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El decrecimiento ha de ser anticapitalista y organizarse de abajo arriba

Enric Llopis - Rebelión

En 1978 nace Aviat, la primera asociación ecologista de la ciudad de Valencia. Julio García Camarero –ingeniero técnico forestal y doctor en Geografía- es uno de sus fundadores. Tres décadas después, dedica buena parte de su tiempo a divulgar una idea en la que cree firmemente: el decrecimiento. Lo hace mediante charlas y conferencias, y con una trilogía de libros de la que ya ha publicado dos (“El crecimiento mata y genera crisis Terminal” (2009) y “El decrecimiento feliz y el desarrollo humano” (2010), ambos editados por “Los libros de la Catarata”) y trabaja en un tercero: “El crecimiento mesurado y el desarrollo humano del sur”. García Camarero defiende un decrecimiento compatible con el marxismo, construido de manera horizontal y abiertamente anticapitalista.

¿Qué novedades plantea el decrecimiento respecto al ecologismo tradicional?


Pienso que el fundamento del ecologismo es, en términos generales, observar y denunciar los males que se producen sobre la naturaleza, pero sin detenerse demasiado en considerar las causas, esto es, la explotación del hombre por el hombre, lo que lleva implícito además la explotación de la naturaleza por el hombre. Por esta razón, porque incluye estas premisas, el marxismo me ha interesado siempre. El ecologismo ha criticado muchas veces al marxismo por excesivamente obrerista y productivista, en ocasiones con razón. Pero personalmente defiendo un decrecimiento conectado con el marxismo, que elimine la explotación del hombre por el hombre, el trabajo enajenado, el consumismo y el productivismo. Estas ideas pueden encontrarse en el pensamiento de Marx.

Apuesta por un decrecimiento compatible con el marxismo. ¿También con la socialdemocracia y sindicatos al estilo de CCOO y UGT?

Decrecimiento y socialdemocracia no son compatibles. La socialdemocracia propende al productivismo. En cuanto a los sindicatos, podrían realizar una gran labor para implantar las ideas decrecentistas, pero siempre unos sindicatos que actúen de modo diferente a cómo lo hacen CCOO y UGT. Opino que, en lugar de reivindicar incrementos salariales para aumentar el consumo, deberían apostar por una reducción de la jornada laboral, con el horizonte de que el trabajo se convierta en actividad voluntaria y creativa. Que tenga como fin la realización personal y la calidad de vida de las personas. Valdrían los sindicatos que defendieran estos principios.

Algunas objeciones al decrecimiento. Hay quien subraya que no critica de manera suficiente la propiedad privada de los medios de producción

Es cierto que hay corrientes anglosajonas que ponen el acento en la retirada al campo o a los pueblos, e incluso subrayan vías místicas. Pero una parte significativa de autores sí que realizan esta crítica a la propiedad privada de los medios de producción. La denuncia está implícita cuando se señala que, como mínimo, el 50% de lo que consumimos son pseudonecesidades, dictadas en buena medida por las modas. Y también cuando se critica la obsolescencia programada, es decir, la producción de objetos perecederos a corto plazo con el fin único de que la maquinaria capitalista no deje de funcionar.

También puede objetarse que el decrecimiento puede postularse en los países ricos (en los que hay crecimiento económico) pero no en la periferia del sistema.

Trabajo en estos momentos en un libro que lleva por título “El crecimiento mesurado”. Este sería el concepto idóneo que, en mi opinión, debería aplicarse en los países del sur. Un crecimiento que garantice unos mínimos de calidad de vida sin cometer los mismos errores que en occidente. Se materializaría en centros de enseñanza, hospitales y todas aquellas infraestructuras que sienten las bases para un desarrollo humano.

En uno de sus libros ha abogado por un “decrecimiento feliz”. ¿Sobre qué premisas?

En primer lugar, formulo una distinción entre dos tipos de decrecimiento, que califico como “feliz” e “infeliz”. Este último es el que vemos hoy, con los recortes en sanidad, educación y pensiones en el contexto de la actual crisis. Por el contrario, el decrecimiento “feliz” pretende superar la insatisfacción que genera el consumismo y se vincula además al desarrollo humano. Esta idea no es mía, la desarrolla Manfred Max Neef en el libro “El desarrollo a escala humana”. Este autor explica básicamente que la felicidad consiste en satisfacer las necesidades básicas del ser humano, y distingue 9: afecto, subsistencia, protección, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad.

Un concepto clave para las teorías del decrecimiento es la “huella ecológica”

En efecto. Es el cociente de la división entre la superficie productiva del planeta y el número de personas que lo habitan. El resultado es 1,8 hectáreas por persona. O, lo que es lo mismo, la “huella ecológica” por persona que es capaz de soportar el planeta. Si se supera, se produce un deterioro grave de la naturaleza. Y actualmente la media es de 2,2 hectáreas por persona. Ahora bien, la “huella ecológica” no se distribuye de manera homogénea: la de un ciudadano medio de Estados Unidos es de 5 hectáreas; la de un español, 3 hectáreas; y la de un indio, 0,8 hectáreas. En conclusión, hay quien no ha llegado al límite mientras otros lo superan.

En el actual contexto de crisis, desde la izquierda suele pedirse un keynesianismo basado en aumentar la demanda. ¿Cómo pueden abrirse paso las ideas decrecentistas?

Opino que hay que dar pasos explicándole a la gente la imposibilidad del crecimiento económico por tres razones. Primero, por la huella ecológica, que ya desborda la capacidad del planeta. En segundo lugar, sabemos –por la aplicación del principio de la entropía- que en todo proceso de producción de energía se da un residuo energético, que no es posible reciclar. Y, por último, resulta una auténtica quimera aspirar a un crecimiento ilimitado a partir de recursos limitados.

¿Es posible una sociedad basada globalmente en el decrecimiento o esta idea se plasmaría más bien en núcleos locales o pequeños grupos autogestionarios?

El decrecimiento es totalmente incompatible con el autoritarismo. Ha de construirse, por tanto, de abajo arriba. Es más, se trata de un movimiento de democracia participativa y de acciones horizontales, que pueden ser muy diversas. Como leí una vez que decían unos indígenas de América, “gente pequeña haciendo cosas pequeñas en lugares pequeños pueden cambiar el mundo”. Sin duda, es una reflexión muy sabia.

En tus conferencias insistes en un punto: no se trata de ir contra el consumo, sino contra el consumismo

En efecto. En la década de los 60, por influencia del mayo francés, se formula una crítica radical a la sociedad de consumo, de la que muchos somos herederos. Pero más que contra el consumo, contra lo que hay que luchar es contra el consumismo. Consumir es sano e indispensable, incluso productos sofisticados. Y esto hay decrecentistas que no lo tienen claro. Aspiran sólo a una vida retirada en el campo. En mi opinión, hemos de rescatar el concepto del “vivir bien”, arraigado en las culturas andinas. Y para ello es necesario consumir, eso sí, sin incurrir en el despilfarro ni el derroche.

En tanto se hace camino, ¿Qué iniciativas podrían apuntar en la dirección del decrecimiento?

Hay multitud de pequeñas cosas que pueden ir haciéndose. Por ejemplo, fomentar el trueque, las cooperativas de consumo, huertos urbanos, bancos del tiempo. Iniciativas concretas que permitan huir del dinero y, lo que resulta esencial, salirse del capitalismo. No puede haber decrecimiento sin salirse del capitalismo. Y, para ello, insisto, hemos de abandonar el consumo de pseudonecesidades.

Crecimiento económico

Miguel Valencia Mulkay - Ecomunidades

La búsqueda del crecimiento económico se ha convertido desde hace más de medio siglo en el objetivo principal de los gobiernos del mundo, muy por encima de cualquier otro objetivo; es el mantra de todos los días de los políticos modernos. Persistentemente, han alegado  que el crecimiento económico produce empleos, salud, bienestar social y calidad de vida, entre otras fantasías  que no corresponden con la realidad de los últimos 30 años, tanto en los países ricos como en países como México.

A partir de 1975, de acuerdo a muy diversos estudios internacionales,  el crecimiento económico o su simple persecución (se dan caídas del crecimiento y recesiones) ha  provocado un desquiciamiento social y ambiental en virtualmente todos los países del mundo. El aumento de la violencia y el esfuerzo por lograr el crecimiento económico van juntos en México desde hace muchos años: mientras mayores son los esfuerzos para conseguir este crecimiento económico, por medio de: facilidades para la inversión extranjera, construcción de megaproyectos, reducción de impuestos a los mas ricos, privatizaciones, flexibilidad laboral, desmantelamiento de sindicatos y de prestaciones sociales, aumento en el gasto militar y de seguridad interior, mayor es el aumento en la violencia intrafamiliar, escolar, laboral y en la vía pública.

El Libre Comercio ha favorecido principalmente a las actividades criminales, como el tráfico de armas, de personas, de narcóticos, de lavado de dinero. La violencia, al igual que la depredación ecológica, tiene su origen principal en el culto a los mercados, en los dogmas de la escasez, en el pensamiento económico dominante, en la religión de la economía y la finanza, promovida por las grandes universidades de EUA,  por el Tec de Monterrey, el ITAM, el CIDE; mientras este pensamiento económico dominante no cambie seguirá en aumento la violencia en México y en el mundo.  Las sociedades de crecimiento no pueden dejar de buscar el crecimiento, pues cuando entran en crecimiento lento o negativo se magnifican sus desgracias, como es el caso de México. Es necesario romper este dilema infernal, por medio de una política de descrecimiento (no confundir con decrecimiento involuntario), impulsado por una fuerte corriente política que ponga a la Naturaleza y a las culturas muy por encima de las consideraciones económicas.

El consumismo potencia un modo de vida esclavo que nos hace creer que somos felices

Entrevista a Carlos Taibo en Noticias de Guipúzcoa

El profesor y escritor Carlos Taibo (Madrid, 1956) habla sobre decrecimiento, un movimiento que va cobrando más fuerza entre personas de diversos perfiles que plantean alternativas a un sistema capitalista que ven obsoleto e inhumano.

Escribe muchos libros, casi uno por año. ¿Investiga mucho o está inspirado por la locura que nos rodea?

Bueno, he escrito muchos, pero bastante relacionados entre sí, o son reediciones, o reelaboraciones de materiales viejos... Recientemente recopilé artículos del año pasado que beben de la discusión sobre las pensiones, la conducta de los sindicatos, la huelga, el plan de ajuste, etc. Ahora acaba de salir El decrecimiento explicado con sencillez (Catarata), es un librito de 130 páginas.

¿Con él pretende acercar más sus teorías a todo el mundo?

Sí, está pensado para gente que aspira a acceder a algo complejo de la mano de argumentos más sencillos.

Parece que muchos caminos llevan a Roma, relacionados entre sí, como los bancos de tiempo, autoproducción, cooperativas de consumo... a la par del decrecentismo.

En realidad lo que llamamos decrecimiento no es una cosa nueva. Es el producto de un amasijo de movimientos e iniciativas que tienen ya un lapsus temporal bastante prolongado. Pero es verdad que el decrecimiento bebe de muchos de esos movimientos que mencionas, y de manera más precisa de la idea de que cada vez es más urgente generar espacios autónomos en los cuales no dominen las reglas de los sistemas que padecemos. Creo que es una vieja idea de cariz libertario, anarquizante.

Precisamente en 2010 publicó Libertari@s. ¿La anarquía sería la fórmula más total para sentirse libre?

En ese libro recogí el adjetivo libertario, aunque la mayor parte de las fuentes de ese pensamiento son anarquistas o anarquizantes. Lo de libertario me parece más interesante porque no reclama una adhesión ideológico-doctrinal. Hay gentes que deciden apostar con descaro por la democracia de base, por la autogestión, que recelan de la delegación del poder, que cuestionan las jerarquías, sin haber leído a Bakunin.

Muchas voces dijeron al desencadenarse esta crisis económica que el sistema capitalista está obsoleto, pero no parece que la clase dirigente esté aplicando otras metodologías. ¿Eso nos aboca a reincidir, en crisis cíclicas?

En efecto. Hay problemas, pero para resolverlos se aplican las mismas terapias que nos condujeron a ellos, con un escenario en términos ético-morales indefendible. Alguien podría decir "bueno, es que hay que reducir el gasto público en sanidad y educación porque es muy alto". No, la mayoría pensamos que es muy bajo, lo que ocurre es que hay que tapar los agujeros que han dejado las operaciones de especulación financiera, bursátil, inmobiliaria registradas en los últimos diez años. Cuando hay beneficios, se privatizan; cuando llegan las pérdidas, en cambio, las pérdidas se socializan.

Televisiones y móviles que se estropean deliberadamente, eficiencia anulada por el consumo... Este sistema es demencial.

Sí, hay una maquinaria para engañarnos, la obsolescencia programada, pero es llamativo que la aceptemos resignados. Nuestros gobernantes no están interesados en frenar esos abusos y las propias asociaciones de consumidores no les prestan particular atención. Por otra parte, cualquiera convendrá que es preferible que utilicemos coches menos contaminantes, pero claro, hay que preguntarse si su elaboración es tan gravosa como la de los convencionales. Y más allá: tenemos que responder si precisamos objetivamente de coches. El primer paso será no utilizarlos, y de hacerlo, que sean lo más ecológicos posibles.

Las armas y las nuevas tecnologías se sofistican mientras miles de personas mueren por desnutrición...

Lo que estamos discutiendo son las presuntas virtudes del crecimiento económico. Decimos que no genera necesariamente cohesión social, que tampoco se traduce en creación de empleo, que aboca en muchas ocasiones a agresiones medioambientales irreversibles, que en los países ricos se asienta en el expolio de los recursos humanos y materiales de los países pobres y en el terreno individual potencia un modo de vida esclavo que nos hace pensar que seremos más felices cuantas más horas trabajemos y más bienes consumamos. Disponemos de 20 años lamentables para demostrar que eso no resuelve el escenario de exclusión y pobreza que comentas y nos sitúa ante un abismo medioambiental.

¿Cómo nos salvaría el decrecimiento de los expolios de recursos y las abismales diferencias entre clases?

Creo que está logrando poner en el mapa una actitud cada vez más recelosa hacia las promesas que nos hacen los dirigentes políticos, los economistas y la abrumadora mayoría de los sindicalistas. De forma más precisa, habría que reducir la actividad productiva; en su caso, clausurarla (del automóvil, la militar, la publicidad...). Alguien replicará de inmediato: "Si hacemos eso generaremos millones de parados en la UE". ¿Cómo encarar ese innegable problema? Echaremos mano de dos fórmulas. Una, propiciaremos el desarrollo de las actividades económicas relacionadas con la atención de las necesidades sociales insatisfechas y el respeto del medio natural. Dos, en los sectores económicos convencionales que persistan procederemos a repartir el trabajo. ¿Cuál será la secuela? Trabajaremos muchas menos horas, dispondremos de mucho más tiempo libre y reduciremos nuestros a menudo hilarantes y estúpidos niveles de consumo.

En un mundo dominado por la codicia, eso es difícil.

Sí, aunque hay partes vírgenes en nuestra cabeza que convenientemente estimuladas conducen a conductas distintas. Otorgar primacía a la vida social frente a la lógica frenética de la producción, del consumo; establecer rentas básicas de ciudadanía; recuperar la vida local, frente a la globalización desbocada; restaurar formas de democracia directa y autogestión, y en el terreno individual, pronunciarnos en provecho de la sencillez, la sobriedad. Aunque este no es un proyecto que invite a la infelicidad, hablamos de un incremento sustancial de las relaciones sexuales en una primacía de una vida social alejada del consumo.

Haz el amor y no la guerra, ¿no?

Sí, precisamente la vida que tenemos hoy está marcada por el blanco y negro, pretendemos ampliar el espectro del arco iris.

¿En sus clases en la UAM suele introducir estos términos?

No, porque allí de lo que hablo es una cosa mucho más convencional y técnica, de partidos, de burocracias, de elecciones. En algún caso se presta, pero por lo general la disciplina va por otros caminos.

Pero, ¿sus alumnos se interesan por ello?

Hay una minoría que se interesa, sí.

¿Qué le gustaría transmitir>?

(Medita) Me gustaría transmitir la idea de que lo del decrecimiento es un proyecto provocador, original y que tiene respuestas objetivas a muchos de los problemas que debemos afrontar en este escenario de crisis, frente a lo que es común en los discursos oficiales, que me parece que no hacen otra cosa que volver una y otra vez sobre sí mismos y sus miserias. Creo que no deja indiferente, y que abre un horizonte de reflexión que es cada día más urgente.

Las mentiras de la austeridad

Serge Latouche - Traducción: Carole Charraud - En Diagonal

Original en francés: La double imposture de la rialance

Frente a la sociedad del crecimiento sin crecimiento, el autor plantea una entrada en la sociedad del decrecimiento, o de prosperidad sin crecimiento.


La “ricuperación” es lo que se propuso en la cumbre del G20 de Toronto, un programa que anunció simultáneamente la recuperación y la austeridad. El acuerdo final de esa cumbre se hizo bajo una síntesis errada: la reanudación de la economía controlada por el rigor y la austeridad medida por la recuperación. La ministra de Economía francesa, que no era todavía presidenta del FMI, Christine Lagarde, se arriesgó entonces al neologismo “ricuperación”, una contracción de los términos rigor y recuperación.

1º Rechazo de la austeridad

La crisis griega se inscribe en el contexto más amplio de la crisis del euro y de una crisis de Europa. Y por supuesto de una crisis de la civilización de la sociedad de consumo, una crisis que une crisis financiera, económica, social, cultural y ecológica. Mi convicción es que resolviendo la crisis de Europa y del euro, si no la crisis de la civilización consumista, resolveremos la crisis griega, pero manteniendo Grecia a golpes de préstamos condicionados por curas de austeridad, no salvaremos ni a Grecia, ni a Europa y habremos hundido los pueblos en la desesperación.

Rechazar la austeridad es levantar dos tabúes que son la base de la construcción europea: la inflación y el proteccionismo. Las políticas arancelarias sistemáticas de construcción y reconstrucción del aparato productivo, de defensa de actividades nacionales y de protección social, y las de financiación del déficit presupuestario por un recurso razonado a la emisión de moneda engendrando aquella inflación moderada preconizada por Keynes, acompañaron el crecimiento de las economías occidentales de la posguerra,–a decir verdad el único periodo en la historia moderna en el que las clases trabajadoras gozaron de un bienestar relativo–. Estas dos herramientas fueron proscritas por la contrarrevolución neoliberal.

Como todas las herramientas, el proteccionismo y la inflación pueden tener efectos negativos y perversos –efectos que se observan a día de hoy por su utilización vergonzosa– pero es indispensable recurrir a estos de manera inteligente para resolver socialmente de forma satisfactoria las crisis actuales. Por ello, hoy se necesita probablemente salir del euro, a falta de poderlo corregir. La moneda puede ser un buen servidor, pero siempre será un mal amo. Notamos que la recuperación de la señora Lagarde no es la recuperación productivista de Joseph Stiglitz, es la recuperación de la economía de casino, la de la especulación bursátil e inmobiliaria, esencialmente. Para los gobiernos vigentes, el eslogan “recuperación y austeridad” significa la recuperación para el capital y la austeridad para las poblaciones.

En nombre de la recuperación, ampliamente ilusoria, de la inversión y del empleo, se baja o elimina el producto social y el impuesto sobre beneficio de las empresas. Se renuncia a toda imposición sobre los beneficios bancarios y financieros, mientras que la austeridad asesta un duro golpe a los asalariados y las clases medias e inferiores con descensos de las remuneraciones, reducción de prestaciones sociales, retroceso de la edad de jubilación, etc. Para completarlo y preparar la mítica recuperación, se desmantelan más los servicios públicos y privatizamos de golpe lo que todavía no lo ha sido, con supresión masiva depuestos (enseñanza, salud, etc.).

Asistimos a una extraña competición masoquista de la austeridad. El país A anuncia un descenso de los sueldos de 20%, enseguida, el país B anuncia que lo hará mejor con 30%, mientras que C por no deber nada a nadie se apresura a añadir medidas todavía más rigurosas. Esta política de austeridad estúpida no puede engendrar otra cosa que un ciclo deflacionista que precipitará la crisis que la recuperación puramente especulativa no impedirá; y los Estados, sin substancia, ya no podrán esta vez salvar los bancos a golpes de miles de millones de dólares. El problema,efectivamente, viene dado por el hecho de que en la práctica, la crisis del endeudamiento de los Estados es sólo una parte del problema.

Por lo que concierne a la deuda pública, su anulación correría el peligro de afectar no sólo a bancos y especuladores, sino también directamente o indirectamente a los pequeños ahorradores que confiaron en su Estado y en bancos, que realizaron inversiones complejas a sus espaldas.Una reconversión negociada (lo que equivale a una bancarrota parcial),como ocurrió en Argentina después del desmoronamiento del peso, o después de una auditoria, como propone Eric Toussaint que determine la parte abusiva de la deuda, es sin ninguna duda preferible. En una sociedad de crecimiento sin crecimiento, lo que corresponde más o menos a la situación actual, el Estado está condenado a imponer a los ciudadanos el infierno de la austeridad. Es para evitar eso para lo que es necesario emprender una salida de la sociedad de crecimiento y construir una sociedad de decrecimiento. 

Rechazo de “la recuperación”

Buenos espíritus, como Joseph Stiglitz, preconizan antiguas recetas keynesianas de recuperación del consumo y de inversión para que se reparta el crecimiento. Esta terapia no es deseable. No es deseable, porque el planeta ya no lo puede soportar, no es posible quizás, por el hecho del agotamiento de los recursos naturales. Se trata de salir del imperativo del crecimiento. Dicho de otro modo, de rechazar la búsqueda obsesiva del crecimiento. Ésta no es (y no tiene que serlo) una meta por sí misma; ya que no constituye el medio de suprimir el desempleo. Se debe intentar construir una sociedad de abundancia frugal, o para decirlo como Tim Jackson, de“prosperidad sin crecimiento”.

El primer paso de la transición tendría que ser la búsqueda del pleno empleo con el fin de remediar la miseria de una parte de la población.Esto podría ser realizado gracias a una relocalización sistemática de las actividades útiles, una reconversión progresiva de las actividades parasitarias como la publicidad o dañina como la nuclear y el armamento, y una reducción programada y significativa del tiempo de trabajo. Para lo demás, darle a la máquina de hacer billetes y establecer una inflación controlada (digamos más o menos 5% al año) es lo que preconizamos.

Por supuesto, este hermoso programa es mucho más fácil de anunciar que de realizar. En el caso de Grecia, supone como mínimo salir del euro y restablecer el dracma, probablemente inconvertible, con lo que ello implica: control de los cambios y restablecimiento de las aduanas. El necesario proteccionismo selectivo de aquella estrategia horrorizaría a los peritos de Bruselas y de la Organización Mundial del Comercio. De esta parte se esperarían represalias y tentativas de desestabilización exteriores asociadas con sabotajes de intereses lesionados desde el interior. Este programa parece adía de hoy muy utópico, pero cuando estemos al fondo del marasmo y de la verdadera crisis que nos está acechando, parecerá deseable y realista. 

Conclusión

En la estrategia griega antigua, la catástrofe es la escritura de la estrofa final. Aquí estamos. Un pueblo vota masivamente por un partido socialista cuyo programa era casi socialdemócrata que, sometido a la presión de los mercados financieros, impone una política de austeridad neoliberal obedeciendo a las conminaciones conjuntas de Bruselas y del Fondo Monetario Internacional. El euro impone a Grecia rechazar democráticamente esta imposición, como hizo Islandia. Está claro que en su mayoría, el pueblo griego probablemente no aceptaría, o en cualquier caso no fácilmente, las consecuencias de la rupturas con el euro (repudio por lo menos parcial de la deuda pública, expulsión de Europa, embargo de los países “expoliados”, huida de capitales, etc.). Pero “la sangre y las lágrimas” siguiendo la fórmula de Churchill, ya están aquí, solo que sin esperanza de la victoria. El proyecto del decrecimiento no puede ahorrar esta sangre y aquellas lágrimas, pero al menos, abre la puerta a la esperanza. La única manera de escaparse de eso, lo deseamos ardientemente, sería lograr sacara Europa de la dictadura de los mercados y construir la Europa de la solidaridad, de la convivencia, este cemento del lazo social que Aristóteles llamaba ‘philia’.

Reducir la semana laboral para afrontar los retos del siglo XXI


Florent Marcellesi, coordinador de Ecopolítica, y Aniol Esteban, Responsable del área de economía ambiental de la New Economics Foundation. Ambos son miembros del Consejo de Redacción de la revista Ecología Política
Publicado en El Ecologista, nº70, otoño 2011.

El estudio ‘21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI’, que resume este artículo (1), argumenta que liberar tiempo del trabajo remunerado puede ayudar a vivir de forma mucho más sostenible y satisfactoria.

Los retos ecológicos y sociales del siglo XXI nos incitan más que nunca a promover soluciones innovadoras para iniciar la transición hacia un mundo sostenible y equitativo. En este marco, la crisis sistémica es una oportunidad sin precedentes para poner en cuestión algunas ideas del pensamiento actual hasta el momento intocables. La semana laboral de 35-40 horas es una de estas ideas: estructura las sociedades industrializadas en torno a un modelo que nos empuja a trabajar más, para ganar más y consumir más y convierte el tiempo, así como el trabajo, en una mercancía normal y corriente.

Muchos y muchas de nosotros/as consumimos más allá de nuestras posibilidades económicas y más allá de los límites de los recursos naturales, aunque de formas que no mejoran en absoluto nuestro bienestar y felicidad (en España, las tasas de paro y pobreza superan el 20%). Dicho de otro modo, una economía basada en el continuo crecimiento económico y el pleno empleo en los países de ingresos altos, a su vez basados en el trabajo productivo y remunerado a tiempo completo, hace imposible lograr los objetivos urgentes de reducción de emisiones de carbono o de lucha contra las desigualdades cada vez mayores (2).
Por tanto, apostar por la gran transformación significa romper el poder del viejo reloj del trabajo heredado del capitalismo industrial para liberar tiempo para vivir vidas sostenibles, sin añadir nuevas presiones. Siguiendo los pasos del “informe 21 horas” de la New Economics Foundation, consideramos que una semana laboral mucho más corta es uno de los pilares de esta gran transformación socio-ecológica. Aunque la gente podría elegir entre trabajar más horas o menos horas, proponemos que la norma —que el gobierno, el empresariado, los sindicatos, las personas trabajadoras, y la ciudadanía en general esperan— sea una semana laboral de 21 horas (3) o su equivalente distribuido a lo largo del año. De hecho, los experimentos llevados a cabo con un número menor de horas de trabajo, en Francia o Estados Unidos, parecen indicar que, con unas condiciones estables y un salario favorable, esta nueva norma de 21 horas no sólo tiene éxito entre la gente, sino que además puede resultar coherente con la dinámica de una economía baja en carbono.

Asimismo, las razones por las que se proponen las 21 horas semanales se pueden clasificar en tres categorías, que reflejan tres «esferas» interdependientes, o fuentes de riqueza, que derivan 1. de los recursos naturales del planeta, 2. de los recursos, bienes y relaciones humanas 3. de una economía próspera. Estas argumentaciones se basan en la premisa de que debemos reconocer y valorar esas tres esferas y asegurarnos de que funcionan a la vez por el bien de una justicia social y ambiental.

1. Proteger los recursos naturales del planeta.

Avanzar hacia una semana laboral mucho más corta ayudaría a romper el hábito de vivir para trabajar, trabajar para ganar, y ganar para consumir. La gente podría llegar a estar menos atada al consumo intensivo en carbono y más apegada a las relaciones, al ocio (no productivista), y en general a lugares y actividades que absorban menos dinero y más tiempo. Ayudaría a que la sociedad se las arreglara sin un crecimiento tan intensivo en carbono y recursos naturales, y a dejar tiempo para que la gente viva de forma más sostenible. Como lo indica el propio Informe 21 horas (p. 22): “Muchas de nuestras elecciones como consumidores son en nombre de la conveniencia. Compramos comida procesada, platos precocinados, verduras preparadas y empaquetadas, vehículos de motor, billetes de avión, y una serie de aparatos eléctricos porque en principio parece que nos ahorran tiempo. La mayoría de estas compras implican un elevado gasto de energía, carbono, y materiales de desecho. Si pasáramos mucho menos tiempo ganando dinero, tendríamos más tiempo para vivir de forma diferente, y menor necesidad de comprar por la pura conveniencia.”

2. Justicia social y bienestar para todo el mundo.

Una semana laboral «normal» de 21 horas podría ayudar a distribuir el trabajo remunerado de forma más homogénea entre la población, reduciendo el malestar asociado al desempleo, a las largas horas de trabajo y al escaso control sobre el tiempo. Haría posible que tanto el trabajo remunerado como el no remunerado fuera distribuido de forma más igualitaria entre hombres y mujeres; que los padres y madres pudieran pasar más tiempo con sus hijos e hijas y que ese tiempo lo pasaran de forma diferente; que la gente pudiera tener una mejor transición de la actividad remunerada a la jubilación y, en definitiva, tener más tiempo para ocuparse de los demás, de participar en actividades locales, y de hacer otras cosas que sean de la elección de cada uno. De forma crucial, permitiría que la economía «esencial» prosperara gracias a un mayor y mejor uso de los recursos humanos no mercantilizados a la hora de definir y cubrir las necesidades individuales y compartidas.

3. Una economía fuerte y próspera.

Un número menor de horas de trabajo podría ayudar a que la economía se adaptara a las necesidades de la sociedad y el medio ambiente, en vez de que la sociedad y el medio ambiente se vean subyugados a las necesidades de la economía. El mundo empresarial se beneficiaría de que cada vez más mujeres pudieran entrar, a 21 horas semanales, en el mundo laboral; de que los hombres tuvieran una vida más completa y equilibrada; y de que hubiera un menor estrés en el lugar de trabajo asociado con los juegos malabares que supone compaginar el trabajo remunerado y las responsabilidades del hogar. También podría ayudar a poner fin a un modelo de crecimiento económico basado en el crédito, a desarrollar una economía más elástica y adaptable, así como a salvaguardar los recursos públicos de inversión en una estrategia industrial baja en carbono, así como aquellas otras medidas que ayuden a una economía sostenible.

Ahora bien, cambiar de “norma”, es decir ir a contra corriente, no es tarea sencilla. Además de las muy posibles resistencias de las empresas, de las personas trabajadoras y sindicatos o del mundo político, no podemos obviar el riesgo de que la pobreza aumente al reducir el poder adquisitivo de aquellas personas con salarios bajos o de que haya unos pocos puestos de trabajo nuevos ya que la gente que tiene trabajo acepta hacer horas extras. Por otro lado, la propuesta de reducción de la jornada laboral entra dentro de una transición amplia y gradual que afecta a muchos ámbitos a la vez (educación para la sostenibilidad, cambio de modelo productivo, redistribución de las riquezas, reformas democráticas y políticas, etc.).
Por tanto, vemos necesario:

Cambiar las expectativas: en la historia hay muchos ejemplos de normas sociales aparentemente rígidas que cambian muy rápido (el voto de la mujer por ejemplo). Existen algunos signos de condiciones favorables que están empezando a emerger para cambiar las expectativas de lo que sería una semana laboral «normal». Entre los cambios que podrían ayudar se incluyen el desarrollo de una cultura más igualitaria, una mayor concienciación del valor del trabajo no remunerado, un fuerte apoyo gubernamental para actividades no mercantilizadas, y un debate nacional sobre la forma en la que utilizamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo. Por ejemplo, es más que necesario un debate amplio, a nivel estatal y local, sobre lo que definimos como “riqueza”[4] al igual que se empezó, aunque de forma limitada, en Francia (véase los trabajos de la comisión Stiglitz), Reino Unido o en la OCDE (con su indicador del “mejor vivir”).

Lograr un menor número de horas de trabajo: incluyen una reducción gradual de las horas a lo largo de una serie de años en consonancia con los incrementos salariales anuales; un cambio en la forma en que se gestiona el trabajo para desincentivar las horas extras; una formación activa para combatir la falta de aptitudes y para conseguir que las personas que llevan mucho tiempo sin trabajo vuelvan a formar parte del mercado laboral; una gestión de las gastos del empresariado que sirva para recompensar más que para penalizar la contratación de más personal; garantizar una distribución de los bienes más estable e igualitaria; la introducción de regulaciones para normalizar las horas que promuevan acuerdos flexibles a los trabajadores, como por ejemplo el trabajo compartido, ampliaciones de excedencias por cuidados y años sabáticos; así como una mayor y mejor protección para los autónomos contra los efectos de los salarios bajos, muchas horas de trabajo, e inseguridad en el trabajo.

Garantizar un salario justo: entre las opciones para resolver el impacto que una semana laboral más corta pueda tener sobre los salarios se incluyen la distribución de los ingresos y de la riqueza por medio de mayores impuestos progresivos; un salario mínimo más elevado; una reestructuración radical de las prestaciones sociales; un comercio de emisiones de carbono diseñado para la redistribución de la renta a los hogares necesitados; más y mejores servicios públicos; e incentivar la actividad y el consumo no mercantilizados.

Mejorar las relaciones de género y la calidad de la vida familiar: es necesario garantizar que las 21 horas tengan un impacto positivo en vez de negativo sobre las relaciones de género y la vida familiar a través de unas condiciones de empleo flexibles que animen a una distribución más igualitaria del trabajo no remunerado entre hombres y mujeres; un sistema universal y de alta calidad de atención y cuidado infantil que encaje con el horario del trabajo remunerado; un aumento del trabajo compartido y más límites a las horas extras; jubilación flexible; medidas más firmes que impongan la igualdad salarial y de oportunidades; más empleos para hombres relacionados con el cuidado y la enseñanza en escuela primaria; más cuidado infantil, programas de ocio y tiempo libre, así como de cuidado de adultos utilizando modelos producidos de forma conjunta de diseño y prestación; así como el aumento de oportunidades para la acción local de forma que se puedan construir barrios en los que todo el mundo se sienta seguro y pueda disfrutar.

A modo de conclusión, pensamos que plantear una semana laboral de 21 horas no es solo un ejercicio provocativo y prospectivo para alimentar el debate y luchar contra la inercia, es también un ejercicio realista para reconciliar la protección del Planeta, la justicia social y la economía.


(1)           Este artículo se basa en: Anna Coote, Jane Franklin and Andrew Simms (2010): “21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI”, New Economics Foundation. Disponible en su versión original en inglés en: http://www.neweconomics.org. Traducido al castellano por Ecopolítica y disponible en http://www.ecopolitica.org/

(2)                Hoy en día en las economías más industrializadas, conseguir el empleo total trabajando 35-40h/semanas supondría crecer a un 6-7% al año durante 3-5 años. Sin embargo, ni es posible ni deseable porque la competencia de los países emergentes (China, India, Brasil, etc) lo impide y, sobre todo, porque crecer a este nivel tendría un impacto brutal sobre el planeta, más aún del que ya ocasionamos y supera la capacidad del carga del planeta (en un 50% a nivel mundial según WWF, Informe Planeta Vivo, 2010).

(3)           21 horas es una cifra que se aproxima a la media de lo que la gente en edad de trabajar en Gran Bretaña —donde se realizó el informe inicial— pasa en el trabajo remunerado, y es un poco más de lo que de media se pasa en el trabajo no remunerado. En España según el Instituto de la Mujer, de media la gente pasa 24,5 horas a la semana al trabajo remunerado y 29,4 horas al trabajo doméstico.

(4)           Por ejemplo, si el tiempo medio dedicado al trabajo doméstico no remunerado y al cuidado de la infancia en Gran Bretaña en 2005 fuera valorado en términos de salario mínimo, valdría el equivalente al 21 % del producto interior bruto del Reino Unido.

Créditos imagen: sfer

Arma nuclear

Este ‘arma nuclear’ es el LGM-30 Minuteman, un misil balístico intercontinental con tres cabezas nucleares, de 32 toneladas de peso, 18 metros de largo y 1, 67 metros de diámetro, capaz de alcanzar un objetivo a 9650 kilómetros y la capacidad de destrucción de vida humana de manera inmediata contabilizable en decenas de millones de personas.

Este arma nuclear tiene además una serie de cualidades que los científicos, los políticos y la ciudadanía en general suele pasar por alto.

La primera consideración se refiere a la inocuidad de la imagen que nos representa esta máquina de destrucción; su aspecto, la forma en que se nos presenta no da lugar  a comprender su poder de aniquilación, es a simple vista inofensiva, una parte más de nuestro dispositivo tecnológico, un paso más en el camino del progreso.

Una segunda singularidad tiene que ver con los fundamentos de nuestra existencia moral y política. Es desproporcionado lo que defendemos (principalmente nuestro modo de vida occidental), con los medios con lo que lo defendemos. Esto es la causa de una enfermedad mental colectiva que destruye todos los valores y todo el derecho, vaciando de contenido la democracia, pues ponen las decisiones más importantes en manos de unos cuantos y producen un embrutecimiento generalizado de quienes las poseen, que siempre han de estar decididos y dispuestos a todo. Estas armas logran que los países que cuentan con armamento nuclear pierdan la fe en su propia humanidad y moralidad.

Una tercera reflexión nos lleva a persuadirnos de que las personas no somos responsables de las consecuencias de nuestros actos. Ante la magnitud de las consecuencias de una catástrofe nuclear, nosotros, como humanos, no podemos asumir esa responsabilidad  porque estamos implicados en hechos cuyos efectos somos incapaces de representarnos.

Una cuarta cuestión tiene que ver con la imposibilidad de dar marcha atrás, aunque destruyésemos estas armas y borrásemos su programación, esto no sería más que un aplazamiento de la amenaza nuclear; su fabricación puede llevarse a cabo en cualquier momento. La humanidad está condenada a vivir eternamente bajo la amenaza del monstruo que ella misma ha creado.

Texto basado en ideas de Günter Anders y su libro ‘El piloto de Hiroshima’. Más allá de lo límites de la conciencia.

Decrecimiento: la única opción posible

 Manuel Casal Lodeiro - Vespera de nada

En un reciente debate organizado en Galicia por la Escola Popular Galega en torno al Decrecimiento realicé una defensa del Decrecimiento como única opción posible ante el colapso entrópico que ha comenzado para nuestra civilización industrial. Este colectivo se mostró contrario al Decrecimiento y algunos de sus miembros llegaron a tildarlo de opción "reaccionaria" y "fascista", aunque los excusaré en el escaso conocimiento que demostraron tener de las propuestas decrecentistas. Lo que me llamó mucho la atención fue su insistencia en que decrezcan los ricos: ponían como ejemplos a Amancio Ortega, y fácilmente hubieran podido incluir a Emilio Botín o a cualquier otro archimillonario gallego, español, europeo o mundial.

En mi opinión esto revela hasta qué punto su fijación por una visión monetarista y ortodoxa de la realidad y de la crisis les impide ver la necesidad del Decrecimiento en todas las capas de las sociedades "ricas". Aunque el 1% de los más ricos decreciese en su consumo personal de energía y recursos, la repercusión sería mínima en el estado actual de carrera hacia el colapso. Claro que existe un reparto escandalosamente desproporcionado de la riqueza en el mundo, pero el reparto del consumo de recursos que hace cada ser humano, es mucho menos desigual. Sí lo es entre diferentes países y estilos de vida (con EEUU a la cabeza con su delirante consumo per cápita), pero no así dentro de cada país y estilo de vida. Lógicamente el Decrecimiento no quiere ser homogéneo, sino ajustado a los excesos de cada uno/a: de cada país, de cada región, de cada organización y de cada individuo. Pero los excesos del Sr. Botín dudo mucho que sean mucho mayores que los de un mileurista español, simplemente porque por mucho que quiera consumir tiene unas limitaciones físicas como ser humano y a no ser que fuera un excéntrico que gastase millones de watios para encender neones que se vieran desde el espacio con su nombre, no supondría una diferencia en el consumo total de energía del país.

Quienes defienden que los pobres de los países ricos no tienen nada que decrecer, y acusan únicamente a los ricos, están de nuevo confundiendo dinero con energía. La desigualdad en el consumo energético es muchísimo menor que en niveles de renta económica. Sin entender eso no podremos encontrarlos como compañeros de viaje en la Revolución urgente hacia el Decrecimiento. Ofuscados en la visión antiecológica de la economía, donde la lucha de clases es la única realidad existente, la base última sobre la que se fundamenta su credo único y verdadero, este tipo de marxistas le hacen un flaco favor a la izquierda.

Como advertí seriamente al final del debate, corremos el riesgo de que este tipo de izquierdistas que se niegan a asumir su cuota de responsabilidad personal y colectiva en el crecimiento sin límites, acaben cambiando de ideología antes que aceptar un cambio en sus hábitos de vida. La izquierda implica solidaridad, y ¿qué solidaridad puede haber más importante hoy día que la que asegure un mañana a nuestros hijos y a los hijos de nuestros demás congéneres? Cada vez que cogemos el coche o gastamos innecesariamente electricidad, gas, o consumimos productos importados, da igual que creamos en el materialismo dialéctico o en la Escuela de Chicago: estamos contribuyendo a robarles ese futuro. No podemos lavarnos las manos y acusar a los plutócratas, porque su cuota de consumo personal es ridícula comparada con la del conjunto de la sociedad.


Decrecimiento 10 preguntas para comprenderlo y debatirlo

El término “decrecimiento” hace referencia a un movimiento intelectual y militante que estima que la crisis climática y el callejón sin salida del modelo capitalista sólo podrán ser superados al precio de abandonar el actual modelo de desa­rrollo productivista y de sus fundamentos: el culto fetichista del crecimiento y la creencia ciega en los inacabables beneficios del progreso tecno-científico.

“Peligrosa utopía”, “proyecto reaccionario”, “tonta ilusión” son calificativos que se han utilizado para desacreditar este movimiento, el cual ha suscitado una condescendiente sonrisa irónica o una instintiva desconfianza en el medio político tradicional y en buena parte del mundillo intelectual.

Lo que convierte a este libro en un instrumento definitivo para comprender de qué se habla cuando se habla de decrecimiento, rompiendo malentendidos y prejuicios, es que responde con argumentos a una serie de cuestiones clave de forma diáfana, sencilla pero rigurosa. Diez preguntas tales como:

1. ¿Qué significa “decrecimiento”?
2. El decrecimiento, ¿una idea nueva o una idea reaccionaria?
3. ¿Por qué decrecimiento y no “desarrollo sostenible”?
4. ¿Constituye el decrecimiento el final del progreso científico y técnico?
5. El decrecimiento ¿es un malthusianismo?
6. El decrecimiento ¿es privación o alegría de vivir?
7. ¿Significa recesión, desempleo, el fin de la economía de mercado?
8. ¿Es aplicable a los países del Sur?
9. ¿No implica una visión dirigista o autoritaria de la política?
10. ¿Qué significa concretamente una política de decrecimiento?

El decrecimiento 10 preguntas para comprenderlo y debatirlo. Denis Bayon/Fabrice Flipo/François Schneider.





El decrecimiento explicado con sencillez

El decrecimiento explicado con sencillez - Carlos Taibo

El objetivo de este libro es ofrecer una introducción rápida y comprensible del decrecimiento y, con ella, y de manera más general, contribuir a la difusión de muchos de los elementos que configuran la visión crítica del mundo contemporáneo que nace del ecologismo radical. La explicación del proyecto del decrecimiento que aquí se recoge parte de la certeza de que éste exige, por necesidad, salir del capitalismo. Se asienta, por añadidura, en la intuición de que, junto a cambios imprescindibles en nuestra conducta individual, hay que perfilar movimientos que peleen por modificar radicalmente muchas de las reglas del juego imperantes en nuestras sociedades. Y hay que hacerlo para escapar de nuestra condición de estas horas, la de genuinos esclavos de los tiempos modernos, subyugados por los mitos del crecimiento, el consumo, la productividad, la competitividad y las tecnologías liberadoras

La economía de la infelicidad

Borja Vilaseca

La economía no es algo ajeno a nosotros. Los seres humanos formamos parte de ella del mismo modo que los peces forman parte del océano. Tanto es así, que podría describirse como el tablero de juego sobre el que hemos edificado nuestra existencia, y en el que a través del dinero se relacionan e interactúan tres jugadores principales: el sistema monetario, las organizaciones y los seres humanos. Cabe decir que esta partida está regulada por leyes diseñadas por los Estados. Sin embargo, por encima de su influencia, el poder real reside en los ciudadanos: con nuestra manera de ganar dinero (trabajo) y de gastarlo (consumo) moldeamos día a día la forma que toma el sistema.

Más allá de cubrir nuestras necesidades, a lo largo de las últimas décadas nos hemos convencido de que debemos tener deseos y aspiraciones materiales de cuya satisfacción dependa nuestra felicidad. Y no es para menos. En 2010, la inversión publicitaria en España superó los 12.880 millones de euros, según la agencia Infoadex. Así, las empresas se gastaron 280 euros por ciudadano con el objetivo de persuadirnos para comprar sus productos y servicios. Cabe decir que esta inversión multimillonaria promueve unas determinadas creencias, valores y prioridades en nuestro paradigma. Es decir, en nuestra manera de comprender y de vivir la vida. Prueba de ello es el triunfo del hiperconsumismo.

Además, mientras seguimos asfaltando y urbanizando la naturaleza, conviene recordar que la economía creada por la especie humana es un subsistema que está dentro de un sistema mayor: el planeta Tierra, cuya superficie física y recursos naturales son limitados y finitos. De hecho, creer que el crecimiento económico va a resolver nuestros problemas existenciales es como pensar que podemos atravesar un muro de hormigón al volante de un coche pisando a fondo el acelerador.

Sin embargo, hoy en día es común escuchar a políticos, economistas y empresarios afirmar que "el sistema capitalista es el menos malo" de todos los que han existido a lo largo de la historia. Y que "afortunadamente" ya empiezan a verse señales de "recuperación económica". Es decir, que la idea general es seguir creciendo y expandiendo la economía tal y como lo hemos venido haciendo. Es decir, sin tener en cuenta los costes humanos y medioambientales. De lo que se trata es de "superar cuanto antes" el bache provocado por la crisis financiera.

Ante este tipo de declaraciones podemos concluir que como sociedad no estamos aprendiendo nada de lo que esta crisis ha venido a enseñarnos. De ahí que sigamos mirando hacia otro lado, obviando la auténtica raíz del problema. No nos referimos a la guerra, a la pobreza o al hambre que padecen millones de seres humanos en todo el mundo. Ni a la voracidad con la que estamos consumiendo los recursos naturales del planeta. Tampoco estamos hablando del abuso y de la dependencia de los combustibles fósiles -petróleo, carbón y gas natural-, que tanto contaminan la naturaleza. Ni siquiera del calentamiento global. Estos solo son algunos síntomas que ponen de manifiesto el verdadero conflicto de fondo: nuestra propia infelicidad.

Cegados por nuestro afán materialista llevamos una existencia de segunda mano. Parece como si nos hubiéramos olvidado de que estamos vivos y de que la vida es un regalo. Prueba de ello es que el vacío existencial se ha convertido en la enfermedad contemporánea más común. Tanto es así, que lo normal es reconocer que nuestra vida carece de propósito y sentido. Y también que muchos confundan la verdadera felicidad con sucedáneos como el placer, la satisfacción y la euforia que proporcionan el consumo de bienes materiales y el entretenimiento.

La paradoja es que el crecimiento económico que mantiene con vida al sistema se sustenta sobre la insatisfacción crónica de la sociedad. Y la ironía es que cuanto más crece el consumo de antidepresivos como el Prozac o el Tranquimazín, más aumenta la cifra del producto interior bruto. De ahí que no sea descabellado afirmar que el malestar humano promueve bienestar económico.

Frente a este panorama, la pregunta aparece por sí sola: ¿hasta cuándo vamos a posponer lo inevitable? Es hora de mirarnos en el espejo y cuestionar las creencias con las que hemos creado nuestro falso concepto de identidad y sobre las que estamos creando un estilo de vida puramente materialista. Si bien el dinero nos permite llevar una existencia más cómoda y segura, la verdadera felicidad no depende de lo que tenemos y conseguimos, sino de lo que somos. Para empezar a construir una economía que sea cómplice de nuestra felicidad, cada uno de nosotros ha de asumir la responsabilidad de crear valor a través de nuestros valores. Y este aprendizaje pasa por encontrar lo que solemos buscar desesperadamente fuera en el último lugar al que nos han dicho que debemos mirar: dentro de nosotros mismos.



¿Cuánto y cómo queremos crecer?


La sociedad actual persigue el crecimiento económico porque lo asocia a mayor bienestar y felicidad. Sin embargo, una vez superadas las etapas iniciales del progreso económico, las evidencias no son claras en este sentido. El crecimiento permanente comporta perjuicios en lo individual (estrés, adicción al consumo, falta de tiempo para la familia, etc.) y en lo colectivo (salud ambiental, consumo insostenible de los recursos naturales, privación a generaciones futuras, etc.). Por tanto, el objetivo principal no debería ser el crecimiento económico per se (que no es positivo ni negativo), sino la mejora del bienestar individual bajo el respeto del bienestar colectivo, tanto actual como futuro.

El PIB, el bienestar y los recursos naturales

El crecimiento económico se suele medir por la evolución del Producto Interior Bruto (PIB) de un país o zona de referencia. Es habitual identificar crecimiento del PIB con desarrollo y este con bienestar, sin definir qué entendemos por desarrollo o progreso. Sin embargo, el PIB no es un buen indicador del bienestar colectivo porque no mide determinados aspectos que son difíciles de cuantificar. En este sentido, no tiene en cuenta las externalidades, ni la distribución de la renta, ni los costes no monetarios o difíciles de valorar (medioambientales, sociales, psicológicos…), ni determinadas actividades (trabajo doméstico, voluntariado…). Con el objetivo de paliar dichas lagunas, en la actualidad existen indicadores alternativos al PIB. Algunos de ellos, como el índice de desarrollo humano (IDH) o el índice de calidad de vida (ICV), tratan de incluir indicadores sociales del bienestar individual. Otros índices añaden también la consideración del efecto negativo sobre el medio ambiente y tienen en cuenta la contaminación y el consumo de los recursos naturales del planeta. Entre estos últimos se encuentran el índice de bienestar económico sostenible (IBES), el PIB verde y el índice de progreso real (IPR, IPG o GPI). La evolución de estos indicadores se ha estancado o incluso ha disminuido en algunas sociedades industriales desde los años setenta, lo que revela que estas han sobrepasado el nivel a partir del cual el crecimiento económico ya no se relaciona de manera directa con un aumento de la calidad de vida colectiva, entendida esta de un modo amplio.

Aunque el crecimiento representa a priori un término positivo, el crecimiento material incontrolado está más cerca de lo que podríamos considerar un tumor maligno, que se expande a costa de devorar el organismo. No es posible un crecimiento basado en el consumo permanente de los recursos de un planeta finito, en el que parece que ya hemos superado los límites ambientales de regeneración. Las estimaciones realizadas sobre nuestra huella ecológica apuntan que desde el año 1990 estamos viviendo por encima de la capacidad de carga del planeta. Los países desarrollados vivimos a costa de los recursos que la naturaleza conservó durante millones de años. Actualmente, se estima que la demanda de la humanidad excede en cerca de un 30% la capacidad regeneradora del planeta. Si esto es así, el nivel de consumo de recursos ha sobrepasado el nivel sostenible y, por tanto, afecta a las generaciones futuras. Sería recomendable que los países, cuyo impacto sobre el planeta supera su capacidad de regeneración, ajustaran la producción desde el punto de vista de la sostenibilidad.

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Insumisión, deconstrucción, decrecimiento


Abel Ortiz - Radio Klara

Llegó el momento. Ya no se puede hablar de preparaciones. Ahora los responsables de lo que ocurra seremos nosotros; vértigo. Pocas bromas. Ahora veremos que la misma mierda, puede ser, además, cristofascista. Ya no hay excusas, roto el mecanismo, desbancado el PSOE, estamos, cara a cara, frente a un futuro que, según el punk, no existía. Una vez fusilado Zapatero, Moriarty, culpable de todos los crímenes imaginables, desde todas las esquinas, ya solo nos quedan por delante Camps, Aguirre, Trillo, Mayor Oreja, Cascos, el pnv, ciu, el tribunal supremo, el constitucional, la cia Merkel, eta, tepco, los paraísos fiscales, Sarkozy, el mossad, las agencias de rating, el tea party, Berlusconi, la guardia civil, el fondo monetario, los bancos, la otan, el Vaticano, Murdock y las múltiples derivaciones de los Corleone. Faena tenemos.

Conviene, me parece a mi, peatón de plazas, soplar fuerte. Volcarse, animar (dar alma).

Estar. Y no perder de vista lo innegable en el patio de casa, casi nueve millones de personas que respaldan la corrupción y que tienen de demócratas lo mismo que tiene Sol de campamento de los marines. Las asambleas, en las grandes ciudades, echan humo. La revolución está de parto. Miran, desde las nuevas alturas, donde vuelan las gaviotas, con el mismo desdén y desprecio que utilizaban los militares franquistas, y ministros socialistas, con objetores primero, e insumisos después.

El ejército de reemplazo es hoy, afortunadamente, una foto sepia y la mili una leyenda. La insumisión trazó una estrategia que consiguió mover instituciones de granito y funcionó como gimnasia revolucionaria. Las guerras continúan, el pacifismo es más importante que nunca o tanto como siempre. Es la clave. Las estafas pagan guerras, que pagan armas, que pagan drogas, que pagan suites, que pagan corruptos, que pagan bancos, que pagan los ciudadanos.

La insumisión, como postura ética, es difícilmente atacable; en principio nadie se ve a sí mismo como sumiso (creo, salvo que estemos hablando de lo único). La insumisión es integradora, la objeción es un paso, hay gradación, hay sitio para todos.

La deconstrucción consiste en la oportunísima idea de desmontar las piezas que forman algo, por ejemplo la democracia Gürtel y Borbón, y construir con eso algo diferente.

Por alguna razón la idea de Derrida, la deconstrucción, me parece, puede ser que sin mucho fundamento, emparentada a la noción de decrecimiento presente en el pensamiento de los acampados en Sol, vía, entre otros, José Luís Sampedro o Carlos Taibo. Insumisión, deconstrucción, decrecimiento. No obedecer, desmontarles el chiringuito, construir algo entre todos, y dejar de cavar el agujero. No sugiero, interpreto, traduzco, probablemente mal. O no.

Me parece a mí, sentado en la fuente de la plaza de mi pueblo con Juan de Mairena, que hay cosas importantes y cosas urgentes. El aquí y ahora no es un slogan, es una necesidad. Aquí y ahora, muchas personas están al límite de sus fuerzas. No pueden esperar a procesos históricos. Se ahogan en las pateras, se amontonan en los cies, en las cárceles, en los barrios más desestructurados, en los pisos más mugrientos o sobreviven en la puta calle. Eso son problemas graves y urgentes. Miles de puticlubs explotan mujeres, miles de hombres maltratan mujeres, miles de hombres y mujeres maltratan niños, miles de hombres se suicidan. Aquí y ahora.

El viejo chiste polaco decía que el capitalismo era la explotación del hombre por el hombre y el comunismo lo contrario. Romper ese círculo, si hacen como que nos pagan haremos como que trabajamos, filosofía checa, es decisivo. Que no nos vendan valores y nos quiten bienes. Que no nos vendan la austeridad, un valor más o menos definible, y nos quiten las bibliotecas y las piscinas públicas, bienes legibles y nadables. Que no nos cambien patriotismo, un valor que sirve lo mismo a Fidel que a Aznar, por días de vacaciones, un bien escaso. Que no nos tanguen, son expertos.

Queremos cambiar el mundo. El fracaso está asegurado. Por eso somos personas corrientes, de las calles, de las plazas, porque fracasamos y, aún así, seguimos intentándolo. De los fracasos de nuestros padres y abuelos estamos hechos. Fracasos que les permitieron, a ellos y a nosotros, mantener la dignidad. No cruzaremos una línea de llegada al paraíso, no habrá arco iris y clarines que inauguren una nueva era en la que todos seamos justos y benéficos. Pero nos acercaremos lo que podamos. Y así vamos tirando desde Espartaco. Y antes.

15-M: La Toma de las Plazas Públicas


Paco Puche - Rebelión

Si el símbolo de otras revoluciones fueron “las barricadas”, el de ésta que estamos protagonizando está siendo la toma pacífica y ordenada de las plazas públicas y sus calles adyacentes. 

Es más, se dice, en esa desbordada creatividad social que rezuma por todas partes, que inmediatamente después de esa “toma” se está produciendo su recreación: de pronto las plaza públicas dejan de ser esas los lugares de asiento y pago y de exhibición del poder (de los que se estaban desalojando a niños y ancianos, a parados y jubilados, a paseantes y vagabundos), para retomar su uso público, colectivo e indiscriminado para lo que estaban destinadas.

La plaza en los pueblos y ciudades representa el espacio del común por excelencia: el lugar de lo político y por tanto de la democracia, del gobierno del pueblo, de todos, como el término no puede dejar de significar. Tener que añadir “real” no es sino un secuestro de un término más (como libertad, o sostenibilidad, por ejemplo) por parte de los poderes políticos y económicos que rechazamos y que nos vemos obligados a matizar. Democracia sin más. Ese nombre implica ya lo de participativa, directa y auténtica. Lo otro es oligocracia, plutocracia, partitocracia o mercadocracia, en el que “demo” está ausente.

Si el capitalismo ha sido posible (y lo sigue siendo) por la desposesión de los bienes comunes, la democracia será posible por el rescate y autogestión de los mismos. El primer bien común es el espacio público de reflexión y encuentro: la calle y la plaza. Por eso esta revolución de primavera viene acompañada de aire fresco, de aire libre. Se ventila en la intemperie. La calle ha dejado de ser de Fraga (¿recuerdan a Fraga Iribarne cuando decía “la calle es mía”, investido de Ministro de Interior?) y es del pueblo. Se oyó decir en una de estas plazas unos de estos días: “la Junta Electoral Central ha decidido que no podemos acampar en las plazas el día de reflexión, el pueblo ha decidido que la Junta Electoral Central no nos representa”. Acto de soberanía por excelencia, de poder constituyente que se proclama solemnemente en los lugares públicos.
Se ha dicho también que no es que no queramos representación (alguna habrá de haber), pero que nos represente. No hay que añadir más, o sea que se trata de ese “mandar obedeciendo” como proclaman los zapatistas. Y queremos mucha democracia directa, desde la empresa al ayuntamiento, desde las asociaciones al Parlamento; en todo grupo humano que tenga que solventar asuntos en común, que son casi todos. Como se empieza a perfilar en las propuestas que surgen de las plazas públicas de todo el país desde el 15 M
Si esto es así, mantener las plazas y las calles para la gente –no para los coches, ni los negocios, ni los desfiles militares- será la señal inequívoca de que la revolución recién estrenada marcha por buen camino.
Saludos fraternales.
En la plaza nos vemos

Un movimiento espejo



1. No están entendiendo nada. La clase política, y quienes la apoyan, siguen leyendo con anteojeras los signos del movimiento. Continúan aplicando los mismos criterios de análisis y valoración utilizados para antiguos movimientos sociales. Miran desde las alturas a estos "chavales" y les piden "concreción en sus propuestas", ellos, que han hecho de las propuestas vacías sus señas de identidad; que han usado y abusado de la retórica publicitaria banal e inmoral para envolver sus mensajes. ¿Qué tiene de concreto "El gobierno de tu calle" o "Centrados en ti"?

2. Este es un movimiento de nuevo cuño que conecta con demandas sociales soterradas, a las cuales les permite expresarse. Su rol no es conducir nada, pues no es una “vanguardia”, sino permitir que emerja lo reprimido, lo ausente, lo divergente. Que aparezca a la luz democrática aquello que ha ocultado y silenciado la razón hegemónica.

No puede concretarse, no debe concretarse más, porque no es un sujeto de cambio en sí mismo sino un actor cuyo papel es la creación de las condiciones de posibilidad del cambio deseado. Las etiquetas que desesperadamente quieren ponerle sólo son intentos de control de algo en constante transformación.

3. Su función es la de catalizador social, es decir, la de estimular la emergencia de las acciones de los que nos reconocemos como diversos y distintos dentro de un proyecto no único sino común. Un referente implícito para este movimiento es el neozapatista que se autoconcibe como un grupo "que plantea una serie de demandas que encuentran coincidencia, reflejos o espejos en las demandas de otras partes del mundo". Ambos son "movimientos espejo" pues reflejan y devuelven la imagen de lo que bulle en las entrañas de la vida social capturando las energías de cambio que sale de ella.

4. La agitación sociopolítica y cultural que pueden estimular estos gestos de desobediencia civil debería generar la apertura y liberación de nuevos espacios de creatividad colectiva para que otros sujetos se expresen en toda la capilaridad social. Es decir, más allá del centro físico y simbólico (la Puerta del Sol y otras plazas) en el que se encuentra ahora el movimiento. La convocatoria a asambleas de barrio va en esa dirección, pero también se deben extender a los centros de trabajo y estudio.

5. Este no es un movimiento "antisistema", ya les gustaría que lo fuera a los que mandan, para exorcizarlo y reprimirlo. En la actualidad, no es posible nada fuera del sistema globalizado. 

Estamos dentro del sistema-mundo. Por este motivo, se trata más bien de “implosiones” en los intersticios del centro, en sus grietas, que descolocan al sistema. “No somos antisistema: el sistema es
antinosotros”. Aquí está la gran radicalidad del movimiento. No es casual que se hayan ocupado los centros de las ciudades para expresar la desobediencia. Frente a esta realidad el poder vacila entre la comprensión, la asimilación y el disparo de pelotas de goma.

6. Su trabajo, inédito, está siendo enorme e imprescindible pero la tarea de los cambios concretos no debe recaer sobre este movimiento en general ni sobre los acampados en las plazas en particular. Quienes deberán diseñar proyectos y llevarlos a cabo son los individuos y colectivos en todas los ámbitos sociales, en sus prácticas del día a día, animados por la apertura mental, cultural y política que ha favorecido la acción de los insubordinados. El movimiento ha comenzado a dibujar un camino, quienes debemos transitarlo somos nosotros.

7. Pero no todo es nuevo: afortunadamente en el tejido social español ya existían muchos colectivos que desarrollaban una práctica coincidente con las críticas y propuestas del movimiento 15-M. Los centros sociales, el movimiento ecologista, los colectivos decrecentistas, feministas, de consumo etc., las cooperativas integrales, las redes de economía solidaria y muchos otros tienen una rica experiencia de trabajo sobre sus espaldas. Es evidente que ahora pueden verse favorecidos por el impulso utópico que ha generado el movimiento a la vez que pueden aportar su propia historia de lucha.

Esto implica ahora abrir los espacios de diálogo entre las distintas experiencias y los nuevos sujetos incorporados.

8. En Decrece Madrid nos alegrarnos por lo que está sucediendo y estamos participando con ilusión en esta nueva etapa social, aportando nuestra mirada crítica y nuestras propuestas a los cambios en marcha.

Queremos aprovechar la energía social activada para poner en circulación, en espacios cada vez más amplios, nuestra crítica al productivismo y al imaginario perverso del crecimiento económico infinito.

20/mayo/2011

Palabras del 15 de mayo

Carlos Taibo

He intentado reconstruir aquí, sobre la base de mis apuntes, lo que dije en la Puerta del Sol madrileña el domingo 15, al final de la multitudinaria manifestación que convocó la plataforma Democracia Real Ya. Tiempo habrá para valorar --a mí me cuesta trabajo-- qué es lo que está ocurriendo estos días. Me contento ahora con llamar la atención sobre una discreta experiencia personal que algo nos dice --creo-- de la zozobra con la que los medios de incomunicación del sistema han asumido la revuelta de tantos jóvenes.

En los jornadas sucesivas al día 15 recibí un buen puñado de llamadas de esos medios de incomunicación. Algunas procedían, por cierto, de emisoras de radio y de periódicos que de manera altiva y descortés me habían puesto en la calle en su momento. Me pareció evidente que los profesionales correspondientes andaban desesperados buscando alguna cara que ponerle al movimiento que, fundamentalmente articulado por jóvenes, empezaba a tomar la calle. En todos los casos –ya tendré tiempo de cambiar, si procede, de conducta-- me negué a hacer declaración alguna y en todos sugerí que entrevistasen a los organizadores de las manifestaciones y, más aún, a los propios manifestantes. En una de esas conversaciones mi interlocutor insistió en su demanda y me preguntó expresamente si no habría algún otro profesor universitario que pudiera poner su cara. Al parecer, y a los ojos de algunos, para explicar lo que está sucediendo es inevitable echar mano de las sesudas explicaciones que proporcionamos los profesores de universidad, como si la gente de a pie no supiera expresarse con claridad y contundencia. Menos mal que hay algún profesional que se salva. Ayer, y de nuevo en la Puerta del Sol, un periodista me dijo que los jóvenes a los que había entrevistado hablaban mucho mejor que Tomás Gómez y --me da el pálpito-- que la propia señora De Cospedal.

Antes de colocar mi texto, me permito agregar una última observación: no sólo debemos estar sobre aviso ante lo que hacen los medios --para cuándo una activa campaña de denuncia de lo que supone esa genuina plaga contemporánea que son los tertulianos--. También debemos guardar las distancias con respecto a lo que dicen y se aprestan a hacer muchas gentes de la izquierda de siempre que, bien intencionadas, se proponen encauzar unos movimientos que en último término no comprenden y miran con desdén. Ahí van, en cualquier caso, mis palabras del día 15. 

"Quienes estamos aquí somos, a buen seguro, personas muy distintas. Llevamos en la cabeza proyectos e ideales diferentes. Han conseguido, sin embargo, que nos pongamos de acuerdo en un puñado de ideas básicas. Las intento resumir de manera muy rápida. 

Primera. Lo llaman democracia y no lo es. Las principales instituciones y, con ellas, los principales partidos han conseguido demostrar su capacidad para funcionar al margen del ruido molesto que emite la población. Los dos partidos más importantes, en singular, escenifican desde tiempo atrás una confrontación aparentemente severa que esconde una fundamental comunidad de ideas. Uno y otro mantienen en sus filas, por cierto, a personas de más que dudosa moralidad. No es difícil adivinar lo que hay por detrás: en los hechos son formidables corporaciones económico-financieras las que dictan la mayoría de las reglas del juego.

Segunda. Somos víctimas con frecuencia de grandes cifras que se nos imponen. Em mayo de 2010, por proponer un ejemplo, la Unión Europea exigió del Gobierno español que redujese en 15.000 millones de euros el gasto público. Nadie sabe a ciencia cierta qué son 15.000 millones de euros.

Para comprenderlo no está de más que asumamos una rápida comparación con otras cifras. Unos años atrás ese Gobierno español que acabo de mencionar destinó en inicio 9.000 millones de euros al saneamiento de una única caja de ahorros, la de Castilla-La Mancha, que se hallaba al borde de la quiebra; estoy hablando de una cifra que se acercaba a las dos terceras partes de la de la exigida en recortes por la Unión Europea. Durante dos años fiscales consecutivos, ese mismo Gobierno obsequió con 400 euros a todos los que hacemos una declaración de la renta. A todos, dicho sea de paso, por igual: lo mismo recibió el señor Botín que el ciudadano más pobre. Según una estimación, ese regalo se llevó, en cada uno de esos años, 10.000 millones de euros. Estoy hablando del mismo Gobierno, que se autotitula socialista, que no dudó en suprimir un impuesto, el del patrimonio, que por lógica grava ante todo a los ricos, reduciendo sensiblemente la recaudación, mientras incrementaba en cambio otro, el IVA, que castiga a los pobres. El mismo Gobierno, en fin, que apenas hace nada para luchar contra el fraude fiscal y que mantiene la legislación más laxa de la Unión Europea en lo que hace a evasión de capitales y paraísos fiscales.

Tercera. Si hay un dios que adoran políticos, economistas y muchos sindicalistas, ese dios es el de la competitividad. Cualquier persona con dos dedos de cabeza sabe, sin embargo, en qué se han traducido, para la mayoría de quienes están aquí, las formidables ganancias obtenidas en los últimos años en materia de competividad: salarios cada vez más bajos, jornadas laborales cada vez más prolongadas, derechos sociales que retroceden, precariedad por todas partes. 

No es difícil identificar a las víctimas de tanta miseria. La primera la aportan los jóvenes, que engrosan masivamente nuestro ejército de reserva de desempleados. Si no hubiera muchas tragedias por detrás, tendría su gracia glosar esa deriva terminológica que hace media docena de años nos invitaba a hablar de mileuristas para retratar una delicada situación, hoy nos invita a hacerlo de quinientoseuristas y pasado mañana, las cosas como van, nos obligará a referirnos a los trescientoseuristas. La segunda víctima son las mujeres, de siempre peor pagadas y condenadas a ocupar los escalones inferiores de la pirámide productiva, a más de verse obligadas a cargar con el grueso del trabajo doméstico. Una tercera víctima son los olvidados de siempre, los ancianos, ignorados en particular por esos dos maravillosos sindicatos, Comisiones y UGT, siempre dispuestos a firmar lo infirmable. No quiero olvidar, en cuarto y último lugar, a nuestros amigos inmigrantes, convertidos, según las coyunturas, en mercancía de quita y pon. Estoy hablando, al fin y al cabo, de una escueta minoría de la población: jóvenes, mujeres, ancianos e inmigrantes.

Cuarta. No quiero dejar en el olvido los derechos de las generaciones venideras y, con ellos, los de las demás especies que nos acompañan en el planeta Tierra. Lo digo porque en este país en el que estamos hace mucho tiempo que confundimos crecimiento y consumo, por un lado, con felicidad y bienestar, por el otro. Hablo del mismo país que ha permitido orgulloso que su huella ecológica se acrecentase espectacularmente, con efecto principal en la ruptura de precarios equilibrios medioambientales. Ahí están, para testimoniarlo, la idolatría del automóvil y de su cultura, esos maravillosos trenes de alta velocidad que permiten que los ricos se muevan con rapidez mientras se deterioran las posibilidades al alcance de las clases populares, los castigos, acaso irreversibles, que han padecido nuestras costas o, para dejarlo ahí, la dramática desaparición de la vida rural. Nada retrata mejor dónde estamos que el hecho de que España se encuentre en el furgón de cola de la Unión Europea en lo hace a la lucha contra el cambio climático, con un Gobierno que alienta la impresentable compra de cuotas de contaminación en países pobres que no están en condiciones de agotar las suyas. 

Quinta. Entre las reivindicaciones que plantea la plataforma que promueve estas manifestaciones y concentraciones hay una expresa relativa a la urgencia de reducir el gasto militar. Me parece tanto más pertinente cuanto que en los últimos años hemos tenido la oportunidad de comprobar cómo nuestros diferentes gobernantes rebajaban de manera muy sensible la ayuda al desarrollo. Nunca lo subrayaremos de manera suficiente: el momento más tétrico de nuestra crisis dibuja un escenario claramente preferible al momento más airoso de la situación de la mayoría de los países del Sur.
Vuelvo, con todo, a lo del gasto militar. Este último, visiblemente ocultado tras numerosas partidas, responde a dos grandes objetivos. El primero no es otro que mantener a España en el núcleo de los países poderosos, con los deberes consiguientes en materia de apoyo a esas genuinas guerras de rapiña global que lideran los Estados Unidos. El segundo se vincula con el designio de preservar un apoyo franco a lo que hacen tantas empresas españolas en el exterior. ¿Alguien ha tenido noticia de que algún portavoz del Partido Socialista o del Partido Popular se haya atrevido a criticar, siquiera sólo sea livianamente, las violaciones de derechos humanos básicos de las que son responsables empresas españolas en Colombia como en Ecuador, en Perú como en Bolivia, en Argentina como en Brasil?

Acabo. Me gustaría en estas horas tener un recuerdo para alguien que nos ha dejado en Madrid el martes pasado. Hablo de Ramón Fernández Durán, que iluminó nuestro conocimiento en lo que respecta a las miserias del capitalismo global y nos puso sobre aviso ante lo que nos espera de la mano de esa genuina edad de las tinieblas en la que, si no lo remediamos, nos adentramos a marchas forzadas. No se me ocurre mejor manera de hacerlo que la que me invita a rescatar una frase que ha repetido muchas veces mi amigo José Luis Sampedro, de quien escucharemos, por cierto, un saludo dentro de unos minutos., La frase en cuestión, que creo refleja bien a a las claras nuestra intención de esta tarde, la pronunció Martin Luther King, el muñidor principal del movimiento de derechos civiles en los Estados Unidos de cincuenta años atrás. Dice así: 'Cuando reflexionemos sobre nuestro siglo, lo que nos parecerá más grave no serán las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas'. Muchas gracias por haberme escuchado".