el carbón, etc. Existen ya muchas evidencias, estudios y publicaciones que muestran fuera de toda duda que estamos sometiendo al planeta a una prueba ante la que carece de capacidad de respuesta exitosa. Así pues, las sentencias sobre la situación actual difieren en la intensidad del fenómeno, pero no en su existencia.

Aceptada la sentencia, una de las preguntas más frecuentes en ello es ¿cuándo habrá que parar en esta tendencia de crecimiento continuo.

Decrecimiento justo o barbarie

Yayo Herrero y Luis González ReyesViento Sur

Tradicionalmente, se defiende que la distribución está supeditada al crecimiento de la producción. La economía neoclásica presenta una receta mágica para alcanzar el bienestar: incrementar el tamaño de la “tarta”, es decir, crecer, soslayando así la incómoda cuestión del reparto. Sin embargo, hemos visto que el crecimiento contradice las leyes fundamentales de la naturaleza. Así, el bienestar vuelve a relacionarse con la cuestión esencialmente política de la distribución.

El reparto de la tierra será en el futuro un asunto nodal. La tarea será sustraer tierra a la agricultura industrial, a la especulación urbanística, a la expansión del asfalto y el cemento, y ponerla a disposición de sistemas agroecológicos locales.

La exploración de propuestas como la renta básica de ciudadanía o los sueldos complementarios se hace urgente. Igualmente sería interesante considerar la posibilidad de establecer una renta máxima.

Reducir las desigualdades nos sumerge en el debate sobre la propiedad. Paradójicamente nos encontramos es una sociedad que defiende la igualdad de derechos entre las personas y que sin embargo asume con naturalidad enormes diferencias en los derechos de propiedad. En una cultura de la sostenibilidad habría que diferenciar entre la propiedad ligada al uso de la vivienda o el trabajo de la tierra, de aquellas otras ligadas a la acumulación, ya sea en forma de bienes inmuebles o productos financieros, y poner coto a éstas últimas.

En definitiva, se trata de cambiar los criterios que hoy prevalecen por otra racionalidad económica que se someta a las exigencias sociales y ambientales que permiten el mantenimiento de la vida. Orientar las decisiones económicas hacia la igualdad no es sólo cuestión de normativa o instrumentos económicos, sino de impulsar también cambios culturales.

Extraído del artículo: Decrecimiento justo o barbarie



9 razones para utilizar la palabra decrecimiento

Yves-Marie Abraham

1. Una palabra defensiva que está en contra de lo obvio que queremos pulverizar: la necesidad de crecimiento económico continuo.

2. Una palabra iconoclasta cuya adopción requiere la descolonización de nuestra cultura basada en crecimiento.

3. Una palabra que no puede ser reciclada por aquellos que buscan prolongar el modelo de sociedad que ya no queremos (contrariamente a "desarrollo sostenible").

4. Una palabra dura que ataca la raíz de la mayoría de nuestros problemas; la búsqueda del crecimiento continuo.

5. Una palabra que desafía nuestro mundo productivo-consumista de modo inequívoco, pero abre espacio para una discusión sobre como construir el nuevo mundo que buscamos.

6. Una "palabra sucia" que molesta, que genera una reacción y que da inicio a un debate sobre el dogma del crecimiento, la preocupación principal de quienes se oponen al crecimiento.

7. Una palabra sobre la cual no se puede y no se debe llegar a un consenso en un mundo que sigue siendo fundamentalmente basado en crecimiento.

8. Una palabra que es más fácil de pronunciar que "a-crecimiento" que es posiblemente más apropiada semánticamente.

9. Una palabra simple, con valor como lema, como consigna y como llamada a la unión – más que como concepto o programa – para todos aquellos quienes se rehúsan a aceptar nuestro modelo actual de sociedad productiva-consumista.

Pequeño vade mecum para quien se opone al crecimiento

El juicio final

 Jorge Riechmann

Ken Booth emplea la imagen del juicio final, en el sentido siguiente: “Un ‘juicio’ es una situación en la que los seres humanos, como individuos o como colectividades, nos encontramos frente a frente con nuestras formas de pensar y de comportarnos arraigadas pero regresivas. Ante un juicio, tenemos que cambiar o pagar las consecuencias. Lo que llamo el ‘juicio final’ es la manera que tiene la historia de ajustar cuentas con las formas de pensar y comportarse establecidas –y en mi opinión regresivas—de la sociedad humana a escala global”. Estas formas de pensamiento y acción, a las que Booth se refiere, pueden cifrarse en:

• Cuatro mil años de patriarcado (la idea de que los varones son superiores y deben dominar la sociedad);

• Dos mil años de religiones proselitistas (la convicción de que nuestra fe es la verdadera y merece ser universalizada);

• Quinientos años de capitalismo (“un modo de producción de increíble éxito, pero que exige que haya perdedores además de triunfadores, siendo la naturaleza uno de los perdedores
más destacados”)

• Unos trescientos años de estatismo-nacionalismo (el juego de la soberanía acoplado con el narcisismo nacional, que genera una política internacional concebida como lucha competitiva de unas naciones contra otras, en el contexto de la desconfianza humana y la institución de la guerra)

• Unos doscientos años de racismo (la ideología según la cual hay seres humanos superiores e inferiores, basada en diferencias biológicas menores);

• Y casi cien años de “democracia de consumo” que ha conducido a lo que JK Galbraith llamó una cultura de la satisfacción para los triunfadores dentro de cada sociedad y entre unas sociedades y otras, mientras que los perdedores viven en condiciones de opresión y explotación.

El juego histórico de estas ideologías e instituciones nos ha llevado a un mundo crecientemente disfuncional, donde cientos de millones de seres humanos, y la naturaleza, se encuentran cada vez peor.

Homo sapiens sapiens lleva –llevamos— unos 200.000 años en este planeta; pero han bastado apenas siglo y medio de sociedad industrial –menos de una milésima parte de ese lapso temporal– para situarnos frente al abismo. Aún no hemos aprendido a vivir en esta Tierra.

“No hemos sabido afrontar el conflicto básico entre la finitud de la biosfera y unos modelos socioeconómicos en expansión continua, profundamente ineficientes, impulsados por un patrón de crecimiento indefinido.”

Con una simplificación que creo no traiciona a la realidad, cabe decir que la pregunta decisiva para los seres humanos sigue siendo la misma que hace cincuenta mil años: ¿dominio del fuerte sobre el débil, o cooperación entre iguales?

Extraído del trabajo de Jorge Riechmann. 'Frente al abismo'.

Simplicidad voluntaria

Duane Elgin  - Mundo Nuevo

Simplicidad en el vivir, en el consumo, en nuestras relaciones, y en todas las esferas de nuestra vida diaria; el movimiento de la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas para liberar tiempo y recursos para vivir un vida más conciente, libre y plena.

La simplicidad en el vivir no es una idea nueva. Tiene profundas raíces en la historia y encuentra su expresión en todas las tradiciones de la sabiduría ancestral. Más de 2.000 años atrás, en el mismo período en el cual los cristianos decían “Oh Señor, no me concedas ni pobreza ni riqueza” (Proverbios 30:8), los taoístas señalaban que “aquel que sabe lo que es suficiente, es rico” (Lao Tsé); Platón y Aristóteles proclamaban la importancia en la sociedad del “hombre de oro”, cuyo sendero en la vida no tenía excesos ni carencias; y los budistas promovían “el sendero medio” entre la pobreza y la acumulación sin sentido. Claramente, la vida simple no es una invención social nueva. Lo que es nuevo son los cambios radicales, tanto ecológicos y sociales como psicoespirituales de las circunstancias del mundo moderno.

Una tendencia hacia una forma más sencilla de vida fu e descrita en 1992, cuando más de 1.600 científicos de primer nivel, incluida a la mayoría de los premios Nobel en ciencias aún vivos, firmaron un documento sin precedentes llamado “Advertencias para la Humanidad ” (ver Mundo Nuevo Nº 3, ene/feb 1999). En esta histórica declaración, señalaron que “los seres humanos y la naturaleza están en vías de colisionar….y esto podría alterar el mundo viviente de tal manera que éste fuera incapaz de sostener la vida tal como la conocemos”. Los firmantes concluyeron que se requiere un gran cambio en nuestra relación con la Tierra y la vida en ell a si se desea evitar una amplia miseria humana y que nuestra casa global en el planeta no sea irremediablemente mutilada.

Aproximadament e una década después, apareció otra advertencia de 100 ganadores de premios Nobel , que señalaban que “El peligro mayor para la paz mundial en los próximos años no vendrá de actos irracionales de los estados o individuos, sino de la legítima demanda de los desposeídos”. Tal como se ha indicado en estas dos advertencias de destacados científicos, poderosas tendencias adversas (como el cambio climático, el agotamiento de los recursos naturales claves como el agua y el petróleo barato, una creciente población mundial y un aumento en la diferencia entre pobres y ricos) están convergiendo en una crisis del sistema a nivel global, creando la posibilidad de una caída evolutiva humana dentro de esta generación. Si en lugar de ell o establecemos un salto evolutivo, éste seguramente incluiría un cambio hacia formas de vida más simples, sustentables y satisfactorias.

El Dinero No es Sinónimo de Felicidad (por más que ayude)

Aunque la presión hacia este tipo de vida es fuerte, la alternativa de vivir en forma contraria a ella es igualmente atractiva para bastante gente. Muchas personas no pueden elegir vivir de una manera más simple sin dejar de sentir que ello es un sacrificio; buscan permanentemente mayores fuentes de satisfacción, las que logran a través de un alto estrés en una sociedad obsesionada por el consumo. Para ilustrar el tema, mientras que en Chile, en los últimos 30 años (y en Estados Unidos en la última generación), se dobló el ingreso per cápita, el porcentaje de la población que se declara feliz permanece sin cambios significativos (aproximadamente un 1/3); y en el mismo período, la tasa de separaciones matrimoniales se dobló y la de suicidios adolescentes se triplicó (Estados Unidos). Una generación completa ha probado los frutos de una sociedad con más bienes de consumo y ha comprobado que el dinero no compra la felicidad. En su búsqueda por la satisfacción, millones de personas han sido desvinculadas de las empresas donde trabajaban, siendo empujadas a un ritmo frenético de trabajo y consumo, o bien finalmente impelidas a dar un paso hacia adelante en sus vidas, esto es, vivir en forma materialmente más modesta, pero rica en relaciones familiares, amigos, vida comunitaria, trabajo creativo y con una conexión más completa de su alma con el universo.

Vivir mejor con menos

Las restricciones que impone la crisis a las economías domésticas son una oportunidad para recuperar el valor del tiempo y vivir de forma más sencilla, consciente y frugal.

Francesc MirallesRevista Integral

La escoba de una crisis económica interminable ha barrido millones de puestos de trabajo, mientras que las personas que siguen en activo están viviendo ajustes de todo tipo. Tras varias décadas de excesos por parte de los que mueven los hilos del casino financiero, nos hallamos ante un primer mundo empobrecido. El crédito ha dejado de fluir libremente y ya no podemos “comprar con dinero que no tenemos cosas que no necesitamos para impresionar a gente que no nos cae bien”, en palabras del economista y escritor Álex Rovira.

La buena noticia es que la situación actual nos permite reformular nuestro modo de vida y, muy especialmente, la manera en la que invertimos nuestros recursos. La cuestión fundamental sería: ¿es posible vivir mejor con menos?

Los analistas de un concepto en boga, la Felicidad Interior Bruta, aseguran que cuando están cubiertas las necesidades básicas, el bienestar personal no aumenta con la prosperidad material. Esto explicaría que, sobre el papel, los habitantes de Bután, con una de las rentas por cápita más bajas del mundo, superen en grado de satisfacción personal a los de países que lideran la tabla de ingresos.

Si este dato es cierto, significaría que, hasta la explosión de la burbuja inmobiliaria, habíamos errado en nuestra búsqueda de la felicidad, aunque algunas personas, como veremos a continuación, ya habían renunciado a la fórmula de máximo enriquecimiento en el menor tiempo posible.

‘Downshifting’

Hace tres años, John Naish publicaba en nuestro país su libro ¡Basta!, cómo dejar de desear siempre algo más. Este periodista británico, colaborador habitual del Times o el Daily Mirror, reflexionaba así sobre nuestra fijación por el consumo:

“A lo largo de la historia de la humanidad, hemos sido capaces de sobrevivir al hambre, las enfermedades o los desastres gracias a nuestro instinto de desear y buscar siempre más cosas. Nuestra mente está programada para temer la escasez y consumir lo que podamos. Sin embargo, hoy, gracias a la tecnología, tenemos todo lo necesario para vivir cómodamente, e incluso más de lo que podemos llegar a disfrutar o utilizar. Pero esto no detiene nuestro deseo innato de ir a por más. Todo lo contrario, nos vuelve adictos al trabajo, nos ahoga en un mar de información, nos hace atiborrarnos de más comida y nos embarca en una constante, y frustrante, búsqueda de más ‘felicidad”.

Este ensayo aparecía pocos meses antes de la quiebra de Lehman Brothers, en un momento en el que el crecimiento parecía ilimitado. Sin embargo, algunos ejecutivos ya se habían desencantado de la cultura consumista y se apuntaban al downshifting, un fenómeno que se inició en la década de los 80 en plena cumbre de la cultura yuppie. Directivos de grandes empresas que habían vivido por y para el trabajo renunciaban a sus cargos y aceptaban puestos más bajos en el organigrama para ganar tiempo y calidad de vida.

Ahora que muchos trabajadores han tenido que aplicarse el downshifting a la fuerza, debemos plantearnos cómo podemos vivir igual o mejor con menos. Vicki Robin, una militante de la vida simple en EEUU, propone un principio para separar el grano de la paja: “Lo primero que hay que hacer es averiguar el grado de satisfacción que nos producen las cosas, para distinguir una ilusión pasajera de la verdadera satisfacción. Con esta fórmula cada uno puede detectar los valores que le proporcionan bienestar y descubrir de qué puede prescindir, y así alcanzar paso a paso un nuevo equilibrio vital más satisfactorio”.

Sumak Kawsay, crecimiento y decrecimiento económico



“Me llamo Octave y llevo ropa de APC. Soy publicista: esto es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis comprar el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados. En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume. Vuestro sufrimiento estimula el comercio.” (Beigbeder).

Naturalmente, estos tres conceptos o categorías no se pueden desarrollar en un solo artículo; por lo que únicamente verteremos ideas generales sobre dichos conceptos muy en boga en estos tiempos de crisis estructural del sistema capitalista: El Sumak Kawsay, el crecimiento económico y el decrecimiento económico. Tanto el primer concepto como el último tienen grandes similitudes. Pero el crecimiento económico –figura inventada por los países del centro- se contrapone al Sumak Kawsay y al decrecimiento económico.

Me enteré ligeramente sobre el significado del Sumak Kawsay a raíz de un artículo que escribió el camarada Diputado por el FMLN Sigfrido Reyes, en el Frente, periódico oficial de esa formación política de izquierda. Y el Diputado Reyes lo define de la siguiente manera: “Sumak Kawsay tiene una visión fundamentada en una cosmovisión de los antiguos pueblos originarios de la zona andina. Es una expresión quechua que significa: ‘Vivir en plenitud, vivir en armonía’ -en armonía con los seres humanos, en armonía con la naturaleza, en armonía consigo mismo y en armonía con los seres superiores que forman parte de la espiritualidad de estos pueblos”.[1]

El Sumak Kawsay quiere decir entonces “Buen Vivir”. Esta terminología proviene de una noción consistente en la posibilidad de enlazar al hombre nuevamente con la naturaleza desde una visión de respeto a la misma. Es como la oportunidad de reintegrarle la ética a la convivencia humana, ya que es necesaria una nueva especie de contrato social en el cual pueda convivir la unidad en la diversidad, en una delineada estrategia de acabar con la violencia sobre la naturaleza, lo cual puede conllevar dentro de poco tiempo a la desaparición de los seres vivos.

El Sumak Kawsay o “buen vivir”, es un término que proviene de las lenguas aymaras en Bolivia y del quichua ecuatoriano que, sencillamente, significa en ambas lenguas “buen vivir” o “vivir bien” en armonía con la naturaleza. Por ello, tanto en Bolivia como en Ecuador la idea de crear Estados Plurinacionales sentó las bases para que en ambas constituciones se introdujera el Sumak Kawsay.

El profesor Pablo Dávalos[2] señalaba que “En los debates sobre la nueva Constitución ecuatoriana, junto a los derechos de la naturaleza y el Estado Plurinacional, ahora se ha propuesto el Sumak Kawsay como nuevo deber-ser del Estado Plurinacional y la sociedad intercultural. Es la primera vez que una noción expresa una práctica de convivencia ancestral respetuosa con la naturaleza, con las sociedades y con los seres humanos, cobra carta de naturalización en el debate político y se inscribe con fuerza en el horizonte de posibilidades humanas”. De esa manera la Constitución ecuatoriana contempla esta figura como una nueva relación entre el hombre y la naturaleza. Dicha Constitución titula el Segundo Capítulo de la misma como “Derechos del Buen Vivir”, e inicia la Sección Primera con el “Derecho al Agua y Alimentación” (http://www.eueomecuador.org

¿Pero qué tiene que ver esto con la realidad salvadoreña? Los recientes desastres naturales como Ida y Agatha nos responden de manera concreta y bien ilustrativa el anterior interrogante. Pero no sólo es eso. Hay que indagar sobre las causas de esos desastres naturales. Los países industrializados tienen una enorme responsabilidad para con la crisis ecológica que vivimos, la cual está vinculada a la crisis del sistema capitalista. Esto nos lleva a hablar del eufemismo llamado crecimiento económico.

Hablar del crecimiento económico desde el punto de vista del tema que nos ocupa es hablar también del desarrollo económico, el cual es un falso paradigma acuñado por los apóstoles del neoliberalismo con mayor vehemencia en estos tiempos grises que vivimos. Al respecto, nos sigue ilustrando el profesor Dávalos al decirnos que el concepto de crecimiento económico “Es un concepto hecho a la medida de las ilusiones y utopías del neoliberalismo y del capitalismo tardío. Con la misma fuerza que el creyente cree en la epifanía de la voluntad divina, el economista neoliberal, cree en las atribuciones y virtudes mágicas que tiene el crecimiento económico”. ¿Crecimiento económico para quiénes? ¿Desarrollo económico para de quiénes? Ese es el punto a discutir en tanto que los grupos de poder en los países industrializados son los que se benefician –económicamente hablando- del desenfrenado consumismo, el cual es inmanente al desarrollo y crecimiento económicos, llevándose de encuentro en una demoledora destrucción los recursos naturales, la salud y la vida de los seres vivos. Es decir que, la base del crecimiento económico descansa en el inmoderado consumo.

Pero el crecimiento económico como tal, o su par llamado desarrollo económico que al final es la misma cosa, por magnificencia son conceptos ambiguos prefabricados por quienes controlan los mercados ante la extenuación del Estado. Venden la idea de que quien está en contra del desarrollo económico es una persona “atrasada”. Y en lo que a bombardeo mediático se refiere, han reducido al Hombre a una escala de llegar a lindar con una especie de zombi. “Hay que vestir bien”, usar fragancias francesas, tener el vehículo último modelo, y de ser posible, tres vehículos al mismo tiempo para una sola persona en un solo garaje, hay que tener un televisor plasma de último tiraje, un móvil último modelo, tres casas para rentar dos de ellas, y la lista se ampliaría ad infinitum. Dicen que el plasma es el cuarto estado de la materia. No pretendemos dar una clase de química por ser una materia árida y que no comprendo; pero las pantallas plasma están compuestas de una serie de químicos, entre ellos, la lignina, la cual se encuentra incrustada en la corteza de ciertos árboles o plantas que sólo las hallamos en el África. En otras palabras, si se compran cien televisores plasmas al día, le estamos lanzando diariamente una bomba de quinientas libras a los pocos bosques de ese continente tan pobre por su misma riqueza natural. De ahí el por qué Eduardo Galeano señala que “somos pobres a consecuencia de la riqueza natural que poseemos”. Pero un consumista en extremo me dirá que a él no le importa porque África está muy lejos de nuestros países, lo que ignora es que África es un continente que pertenece al planeta Tierra, o sea donde vivimos.

El falso crecimiento económico es una teoría neoliberal vacía de realismo, porque lo que hay en el fondo es la acumulación del capital, que es en sí la esencia del capitalismo como sistema de explotación. La avariciosa acumulación del capital envuelve en sí el acrecentamiento de las fronteras de la explotación. A más crecimiento, más acumulación de capital y, en consecuencia, más explotación. Todo bien material que pretende lanzarse al mercado debe ser coligado al desarrollo, al progreso, a la evolución, o a la misma falacia del llamado crecimiento. Habrá que definir a qué tipo de crecimiento se refieren. Es simple. Se refieren al crecimiento del consumo, y este consumismo vuelve cada día más dependiente al ser humano de bienes materiales superfluos para la existencia.
La regla es que en una familia de clase media tiene que haber un televisor (en cada habitación), un ordenador, un aire acondicionado (también en cada habitación), una lavadora, microondas, ducha eléctrica y un interminable etcétera. El sistema te crea necesidades materiales que no son imprescindibles para la vida. Necesitamos un millar de Diógenes para hacernos entender que en el mercado hay muchas cosas que no necesitamos. Es sorprendente escuchar y leer los análisis de ciertos neoliberales, quienes nos quieren hacer creer que si hay más vehículos automotores y más celulares y es porque hay crecimiento y desarrollo económico. ¡Cuánto extraño mi Motorola Dynatac 8000x que vendí a un precio que –como diría Galeano- a Fausto el de Goethe le diera risa! Ya los escucho decir que soy un “atrasado”, pero es que Karl Marx ya había señalado que “el trato consciente y racional de la tierra como propiedad comunal permanente es la condición inalienable para la existencia y reproducción de la cadena de generaciones humanas” (El Capital, 1867). Lo que debe imperar es una cultura responsable del consumo; en otras palabras, consumir lo necesario.

Ahora que tenemos cierta claridad respecto del crecimiento económico ante la desnudez de esa falacia, que implica consecuencias insostenibles, ello ha conllevado a la creación de la idea del crecimiento sostenible. Y dentro de este de crecimiento o desarrollo sostenible aparece la cultura del reciclaje, lo cual a mi juicio fomenta aun más el consumismo, tanto en cuanto hay que consumir sin ningún temor a dañar el medioambiente, porque basura que compramos, basura que reciclamos. En algunos países de Europa se fomenta la campaña “No a las bolsas no retornables”, lo cual no soluciona el problema pero al menos es una medida que amortigua la contaminación pero no el consumismo. 


Ante este desacertado crecimiento económico, como antítesis real, surge el decrecimiento económico. Esta teoría del decrecimiento económico, lo cual no significa dejar de crecer, sino que es una alternativa ante el consumismo; los expertos lo definen como: “el decrecimiento económico es una gestión individual y colectiva basada en la reducción del consumo total de materias primas, energías y espacios naturales gracias a una disminución de la avidez consumista, que nos hace querer comprar todo lo que vemos”[3]. En otras palabras esto significa consumir responsablemente, comprar lo necesario; y no verse obligada la pareja a trabajar incluso doble jornadas laborales para suplir las necesidades consumistas. Esto de consumir sin responsabilidad ha generado un lacerante modo de vida familiar, porque la pareja confía la educación de sus hijos a la televisión, al Internet y a las instituciones. Entonces, esto del consumismo se trasfiere sin percatarnos a nuestros hijos, volviéndose un efecto dominó o reacción en cadena que favorece a las grandes industrias de los países del centro. Por esa razón la demanda de bienes materiales –triviales- aumenta a un ritmo espantoso, lo cual ha generado que las grandes empresas de los países del centro cierren sus fábricas en sus países de origen para abrirlas en las regiones de la periferia, porque en nuestros países subdesarrollados las leyes son blandas en cuanto a derechos laborales y las concernientes a la protección del medio ambiente. Esto potencia aun más el crecimiento y desarrollo económico pero de los poderosos.

¿Y la responsabilidad de los consumidores? Los poderosos nos hablan de una responsabilidad solidaria en relación a la contaminación del medioambiente. Esto es bastante discutible, porque los países industrializados tienen a mí parecer una enorme responsabilidad con la destrucción del ecosistema. Para el caso, los Estados Unidos, con tantas guerras que ha provocado desde el lanzamiento de las dos bombas atómicas sobre el Japón, pasando por la destrucción de arrozales en Vietnam, Centro América –Nicaragua y El Salvador-, los Balcanes, Kosovo, Iraq, Afganistán y dentro de poco Irán, definitivamente solo esa a potencia mundial se le puede atribuir junto al Estado terrorista de Israel, un 75% de la responsabilidad del desastre medioambiental. Y si a esto le hacemos otra gran suma de la contaminación de sus empresas, creo que hasta soy benevolente con ese 75%. No en vano se han resistido a firmar el Protocolo de Kioto.

Este tema de la crisis medioambiental debería ser la cuestión a debatir en los medios de comunicación en El Salvador. Pero el tema que ha copado la atención de los medios de comunicación en este país es el relacionado con la imposición de la lectura obligatoria de la Biblia en las escuelas. Imagínense qué despropósito, los diputados de la derecha debatiendo sobre la Biblia en pleno Siglo XXI. Dice un camarada filósofo que esas son discusiones bizantinas, las cuales consistían en debatir sobre cuántos ángeles cabían en la punta de un alfiler. Lo curioso de esto es que no han invitado a ningún panelista ateo para que vierta su opinión. José Saramago –dios en su gloria lo tenga junto a “Caín”-, era un comunista y ateo confeso, pero nunca mató ni una sola hormiga, pero George W. Bush y Tony Blair, uno protestante y el otro católico asesinaron a miles de iraquíes y afganos. En El Salvador existe una buena cantidad de ateos que nunca han robado ni matado a nadie, pero hay personajes que dicen llamarse cristianos –de diversas denominaciones religiosas- y que participaron en el asesinato de Monseñor Romero y los sacerdotes jesuitas. Eso señores es una falsa moral, o una estrategia para desviar la atención de los problemas heredados de anteriores administraciones y que nos aquejan a los salvadoreños. De imponerse la lectura de la biblia en las escuelas generaría un terreno propicio para una guerra como la de Irlanda del Norte, donde católicos y protestantes se mataban entre sí. Ya un pastor evangélico dijo que el temor del jerarca de la Iglesia católica salvadoreña es que su iglesia “pierda feligreses”. Desde ese momento cualquiera puede ir deduciendo cuál es la estrategia de la derecha, porque este pastor fue un simple aliado coyuntural de la izquierda, pero sabemos que fue formado en las filas del sionismo tobysta.
 
Pero no nos desviemos del tema. Por supuesto que los consumidores deberíamos de frenar ese modo de vida tan destructivo. Cuando se le preguntó a un escalador patológico del Monte Everest “por qué lo escalaba”, él respondió “porque está ahí”; es decir que, si el Everest no existiera no lo escalaría. De igual forma entraríamos en otra discusión de que si no hay consumidores libertinos no habrían empresas contaminantes, o por el contrario, si hay consumidores enfermizos esa es la razón de la existencia de empresas contaminantes que bombardean mediáticamente a esta categoría de consumidores. Ante tal paradoja, supongamos que lo es, tenemos la opción de llevar a la práctica el decrecimiento económico o el Sumak Kawsay como formas responsables de vida; en otras palabras, consumir lo necesario. Siempre recordando, por supuesto, que la gente feliz no consume”.
 
[2] - Es economista y catedrático universitario del Ecuador. Ha hecho una serie de artículos respecto al tema del Sumak Kawsay, el cual lo contrapone al desenfrenado consumismo y a la falacia del crecimiento económico. http://www.webislam.com/default.
[3] Vicente Manzano. “Comportamiento de consumo y decrecimiento sostenible”. http://www.cima.org.es/archivos/Areas/ciencias_sociales/2_humanidades.pdf

Decrecimiento y lenguaje del mestizaje



Nos encontramos en la “fase semántica” de la propuesta decrecentista; fase colectiva de creación, depuración y difusión de significados y conceptos que sean capaces de ensamblar ese lenguaje del mestizaje sociopolítico con las prácticas de los actores. Hay que comenzar a hablarlo para nombrar las ausencias, reprimidas, y las emergencias, soñadas (B. de Sousa Santos). Fase también de interpretación y de imaginación sin más restricciones que las posibilidades de los deseos expresados por la palabra de los distintos.

Esbozamos aquí las tareas y funciones que, a nuestro juicio, debería asumir el emergente movimiento por el decrecimiento para encontrar su lugar dentro del proceso de reinvención de las prácticas emancipadoras. Creemos que la identidad decrecentista en la actualidad puede organizarse a partir de seis funciones principales, todas ellas muy relacionadas entre sí, a saber: función de develamiento, función de comunicación, función cartográfica, función de traducción, función de innovación y función catalizadora.

Naufragio

Venimos de un naufragio. El de los proyectos de emancipación fracasados a lo largo del siglo veinte. Naufragio histórico, político, económico, cultural y anímico. Como escribimos en otro texto “todas las izquierdas, todas, quedaron tocadas por el desastre del llamado "socialismo real". Ni la comunista, ni la socialdemócrata ni toda la flora y fauna troskista, maoísta o anarquista y sus combinaciones pudieron salvar los muebles del incendio. La comunista se hizo socialdemócrata. La socialista se hizo social liberal o, lisa y llanamente y sin vergüenzas, liberal. Y, en la llamada extrema izquierda, algunos se fueron para la casa, los más, y otros, los menos, iniciaron una loable pero larga travesía por el desierto. En el intertanto, los ecologistas han emergido y se han vuelto a sumergir sin poder asumir el liderazgo de aquello que se ha llamado izquierda social, mientras que los altermundialistas han pataleado en cuanto foro mundial se les ha puesto a su alcance”. En medio del repliegue, desde hace más de una década los neozapatistas son unos de los pocos que han abocetado con imaginación un programa de transformaciones razonable y utópico y viceversa.

Lenguaje

El movimiento por el decrecimiento surge de esas cenizas, de esos lodos y de esas esperanzas. Con el reloj de la historia acelerado, la tarea que tiene por delante es gigante y con muchos frentes abiertos. De todos ellos, uno se revela particularmente crucial: el del lenguaje. Sobado y gastado el lenguaje revolucionario y comprobada su incapacidad para convocar a los nuevos sujetos de las transformaciones, urge la construcción de un lenguaje que defina y critique el desorden y la locura neoliberal desde la imaginación y los deseos colectivos. La palabra decrecentista debe emerger del encuentro entre los conceptos de escritorio y los vocablos de la calle comunitaria en transformación; entre habla de la visión y del habla del deseo.

Desde abajo y a la izquierda (Marcos), las palabras del decrecimiento deberían ser capaces de transformarse en una lingua franca, en una koiné o habla común de intercambio entre los sujetos de las transformaciones. Eso requiere romper la continuidad acústica con los términos gastados y asociados a los fracasos de los socialismos autoritarios del siglo veinte y, sobre todo, vinculados a la cruda teoría leninista. Y esa ruptura exige producir nuevos sonidos y nuevos ecos condensados y transportados por la lengua del mestizaje sociopolítico en la que puede constituirse el discurso decrecentista. Esta koiné decrecentista debe aportar resonancias que acompañen a los actores en sus nuevas y viejas prácticas cooperativas, solidarias, comunitarias y políticas. Una lengua franca y una koiné cumplen la función de comunicar las diferencias; porque son diferentes los hablantes requieren una lengua que permita la traducción de sus conceptos y prácticas. Es un lenguaje de frontera construido para atenuarlas. Es el lenguaje de lo “común”, diferente del lenguaje de lo “único”. El primero se construye, desde abajo, a partir de la necesidad y voluntad de permitir que los distintos dialoguen sobre aquello que comparten sin dejar de ser cada uno lo que es. El segundo, se construye, desde arriba, a partir de un proyecto de imposición que busca anular las diferencias e imponer la visión de unos pocos.

Vivimos ahora el reinado del pensamiento, el discurso y las prácticas de “lo único” en su versión neoliberal. Pero los decrecentistas rechazamos “lo único” en todas sus versiones, sea neoliberal, marxista, anarquista, ecologista y, por supuesto, decrecentista.

El decrecentismo no dice nada nuevo y, sin embargo, suena nuevo lo que enuncia. Es una obviedad y una provocación: un inventario de desastres, presentes y futuros, y una llamada a la acción. Pero, no podemos quedarnos en la compilación de los efectos de la locura civilizatoria; es necesaria la sintaxis que permita articular el diagnóstico con las prácticas a través del lenguaje del mestizaje sociopolítico que es el decrecentismo, es decir, el lenguaje de “lo común de lo diverso”.

Funciones

La primera tarea del decrecentismo, entonces, es mostrar lo que esconden las hegemonías del mundo y lo que anuncian las contrahegemonías y las disidencias. Esto corresponde a su función develadora que persigue quitar los velos que cubren los ocultamientos, las simulaciones y las coacciones ideológicas al servicio del poder. Se trata de poner de manifiesto lo soterrado por el imaginario del productivismo y sus excesos. Esta función incluye la función de comunicación o difusión de los develamientos o “comprensiones” que los grupos decrecentistas han obtenido de sus análisis y prácticas. Estos grupos son sujetos colectivos de enunciación que proyectan una identidad y buscan el encuentro con otras identidades. Es importante, no obstante, diferenciar la experiencia del develamiento y comunicación de la aceptación acrítica de una verdad revelada. La enunciación decrecentista debe ser el resultado de procesos dialógicos, racionales, informados y colectivos, sin subordinaciones de ninguna especie, ni siquiera a la misma idea decrecentista.

Otros incluyen el decrecimiento como un componente más de su acción, nosotros hacemos de él, una ética y un proyecto: un punto de referencia, un criterio de valor y una guía para la orientación, siempre provisional, en los escenarios de los cambios colectivos e individuales. Por este motivo, en segundo lugar rescatamos su función cartográfica para localizar y hacer visibles las experiencias ausentes y señalar el camino para las que presionan por emerger. Las muy variables topografías sociales donde transcurren las dinámicas de los actores requieren el dibujo de mapas con sus territorios pero, sobre todo, con sus caminos y senderos que comuniquen lo actual con lo posible, abriendo las zonas de contacto. Pero la cartografía sabe que no puede confundir el mapa con el territorio y que los trazados, las cotas y los relieves dibujados serán siempre provisionales.

Los decrecentistas no tenemos prioridad ni vocación de hegemonía. Somos advenedizos en el espacio de las iniciativas de cambio; otros también han nombrado los desastres y han propuesto alternativas. Podemos hacerlo pero, ubicados en los intersticios de los proyectos de los actores, podemos aspirar también a un rol diferente: al rol de traductores, es decir, desde el lenguaje, desde la koiné sociopolítica, trabajar para “promover la inteligibilidad mutua entre experiencias posibles sin destruir su identidad” (B. de Sousa Santos). Esta función de traducción implica apoyar las interlocuciones entre las diferentes formas de experiencias de conocimiento, de trabajo, políticas, culturales etc. mostrando las equivalencias y haciendo evidentes los encuentros. El decrecentismo apuesta por las diferencias no jerarquizadas, por los espacios de diálogo no subordinados, aquí y a hora, es decir, en un presente ampliado y enriquecido por las iniciativas de todos.

Como una consecuencia directa de la función de traducción aparece, por último, la función catalizadora que debe permitir que críticas y propuestas, teorías y prácticas, imaginaciones e iniciativas, en el amplio campo social, encuentren un sentido mayor engarzadas en el discurso del decrecimiento y sean estimuladas por éste. Se trata de favorecer el trabajo de articulación de las contrahegemonías ayudando a su confluencia en proyectos comunes. No ofrecemos una verdad revelada, repetimos, ni siquiera una certeza, sólo nuestro papel de facilitadores de la voluntad de cambio de los sujetos sociales.

Por último, la función catalizadora incorpora como elemento central la función de innovación que invita a imaginar cómo vivir de una manera diferente, a partir de las prácticas de los actores y sus necesidades. La función cartográfica debe servir para detectar las experiencias sociales ausentes y desperdiciadas por las monoculturas del saber y las hegemonías sociales. La función de innovación lee e interpreta esos mapas, reivindica los saberes de todos, imagina mundos posibles, los pone en diálogo y ayuda a que las energías colectivas concluyan en proyectos concretos. La función de innovación reconoce y extiende la creatividad a todo el campo social, fuera de la ley del valor, de la mercancía y sus servidumbres y forma parte de las necesarias políticas de resistencia y propuesta creativa, frente a las hegemonías. La catálisis decrecentista, realizada a través del develamiento, la comunicación, la cartografía, la traducción y la innovación aspira a ampliar el campo de las experiencias posibles en el presente para aumentar las probabilidades de su realización futura.